dimanche 29 novembre 2009

Harol GASTELÚ PALOMINO/Hordas asesinas



Harol Gastelú Palomino, Huancavelica (Perú), 1968. Profesor de arte y literatura por Universidad La Cantuta. Ha publicado el libro de cuentos “Historias urbanas” (Derrama Magisterial, 2005). Sus textos han recibido los siguientes galardones: Premio Nacional de Educación Horacio 2004 en cuento, finalista en novela en el Premio Nacional de Educación Horacio 2005, Premio Cuentos Ciudad de Trujillo 2007, mención especial en novela en el Premio Nacional PUCP 2007. Acaba de obtener una mención de honor en el área de Mitos y Leyendas Populares en el Premio Nacional de Educación Horacio 2007. Textos suyos han sido publicados en las revistas digitales Azularte, Yoescribo.com, Remolinos, Destiempos, Palabras diversas, La puerta azul, Letralia, Ciberayllu, Exquioc, Misioletras y Las filigranas de perder.

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Hordas asesinas
Por Harol Gastelú Palomino

Era joven, bella e inteligente. La mataron unos desadaptados sociales llamados hinchas de futbol arrojándola de un vehículo en marcha.

Cada vez que se enfrentan futbolísticamente Alianza Lima y Universitario de Deportes, dos de los clubes de futbol más populares del futbol peruano pero que nada bueno han aportado a la mejora de este popular deporte, Perú ha sido último en estas recientes eliminatorias, las calles de Lima se ven invadidas y desbordadas por cientos, y hasta miles, de hinchas también llamadas barras bravas. Su nombre lo dice: barras bravas.

Vándalos, eso es lo que son. Delincuentes también. Antes, y después de cada encuentro deportivo, toman por asalto las calles, rompen lunas, arrebatan las pertenencias a los transeúntes que por mala suerte se les cruzan en el camino, se enfrentan entre ellos a punta de piedras, machetes, palos, y hasta armas de fuego. Unos verdaderos salvajes. Una muestra de cuán degradada está la sociedad peruana pese a que nuestros gobernantes anuncian con bombos y platillos que el Perú crece como un país del primer mundo, que hasta el momento nueve de cada diez peruanos posee un celular, pero ese crecimiento es un espejismo, una falsa ilusión, en lo moral, en lo ético, el Perú se hunde cada vez más en un pozo sin fondo. La juventud que abandona las aulas no tiene a dónde ir si no es a un país del extranjero, o a nuestro vecino del sur, aunque sea a lavar platos o a cuidar perros ajenos. A pesar que la oferta educativa es cada vez más múltiple, son pocos los que pueden acceder a ella en un país donde el sueldo mínimo no bordea ni los doscientos dólares al mes y donde un maestro del sector público, a veces con maestría incluida, gana menos de cuatrocientos dólares. Hace muchos años que la educación se pervirtió, que el maestro perdió el interés por hacer de sus alumnos buenos ciudadanos, y las leyes fueron uno de sus mejores cómplices: al alumno no se le puede tocar ni con el pétalo de una rosa. Blindados por esta falsa invulnerabilidad, los alumnos aprendieron a hacer lo que les diera en gana sabiendo que hicieran lo que hicieran todo quedaría impune: eran intocables. Yo recuerdo aún las jaladas de oreja de miss Polloy: una de esas estuvo a punto de emparentarme con Van Gogh. Otros profesores solían utilizar el cable de luz y otros unas reglas de metal que te dejaban un buen moretón en la palma de las manos o en las posaderas. Y no había padre que protestara porque corría el peligro que su dulce angelito terminara de patitas en la calle. Pero eso se acabó cuando a alguien se le ocurrió crear la Defensoría Escolar del Niño y el Adolescente –que alguna vez dirigí en mi centro de trabajo con funestas consecuencias- y el control de esas criaturas se escapó de nuestras manos. La guerra interna que vivimos hasta los primeros años de la década de los noventa del siglo pasado contribuyó a ello: miles de campesinos llegaron a las grandes ciudades en una segunda ola de migración, esta vez a la fuerza. Los hijos de estos, marginados por su idioma, color, origen, procedencia, en unión con los jóvenes marginales de los paupérrimos barrios en los que habitaban, volcaron su furia, su resentimiento en el futbol. Y empezaron los problemas. Antes, las barras de futbol eran pacíficas: bombos, platillos y picapicas eran sus únicas armas de guerra. Pero la guerra civil les enseñó que se podía matar con impunidad, golpear, destrozar, despedazar. Y empezaron a hacer eso. A falta de fusiles, utilizaron piedras, machetes, y de vez en cuando un revólver. Los integrantes de estas barras son imberbes de trece, catorce años, y también sujetos de más edad que, al no tener nada que hacer en su presente, integran estas hordas de desadaptados. Y delincuentes que aprovechan el pánico para hacer de las suyas. ¿Y las autoridades?, ¿la policía?, ¿los dirigentes deportivos? Bien, gracias, han dejado expandirse a estas barras como un tumor canceroso hasta hacer imposible su control. Incluso los futbolistas profesionales, y los entrenadores, están muchas veces presionados por estos sujetos que les marcan la hora y piden resultados positivos para el equipo de sus amores si no quieren ver rodar sus cabezas. Recuerdo el ridículo que hizo la penúltima ministra del interior al destinar un equipo de investigación de la policía para encontrar una banderola de una de las barras bravas robada por la otra para evitar que la sangre llegara al río. Si en lugar de tantas concesiones se los hubiera agarrado a perdigonazos, tal como predica ahora nuestro presidente, las cosas habrían sido diferentes pero no, no hay nadie con la suficiente correa como para poner a esos sujetos en su lugar. Y seguirán destrozando, matando mientras nadie les pare el macho.

Era joven y bella, se llamaba María Paola y la mató una horda de asesinos con nuestra complicidad.