
Entrevista / Enrique De Hériz
"Las novelas deben expresar una idea del mundo"
Por Natalia Blanc
El escritor catalán habla sobre su último libro, Manual de la oscuridad , que Edhasa editó este mes en la Argentina. Es la historia de un mago que queda ciego y debe adaptarse a su nueva vida
Hace siete u ocho años, Enrique de Hériz se anotó en un curso de magia, más atraído por la curiosidad que le generaba ese mundo que interesado por aprender a sacar conejos de una galera. Claro que no fue a cualquier escuela de moda sino a El Rey de la Magia, una de las tiendas del rubro más antiguas de Europa. Allí conoció a Josep Maria Martínez, un referente entre los magos catalanes, que no sólo le enseñó juegos de cartas. Martínez lo inició en un territorio fantástico, poblado de mitos y leyendas, que le resultó fascinante. "Algún día voy a escribir algo sobre magia", se dijo y guardó en un cajón los apuntes de las clases. Cinco años después, De Hériz publicó la novela Manual de la oscuridad , donde cuenta la historia de un hombre, el mejor mago del mundo, que está a punto de quedarse ciego.
Días antes de que Edhasa distribuyera el libro en la Argentina, adnCULTURA entrevistó al escritor en Barcelona, ciudad en la que nació en 1964. El lugar de encuentro fue el local de magia donde comenzó su interés por el tema y donde transcurre buena parte de la historia de Víctor Losa, el protagonista. Ubicado en el barrio de la Ribera, en el casco histórico, El Rey de la Magia no aparece en la novela con ese nombre y su dueño en la ficción (Mario Galván, el mentor de Víctor) no es Martínez. Pero, según reconoce el autor, se parecen mucho.
"Los dos son personajes muy interesantes y piensan que, en la magia, lo importante no es enseñar el truco sino transmitir una actitud, una filosofía", cuenta De Hériz más tarde, durante el almuerzo que compartimos en el bodegón La Llave, que también aparece en la trama. En ese bar, que el escritor visitaba todos los días cuando trabajaba en Ediciones B, el aprendiz de mago se presenta por primera vez en público.
Manual de la oscuridad , la cuarta novela del catalán después de El día menos pensado (1994), Historia del desorden (2000) y Mentira (2004; ganadora del Premio Llibreter y traducida a catorce idiomas), tiene 560 páginas y está dividida en dos partes. En la primera, el autor cuenta la vida de Losa desde su niñez hasta los cuarenta y pico, cuando descubre que está por perder la vista. La historia va y viene en el tiempo y se detiene en la relación del niño Víctor con su padre -un entomólogo especializado en hormigas que muere cuando su hijo tiene siete años-, y en el vínculo que, ya adolescente, Losa establece con Galván, su maestro en el arte de la magia. La narración está salpicada de leyendas de ilusionistas célebres del siglo XIX y discusiones entre espiritistas y cientificistas de la época. La segunda mitad es bien diferente, tanto en el estilo como en la estructura. El viejo Galván cede protagonismo a dos nuevos personajes: Alicia, una técnica de la Organización Nacional de Ciegos de España (ONCE) que le enseña al mago a moverse por el mundo en las sombras, e Irina, una prostituta rumana que le brinda sexo y compañía. En esta parte, la ceguera se impone a la magia y se desarrolla el manual de la oscuridad al que refiere el título.
Entre un pulpo a la gallega y un guiso de lentejas, recomendado por Álvaro, el atento mozo de La Llave, De Hériz contó cuál había sido la idea disparadora de la historia.
- Manual de la oscuridad empezó con una imagen: un hombre parado en una escalera. No sabía si subía o bajaba, si estaba contento o no. Me llevó mucho tiempo pensar en quién era, qué le pasaba, hasta que un día dije, sin saber por qué: "Es un mago que se está quedando ciego". A partir de ahí comencé a anotar ideas, que podrían derivar en una novela. Cuando revisé las notas y encontré un párrafo escrito en un tono diferente, parecido al que podría tener el narrador, me atreví a pensar que estaba en camino.
El proceso creativo continuó con una investigación sobre el tema del que iba a escribir. En este caso, además de la magia, se sumó la cuestión de la ceguera. En mayo, cuando se publicó el libro en España, De Hériz contó a la prensa que había salido a caminar por las calles de Barcelona con los ojos vendados, a modo de experimento.
-Hice, junto con la técnica de ONCE, el curso de aprendizaje para rehabilitar a los que se quedan ciegos. No pueden enseñar a moverse por el mundo si ellos primero no se han puesto el antifaz y han hecho su propia experiencia. Casi todo lo que hacen los personajes en la novela, yo lo he probado: caminar por la calle, usar el bastón blanco, tomar un ómnibus, hacer un huevo duro. Claro que hay un artificio que condiciona el experimento, porque estaba muy pendiente de lo que sentía para luego escribir. La etapa de la documentación es, para mí, la más hermosa: no lo hago para saber en qué año o en qué calle ocurrió tal cosa sino para contar con la información y después decidir para qué voy a usarla. Puedo pasarme dos años buscando datos sobre la magia para ver si se me abren los ojos sobre ese mundo.
-Pero estudió magia varios años antes de empezar a escribir el libro.
-Sí, creo que todavía estaba con Mentira . Lo hice porque sabía que en algún momento me iba a meter con la magia. No tengo un interés particular por el tema. De chico tuve mi cajita de magia, pero nunca fui fanático. Ver de cerca a los magos que hacen trucos en los bares me provocó una reflexión sobre los parecidos entre la magia y la ficción.
-¿En qué se parecen?
-Vas a un espectáculo de magia o abres una novela y se establece un pacto: sabes que lo que ves o lees no es verdad, pero no importa, igual quieres saber qué va a pasar. Ahí entramos en otro capítulo, que es qué significa en literatura el verbo importar: cuando te emociona, cuando te interesa qué va a ocurrir. Creo que es el punto que más define a los escritores. Está el que quiere conmover a los lectores por la belleza estética de cada frase y los que quieren agarrarlos de las pelotas para que les importe cómo sigue.
-¿Cuál es su caso?
-Yo tengo el defecto de que quiero todo: quiero agarrarlos de las pelotas por la estética, por el argumento, por la filosofía.
Justo en ese momento aparece Álvaro para retirar los platos y se sorprende de que hayamos dejado comida. "¿Cómo puede ser? Si les he servido siete lentejas a cada uno", exagera. De Hériz vuelve a su comparación entre magia y literatura: "En algún momento, si el milagro ocurre, al lector le va a importar la vida de esa gente que antes no sabía que existía. Es como cuando en un acto de magia, un espectador dice: ´¿Cómo puede ser?´, aunque sabía de antemano que no era posible". Continúa: "No desprecio al lector a quien le interesa saber cómo empezó la historia, cómo sigue y qué pasó, como hacen los escritores que se ponen en una posición superior porque consideran que es anticuado contar historias. Pero tampoco soy de los que dicen: ´Yo sólo cuento historias´. Hoy en día, para contar cuentos, te metes en Internet, chateas un rato y ya tienes muchos relatos. Una novela tiene la obligación de contar una historia pero debe tener la ambición de que esa historia, además, exprese una idea del mundo y un sentido estético, entre otras cosas".
-En una entrevista declaró que un escritor no debe engañar al lector ni manipularlo. ¿Cuándo siente que lo manipulan como lector?
-Hay una manipulación obvia en toda escritura de ficción, que es el pacto del que hablábamos antes (esto no existe, pero te lo voy a contar igual). La manipulación aparece cuando se usa lo afectivo, por ejemplo, para generar impacto; cuando se recurre a valores sentimentales muy sólidos para atrapar al lector; el golpe bajo. En Mentira , tengo a una mujer que dan por muerta por error, y en Manual? , a un tipo en el momento máximo de su carrera que se queda ciego; en los dos casos, yo podría haber armado toda la parte feliz de la historia y de pronto dar la vuelta y contar que la mujer no estaba muerta y que el hombre perdió la vista. Era muy fácil hacerlo, una cuestión de estructura. Al tener que decidir en qué momento administraba esa información, me obligué a reflexionar sobre las circunstancias teóricas y qué pasa cuando uno juega con sorpresas. Llegué a establecer una ley para mí mismo que me sirve como escritor y también como lector: toda sorpresa es válida si los personajes se sorprenden también; si no, estás haciendo trampa, usas el recurso de las novelas malas de Agatha Christie, en las que aparece al final algún elemento o personaje que jamás había tenido importancia. A eso que hace que uno, como lector, se sienta estafado, yo le tengo terror como autor. Sólo es válido si el personaje o el narrador que revela ese dato no lo sabía hasta ese momento. Si lo sabía desde el principio y recién me lo dice ahora, ha estado jugando conmigo. No es honesto. Me ocurre con cierta frecuencia, como lector, que el olfato me dice que un escritor tiene una técnica brillante; pero nada más que eso. Algunos lo hacen siempre; otros no, lo usan en alguna novela.
De Hériz se cuida todo el tiempo de dar nombres: no sólo porque no le gusta hablar mal de sus colegas sino porque, antes de ser escritor, fue editor literario durante muchos años. Hace diez ya que dejó su puesto en Ediciones B para dedicarse a escribir.
-¿Cuáles son las principales ventajas y desventajas de haber sido primero editor?
-Una de las desventajas, que con el tiempo ha resultado menor pero al principio me preocupaba mucho, era que yo notaba en el ambiente que me iba a costar más que a otros que me tomaran en serio los editores y la prensa especializada.
-¿Era pura paranoia?
-Era miedo, pero basado en la realidad. Fue muy cierto en mis dos primeras novelas, cuando me trataban como un editor que escribe y presenta un librito, no alguien que quería construir una carrera en serio. Con la tercera, que vendió mucho y se tradujo a varios idiomas, la cosa cambió. Pero me ha costado más tiempo que a otros. Lo bueno es que me dio distancia respecto a las trampas del negocio, al éxito y al fracaso. Lo vivo como algo que le ocurre a otro. Me río tanto del vanidoso que cree que porque vende mucho es un gran escritor como del pobre desgraciado que no vende nada y cree que es un escritor exquisito. En realidad son dos pobres idiotas, aunque uno ya no es pobre porque ha ganado mucha plata.
-¿Y las ventajas de dejar el oficio?
-Una de las grandes bendiciones de dejar el trabajo de editor fue poder escoger lo que leo, algo que durante años fue difícil. Al principio, todo el mundo me decía: "Qué bueno, puedes escribir todo el día", pero la gran emoción era plantarme delante de la biblioteca de mi casa para elegir lo que quería leer. Me pasé dos años releyendo clásicos, intentando tapar agujeros. Y me libré de lo nuevo, estoy muy poco al día de las novedades.
-¿En qué cambió la figura del editor literario en los últimos años?
-Hubo un cambio radical y, sin ninguna duda, para peor en relación con el trabajo de los editores. Yo lo dejé hace diez años. A los pocos meses noté que mis conocidos en el ambiente editorial me decían que se vivía un gran deterioro. Fue la etapa en la que tomaron el poder las partes que representan a la industria y no a la cultura. No soy un gran purista, pero a los que sólo quieren ganar plata habría que decirles que destrozar los catálogos y seguir la política comercial no los ayuda a ganar plata, que es lo más triste. Por otro lado, si lo único que querían era ganar plata, hubieran montado una empresa de cambio en Bolsa. Terminan perdiendo plata porque gastan un dinero inmenso en tipos que al final no venden tanto.
-¿El hecho de que se privilegien las ventas influyó en el trabajo del editor?
-En primer lugar, el editor toma muchas menos decisiones que antes, no sólo con respecto a lo que se publica sino en relación a cómo se publica. Hoy en día lo que esperan los dueños de las grandes editoriales es que el editor sea el técnico que procesa el libro de manera tal que esté en la fecha debida y que no joda mucho. Yo publicaba a John Grisham feliz de la vida porque sabía que si vendía 200 mil ejemplares, eso me permitía publicar cinco primeras novelas de la parte literaria del catálogo que tal vez no vendieran bien. Eso se terminó. Soy el que menos se puede quejar, a mí me dejaron hacer lo que quisiera, mientras diera buenos resultados, y lo hice.
-¿Hay una fórmula para producir best sellers?
-La respuesta oficial es que no existe la fórmula, pero como editor reconozco que cuando los primeros lectores de un material me decían que estaba construido sobre una trama histórica, del Renacimiento para atrás, que tenía una trama paralela en la modernidad, y las dos ligadas por algún crimen o un manuscrito perdido, yo siempre decía: "Leámoslo otra vez". Tenía demasiados casos de libros parecidos que se habían vendido bien. El tiempo ha demostrado que eso es una fórmula, que a la gente le gusta. Pero cuando crees que sabes lo que no va a vender, siempre llega el libro que te demuestra que te equivocaste. Ahora, acá, sólo se vende Larsson; el fenómeno es más serio que el de El código Da Vinci , que fue el último gran fenómeno de ventas en España.
-¿Escribe algo en la actualidad?
-Nada, ni siquiera estoy tomando notas. Primero, porque he quedado un poco saturado de escribir y necesito un tiempo libre. Además, estoy esperando mi segundo hijo y para mí, las novelas son una obra de inmersión. No puedo escribir a medias: o estoy metido hasta las orejas o no escribo. Hasta que nazca el bebe y empecemos a dormir un poco, creo que va a pasar por lo menos un año para que pueda volver a escribir. Lo único que me gustaría escribir ahora es poesía, agarrar algunas viejas del cajón y ver si valen, y estudiar la idea de hacer teatro, algo que siempre quise, pero que digo en voz baja porque dudo de que esté capacitado para hacerlo. Soy espectador, pero no soy un fanático que domine la teoría. Pero me gusta la idea, el juego de la realidad y la ficción.
-Le propusieron llevar Mentira al cine. ¿Le gustaría hacer la adaptación?
-Nunca adaptaría una historia mía para el cine. Preferiría escribir otra cosa, pero sólo lo haría si tuviera una historia original para contar. Así como el teatro me genera inseguridad, con el cine me siento más autorizado a creer que puedo intentarlo.
-¿Por qué dice en el prólogo de Manual... que Josep Maria fue el mejor maestro y usted, el peor alumno?
-Porque él sabe muchas cosas y yo, como mago, soy el más torpe del mundo. Después de leer el libro, me felicitó. Me dijo que finalmente yo había comprendido de qué se trataba la magia. Cuando presentamos la novela en una librería de Barcelona, le pedí que hiciera algunos trucos. Después de las palabras de editores y colegas, Josep dijo: "Yo también tengo algo para decir, Enrique, pero no sé si te va a gustar. El libro es maravilloso, pero tengo un reparo muy importante. El primer truco que describes es imposible". Se trata de un juego de cartas: Víctor les pide a los presentes que se pasen un mazo y saquen barajas, hasta que al final queda una sola. El personaje la adivina, sin intervenir ni tocarlas durante el juego. "Yo no lo sé hacer -dijo Martínez al público-, pero un truco es imposible hasta que alguien demuestra lo contrario." Ahí nomás sacó un mazo de barajas, lo empezó a pasar entre la gente hasta que en un momento quedó una carta. Por supuesto, adivinó cuál era.
Después de insistir en que probáramos una natilla catalana, Álvaro se resigna y trae dos cafés. "Pero cómo habla este hombre", dice en voz bien alta. "Seguro que son todas mentiras." De Hériz sonríe en silencio. No queda claro si el mozo conoce el título de la novela más vendida de su cliente. No le pude preguntar. Trajo la cuenta y desapareció, casi por acto de magia.
© LA NACION
Articulo: http://www.lanacion.com.ar 24/10/2009
"Las novelas deben expresar una idea del mundo"
Por Natalia Blanc
El escritor catalán habla sobre su último libro, Manual de la oscuridad , que Edhasa editó este mes en la Argentina. Es la historia de un mago que queda ciego y debe adaptarse a su nueva vida
Hace siete u ocho años, Enrique de Hériz se anotó en un curso de magia, más atraído por la curiosidad que le generaba ese mundo que interesado por aprender a sacar conejos de una galera. Claro que no fue a cualquier escuela de moda sino a El Rey de la Magia, una de las tiendas del rubro más antiguas de Europa. Allí conoció a Josep Maria Martínez, un referente entre los magos catalanes, que no sólo le enseñó juegos de cartas. Martínez lo inició en un territorio fantástico, poblado de mitos y leyendas, que le resultó fascinante. "Algún día voy a escribir algo sobre magia", se dijo y guardó en un cajón los apuntes de las clases. Cinco años después, De Hériz publicó la novela Manual de la oscuridad , donde cuenta la historia de un hombre, el mejor mago del mundo, que está a punto de quedarse ciego.
Días antes de que Edhasa distribuyera el libro en la Argentina, adnCULTURA entrevistó al escritor en Barcelona, ciudad en la que nació en 1964. El lugar de encuentro fue el local de magia donde comenzó su interés por el tema y donde transcurre buena parte de la historia de Víctor Losa, el protagonista. Ubicado en el barrio de la Ribera, en el casco histórico, El Rey de la Magia no aparece en la novela con ese nombre y su dueño en la ficción (Mario Galván, el mentor de Víctor) no es Martínez. Pero, según reconoce el autor, se parecen mucho.
"Los dos son personajes muy interesantes y piensan que, en la magia, lo importante no es enseñar el truco sino transmitir una actitud, una filosofía", cuenta De Hériz más tarde, durante el almuerzo que compartimos en el bodegón La Llave, que también aparece en la trama. En ese bar, que el escritor visitaba todos los días cuando trabajaba en Ediciones B, el aprendiz de mago se presenta por primera vez en público.
Manual de la oscuridad , la cuarta novela del catalán después de El día menos pensado (1994), Historia del desorden (2000) y Mentira (2004; ganadora del Premio Llibreter y traducida a catorce idiomas), tiene 560 páginas y está dividida en dos partes. En la primera, el autor cuenta la vida de Losa desde su niñez hasta los cuarenta y pico, cuando descubre que está por perder la vista. La historia va y viene en el tiempo y se detiene en la relación del niño Víctor con su padre -un entomólogo especializado en hormigas que muere cuando su hijo tiene siete años-, y en el vínculo que, ya adolescente, Losa establece con Galván, su maestro en el arte de la magia. La narración está salpicada de leyendas de ilusionistas célebres del siglo XIX y discusiones entre espiritistas y cientificistas de la época. La segunda mitad es bien diferente, tanto en el estilo como en la estructura. El viejo Galván cede protagonismo a dos nuevos personajes: Alicia, una técnica de la Organización Nacional de Ciegos de España (ONCE) que le enseña al mago a moverse por el mundo en las sombras, e Irina, una prostituta rumana que le brinda sexo y compañía. En esta parte, la ceguera se impone a la magia y se desarrolla el manual de la oscuridad al que refiere el título.
Entre un pulpo a la gallega y un guiso de lentejas, recomendado por Álvaro, el atento mozo de La Llave, De Hériz contó cuál había sido la idea disparadora de la historia.
- Manual de la oscuridad empezó con una imagen: un hombre parado en una escalera. No sabía si subía o bajaba, si estaba contento o no. Me llevó mucho tiempo pensar en quién era, qué le pasaba, hasta que un día dije, sin saber por qué: "Es un mago que se está quedando ciego". A partir de ahí comencé a anotar ideas, que podrían derivar en una novela. Cuando revisé las notas y encontré un párrafo escrito en un tono diferente, parecido al que podría tener el narrador, me atreví a pensar que estaba en camino.
El proceso creativo continuó con una investigación sobre el tema del que iba a escribir. En este caso, además de la magia, se sumó la cuestión de la ceguera. En mayo, cuando se publicó el libro en España, De Hériz contó a la prensa que había salido a caminar por las calles de Barcelona con los ojos vendados, a modo de experimento.
-Hice, junto con la técnica de ONCE, el curso de aprendizaje para rehabilitar a los que se quedan ciegos. No pueden enseñar a moverse por el mundo si ellos primero no se han puesto el antifaz y han hecho su propia experiencia. Casi todo lo que hacen los personajes en la novela, yo lo he probado: caminar por la calle, usar el bastón blanco, tomar un ómnibus, hacer un huevo duro. Claro que hay un artificio que condiciona el experimento, porque estaba muy pendiente de lo que sentía para luego escribir. La etapa de la documentación es, para mí, la más hermosa: no lo hago para saber en qué año o en qué calle ocurrió tal cosa sino para contar con la información y después decidir para qué voy a usarla. Puedo pasarme dos años buscando datos sobre la magia para ver si se me abren los ojos sobre ese mundo.
-Pero estudió magia varios años antes de empezar a escribir el libro.
-Sí, creo que todavía estaba con Mentira . Lo hice porque sabía que en algún momento me iba a meter con la magia. No tengo un interés particular por el tema. De chico tuve mi cajita de magia, pero nunca fui fanático. Ver de cerca a los magos que hacen trucos en los bares me provocó una reflexión sobre los parecidos entre la magia y la ficción.
-¿En qué se parecen?
-Vas a un espectáculo de magia o abres una novela y se establece un pacto: sabes que lo que ves o lees no es verdad, pero no importa, igual quieres saber qué va a pasar. Ahí entramos en otro capítulo, que es qué significa en literatura el verbo importar: cuando te emociona, cuando te interesa qué va a ocurrir. Creo que es el punto que más define a los escritores. Está el que quiere conmover a los lectores por la belleza estética de cada frase y los que quieren agarrarlos de las pelotas para que les importe cómo sigue.
-¿Cuál es su caso?
-Yo tengo el defecto de que quiero todo: quiero agarrarlos de las pelotas por la estética, por el argumento, por la filosofía.
Justo en ese momento aparece Álvaro para retirar los platos y se sorprende de que hayamos dejado comida. "¿Cómo puede ser? Si les he servido siete lentejas a cada uno", exagera. De Hériz vuelve a su comparación entre magia y literatura: "En algún momento, si el milagro ocurre, al lector le va a importar la vida de esa gente que antes no sabía que existía. Es como cuando en un acto de magia, un espectador dice: ´¿Cómo puede ser?´, aunque sabía de antemano que no era posible". Continúa: "No desprecio al lector a quien le interesa saber cómo empezó la historia, cómo sigue y qué pasó, como hacen los escritores que se ponen en una posición superior porque consideran que es anticuado contar historias. Pero tampoco soy de los que dicen: ´Yo sólo cuento historias´. Hoy en día, para contar cuentos, te metes en Internet, chateas un rato y ya tienes muchos relatos. Una novela tiene la obligación de contar una historia pero debe tener la ambición de que esa historia, además, exprese una idea del mundo y un sentido estético, entre otras cosas".
-En una entrevista declaró que un escritor no debe engañar al lector ni manipularlo. ¿Cuándo siente que lo manipulan como lector?
-Hay una manipulación obvia en toda escritura de ficción, que es el pacto del que hablábamos antes (esto no existe, pero te lo voy a contar igual). La manipulación aparece cuando se usa lo afectivo, por ejemplo, para generar impacto; cuando se recurre a valores sentimentales muy sólidos para atrapar al lector; el golpe bajo. En Mentira , tengo a una mujer que dan por muerta por error, y en Manual? , a un tipo en el momento máximo de su carrera que se queda ciego; en los dos casos, yo podría haber armado toda la parte feliz de la historia y de pronto dar la vuelta y contar que la mujer no estaba muerta y que el hombre perdió la vista. Era muy fácil hacerlo, una cuestión de estructura. Al tener que decidir en qué momento administraba esa información, me obligué a reflexionar sobre las circunstancias teóricas y qué pasa cuando uno juega con sorpresas. Llegué a establecer una ley para mí mismo que me sirve como escritor y también como lector: toda sorpresa es válida si los personajes se sorprenden también; si no, estás haciendo trampa, usas el recurso de las novelas malas de Agatha Christie, en las que aparece al final algún elemento o personaje que jamás había tenido importancia. A eso que hace que uno, como lector, se sienta estafado, yo le tengo terror como autor. Sólo es válido si el personaje o el narrador que revela ese dato no lo sabía hasta ese momento. Si lo sabía desde el principio y recién me lo dice ahora, ha estado jugando conmigo. No es honesto. Me ocurre con cierta frecuencia, como lector, que el olfato me dice que un escritor tiene una técnica brillante; pero nada más que eso. Algunos lo hacen siempre; otros no, lo usan en alguna novela.
De Hériz se cuida todo el tiempo de dar nombres: no sólo porque no le gusta hablar mal de sus colegas sino porque, antes de ser escritor, fue editor literario durante muchos años. Hace diez ya que dejó su puesto en Ediciones B para dedicarse a escribir.
-¿Cuáles son las principales ventajas y desventajas de haber sido primero editor?
-Una de las desventajas, que con el tiempo ha resultado menor pero al principio me preocupaba mucho, era que yo notaba en el ambiente que me iba a costar más que a otros que me tomaran en serio los editores y la prensa especializada.
-¿Era pura paranoia?
-Era miedo, pero basado en la realidad. Fue muy cierto en mis dos primeras novelas, cuando me trataban como un editor que escribe y presenta un librito, no alguien que quería construir una carrera en serio. Con la tercera, que vendió mucho y se tradujo a varios idiomas, la cosa cambió. Pero me ha costado más tiempo que a otros. Lo bueno es que me dio distancia respecto a las trampas del negocio, al éxito y al fracaso. Lo vivo como algo que le ocurre a otro. Me río tanto del vanidoso que cree que porque vende mucho es un gran escritor como del pobre desgraciado que no vende nada y cree que es un escritor exquisito. En realidad son dos pobres idiotas, aunque uno ya no es pobre porque ha ganado mucha plata.
-¿Y las ventajas de dejar el oficio?
-Una de las grandes bendiciones de dejar el trabajo de editor fue poder escoger lo que leo, algo que durante años fue difícil. Al principio, todo el mundo me decía: "Qué bueno, puedes escribir todo el día", pero la gran emoción era plantarme delante de la biblioteca de mi casa para elegir lo que quería leer. Me pasé dos años releyendo clásicos, intentando tapar agujeros. Y me libré de lo nuevo, estoy muy poco al día de las novedades.
-¿En qué cambió la figura del editor literario en los últimos años?
-Hubo un cambio radical y, sin ninguna duda, para peor en relación con el trabajo de los editores. Yo lo dejé hace diez años. A los pocos meses noté que mis conocidos en el ambiente editorial me decían que se vivía un gran deterioro. Fue la etapa en la que tomaron el poder las partes que representan a la industria y no a la cultura. No soy un gran purista, pero a los que sólo quieren ganar plata habría que decirles que destrozar los catálogos y seguir la política comercial no los ayuda a ganar plata, que es lo más triste. Por otro lado, si lo único que querían era ganar plata, hubieran montado una empresa de cambio en Bolsa. Terminan perdiendo plata porque gastan un dinero inmenso en tipos que al final no venden tanto.
-¿El hecho de que se privilegien las ventas influyó en el trabajo del editor?
-En primer lugar, el editor toma muchas menos decisiones que antes, no sólo con respecto a lo que se publica sino en relación a cómo se publica. Hoy en día lo que esperan los dueños de las grandes editoriales es que el editor sea el técnico que procesa el libro de manera tal que esté en la fecha debida y que no joda mucho. Yo publicaba a John Grisham feliz de la vida porque sabía que si vendía 200 mil ejemplares, eso me permitía publicar cinco primeras novelas de la parte literaria del catálogo que tal vez no vendieran bien. Eso se terminó. Soy el que menos se puede quejar, a mí me dejaron hacer lo que quisiera, mientras diera buenos resultados, y lo hice.
-¿Hay una fórmula para producir best sellers?
-La respuesta oficial es que no existe la fórmula, pero como editor reconozco que cuando los primeros lectores de un material me decían que estaba construido sobre una trama histórica, del Renacimiento para atrás, que tenía una trama paralela en la modernidad, y las dos ligadas por algún crimen o un manuscrito perdido, yo siempre decía: "Leámoslo otra vez". Tenía demasiados casos de libros parecidos que se habían vendido bien. El tiempo ha demostrado que eso es una fórmula, que a la gente le gusta. Pero cuando crees que sabes lo que no va a vender, siempre llega el libro que te demuestra que te equivocaste. Ahora, acá, sólo se vende Larsson; el fenómeno es más serio que el de El código Da Vinci , que fue el último gran fenómeno de ventas en España.
-¿Escribe algo en la actualidad?
-Nada, ni siquiera estoy tomando notas. Primero, porque he quedado un poco saturado de escribir y necesito un tiempo libre. Además, estoy esperando mi segundo hijo y para mí, las novelas son una obra de inmersión. No puedo escribir a medias: o estoy metido hasta las orejas o no escribo. Hasta que nazca el bebe y empecemos a dormir un poco, creo que va a pasar por lo menos un año para que pueda volver a escribir. Lo único que me gustaría escribir ahora es poesía, agarrar algunas viejas del cajón y ver si valen, y estudiar la idea de hacer teatro, algo que siempre quise, pero que digo en voz baja porque dudo de que esté capacitado para hacerlo. Soy espectador, pero no soy un fanático que domine la teoría. Pero me gusta la idea, el juego de la realidad y la ficción.
-Le propusieron llevar Mentira al cine. ¿Le gustaría hacer la adaptación?
-Nunca adaptaría una historia mía para el cine. Preferiría escribir otra cosa, pero sólo lo haría si tuviera una historia original para contar. Así como el teatro me genera inseguridad, con el cine me siento más autorizado a creer que puedo intentarlo.
-¿Por qué dice en el prólogo de Manual... que Josep Maria fue el mejor maestro y usted, el peor alumno?
-Porque él sabe muchas cosas y yo, como mago, soy el más torpe del mundo. Después de leer el libro, me felicitó. Me dijo que finalmente yo había comprendido de qué se trataba la magia. Cuando presentamos la novela en una librería de Barcelona, le pedí que hiciera algunos trucos. Después de las palabras de editores y colegas, Josep dijo: "Yo también tengo algo para decir, Enrique, pero no sé si te va a gustar. El libro es maravilloso, pero tengo un reparo muy importante. El primer truco que describes es imposible". Se trata de un juego de cartas: Víctor les pide a los presentes que se pasen un mazo y saquen barajas, hasta que al final queda una sola. El personaje la adivina, sin intervenir ni tocarlas durante el juego. "Yo no lo sé hacer -dijo Martínez al público-, pero un truco es imposible hasta que alguien demuestra lo contrario." Ahí nomás sacó un mazo de barajas, lo empezó a pasar entre la gente hasta que en un momento quedó una carta. Por supuesto, adivinó cuál era.
Después de insistir en que probáramos una natilla catalana, Álvaro se resigna y trae dos cafés. "Pero cómo habla este hombre", dice en voz bien alta. "Seguro que son todas mentiras." De Hériz sonríe en silencio. No queda claro si el mozo conoce el título de la novela más vendida de su cliente. No le pude preguntar. Trajo la cuenta y desapareció, casi por acto de magia.
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Articulo: http://www.lanacion.com.ar 24/10/2009
