dimanche 8 novembre 2009

El Cultural/ Adiós a Francisco AYALA


Adiós a Francisco Ayala, decano de las letras españolas

El Rey, los príncipes, Zapatero y representantes de la cultura despiden al escritor granadino, testigo del siglo XX y intelectual lúcido hasta los últimos días de su vida

El rey Juan Carlos, el príncipe Felipe y la princesa Letizia, el presidente del gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, así como representantes del mundo de la cultura han dado este miércoles el último adiós al escritor español Francisco Ayala, fallecido el martes en Madrid a los 103 años. El rey acudió por la mañana a la capilla ardiente del autor y dió el pésame a su viuda, la hispanista estadounidense Carolyn Richmond, y a los demás familiares. La reina Sofía ya había hecho lo propio la noche del martes en el domicilio de Ayala en Madrid.

A la capilla ardiente se acercaron también Zapatero, acompañado por la ministra de Cultura, Angeles González-Sinde, y los príncipes de Asturias, así como los dos vicepresidentes del gobierno, María Teresa Fernández de la Vega y Manuel Chaves. Los restos del autor de El jardín de las delicias, considerado un referente moral e intelectual de España, serán incinerados en un lugar que la familia no ha querido hacer público porque quiere que la ceremonia, cumpliendo la voluntad del escritor, se celebre en la más estricta intimidad.

Semblanza

El viaje literario de Francisco Ayala, de la tradición a la vanguardia, tiene mucho que ver con una necesaria huida de lo real hacia lo ajeno a la realidad. Nacido en Granada en 1906, en 1921 se traslada a Madrid, donde estudiará Filosofía y Letras y Derecho. En 1925, con tan sólo dieciocho años, publica su primera novela, Tragicomedia de un hombre sin espíritu, y al año siguiente aparece la segunda, Historia de un amanecer. En ese mismo año de 1926 comienza a colaborar con La Gaceta Literaria y Revista de Occidente y abandona una primera etapa, más tradicionalista, para dar paso a una segunda de corte vanguardista. En ese momento el afán vanguardista viene dado apenas por una necesidad estética; más tarde, con la llegada de la guerra y el exilio, esa necesidad será también huir de una realidad poco agradable. En 1929 se graduó en Derecho por la Universidad de Madrid, en la que llegaría a ser Catedrático en 1933, tras haber viajado a Alemania en 1930 con una beca para estudiar Filosofía Política y Sociológica. En Alemania conoce a Etelvina Silva, con quien se casará en 1931, año en que ingresa como letrado en el Congreso de los Diputados.

De España a Suramérica, y viceversa

Viaja por diversos países de Suramérica y regresa a España en cuanto estalla la guerra para ocupar diferentes cargos en el lado republicano. Tras exiliarse poco antes de la entrada en Barcelona de las tropas de Franco residió sucesivamente en Argentina, Brasil, Puerto Rico y Estados Unidos, país en el que enseñaría hasta su jubilación en 1976, año en el que regresa a Madrid (había vuelto a España por primera vez en 1960). En Buenos Aires fundó las revistas Realidad y Revista de Ideas. En 1969 varios periódicos españoles habían publicado un documento de Salutación a Francisco Ayala firmado, entre otros, por Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso, Buero Vallejo, José Luis Cano, Camilo José Cela, Miguel Delibes, Carmen Laforet, Pedro Laín Entralgo, Rafael Lapesa, Francisco Yndurain o Alonso Zamora Vicente. En La cabeza del cordero (1949) Ayala trató el tema del exilio insertándolo en el marco de exilios más remotos, como el de los moriscos. También ha escrito obras humorísticas, como Historia de macacos (1955), así como diversas obras sobre derecho, liberalismo, cine, traducción, sociología política o periodismo, que le convierten en el mejor ejemplo posible de intelectual orgánico.

Intelectualismo, ironía, deshumanización son las claves de su obra. Miembro de la Real Academia Española desde 1983, es Premio Nacional de Literatura (1983) y de las Letras Españolas (1988), Premio Miguel de Cervantes (1991) y Premio Príncipe de Asturias de las Letras (1998).

Nombrado hijo predilecto de Granada en febrero de 2006, Ayala celebró su centenario con multitud de actos conmemorativos, que recordaron su trayectoria como la de un patriarca de las letras españolas y referente cultural del exilio español tras su paso por Argentina, Puerto Rico y EE.UU.

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Ayala un caballero cervantino
por Andrés Amorós

En el verano de 1968, hace ya -¡ay!- más de 35 años, mantuve una larga conversación con Francisco Ayala, que se publicó en la “Revista de Occidente” de ese mismo año. En su casa de Madrid, a un paso de la Cibeles, charlamos con calma sobre la literatura, su función en la sociedad de masas, su propia obra... Al preguntarle entonces sobre la conexión entre sus diversas dedicaciones literarias me señaló su profunda unión y cómo elegía, en cada caso, la forma más adecuada para su propósito expresivo. Insistí yo en cuál de los campos le interesaba más y él, sabiamente, alteró un poco la pregunta para darle una respuesta rotunda:
“Si cambiásemos el enunciado de su pregunta y ésta fuera sobre qué manifestación me parece más valiosa, me procura mayor placer y, en fin, me promete cierta perennidad, yo diría que la creación literaria imaginativa, pues sus estructuras son capaces de preservar un sentido esencial y, en alguna manera, desligado de las circunstancias concretas. No vacilo en confesarle que me siento ante todo y sobre todo creador literario, y en ello me he mantenido fiel a mi primera vocación”.

Me ha parecido interesante recordar ahora esta declaración, cuando cumple Ayala cien años. Nunca ha sido él políticamente correcto, siempre se ha opuesto a los lugares comunes sobre el exilio, el compromiso del escritor o las agrupaciones regionales de la literatura.

Bueno sería, así pues, que estas conmemoraciones se centraran en su obra literaria y que las principales intervenciones las desarrollaran los que saben de eso, que los hay y muchos, dentro y fuera de España, y no políticos o figuras que no han publicado nada relevante sobre Francisco Ayala.

En algún momento, sobre todo a partir de un inteligente estudio de Hugo Rodríguez-Alcalá, se planteó la conexión de Ayala con Quevedo y Valle-Inclán, con la deformación grotesca de la realidad. Como señaló certeramente Pedro Laín, su línea es no es ésa, sino la de Cervantes. Por eso, parecía vocado para el premio Cervantes, que se le otorgó con justicia en 1991.

Si buscamos una palabra para definirlo, muchos coincidiremos, probablemente, en ésta: “lucidez”. Ayala no se hace ilusiones sobre el mundo que le ha tocado vivir. En sus relatos podemos hallar una meditación sobre la España contemporánea, sin duda, pero su punto de vista no es nunca localista ni limitado. Advierte los aspectos atroces de nuestro país, de nuestra tiempo, pero también los de la condición humana, en general.
Por eso ha recordado el lema clásico: “Homo homini lupus”.

Si aceptamos la hermosa tesis de Pedro Salinas de que por debajo de los distintos argumentos, cada gran creador se define por un tema esencial, básico, ¿cuál sería éste, en el caso de Francisco Ayala? Hace años, Marra-López destacó, en su obra, los temas de España, el intelectual en el mundo de hoy y la situación del escritor español en en exilio. Estelle Irizarry, por su parte, apuntó a la autocrítica, la novela “ejemplar”, la temática negativa, el animalismo del ser humano, los juegos de perspectivas...

Muchas veces he señalado yo sus frecuentes referencias a la descomposición moral de nuestro mundo; la crítica implacable del nacionalismo (recuérdese que vivió la Alemania de Hitler y la Argentina de Perón); la gran trascendencia que concede a la novela como respuesta a los grandes problemas humanos, lo que la acerca a la filosofía y la antropología; la preocupación ética, en fin...

En este “mundo en descomposición”, la única salvación que podemos encontrar es “la revolución moral”. Por eso, he insistido siempre en que el gran tema del narrador Francisco Ayala es “la condición humana, hoy”. O, si se prefiere, la moralización por la vía de la tragicomedia, intentando, siempre, llegar hasta el “fondo del vaso”: allí encontraremos, sin duda podredumbre, pero también la posibilidad de una nueva, trémula y débil esperanza.

En El jardín de las delicias, su indudable obra maestra, encontramos, una vez más, la desolada lucidez con que Ayala observa y refleja el Diablo mundo (título de la primera parte) pero también esa luz tornasolada que ilumina, en la segunda, los Días felices, compuesta de ternura, melancolía, clasicismo, precisión, delicadeza y nostalgia. Esta me parece su obra más personal, la que expresa mejor su complejidad humana y literaria.

Cuando apareció el libro, recordaba yo -perdonen la pedantería- una enigmática frase de Shakespeare: “Ripeness is all”, “la madurez lo es todo”. Podría ser un buen resumen del sentido total de la obra literaria de Ayala. En el texto final de El jardín de las delicias, el narrador recoge los trozos de un espejo roto para reconstruir una imagen unitaria: la suya. Ha escrito con el “perverso intento” de “oponerse a la fugacidad de la vida”.

Un lector sensible podrá ver también, en estas páginas, el reflejo cambiante de su propio rostro y el intento, siempre fracasado, de pasar del Infierno al Paraíso... No era la línea de Quevedo la que ha seguido Ayala, sin duda, sino la de Cervantes: la libertad intelectual, sin obedecer nunca a consignas ni banderías; el liberalismo profundo, que rebasa ampliamente una fórmula política concreta; la pluralidad de puntos de vista sobre la realidad; la sabia ironía; la comprensión de las debilidades humanas... Y, todo ello, con una prosa clásica, medida, cuyo tono sosegado no le impide llegar, en sus análisis de la realidad, hasta el mismo fondo del vaso.

En uno de sus últimos relatos, “Un caballero granadino”, prolonga Ayala -un poco a la manera de Azorín- un episodio secundario del Quijote: don Álvaro Tarfe, al que alude el título, regresa a su tierra y les cuenta a sus amigos la historia del falso Don Quijote de Avellaneda y su afortunado encuentro con el don Quijote verdadero:

“Don Álvaro, claro está, compró entonces el libro, y es claro también que no esperaría a la noche para ponerse a leerlo. Con ávida fruición, se lo leería enseguida de cabo a rabo. ¿Será arriesgado pensar que, en llegando a las últimas páginas, allí donde tiene que asistir a la muerte de aquel hombre estrafalario de quien, un día, tiempo atrás, se había despedido con un abrazo al borde del camino, los ojos del caballero granadino se empañaron de lágrimas?”

Ese don Álvaro tarfe granadino, inteligente, sensible y tolerante, no es otro que don Francisco Ayala: “un caballero cervantino”.

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De toda la vida. Relatos escogidos
Por Santos SANZ VILLANUEVA

Tusquets. Barcelona, 2006. 434 páginas. Miradas sobre el presente: ensayos y sociología. Fundación Santander Central Hispano. Madrid, 2006. 222 páginas, 19 euros

La amplia obra de Francisco Ayala figura en importantes catálogos editoriales, tanto en colecciones de creación y pensamiento como de textos clásicos (Castalia, Cátedra y la escolar Vicens Vives lo acogen). Desde este punto de vista es un escritor actual y accesible. Esta presencia material se acompaña de un reconocimiento público que aureola su figura de prestigio y respeto, incluso entre sus propios colegas, algo bien raro en el estrecho círculo de los literatos.

No es, sin embargo, un escritor popular, en sentido estricto, un imposible para un autor exigente (aunque, y lo señalo con énfasis, no particularmente difícil) en una sociedad que encumbra la trivialización, y nada proclive a interesarse por una escritura reflexiva de corte moral. Así pues, solo parabienes merece la actividad editorial que, siquiera sea con el pretexto del centenario, coloca su nombre en un escaparate.

En realidad, este laudable empeño empezó un tiempo atrás, con la salida en colección de bolsillo, Punto de lectura, de tres interesantes antologías: De mis pasos en la tierra, organizada con textos que retoman el antiguo motivo del viaje como metáfora de la vida humana; La invención del `Quijote´, con trabajos alrededor de una de las pasiones ayalianas, Cervantes y sus criaturas, que ha recreado en estudios y en ficciones, y, en fin, el más atractivo para un lector común, El rapto, una treintena de relatos encabezados por este cuento también cervantino y precedido por uno de los más iluminadores y claros trabajos panorámicos sobre Ayala, una certera introducción de García Montero.

Bajo la perspicaz idea de que toda la escritura de Ayala, cualquiera que sea el género utilizado, refleja un “narrador implicado” en los asuntos, García Montero insiste en algo característico del autor granadino: la profunda unidad de toda su escritura. Cierto es, sin duda, pero de cara al exterior el trabajo de Ayala se bifurca en dos modalidades muy distintas; una, de reflexión intelectual; otra, creativa. A cada una de ellas atienden sendas nuevas antologías, Miradas sobre el presente: ensayos y sociología y De toda la vida. Relatos escogidos, respectivamente, si bien este último saldrá coincidiendo con el centenario. La recopilación selecta de escritos ensayísticos de Ayala tiene una oportunidad grande, por ser el sector de su obra menos conocido al haberlo eclipsado el literato puro. Pero no se trata de una parte secundaria o advenediza, o mera labor profesional derivada de su actividad como profesor de derecho político y de sociología. En verdad, no ha sido pródigo el granadino en trabajos de estricta intención académica e incluso los más cercanos a esas disciplinas, como un conocido tratado de sociología, las desbordan y se abren a una perspectiva superior, o, al menos, más amplia. Esa perspectiva es la que conocemos como ensayo. Decía otro relevante ensayista, Manuel Azaña, que él, cuando había romería, prefería “ir en la procesión a repicar en la torre”. Algo así debe afirmarse de Ayala: que siempre se adentra en la procesión de los problemas de su tiempo, aunque nunca le diera a su inquietud el sesgo práctico que adoptó Azaña.

Ayala pertenece a una promoción de españoles que, en la estela de su maestro Ortega, se implica en la problemática del presente, la somete al torcedor de una reflexión personal e independiente y construye con ello un diagnóstico completo y fundado, libre de dogmatismos, con una evidente intención moral aunque sin explícita voluntad moralizadora. Esa implicación, basada en algo plenamente novecentista, la exigencia de un conocimiento profesional especializado, parte del ejercicio a ultranza de la sinceridad. Desde esta perspectiva han ido apareciendo en sus páginas -muchas, significativamente, en la prensa- todos los grandes y nucleares temas de la situación del hombre en el mundo moderno, aprisionado en la convulsa historia de un siglo que el autor ha recorrido casi entero en su propia trayectoria vital.

De las inquietudes ayalianas múltiples pero conexas da cuenta Miradas sobre el presente, un título que sintetiza la actitud del autor como espectador e intérprete de la sociedad, de alguien alerta sobre el inquietante derrotero del mundo que conduce a los individuos a una situación moral de franco desamparo. Desde los tempranos escritos de Ayala sobre la libertad, el liberalismo y la sociedad de masas, esa vigilancia constituye un hilo conductor de su pensamiento, en cuyo fondo late una reivindicación del papel cada día más postergado del intelectual y una postura cercana al hombre de letras comprometido, aunque sin filiación partidista concreta.

Los méritos de esta clase de escritos de Ayala los subraya bien el preparador de la antología, Alberto J. Ribes, en un amplio prólogo donde relaciona el curso entero de una dilatada aventura intelectual. Lástima que Ribes no se desprenda de rutinas académicas impropias de un prologo y que se cite tantas veces a sí mismo y que aproveche la menor ocasión para remitir a otros trabajos suyos que al lector de un libro como éste le importan menos que nada; lástima estos excesos porque en su documentada presentación queda claro el impulso unitario de Ayala, y destaca como se merecen intuiciones casi proféticas del ensayista granadino sobre la deriva del mundo.

Relaciona, además, Ribes en su explicación el ámbito reflexivo y creativo de Ayala hasta establecer muy pertinentes lazos. Tal vez a veces tiende a hacer tributaria la creación de lo ensayístico, aunque no lo diga así, y conviene restablecer unas fronteras que no deben eliminarse. El fondo de pensamiento será el mismo, como ocurre en todo autor que parta de una visión de la vida auténtica y sincera, pero la actitud es muy diferente a la hora de materializarlo. Y otro tanto ha de apostillarse a propósito de la estimación de los escritos de una etapa final de Ayala como si en ellos el granadino cayera en un relativismo que cortara por el mismo patrón un artículo de periódico, un relato o unas páginas memorialísticas. Que una sensibilidad artística despierta haya producido textos de flexibilidad formal no autoriza a mezclarlos en el postmoderno cajón de la escritura mestiza.

Francisco Ayala es, aunque se le dé vueltas, un escritor de entonación clásica cuya actitud, al afrontar el relato está bien clara y bien lejos del sentido de inmediatez predominante en sus ensayos de actualidad. Aborda Ayala la narración, sobre todo los cuentos, a la búsqueda de presentar el valor intemporal de una experiencia concreta y con el propósito de alcanzar la perennidad. Por ello sus narraciones tienen por lo común un cierto aire abstracto. Comparten, eso sí, el mismo fondo más que unitario, solidario, de los ensayos, lo cual vienen a confirmar las narraciones ensartadas en De toda la vida.

Estos “relatos escogidos” brindan un muestrario suficiente de la prosa narrativa de Ayala. Como toda selección, es opinable. Al seguir la trayectoria en evolución del autor desde sus orígenes, glosada en un epílogo por Carolyn Richmond, se echa en falta su primera prosa más convencional, porque eso hubiera mostrado cómo cambió de registro para encontrar una primera voz personal, aunque provisional, la de la vanguardia. Y dentro de ésta, se nota la ausencia de uno de los más representativos textos de aquella estética, “El boxeador y un ángel”. En cambio, está muy bien poner el cuento “Erika”, porque ahí se vislumbra el clima de pesimismo e incertidumbre que marca la voz personal definitiva.

También discutible es la extensión que se concede a la parte final, nucleada en torno a la autobiografía y nutrida por escritos de corte memorialístico. No tienen, a mi parecer, y sin ser menospreciables, la altura de ideación y la profundidad de sentido de las mejores páginas ayalianas, que son anteriores, y resultarían también coherentes con la línea del libro. Tendrían que estar en el libro todas las “novelas ejemplares” que formaron Los usurpadores, y sin excusa uno de los máximos aciertos de Ayala, “La campana de Huesca”, y, por supuesto, la novelita El rapto.

Estas observaciones menores sólo representan una discrepancia de gusto o de opinión. El libro sí cumple el cometido de recorrer el empeño global del autor al compás de su prosa narrativa, nada más y nada menos que recrear la condición humana en unas circunstancias específicas, las de la crisis mundial (y española, claro, con la decisiva vivencia de la guerra y el exilio) que ha dado al traste con unos valores establecidos sin sustituirlos por otros, al menos por otros que merezcan la pena. Nos acercamos así al ser humano en una indigencia moral grande. Esa situación se denuncia desvelando la prepotencia del poder organizado ejercido sobre el hombre y satirizando sus desviaciones. No todo es, sin embargo, oscuridad total: también hay una postura comprensiva por habitarnos un cierto fondo cálido, sentimental y estético, visible en las páginas más vivenciales.

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Ayala a los 100
“No he hecho nada de lo que deba arrepentirme”
Por Nuria AZANCOT

Apenas falta nada para que el 16 de marzo Francisco Ayala (1906) cumpla cien años. Los homenajes se suceden en cascada y el escritor lo mismo aparece en la Biblioteca Nacional entre una ministra morena y una rubia, como un Don Hilarión posmoderno, que recibe una medalla o remata las pruebas de sus próximos libros.


A pesar de todo, Ayala procura “estar tranquilo, sobre todo en contraste con mi mujer, que tiene la imposibilidad de tranquilizarse. Entre mi pachorra y su inquietud creamos un cierto equilibrio”. Su mujer es la profesora Carolyn Richmond, Carolina, y es la responsable de la gran novedad narrativa de este centenario, De toda la vida (Tusquets), la primera antología de la ficción completa del escritor. Una mañana de marzo, en casa de Carolyn, cerca de la madrileña plaza de Las Salesas, conversan amistosamente el matrimonio Ayala y Luis García Montero, comisario del centenario, con El Cultural como testigo nada discreto. Además, homenajeamos al escritor de la mano de sus máximos especialistas y amigos como Andrés Amorós, Ricardo Senabre, Darío Villanueva, Gregorio Salvador, Germán Gullón, Rosa Navarro Durán, Manuel ángel Vázquez Medel, Antonio Sánchez Trigueros, Agustín Sánchez Vidal y Alberto Ribes.

“Lo del centenario-explica Ayala- es una cosa que ha sobrevenido, y no es algo que yo apetezca o rechace, sino que acepto con agradecimiento, con alegría, pero que no me vuelve loco. ¡Sólo es cuestión de persistir viviendo!”.

Carolyn Richmond: A mi sí me vuelve loca, pero de otro modo. Es algo bien merecido, y como tenemos un comisario fantástico...
Y replica Ayala, bienhumorado y zumbón: “Nosotros somos los esclavos del comisario, él manda y nosotros obedecemos”.
Lo cierto es que el comisario, Luis García Montero, es más amigo y cómplice que otra cosa. Es, sigue siendo Luisito. Se rompe el fuego preguntando al escritor sobre De toda la vida, la antología de su narrativa completa que sale estos días.
Francisco Ayala: Estoy muy contento porque da una imagen global de mi obra literaria y de mi personalidad, con muestras significativas de cada una de las fases y contiene un epílogo de Carolina espléndido que completa perfectamente el libro. Nadie lo hubiera podido hacerlo mejor que ella, porque ha estado al tanto de todo lo que yo he hecho y conoce muy bien mi obra, no como esa secretaria fiel que se presta a ser, sino como colaboradora extraordinaria.


Mal conocido, peor entendido

C. Richmond: Hay que tener en cuenta que es un escritor de alcance universal, pero sin descubrir por mucha gente, ya que por azares de su vida sólo al comienzo y al final de su trayectoria ha publicado en su propio país. También ha sido un autor muy mal entendido, que primero fue censurado, y al que sólo se leía en España clandestinamente.Y yo creo que esta antología va a ayudar al lector contemporáneo a descubrir en su totalidad a un gran escritor y un prosista excepcional. Es un clásico vivo cuya obra, que cubre casi todo el siglo, está muy vigente. Y como en él persona y obra se complementan...
F. Ayala: ...se funden.

C. Richmond: Eso, se funden. Esta antología es un espejo de su vida, de todas las corrientes de la literatura en español y de Occidente y no hablamos de su pensamiento, siempre en la vanguardia. él se aferra a su individualidad, a su ética. Gracias a Dios, como pensador todavía molesta bastante al público lector porque no dice lo que quieren.


-Sin duda, pero ¿cuál ha sido el cambio más significativo que ha experimentado como narrador?
F. Ayala: Bueno, yo quería ser escritor pero poco a poco entré en la literatura y la literatura se fue apoderando de mí. Ya no era algo que estaba fuera de mí, sino que fue incardinándose de tal manera que los géneros literarios desaparecieron, y dejé de escribir novela propiamente dicha. En la última fase, como se ve perfectamente en la antología, ya la vida inmediata y concreta de esos días está convertida en literatura.

-Pero volvamos al principio. Y en el principio de Ayala (y de su narrativa) están las vanguardias...
F. Ayala: De todas mis épocas guardo un recuerdo positivo, porque no he hecho nada de lo que pueda arrepentirme. En cuanto a la vanguardia, es una época que yo, por motivos circunstanciales, consideré como poco importante, pero que en realidad es fundamental en la historia de mi vida de escritor.

L. García Montero: Siempre admiraste a Gómez de la Serna como artista, pero como persona no te era simpático...
F. Ayala: Para mí ha sido un caso notable de admiración literaria sin límites y de rechazo de la personalidad, por su falta de mesura y de una serie de cualidades fundamentales de las que carecía, de modo que procuré evitar incluso el contacto personal. Recuerdo que la primera vez que fui a la tertulia de Pombo (y la última, porque no volví nunca más) solía acudir a la tertulia un mendigo al que llamaban Pirandello, y gastaba unas bromas poco piadosas al pobre hombre, que se prestaba a eso a cambio de una limosna. ¡Me pareció tan horrible! Me produjo tanta repulsión interior que la personalidad humana de Ramón no la tragué nunca, nunca. Y luego, como escritor, lo mismo mezclaba la poesía y alta poesía de sus mejores momentos, con patochadas, y no sabía distinguirlas.

C. Richmond: Las cuentos de Ayala de esa época no sólo son piezas imprescindibles para la historia de las vanguardias sino que marcan toda su producción literaria, porque quizá lo más interesante que demuestro en el epílogo del libro es la continuidad asombrosa de Ayala a través del tiempo. Aunque para las vanguardias la literatura era un juego, ya entonces Ayala escribió piezas serias, y la muerte está presente en casi todas. él ha dicho que el creador intuía la tragedia que estaba en el aire, así que incluso en esas primeras piezas está la sombra de la muerte, que nunca le abandonará. En las piezas de tono lírico ya está preparándose esa dicotomía que encontramos en El jardín de las delicias, el tono satírico y lírico, así que hace lo mismo o parecido en tono personal, donde el yo, que es y no es él, entra como personaje esencial. Incluso estamos en esa compenetración entre vida y literatura que anticipa la mezcla del yo personal y del narrador que escritores han tomado después.
F. Ayala: De todas formas, al final de mi vida intelectual he llegado a una cosa que desgraciadamente no he podido desarrollar como hubiera querido, porque ya la edad no me lo permite, y es que la realidad, lo que llaman realidad, es la literatura en el sentido de que las cosas no existen, no adquieren realidad más que a través de la literatura. Un pedazo de tierra no existe hasta que se le nombra, eso ya está en la Bilbia, pero no se le ha sacado punta a todo eso, y habría que darle una forma de un ensayo filosófico.


Posición moral ante la guerra

C. Richmond: Yo creo que sí lo has hecho en los últimos ensayos
F. Ayala: Sí, pero no como hubiera querido, porque hay que insistir mucho, porque vivimos en un tiempo en que hay la dicotomía entre realidad y ficcion, realidad e imaginación. La realidad para mí es la imaginación.

L. García Montero: Quizá por eso, la literatura te sirvió para intentar comprender el drama de la guerra civil en los años 40.
F. Ayala: Frente a la guerra civil yo he tenido una posición en la que se une mi actitud moral con una comprensión intelectual de los acontecimientos que los pone en un plano intemporal. Porque todos hemos sido víctimas de la guerra en un sentido humano dificilmente superable.

C. Richmond: Por eso, en la segunda parte reunimos dos textos que reflejan el dolor de la muerte, la muerte de la madre y la muerte de todas las víctimas, no sólo de su familia, y ya empieza a usar el diáologo, que es una forma clásica, renacentista, y es una especie de llanto. él trata de entender la guerra civil a través de la lucha de los hermanos, remontándose al pecado original y al fraticidio, y es de una actualidad increíble.
L. García Montero: Es muy interesante, a partir de esas narraciones, la preocupación por la responsabilidad individual y la meditación sobre el poder...
F. Ayala: Desde luego, porque uno puede estar sosteniendo lo que cree que es lo justo, lo que conviene históricamente, lo razonable, y sin embargo, estar viendo el sufrimiento de todos. En cuanto al poder, existe, simplemente existe. Hoy día las condiciones del mundo son otras, la gente no se quiere dar cuenta de que estamos viviendo en un contexto histórico distinto donde ocurren las peores barbaridades, pero tienen otro sentido.

-De esa época es “El hechizado”, que para Borges era uno de los mejores cuentos en español...
F. Ayala: Borges era muy arbitrario. No hay que tomar un elogio suyo como un dictamen definitivo, pero la gente lo repite y a mí me encanta, porque yo tengo la mayor estimación hacia la figura y la persona de Borges, y eso que de pocos escritores puedo decir que admiro al hombre. Borges tenía una profunda humanidad, una modestia increíble, que es una forma suprema de la soberbia. Yo he estado muy cerca de él, y sé de su bondad profunda, inteligente. Y es una cosa rara, porque la gente confunde bondad con bobería.

-¿Y cómo es el Ayala de la tercera parte del libro, dedicada a América?
C. Richmond: La mirada es la misma, pero ya entra el humor, ya puede reírse, en vez de rehacer una crítica seria poética, es una mirada a la realidad que es una risa, hay que reírse. Y esa reacción no les gustó a algunos críticos.


Demasiado joven a los 70

L. García Montero: Sí, y también algunos críticos te han acusado de tener una visión muy dura sobre la condición humana.
F. Ayala: ¿La condición humana? Pues sí, pero es la visión que yo he tenido siempre después de todo, porque al mismo tiempo reconozco los destellos de bondad del ser humano, y lo valoro en mi propia vida de un modo... Bueno, no quiero decir lo que parecería una chochez de un marido cariñoso...
L. García Montero: Vosotros os conocisteis en Estados Unidos pero, ¿qué imagen tienes tú de Ayala como profesor?

C. Richmond: Yo era una joven profesora principiante y él era la gran figura. Y aquí estamos, no fue ni una cosa de alumna y profesor, ni un affaire entre dos colegas, fue el colega desconocido...
F. Ayala: en un sentido bíblico...

C. Richmond: ...hasta que el verano en que se jubiló todo cambió... Se ve que estábamos esperando que cumpliera 70 años, porque me parecía demasiado joven...


-Y la conversación se pierde en mil anécdotas hasta retornar al libro. ¿Qué papel debe desempeñar el lector de De toda la vida?
C. Richmond: Esencial, porque para mí son diálogos del autor con el lector y de los lectores con mi interpretación, pero siempre tratando de abrir los textos, sin imponer nada. En fin, la cuarta parte es más temática. él llega a la madurez, tiene cincuenta, y está preguntándose a qué edad es uno un viejo, pero él era un hombre que nació maduro. Estoy segura de que a los 10 años era más maduro que los adultos de la familia, pero a los 50, es fantástico, es clásico, sumamente moderno y muy personal.-Sin embargo, sigue sin estar claro sin fue un maduro precoz o un joven de cien años...

L. García Montero: Yo creo que una de las características de su personalidad es la preocupación por moral civica, por la responsabilidad del ciudadano, por eso parece tan responsable desde tan joven.

C. Richmond: Pero al mismo tiempo parece joven, porque tiene tal interés en el presente....

F. Ayala: Eso es cuestión de suerte, porque observo que la gente se paraliza en una fase de su vida, y así hay quien se queda en los 30 años, o en los 40, o sigue, como yo, hasta el final leyendo, asomando su visión de la vida y del mundo, y eso es una cuestión de suerte, no creo que sea un mérito personal.


-El libro termina con “Autorretrato. Recreaciones en un espejo”. Si hoy fuese el espejo de Ayala vería....
L. García Montero: A un intelectual que no se ha dejado guiar por las modas y que siempre ha respondido desde la propia independencia al presente y a la realidad. Ayala advirtió muy pronto, en los años 40, problemas que hoy forman parte de las preocupaciones más actuales y eso le da mucho vigencia y juventud a su pensamiento.Me refiero, por ejemplo, a los peligros del nacionalismo, a la globalización, la crisis de la vieja cultura ilustrada, todo eso que hoy se debate como globalizacion o posmodernidad. La palabra que define su personalidad es lucidez y esa lucidez tiene que ver con la responsabilidad. Es una persona que por una parte tiene unos principios y una conciencia muy sólida y que por otra parte se relaciona con la realidad sin intentar imponer sus principios sino dialogando con ella, y lo que quiere es interpretarla, y por eso es una persona que más que los dogmas busca los matices.Y en una época de tanto dogmatismo y de tanto fundamentalismo, esa conciencia de la historia define su personalidad literaria. Por eso él define toda su literatura como la búsqueda de ese momento de suprema moralidad donde cada individuo se reúne con su conciencia.

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Granada, 1906 - Madrid, 2009

1906, 16 de marzo. Francisco Ayala García-Duarte nace en Granada.
1916. Ingresa en el Instituto de Segunda Enseñanza Padre Suarez de Granada para cursar el bachillerato.
1922. Se traslada a Madrid con su familia.
1922-25. Comienza simultáneamente en la Universidad de Madrid los estudios de Filosofía y Letras y de Derecho.
1926. Colabora en “La Gaceta Literaria” y en “Revista de Occidente”.
1929-31. Se traslada a Berlín para ampliar estudios, y allí contrae matrimonio con Etelvina Silva Vargas. A su regreso recibe el grado de Doctor por la Universidad Central.
1931. Tras proclamarse la República, ingresa en el cuerpo de Oficiales Letrados del Congreso de los Diputados, y gana una cátedra de Derecho Político.
1934. El 4 de noviembre nace su hija única, Nina.
1936. El estallido de la guerra civil le sorprende en Suramérica, en una gira de conferencias. Regresa a España.
1936-39. Trabaja como funcionario al servicio de la República, desempeñando, entre otros puestos, el de Secretario-Consejero de la Delegación Española en Praga.
1939-44. Se instala en Buenos Aires con su familia. Colabora en “La Nación” y en la revista “Sur”.
1945. Invitado a dictar un curso en Río de Janeiro, pasa en Brasil todo el año y comienza a redactar su Tratado de sociologia.
1946-49.Regresa la familia a la capital argentina, donde Ayala funda la revista “Realidad”.
1950-56. Se traslada con su familia a Puerto Rico como profesor de aquella universidad, cuya editorial
dirigirá, fundando allí la revista “La Torre”. Profesor visitante de la Princeton University.
1956-60. Profesor de literatura de lengua española en universidades de Estados Unidos como Rutgers University, New York University, Bryn Mawr College.
1960. Regresa a España.
1966. Nace su única nieta, Juliet Catherine Mallory. Se le confiere una cátedra especial en la Universidad de Chicago.
1972. Se le concede el premio de la Crítica por El jardín de las delicias.
1972-76. Profesor del Brooklyn College (City University of New York), donde enseñará literatura hasta su jubilación
1977. La Northwestern University le concede el título honorario de Doctor en Literatura.
1983. Obtiene el premio Nacional de Literatura y es elegido miembro de la Real Academia. Su discurso de ingreso analiza “La retórica del periodismo”.
1988. Recibe el premio Nacional de las Letras Españolas. Doctor “Honoris Causa” por las Universidades Complutense de Madrid, Sevilla y Granada.
1990. Proclamado Hijo Predilecto de Andalucía, recibe el premio de las Letras Andaluzas.
1991. Obtiene el premio Miguel de Cervantes.
1994. Obtiene el premio de investigación Ibn Al-Jatib.
1998. Se le concede el premio Príncipe de Asturias.
1999. Medalla de Oro de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo.
2001. Premio Abril Martorell.
2002. Medalla de Oro al Mérito al Trabajo. Medalla de Oro de la Real Academia de Bellas Artes de Granada. Socio de Honor de la Asociación de la Prensa de Madrid.
2003. Socio de Honor de la Asociación de la Prensa de Granada.

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Perfil de Francisco Ayala
por Ricardo Senabre

Para comprender la figura y la obra de Francisco Ayala es indispensable tener en cuenta dos factores de muy distinto signo. En primer lugar, la floración intelectual que se produjo en la España de entreguerras, cuando, por vez primera en muchos años, las corrientes del pensamiento reciente, las nuevas creaciones de la técnica, así como la literatura y el arte de Europa, penetraron en nuestros confines y ventilaron la Península con aires de modernidad.

Se recogían los frutos tardíos de la Institución Libre de Enseñanza y de la Junta para Ampliación de Estudios creada en 1907, y nacía a la vida pública un grupo de intelectuales que encontraba en Ortega y Gasset y en la “Revista de Occidente” un refugio y un punto de apoyo esencial. El otro factor imprescindible para explicar la trayectoria de Ayala es la catástrofe de la guerra civil y la experiencia del exilio. El escritor primerizo que lanza tempranamente sus primeros ensayos y relatos en los años veinte y que, ya proclamada la República, consigue una cátedra de Derecho Político en Madrid e ingresa en el cuerpo de Letrados del Congreso, continuará siendo escritor durante sus años de trasterrado en América, pero su obra adquirirá tonalidades sombrías y mostrará una visión pesimista, a ratos sarcástica y siempre desengañada y escéptica, de la naturaleza humana. Y, aunque las circunstancias no le permitan dedicarse a la enseñanza del Derecho, publicará un Tratado de Sociología (1947) y desarrollará una variada obra ensayística marcada por una perspectiva sociológica que le permitirá abordar las más diversas cuestiones -literarias, políticas o relativas a minúsculos aspectos de la vida cotidiana- con reflexiones que, como en Ortega, llenan sus páginas de sugerencias y estímulos intelectuales.

Porque el primer rasgo caracterizador de Francisco Ayala es el de un intelectual que, como la mayoría de sus coetáneos, se formó y creció en el fértil terreno sembrado por Ortega y Gasset. Con diecinueve años publica su primera novela, Tragicomedia de un hombre sin espíritu, compuesta sobre el dechado del Baroja de Paradox -como se advierte en el estilo narrativo y hasta en los epígrafes que encabezan los distintos capítulos- y donde incluso juega con el artificio compositivo del “manuscrito encontrado”, que tentó con frecuencia a Baroja. Al año siguiente, Historia de un amanecer se mantendrá todavía dentro de los cánones del relato tradicional.

Pero muy pronto, en 1929, sorprenderemos a Ayala sumergido en las corrientes vanguardistas de la época. Por un lado, el ensayista se incorpora a la modernidad con su trabajo Indagación del cinema, que es una de las primeras y más lúcidas reflexiones aparecidas en España sobre el nuevo arte, precisamente en los años en que surgieron los primeros teóricos e investigadores españoles en este ámbito, como Luis Gómez Mesa, Villegas López o Carlos Fernández Cuenca. Por otro, el narrador se vuelca en relatos como El boxeador y un ángel (1929) y Cazador en el alba (1930), que son su contribución a la prosa de la época, que, como buena parte de la poesía, exalta lo urbano, incorpora abundantemente artefactos y máquinas y, sobre todo, persigue sin cesar, como objetivo primordial, el hallazgo de metáforas que ofrezcan nuevos y sorprendentes ángulos de visión de la realidad. Es la práctica que Ortega caracterizó como “el álgebra superior de las metáforas” y Domenchina denominó más tarde “epidemia catastrófica”. Y Ayala, como hombre de su tiempo, no se mantuvo inmune a sus particulares virus. Aquí y allá saltan frases como “el corazón --puño de Dios- le golpeaba dura y eficazmente”, “el niquelado cuello de cisne del gramófono comenzó a beber en el disco acentos norteamericanos” o “el cielo cubría de lana sucia el frío de la tierra”.

La aventura del exilio, comenzada en 1939, empujó a Francisco Ayala hacia ámbitos diferentes: vivió primero en Argentina -hasta 1950, luego en Puerto Rico y, desde 1956, en Estados Unidos. Durante todo este tiempo, Ayala simultanea la docencia y la dedicación a tareas culturales -que incluyen la creación de la importantísima revista Realidad- con el ejercicio de la literatura, inevitablemente afectada por las nuevas circunstancias vitales. No habrá ya la más mínima sombra de juego en la obra narrativa del autor, que, además, se nutrirá de las mismas preocupaciones que invaden sus ensayos. Los relatos de Los usurpadores giran en torno al denominador común de que “el poder ejercido por el hombre sobre su prójimo es siempre una usurpación”, lo que parece emanación lógica de un profesor de Derecho Político desalojado de su país por una guerra fratricida y que, además, reflexiona sobre el motivo del cainismo en autores como Galdós, Unamuno y Antonio Machado. Un Ayala preocupado -como era de esperar en un sociólogo- por el papel del escritor en la sociedad y por la comunicación “entre los intelectuales auténticos [...] y el gran público de masas”, según confiesa en El escritor en su siglo, compone el relato “El colega desconocido” (en Historia de macacos, 1955), donde la función de la literatura y las jerarquías artísticas se convierten, gracias a una mínima anécdota, en materiales narrativos. Los problemas del escritor exiliado Camarasa en Muertes de perro trasponen al orbe de la ficción sentimientos que sin duda Ayala ha compartido, como demuestra el revelador ensayo titulado “Para quién escribimos nosotros”, acerca de la situación del escritor español trasplantado a tierras americanas.

La contribución más importante de Ayala a la literatura narrativa está constituida por las dos novelas complementarias Muertes de perro (1958) y El fondo del vaso (1962), donde la historia del tenebroso dictador Bocanegra está contada con una complejidad de recursos que podría calificarse de cervantina. En Muertes de perro, un primer narrador, el tullido Pinedo, alterna su relato con la inserción de las memorias de Tadeo Requena, o, mejor dicho, de fragmentos seleccionados y a veces resumidos por Pinedo. A estos dos puntos de vista de los hechos se suman otros, procedentes de noticias periodísticas, de la versión de Camarasa, de los informes del Ministro de España, de las cartas entre la abadesa y la viuda del senador o del diario de la adolescente María Elena. Hay en la obra un espesor de voces y perspectivas que se cruzan y complementan, y algo parecido sucederá en la segunda novela. La idea orteguiana de que la realidad es algo inaprensible, porque sólo contamos con perspectivas parciales, adquiere una sólida contextura narrativa en esta historia acerca de la degradación del poder y del envilecimiento a que puede llegar el ser humano.

Esta obra narrativa -a la que habría que añadir los relatos de El jardín de las delicias o la recreación cervantina llevada a cabo en la novela corta El rapto- se desarrolla al mismo tiempo que una dilatada obra ensayística a la que ningún hecho contemporáneo es ajeno. Literatura, medios de comunicación, cine, traducción, política y un sinfín de cuestiones actuales suscitan el interés de este intelectual siempre alerta que ya en 1958 bosquejaba cuál debía ser la misión del “hombre de letras” en la sociedad: “Escrutar con toda libertad el mundo [...], tratar de descubrir [...] el sentido de todo lo existente y ofrecer sus intuiciones plasmadas en obra a la consideración de sus semejantes con objeto de despertar en ellos intuiciones o percepciones análogas”.

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8 amigos, 8 décadas

Ayala a los 100

Los ojos centenarios de Ayala han contemplado los estragos de dos guerras mundiales y la civil española, han recorrido el Berlín prehitleriano y los Estados Unidos asolados por la caza de brujas, y el Madrid de Baroja, y el de la movida, y la Argentina de Perón, y Oriente en 1956... Por eso, para evitar que por las rendijas del tiempo se desvanezcan personajes y aventuras, máximos especialistas en su obra recorren las décadas de una vida cumplida: Darío Villanueva, Gregorio Salvador, Germán Gullón, Rosa Navarro Durán, Manuel Ángel Vázquez Medel, Antonio Sánchez Trigueros, Agustín Sánchez Vidal y Alberto Ribes.

Años 20
Las vanguardias y el cine
Por Agustín Sánchez Vidal

Como el propio Francisco Ayala ha recordado en Indagación del cinema (1929) la suya no fue una generación cuyos primeros deslumbramientos o desenfrenos procedieran del teatro o el circo, sino del cine. Y entre el asombroso arsenal de este nuevo medio de expresión supieron encontrar algunos de los mejores recursos para desentumecer su prosa y acceder a la modernidad.
Así, el cine funciona como una bisectriz que decanta la evolución de su obra narrativa desde el arranque más tradicional de Tragicomedia de un hombre sin espíritu (1925) o Historia de un amanecer (1926) hasta el experimental de El boxeador y un ángel (1929) o Cazador en el alba (1930).
Este es el Ayala que mejor representa su específico momento generacional, el de la renovación vanguardista, a la que contribuyó desde Revista de Occidente y La Gaceta Literaria con sus diagnósticos sobre el séptimo arte.
Al igual que sus compañeros de viaje, la frecuentación de las salas oscuras supuso para él un auténtico bautismo por inmersión, convirtiéndose en la primera generación de nuestra literatura que abrazó la causa sin reticencias ni deserciones. Sus nuevas Circes, musas y estrellas polares pasaron a ser las stars, de Pola Negri a Greta Garbo. Y durante algunos años apenas hay libro en el que no pueda espigarse un copioso florilegio de metáforas o greguerías fílmicas, collages, perspectivas astilladas, ralentís, encuadres, sobreimpresiones y todo tipo de dictámenes que aún conservan intacta la plasticidad de lo recolectado a pie de pantalla.
Pero en Ayala tales incursiones no se quedan ahí, mero rasgo de época. Se incorporan de lleno a su bagaje literario. Lo estructuran, modulan y dotan de una inconfundible versatilidad para indagar las complejas realidades que estaban por venir. De las que tampoco se desentendió en relación con el cine, sino que fue evolucionando con ellas, creciendo hasta desembocar en su volumen recopilatorio El escritor y el cine. En él se añadiría un interludio en 1949, una tercera parte en 1987 y una cuarta que llegaba a 1995. Con la misma lucidez de siempre, se despedía reseñando la adaptación de la novela de Chordelos de Laclos llevada a cabo por Stephen Frears con el título de Las amistades peligrosas. Y concluyendo que así venían a ser las relaciones entre cine y literatura: peligrosas, pero muy estimulantes.

Años 30
Recuerdos y olvidos republicanos
Por Manuel Ángel Vázquez Medel

El año 1931 fue fundamental en la vida de Ayala. Acababa de concluir su estancia formativa en Berlín, que inició en otoño de 1929 -tras la obtención de su Licenciatura en Leyes- y finalizó el verano de 1930. Un año crucial en su trayectoria, tanto para su formación intelectual como por sus implicaciones personales: especialmente el encuentro con la que habría de ser su esposa, la chilena Etelvina Silva. En enero de 1931 Ayala regresa a Berlín para contraer matrimonio y posteriormente trasladarse a Madrid: “Durante ese período -afirma Ayala en Recuerdos y olvidos- mi mujer me ayudó en los trabajos de traducción y compartió mis amistades […] Los acontecimientos políticos de España eran esperados con un sentimiento de confiada seguridad. [...] El advenimiento de la República era aguardado en la misma actitud con que las familias esperan un parto...”.

Recordemos que Ayala había publicado ya, en su juventud, sus primeras novelas Tragicomedia de un hombre sin espíritu (1925) e Historia de un amanecer (1926), así como sus vanguardistas conjuntos de relatos El boxeador y un ángel (1929) y Cazador en el alba (1930) y el librito Indagación del cinema (1929). Sin embargo, los años que nos ocupan (de 1931 a 1939) serán de paréntesis en su actividad literaria, que se reanudaría con el impresionante texto “Diálogo de los muertos” (1939) escrito camino del exilio: “en los años que van desde mi regreso de Alemania hasta el exilio en Buenos Aires, mi actividad literaria como autor de obras de imaginación quedó en suspenso”. Sin embargo, su pluma permaneció activa en el campo del ensayo, del estudio filosófico-político, y de la traducción.

Así cuenta Ayala la proclamación de la República: “Se produjo el 14 de abril; y cuando nosotros oímos por la radio la noticia de lo que estaba ocurriendo salimos a reunirnos en el café de la Granja El Henar con los amigos que allí solían hacer tertulia a diario. La concurrencia era mayor que de costumbre, y la excitación de la gente, muy grande”. Contertulio del Café La Granja era Azaña, quien habría de tener, a decir de Ayala, “destino de héroe shakespeariano”. Durante esos años primeros de la República Ayala era ya profesor auxiliar de Derecho político y secretario de la Facultad. En 1931 se doctora y gana una plaza del Cuerpo de Oficiales Letrados del Congreso, ante un tribunal presidido por Besteiro. Además, sigue participando de la tertulia de la Revista de Occidente, y Ortega le encarga los editoriales o artículos de fondo de El Sol. En 1932 publica El derecho social en la constitución de la República y en 1933 gana la Cátedra de Derecho Político de la Universidad de La Laguna, aunque pide la excedencia para seguir en la de Madrid. El 4 de noviembre de 1934, en plena “revolución de Asturias” nace su única hija, Nina: “los quejidos de la parturienta [...] se mezclaban con los disparos de fusilería en la calle”. Pocos meses después moría su madre y daba, sin saberlo, en el funeral, el último abrazo a su padre…

En mayo del 36 Ayala sale de España para ofrecer una gira de conferencias por América del Sur. Durante su visita a Argentina, Paraguay y Chile en compañía de su mujer y su hija les sorprende el comienzo de la Guerra Civil. Ayala regresa a España para ponerse a disposición del Gobierno de la República, como funcionario del Ministerio de Estado. Será Secretario-Consejero de la Legación de Praga. Ayala sigue el periplo del Gobierno de la República: Madrid, Valencia, Barcelona… poco antes de la entrada de las tropas de Franco en la Ciudad Condal, emprende el camino del exilio, vía Francia, hacia Argentina: “Sabía que había salido de España para muchísimo tiempo, quizá para siempre…”. Afortunadamente no fue así, y se abría, en los años de Argentina, Brasil, Puerto Rico y EE.UU., el período más fecundo de su escritura, desde Los usurpadores a El jardín de las delicias.

Años 40
Exilio y experiencia literaria
Por Darío Villanueva

A propósito de Muertes de perro, obra escrita en los Estados Unidos luego de sus exilios anteriores en Argentina, Brasil y Puerto Rico, Ayala cuenta una anécdota reveladora. El novelista ubicó esta sátira de la dictadura en una imaginaria república centroamericana para poder así, liberado de cualquier referente histórico concreto, integrar datos procedentes de distintos modelos reales, en la tradición hispánica de Valle-Inclán y Miguel ángel Asturias. Al final de una conferencia suya pronunciada en Nueva York se le acercó un periodista de Nicaragua, donde Ayala nunca había estado, para sorprenderle diciendo: “Pero ¡qué bien conoce usted mi país! Yo puedo ponerle su nombre real, sin equivocación, a cada uno de los personajes de su novela”. De ese periodo (1939-1955) del destierro iberoamericano Ayala obtuvo, a lo que se ve, inspiración suficiente como para erigirse en narrador de las miserias políticas padecidas tanto por las repúblicas en las que vivió como por otras a las que ni siquiera había visitado. Y con la anécdota nicaragöense mencionada bien pudo justificar el afianzamiento de una de las nociones fundamentales de su teoría literaria: el papel determinante del lector.

Hay unas páginas del máximo interés a este respecto, donde se percibe la vocación sociológica de Ayala que daría lugar a la publicación, en 1945, de su Tratado de Sociología. Me refiero a su ensayo tres años posterior “Para quién escribimos nosotros”, nacido de una circunstancia dramática tan especial como la diáspora española del 39. A Ayala la vivencia histórica de escritor exiliado le sirve para formular una ley fenomenológica y por ello antiidealista: la de que “el ejercicio literario se desenvuelve dentro de un juego de convenciones gobernadas en gran parte por al entidad del destinatario; según quién éste sea, así se configurará el mensaje”. Poco después, en 1952, vuelve sobre lo mismo en “El escritor de lengua española”: “Se escribe para alguien, siempre. El escribir implica la existencia de destinatario”. Si por aquellos años Blanchot propalaba una aserción que fue tomada como boutade, la de que un libro que no se lee es algo que aún no ha sido escrito, ideas no muy alejadas de las suyas cobraban en nuestro Ayala toda la fuerza de lo vivido. La autenticidad de la experiencia literaria.

Años 50
Profesor en Estados Unidos
Por Germán Gullón

Recuerdo a Ayala dictando una conferencia sobre Galdós en la Universidad de Texas en Austin, corría el año 1970. Los estudiantes graduados de español conocían su obra crítica, habían estudiado sus novelas, Muertes de perro, y leído los cuentos. La fuerza de su presencia era la de un gran maestro, y la experiencia nueva. Un intelectual español hablaba de aspectos de su cultura como si nunca hubiera ocurrido un desgarro civil. Los nombres de los escritores exiliados, Juan Ramón, Machado, todos ellos aparecían en su discurso con total normalidad, y bien podían venir acompañados por los de quienes se habían quedado en la península, como Aranguren. Sabíamos que don Paco era un auténtico maestro de la crítica. No un filólogo, como Joaquín Casalduero o José F. Montesinos, ni un historiador de las ideas como Américo Castro, otros venerados profesores del exilio español en EE.UU., sino un crítico moderno. Sus lecciones, recogidas en La estructura narrativa, un manualito sencillo, escrito por aquel entonces, suponía una extraordinaria condensación de la teoría crítica más al día. Ningún estudiante desconocía tampoco su estudio sobre el realismo, lecturas obligatorias de los programas graduados de español. Son páginas insuperables, por su agudeza. En ellas se encuentra la famosa idea de cómo vamos a definir el realismo si desconocemos qué es la realidad.

Sus estudiantes de Bryn Mawr College o de la Universidad de Chicago, por citar dos de las instituciones donde impartió clases desde los años 50, pudieron también acercarse a la persona, conversar con él, y descubrir otra faceta crucial de su personalidad, la del hispanófilo. Gracias a que pasó el inicio del exilio en Argentina, su perfil literario no era sólo ibérico, sus conocimientos incluían también extensas lecturas de literatura hispanoamericana, poco frecuentes por entonces. Los compañeros y amigos en Nueva York, Vicente Llorens, ángel del Río, sin duda se aprovecharon de esos saberes que Ayala aportaba en sus charlas y escritos.

Por otro lado, cuantos lo han leído concuerdan en que una de sus potentes armas intelectuales reside en el uso de la ironía, lo que en su caso supone el despliegue de una inmensa capacidad para relativizar las faltas humanas, propias y ajenas. Su magisterio en Estados Unidos fue el de un sabio conocedor del arte, de las letras españolas y del ser humano.

Años 60
Retornos de un exiliado
Por Alberto Ribes

La España que encontró Francisco Ayala cuando regresó en los años 60 nada tenía que ver con aquella otra que dejó justo al finalizar la guerra civil, ni con la de su juventud y adolescencia. A los países, las sociedades y las personas les cambia el tiempo, como bien sabía Ayala teóricamente, pues había dedicado enormes esfuerzos a reivindicar la historicidad de los Estados-nación; tratando así de desmontar la obsesiva búsqueda de “lo español eterno” que venían haciendo algunos intelectuales desde la generación del 98. Ahora, en los años 60, Ayala podía ver con sus propios ojos el cambio; se encuentra con una nueva sociedad que, pese a la persistencia política del franquismo, empezaba a respirar nuevos aires. Había un riesgo fundamental que se cernía sobre todos los exiliados que regresaban: la posible instrumentalización de su figura. Algún amigo de Ayala regresó y fue recibido en Barajas, no por la policía como él temía, sino por coches oficiales, fotografías y apretones de mano. El regreso de los exiliados podía servir al franquismo para mejorar su imagen, pero Ayala era bien consciente de este riesgo. Y lo evitó. Regresó pausadamente, sin hacer ruido, con la habitual sutileza y modestia que le caracterizan. Venía a pasar cortas temporadas -acaso un verano-, mientras seguía siendo profesor en Estados Unidos. Regresó, entonces, muchas veces, poco a poco, y se compró el piso madrileño que no se convertiría en su hogar hasta que se jubiló y España estaba ya en plena transición; el mismo piso en el que reside, un siglo después de su nacimiento, lúcido, atento, curioso, divertido.

El regreso de sus obras fue algo más problemático. Los libros de Ayala estuvieron, en general, prohibidos por el franquismo desde 1939 hasta 1955. Tampoco se permitió ver la luz pública en España a Muertes de Perro (1958), El fondo del vaso (1962) o El as de bastos (1962). Sin embargo, Ayala fue regresando en los años 60 tanto personal como intelectualmente, y sus escritos fueron apareciendo en España, reeditándose, y su nombre fue alcanzando prestigio, aunque no acabaría de reintegrarse plenamente hasta que la democracia fue reinstaurada. Y a partir de entonces vinieron los reconocimientos, nombramientos y premios. Regresó el maestro, con su estilo, a su manera.

Años 70
Novelista redescubierto
Por Rosa Navarro Durán

La recuperación de Ayala para la vida cultural española significa un acontecimiento que nos complacemos en destacar ante la opinión pública”: así comenzaba la “Salutación a Francisco Ayala” que en “Insula” de julio-agosto de 1970 firmaba un grupo de intelectuales (lo iniciaba, alfabéticamente, Aleixandre, y lo cerraba Zamora Vicente). Nunca una bienvenida tuvo tanta razón de ser; bajo una apariencia de fórmula (podríamos aplicarle los versos de Salinas: “que se crean que es la carta, / la fórmula, como siempre…”), se estaba diciendo: “Léanlo, ¡es extraordinario!”.

Aunque había vuelto en 1960 “silenciosamente”, será en 1977, en su Granada natal, cuando hace su reaparición pública con un ensayo espléndido: Regreso a Granada. En 1971 había publicado una de sus obras capitales: El jardín de las delicias. Siete años después Carolyn Richmond lo editaría junto a El tiempo y yo, en donde quedaba incluido el “Regreso”. En sus páginas leemos lo que habían oído los granadinos: “Entiendo que dar razón de mi obra literaria equivale a dar razón de mi vida”. Así es; lo había dicho ya en sus geniales pasos vanguardistas en la tierra: “Uno escribe siempre su propia vida, sólo que por pudor la escribe en jeroglífico”. Hoy, en su centenario, brindamos con inmensa alegría por su vida; su obra es ya nuestra: forma parte del patrimonio cultural de este país, lo enriquece con la belleza y tersura de su prosa, con la inteligencia y perspicacia de sus juicios, con el lirismo de algunas de sus páginas, con la sátira de otras, con la condición de modelo de todas.

Los estudiosos ayalianos sabemos bien que no podemos rivalizar con él; que una de sus frases concisas, inteligentes suplen nuestros esforzados análisis. Por ello, acudo de nuevo a palabras de su Regreso para trazar su retrato -su autorretrato-: “Nunca, en mi obra escrita, me he plegado a consideraciones pragmáticas [...], que nunca han sido suficientes conmigo para falsear lo que pienso y opino,”. Sin grandes gestos Ayala ha aceptado con serenidad las fortunas y adversidades que le han tocado. Navegando por esas aguas, ha reflexionado sobre la condición humana; su teoría sobre la usurpación, el ejercicio del poder del hombre sobre el hombre, encierra más verdad que infinidad de sesudos tratados.

Quisiera que este entusiasta brindis por su cumpleaños fuera acompañado de una invitación al lector. Abra otra vez las páginas del Jardín de las delicias, y en cada uno de los fragmentos de ese originalísimo espejo roto verá la imagen de Ayala; pero también la imaginación, la belleza, la inteligencia, la sátira y la ternura…
Un puro gozo. ¡Por muchos años!

Años 80
Ayala en la Academia
Por Gregorio Salvador

Cuando yo ingresé en la Academia, hace 19 años, Paco Ayala llevaba en ella poco más de dos, pues había entrado muy tarde, tantos años exiliado, enseñando por esos mundos lo que nos habría podido enseñar aquí. Yo lo había conocido algún tiempo antes en los cursos veraniegos de la UIMP, pero nuestro trato había sido meramente incidental. Conocía y gustaba de su literatura, pero fue en la Academia donde aprendí a valorarlo como persona, alcancé su amistad y se afianzó en el cariño que le tengo, en la admiración que le profeso y en las notables coincidencias que nos unen.

El había sido al cuarto académico granadino, en aquel entonces, tras Luis Rosales, Alfonso García-Valdecasas y José López Rubio, y yo venía a ser el quinto. O el séptimo, si contábamos a dos que eran oficialmente hijos adoptivos de Granada: Emilio García Gómez y Manuel Alvar. Pero no ha sido tanto el paisanaje lo que nos ha unido como nuestra compartida estimación de la realidad. Soy un fanático del sentido común y Ayala lo manifiesta a tope siempre que es menester. Ha sido, en todo este tiempo un académico activo, que sumaba, a fines del curso pasado, mil doscientas siete asistencias a plenos académicos y las que haya que añadirle del actual, que pocos jueves nos ha faltado. Su voz potente y bien timbrada ha venido muchas veces, que yo recuerde, a cerrar debates, a poner las cosas en su sitio. Un regalo de la providencia contar con Ayala el mismo año de su centenario, con su presencia alentadora, con sus opiniones certeras, con sus provechosos consejos. Y no por viejo sino por sabio.

Prolonga la serie de los académicos centenarios, que fueron cuatro en el siglo veinte: don Juan de la Pezuela, Conde de Cheste, que era su director al comenzar el siglo, don Ramón Menéndez Pidal, que murió en su año cien, don Manuel Gómez Moreno y don Vicente García de Diego. Un buen augurio y una cierta esperanza para todos nosotros. Por lo pronto, una hermosa evidencia: Paco Ayala, que va a cumplir cien años el día 16, sigue siendo ejemplo, norte y guía para todos nosotros.

Años 90
La España Republicana
Por Antonio Sánchez Trigueros

A los que hemos estado muy cerca de Ayala en esta década, siempre nos ha sorprendido la energía que ha desplegado en las actividades que voy a resumir, a las que siempre ha asistido con el ánimo y el interés muy despiertos y con su aguda mirada presidiendo los actos. Ha sido una década cargada de reconocimientos: se abría con la concesión del premio Cervantes (1991) y se cerraba con el premio Príncipe de Asturias (1998); y en medio toda una cadena de homenajes: doctorados universitarios (Sevilla, Granada, UNED, Toulouse), Medallas de Oro (UIMP, Círculo de Bellas Artes) y una nueva propuesta: la candidatura al premio Nobel apoyada por instituciones académicas del ámbito hispánico.

Además de los homenajes de “Anthropos” e “Insula”, quizá una de las iniciativas más interesantes ha sido la creación de un eje académico ayaliano Sevilla-Granada, que ha organizado en sus universidades múltiples actividades que han dado un impulso importante al conocimiento de la obra de Ayala entre los más jóvenes: tres congresos, dos seminarios, ciclos de conferencias, exposiciones bibliográficas, etc., que han hecho crecer de una forma sustantiva la investigación sobre el Ayala novelista y crítico, con más de 70 trabajos recogidos en varios volúmenes, muchos de ellos de jóvenes investigadores. Pero sin duda el proyecto más trascendente del eje ha sido la creación de la Fundación Francisco Ayala, que, con sede en Granada, tratará de mantener el interés hacia su obra en el presente y en el futuro.

Por otra parte la obra de Ayala seguía muy viva en librerías: reediciones y ediciones críticas de sus obras narrativas, traducción al francés de Muertes de perro, al inglés de Los usurpadores, reedición de sus escritos cinematográficos y recopilaciones de artículos y ensayos. Aunque a estas alturas Ayala había practicamente decidido dejar de escribir, aún siente “el impulso interno y creativo” y produce en estos años tres textos breves, dos narrativos y uno lírico, que se añaden al número de joyas literarias de que abunda su obra: Un caballero granadino, sobre el personaje de álvaro Tarfe, El filósofo y un pirata, exploración del mundo de la razón, y Lloraste en el Generalife, fruto de una visita a la Alhambra.

Articulo:
http://www.elcultural.es 07/11/2009