dimanche 8 novembre 2009

Charles PÉPIN/El dilema moral de un mosquetero fuera de época


Pensamiento / Adelanto
El dilema moral de un mosquetero fuera de época
Por Charles Pépin

Los filósofos sobre el diván (Claridad) es un ejercicio de imaginación, basado en hechos biográficos reales, acerca de las sesiones psicoanalíticas que Freud habría podido mantener con grandes pensadores. Aquí, su diálogo con Kant

-Creo que estoy en vías de entrever el núcleo del problema.
Ha cruzado las manos sobre el pecho, sobre los botones de su chaleco entallado, del mismo gris de la chaqueta que deposita cuidadosamente sobre el respaldo de la silla antes de llegar al diván. Cada vez que se la quita, me sorprende constatar la estrechez de su torso, destacada por las mangas abullonadas de su camisa, que sobresalen del chaleco y que, encaramado sobre sus bien lustrados botines con plantillas, le dan ese aspecto de mosquetero fuera de época. Otra cosa que siempre me sorprende es el azul de su mirada. Toda la ternura que ésta contiene, en fin.
-Cada vez, digo bien, cada vez consigo persuadirme incluso antes de que comience, de que la historia de amor es imposible. Mis razonamientos tienen entonces fuerza de demostraciones.

-Sí. Sus razonamientos...
-Es mi razón que me tiende trampas. Es imposible resistir ante tales razonamientos. La primera vez era en Koenisberg, en los años 1790. Yo tenía una debilidad, en fin...

-Sí...
-Tenía un sentimiento por una joven a la que yo no le desagradaba. Yo consideraba seriamente que formáramos una familia. Ella no esperaba más que eso. Era discreta, fina, inteligente, en fin, me gustaba. Lo recuerdo perfectamente.

Le dije lo que pensaba en realidad. Me sentía íntimamente persuadido. En mi infancia yo había conocido la pobreza y en aquella época no ganaba muy bien mi vida, mis únicos ingresos eran mis clases en la Facultad.

Ella también era pobre. De modo que examiné en detalle todas las posibilidades, hice todos los cálculos posibles; no había nada que hacer, al menos me convencí de eso entonces. Consideré imposible formar una familia, no tenía los medios suficientes y no era decente proponérselo.

-¿Y se lo dijo?
-Sí. Ese día salí de mi casa a una hora desacostumbrada y me dirigí a la suya para justificar mi decisión. Y...

-¿Sí?
-Ella lloró.

-¿En serio?
-Lloró... mucho.

-¿Y usted qué hizo?
-En el momento, nada. Estaba tan convencido de tener razón, de haber tomado la decisión más acertada, la más moral, que sus lágrimas no me llegaron. Me parecían como infundadas, injustificadas. Respecto de eso, he leído el libro del que usted me había hablado, Marzo , de Fritz Zorn...

-Sí...
-Ese hombre que no llora, que no sabe llorar, y que al final muere de un cáncer...

-Sí, ¿y qué le parece?
-Su cáncer son todas sus lágrimas acumuladas, todas las lágrimas que no ha vertido... Su cáncer...

-Sí...
-Su cáncer es su forma de llorar.

-Sí, se puede verlo así.
-Puede ser que yo también necesite encontrar mi forma de llorar.

-Dígame.
-Aquel día, en todo caso, permanecí de mármol, y volví a mi casa. Recuerdo haber andado con la sensación de ser un hombre justo, un hombre que ha hecho lo que debía hacer. Hasta creo haber reflexionado, en el camino de regreso, acerca del opúsculo sobre el que trabajaba entonces, Idée d´une histoire universelle au point de vie cosmopolitique (Idea de una historia universal desde el punto de vista cosmopolítico), en el que explicaba que cierta idea del progreso histórico podía llegar a regir nuestra acción en la Historia; incluso actuaba en pro de la creación de una sociedad de naciones en la que se inspiraron los creadores de la SDN [Société des Nations, N. de E.] en 1919. También explicaba que era necesario saber dejarse guiar por ciertas ideas, como lo había sido yo -al menos es la impresión que tenía entonces-, cuando le había justificado la imposibilidad de nuestro casamiento. Pero al llegar la noche, ocurrió algo verdaderamente inusitado.

Parece mirar alrededor, los libros en la biblioteca, las estatuillas en la repisa; imagino su mirada posándose sobre la boca abierta de la cobra, o sobre el hacha que Ganesha tiene en una mano y que es una invitación a cortar ahora, antes de que la muerte nos obligue a ello, los lazos que nos sujetan a la vida. Y entonces, finalmente:
-Aquella noche me senté ante mi mesa de trabajo. Y no hice nada.

-¿No hizo nada?
-No, me quedé inmóvil. No escribí ni una palabra. No trabajé. Ni siquiera leí una línea. Sin embargo, no me sentía triste, pensaba haber actuado como era debido. Pero es la única vez en mi vida en que no trabajé.

Desde el día siguiente, felizmente, todo volvió a su curso, mis costumbres, mi ritmo de trabajo, mi concentración. Es la única vez que falté a la regla de mi organización diaria.

-Pues bien, ésa es su forma de llorar.
-Tal vez... Sí, tal vez.

Y añade, con una voz a medias interrogativa, a medias afirmativa:

-De todos modos es mejor que el cáncer.

Después de acompañarlo a la puerta, voy a buscar en mi biblioteca sus obras principales y las deposito sobre el escritorio. La Crítica de la razón pura , donde pone los límites del conocimiento humano; la Crítica de la razón práctica , donde indica las condiciones de la acción auténticamente moral; y la Crítica del juicio , donde aborda la cuestión de los juicios que emitimos sobre la naturaleza, sobre la belleza... Kant presenta su obra como la respuesta a tres preguntas: ¿qué puedo conocer?, ¿qué debo hacer?, ¿qué me está permitido esperar? Juego un poco con los libros, los apilo, los dispongo de nuevo ante mí pensando en aquella frase de Kant: "Puede ser que yo también necesite hallar mi forma de llorar".

Traducción: Clara Giménez
Articulo:
http://www.lanacion.com.ar 07/11/2009