dimanche 29 novembre 2009

Revista Adamar/Poesía, Ensayo & Narrativa





Queridos amigos.

Una nueva entrega de la revista electrónica ADAMAR aguarda vuestra visita.
Deseamos resulte de interés para todos y proseguir, así, contando con vuestra presencia y participación.


Revista ADAMAR sobre Azul@rte:
http://revistaliterariaazularte.blogspot.com/search?q=Revista+Adamar


Poesía
Lawrence Ferlinghetti / LA VIDA SIN FIN

No tiene fin
la espléndida vida del mundo
no tiene fin su hermoso vivir
su hermoso respirar
sus hermosas criaturas sensibles
observando escuchando y pensando
riendo y bailando
suspirando y llorando
en las tardes sin fin
noches sin fin de amor y éxtasis
alegría y desesperanza
bebiendo y fumando
charlando cantando
en los Amsterdams sin fin
de la existencia
de animadas conversaciones sin fin
y de los cafés sin fin
en los cafés literarios de las mañanas de lluvia
sin fin las películas de la calle que pasan
en los automóviles en los tranvías del deseo
en las inagotables vías de la luz radiante

Sin fin el baile de los cabellos
al ritmo sin aliento del punk rock
y de la música disco su aire en la cabeza
a través de las medianoches de la Vía Láctea
hasta los paraísos del amanecer
hablando fumando y pensando
en todo aquello que en la noche no tiene fin
en lo blanco de la noche la luz de la noche
Ah sí el vivir y amar no tienen fin
odiando y amando besando y matando
No tienen fin los latidos la respiración la procreación
la rueda de la vida de la carne
girando constantemente en el tiempo
Vida sin fin muerte sin fin
no tienen fin el aire y la respiración
Mundos sin fin
en los que los días nunca terminan
en las capitales del otoño
sus grandes avenidas de hojas en llamas
Sin fin los sueños y los cuerpos
en los que el sueño desovilla
las mangas tejidas de la ansiedad
los laberintos del pensamiento
las laberínticas ensoñaciones del amor
las espirales del deseo y su exageración
los innumerables finales de lo innombrable
Sin fin los cielos incendiados
sin fin el universo que gira
Mundo sobre una hoguera de hongos
No tiene fin el fuego que respira en nuestros cuerpos
tatuados comedores del fuego bailando en las plazas
tragando el aire incendiado de la gasolina
Valiente el corazón latiente de la vida llameante
sus pulsos compases y llamas apagadas
Sin fin los campos de los sentidos
los olores del deseo del amor
los maullidos de las gatas en celo
el aroma intenso de los sexos
El sonido de los que hacen el amor no tiene fin
el sonido de las camas chirriantes no tiene fin
el gemido de los amantes no tiene fin
escuchado en la noche a través de las paredes
Los gritos del éxtasis inacabables
las voces encendidas
en la última y perdida culminación
el ruido de las máquinas de música saltando
el fluir del jazz del esperma sus ritmos
difunden su energía en el paraíso
Y luego los intentos de fuga no tienen fin
huir de la náusea de Sartre
de las colinas arrasadas
donde se consumió la sensación
en el lento fuego del tiempo
de la alegría de vivir desesperanzada
de los barcos cargados de ilustración
de los barcos cargados de mierda
que aún flotan
en los infernales ríos de Caronte
codicias histerias paranoias
poluciones y perversiones
Sin fin l’homme revolté
en el anónimo rostro de la muerte
en las huellas del estado monstruo
No tienen fin sus visiones anárquicas
No tiene fin su alienación
No tiene fin su poesía alienada
tábano del estado
portador de la esencia de Eros
No tiene fin el sonido de la vida
del hombre que vive en la tierra
las audiciones radiales sin fin
las transmisiones de tv sin fin
No tienen fin
los rollos de papel en la rotativas
el fluir de las palabras y las imágenes
en las cintas de las máquinas de escribir
escritura automática y garabatos
sin fin los poèmes dictés por lo desconocido
sin fin las llamadas telefónicas
hacia los confines de la tierra
y la espera de los amantes en las terminales
y el llanto de los pájaros en las terrazas
y el graznido constante de los cuervos en el cielo
y el insistente canto de los grillos
y los mares rugientes y las aguas gimientes
alzándose y cayendo sobre guijarros distantes
y las mareas lamedoras durante los Idus del otoño
beso salitroso de la creación
Infinitas las campanas del mar anunciándose
Más allá de las represas y los diques de la vida
y la repetida llamada de las campanas
en las iglesias vacías
en las torres del tiempo
Infinita la manifestación de calamidades
del barbado hombre santificado
No tiene fin
La cuerda del corazón del mundo
desenroscándose
resplandeciente en el tiempo
brillando a través del espacio
No tienen fin los cruceros turísticos
atravesándola
barquitos pequeños en los canales infinitos
millones de ventanas en llamas en el atardecer
la ciudad quemándose con las sobras de la luz
los distritos de faroles rojos brillan y danzan
con pijas porno pijas de neón
y los vibradores que vibran sin descanso
en las alcobas de edificios a medio derruir
Sin fin el movimiento de las mandíbulas
masticando las carnes de los sándwiches del deseo
las jugosas lonchas anchas del amor
Sin fin los sueños y los orgasmos
ritos de fertilidad ritos de pasaje
y el vuelo de las aves fértiles
sobre los techos de las casas
y los huevos que caen en los nidos
en las vaginas sin fin
los intentos y tentaciones de la carne
en las habitaciones por hora del amor
donde canta la paloma golpeada
No tiene fin el nacimiento de las criaturas
en los sitios donde el amor y el deseo
han tomado aposento
Sin fin el dulce nacimiento de la conciencia
y sus amargas muertes en vano
Sin fin el marchitamiento
de las pieles las frutas efímeras fugaces
y las sirenas de neón
cantando unas a otras en alguna parte
Sin fin las leves variaciones
de lo absolutamente familiar
los fuegos de la juventud
las brasas de la ancianidad
la furia del poeta renacido
No tiene fin toda creación
en la danza muda de las moléculas
Todo se transmuta todo cae en el silencio
y todo gime llora una y otra vez
Sin fin la espera interminable
Dios y Godot
nunca terminan de llegar
No tienen fin las acciones los planes
los dilemas y las demoras
Absurda la espera que anula la acción
y desea que ya no existan las guerras
y desea la desaparición de los estados
Es inútil la espera que niega la acción
No tiene fin la lucha entre el bien y el mal
las cabriolas del destino los viajes del odio
sin fin la energía nuclear
la energía interna de la tierra
las reacciones en cadena sin fin
del fogonazo final
que fallan en sus intentos
mientras las Blancas Bicicletas de la protesta
circulan lentamente a su alrededor
Pues algún día estos dioses con rostros caninos
que calzan zapatos a la moda escarpines de Gucci
botas tejanas y sombreros de latón
y viven en bunkers
con muchos botones e interruptores
a su alcance
desaparecerán les llegará el fin
Pues lo que nunca tendrá fin
es la esperanzadora posibilidad
de elegir en nuestras encrucijadas
elección que aún no ha sido realizada
elegiremos
la iluminación de las mentes oscuras
los senderos de la gloria
los verdes gigantes de la casualidad
los anzuelos de la esperanza
en los pantanos del desaliento
las colinas en la distancia
los pájaros en los arbustos
los arroyos de la luz oculta
las melodías desconocidas
las sesiones del pensamiento dulce y silencioso
y las muertes felices de los corazones todos los días
y las pijas de barro
y los pies enfundados en zapatillas
recorriendo la bahía
Y es más
son infinitas las puertas
de la percepción que aún deben ser abiertas
y los potentes rayos de luz
en el elevado espíritu del hombre
en el espacio exterior muy dentro nuestro
en el Amsterdam del Ying y del Yang
Sin fin las rubaiatas sin fin las beatitudes
sin fin los shangrilas sin fin los nirvanas
sutras y mantras sin fin
satoris y sensaras sin fin
Bodhiramas y Bodisatvas
Karmas y Karmapas
Sin fin las Shivas cantando danzando
en los humeantes vientres del éxtasis
Brillos trascendencia
penetrando la cristalina noche del tiempo
en el silencio sin fin del alma
en la larga y altisonante historia del hombre
en el sonido y la furia sin fin
significando todo
con sus alucinaciones sin fin
adoraciones e iluminaciones
y destrucción total
y erecciones y exhibiciones
fascismo y machismo
circos de las almas extraviadas
parques de diversión de la imaginación
Coney Islands
del poema sin mente sin fin
dictado por la voz individual
del inconsciente colectivo
ciego en las huellas
del tiempo
En los últimos días de Alejandría
El día que precede a Waterloo
Los bailes prosiguen
En la noche se escuchan
los sonidos de una fiesta bulliciosa


Traducción: Susana Crespo

***
Narrativa
Lilian Elphick / DIÁLOGO DE TIGRES
Diálogo de tigres I

En el bosque de los desprotegidos, dos tigres se encuentran y, como si el agua les bebiera las palabras, se miran. En los ojos de uno se reflejan los del otro. Cuatro soles en la oscuridad, y una distancia enorme que los separa. Ellos lo saben. Conocen los espejismos, los inextricables paisajes de la nada en donde pueden saltar en la agilidad del viento.

Pequeños gruñidos quiebran el silencio. El acto de reconocerse entra por sus narices y sale por las alas del pájaro sin nombre.

El acercamiento es cauteloso: hay demasiadas historias en cada una de sus rayas y un territorio que defender.

Pero se encuentran, y los dos están tan cerca que sus orejas se crispan con los latidos y el ensanche de las venas que permite que la sangre corra ferozmente, sin detenerse ni un segundo, abriéndose a la respiración y al acecho.

Tengo hambre ―dice uno.
Yo también ―responde el otro.

Se matan en un combate limpio y digno del más solitario de los recuerdos.


Diálogo de tigres II

Dos tigres salen a cazar. Una va al sur; el otro, al norte. Al final del día, se encuentran.

Estás herido.
No. La herida eres tú.
La flecha está enterrada en tu lomo, no en el mío.
Morirás antes de que amanezca; ahí reposará tu desvarío.
Yo estoy muy lúcida; puedo oír cómo se te va la vida.
Tu herida se agranda, tus palabras huyen.
Tu corazón se detiene, enamorado.
¿Enamorado?
No era una flecha cualquiera…


El silencio se instala, dividiéndolos. Se miran, y comprenden.
Una corre al poniente; el otro, al oriente.


Diálogo de tigres III

Luego de caminar por las extensas planicies de la escritura, los tigres llegan al río del silencio. Ahí se bañan y olvidan que están hechos de tiempo y de sangre. A sus pieles mojadas se adhiere la palabra ‘pez’. La tigresa puede nadar debajo del agua a gran velocidad; el tigre da brincos contra la corriente. Juegan a acariciar burbujas.

¿A quién le contaremos nuestra historia? ―pregunta ella.
¿Cuál historia? ―pregunta él.

Los tigres jadean bajo el sol implacable y sus patas se hunden en la arena. Tienen sed. Saben que morirán si no encuentran una mano que morder, aquella que los escribe en la mitad de la noche.


Diálogo de tigres IV

La tigresa está triste. ¿Qué tendrá la tigresa? En cada árbol ha frotado su historia de rayas y colmillos, trigo trigando su boquita de fresa.

Cuando la luna se alza en su locura, el tigre muerde una cola que podría ser la suya, e imagina el diálogo:
Somos un sueño imposible.
Has estado leyendo a Borges.
No, sólo canto boleros.


¿De dónde vienen estas palabras? ―se pregunta el tigre, acechando a la tigresa―. Y no comprende que ella es parte del sueño, que en esos cinco metros que los distancian hay puntos suspensivos que se descuelgan como arañas urdiendo lo interminable.


Diálogo de tigres V

Los tigres de la noche imaginan tantas cosas. Construyen historias increíbles, saborean palabras, desgarran metáforas. La selva los protege de los cazadores que disparan tinta en blancos papeles. Y en la oscuridad lamen su nostalgia de ser, hasta despedirse en la rebeldía del viento.

¿Cuándo te veré otra vez?
Cuando no dejemos huella.


Crujen las ramas. Dos venados huyen ante los haces de luz y la metralla constante de realidades.


Diálogo de tigres VI

Llueve en los manglares del silencio, y los tigres esperan una sola palabra que les quiebre esa sensualidad que llevan como piel.

Y ahora, ¿qué hacemos?
Esperar.
¿Y si no viene?
Vendrá.


Los tigres están tan mojados que sus rayas comienzan a desaparecer. Invisibles, siguen esperando, sin saber que la palabra vino y se fue, de la mano de un diálogo absurdo.


Diálogo de tigres VII

Caen los primeros copos de nieve. Los tigres tienen frío, y lo salvaje ya no está con ellos. El amarillo de sus ojos se ha cegado de tanta soledad. Sólo el olfato los guía a un precario refugio entre varios árboles caídos.

Quedémonos quietos.
Como estatuas milenarias.
Como un recuerdo sin nombre.
A eso le llaman 'amor'.
Pero es un olvido, un dejar irse...
El eco de una palabra.
El final de una historia.
Te doy mis colmillos.
Y yo, mi mirada.
Aquí está mi fiereza.
Estos son mis sueños.


Así, los tigres duermen, y el hielo los cubre.
Ahora, nadie podrá escribirlos en los abanicos que se abren y que se cierran.


Diálogo de tigres VIII

Los tigres pelean con ferocidad. Muerden, rasguñan, rugen. Llevan ocho horas de lomos erizados. Retroceden y embisten nuevamente. La tigresa tiene una herida abierta en el cuello; un amarillo espeso brota del ojo del tigre. Se juegan su octava vida. La danza continúa en el bosque que es de ellos, acotado por algunas traiciones, delimitado por mentiras, rayado con la tiza de un silencio que les llaga la soberbia.

Caerás pronto, tigresa.
Caeremos los dos, tigre.
Al abismo de la carne.
Al misterio de la fuga.


Los tigres dan el último salto, y el vacío les parece el más apetitoso de los bocados. En sus colas llevan atada la cuerda de la escritura.


Diálogo de tigres IX

"Ahi crudo Amor, ma tu allor piú mi 'nforme
A seguir d'una fera che mi strugge,
La voce e i passi et l'orme,
Et lei non stringi che s'appiatta et fugge.
Canzionere (Rerum vulgarium fragmenta)

de Francesco Petrarca



No llamaremos dulce al ritual de acicalamiento que los tigres insisten en perpetuar más allá de las pasiones que los habitan. Cuando el macho descubre la huella que la hembra ha dejado, sabe que primero debe simular un ataque en el centro exacto de la noche. Ella se tenderá de espaldas ronroneando viejas historias; irá de un lado a otro mostrando la barriga: suave la cadencia, afilado el colmillo. Pronto, se lamerán las costras de las cicatrices. Como cachorros.

La próxima vez, no te dejaré vivo ―dice ella.
Ya estás muerta ―ruge él, orgulloso.

Despacio, el bosque de bambúes se cierra sobre las palabras y sus ecos. El espacio de los tigres queda reducido a algunas viñetas dibujadas con lápiz de grafito. Privadamente, mascan el papel y tratan de alcanzar el objeto puntiagudo que se aleja.


Diálogo de tigres X

A Canariza, por sus regalos de media luna.


El muro es alto, intrincado. La parte superior es de material líquido; la inferior es sólida. También hay espinas y navajas que aparecen y desaparecen. Arriba, nadan las palabras; abajo se estampan todos los recuerdos. Es el muro de la historia, y los tigres deberán saltarlo.

Al fin podremos salir de aquí. Ya estaba aburrida ―dice ella.
Al otro lado nos espera la libertad ―dice él.
¿Eso significa que no hablaremos más?
Exacto. Volveremos al rugido.
No nos encontraremos con la mano que ahora nos escribe con tanto ahínco.
Y volveremos a estar solos. Cada uno tomará su rumbo.
Seremos tigres.
Tigres de verdad.


Ágiles, las fieras trepan la pared. El tigre salta al otro lado. A la tigresa le cuesta más: está preñada de sueños. Las navajas intentan herirla; las palabras le tienden lazos. Pero ella nunca mira hacia atrás y con su fuerza amarilla vuelve a trepar. En la caída, olvida el amor y el odio, esa sensación asfixiante de ser relatada una y otra vez.

Los ti

***
Ensayo
José María Piñeiro / EL VIAJE GALÁCTICO DE LA ESCRITURA. EL EUREKA DE POE


Ante el conjunto memorable de la obra poética y narrativa de Poe, a algún lector distraído, Eureka se le podría antojar una suerte de compleja “frivolidad”, un lujo que la creatividad del escritor norteamericano se permite, una prueba a la que viene a someterse para demostrar sus capacidades reflexivas y de síntesis científico-filosóficas. Pero estas impresiones se basarían en algo equívoco, cuando no, claramente erróneo: al no constituir novedad en sí los contenidos del texto con respecto a los conocimientos que tenemos hoy de física, tan sólo es el discurso lo que gravita con firmeza y su elocuencia solitaria.

Interpretar Eureka, meramente, como una obra de teoría física, sería un error de miopía literaria y textual. Implicaría no sólo olvidar que las obras filosóficas también precisan de una debida contextualización que contraste conceptos, mentalidades e historia, sino, y sobre todo en este caso, omitir quién escribe: no un físico, ni un astrónomo o un químico, sino un escritor, o más precisamente, un poeta.

Por otro lado, habría que ser cautos con lo de la superación cognoscitiva de los contenidos que un texto de época pretérita albergue, con la división estricta del conocimiento entre un pasado estático y sin tecnología y la actualidad, pletórica de esta última: esta es la visión acumulativa y lineal que la era del progreso ha impuesto sobre el saber. Hoy sabemos que entre ambos, entre el pasado y la actualidad no hay sino vasos comunicantes que confirman o despejan datos. En el ámbito de las teorías de la complejidad, “sólo” disponemos de panorámicas eventuales y movedizas. Tenemos tanto una panorámica del conocimiento de los antiguos como otras, y estas, pululantes, sobre la modernidad. Y entre ambos conjuntos se producen sorpresivos intercambios.

No podemos juzgar, pues, el Eureka poeiano, exclusivamente, por sus contenidos positivos. En realidad, estrictamente hablando no hay tales: Eureka consiste en la explayada formulación de un par de hipótesis, cuyas pretensiones se limitan a la brillantez especulativa. Y, aun así, teniendo en cuenta la vertiginosa revolución que ha experimentado la física moderna, si contextualizáramos determinados conceptos y, sobre todo, tuviéramos en cuenta la intencionalidad del autor, Eureka encajaría con el ánimo y las aspiraciones de cualquier investigador contemporáneo. Contextualizados, pues, algunos conceptos filosóficos, como el finalismo, por ejemplo, evidente en parte del discurso poeiano, o físicos, como el “éter”, que hoy se juzgaría como un anacronismo, el tono del texto sí nos devuelve a una percepción abierta, entusiasta de los enigmas que nos aguardan en las estrellas.

Iríamos más allá, todavía, de cualquier “actualización científica”, si, dejándonos llevar por la escritura de Poe, disfrutáramos con el viaje primigenio y abisal que nos propone y compartiéramos de este modo tanto sus dudas como sus reflexiones y lucubraciones, es decir, si diluyendo las barreras entre lo científico y lo especulativo, se produjera ese ideal literario: la comunión del lector con la obra. Este fue, en realidad, el propósito del escritor norteamericano: transmitir una imagen ―estética, poética― del universo, a través de una prosa incuestionablemente lógica, elaboradamente derivada de los presupuestos científicos de su época.

Poe es un escritor profesional. Si se arriesga a escribir una obra como Eureka, es porque, gracias a un gran control sobre su estilo, ha logrado que poesía y pensamiento, vigor analítico e imaginación, converjan.

Este control resulta clave para comprender las ambiciones de su última obra: la que nos ocupa. Nos recuerda lo que nos recordaba Borges: Poe es el creador del relato policial, y este siempre se ha vinculado a lo intelectual, es decir, a la destreza con que el autor expone una o varias incógnitas y la solución sorpresiva, ―a veces, varias o ninguna― que nos presenta. Poe no esconde los vericuetos de su técnica literaria.

En sus ensayos (Filosofía de la composición y El Principio poético, en Ensayos y críticas, Alianza Editorial) presume de no simular utillaje y tácticas de composición haciéndolas pasar por inspiración, directamente. Insiste en que un poema ―su escritura, su composición― debe solucionarse como un problema matemático, es decir, que toda obra literaria es el resultado, fundamentalmente, de un arduo trabajo intelectual que el creador articula por partes, dilucidando conexiones, motivos y, sobre todo, eficacia, ya que lo que se persigue representar, finalmente, es el efecto de la belleza, no la verdad. Llega incluso a manifestar que para la redacción de un poema, es aconsejable calcular, medir, ser sucinto, escribir en un estado lo más “desapasionado” posible, es decir, en un estado contrario a la poesía misma.

Todo esto es aplicable con contundencia en Eureka. Explica su técnica, ―la creación de una rica y minuciosa prosa, que justifica sus desarrollos y especulaciones al articularse sobre leyes físicas constatadas, no hipótesis,― y su motivación final: no tanto la verdad objetiva, ni tan siquiera la verificación final de esas hipótesis, las suyas propias, como la transmisión de un estremecimiento intelectual, de un sentimiento personal que quiere hacer universal, el efecto poético del vértigo estelar, de la contemplación del cosmos. Y, para ello, uno no puede arriesgarse a escribir desde la ebriedad misma, sino desde su lado contrario y antónimo, desde la lúcida y febril reserva que da el conocimiento de los datos y el poder racional de la escritura para exponer, a través de la suma de tales datos, la mayor trama imaginable: el universo.

Efectivamente. El propio Poe, compara en más de una ocasión al universo, con una trama narrativa: la aventura del origen de los átomos, su difusión, dispersión, regreso final y consumatorio al punto del que brotaron, ofrece todas las similitudes con las dificultades que el creador literario afronta en la realización y ensamblaje de las diversas partes de una trama novelística. La trama estelar es el prototipo sofisticado de cualquier relato, la metáfora de cualquier tipo de composición artística, musical o arquitectónica. El instinto del universo es configurarse simétricamente, a través de todas las metamorfosis posibles, de ahí que lo califique como el “más sublime de los poemas”.

Poe afirmó que, con seguridad, no habría mayor motivo que inspirara la escritura de un poema que la muerte de la mujer amada. Aquí Poe se nos muestra como típicamente romántico, y el repertorio, detalladamente catalogado, de su obra poética, lo confirma: umbrías, perfumes, lontananzas, brillos cautivantes de piedras preciosas, océanos remotos, todos los rasgos de la delicadeza femenina: en suma, sacralización de la mujer y magnificación voluptuosa y mistérica de la naturaleza. En el ámbito de la prosa, decidió que la reflexión y el análisis convivieran o potenciaran lo fantástico. En este sentido, y teniendo en cuenta cómo explicita su técnica literaria, Poe encaja con el positivismo romántico de su época. Por la temática de sus obras, Poe es un romántico; como ejecutor de las mismas, un artesano, un profesional de la escritura. Para tal conciencia de la obra literaria como artificio, para tal sensibilidad ante lo ignoto de mundo y del hombre, ¿qué mayor motivo de inspiración bajo el que hacer espolear la escritura que el emprender la descripción del principio y del fin del universo; para el inventor del relato policial qué incógnita más suprema, qué misterio más goloso que descifrar la ejecución de lo existente, la pululación abismal y ordenada de los átomos y su inescrutable final? El universo es tanto un objeto poético como el objeto ―teorizado, investigado, calculable e incalculable― que nos contiene.

Barthes nos advierte que podemos hablar de discurso poético cuando son “las palabras las que guían a las ideas”, (Roland Barthes por Roland Barthes, en Paidós Contextos) y no al revés. En el texto de Eureka esto no resultaría tan fácil de constatar –a excepción de los pasajes más arrebatados― si una lectura de las intenciones del autor, y la comprobación del carácter de reto que su escritura asume, no nos revelaran la presencia de una inspiración y de su objeto, antes que la inercia de una exposición sistemática. Poe no mide el universo como un científico: este le inspira poéticamente, y es a través de la habilidad de una escritura que fusiona razonamiento y poetización como Poe va a desempeñar la proteica tarea.

Cuando Poe nos dice que leamos Eureka como un poema, nos confiesa que, a pesar de la temática de su libro y la rigurosa fundamentación teórica, el texto obedece a unas formas, es decir, a unas impresiones e intuiciones que la plasticidad verbal aparentemente justifica y contrasta, ya que el “Infinito” o el “Cosmos” son cosas impensables, proyectos para llegar a tales conceptos, confirmando, indirectamente, lo dicho por Barthes. La “explicación” que Poe nos da del origen y del fin del universo, se convierte, ineludiblemente, en un relato: el protagonista es Uno, Múltiple y anónimo, el aluvión inconmensurable de los átomos, y la acción narrativa, la de la aventura proverbial de esta masa colosal y magnífica que se divide en una multiplicidad de cuerpos y formas, configurando el universo.

Eureka es la obra paradigmática del verbo poeiano, (como expresión de las habilidades analíticas del escritor, no como obra de ficción). En realidad, el poder teorizante que despliega en esta obra, es con respecto a lo que decimos, una manifestación metaliteraria: el escritor habla no de la poesía sino del Poema por antonomasia (el universo) y de su mecanismo, de su discurso, que consta de una exposición, un desenlace y un final: la trama vertiginosa de los átomos, la formación diversa y el destino común de la materia. Eureka destila un aroma demiúrgico: al describir el universo, lo reescribo, es decir, lo creo de nuevo, me remonto al origen, al prototiempo del que surgió todo. De ahí la sugerencia de Paul Valéry, en su artículo sobre Eureka, (Estudios Filosóficos, ediciones Visor) al hablar de las antiguas cosmogonías y del fatuo esfuerzo que supondría ―a la vista de los conocimientos actuales de la física y de la astronomía― emprender hoy una empresa semejante. Tal gesta es en la que Poe se compromete.

En las minuciosas descripciones de los movimientos y difusiones astrales de los átomos, Poe disfruta de su propio poder teórico-creativo. Aquél conocimiento del utillaje literario, aquel hábil saber de las triquiñuelas narrativas, se despliegan aquí con holgura, aplicados a la discusión cósmica. Véase la semejanza estructural entre la formulación de una hipótesis sobre la génesis y evolución del universo, junto a la explicitación de cada uno de sus puntos, y el esquema del relato policíaco: hecho delictivo (el universo como objeto a analizar) y las probables vías de investigación ―hipótesis― a la búsqueda de la captura de los culpables y solución del crimen.

La palabra, la teoría, ―fórmula de la simbiosis entre conocimiento positivo y pensamiento iluminado―, disfrutan de sus facultades inventivas puestas al servicio de unas leyes. Tales leyes, seguros comodines del despliegue teórico, son las de la gravedad newtoniana y las de la formación nebular de Laplace, generalmente.

Poe no disimula su entusiasmo. Su Eureka no revoluciona la ciencia de su época. Lo que Poe “descubre” es la unidad incontestable del cosmos. Poe tiene una visión unitaria del universo. No expone una ley, describe una “visión”. Y esto pertenece a la poesía.

Lo que Poe expone en Eureka, y esto aludiría a la defensa que del texto hace Valéry cuando señala la soberanía de las hipótesis poeianas, no escapa a la problematicidad que cualquier propuesta, impecablemente justificada, plantea, aunque, en este caso, sea la de un poeta que especula con los cielos y los átomos: lo que admitimos como elemental, en cualquier aspecto de la vida, se convierte en algo complejo e indeterminadamente divisible cuando al ser sometido al análisis, se produce la red de conexiones y relaciones posibles. Lo elemental implica la complejidad de exponer y explicar los orígenes de las cosas, ya que lo elemental es tanto lo simple como lo esencial de algo, su consistencia. Y para Poe, la consistencia de su imagen del mundo confirma una verdad: la función reguladora de la gravedad y de la electricidad en el establecimiento espacial y confinamiento de las cosas, el misterio de la existencia de tal función, el poder generador de lo heterogéneo, y la unidad final de la diversidad, la simetría que secreta y espléndidamente opera en la articulación de ese mecanismo vivo e inimaginable que es el universo.

¿Es el universo poeiano más simple que el nuestro? No lo creemos así. Él experimentó tanta fascinación ante el universo de su tiempo como nosotros con el nuestro. Poe no conoció la mecánica cuántica, ni los fractales, ni la teoría de la relatividad. Pero del caos inicial, creyó vislumbrar un orden, veteado de irradiaciones y difusiones fabulosas. Ese orden, condición mínima para que la vida fuera posible, demostraba físicamente el resultado de una acción: la de la voluntad divina. Una acción que Poe interpreta profanamente, como un Principio incuestionable, pero que como poeta, observa turbado ante su insondabilidad.


Y mas...
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