
CRÍTICA:
Una parodia del sueño americano
Por Javier APARICIO MAYDEU
El talento de Taylor retratando la América judía de los años setenta es enorme, y no es de extrañar que Philip Roth haya confesado que disfrutó de lo lindo leyendo El libro de la venganza, su segunda novela llena de guiños a la obra de Bellow, cuyas cartas precisamente editará para Penguin en breve, y al estilo de Herzog, al propio Roth, el de El lamento de Portnoy y el de las comedias satíricas de frustración sexual y crítica social, sin duda al Nabokov histriónico de Zembla en Pálido fuego y seguramente al legendario relato de Salinger, El guardián entre el centeno, con el que no comparte su seductora primera persona pero sí en cambio su escapada de la adolescencia y las formas de la novela de aprendizaje.
Una parodia del sueño americano
Por Javier APARICIO MAYDEU
El talento de Taylor retratando la América judía de los años setenta es enorme, y no es de extrañar que Philip Roth haya confesado que disfrutó de lo lindo leyendo El libro de la venganza, su segunda novela llena de guiños a la obra de Bellow, cuyas cartas precisamente editará para Penguin en breve, y al estilo de Herzog, al propio Roth, el de El lamento de Portnoy y el de las comedias satíricas de frustración sexual y crítica social, sin duda al Nabokov histriónico de Zembla en Pálido fuego y seguramente al legendario relato de Salinger, El guardián entre el centeno, con el que no comparte su seductora primera persona pero sí en cambio su escapada de la adolescencia y las formas de la novela de aprendizaje.
Gabriel Geismar, el hijo gay de un rabino de Nueva Orleans del que huye despavorido hacia la tierra prometida de la ciencia y el saber en un college de Pensilvania, protagoniza una novela de campus fuera del campus y una comedia sentimental o, mejor dicho, un triángulo amoroso poco canónico junto a los hermanos Daniel y Marghie Hundert, que tiene algo de esa american beauty entre el sueño americano y la parodia de su propio way of life. En el tarro de los arteros detalles ideológicos está la buena esencia de esta novela, la burla de la influencia de la publicidad en el noble (y consumista) pueblo americano, en su imaginario colectivo demasiado subordinado al star-system de Hollywood, como le sucede a Marghie, o en su obsesivo deseo de alcanzar la fama, como decía Warhol -la referencia al escritor maldito Dunallen, "que no había tenido más impacto que un pétalo de rosa al caer a un pozo", no tiene desperdicio- o al menos ese apetitoso millón de dólares antes de los treinta. Taylor es un retratista excepcional, y la novela todo un descubrimiento, pues al ritmo endiablado que consigue darle a su narración, que la traductora ha sabido conservar de forma impecable, le añade una sorprendente capacidad para trazar a sus personajes sin necesidad de dedicarle a ello más de esas 185 páginas que tiene la novela. Junto al futuro astrofísico Gabriel, que torturaba insectos de niño, y los adolescentes tratando de descubrir su identidad y de moldear su futuro, Taylor coloca al célebre físico Gregor Hundert y a su familia de émigrés de la vieja Hungría que alcanzan en EE UU el mismo éxito que frustración, mirando al pasado oscuro en Europa a pesar del luminoso presente americano, una familia de la que forma parte se integra el joven científico Gabe con todas sus consecuencias.
Taylor ha escrito, como el mismo texto delata en forma de guiño, una "opera buffa seria", muy seria, que acaba con Danny tratando de asesinar a un ex ministro culpable de genocidios en Camboya y tiranías en Chile, entre entomólogos, manicomios, mofas de "ese ex actor de la Warner-Brothers elegido presidente de los Estados Unidos", y una demoledora ironía que sólo se ve superada por el humor burlón, el cosmopolitismo nabokoviano y esa insólita capacidad plástica de su estilo. A partir de ahora habrá que seguir las aventuras literarias de ese enfant terrible llamado Taylor y, pese a que la temporada no ha hecho sino empezar, El libro de la venganza ya se postula como una de sus novedades indispensables.
El libro de la venganza
Benjamin Taylor
Traducción de Aurora Echevarría
Mondadori. Barcelona, 2009
185 páginas. 17,90 euros
Inicio de 'El libro de la venganza'
de Benjamin Taylor
1 - LOS PRODUCTOS PUROS
Estornudaba cuatro veces, como toda su familia por el lado materno. Siempre una secuencia de cuatro: firme, fuerte, fiero, feroz. Después llegaba la calma, y en las extremidades y las tripas experimentaba el conocimiento secreto del estornudo.
Entre ataques de cuatro el hijo del rabino había vivido y prosperado allí… ¡Salud!… Babilonia, el comienzo de su destino, o sea, Nueva Orleans. Un día, cuando tenía siete años, encontró en la escalinata del templo un saltamontes y una mantis religiosa fundidos en un oscuro abrazo. ¿Se estaban matando? ¿Enamorando? Bajo la mirada de su madre, Gabriel Geismar cogió una piedra del parterre y aplastó las dos criaturas, las machacó hasta formar una masa uniforme. Ella lo agarró por la pechera de la camisa y lloró. «¡Era un experimento!», protestó él. Ella era una madre prudente, no decía que los niños eran malos pero reconocía entre lágrimas que lo eran algunas de sus acciones. Sintiéndose satisfecho y vinculado a la esencia violenta de la naturaleza, él aguantó su sermón sobre la crueldad gratuita.
Cuando ella explicó al rabino lo que había hecho su hijo en la escalinata del templo, Milton Geismar dijo con convicción talmúdica: «Los niños viven cerca del suelo. Están en estrecho contacto con los insectos y disfrutan matándolos. Menos los mariposones lo hacen todos. ¡Si haces sentir culpable al chico lo echarás a perder!».
Como padre, el rabino Geismar había sido muy dado a exteriorizar sus emociones. Descargando el cinturón sobre las nalgas y piernas desnudas de su hijo había gemido, sinceramente desesperado: «Mamzer! ¡Maldición!». Era su único hijo y no era normal del todo, y la humillación de ello lo mantenía en un estado volcánico activo, su violencia el magma profundo, listo para brotar con cualquier pretexto. Un hijo no debía aferrarse a las faldas de su madre. Un hijo no debía tener tanto miedo, ni a los reptiles, ni a los petardos, ni a los olores desconocidos. Además estaba el miedo de Gabriel al vómito; el vómito ajeno. (Cuando la rebbitzin lo dejaba en el cine los domingos por la tarde, entraba y preguntaba al encargado, puesto que él era demasiado tímido para hacerlo: «¿Hay alguna escena de vómito en esta película? Porque mi niño no puede con ellas».) Un hijo no debía ser un mojigato excéntrico. Un hijo no debía tener secretos de cuarto de baño. Un hijo no debía hacer dibujos asquerosos, obscenos, repugnantes, que su madre podía encontrar dentro del cartapacio del escritorio o en el fondo de un cajón, y venirse abajo.
Por alguna razón Gabriel no podía dejar de hacerlos, año tras año. Tenía casi quince años cuando su padre lo había llamado con un dedo y le había puesto delante uno de los más originales –un hombre abrazando un miembro que crecía como una secuoya en mitad de su cuerpo y desaparecía entre las nubes–, y lo había arrojado por los aires de una bofetada. Una bofetada que resultó ser decisiva, la última de esa clase. Algo en la mirada de Gabriel cuando se levantó del suelo, con una mano en la mejilla, debió de asustar a Geismar. Algo dijo: «Eres un bruto y un desalmado, y nunca me pareceré a ti ni te lloraré cuando te mueras. Eres un accidente tan infeliz en mi vida como yo en la tuya». Una mirada puede decir muchas cosas. «Somos una desgracia el uno para el otro, así que dame la mano y hagamos un pacto. Pero si vuelves a ponerme la mano encima…»
Esa primavera la señorita Kilbourne, que daba clases de literatura en el colegio Country Day de Nueva Orleans, había leído a los alumnos de último curso La canción del viejo marinero. «En su soledad e inmovilidad –declamó como si improvisara–, él añoraba la luna viajera, y las estrellas, que permanecen inmóviles y sin embargo avanzan.» Era una actriz cuando lo exigía la pedagogía. Cerró el libro y terminó de recitar el poema de memoria: «Y en todas partes el cielo azul les pertenece, y es su señalado lugar de descanso y su país natal y su morada, en la que entran sin anunciarse, como señores sin duda esperados, y sin embargo hay una alegría silenciosa a su llegada». Kilbourne sacudió la apatía habitual en los estudiantes de último año con esos versos. Todas las mentes se rindieron ante ella.
Ella les habló del acte gratuit, postulado por una filosofía de café de reciente prestigio. Pero Gabriel tenía la sensación de haber llegado a lo mismo hacía tiempo y sin ayuda del Romanticismo o de los existencialistas. Es más, sin ninguna de las molestias que había sufrido el marinero. ¿Benditos los espantosos reptantes de la tierra, benditos los que no saben? No habría quien merodeara, más triste pero más sabio, en los banquetes de bodas, ni quien buscara a alguien a quien confiar sus secretos culpables. Mucho tiempo atrás, sin remordimiento, Gabriel había aniquilado dos criaturas verdes. Habiéndose saltado dos cursos, a los dieciséis años fue admitido en una universidad cuyo nombre le gustaba, aunque a sus amigos y familiares les costara pronunciarlo. Llegó la tercera semana de agosto de 1970, el momento de partir. Para quitar los hechos públicos de en medio: la semana anterior Janis Joplin había vuelto en avión a Port Arthur para asistir a la décima reunión de ex alumnos de su instituto. En Block Island doce agentes del FBI disfrazados de observadores de aves capturaron al padre Daniel Berrigan, fugitivo de la justicia desde que lo habían condenado por destruir documentos del Servicio Selectivo. En las orillas del Pedernales, el ex presidente Lyndon Johnson y su señora disfrutaban de un pase privado de Patton, el gran éxito del verano. En San Francisco murió en la miseria Beniamino Bufano, quien cincuenta y tres años atrás había protestado contra la entrada de Estados Unidos en la Gran Guerra cortándose el dedo índice y enviándoselo a Woodrow Wilson. En el aeródromo Tan Son Nhut, Spiro Agnew elogió a los vietnamitas del sur por «sufrir tanto por la causa de la libertad», se comprometió a «no disminuir» el apoyo de Estados Unidos y añadió que «la situación de Camboya parece estar evolucionando muy bien».
Entretanto, en Nueva Orleans, el doctor Sheldon Kretschmar, pediatra, impulsor, el peor y más ruidoso defensor de Nixon de la ciudad, pilar de la Asociación Médica Americana, que había tratado a Gabriel durante la varicela, la fiebre escarlata, las paperas y, al comienzo de la adolescencia, un brote de asma tan severa que había derivado en neumonía, le examinó por última vez la garganta y le preguntó: «¿Tulane o LSU?».
Ninguna de las dos. Con un depresor en la lengua Gabriel pronunció lo mejor que pudo el nombre de la universidad que había elegido. El doctor Kretschmar se lo sacó.
–Swarthmore –repitió el hijo del rabino.
Había pospuesto hasta el último día la revisión médica, pero no podía matricularse sin ella. Kretschmar dio vueltas al nombre.
–Nunca lo he oído.
–El Swarthmore College, señor, en las afueras de Filadelfia.
Un bonito lugar, según el folleto que me han enviado.
–Bueno, nunca he oído…
–Es una universidad de artes liberales.
Pero la palabra «liberal» en todas sus acepciones parecía inquietar a Kretschmar. Miró a Gabriel de arriba abajo y, viendo nada menos que otro Rosenberg o Hiss en ciernes, le deseó lo mejor.
Cada vez que iba a un médico, ya fuera óptico o traumatólogo, cuando llegaba a casa el rabino le preguntaba «¿Te ha mirado de la garganta para abajo o de la nariz para arriba?», lo que a un niño como Gabriel le había parecido gracioso; pero ¿cuántos años puede uno reírse de la misma broma?
–¡Papá, por favor! Llevas diciendo eso desde que tengo memoria.
–¡No digas tonterías, hijo, si se me acaba de ocurrir!
Milton Geisman, como los padres en general, ensayaba en casa todas sus ocurrencias hasta que quedaban incorporadas como parte del mobiliario. Tan pronto te caía una paliza como un chiste. Nunca sabías el día que te esperaba. El enigma de la infancia de Gabriel: además de ser un padre primitivo y gruñón, Geismar era ingenioso y audaz. Cualquier humorista de púlpito puede decir a sus fieles: «Qué extraño que Dios eligiera a los judíos». Pero hace falta inspiración para añadir:
«No es extraño viniendo de Dios. Los gentiles Le irritan».
(También era un padre vanidoso, dado a la autoadmiración incondicional. Le habían dicho que se parecía a Victor Mature y se le había subido a la cabeza.) En casa, por un contragolpe de temperamento, el encanto se desvanecía con la exactitud de un reloj, y ahí estaba el ogro maléfico, diciendo solemnemente a su mujer y a su hijo que le habían arruinado la vida. «¡Mental y físicamente! Voy a tener una crisis, ¿me oís?»
Acto seguido adoptaba un tono confidencial, apremiante. «Una crisis nerviosa.» Madre. Padre. Por ella sabías que eras querido. Por él sabías que estabas en peligro. Gabriel tenía motivos para ver la historia de Abraham atando a Isaac como algo normal. Un padre era alguien que podía decidir matarte. Continuaba en tercera persona, como un héroe del deporte o un gángster: «¿Mentir a Milton Geismar? ¡Desearás no haberlo hecho!», «¡Lo que Milt Geismar dice que va a hacer, lo hace!». Jactándose de sí mismo, amenazando: «¡Nadie traiciona a Geismar!». O lloriqueando y pidiendo consuelo. Las crisis nerviosas, ¿exactamente qué forma tomaban? El hijo del rabino había optado por una imagen no del todo desagradable de un anciano infligiéndose violencia a sí mismo, cortándose las orejas, descoyuntándose el mentón, arrancándose sus bonitos ojos.
Aquella tarde Gabriel dio una vuelta de despedida por la ciudad en el tranvía de Saint Charles Avenue, se apeó donde las vías cambian de dirección en Poydras y caminó a lo largo de Chartres, luego bajó con paso enérgico por Toulouse buscando una siniestra puerta baja y verde en la pared. Un caballero en unos aseos públicos del puerto le había dicho que ese era el lugar. Pagabas para entrar y pasabas un buen rato.
Dejó toda la ropa en la taquilla que le asignaron, luego se lo pensó mejor y, para refrenar la realidad desnuda, se puso los calzoncillos, porque ese escondrijo enseguida lo excitó con su mezcla de olores, un omnium gatherum, a almizcle, a civeto, a Liederkranz, a lo que una famosa revista de la época se jactaba de ofrecer pero que en realidad describía esos baños: el hombre en su mejor momento. (Había oído decir que esa revista era para el «hombre de hombres» y, entendiendo mal la expresión, se había apresurado a comprar una. Cualquier mención de la palabra «hombre» lo removía. Hasta el ejemplar de La naturaleza y el destino del hombre de Reinhold Niebuhr que encontró una tarde en el estante más alto de la biblioteca de su padre mereció una hojeada de quince minutos.)
Entró en el laberinto de cubículos, moviéndose con paso enérgico por los pasillos llenos de hombres con toallas enrolladas alrededor de la cintura. Cada puerta enmarcaba a distintas luces a un hombre desnudo, algunos recostados en camas, otros de pie; varios exhibiéndose. Las puertas cerradas también eran interesantes. Gabriel sintió el impulso de llamar a una al oír un sonido alegre en el interior, pero cambió de opinión.
Más adelante en el pasillo un paleto gigante y sonriente sacudió la cabeza de un lado para otro y dijo «Entra aquí, cielo», mientras le hacía señas con un movimiento del brazo autoritario, confiado, incluso oficial, como si dirigiera el tráfico en una situación de emergencia. Y lo era. Gabriel entró. El hombre cerró hábilmente la puerta con el pie. Preguntó con suma cortesía si podía quitarle la ropa interior. A esto se refieren con «antro de perdición», pensó Gabriel. Me gusta. Pero doce segundos después, tras volver a su ser real con un estremecimiento y un gemido, despertado del placer, se sintió de otro modo totalmente distinto y apartó la cabeza, se subió bruscamente los calzoncillos y quiso largarse de allí. Empezó a pensar en números, entes limpios, lo más limpio en cualquier parte dentro o fuera del mundo. Los primos, la categoría arrogantemente exclusiva de los que solo son divisibles por sí mismos. Y los perfectos, perfectos por ser iguales a la suma de sus divisores. Y los amigos, cada uno igual a la suma de los divisores del otro excluido el propio número. Sobre estos era particularmente agradable pensar. 220 y 284, por ejemplo. Gabriel sumó los divisores solo del primero para confirmar su amigabilidad (1 + 2 + 4 + 71 + 142, y así sucesivamente), luego los de 284 (1 + 2 + 4 + 5 + 10 + 11 + 20 + 22 + 44 + 55 + 110). Es fácil hacerlo mentalmente.
Pero ahora prueba con 17.296 y 18.416. Se han descubierto unas cuatrocientas parejas de números amigos, y seguramente hay más ahí fuera. Pero si es un número finito o infinito, nadie lo ha establecido aún; Gabriel habría dado cualquier cosa por saberlo. Fue allí adonde volvió, a la frontera que reconocía: el infinito. El universo físico podía o no ser un ejemplo de ello. Pero la mente, como atestiguaba el cálculo de cualquier número irracional hasta el enésimo decimal, sin duda lo era. Y ahí estaba la verdadera diversión, según Gabriel, mientras que la pasión de la carne solo era una diversión más. El adorador del suelo, exultante en su degradación, le besó la mano, su pobre y sufrida mano izquierda, e hizo la pregunta inevitable.
–¿Qué te pasa en la mano?
Él dio la respuesta clásica.
–Nací así.
–No importa.
Pero sí que importaba. Ante semejante irregularidad hay poca indulgencia. Te la recuerdan cada cierto tiempo. Algo insignificante en realidad, una especie de error en la fabricación genética de su persona: en la mano izquierda tenía dos pulgares totalmente idénticos, hasta en la luna de las uñas y en las líneas que cruzaban los nudillos. Unidos al estilo siamés, funcionando perfectamente como uno solo, habían provocado sin embargo miradas y la incredulidad del mundo (es decir, de Nueva Orleans), y creado un destino para Gabriel Geismar.
–Es como cuando ves un nabo o un tomate que intenta dividirse en dos. –Y el hombre le plantó un beso específicamente en los pulgares–. ¿Cómo te llamas?
No hubo respuesta.
–¿Cómo te llamas?
–Hummm, Forrest, Forrest Delavoy –mintió Gabriel, utilizando el nombre de un compañero del Country Day al que detestaba.
–¡Forrest Dee-la-voy! Me gusta.
Gabriel hizo ademán de marcharse, estrechando la mano del hombre en plan formal; pero la ironía del gesto hizo reír a ambos.
–No digas buenas noches.
–Mañana tengo que madrugar.
–¿Adónde vas?
–A Pensilvania.
–¿Pensilvania? ¿Eres universitario?
–Sí.
–¡Lo he sabido hasta viéndote sin ropa! ¿Cómo has llegado tan alto?
Un encogimiento de hombros.
–Tengo que volver a casa.
–Ni siquiera me has preguntado cómo me llamo.
No, era cierto. Gabriel había querido recordarlo sin nombre, como una nube o un puñado de tierra.
–Clarence Rappley. No soy de aquí. No sería de aquí ni por una apuesta. Soy de Dulac. No de Dulac mismo. De las afueras.
–Me alegra saberlo –dijo Gabriel, y al decirlo pareció aflojar algo su resistencia.
Clarence se tomó la libertad de besarlo, y aunque Gabriel procuró que fuera un beso breve y con la boca cerrada, se prolongó, se abrió, supo bien.
–Vamos a mi cama.
Articulo:
http://www.elpais.com 07/11/2009Taylor ha escrito, como el mismo texto delata en forma de guiño, una "opera buffa seria", muy seria, que acaba con Danny tratando de asesinar a un ex ministro culpable de genocidios en Camboya y tiranías en Chile, entre entomólogos, manicomios, mofas de "ese ex actor de la Warner-Brothers elegido presidente de los Estados Unidos", y una demoledora ironía que sólo se ve superada por el humor burlón, el cosmopolitismo nabokoviano y esa insólita capacidad plástica de su estilo. A partir de ahora habrá que seguir las aventuras literarias de ese enfant terrible llamado Taylor y, pese a que la temporada no ha hecho sino empezar, El libro de la venganza ya se postula como una de sus novedades indispensables.
El libro de la venganza
Benjamin Taylor
Traducción de Aurora Echevarría
Mondadori. Barcelona, 2009
185 páginas. 17,90 euros
Inicio de 'El libro de la venganza'
de Benjamin Taylor
1 - LOS PRODUCTOS PUROS
Estornudaba cuatro veces, como toda su familia por el lado materno. Siempre una secuencia de cuatro: firme, fuerte, fiero, feroz. Después llegaba la calma, y en las extremidades y las tripas experimentaba el conocimiento secreto del estornudo.
Entre ataques de cuatro el hijo del rabino había vivido y prosperado allí… ¡Salud!… Babilonia, el comienzo de su destino, o sea, Nueva Orleans. Un día, cuando tenía siete años, encontró en la escalinata del templo un saltamontes y una mantis religiosa fundidos en un oscuro abrazo. ¿Se estaban matando? ¿Enamorando? Bajo la mirada de su madre, Gabriel Geismar cogió una piedra del parterre y aplastó las dos criaturas, las machacó hasta formar una masa uniforme. Ella lo agarró por la pechera de la camisa y lloró. «¡Era un experimento!», protestó él. Ella era una madre prudente, no decía que los niños eran malos pero reconocía entre lágrimas que lo eran algunas de sus acciones. Sintiéndose satisfecho y vinculado a la esencia violenta de la naturaleza, él aguantó su sermón sobre la crueldad gratuita.
Cuando ella explicó al rabino lo que había hecho su hijo en la escalinata del templo, Milton Geismar dijo con convicción talmúdica: «Los niños viven cerca del suelo. Están en estrecho contacto con los insectos y disfrutan matándolos. Menos los mariposones lo hacen todos. ¡Si haces sentir culpable al chico lo echarás a perder!».
Como padre, el rabino Geismar había sido muy dado a exteriorizar sus emociones. Descargando el cinturón sobre las nalgas y piernas desnudas de su hijo había gemido, sinceramente desesperado: «Mamzer! ¡Maldición!». Era su único hijo y no era normal del todo, y la humillación de ello lo mantenía en un estado volcánico activo, su violencia el magma profundo, listo para brotar con cualquier pretexto. Un hijo no debía aferrarse a las faldas de su madre. Un hijo no debía tener tanto miedo, ni a los reptiles, ni a los petardos, ni a los olores desconocidos. Además estaba el miedo de Gabriel al vómito; el vómito ajeno. (Cuando la rebbitzin lo dejaba en el cine los domingos por la tarde, entraba y preguntaba al encargado, puesto que él era demasiado tímido para hacerlo: «¿Hay alguna escena de vómito en esta película? Porque mi niño no puede con ellas».) Un hijo no debía ser un mojigato excéntrico. Un hijo no debía tener secretos de cuarto de baño. Un hijo no debía hacer dibujos asquerosos, obscenos, repugnantes, que su madre podía encontrar dentro del cartapacio del escritorio o en el fondo de un cajón, y venirse abajo.
Por alguna razón Gabriel no podía dejar de hacerlos, año tras año. Tenía casi quince años cuando su padre lo había llamado con un dedo y le había puesto delante uno de los más originales –un hombre abrazando un miembro que crecía como una secuoya en mitad de su cuerpo y desaparecía entre las nubes–, y lo había arrojado por los aires de una bofetada. Una bofetada que resultó ser decisiva, la última de esa clase. Algo en la mirada de Gabriel cuando se levantó del suelo, con una mano en la mejilla, debió de asustar a Geismar. Algo dijo: «Eres un bruto y un desalmado, y nunca me pareceré a ti ni te lloraré cuando te mueras. Eres un accidente tan infeliz en mi vida como yo en la tuya». Una mirada puede decir muchas cosas. «Somos una desgracia el uno para el otro, así que dame la mano y hagamos un pacto. Pero si vuelves a ponerme la mano encima…»
Esa primavera la señorita Kilbourne, que daba clases de literatura en el colegio Country Day de Nueva Orleans, había leído a los alumnos de último curso La canción del viejo marinero. «En su soledad e inmovilidad –declamó como si improvisara–, él añoraba la luna viajera, y las estrellas, que permanecen inmóviles y sin embargo avanzan.» Era una actriz cuando lo exigía la pedagogía. Cerró el libro y terminó de recitar el poema de memoria: «Y en todas partes el cielo azul les pertenece, y es su señalado lugar de descanso y su país natal y su morada, en la que entran sin anunciarse, como señores sin duda esperados, y sin embargo hay una alegría silenciosa a su llegada». Kilbourne sacudió la apatía habitual en los estudiantes de último año con esos versos. Todas las mentes se rindieron ante ella.
Ella les habló del acte gratuit, postulado por una filosofía de café de reciente prestigio. Pero Gabriel tenía la sensación de haber llegado a lo mismo hacía tiempo y sin ayuda del Romanticismo o de los existencialistas. Es más, sin ninguna de las molestias que había sufrido el marinero. ¿Benditos los espantosos reptantes de la tierra, benditos los que no saben? No habría quien merodeara, más triste pero más sabio, en los banquetes de bodas, ni quien buscara a alguien a quien confiar sus secretos culpables. Mucho tiempo atrás, sin remordimiento, Gabriel había aniquilado dos criaturas verdes. Habiéndose saltado dos cursos, a los dieciséis años fue admitido en una universidad cuyo nombre le gustaba, aunque a sus amigos y familiares les costara pronunciarlo. Llegó la tercera semana de agosto de 1970, el momento de partir. Para quitar los hechos públicos de en medio: la semana anterior Janis Joplin había vuelto en avión a Port Arthur para asistir a la décima reunión de ex alumnos de su instituto. En Block Island doce agentes del FBI disfrazados de observadores de aves capturaron al padre Daniel Berrigan, fugitivo de la justicia desde que lo habían condenado por destruir documentos del Servicio Selectivo. En las orillas del Pedernales, el ex presidente Lyndon Johnson y su señora disfrutaban de un pase privado de Patton, el gran éxito del verano. En San Francisco murió en la miseria Beniamino Bufano, quien cincuenta y tres años atrás había protestado contra la entrada de Estados Unidos en la Gran Guerra cortándose el dedo índice y enviándoselo a Woodrow Wilson. En el aeródromo Tan Son Nhut, Spiro Agnew elogió a los vietnamitas del sur por «sufrir tanto por la causa de la libertad», se comprometió a «no disminuir» el apoyo de Estados Unidos y añadió que «la situación de Camboya parece estar evolucionando muy bien».
Entretanto, en Nueva Orleans, el doctor Sheldon Kretschmar, pediatra, impulsor, el peor y más ruidoso defensor de Nixon de la ciudad, pilar de la Asociación Médica Americana, que había tratado a Gabriel durante la varicela, la fiebre escarlata, las paperas y, al comienzo de la adolescencia, un brote de asma tan severa que había derivado en neumonía, le examinó por última vez la garganta y le preguntó: «¿Tulane o LSU?».
Ninguna de las dos. Con un depresor en la lengua Gabriel pronunció lo mejor que pudo el nombre de la universidad que había elegido. El doctor Kretschmar se lo sacó.
–Swarthmore –repitió el hijo del rabino.
Había pospuesto hasta el último día la revisión médica, pero no podía matricularse sin ella. Kretschmar dio vueltas al nombre.
–Nunca lo he oído.
–El Swarthmore College, señor, en las afueras de Filadelfia.
Un bonito lugar, según el folleto que me han enviado.
–Bueno, nunca he oído…
–Es una universidad de artes liberales.
Pero la palabra «liberal» en todas sus acepciones parecía inquietar a Kretschmar. Miró a Gabriel de arriba abajo y, viendo nada menos que otro Rosenberg o Hiss en ciernes, le deseó lo mejor.
Cada vez que iba a un médico, ya fuera óptico o traumatólogo, cuando llegaba a casa el rabino le preguntaba «¿Te ha mirado de la garganta para abajo o de la nariz para arriba?», lo que a un niño como Gabriel le había parecido gracioso; pero ¿cuántos años puede uno reírse de la misma broma?
–¡Papá, por favor! Llevas diciendo eso desde que tengo memoria.
–¡No digas tonterías, hijo, si se me acaba de ocurrir!
Milton Geisman, como los padres en general, ensayaba en casa todas sus ocurrencias hasta que quedaban incorporadas como parte del mobiliario. Tan pronto te caía una paliza como un chiste. Nunca sabías el día que te esperaba. El enigma de la infancia de Gabriel: además de ser un padre primitivo y gruñón, Geismar era ingenioso y audaz. Cualquier humorista de púlpito puede decir a sus fieles: «Qué extraño que Dios eligiera a los judíos». Pero hace falta inspiración para añadir:
«No es extraño viniendo de Dios. Los gentiles Le irritan».
(También era un padre vanidoso, dado a la autoadmiración incondicional. Le habían dicho que se parecía a Victor Mature y se le había subido a la cabeza.) En casa, por un contragolpe de temperamento, el encanto se desvanecía con la exactitud de un reloj, y ahí estaba el ogro maléfico, diciendo solemnemente a su mujer y a su hijo que le habían arruinado la vida. «¡Mental y físicamente! Voy a tener una crisis, ¿me oís?»
Acto seguido adoptaba un tono confidencial, apremiante. «Una crisis nerviosa.» Madre. Padre. Por ella sabías que eras querido. Por él sabías que estabas en peligro. Gabriel tenía motivos para ver la historia de Abraham atando a Isaac como algo normal. Un padre era alguien que podía decidir matarte. Continuaba en tercera persona, como un héroe del deporte o un gángster: «¿Mentir a Milton Geismar? ¡Desearás no haberlo hecho!», «¡Lo que Milt Geismar dice que va a hacer, lo hace!». Jactándose de sí mismo, amenazando: «¡Nadie traiciona a Geismar!». O lloriqueando y pidiendo consuelo. Las crisis nerviosas, ¿exactamente qué forma tomaban? El hijo del rabino había optado por una imagen no del todo desagradable de un anciano infligiéndose violencia a sí mismo, cortándose las orejas, descoyuntándose el mentón, arrancándose sus bonitos ojos.
Aquella tarde Gabriel dio una vuelta de despedida por la ciudad en el tranvía de Saint Charles Avenue, se apeó donde las vías cambian de dirección en Poydras y caminó a lo largo de Chartres, luego bajó con paso enérgico por Toulouse buscando una siniestra puerta baja y verde en la pared. Un caballero en unos aseos públicos del puerto le había dicho que ese era el lugar. Pagabas para entrar y pasabas un buen rato.
Dejó toda la ropa en la taquilla que le asignaron, luego se lo pensó mejor y, para refrenar la realidad desnuda, se puso los calzoncillos, porque ese escondrijo enseguida lo excitó con su mezcla de olores, un omnium gatherum, a almizcle, a civeto, a Liederkranz, a lo que una famosa revista de la época se jactaba de ofrecer pero que en realidad describía esos baños: el hombre en su mejor momento. (Había oído decir que esa revista era para el «hombre de hombres» y, entendiendo mal la expresión, se había apresurado a comprar una. Cualquier mención de la palabra «hombre» lo removía. Hasta el ejemplar de La naturaleza y el destino del hombre de Reinhold Niebuhr que encontró una tarde en el estante más alto de la biblioteca de su padre mereció una hojeada de quince minutos.)
Entró en el laberinto de cubículos, moviéndose con paso enérgico por los pasillos llenos de hombres con toallas enrolladas alrededor de la cintura. Cada puerta enmarcaba a distintas luces a un hombre desnudo, algunos recostados en camas, otros de pie; varios exhibiéndose. Las puertas cerradas también eran interesantes. Gabriel sintió el impulso de llamar a una al oír un sonido alegre en el interior, pero cambió de opinión.
Más adelante en el pasillo un paleto gigante y sonriente sacudió la cabeza de un lado para otro y dijo «Entra aquí, cielo», mientras le hacía señas con un movimiento del brazo autoritario, confiado, incluso oficial, como si dirigiera el tráfico en una situación de emergencia. Y lo era. Gabriel entró. El hombre cerró hábilmente la puerta con el pie. Preguntó con suma cortesía si podía quitarle la ropa interior. A esto se refieren con «antro de perdición», pensó Gabriel. Me gusta. Pero doce segundos después, tras volver a su ser real con un estremecimiento y un gemido, despertado del placer, se sintió de otro modo totalmente distinto y apartó la cabeza, se subió bruscamente los calzoncillos y quiso largarse de allí. Empezó a pensar en números, entes limpios, lo más limpio en cualquier parte dentro o fuera del mundo. Los primos, la categoría arrogantemente exclusiva de los que solo son divisibles por sí mismos. Y los perfectos, perfectos por ser iguales a la suma de sus divisores. Y los amigos, cada uno igual a la suma de los divisores del otro excluido el propio número. Sobre estos era particularmente agradable pensar. 220 y 284, por ejemplo. Gabriel sumó los divisores solo del primero para confirmar su amigabilidad (1 + 2 + 4 + 71 + 142, y así sucesivamente), luego los de 284 (1 + 2 + 4 + 5 + 10 + 11 + 20 + 22 + 44 + 55 + 110). Es fácil hacerlo mentalmente.
Pero ahora prueba con 17.296 y 18.416. Se han descubierto unas cuatrocientas parejas de números amigos, y seguramente hay más ahí fuera. Pero si es un número finito o infinito, nadie lo ha establecido aún; Gabriel habría dado cualquier cosa por saberlo. Fue allí adonde volvió, a la frontera que reconocía: el infinito. El universo físico podía o no ser un ejemplo de ello. Pero la mente, como atestiguaba el cálculo de cualquier número irracional hasta el enésimo decimal, sin duda lo era. Y ahí estaba la verdadera diversión, según Gabriel, mientras que la pasión de la carne solo era una diversión más. El adorador del suelo, exultante en su degradación, le besó la mano, su pobre y sufrida mano izquierda, e hizo la pregunta inevitable.
–¿Qué te pasa en la mano?
Él dio la respuesta clásica.
–Nací así.
–No importa.
Pero sí que importaba. Ante semejante irregularidad hay poca indulgencia. Te la recuerdan cada cierto tiempo. Algo insignificante en realidad, una especie de error en la fabricación genética de su persona: en la mano izquierda tenía dos pulgares totalmente idénticos, hasta en la luna de las uñas y en las líneas que cruzaban los nudillos. Unidos al estilo siamés, funcionando perfectamente como uno solo, habían provocado sin embargo miradas y la incredulidad del mundo (es decir, de Nueva Orleans), y creado un destino para Gabriel Geismar.
–Es como cuando ves un nabo o un tomate que intenta dividirse en dos. –Y el hombre le plantó un beso específicamente en los pulgares–. ¿Cómo te llamas?
No hubo respuesta.
–¿Cómo te llamas?
–Hummm, Forrest, Forrest Delavoy –mintió Gabriel, utilizando el nombre de un compañero del Country Day al que detestaba.
–¡Forrest Dee-la-voy! Me gusta.
Gabriel hizo ademán de marcharse, estrechando la mano del hombre en plan formal; pero la ironía del gesto hizo reír a ambos.
–No digas buenas noches.
–Mañana tengo que madrugar.
–¿Adónde vas?
–A Pensilvania.
–¿Pensilvania? ¿Eres universitario?
–Sí.
–¡Lo he sabido hasta viéndote sin ropa! ¿Cómo has llegado tan alto?
Un encogimiento de hombros.
–Tengo que volver a casa.
–Ni siquiera me has preguntado cómo me llamo.
No, era cierto. Gabriel había querido recordarlo sin nombre, como una nube o un puñado de tierra.
–Clarence Rappley. No soy de aquí. No sería de aquí ni por una apuesta. Soy de Dulac. No de Dulac mismo. De las afueras.
–Me alegra saberlo –dijo Gabriel, y al decirlo pareció aflojar algo su resistencia.
Clarence se tomó la libertad de besarlo, y aunque Gabriel procuró que fuera un beso breve y con la boca cerrada, se prolongó, se abrió, supo bien.
–Vamos a mi cama.
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