
ENTREVISTA:
"El dolor de no entender la Historia es evidente en América"
Por Andrea AGUILAR
A los 14 años decidió ser escritor y se convirtió en narrador, poeta, guionista y gran juerguista. El autor de obras como Leyendas de pasión vuelve con un relato del Estados Unidos rural en Regreso a la tierra
Deja propinas exageradas a las camareras que tienen buen culo. Su fama de gourmet es legendaria, su afición al vino notable y memorables han sido sus juergas, entre otros, con su amigo Jack Nicholson. Quienes le conocen bien dicen que Jim Harrison (Michigan, 1937) es más grande que la vida. Resulta difícil acotar la personalidad de este novelista, poeta y guionista estadounidense: escapa a las etiquetas y lleva más de cincuenta años empeñado en ello. La fama no ha cambiado esto. Le llegó con obras como Leyendas de pasión, Dalva y Un buen día para morir. Mucho antes, a los catorce decidió que quería ser escritor. Poco después de cumplir los veinte sacó su primer poemario. En total ha publicado más de treinta y cinco libros. En Francia es una celebridad y en Estados Unidos, una especie en extinción. Harrison va por libre.
En Regreso a la tierra (RBA) vuelve a demostrar que es un narrador nato. Lo suyo son historias río, llenas de afluentes y meandros, sagas en las que pasado y presente se entrecruzan, en las que la naturaleza, el paisaje, el legado indio y la historia de la América rural marcan la vida y la voz de sus personajes. En esta ocasión se trata de Donald, un hombre de cuarenta y cinco años, con sangre india, postrado por una esclerosis amiotrófica, que se prepara para morir; de su esposa Cynthia, a quien el amor salvó de una catastrófica y acaudalada infancia; de su cuñado David, un hombre culto que aún no ha logrado reconciliarse con su pasado, y del joven K, libre y valiente, alma gemela del enfermo. A través de sus voces, Harrison retoma una historia que arrancó en una novela anterior, True North, situada treinta años antes, para hablar, esta vez, de la muerte de un ser querido. La historia transcurre en la Península Norte de Minnesota, el lugar donde el escritor creció.
Hijo de un ingeniero agrícola y un ama de casa, Harrison era uno de cuatro hermanos. A los siete años perdió prácticamente la visión del ojo izquierdo cuando una niña le atacó con una botella. Como Clare, la hija de Donald en Regreso a la tierra, el escritor buscó refugio en el bosque. "¿Por qué no? El bosque es amigable cuando la civilización no lo es". Dice que siempre fue la oveja negra. Sus hermanos llegaron a ser decanos de universidad. Él a los dieciocho dejó las aulas y se marchó a Nueva York porque quería ser poeta. Sus lecturas adolescentes de Rimbaud habían despertado su vocación y un apetito voraz por la vida. "Cualquiera que estuviera un poco loco me gustaba. Era como un personaje de Bolaño, siempre excitado por cosas inapropiadas". Nunca fue a un taller de escritura. "Los odio. Aprender a escribir debe ser como un solo de música, algo largo y doloroso". Se casó a los veintidós años y empezó su primera novela. "El matrimonio me dio la cordura necesaria para escribir".
La conversación de Harrison arrolla con tanta fuerza como sus relatos. Apenas han transcurrido veinte minutos de entrevista, una mañana de finales de septiembre en el despacho de su casa en Livingstone al sur de Montana, a unos treinta kilómetros de Yellowstone Park y no cabe la menor duda al respecto. Puede que la ficción se cuele entre sus anécdotas, comentarios y bromas, pero el torrente de historias resulta irresistible. Evita hablar con detenimiento de sus libros. Harrison prefiere hablar de cómo los aeropuertos le recuerdan a las perreras -"somos como perros perdidos en esos sitios horribles"- y se declara un devoto admirador de la poesía de Antonio Machado -Machado freak-. Señala una foto pegada a la pared que Michael Ondaatje le envió cuando visitó el cuarto de la pensión de Collioure donde el poeta murió y confiesa que él fantasea con hallar la maleta perdida con sus últimos versos -"no creo que quien lo encontrase lo tirara"-. De ahí salta a los recuerdos de su último viaje a España: a los doscientos pinchos que probó en las barras de Barcelona; a su pasión declarada por Lorca, Guillén y Vallejo -"la poesía en español dominó el siglo XX"-; y al extraño encuentro con un barman de un hotel en Sevilla que resultó ser un compulsivo lector de poesía -"meses después me mandó una cinta con los poemas de Miguel Hernández recitados en español y en inglés", sonríe, "no me gustan las catedrales, prefiero los bares"-. El escritor encadena otro salto para explicar que su afición a la pesca con mosca fue lo que le trajo hasta Montana hace más de treinta y cinco años. Sin aparente pausa, más allá de las lentas caladas a un cigarrillo, remata la pirueta dialéctica en el jardín señalando con orgullo el huerto de su esposa: "Las heladas sólo han estropeado la albahaca".
Al fondo en una pequeña casita se encuentra el estudio donde el escritor trabaja. En un corcho están pegadas fotografías y postales, entre otros, de la poeta rusa Anna Ajmátova, de sus hijas y nietos, de Rimbaud, de un cazador matando a una osa y del indio Wowoka, que creó el baile de los fantasmas. También hay una imagen de Hemingway con Castro. Las comparaciones entre el autor de El viejo y el mar y Harrison han sido recurrentes. En principio, el escritor se muestra reacio a hablar de ello, pero la historia puede más. "Mi padre pescaba con el tío de Hemingway", cuenta. "Su prosa es a veces demasiado consciente: uno no debería cortar las piernas de un caballo para hacerlo entrar en su box. Soy más de Faulkner o Dos Passos". La caza, la pesca, los viajes, París y las mujeres parecen unirles. "A veces creo que él estaba ahí fuera como un turista, pero quizá se trate de un tema de lucha de clases, al fin y al cabo él creció en un suburbio de Chicago y yo en Minnesota. Aunque, eso sí, yo siempre conté con el apoyo de mis padres".
Frente a su mesa, Harrison necesita un muro en blanco. Quiere evitar distracciones. "Tengo un pequeño problema de fugas y a veces siento que mi cabeza no puede parar". Escribe cada mañana. Primero anota cuidadosas descripciones visuales. Luego llega el trance, la novela en sí. Siempre todo a mano. Joyce, su asistente desde hace treinta años, mecanografía el manuscrito y se lo envía según va avanzando. La tarea es intensa. Recientemente trabajó una escena de su próxima novela en la que un personaje era violentamente apedreado. Cuenta que se quedó abatido. "¿Cómo sales de tus personajes? He hablado con Nicholson de esto y admite que algunos personajes le costaron más. No es fácil, después de rodar Alguien voló sobre el nido del cuco, ¿cómo dejas de ser ese loco?".
Para Harrison, sus perros, la pesca, la caza y la cocina son temas de los que depende en buena medida su salud mental. Frente a un plato de exquisitas lentejas con chorizo, seguido de un rabo de toro, que él mismo ha preparado, habla de su amigo el chef Mario Batalli y de su pasión por los placeres terrenales. El alcohol y las drogas formaron parte de un oscuro pasado que supo dejar atrás. Sólo bebe por las tardes, un buen vino y un trago de vodka.
Entre plato y plato el escritor recuerda sus almuerzos con John Huston y Orson Welles. Tenían una broma recurrente para no pagar la cuenta que les llevó incluso a fingir un infarto. A Hollywood el escritor llegó para hacer dinero, pero su trabajo en la industria siempre le pareció decepcionante. Eso sí, le pagaron bien e hizo buenos amigos. Vivió en Londres con Nicholson, Huston y su hija Anjelica mientras se rodaba El resplandor. Iba cada domingo a las tertulias en casa del director Tony Richardson con Joan Didion y Christopher Isherwood. Cada año se iba de pesca a Key West y coincidía con el padre del Gonzo, Samuel Hunter Thompson. Rechazó los papeles que le ofrecieron como actor -"me negué a ser el marido cornudo en El cartero siempre llama dos veces"- y un buen día dijo adiós. "Me marché de Hollywood porque no me quería morir".
Los largos viajes en coche han sido otro importante analgésico para Harrison. Después de comer conduce su todoterreno por el apabullante paisaje que rodea su casa. "Es importante escribir sobre lo que realmente conoces. El paisaje y la gente están totalmente conectados", sostiene. Cruza ríos, sube montañas por las que pacen ciervos y en la esquina de una carretera secundaria señala un viejo saloon en el que pasó demasiado tiempo. "El dolor de no entender la Historia es muy evidente en América". ¿No es ésta la tierra donde empezar de cero? "Este país tiene un largo historial de intentos fallidos de reinventarse".
***
Primeras páginas de
'Regreso a la tierra'
de Jim Harrison
1995
Estoy aquí tumbado, hablando con Cynthia, porque esto es más o menos todo lo que me permite mi estado de debilidad. Ahora vivimos en la antigua casa de Cynthia en Marquette para estar cerca de los médicos. Normalmente aquí vive su hermano David, pero ahora está echando un vistazo a diferentes lugares del mundo, sobre todo México. Cynthia y yo nos fugamos siendo adolescentes y nos casamos; ahora ella está otra vez en el punto de partida. Clarence, mi padre, trabajó de jardinero para su familia durante una treintena de años. Mi cama está en el estudio de su padre porque me cuesta demasiado subir. Una de las paredes del estudio está repleta de libros, y hay una escalera móvil que sirve para alcanzar los estantes superiores. Cynthia dice que su hermano vive dentro de estos libros y que nunca ha salido del todo de ahí. Tengo cuarenta y cinco años, y parece que abandonaré pronto esta tierra, pero estas cosas pasan.
No domino lo suficiente el lenguaje para describir mis pensamientos o mis recuerdos, ni todas las emociones vinculadas a mi enfermedad, así que hablo con Cynthia [Intervengo lo menos posible. Cynthia], porque ella desea que nuestros dos hijos sepan algo de la historia de la familia de su padre. Ha habido tres generaciones de Clarence, pero cuando me tocó a mí mi padre pensó que ese nombre no había sido demasiado afortunado y me puso Donald en honor de un amigo que había muerto joven en un accidente en una mina cerca de Ishpeming. El primer Clarence, llamado así por un sacerdote jesuita que era misionero con los indios de Minnesota, esperó a cumplir cincuenta años para tener hijos, porque no estaba demasiado seguro del mundo.
En 1871, había probado instalarse en el este porque su madre le había hablado de los grandes bosques de la Península Norte. Parte de su familia se había mudado al oeste, a Minnesota, desde la Península Norte, porque los blancos empezaban a invadirla tras el hallazgo de cobre en Keweenaw. El pueblo de su madre eran los chippewa (anishinabe), pero ella se acostó con un inmigrante que acababa de llegar a la región de Pipestone del suroeste de Minnesota. Este hombre era islandés, y había ido allí con unos paisanos suyos para cultivar tan excelente tierra. En esa época los indios tenían una vida difícil, porque los sioux habían masacrado a un grupo de campesinos cerca de New Ulm y los colonos desconfiaban de todas las tribus. La madre del primer Clarence murió cuando él tenía unos doce años, y nunca conoció a su padre. Era muy grande para su edad, y se escapó y trabajó un año en el campo, cerca de Morris, pero le hacían dormir en la bodega, donde guardaban las legumbres, bajo el cobertizo de la bomba. Era un buen trabajador y no querían dejarle marchar. Le tuvieron encerrado toda una semana de invierno en la bodega por robar un pastel. ¿Cómo imaginar el enfado de un joven atrapado en una bodega toda una semana? Consiguió liberarse y se fue caminando a Taunton, cerca de Minnesota, y encontró a su padre, cuyo nombre había memorizado, un campesino llamado Lagerquist. Era una mañana de sábado, cuando los campesinos van a la ciudad, pero el hombre iba con su esposa y sus dos hijos, de modo que el joven Clarence no supo qué hacer. Cuentan que el hombre se le acercó y le dijo:
—¿Qué quieres, hijo?
Clarence se alegró mucho de que el hombre le reconociera y contestó:
—Me gustaría un caballo para ir a Michigan, si me puedes dar uno.
El hombre le dio un caballo, pero era un animal de tiro y, por lo tanto, era lento. Así es como el primer Clarence se marchó a Michigan. Ahora es difícil imaginar a un chico de trece años haciendo algo parecido.
Estoy echado en el sofá, tengo cuarenta y cinco años y padezco la enfermedad de Lou Gehrig. [Donald tiene desde hace casi un año esclerosis lateral amiotrófica. Su caso es especialmente agresivo, y parece que no formará parte del cincuenta por ciento de pacientes aquejados de esta enfermedad que viven tres años. Cynthia.] Yo no sabía casi nada de Lou Gehrig, aunque mi padre, Clarence, solía hablar de él. Gehrig jugaba al béisbol, un deporte que yo no he tenido nunca tiempo de practicar, porque los entrenadores de Marquette me necesitaban a toda costa para el atletismo; ganaba regularmente las pruebas de los cien y los doscientos metros, lo mismo que el lanzamiento de peso, pero a mí lo que me gustaba era el fútbol americano, al que yo jugaba de quarterback o bien de linebacker o defensa.
Nuestros hijos están los dos en California. Herald está haciendo el doctorado en Caltech y Clare está aprendiendo el oficio de encargada de vestuario en la industria del cine. Hablamos todos los domingos una hora por teléfono. Parecerá raro que una chica de la Península Norte acabe trabajando en el cine, pero así es como funcionan las cosas hoy en día. Clare se interesó por el tema gracias a su primo Kenneth, que detesta su nombre y se hace llamar sólo «K».
Es el hijo de Polly y está como una cabra, pero me cae bien. Hace años K recorría en bicicleta los trescientos kilómetros que separan Marquette de Sault Ste. Marie para visitarnos.
Herald se parece más a su tío David. Para Herald sólo importan las matemáticas, aunque también le interesa la botánica. Es un chico grande y fuerte, pero las personas le confunden. Herald y Clare comparten piso en Los Ángeles, y se cuidan como deben hacer los hermanos. Digo que Herald se parece a David porque cuando leí el relato de David sobre lo que había hecho su familia en la Península Norte durante cien años me quedé pasmado. Se publicó en el periódico de Sault Ste. Marie, entre otros, y me enorgullecí de tener un pariente que supiera tantas cosas, aunque no salía ni una sola persona real en el artículo. A mí me gustan las historias con personas. Lo que quiero decir es que él contaba la historia de los detalles ignominiosos de las industrias maderera y minera cometidos por sus antepasados, pero no la historia real de las personas que poseían las compañías madereras y mineras ni la de los obreros. No estoy criticando, es sólo que prefiero las historias. Lo que está claro es que tengo un pie en cada mundo. Mi padre creía que soy un poco más que medio chippewa. De hecho, mi tribu debería pagarme una pensión por mi enfermedad, pero Cynthia tiene algún dinero y pensamos que el dinero de la tribu debe ser para las personas que lo necesitan de verdad.
Volvamos al primer Clarence. Recuerdo la primera vez que le oí contar la historia a mi padre, siendo yo un niño: tantas dificultades me angustiaron. Un chico de sólo trece años, encerrado en una bodega para legumbres, que tras escapar ve a su padre sólo media hora y después se va al noreste montando un caballo de tiro, hacia el futuro. Según cuentan, sólo tenía siete dólares y una carta que certificaba que el caballo era suyo, ya que tenía un aspecto muy indio y no habría sido raro que alguien le quitara el animal con la excusa de que lo había robado. Le expliqué a mi padre que aquello me inquietaba, y él me dijo:
—Para algunas personas la vida es muy dura.
Después añadió que montar aquel caballo seguramente resultó agradable para su abuelo en comparación con perder a su madre y estar encerrado en una bodega. Así que tal vez no era tan malo ser aquel chico montado en un caballo de tiro dirigiéndose al este. Por ejemplo, ahora estoy muy enfermo, pero he podido sobrellevarlo, excepto algunas, pocas, ocasiones en que la enfermedad se ha vuelto incontrolable. En el instituto, cuando corría o jugaba al fútbol, a menudo me daban calambres. Con esta enfermedad, a veces todo tú eres un calambre, porque se apodera de todo el cuerpo hasta el punto de que incluso la mente está sacudida por el calambre.
Eres todo calambre, pura y simplemente. Por eso K me acompaña cuando me encuentro bien para pasear. Soy demasiado grande para que me lleven a cuestas, pero K puede ir a buscar ayuda.
Con ocho o nueve años, escuchando atentamente por primera vez la historia del primer Clarence, me angustié cuando mi padre contó que el chico montaba el caballo a través de campos tan vastos en la pradera que la vista no alcanzaba el final. Eso me obsesionó algunas semanas, porque no podía imaginar un paisaje así. En casi toda la Península Norte no se puede ver muy lejos debido a la densidad del bosque, y por eso es un alivio estar en las montañas de la costa del lago Superior, donde se puede ver a lo lejos. Cuando por fin le pregunté a mi padre por aquella campiña sin final, me dijo que era como el lago Superior, donde no se puede ver la otra orilla, situada en Canadá. Me quedó del todo claro hace unos años, cuando Cynthia y yo llevamos a los niños de acampada al oeste. Cynthia explicó que en 1871, cuando Clarence emprendió aquel viaje, no había muchos árboles en Minnesota occidental y las Dakota orientales, salvo los álamos que crecían en las orillas de los riachuelos y los ríos. En aquel entonces, los árboles que habían plantado los colonos todavía no habían crecido mucho.
Finalmente, al Clarence original le llevó treinta y cinco años llegar a la región de Marquette, en 1906. En su primer intento de viajar al este se asustó porque, entre finales de septiembre y principios de octubre de 1871, el sol salía rojo todas las mañanas y el mundo estaba lleno de humo. Una gran sequía había azotado el norte del Medio Oeste y había incendios por todas partes, fundamentalmente en las copas de los árboles y en los troncos abandonados por los madereros. Fue el año del gran incendio de Peshtigo, en el noreste de Wisconsin, que mató a mil personas. Clarence se enteró por los viajeros de que los ríos hervían y que muy arriba, en el cielo, los pájaros se encendían, y el viento soplaba a ciento cincuenta kilómetros por hora, más que en la peor de las tormentas de noviembre en el lago Superior. Por lo tanto, Clarence dio la vuelta cerca de Bad River y nunca vio los inmensos bosques vírgenes de los que le había hablado su madre. Tuvo un poco de mala suerte, y después un poco de buena suerte. Estaba acampado cerca del Red River, al norte de Grand Forks, cuando dos forajidos intentaron robarle el caballo. Los tiró al río, y uno de ellos se ahogó. Trasladó el campamento más al norte, y un día un rico agricultor que asaba por allí le vio montando su caballo, una yegua alazana que respondía al nombre de Sally. El hombre quiso comprarla, y Clarence le explicó que era todo lo que tenía de su padre y que quería conservarla. El granjero empleó a Clarence para que cuidara de sus doce ejemplares de caballos de tiro y trabajara en sus tierras. Clarence se instaló en una pequeña cabaña de troncos que no estaba mal después de tantos meses de campamento; además, era noviembre y empezaba a hacer mucho frío tan al norte. La granja era tan grande que tenía un cocinero para preparar la comida de todos los empleados, de modo que Clarence empezó a comer con regularidad. Conejos, ratas almizcleras y castores pueden resultar sabrosos, pero a todo el mundo le apetece comer ternera, coles y patatas. Los caballos fueron lo que permitió que Clarence volviera a ver a su padre. Al granjero le gustaba Sally, y escribió al padre de Clarence para ver si tenía otros caballos de la misma raza. Un día su padre llegó en tren a Grand Forks con dos espléndidos ejemplares que el granjero le compró. Clarence estaba en Grand Forks con el granjero y cenaron juntos un filete, y fue muy agradable contar con el agradecimiento de su padre. Cynthia me cuenta que, en su remota isla, los islandeses no inculcan demasiados prejuicios a sus hijos. Siempre he tenido muchas ganas de ir a esa isla, pero tengo el problema de que no me gusta viajar en avión. Nunca he subido a un avión, y ahora ya no es probable que lo haga. Siempre me han gustado el invierno, el hielo y la nieve. Volé dos veces en helicóptero hace un año, cuando K me llevó al Canadá occidental a ver un glaciar. Después de que me diagnosticaran esta enfermedad, Cynthia me dijo que si deseaba viajar a algún sitio debía hacerlo ya. Siempre había querido ver un glaciar, y K organizó el viaje con internet. Me dijo que un helicóptero era más como un colibrí enorme de metal que como un avión. Ya hablaré de este viaje más adelante, porque me curó del deseo de matar a un hombre. Es difícil comprender los propios miedos. Por ejemplo, no temo a la muerte. Que yo sepa, todos los seres vivos mueren. Cuando era pequeño y se llevaron a mi madre al manicomio en Newberry, tuve que quedarme con la prima de mi padre en el bosque, cerca de Au Train. Lloré un mes entero por mi madre.
[Le diagnosticaron esquizofrenia, según he visto en su historial médico. Cynthia.]
También lloraba porque me daba miedo la prima de mi padre. No podía parar de llorar, así que me sacaron de la clase de tercero y me mandaron a casa. El director intentó convencerme para que no me marchara, diciéndome que, aunque sacaba una cabeza a los chicos de la clase, lloraba como un bebé. El director era un tipo simpático de Ann Arbor. Me llevó a dar un largo paseo hasta Presque Isle, pero eso no me hizo dejar de llorar. En cualquier caso, aquel verano pasé un par de meses con la prima de mi padre, cuando lo que yo quería era estar en Marquette jugando al fútbol con los otros chicos. Practicar el atletismo hace que te observen desde que tienes diez años. Fue mi suerte ser grande y rápido, y eso es lo que buscaban los entrenadores. La prima de mi padre se llamaba Flower, su nombre para blancos, en realidad, porque ella era india de pura sangre y tradicional. A efectos prácticos, ni mi padre ni yo éramos indios, sino que formábamos parte de las decenas de miles de mestizos de la Península Norte. Teníamos muchos parientes, por supuesto, por parte de mi madre, que eran indios más auténticos, pero nosotros nos considerábamos urbanos porque Marquette era la ciudad más grande de la Península Norte, con una población de 20.000 habitantes a mediados de la década de 1950. Todos nuestros parientes también estaban mezclados con un poco de finlandés, un poco de Cornualles, algo de italiano y chippewa. Muchos hombres de estas nacionalidades encontraban trabajo como mineros o madereros. Por ejemplo, tomemos a mi tío abuelo Bertie. Trabajaba en los barcos de minerales de Duluth y podía estar fuera varios años. Tanto Bertie como su esposa eran medio chippewa y tenían tres hijos; pero Bertie pasaba demasiado tiempo fuera, y nacieron tres más de un minero finlandés. En una ocasión, cuando Bertie estaba en la marina mercante, a punto de zarpar de Los Ángeles y tras siete años fuera, escribió una postal que decía: «Estoy en Chile. Saluda a los niños». El resultado de aquello es que de los seis primos de mi padre de la familia de Bertie tres parecen chippewa y tres parecen más bien finlandeses.
Así que no sabía gran cosa de la vida de los indios cuando fui a vivir con Flower aquellos dos meses, pero ¿qué va a saber un chico de diez años? Mucho, dice Cynthia, aunque no domine el lenguaje para expresar lo que sabe. Como yo. En fin, Flower me sacudió el cerebro como uno de los muchos sonajeros que colgaban de las vigas de su choza alquitranada. Para ganarse la vida limpiaba cabañas y hacía la colada de los veraneantes, vendía pasteles de frutos del bosque, recogía hierbas que se parecían al ginseng y se ganaba un buen dinero. En invierno ponía trampas, y según mi padre lo hacía muy bien. No cobraba nada del estado, el condado o el gobierno federal, porque no quería firmar ningún papel. Su abuelo había perdido muchas tierras firmando contratos de explotación maderera con empresas de blancos. Su abuelo no sabía leer, y le hicieron firmar contratos de ventas disimuladamente; después le echaron de su tierra en Trenary. Estas cosas pasaban en aquella época por culpa de hombres perversos y su avaricia con el dinero.
Así que yo acompañaba a Flower al bosque cuando iba a recoger hierbas o frutos para las tartas, o a limpiar casas. Me quedaba en el coche, aunque un par de veces me invitaron a bañarme en la piscina con los hijos de los dueños. Generalmente, me bañaba con Flower en el río Au Train o en el lago Superior cuando hacía bastante calor. Flower tenía un Plymouth viejo del 47 que no corría mucho, y así fue como empecé a tener miedo. A principios de junio, fuimos a Grand Marais a ver a una amiga suya y a pescar unos lucios. Estábamos en una barca en el lago Au Sable, y la vieja amiga de Flower señaló las enormes dunas de arena al norte, a lo largo del lago Superior, y dijo que hacía mucho tiempo había una tribu mala que vivía allí. Se podían convertir en bestias y volar por la noche, y devorar a los indios pacíficos que vivían cerca del puerto de Grand Marais, aunque en aquella época la ciudad todavía no existía. Antes de oír aquella historia yo estaba feliz porque había pescado dos lucios, y eso le gustó a Flower, ya que el lucio era su pescado favorito. Bueno, pues después de oír el relato me imaginaba a los indios malos convirtiéndose en osos con alas enormes, volando hasta el puerto a la luz de la luna y devorando a los niños indios como yo. Casi me meo en los pantalones en la misma barca.
Durante nuestros dos meses juntos, Flower me contó docenas de viejas historias, y casi todas me horrorizaron, sobre todo las del windigo; pero la historia de Iona, la mujer que volaba en la noche, me calmó. Cynthia decía que yo ya estaba aterrorizado porque mi madre había sido hospitalizada para siempre. Al menos es lo que me dijo mi padre. Creo que a los diez años ya lo presentía, porque siempre teníamos que salir a buscarla cuando vivíamos en nuestra vieja casa, en las afueras de la ciudad, que el ayuntamiento iba a demoler para construir una carretera. Había sido una granja antes de que la ciudad se ampliara y, en invierno, era fría como un establo. Prácticamente vivíamos en la cocina durante la época más cruda del invierno. Entonces era cuando mi padre se angustiaba más, porque mi madre se paseaba por las partes más frías de la casa o, peor aún, por la marisma helada que había detrás. Su prima de Negaunee la cuidaba, pero le gustaba demasiado el teléfono porque en Negaunee no tenía. La gota colmó el vaso en marzo, durante una ola de frío en la que mi madre perdió las puntas de dos dedos caminando descalza hacia la marisma. Nuestra
Articulo: http://www.elpais.com 24/10/2009

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