
Con-fabulación nº109-115
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Esa rara sensación de escribir
Por Antonio Correa Losada
Desde Quito, nuestro corresponsal y aliado, el escritor y gestor nos manda una breve y hermosa columna, sobre el estupor y la sorpresa que le producen las críticas, percepciones y develaciones que los lectores hacen de sus poemas, especialmente los contenidos en su último trabajo, Crónica del Magdalena River. Gracias a esos alumbramientos del otro, Correa empieza a re-conocerse.
Todo poeta sabe bien que el poema es un ser bifronte. Por un lado un instrumento que nos obliga a entrar en confrontación constante con uno mismo y por otro, el gran instrumento de la comprensión humana.
Toda escritura lleva el ritmo desazonado de vivir. Al escuchar diversos comentarios sobre mi último libro de poemas Crónica de Magdalena River, publicado por Ediciones El Búho, en 2008, me embargó una extraña sensación de perplejidad, pues, no pensé que a mis poemas los invadiera una atmósfera dura de tristeza. Luego, comprendí que los lectores encuentran con precisión lo que un texto dice, cuando asocian las palabras a esa rara costumbre que tienen los locos de hablar solos y, que bien, podría identificarse con el oficio de escribir.
Quise responderle a mis amigos (no sin cierto pudor), que me hubiese gustado hacerlo desde el estado alegre de la condición humana, pero que me tocó en suerte hacerlo desde la oscilante mecánica de la desolación, como una forma de exorcismo personal contra la muerte, que aún, sobre nuestra resistencia nos vincula con el mundo. Toda escritura nace de su entorno y el escritor no es consciente de cómo se va impregnando de esa fuerza.
De niño trepaba, al amanecer, los muros del matadero de mi pueblo y con ojos espantados miraba el sacrificio de las reses que soltaban un profundo aullido hasta morir.
Nací en uno de los pueblos del sur, cuando aún era un valle verde y silencioso, cerca de las majestuosas y solitarias estatuas de San Agustín. En la parte alta del valle nace un río, que de un tajo baña toda la geografía de Colombia. Allí vi a los muertos que bajaban en mulas hasta la tienda de abarrotes que tenía mi padre en la entrada del pueblo. La dura historia de hombres y mujeres que nacimos en el año cincuenta.
Pero, la lectura en su cabalismo profundo es la que fija la terca sensación de escribir. Las noches, eran una lancha silenciosa rozada sólo por el crujir de las flores de plátano en el patio de la casa, donde era llevado por las hojas interminables de los libros, en suave y alterado embrujo hasta el amanecer.
Ahora, después de varios años los libros abiertos, exactos y graduales, esperan con paciencia su turno hasta la relectura. Mi biblioteca es un asunto en caos, donde pasea un animal ansioso y, bajo el llamado del antiguo vicio, los libros, gratos y soberbios, me lanzan a escribir mi propia desazón en un papel en blanco.
Siempre nos preguntamos ¿Qué es la poesía? Se ha respondido que es el estilo particular que tienen los individuos para comunicarse consigo mismo y con los demás. Ricardo Cassiano, poeta portugués, la definió con abrumadora sencillez, como “Una isla rodeada de palabras por todas partes / escritas con el sudor de la frente / de un hombre (o una mujer) que tiene(n) hambre como todos los hombres (y mujeres)”.
En mi doble condición actual de ciudadano de dos países, Colombia y Ecuador (recibí la honrosa distinción de ciudadano ecuatoriano en el 2008), me he preguntado si la poesía obedece a una región o a un país. Entonces, si en el Caribe existe una literatura del Caribe ¿podemos hablar en los Andes de una literatura andina? Con este interrogante en la cabeza, como coordinador del Encuentro Internacional de Escritores convocado por el Gobierno de Pichincha el año pasado, escribí al poeta Mario Montalbetti, de Perú, invitándolo a participar con un tema enrumbado en esta dirección.
Al conocer su ponencia, Poesía & Nación, que en uno de su apartes dice: “No crece en mí ninguna envidia patriótica al saber que Neruda haya sido chileno o Seamus Heaney sea irlandés o Marianne Moore norteamericana o Adoum ecuatoriano o Pessoa portugues”. Al señalar este breve fragmento y gozar de la lectura a lo largo de su lúcido ensayo, comprendí la importancia y peligros del asunto.
Se ha dicho con meridiana claridad, que la poesía, precisamente por ser una actividad central del espíritu humano, no pertenece a ningún lugar determinado. Así, Octavio Paz, cuando se refiere a la lírica sueca, dice: “entre sur y oeste hay un infinito número de puntos: una infinidad de caminos equivocados. Quizá por eso los Aztecas y otros pueblos más cuerdos que nosotros creían que los puntos eran cinco: Norte, Sur, Este Oeste y Centro”.
Pero a pesar de todo, los individuos nos extraviamos con gran facilidad. Lo desconocido nos rodea aunque sepamos el nombre de nuestros vecinos, porque no estamos seguros de nuestra propia identidad.
***
Confabulador clásico
Anton Chejov
Ahora que nuestra encuesta internacional sobre los grandes artistas colombianos de todas las épocas, empieza a calentar opiniones y retrotraer antiguas polémicas, disertaciones, tésis y contratésis, ironías y blasfemias, destinadas, en el fondo, a esclarecer el enigma irresoluble que engendra la belleza, nos viene espléndidamente este relato de Antón Chejov, el más adorable cuentista de la historia de la literatura. No serán pocas las sonrisas sardónicas que produzca su tragicómica sustancia.
El talento
El pintor Yegor Savich, que se hospeda en la casa de campo de la viuda de un oficial, está sentado en la cama, sumido en una dulce melancolía matutina.
Es ya otoño. Grandes nubes informes y espesas se deslizan por el firmamento; un viento, frío y recio, inclina los árboles y arranca de sus copas hojas amarillas. ¡Adiós, estío!
Hay en esta tristeza otoñal del paisaje una belleza singular, llena de poesía; pero Yegor Savich, aunque es pintor y debiera apreciarla, casi no para mientes en ella. Se aburre de un modo terrible y sólo lo consuela pensar que al día siguiente no estará ya en la quinta.
La cama, las mesas, las sillas, el suelo, todo está cubierto de cestas, de sábanas plegadas, de todo género de efectos domésticos. Se han quitado ya los visillos de las ventanas. Al día siguiente, ¡por fin!, los habitantes veraniegos de la quinta se trasladarán a la ciudad.
La viuda del oficial no está en casa. Ha salido en busca de carruajes para la mudanza.
Su hija Katia, de veinte años, aprovechando la ausencia materna, ha entrado en el cuarto del joven. Mañana se separan y tiene que decirle un sinfín de cosas. Habla por los codos; pero no encuentra palabras para expresar sus sentimientos, y mira con tristeza, al par que con admiración, la espesa cabellera de su interlocutor. Los apéndices capilares brotan en la persona de Yegor Savich con una extraordinaria prodigalidad; el pintor tiene pelos en el cuello, en las narices, en las orejas, y sus cejas son tan pobladas, que casi le tapan los ojos. Si una mosca osara internarse en la selva virgen capilar, de que intentamos dar idea, se perdería para siempre.
Yegar Savich escucha a Katia, bostezando. Su charla empieza a fatigarle. De pronto la muchacha se echa a llorar. Él la mira con ojos severos al través de sus espesas cejas, y le dice con su voz de bajo:
-No puedo casarme.
-¿Pero por qué? -suspira ella.
-Porque un pintor, un artista que vive de su arte, no debe casarse. Los artistas debemos ser libres.
-¿Y no lo sería usted conmigo?
-No me refiero precisamente a este caso... Hablo en general. Y digo tan sólo que los artistas y los escritores célebres no se casan.
-¡Sí, usted también será célebre, Yegor Savich! Pero yo... ¡Ah, mi situación es terrible!... Cuando mamá se entere de que usted no quiere casarse, me hará la vida imposible. Tiene un genio tan arrebatado... Hace tiempo que me aconseja que no crea en sus promesas de usted. Luego, aún no le ha pagado usted el cuarto... ¡Menudos escándalos me armará!
-¡Que se vaya al diablo su mamá de usted! Piensa que no voy a pagarle?
Yegor Savich se levanta y empieza a pasearse por la habitación.
-¡Yo debía irme al extranjero! -dice.
Le asegura a la muchacha que para él un viaje al extranjero es la cosa más fácil del mundo: con pintar un cuadro y venderlo...
-¡Naturalmente! -contesta Katia-. Es lástima que no haya usted pintado nada este verano.
-¿Acaso es posible trabajar en esta pocilga? -grita, indignado, el pintor-. Además, ¿dónde hubiera encontrado modelos?
En este momento se oye abrir una puerta en el piso bajo. Katia, que esperaba la vuelta de su madre de un momento a otro, echa a correr. El artista se queda solo. Sigue paseándose por la habitación. A cada paso tropieza con los objetos esparcidos por el suelo. Oye al ama de la casa regatear con los mujiks cuyos servicios ha ido a solicitar. Para templar el mal humor que le produce oírla, abre la alacena, donde guarda una botellita de vodka.
-¡Puerca! -le grita a Katia la viuda del oficial- ¡Estoy harta de ti! ¡Que el diablo te lleve!
El pintor se bebe una copita de vodka, y las nubes que ensombrecían su alma se van disipando. Empieza a soñar, a hacer espléndidos castillos en el aire.
Se imagina ya célebre, conocido en el mundo entero. Se habla de él en la Prensa, sus retratos se venden a millares. Se halla en un rico salón, rodeado de bellas admiradoras... El cuadro es seductor, pero un poco vago, porque Yegor Savich no ha visto ningún rico salón y no conoce otras beldades que Katia y algunas muchachas alegres. Podía conocerlas por la literatura; pero hay que confesar que el pintor no ha leído ninguna obra literaria.
-¡Ese maldito samovar! -vocifera la viuda-. Se ha apagado el fuego. ¡Katia, pon más carbón!
Yegor Savich siente una viva, una imperiosa necesidad de compartir con alguien sus esperanzas y sus sueños. Y baja a la cocina, donde, envueltas en una azulada nube de humo, Katia y su madre preparan el almuerzo.
-Ser artista es una cosa excelente. Yo, por ejemplo, hago lo que me da la gana, no dependo de nadie, nadie manda en mí. ¡Soy libre como un pájaro! Y, no obstante, soy un hombre útil, un hombre que trabaja por el progreso, por el bien de la humanidad.
Después de almorzar, el artista se acuesta para «descansar» un ratito. Generalmente, el ratito se prolonga hasta el oscurecer; pero esta tarde la siesta es más breve. Entre sueños, siente nuestro joven que alguien le tira de una pierna y lo llama, riéndose. Abre los ojos y ve, a los pies del lecho, a su camarada Ukleikin, un paisajista que ha pasado el verano en las cercanías, dedicado a buscar asuntos para sus cuadros.
-¡Tú por aquí! -exclama Yegor Savich con alegría, saltando de la cama- ¿Cómo te va, muchacho?
Los dos amigos se estrechan efusivamente la mano, se hacen mil preguntas...
-Habrás pintado cuadros muy interesantes -dice Yegor Savich, mientras el otro abre su maleta.
-Sí, he pintado algo... ¿y tú?
Yegor Savich se agacha y saca de debajo de la cama un lienzo, no concluido, aún, cubierto de polvo y telarañas.
-Mira -contesta-. Una muchacha en la ventana, después de abandonarla el novio... Esto lo he hecho en tres sesiones.
En el cuadro aparece Katia, apenas dibujada, sentada junto a una ventana, por la que se ve un jardincillo y un remoto horizonte azul.
Ukleikin hace un ligera mueca: no le gusta el cuadro.
-Sí, hay expresión -dice-. Y hay aire... El horizonte está bien... Pero ese jardín..., ese matorral de la izquierda... son de un colorido un poco agrio.
No tarda en aparecer sobre la mesa la botella de vodka.
Media hora después llega otro compañero: el pintor Kostilev, que se aloja en una casa próxima. Es especialista en asuntos históricos. Aunque tiene treinta y cinco años, es principiante aún. Lleva el pelo largo y una cazadora con cuello a lo Shakespeare. Sus actitudes y sus gestos son de un empaque majestuoso. Ante la copita de vodka que le ofrecen sus camaradas hace algunos dengues; pero al fin se la bebe.
-¡He concebido, amigos míos, un asunto magnífico! -dice-. Quiero pintar a Nerón, a Herodes, a Calígula, a uno de los monstruos de la antigüedad, y oponerle la idea cristiana. ¿Comprenden? A un lado, Roma; al otro, el cristianismo naciente. Lo esencial en el cuadro ha de ser la expresión del espíritu, del nuevo espíritu cristiano.
Los tres compañeros, excitados por sus sueños de gloria, van y vienen por la habitación como lobos enjaulados. Hablan sin descanso, con un fervoroso entusiasmo. Se les creería, oyéndolos, en vísperas de conquistar la fama, la riqueza, el mundo. Ninguno piensa en que ya han perdido los tres sus mejores años, en que la vida sigue su curso y se los deja atrás, en que, en espera de la gloria, viven como parásitos, mano sobre mano. Olvidan que entre los que aspiran al título de genio, los verdaderos talentos son excepciones muy escasas. No tienen en cuenta que a la inmensa mayoría de los artistas los sorprende la muerte «empezando». No quieren acordarse de esa ley implacable suspendida sobre sus cabezas, y están alegres, llenos de esperanzas.
A las dos de la mañana, Kostilev se despide y se va. El paisajista se queda a dormir con el pintor de género.
Antes de acostarse, Yegor Savich coge una vela y baja por agua a la cocina. En el pasillo, sentada en un cajón, con las manos cruzadas sobre las rodillas, con los ojos fijos en el techo, está Katia soñando...
-¿Qué haces ahí? -le pregunta, asombrado, el pintor- ¿En qué piensas?
-¡Pienso en los días gloriosos de su celebridad de usted! -susurra ella-. Será usted un gran hombre, no hay duda. He oído su conversación de ustedes y estoy orgullosa.
Llorando y riendo al mismo tiempo, apoya las manos en los hombros de Yegor Savich y mira con honda devoción al pequeño dios que se ha creado.
***
Entrevista a Jorge Velosa
“Nuestra señora del verbo”
Por Marcos Fabián Herrra
En 1981, con la fuerza de un vendaval llegado del páramo, apareció en Colombia un grupo que, para sorpresa de todos, logró poner en primer lugar de la atención una música hasta entonces relegada a las festividades dominicales de los pueblos de Boyacá y Cundinamarca. Sus letras y melodías, elementales y bellas como viejos árboles, constituyen desde siempre la síntesis de los dolores, las rutinas y la creatividad erótica y amorosa de los desheredados. Eran los Carranqueros de Ráquira, el primer grupo de carrilera que pisó los grandes escenarios, incluido el mítico Madison Squerad Garner. En el siguiente reportaje, Jorge Veloza, su director, nos hace festivos cómplices de su ingenio verbal.
- La audacia y la osadía parecen extintas en la agenda de los productores de la industria fonográfica Colombiana ¿Qué derrotero deben explorar os nuevos cultores de las músicas vernáculas?
- Deben tener la audacia y la osadía que no tienen, o han perdido los productores fonográficos. A lo mejor, un método ancestral como "el trueque" puede ser útil en algunos casos. Me consta que un grupo lo ensayó y le está funcionando.
-¿Avala usted las mixturas, ensambles, fusiones y otro tipo de exploraciones estilísticas y sonoras que emplean los nuevos cultores?
- Al que le gusta le sabe, y al que le van a dar le guardan.
-¿Adolece la música colombiana de nuevos compositores?
-Compositores los sigue habiendo, pero las vitrinas se nos siguen cerrando, y a ese paso, adiós chicha, calabazo y miel.
-¿Encuentra en los estamentos oficiales la subvención y apoyo necesario para la promoción de las músicas alejadas de los circuitos comerciales?
- Ojalá que sí, pero estoy pensando con el deseo.
-¿Qué tanta receptividad expresan los públicos extranjeros cuando escuchan música carranguera?
- Hasta ahora la carranga se está abriendo espacios en otros lares. La gente se sorprende de que haya géneros distintos a los más promocionados, y no creo que pase solamente con la música carranguera. Cuando el baile se pone ventolero, tenemos más cercanía adentro o afuera, y lo mismo pasa cuando los escuchantes son los niños. Con ellos, sean de donde sean, la carranga tiene algo muy especial.
- Usted ha sido un infatigable y auténtico abanderado de las causas ecológicas y de apuestas filantrópicas en el país. ¿Cómo observa esas falseadas causas sociales de ciertos artistas empeñados en cultivar el vedettismo antes que en aportar a la sociedad?
- De dientes para afuera, la ecología nos interesa a muchos, incluidos los medios de comunicación, instituciones, etc; pero a la hora de echarle agüita permanentemente a la mata, más de uno escurre el bulto, o está con el chorote en la mano únicamente para la foto.
- ¿Puede ser la música un instrumento para la resignificación de valores, en un país tan asediado por la adversidad como Colombia?
- No solo puede ser, sino que debe y tiene que ser.
- Hace muchos años Gabriela Mistral sentenció que las músicas tradicionales de América Latina carecían de una aceptable elaboración literaria... ¿Esa inventiva, experimentación lingüística y creatividad de sus letras, determinan la calidez y empatía que emanan sus canciones?
- En las músicas populares, hay de todo, como en las diferentes manifestaciones artísticas. Lo que pasa es que a veces, y como dice doña Virginia en Coyáima, "tanto pinta la máma al diablo, que al fin lo deja mueco". Yo tuve la suerte de criarme entre cantas y palabreadores, y tal vez por eso, nuestra señora del verbo y el sonsonete no me pierde pisada.
***
Mi caída del muro de Berlín
Por Eduardo García Aguilar *
El 9 de noviembre de 1989, cuando cayó el Muro de Berlín, me encontraba en Nueva York cerca de Greenwich Village y el barrio universitario, al sur de Manhattan. Como todas las noches, solía pasear con los amigos hasta la madrugada por esas calles heladas donde uno podía encontrar restaurantes abiertos y puestos de periódicos que nunca cerraban a donde llegaban todos los diarios de Europa. Por eso, después de pasar la tarde viendo las imágenes televisivas de los noticieros nocturnos, amanecimos por esas calles tomando cerveza en espera de los diarios, en especial franceses, como Liberation, que llegaban con la noticia fresca de la caída del famoso Muro de Berlín que marcó, como una extraña fantasía de cine gore, el imaginario de nuestra formación socio-política en los años 70.
La efervescencia en esas calles neoyorquinas era especial. Todos los jóvenes comentaban frente a la televisión o en los cafés las bellas imágenes de la juventud aupada al muro ante la mirada serena e impasible de los soldados de Alemania del Este, que por primera vez no dispararon a los fugitivos o a los curiosos. Uno tras otro caían los segmentos del muro, coloreados con los tags del tiempo, en medio de la fiesta generalizada y por primera vez los estealemanes pudieron cruzar libremente hacia la Berlín capitalista y occidental de la que estaban cortados desde hacía décadas. Y los jóvenes de Berlín Oeste podían a su vez compartir con sus congéneres del otro lado, descubrirlos, y destapar botellas llenas de un licor que sabía a estupor y esperanza.
Como consecuencia de la política de la Perestroika y la Glasnost de Mijail Gorbachov, los países de la esfera soviética se vieron confrontados uno tras otro a asumir su destino, algunos en medio de la violencia como Rumania y otros por fortuna en una transición pacífica, mezcla de miedo y de fiesta. Puesto que para la declinante Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas en bancarrota esos países antes dominados y avasallados eran más una carga que un beneficio, las fichas del dominó cayeron con seco estruendo sobre la mesa metálica de la historia, dejando inermes ante sus pueblos a los tiranuelos locales que durante décadas fueron las marionetas del Kremlim.
Y como la joya de la corona, ese 9 de noviembre de 1989 tocó el turno a la poderosa Alemania del Este, abandonada a su suerte por los rusos y los países amigos. Viejos jerarcas, agentes de la policía secreta Stasi, ideólogos y militares asistieron impasibles a la reanudación del contacto y a la fiesta de arte y júbilo. Atrás quedaron los jóvenes mártires que fueron acribillados por las autoridades por intentar pasar al otro lado. Y poco a poco se fue borrando ese extraño espacio de no man’s land entre ambas partes de la vieja ciudad cubierto por la maleza, donde no se escuchaba ni el canto de las cigarras. Tuve la fortuna de conocer esos espacios diez años antes de la caída del Muro y ahora trato de rememorar esos instantes salidos de la historia, con la certeza de que muchas de las opiniones actuales son lugares comunes que ocultan un problema más profundo lleno de ángulos y de claroscuros.
Con la caída del Muro y la reunificación alemana terminaba simbólicamente la Guerra Fría, se derrotaba para siempre al totalitarismo soviético, pero al mismo tiempo ganaba la avorazada sociedad de consumo, el capitalismo neoliberal encabezado entonces por George Bush padre y Margaret Thatcher. Amplios espacios al este de Europa fueron rápida presa de los consorcios occidentales y muchos dramas humanos se vivirían desde entonces entre los obreros y los campesinos rasos, mientras los nuevos oligarcas rusos reemplazaban a los jerarcas de la Numenklatura soviética.
En 1979 hice una visita a Berlin Oriental con mis amigos Carlos Augusto González y Ricardo Scoremblut. Recuerdo todavía las grises estaciones del metro por donde cruzábamos vigilados por guardias, y el ambiente de sobriedad, penuria y tensión que se vivía al otro lado, donde todos eran sospechosos de algo y eran vigilados por la Stasi. Caminamos por esas avenidas siempre escrutados por la policía, experimentamos la penuria en las tiendas, la falta de variedad en las librerías, la omnipresencia de Marx y Engels en la estatuaria y al final nos acercamos al muro, del otro lado, para tomarnos fotos y fingir que éramos fusilados contra esas paredes que tenían las huellas de los impactos de bala. Las fotos en blanco y negro las guarda todavía mi amigo Carlos.
Sin duda no había punto de comparación entre la Berlín Occidental, especie de oasis juvenil donde al llegar la primavera o el verano las chicas tomaban semidesnudas el sol a la orilla de los lagos y en los parques y la Oriental, donde la sospecha, la delación y el moralismo soviético reinaban con su larga impronta congelada de estalinismo. Claro que no todo era terrible en una Alemania del Este, región germana que desde hacía siglos era siempre más agrícola y pobre que la occidental, más rica e industrial, con ciudades prósperas y universitarias como Frankfurt y Munich.
Incluso ahora, veinte años después, amplios sectores de la Alemania del Este tienen dificultades para competir con el avasallador ímpetu del capitalismo occidental, y eso pese a que la actual canciller alemana Angela Merkel es originaria de la RDA. Hay temor en mucha gente por el fin de las subvenciones y las ayudas que en estas dos décadas hicieron posible sobrevivir a amplios sectores de la población afectados por la súbita reunificación y la bancarrota de la atrasada industria y el arcaico agro estealemanes. Se espera que en una década la economía de Alemania de Este sea totalmente autónoma y despegue por medio de una industria aplicada a nichos novedosos. La larga transición no habrá sido en vano.
Han pasado 20 años desde el día en que en Nueva York veíamos con estupor la agitación provocada por un acontecimiento histórico que figurará en los libros de texto y 30 desde nuestra visita a una Berlin del Este, que nos pareció gris y asfixiante. Desde entonces Europa se ha ampliado y extendido a muchos de los países que antes estaban tras la cortina de hierro, cambiando radicalmente la forma de vivir de millones de habitantes. Nuevos problemas surgen cada día y muchos faltan por resolver, pero es probable que el proceso sea a la larga más positivo que negativo.
Después de la crisis espectacular del neoliberalismo occidental con la catástrofe financiera de los últimos años en el mundo, que fue otra especie de caída de Muro, es probable que el capitalismo salvaje que triunfó con el derrumbe de la esfera soviética sea ahora más moderado y viva bajo mayores controles, al menos Europa. Este 9 de noviembre se celebra la caída en Occidente de dos muros: el Muro del totalitarismo soviético y el Muro del capitalismo a ultranza que sólo piensa ciegamente en la ganancia y en las cifras. Pero ambas hidras siguen vivas en otras regiones del mundo, como Asia, amenazando con su codicia y frialdad a la humanidad entera. Sin duda en el futuro se construirán otros muros y llegará después la hora de derribarlo.
*Escritor y periodista colombiano radicado en París
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Antonin Artaud
Contra los Rectores
Asistimos nuevamente a la agonía del año, con su ramalazo de inenarrable desasosiego, su exhibición impúdica de la propuesta mercantil, sus derrotados de siempre y sus consabidos triunfadores, y con la pueril esperanza de que cuando arribe la nueva calenda, algunas de las aguerridas dolencias que nos aquejan, como una indómita selva, cambiarán, se harán mansas, transgredirán su perfidia y nos mostrarán el sendero hacia un mejor horizonte.
Muchos son los damnificados de estos días pseudo felices, y entre ellos se cuentan los estudiantes lúcidos que están en guerra física y metafísica contra el establecimiento académico, y que, con frecuencia, deben pagar el costo de su rebeldía con su cabeza henchida de sueños y visiones espléndidas. Entonces resulta propicio, como un elíxir para subvertir buenas conciencias, regresar a las palabras que el gran Antoni Artaud dedicara, con su sarcasmo dolido, con su humorismo trágico, a los señores rectores, esos curiosos sujetos encargados de convertir la sapiencia y el intelecto en un oscuro decálogo.
En la estrecha cisterna que llamáis "Pensamiento": los rayos del espíritu se pudren como parvas de paja. Basta de juegos de palabras, de artificios de sintaxis, de malabarismos formales; hay que encontrar -ahora- la gran Ley del corazón, la Ley que no sea una ley, una prisión, sino una guía para el Espíritu perdido en su propio laberinto. Más allá de aquello que la ciencia jamás podrá alcanzar, allí donde los rayos de la razón se quiebran contra las nubes, ese laberinto existe, núcleo en el que convergen todas las fuerzas del ser, las últimas nervaduras del espíritu. En ese dédalo de murallas movedizas y siempre trasladadas, fuera de todas las formas conocidas de pensamiento, nuestro espíritu se agita espiando sus más secretos y espontáneos movimientos, esos que tienen un carácter de revelación, ese aire de venido de otras partes, de caído del cielo.
Pero la raza de los profetas se ha extinguido. Europa se cristaliza, se momifica lentamente dentro de las ataduras de sus fronteras, de sus fábricas, de sus tribunales, de sus universidades. El espíritu "helado" cruje entre las planchas minerales que lo oprimen. Y la culpa es de vuestros sistemas enmohecidos, de vuestra lógica de dos y dos son cuatro; la culpa es de vosotros -Rectores- atrapados en la red de los silogismos. Fabricáis ingenieros, magistrados, médicos a quienes escapan los verdaderos misterios del cuerpo, las leyes cósmicas del ser; falsos sabios, ciegos en el más allá, filósofos que pretenden reconstruir el espíritu. El más pequeño acto de creación espontánea constituye un mundo más complejo y más revelador que cualquier sistema metafísico.
Dejadnos, pues, señores; sois tan solo usurpadores. ¿Con qué derecho pretendéis canalizar la inteligencia y extender diplomas del espíritu? Nada sabéis de él, ignoráis sus más ocultas y esenciales ramificaciones, esas huellas fósiles tan próximas a nuestros propios orígenes, esos rastros que a veces alcanzamos a localizar en los yacimientos más oscuros de nuestro cerebro.
En nombre de vuestra propia lógica, os decimos: la vida apesta, señores. Contemplad por un instante vuestros rostros, y considerad vuestros productos. A través de las cribas de vuestros diplomas, pasa una juventud demacrada, perdida. Sois la plaga de un mundo, señores, y buena suerte para ese mundo, pero que por lo menos no se crea a la cabeza de la humanidad.
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Segundo centenario del nacimiento de Pierre-Joseph Proudhon
Por Omar Ardila
En 2009 conmemoramos doscientos años del nacimiento de Pierre-Joseph Proudhon (1809 – 1865), quien ha sido considerado por muchos como “el padre del anarquismo”. Puesto que estamos convencidos de que la acción libertaria también debe preocuparse por mantener viva la memoria de quienes, con sus ideas, ayudaron a construir nuevas subjetividades fundamentadas en la libertad y la solidaridad, hemos querido hacer una pequeña reseña de algunos de los aportes que nos legó Proudhon.
Antes de avanzar, es preciso advertir que nos estamos aproximando a una vida contradictoria (que conoció la cárcel y el exilio, y que, sin embargo, le dio vida a una notable obra teórica) lo cual no pretende ser una novedad analítica, pues ¿qué vida no es contradictoria, más aún, si se trata de la de un libertario? Esta anotación es, simplemente, para constatar una vez más la variación y el dinamismo que están en el centro de la vida. Los analistas de Proudhon, claramente se ubican entre dos polaridades antagónicas (la hostilidad y el entusiasmo). De “raciocinador indigesto, pródigo en galimatías pretensiosos” o de “prisionero inconsciente de la economía burguesa”, pasa a ser en boca de otros, un crítico radical del capitalismo y uno de los primeros forjadores de un pensamiento antiestatista y libertario. Según Marx, Proudhon pensaba el socialismo desde la óptica pequeñoburguesa y “sus ideas pseudocientíficos demostraban el desconocimiento básico de los elementos de economía política, en definitiva, era un ‘torpe autodidacta’ ”. Sin embargo, y aunque reconocemos que algunos de los análisis de Proudhon no tienen la rigurosidad metódica del economista, sí podemos afirmar que hay en él una decidida negación de la racionalidad, entendida como forma unidireccional de análisis que le da vida a todos los autoritarismos y que luego, desemboca en una democracia basada en la delegación de poderes. Es decir, cuestiona el principio de autoridad, la forma organizativa del Estado político y jurídico, por ser el origen de los despotismos, de los privilegios y la razón política que justifica las servidumbres (económicas y sociales). Esto nos confirma que la apuesta de Proudhon por realizar aproximaciones (directas y menos esquemáticas) a la dinámica social, respondía a su clara disposición de abogar por análisis de fácil comprensión, lo cual no implica que sean ligeros o inválidos.
Una juiciosa lectura de la obra de Proudhon, necesariamente nos conduce a pensar la dinámica de las luchas sociales en la Francia del siglo XIX, pues de ahí surgen sus principales preocupaciones por la propiedad, el papel del Estado, el influjo de la iglesia y la lucha reivindicativa de la organización popular en sociedades mutualistas (de los productores libremente asociados). Además, el periodo francés de la primera mitad de dicho siglo, es bastante prolífico en la postulación de ideas políticas, pues vieron la luz, corrientes como el bonapartismo, el liberalismo, los socialismos, los comunismos y el anarquismo.
El mutualismo que proponía Proudhon como práctica de resistencia, buscaba establecer dos tipos de relaciones: primero, de intercambio e igualdad entre los focos de producción (que eran diversos y tenían dinámicas diferentes), reconociendo las diferencias y las individualidades; y segundo, relaciones particulares de asociación y de solidaridad, tendiendo a la integración sin destruir los centros de producción. Con esto se reafirmaban dos conceptos claves del trabajo: división y fuerza colectiva. Por lo anterior, Proudhon consideraba que el acto de asociación mutualista encarnaba el valor de la justicia: “la justicia es una idea solamente en la medida en que es en sí misma una realidad”.
El gran aporte de Proudhon a la teoría política es el concepto de anarquía, dándole una connotación especial que enmarcaba su pensamiento, y que le daba un viraje a esa noción limitada que equiparaba la anarquía con desorden, caos, confusión e insociabilidad. Es interesante destacar la apuesta de Proudhon a favor de este término cargado de “no-valor” para redimensionarlo y ubicarlo en la construcción de nuevas formas organizativas que invertían las estructuras sociales y mentales, las cuales ponían en duda los esquemas autoritarios que ya se vislumbraban en los discursos de los grupos revolucionarios de mediados del siglo XIX.
El centro de la teoría anarquista que propone Proudhon es: la “negación racional” del Estado, de la Iglesia y de la propiedad, y la reafirmación de la espontaneidad social (especialmente, en los escritos que van de 1848 a 1851, aunque ya se vislumbraba estos postulados desde su primera obra en 1840). Posteriormente hay una propuesta que conduce a imaginar las sociedades industriales modernas, donde primaría la socialización de la propiedad, la descentralización de los centros de decisión y la educación permanente, entre otras prácticas libertarias. Desde Primera Memoria (1840), Proudhon empieza la reflexión sobre la propiedad, teniendo en cuenta los procesos que intentaban crear nuevas estructuras económicas desde 1915. Pero es, particularmente, en Sistema de contradicciones (1846) donde enfatizó la reflexión sobre la propiedad, la división del trabajo, el maquinismo y el monopolio, que se empezaban a incorporar en los sectores de la economía más productivos en ese momento: el rural y el artesanal.
El anarquismo de Proudhon es el anarquismo del productor social. Es un anarquista de acción, de influencia popular, un luchador por la revolución social. Los valores positivos que exalta permanentemente son la igualdad, la mutualidad, la libertad, y con mayor énfasis, el trabajo (“como acto en sí mismo libre y generador de realidad, no de artificios como sucede con la política”) y la justicia (como valor supremo de la mutualidad). La principal preocupación que lo sostuvo fue darle vida a una estructura económica que estuviera basada en la pluralidad de elementos de producción, siempre y cuando se mantuvieran las relaciones de equilibrio y reciprocidad. Asimismo, pretendía que esa nueva práctica respondiera al problema de la organización económica, desnudando las estructuras capitalistas para proponer, en contraposición, las “sociedades económicas”, la socialización de la economía; es decir, la reciprocidad de los términos y las relaciones de intercambio e igualdad entre los modos de producción, resaltando y tomando conciencia, del pluralismo sociológico.
En su obra, De la capacidad política de las clases obreras (1865), Proudhon plantea tres condiciones fundamentales para realizar la revolución social: conciencia de clase, teoría y práctica real. Y para alcanzarla, los enemigos que se debían combatir eran el individualismo liberal y el comunismo estatal. Hay que tener en cuenta que en ese momento (primeros cincuenta años del siglo XIX) las sociedades eran asociaciones, no comunidades. Proudhon respalda las asociaciones más no las comunidades (que planteaban la necesidad de confundir sus bienes y dividirlos entre todos).
Finalmente, para terminar esta breve aproximación a la vida-obra de Proudhon, recurrimos a una de sus frases emblemáticas, la cual recoge y expresa sus máximos convencimientos: “No más partidos, no más autoridad, libertad absoluta del hombre y del ciudadano: esta es mi profesión de fe social y política”.
La horizontalidad de las palabras
Por Esmir Garcés Quiacha
El presente libro de poesía, Consejo para la buena muerte: Panorama de poetas contemporáneos del Suroccidente de Colombia, no nace del azar o de la improvisación sino de la necesidad, desde los ausentes y los presentes, desde los de arriba o los de abajo, desde la verticalidad del tallo de la creación y desde la horizontalidad de las palabras. Aquí se cumple la teoría social de la escritura – si el sonido de las trompetas es capaz de derribar los muros, la palabra escrita, leída o cantada, nos ha de acercar al concepto de lo humano-. No puedo asegurar que la poética pueda desviar los asaltos de la incomprensión y de la rabia, pero sí que puede, con entera seguridad, brindar luz a los desposeídos. Si algo caracteriza esta época, es sin duda la palabra soledad, que resulta ser nada distinto al yo oculto entre las catacumbas de la indiferencia, un yo que no se conmueve ante los desastres y los dolores generados por los mismos hombres de carne y hueso, de hueso y barro, de carne y piedra o de médula y fuego. Un yo que no siente, peor aún, que no vive.
La poesía devuelve los sentidos, devuelve el mundo; hace de la piedra un relámpago, un rio cobrizo, un árbol de pájaros o cielo de hojas. Todo lo anterior permite dilucidar el trabajo poético que contiene el presente libro: Una estela de cordilleras y unos profusos bosques que navegan por entre las páginas en blanco.
Se hace muy difícil precisar un concepto estético sobre la poética que integra esta compilación, debido, principalmente, a la multiplicidad de voces y matices, a la misma diversidad geográfica de los seleccionados. Aún así, asistimos a la sonoridad, al cadente ritmo; a la imagen que construye y destruye la fusión de cuerpo y espíritu. Octavio Paz en la idea de que “el poema nos hace recordar lo que hemos olvidado: Lo que somos realmente”; y lo que somos de la mano con paz, tiene que ver con un cruce de caminos, con una lanza chamánica, con una línea de frontera. Somos la marca de la historia, el herrero inclemente sobre los números perdidos. Ahora que sea el lector el comisionado para escalar estos muros, estos árboles gigantescos, estos ríos caudalosos y apacibles, esta palabras preñadas de pájaros y vientos. Es una celebración del lenguaje que participa así del ritual de la vida, de este conjunto de astros, de la seducción de los arlequines, del yo enfermo y del ojo infinito que es como el imán para los dioses. Que sea el lector el que pueda cabalgar por la horizontalidad del verbo, por las páginas aún pudorosas de este libro dispuesto a ser profanado.
Poetas incluidos: Guillermo Martínez González, Jáder Rivera, Winston Morales, Esmir Garcés, Felipe García Quintero, Francisco Javier Gómez, Cesar Eduardo Samboní, Nelson Romero, Luis Eduardo Gutiérrez, Medardo Perdomo, Mario Eraso.
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La canción de los Cuervos Blancos de Andrés Matías
Por Hernando Guerra Tovar
Andrés Matías (Armenia, Colombia, 1978) es un poeta que se solaza en los predios de la palabra oscura de un malditismo a ultranza. Iconoclasta e irreverente, convoca en su decir poético las fuerzas del mal, desde la más profunda interioridad, a manera de proyección, catarsis o conjuro, a partir del simbolismo de Poe, Baudelaire, Rimbaud, Verlaine; en la demencia y precocidad de Lautréaumont; o en la vanguardia de un Vallejo enfermo de la patología lluviosa de Dios.
En un momento de la modernidad en que los poetas enmascaran el sentimiento, Matías irrumpe expresando su sentir sin concesiones ni recatos, al contario, dejando ver su desagrado, su disgusto existencial de manera tajante, gozando en su provocación de vuelo y caída, como lo anuncia el narrador colombiano Roberto Burgos Cantor: “Es probable que Andrés Matías, contestatario de convicción, publique ahora sus poemas como quien arroja pequeñas esferas de cristal en el escenario. Las arroja no con la intención traviesa de hacer caer a quienes las pisan. Las arroja con la esperanza rabiosa de que quien no quiera estrellarse contra el suelo mueva los brazos y aprenda a volar”
La canción de los cuervos blancos (Editorial Cubik, Buenos Aires Argentina, 2008), contiene treinta y siete textos de factura encomiable, en donde lo culto se enlaza con el más profundo sentimiento de desnudez y desamparo, de delirio y revelación, de apostasía y silencio. Andrés Matías es, en este sentido, un rebelde con causa, un anarquista que recorre Colombia y Suramérica con su figura esbelta y su mirada crítica, percibiendo de manera atenta y disgustada las banalidades y bajezas del medio que le correspondió en desgracia, en una región del mundo que se debate entre la ignorancia, la barbarie y la más abyecta corrupción. La metáfora del cuervo blanco es así una bella ironía posmoderna, neodecadentista y neorromántica, en un espíritu independiente, que no deja de estremecerse, no obstante, ante el sentimiento amoroso: “Tu ojo sobre el mío es una flor.” O, “El beso sin amor sabe a boca.”
Un delirante juego cromático, una sinestesia recurrente, un sentimiento de orfandad y miseria, un percibir etéreo, evanescente, un discurrir de música que se pudre entre el vaho y el moho de la muerte, un grito en el medio de la noche del cuervo blanco como “ataúd de fuego”, un milagro oscuro entre la luz, un cadáver de flor y miel y mucho más, es la palabra de este poeta visionario del abismo, de la pérdida, del holocausto del principio antes del fin, del pecado vegetal del conocimiento, de la sinrazón del ser, de la ebria lucidez de la caída.
Pero este hacer iconoclasta no aparta al poeta de la responsabilidad de un lenguaje depurado, como tampoco le impide la elaboración de una palabra compleja, que aborda el misterio propio de la poesía, sin el cual caería en el panfleto o en el simple discurso político o moral, nada más ajeno al propósito del autor, quien se adentra en los territorios de la lírica intimista y sugestiva, de dolorosa tiniebla: “Nunca tuve infancia, nací enfermo; ni un cielo raso para tutelar mis redes, ni un dátil de mieles gratas, ni un vaso de agua sin barro de Galilea, no tengo nada, sólo esta palabra que ahúma en los arenques de las costas del pacífico y que juega con los niños y los perros y que como ellos sabe perseguir la lluvia;” (…)
La sinestesia como recurso simbólico es en Matías la herramienta a través de la cual logra expresar su vuelo cromático, su transgresión y transmutación del sentido lingüístico, la polifonía necesaria de esta palabra que se adentra en las simas del ser y del decir, en ese lugar del verbo que linda con el silencio: ¿”De qué color es el sonido de la lluvia en el bosque de los cuervos blancos? Esta imagen contiene un uni-verso de matices, fracturas y dislocaciones que deleitan y sumergen al lector en variadas y ricas ondulaciones meditativas. La lluvia como elemento de misterio. Acaso podamos explicar, de manera razonable, científica, el fenómeno de la lluvia, pero aquí, y en ello consiste precisamente el milagro de la poesía, el autor funda un nuevo territorio de aprehensiones, de sutilezas y variables, de ensimismadas formulaciones. El color, el sonido, la lluvia, el bosque, el cuervo, lo blanco. El cuervo, que por naturaleza es negro, en la poética de Matías es blanco y habita en un bosque donde la lluvia debe tener un color singular. ¿Cuál es ese color? Trakl, desde su expresionismo, nos dijo, de manera tajante, que “Oscuro es el canto de la lluvia.” Pero, a diferencia del poeta de la “Revelación y caída”, la lluvia de Matías está circuida al territorio del cuervo blanco, lo que presupone un color ideal. Esta meditación poética conlleva una nueva imagen de la luz, donde tánatos aparece como protagonista: “Una luz de muerte es la lluvia en el bosque de los cuervos blancos,” (…)
La misión del poeta es nombrar, fundar el verbo en la nada del vacío, en la brecha que existe entre una imagen y la otra. Ahí, en ese espacio cubierto de maleza, crece una flor que el poeta cuida y riega cada noche. Es la flor del silencio que viene de la piedra, que se nutre de la piedra donde habita el olvido. En la obra de Matías hay muchas flores como blanco, como ausencia, como herida en la pupila del amanecer. La función del poeta es nombrar esa flor para que nazca la palabra y se haga la luz. El propósito del poeta es reinventar el mundo, hacerlo tangible, mirable, aprehensible, sonoro, y ello sólo se logra a través del silencio: “Si un día te levantas con la pupila herida / deja que en su luz muera tu última flor. / Al comienzo leerás: todo es obscuro / como esas tardes que usan los domingos. / Luego oirás crecer dentro de ti / el silencio.
La flor, la pupila, el olvido, la mirada, lo oscuro, la luna, el agua: itinerarios del sueño del poeta antes que el cuervo “perdiera la guerra contra el sol.” Caminos recorridos desde la inocencia de toda la blancura. Génesis del poeta antes de la tiniebla, cuando era un cuervo, sólo un cuervo más en los azules jardines del deseo. El blanco y el silencio son en este poemario uno y lo mismo. El poeta, cuervo redimido de la noche, recorre Suramérica, acaso buscando el pliegue de sus alas negras, tal vez evocando “las blancas colinas del silencio.” El cuervo exiliado de la luz entre lo blanco, “hasta el rojo y negro del pecado de Adán.” Diáspora eterna de todas las culturas del hombre, aun lo blanco, no obstante su inocencia. Porque la culpa habita en su pupila desde la misma madrugada de la partida al “crepúsculo incendiado en la soledad de Itaca.” Ahora el poeta, cuervo desplazado del bosque de la lluvia de plata, es un intruso, un advenedizo en su propio jardín. ¿Quién arrancó su flor, quién su milagro?
Andrés Matías es, al lado de Hellman Pardo, uno de los más altos nombres en la reciente poesía colombiana, y al decir de su editora Marion Barcia Zubillaga, una de las voces más importantes de la nueva poesía hispanoamericana. Celebro este libro esencial que restaura la trinidad de la alta palabra: El silencio. El blanco. La luz.
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Lévi-Strauss, el señor de los mitos
Por Eduardo García Aguilar
Cuando teníamos listo nuestro homenaje al gran Claude Levi-Strauss, el antropólogo francés que, mediante sus incisivas inmersiones en la cultura, los mitos, el erotismo, la culinaria, las convenciones, los símbolos, las jerarquías y la organización de los pueblos ahistóricos, terminó por diseñar todo un sistema de pensamiento, y que gracias a su contacto con la mentalidad mítica pudo descifrar amargas e importantes verdades de la civilización occidental, nos encontramos con la sorpresa de su muerte, ocurrida el sábado anterior, y cuando se acercaba a su cumpleaños 101. Lévi-Strauss es una lectura indispensable, una fiesta de la creación, un hermoso encuentro entre la ciencia y el arte. Algunos de sus libros memorables: Tristes trópicos, Elogio de la antropología, Las estructuras elementales del parentesco, La vía de las máscaras y La serie bautizada Mitológicas (Lo Crudo y lo cocido, De la miel a las cenizas, del origen de los modos de mesa y el Hombre Rebelde), summa casi totalizante del pensamiento. El mito parte para reforzar su mito.
Casi centenario, Claude Lévi-Strauss (1908-2009) caminó en 2005 hasta el Instituto Catalán de Cultura de París, erguido, enfundado en un traje ajustado gris, chaleco, y con un paraguas colgando de su brazo, como una figura intemporal de otra época, incluso futura. Este hombre contemporáneo de Jean-Paul Sartre había recibido un importante galardón catalán y caminaba tranquilo por las calles de Saint-Germain-de-Prés y Odeon, no lejos de la Antigua Comedia y el restaurante Procope, donde solían ir Voltaire y sus contemporáneos los enciclopedistas dieciochescos a comer y beber antes de la Revolución.
Parecía mentira verlo en la excelente fotografía del argentino Mordzinsky caminando por esas calles, en la flor de sus 97 años, como el último gran mito viviente del pensamiento y el saber del siglo XX francés. Todos sus discípulos y amigos desaparecieron hace tiempos. Las glorias del estructuralismo, al que se le atribuye la paternidad, murieron hace décadas en diversas circunstancias, como el gran polígrafo Roland Barthes, aplastado por un camión o el filósofo post-marxista Louis Althusser, loco, después de estrangular a su esposa. Y sus más famosos maestros, los grandes etnólogos Marcel Mauss y Levy Bruhl, vestidos con anacrónicas levitas, de bigote retorcido, sombrero y lentes quevedianos, se internan en un pasado remoto, mucho más cercano al siglo XIX que a este siglo XXI, por donde deambulaba Lévi-Straus con su sonrisa irónica de sobreviviente. A esos viejos maestros él rinde homenaje con afecto pero sin complacencia en las primeras páginas de su extraordinaria obra Tristes trópicos.
Lévi-Strauss sobrevivió a todos los peligros en las selvas y planicies amazónicas en los años 30 y 40, a donde viajó para anotar la vida cotidiana, los usos y costumbres de las últimas tribus casi vírgenes del planeta; se salvó de todas las acechanzas en Oriente, a donde también fue en pos de los rastros fósiles del pasado humano; sobrevivió a la persecución nazi-fascista de los judíos y pudo huir de Europa en barcos que lo llevaron al Caribe y a Estados Unidos, cargado de maletas y apuntes; venció todas las fiebres tropicales y picaduras de mosquitos, culebras y zancudos; hizo temblar la mano de los asesinos o se salvó milagrosamente de atracos y asonadas en la inmensidad de las selvas, por ríos caudalosos y pueblos perdidos que recorrió con espíritu científico para explorar las leyes del parentesco, la arqueología de los tabúes y las coloridas costumbres, lenguajes y expresiones artísticas y míticas de los aborígenes, para él tan sabios o más que los bárbaros hombres civilizados de un siglo XX bañado en la sangre de las guerras.
Lévi-Strauss está vivo aunque se fue: cuando respondía a las preguntas de algún periodista televisivo lo hacía con una sabiduría y una inteligencia admirables no carentes de ironía. Desde su venerable ancianidad, en el fondo de un abullonado sofá de cuero, junto a los viejos relojes de su viejísima morada, al hablar de religiones y creencias, de saberes y sabores, el viejo nos muestra que su enorme talento y brillantez están por encima del tiempo. Ese anciano es más moderno que todos los jóvenes juntos y pertenece a una generación de sabios y hombres que vivieron jóvenes las dos grandes guerras y en medio del holocausto escribieron obras fundamentales como Mircea Eliade, Ernest Jünger, Jean-Paul Sartre, Hannah Arendt, Karl Popper, Isaiah Berlin o Walter Benjamin, entre otros muchos. Fue una generación que se fraguó en medio de las más atroces guerras de la historia y entre la precariedad escribió las obras más sólidas y luminosas. Y además del saber se expresaron por medio de escrituras, de estilos admirables.
El autor de Las estructuras elementales de parentesco, Raza e historia, Tristes trópicos, El pensamiento salvaje y Mitológicas, entre otros libros, saltó a la fama mundial y popular en 1955 cuando en Tristes Trópicos relató sus experiencias de etnólogo e investigador para el gran público. Publicado en la colección Tierra humana, dirigida por el viajero Jean Malaurie, especialista en los esquimales, Tristes tropicos se volvió rápido uno de los grandes libros del siglo XX. Lo escribió en unos cuantos meses, del 12 de octubre de 1954 al 5 de marzo de 1955, culpabilizado por violar el rigor de los grandes académicos y dejar libre curso a su prosa encantadora, para contar paso a paso las aventuras que vivió al hacer sus investigaciones en las tribus " salvajes " de Oriente y Occidente.
El libro comienza con la ya legendaria oración "odio lo viajes y los exploradores ", con lo que indicaba el horror que sentía al lanzarse a una obra de intimidades autobiográficas donde no campea la lejanía helada del lenguaje académico. Y todavía, medio siglo después de su publicación, no entiende por qué él es más conocido en el mundo por este libro y no por las otras obras suyas, que él consideraba decisivas. El secreto es muy simple: la prosa que esgrime Lévi-Strauss en Tristes trópicos se alza al nivel de las mejores en lengua francesa, al lado de escritores como Voltaire y Chateaubriand, como lo atestiguan esas diez páginas sobre el crepúsculo, escritas en 1935 en el barco, antes de llegar a Brasil.
Es claro que el autor escribe con soltura, armado de todas las cualidades de una formación académica excepcional y también de un amplio conocimiento de los clásicos. No sólo lo que dice es profundo, conmueve, nos hunde en la extraordinaria aventura humana, ayuda a situarnos en la inmensidad del cosmos y del globo terráqueo y al interior de la naturaleza y las especies que lo habitan, sino que además está escrito por un mago de la palabra.
Su prosa vibra, huele, suena, sangra, se mete en los más extraños recovecos, levanta polvos milenarios, a través de extensos pasajes donde nos describe las maravillas del extenso Brasil con sus interminables selvas y sus ciudades en plena formación y la India con sus arcaicas metrópolis y su sorprendente actualidad. El París de sus años estudiantiles, el éxodo por la guerra, la aventura de participar en la fundación de la universidad moderna brasileña y la exploración de la India y otros países e islas asiáticas quedan plasmadas en medio millar de páginas magistrales.
Pero lo increíble es que Lévi-Straus estaba vivo hasta hace una semana entre nosotros como el tótem viviente de la aventura del saber y la palabra, una figura donde confluyen el rigor moderno de las ciencias humanas y el talento literario que lo izará sin duda al lado de los grandes prosistas de la lengua francesa.
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Confirmado plagio de Bryce Echenique
El Instituto Nacional de Defensa de la Competencia y de la Protección de la Propiedad Intelectual (INDECOPI) confirmó, a través de la Sala de Propiedad Intelectual, que el escritor Alfredo Bryce Echenique plagió 16 artículos periodísticos publicados en diversos medios de comunicación.
Cabe recordar que en enero de este año, la Comisión de Derecho de Autor, primera instancia administrativa del INDECOPI, sancionó al autor al determinar que infringió el derecho moral de paternidad en la modalidad de plagio y el derecho moral de integridad. El derecho moral de paternidad es la facultad que tiene un escritor a ser reconocido como autor de una obra, es decir, que se debe publicar su nombre o seudónimo cuando es citado por un tercero. En tanto, el derecho moral de integridad está referido a que no se puede modificar o mutilar una obra. Bryce Echenique apeló la sanción ante la Sala de Propiedad Intelectual, argumentando que existieron vicios en el procedimiento, que el caso no era aplicable a la ley peruana y que no se tomaron en cuenta los principios de proporcionalidad y razonabilidad. Además, sustentó que estaba en curso una demanda de amparo ante la institución para declarar nula la resolución. Sin embargo, la Sala determinó que no existieron vicios en el proceso y que, de acuerdo a la Ley sobre Derecho de Autor, el INDECOPI sí es competente para resolver esta denuncia. Por ello, decidió sancionar al escritor con una multa de 20 Unidades Impositivas Tributarias (UIT), equivalentes a 71 mil Nuevos Soles. Para fijar la multa tomó en cuenta que los plagios fueron reiterados y se difundieron a través de medios de comunicación masiva. En total, fueron plagiados o copiados ilegalmente 16 artículos, pertenecientes a 15 autores.
(Tomado de la revista Virtual Con Nuestro Perú)
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Javier Osuna, Premio Nacional de Periodismo
Comunicador Social y Periodista de la Universidad de La Sabana. En el 2009 obtuvo el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar con el reportaje “La prensa silenciada”, el mismo año obtuvo el Premio Nacional de Periodismo CPB (Círculo de periodistas de Bogotá) en la categoría de Nuevos Medios con el portal Verdad Abierta.com, donde se desempeñó como corresponsal en Bogotá cubriendo el proceso de Justicia y Paz con las autodefensas.
En el 2007 y el 2008 trabajó en la FLIP (Fundación para la Libertad de Prensa), primero como practicante social, después apoyando las labores de la Línea de Investigación de la organización.
Desde el 2005 trabaja como director de la revista literaria Fahrenheit 451 y como representante legal de la Fundación Fahrenheit 451, que utiliza la literatura como herramienta de cambio social con diferentes segmentos de la sociedad.
Su obra narrativa fue seleccionada para hacer parte del compilado del “Tercer Encuentro de Escritores Colombianos” (2006) y recibió mención de honor en el Premio Ray Loriga de Jóvenes Escritores, organizado por la Fundación Gilberto Alzate Avendaño y el grupo Santillana con su cuento “Los hay unos sin los otros”.
En el 2007 obtuvo la Mención a la gestión y al trabajo. Proyecto 5939-06 Programa de Participación y Movilización Social. Componente: Creación del sistema local de juventud de la localidad Ciudad Bolívar.
En este momento colabora como asistente de investigación en un libro sobre los procesos de negociación con las FARC y asesora las publicaciones “Riel” y “El Despertar” de la localidad de Usaquén.
Aquí un fragmento de su artículo ganador.
La prensa silenciada
Ya son siete los casos de periodistas asesinados por grupos paramilitares confesados en el proceso de Justicia y Paz. Hasta el momento la Fiscalía investiga 20 crímenes revelados por ex miembros de las autodefensas que involucran desde políticos hasta funcionarios del Estado.
"Concejal, no puedo acompañarlo. En estos momentos voy rodando para el monte, y si no vuelvo es culpa del señor Julio César Ardila", le dijo el periodista Emeterio Rivas, poco antes de ser asesinado, a un concejal que lo llamó.
Rivas nunca regresó de su cita y en enero de 2009 el ex alcalde de Barrancabermeja Julio César Ardila, quien antes trabajaba para la Defensoría del Pueblo, fue condenado a 28 años y 8 meses de prisión por pagar 150 millones de pesos a los ‘paras’ del bloque Central Bolívar por su asesinato.
Como parte del mismo proceso el Juzgado Primero Penal de Bucaramanga condenó a 26 años de prisión al entonces secretario de Obras Públicas de la alcaldía Fabio Pajón Lizcano y al dirigente político Abelardo Rueda Tobón por estar involucrados en el crimen que cegó la carrera de uno de los periodistas más respetados del sur de Santander.
Emeterio Rivas fue asesinado el 6 de abril de 2003 en el corregimiento Meseta de San Rafael por un grupo de paramilitares que lo citó a las afueras del casco urbano. El periodista asistió puntual a la reunión, en compañía de cuatro personas. Todos fueron masacrados.
Rivas había recibido amenazas tras denunciar presuntas irregularidades en la contratación de la ciudad a favor de los paramilitares que por ese entonces ejercían dominio territorial en la zona. Desde hacía algunos meses el comunicador publicaba noticias relacionadas con el manejo irregular del presupuesto de la alcaldía de Barrancabermeja en su programa Fuerzas Vivas de la emisora “Calor Estéreo”.
Entre los casos que el periodista hizo públicos se encontraban la adjudicación de un contrato en el corregimiento de Meseta San Rafael, donde fue asesinado, a nombre de un hermano de alias ‘Harold’, que era uno de los jefes de las AUC en la zona. Tres días antes de su asesinato, el periodista sindicó públicamente a la administración municipal en cabeza del alcalde Ardila Torres, de haberse aliado con los ‘paras’ y advirtió haber recibido amenazas en su contra.
La sentencia judicial señala que en la Meseta de San Rafael, los paramilitares Bolmar Said Sepúlveda, Pablo Emilio Quintero, alias ‘Bedoya’ y Jhon Fredy Zapata le pidieron al alcalde Ardila Torres 300 millones de pesos para asesinar a Rivas, a lo que el mandatario respondió que “con tal de quitarse ese mugre de encima” pagaba solo 150 millones de pesos.
Rodrigo Pérez Alzate, alias ‘Julián Bolívar’ ex comandante paramilitar del Bloque Central Bolívar reconoció por cadena de mando el asesinato del periodista en versión libre. El caso de Emeterio Rivas adquiere un papel protagónico en Colombia, donde los crímenes contra comunicadores permanecen, en la mayoría de los casos, silenciados por una justicia que toma su tiempo en dictar medidas judiciales en contra de los responsables.
Se trata de un hecho muy significativo porque por primera vez en mucho tiempo se condena al autor intelectual de un crimen contra un periodista”, asegura Enrique Santos Calderón, presidente de la SIP (Sociedad Interamericana de Prensa).
En Colombia, tal como lo recopila un reporte de la Fundación para la Libertad de Prensa – FLIP- entre 1991 y 2006, 98 periodistas han sido asesinados en razón a su profesión. De esta estadística, según la FLIP, campea la impunidad y son contados los casos en los que los que paramilitares han sido judicializados.
Además, la organización indica que los procesos judiciales por crímenes diferentes a asesinatos no arrojan ningún resultado. “Violaciones a la libertad de prensa con menos impacto social que el homicidio, pero con un efecto igualmente inhibitorio para informar, pasan desapercibidas. Las amenazas registradas por la FLIP, por ejemplo, aumentaron 64% de 2004 a 2005, y 20% de 2005 a 2006.”
A pesar del trabajo diligente y concienzudo que realizan este tipo de entidades sin ánimo de lucro por proteger los derechos de los periodistas en Colombia, es evidente que queda aún mucho por hacer en orden de proteger la labor de los comunicadores, sobretodo a nivel regional, donde con frecuencia los periodistas se ven obligados a lidiar con el peligro cara a cara.
Durante 2008 la FLIP registró 130 violaciones a la libertad de prensa en Colombia. Esta cifra representa una disminución de aproximadamente 20% en comparación con 2007, año en el que la FLIP registró 162 violaciones. Los 130 casos registrados en 2008 involucraron 181 víctimas: 133 hombres, 35 mujeres y trece medios de comunicación.
Contrario a lo que podría pensarse, el asesinato de periodistas es un tema que pasa desapercibido generalmente. A pesar de existir en los registros de los medios de comunicación casos tan difundidos como el del Jaime Garzón, son pocas las ocasiones en las que la sociedad civil rechaza categóricamente el asesinato de quienes todos los días arriesgan su vida para informar sobre el orden público nacional.
El caso de Jaime Garzón fue confesado en versión libre por el ex jefe del bloque Bananero, José Éver Veloza, alias ‘H.H’. El proceso judicial culminó en 2004 con la condena del comandante de las AUC, Carlos Castaño Gil, como autor intelectual del hecho. El fallo nunca se hizo efectivo, y el mismo año de la decisión judicial el líder paramilitar fue asesinado dejando por fuera a los autores materiales. (…)
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Las tribulaciones de Mallarino Flórez
Por Iván Beltrán Castillo
En el siguiente reportaje, uno de los autores más prolíficos de la desigual y controvertida narrativa post-macondiana, reflexiona en tono confesional sobre el génesis de la pasión creadora, confiesa los hechos fácticos que lo llevaron a esculpir ficciones, divaga sobre los instrumentos que fortalecen el atrofiado músculo de la imaginación y, como una primicia, renuncia para siempre a robar el fuego de la poesía.
Cliente devoto del diván psicoanalítico durante once años tempestuosos, en los que debió sofocar la carga de abigarradas visiones nocturnas, remordimientos solapados, miedos intestinos, y de una nutrida colección de arcanos que habrían hecho las delicias de André Bretón, Paúl Delvaux o Luis Buñuel, este escritor bogotano, el más joven de una estirpe de discretos demiurgos, únicamente halló la puerta de su liberación y su sosiego mediante el puntual y disciplinado ejercicio de la ficción literaria, del que son pruebas las tres novelas que conforman su trilogía bogotana –Según la costumbre, Delante de ellas y Los Otros y Adelaida-, suerte de memoria intimista de nuestra urbe, así como su reciente Santa Rita, pequeño retrato de la picaresca educación sentimental de un puñado de niños en un barrio de Cali.
“Durante mucho tiempo –afirmó para introducir el reportaje– supe que deseaba o, mejor aún, necesitaba ser escritor, pero no encontré los arrestos y la fuerza para embarcarme en tan abisal empresa. Como debe sucederle a muchos, la urgencia inenarrable, el impulso imbuido de placer, eran coartados siempre por el principio de la realidad. Yo he sido otro protagonista de la vieja querella entre las dos principales pulsiones que hostigan al hombre. Como un puñado de granizo, aquel llamado se diluía en la rutina, los horarios regidos por la convención, los formulismos sociales, los abrazos ilusorios de los triunfalistas, la bohemia ejecutiva, high class, en la que reverencié excesivamente el uso del dadivoso whisky, y los equívocos triunfos económicos, tal vez los mensajeros principales de la gran farsa. Tuve cargos de altísima responsabilidad en empresas de renombre –prestigiosas aseguradoras, emporios de la floricultura–, y estos hacían sonar festivamente las alforjas. La vida me había llevado por una senda completamente ajena a mi verdad más secreta, y a pesar de su ropaje triunfal todo el boato empezaba a medrar mi sensibilidad de manera feroz y clamorosa”.
Gonzalo Mallarino Flórez recordaba todo aquello, contemplando desde una ventana los idílicos jardines del Gimnasio Moderno, donde trabaja hace más de cinco años como gerente o, mejor aún, procurador, nombre poético y teatral, que a él le place más y con el que designan desde siempre el severo cargo en esta mítica institución del norte bogotano. Observándolo, en esa mañana lluviosa, tonificados por el sabor agreste de un café cerrero, me pareció un gentil escribano de otro tiempo, un rozagante tabernero de Dickens, o tal vez un pretérito y benévolo doctor de familia de aquellos que además de su labor facultativa actuaban como padrinos, consejeros y humanistas, y a los que él retrata en sus novelas; pero además, palabra tras palabra, se me develaba como un gran buceador de la conciencia y el alma femenina desde el territorio de la prosa, un contrabandista de hipersensibilidad. Tiene brochazos de cachaco decimonónico –pensé-, y sin embargo hay algo en su semblante que delata un profundo conocimiento de nuestras reiteradas y acongojantes tragedias.
“Las páginas de mis libros, que ahora ya no son del todo míos sino que pertenecen a un grupo de lectores animosos, vinieron a remplazar mis largas jornadas de confesión y severo espionaje psicoanalítico –dijo como liberándose–. Mis criaturas de tinta son una revancha. Mis temas centrales –la mujer, la enfermedad, el cambio perpetuo de la sociedad, la presentación del mal, la nostalgia irredenta y el amor contrariado– pusieron fin a la farsa con la que, durante mucho tiempo pretendí estafar a la existencia. No me siento sonrojado al decir que le fui desleal a mi naturaleza, que en algún instante tuve pactos con la vanidad, y que me hice militante y víctima de Narciso, ese ridículo animal teológico que nos tiraniza fundando el esperpento de una felicidad mezquina. Pero ahí estaba, providencialmente, el llamado de lo otro”.
“Es cierto que empecé mi quehacer literario –rememoró– en la zona inaprensible y sagrada de la poesía. Debo reconocer, sin que esto tenga el menor tufillo de pedantería, que desde siempre tuve una enorme facilidad para versificar, encontrar el ritmo, la cadencia y la fracción de silencio que, aliados, levantan el cuerpo resplandeciente del poema. Y lo hice con asombrado regocijo, sintiéndome liberado de una parte de mis cargas, mis culpas, mi derrotero existencial no carente de opulenta y activa dimensión trágica”.
Pero la satisfacción era parcial. Quedaba siempre un reducto de muda desazón, de indómita nostalgia. En aquellos poemas, Mallarino se recreaba, se reinventaba y se deshacía de todos los velos, con la impudicia escandalosa que solamente llegan a tener las putas y los artistas. Y cuenta entonces: “una noche, mientras leía Enemisse of Promese de Cyrill Conolly, me tropecé con una frase luminosa que actuó en mi conciencia como el hacha más dentada, y en la que el genial inglés dice: “tardé mucho en reconocer el disgusto que me producía mi propia personalidad”. Aquella densa descarga verbal me tuvo absorto. La repetía como una salmodia, y la noche en que la dilucidé estaba enterrando, quizá sin saberlo, al poeta que había sido y asistiendo al alumbramiento del prosista que vendría, y ahora lo entiendo todo con una gran claridad: escribo novelas para escapar de mí, porque siempre he sospechado del pretencioso yo, expelo cierto tedio hacia mi identidad, no me interesa para nada el señor Gonzalo Mallarino, y eso, sospecho, camina en contravía del poema y abre la compuerta del cuento o la novela. Por eso ya nunca escribiré versos.”
LA CIUDAD Y LAS MUJERES
En su oficina del Gimnasio Moderno es fácil realizar una ceremonia mayéutica. El día de nuestra entrevista, bañada en café oscuro, sentí la satisfacción que le recorre al haber encontrado en este lugar, que se me antoja de atmósfera platónica, el islote largamente anhelado para reinventarse. Llovía y el agua, repiqueteando en los antiguos techos, resultaba musical, como una discreta sonata que acompañara y afinara los recuerdos, tanto los verdaderos como los imaginarios.
Entonces habló de las mujeres. No solamente de las que transitan por sus obras, y que “sienten el monstruo de la historia colombiana muy adentro de sí, quizá en el sexo o tal vez en las entrañas”, sino también de sus modelos de este lado, empezando por Carmen Restrepo, su compañera, historiadora y filósofa, y quién está tan ciegamente convencida de sus creaciones como la loca y magnífica Betty Blue inventada por el cine.
Al escucharlo, yo recordaba esa casta de bellas mujeres que ha esculpido en sus creaciones, que reflejan los pálpitos de la ciudad y que son, ni más ni menos, su harén imaginario. Él, como un inventor cauteloso, se entregó a justificar su existencia: “ellas son mujeres que hemos amado largamente, pese a su tribulación y su fatiga. Mujeres que habitaron y embellecieron Bogotá en distintos momentos de la historia, y que, como lo cuenta cada uno de los tomos de la trilogía bogotana –cuyos argumentos no referiremos aquí para no desembrujar su lectura–, asumieron discretamente el dolor de existir y se enfrentaron con las formas temporales que les propugnó la tragedia. Mujeres dulces pero luchadoras, amantes y guerreras, de cara a las contingencias de su época: combatiendo la sífilis a finales del siglo XIX como Raquel en Según la costumbre; jugándose la propia vida en un hospital para sofocar las fiebres puerperales que hicieron estropicios en la década del cuarenta, como, Alicia Piñedo en Delante de ellas; o, como Adelaida, la última de las heroínas del friso, protagonista de Los otros y Adelaida que había perdido su pequeña hija en el bombazo de 1989 al Das, y que batalló sin tregua contra la enfermedad de la ausencia.
Aquella vindicación abrió el espacio para comentarle a mi víctima que lo detecto como uno de esos hombres feminizados, vulnerables, no muy pragmáticos, levemente ahistóricos, con frecuencia adeptos a la creación, que no se dan mucho en estos trópicos y que a la postre resultan los mejores compañeros y amantes, gracias a que entienden los intersticios del esplendoroso y tenue enigma femenino. Postulé que sus imaginerías son la prueba. Inmediatamente lo activó el furor, me otorgó la razón y postuló: “por supuesto que soy femenino. Aborrezco el machismo ancestral que nos devora y nos separa de los únicos seres que pueden salvarnos. Creo que esa devoción y esa fe quedan plasmadas en todas y cada una de mis líneas. La cosa viril me produce serias dudas. Siento verdadera repulsa por el discurso genital, retórico y estúpido, con el que hemos degradado nuestra condición de hombres, arruinando de paso la vida de las mujeres. Me fascina, en cambio, el modo de sentir, de gozar y de sufrir, la óptica privilegiada con la que las ellas, como unas diosas caídas, aprehenden y leen el universo
EL CUERPO Y LA GLORIA
“La enfermedad es el alarido del cuerpo –dijo, después de una tregua en la que hablamos de árboles y pájaros, y se frotó las piernas como espantando a la ingrata visitante–; por eso, al lado de la miseria física y moral que ha coexistido con nosotros y que le otorgó su pasaporte al infierno a esta gran urbe –expresándose a veces en imágenes extremas y crueles como telas de Goya–, la dolencia física ocupa un puesto clave en mis trabajos. No sé si notes que en ellos hay siempre una fijación radical por las enfermedades de moda, las que tuvieron en vilo a la colectividad y nutrieron las pesadillas y el inconsciente de nuestros choznos o abuelos o padres. La enfermedad, creo, es mucho más que un cuadro clínico... es un estado del alma, una vigilia en la que el espíritu se aguza y se refina, un diálogo entre lo trascendente y lo finito, una ordalía donde escuchamos la voz de nuestros órganos, masa física que nos reclama y cuestiona, que es nosotros pero también algo ajeno, en resumen se trata, más allá de lo evidente, de una expiación en el sentido cristiano de esa temida palabra.”
Quedamos exhaustos, después de nuestro paseo por el jardín de la muerte. Entonces, para disimular la gravedad del minuto y rematar el gozoso interviu, le pregunté a Mallarino, clishé ineludible, sobre aquellos escritores-bitácora que le han nutrido y nombró con deleite al equipo del Siglo de Oro español, a Carson McCullers, Henry James, Azorín, Valle Inclán, García Márquez, Fernando Vallejo y, por supuesto, a Marcel Proust quién, según le parece, no fue otra cosa que “el enorme agrimensor de la memoria”.
Con malévola intención le inquirí entonces sobre la literatura actual, sobre sus compañeros de tiempo, de generación, tal vez de editorial, recordando tal vez aquello de que nadie le quiere deber nada a sus contemporáneos. Mallarino, sin embargo, asumió la pregunta con alegría, como si la cuestión no le importara demasiado:
“No sé cuántos lectores tengo –exclamó–. Prefiero hablar de la fidelidad de uno devotos. Posiblemente nunca tendré el cartel y la promoción de Santiago Gamboa, Jorge Franco o Marío Mendoza y eso no me importa para nada. Como te confesé, las ventas ya no son mi fuerte”.
Cuando terminó nuestro fraterno batallar periodístico me despedí y salí a los prados del Gimnasio Moderno empezando a organizar el reportaje en mi cabeza. La charla había sido fluida y placentera, natural, lo que siempre convoca el desorden anárquico de la memoria. Había escampado y el aire me llenó de optimismo hacia el relato por escribir. Me alejé pensando en cómo resultará la nueva novela del procurador, del cachaco, del extriunfalista. Según me confesó, la pintura será el tema central, y milagrosamente escucharemos hablar a Leonardo, Boticelli o Tiziano...
Espero que esta nueva invención de Gonzalo Mallarino –pensé– me produzca menos terrores. A su díscola fantasía le debo unas cuantas pesadillas en espectrales quirófanos, en suburbios alarmantes, en goyescos lenocinios, en casas vampíricas que pertenecen a la realidad pero también a los sueños, en residencias republicanas donde el amor no estaba aún legalizado, y en los recovecos umbríos de una Bogotá que, a pesar del tiempo y sus máscaras, sigue siendo la misma.
(Todas las novelas de Gonzalo Mallarino están editadas por la editorial Alfaguara).
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Consejos inútiles para escritores bobos
Por Eduardo García Aguilar
La devaluación de la palabra ha llegado a tal nivel, que no es vano preguntarse si escribir tiene todavía sentido y si la literatura es sólo un oficio comercial e industrial que pasó a la historia, en tiempos de imágenes y competitividad desbocadas. Los autores de hoy están avorazados por obtener premios y subir a los podios como reinas de belleza y obedecer mansos a las órdenes de los editores que planean en sus oficinas olas sucesivas de novelas históricas, autobiográficas, policiacas o sobre temas de autoayuda para amas de casa. Y para sostenerse en la efímera pasarela del cabaret, el autor produce a destajo obras cada vez más vacías y ridículas.
Hoy un autor discreto y profundo como Juan Rulfo o Elías Canetti sería impensable y a cambio tenemos que soportar cada semana la risa Pepsodent de Mario Vargas Llosa o Carlos Fuentes con sus cien doctorados honoris causa y el premio semanal. El silencio es un pecado en tiempos de literatura espectáculo, donde reinan las obviedades y los temas correctos y perfumados de historia patria, cuando no el fácil escándalo autobiográfico para asustar monjas. Y para sobrevivir en la farándula, el escritor debe volverse el perro faldero e inicuo de los poderosos y de los grupos de influencia mediática.
Todo comenzó con las tabletas de los grandes imperios perdidos, cuando funcionarios y sacerdotes plasmaban jeroglíficos sobre un barro que luego, ya seco, viajó milenios hasta nosotros. Es saludable observar esos escritos de piedra en las estanterías de los grandes museos que nos hacen viajar hacia los tiempos de Babilonia, Nínive o Alejandría, para entender el olvido y la pervivencia simultánea de esas voces lejanas. Nada tan impactante como la observación del pequeño escriba sentado de Egipto, expuesto en una sala del Louvre, que nos maravilla e interroga siempre desde su época con la ignota mirada. Esa figura me fascina desde la escuela, cuando la descubrimos en viejos libros de historia que mirábamos durante horas con sus figuras borrosas de grandes templos y ciudades milenarias desaparecidas en el cataclismo del vasto Oriente Medio, de donde provienen casi todas las cosas. El escriba esta ahí, perfecto, silencioso, con sus ojos de vidrio insondables, imagen del letrado que nos viene desde el más profundo pasado y del más allá. Hay algo en él que resume en su gloria la labor de quienes escribían sobre papiros o cueros para la eternidad o el olvido. En el mundo egipcio, la escritura impregna todas las enormes superficies de los templos y las criptas selladas. De ellos nos quedan muchas cosas gracias a las arenas secas del desierto y tanto o más tuvo que haber en otras civilizaciones borradas del mapa por inundaciones, incendios o guerras en las interminables rutas del Extremo Oriente.
Lo que ha llegado a nosotros es ínfimo fruto del azar. Del escultor Praxiteles sólo tenemos copias de sus obras inolvidables. Y de Sócrates, sus palabras rebeldes nos llegan a través de su discípulo Platón. Ellos existieron e hicieron parte de la obra colectiva del hombre en su larga aventura, después de milenos de ver amanecer y atardecer y atestiguar las acciones de la muerte, la enfermedad, el poder, la gloria, la derrota y el olvido. Con los clásicos de la filosofía y tragedia griegas es suficiente. Esquilo, Sófocles y Eurípides dijeron todo lo que había que decir sobre la aventura humana. ¿Entonces para qué escribir hoy banalidades y creerse el cuento?
Muchas de esas voces colectivas quedaron para siempre en los libros sagrados que hoy por fortuna se leen en todos los puntos cardinales y nos impactan con la misma fuerza que hace milenios y nos iluminan como en tiempos de anacoretas y guerreros. ¿Qué misterio hay ahí en esas obras que siguen firmes pese a los progresos de las ciencias y los avances y retrocesos de la razón, que todo explica y desmenuza? Hay gran belleza en esas palabras antiguas, en los libros de viejos filósofos que como Lucrecio trataron de entender el mundo y sus misterios con una voz llena de poesía que está viva tiempo después de la caída del Imperio Romano, el de Pompeya, a la vez tan lejano y tan cercano que nos prueba lo poco que el mundo ha cambiado pese a las nuevas proezas técnicas. Lucrecio y Propercio han sobrevivido y una escasa cofradía de hombres de hoy accedemos a ellos y los disfrutamos. Somos la minoría y qué importa. Es preferible pertenecer a la minoritaria cofradía anacrónica que ir entre el rebaño de los lectores de best sellers.
¿Para qué escribir entonces hoy? Los escritores milenarios lo hacían por otras razones. Grababan ideogramas en esos papiros para nada y para nadie, sin imaginar que un día estarían tan cerca de quienes habitamos en el mundo tres mil o cuatro mil años después. Los motivos de la escritura presente son tan deleznables que uno se pregunta por el sentido de escribir hoy y perder el tiempo leyendo contemporáneos. La pulsión actual es competitiva, comercial, vanidosa, corroída por la envidia y la emulación, y el individualismo del éxito y la vanidad patética llevan indefectiblemente a endiosar a escritores payasos y a olvidar a quienes están lejos de los tronos y los corredores del poder y cerca de la ebriedad y la locura como Sócrates y Diógenes en su tiempo.En la guerra el héroe arriesga su vida, pero en la literatura y la escritura de hoy nadie arriesga nada. El escritor de hoy está equivocado porque busca izarse en un podio de dólares y volverse estatua de pacotilla para una corte de ilusos. ¿Para qué escribir hoy si nos hemos olvidado de que todo es olvido y que no quedará rastro de tantos libros y textos lanzados en la red? Todo será sólo la voz colectiva de una época. El escritor como individuo, el que surgió en la era moderna, se ha ido para siempre en el remolino de la proliferación. Volveremos a los libros sagrados, donde la voz no tiene autor ni estatua. La palabra hoy es sólo polvo, ruido y viento. Y como diría nuestro poeta Porfirio Barba Jacob, es sólo "Polvo de Pericles, polvo de Simón".
