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Los Heraldos poéticos de César Vallejo
Por Jaime Serey
Me resulta aún asombroso considerar el verso del poeta, a causa de su talento y de su versatilidad con la armonía y la lingüística. Me sorprende su dominio y su conocimiento de la existencia y del orbe humano+literario hispánico a pesar de su sentimentalismo recóndito.
Su tinta corre veloz por el papel creando lugares, situaciones y perímetros pensantes más allá de la lógica y lo normal, pero que originalmente nos guía hacia un paraíso a veces pleno de gozo físico y en otras veces ha encontrarnos cara al dolor o la muerte. En oportunidades su escritura nos transporta hacia el pasado al verso clásico a una excelente poesía. Aquello es muy interesante, porque señala la esencia barroca, con una severa demostración de que aun existe aquella estirpe poética y se puede valer de ella aún bajo las extremas condiciones de una modernización, que solo intenta conseguir el deslumbramiento o el efecto especial. De todas maneras el poeta no se detiene solo en estos parámetros, pues es un infatigable artesano de la palabra y el entorno terrestre.
Su riqueza metafísica de muchos caudales se percibe en su azarosa búsqueda en lo latente del individuo. Es quien a base de preguntas y respuestas logra hallar las lubricaciones extremas de la creación. Allí cabe indicar que su verso es un halito de materia luminosa dentro de un planeta claro- oscuro. Su voz se levanta en un quejido, que lo transforma en un hilo de palabras verdaderas. Acude al verbo, al idioma ancestral de sus regiones en otros casos quizás como una búsqueda de nuevos limites expresivos y elocuentes, para poder expresar o para llegar aun más lejos dentro de la propia exaltación oral. Hay una entrega total en su obra y aquello demuestra poseer una grande vitalidad.
El poeta demuestra, que a pesar de muchas dificultades editoriales, aún uno se puede valer de las letras para dar signos del valor de ellas y la responsabilidad de no dejarse avasallar por la carencia de paginas culturales, diarios literarios hoy tan pasados de moda en todos nuestros territorios de origen, como suele aludirse. Su libro «Los Heraldos Negros», es algo profundo de la buena leña Limeña, del buen aire de Santiago de Chuco, de la flor de la Canela y de Trilce. Me atrevo sin temores al pronóstico de eternos viajes literarios por las tierras asoleadas del Machu Pichu. Es inevitable no dejar de asimilar el primer poema de nuestro poeta para darse cuenta que nos encontramos al frente de alguien dolorosamente personal, dolorosamente bardo y sobrehumano. El pesar del mundo cae sobre su espalda con toneladas de padecimientos, sollozos y puniciones, que solo la perfección de su propio pensamiento superior y de su profunda voz podrá llevar hasta los infinitos del meollo y la literatura como un fiel gladiador:
“Hay golpes en la vida, tan fuertes… yo no se ! Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, la resaca de todo lo sufrido se empozara en el alma…yo no se”
Si hubo un ciudadano peruano, más avasallado por el destino, aquel misterioso velo gris que suele aparecer bajo la piel cuando uno nace o que también suele volar, como un cuervo negro que nos vuela bajo el menor descuido, fue el poeta, quien sintió en corazón y en carne propia el escalofrío y el hambre del exilio. No existen poemas en la capital de Lima, Paris o en Santiago de Chuco, su región ni en todo el país con más aclaración emocional y sufrimiento total entregado por este vástago de la poesía. En su palabra mundialmente conocida existe la semilla del Capulí, flor del sol de los calores solitarios de los llanos y la cordillera y de quienes murieron sin agua, luz y horizontes. Pero sin embargo para César Vallejo, no todo fue áspero y amargo en su breve peregrinación, el fue el heredero de la luz y del amor, de una cultura atropellada por vasallos de otros siglos. En el existe el sentido profundo de los intercambios de los nuevos tiempos y también la evolución de la semántica, la entrega de nuevos léxicos que pudieron ayudar a la lectura, la escritura antigua un resto desgastada por el viejo lenguaje castellano, venido desde el viejo continente de la mano de nuestros inmortales clásicos hispanos de la época.
En estos misterios insondables del hombre el es portador de una objetividad penetrante, además cave señalar la personalidad genuina de una otra visión, de un panorama diferente. El hombre, el poeta, Vallejo, llega como un nuevo conquistador, con su pluma, con su grito hambriento de nuevos vocablos desequilibrando la luna, el sol, el pueblo de todos los días, la pobreza rural, la tierra árida del maíz a duras penas rociado por la lluvia. Nos es difícil pensar que los textos de este bello libro, fueran rechazado por la crítica de su tiempo y tuviera miles de obstáculos para ser publicados y solo hubieran unos pocos fieles que cayeron a sus pies, rendidos bajo aquel respiro nuevo venido de otra atmosfera planetaria, de otros sitios recónditos jamás descubiertos. Expresa Antenor Orrego, que a partir de este sembrador se inicia una nueva época de libertad, de la autonomía poética, de la vernácula articulación verbal. La poesía es el sentimiento puro y preciso del canto el comienzo y el término del idilio perfecto, donde no hay más que últimos placeres de ternura, un desgaste corporal temblando de paroxismo, un vértigo poético de tremenda envergadura forjado por el corazón y la piel de quien lo amo todo hasta los últimos minutos de su inspiración.
Vallejo, se nos muestra como una persona integra viajando hacia otros límites de la palabra estoica, original, vanguardista y sublime de la lengua americana. El nos envuelve dentro de una atmosfera formidable y una perfecta trayectoria personal con solo pensar lo que quiso interpretar, reflexionar y sentir. Pero en el existen también circunstancias existenciales que lo llevan al abismo del último sentimiento y a la última determinación que alcanza el cielo lejano de la premonición.
Vallejo, se nos muestra totalitario como una eterna poesía sin exagerar por fraterna exaltación...
