dimanche 29 novembre 2009

Ruy GUKA/ Trolebús maravilla


Ruy Guka ruyguka@gmail.com
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Trolebús maravilla
Por Ruy GUKA

-Gabriel-

Subió la pierna al primer escalón del Trolebús. Miró para atrás retorciéndose el cuello, quiso fijarse si no lo seguía alguien. Nadie. Terminó de subir los dos escalones restantes. Introdujo dos pesos en la rendija del tubo que está junto al chofer del camión eléctrico. Fue a uno de los asientos individuales. Notó a una persona sospechosa que no dudó en dar unos pasos hacia él. Gabriel se puso nervioso, lo trató de disimular, fingió bien. El sospechoso le preguntó la hora, bajó sus lentes oscuros dejando ver unos ojos de color verde fosforescente.

(sangría) -Por eso uso lentes –le dijo a Gabriel y sacó una risita extraña, entrecortada y tapaba su boca con dos dedos retorcidos. Aún así se veían los pocos dientes que le quedaban. Ocultó los ojos de nuevo tras las pantallas negras y alargadas.

(sangría) -Todavía es temprano –respondió Gabriel.

(sangría) -¿Qué? ¿Temprano? ¿Para qué? Sino te invité un trago. ¿Qué quieres decir con qué es tremprano? –el sospechoso agitaba la cabeza en cada pregunta y le caía un mechón de pelo al frente que se lo reacomodaba de inmediato.

(sangría) Gabriel no supo qué hacer. No le habían dicho nada acerca de tal circunstancia. En el manual tampoco venía ningún ejemplo para resolver esta situación. Por un momento pensó que lo estaban manipulando. Sintió que se ponía pálido. No podía verle los ojos al otro, no sabía cómo lo miraba, los lentes se lo impedían. Seguía sentado y el sospechoso parado, agarrado del tubo de arriba. Había una mujer guapa que los miraba. También tenía lentes, aunque no eran tan oscuros. Alcanzaba a verle la mirada. Estaba seria, movía los labios, decía algo. Gabriel trató de descifrar el movimiento de los labios. El hombre parado junto a él miró a la mujer. Pensó que era una persona cualquiera del camión y que, en verdad, sólo necesitaba saber la hora. Las pantallas negras volvieron a colocarse frente a él.

(sangría) -Bueno, ¿y entonces? ¿Estás bien, muchacho? –dijo el sospechoso poniéndole una mano en el hombro.

(sangría) Gabriel le quitó la mano con un movimiento brusco. Casi lo tira. Qué débil, pensó. De un manotazo sencillo logré desestabilizarlo. No son como en las películas. La gente pareció detenerse en la escena. La mujer guapa y otras dos personas miraban lo que sucedía. Un hombre alto, salido de la nada, fue rápidamente a integrarse al cuadro. Gabriel lo vio aproximarse con esa velocidad y se levantó de su asiento. ¿Será éste el contacto? Por qué viene tan rápido. ¿De dónde salió? Está grande, se ve fuerte, ¿qué hago? Eso pensaba mientras el otro se le plantó cerca, a unos pocos centímetros de tocarse la nariz. Gabriel se hizo para atrás, asustado, y golpeó de nuevo, sin darse cuenta, al sospechoso de lentes oscuros que intentaba sentarse en el asiento liberado. Vio que al grandote le surgían unas venitas verdes alrededor de las cuencas de los ojos y que colocó su mano grande en el tubo, por arriba de Gabriel.

(sangría) -Quieres saber la hora, ¿verdad? –preguntó Gabriel atolondrado.

(sangría) -¿Qué? ¿La hora? ¿Por qué has estado molestando al señor? –dijo el hombre fuerte enojado y empuñando la mano.

(sangría) El camión se detuvo en una parada, Gabriel aprovechó para bajarse y, por otro descuido, golpeó nuevamente al sospechoso que cayó al suelo. Desde la banqueta miró cómo el grandote y otras personas ayudaban al sospechoso a levantarse. La mujer guapa no le quitaba la vista de encima mientras seguía moviendo los labios. El camión continuó con su ruta y todavía alcanzó a ver el puño del señor fuerte que se agitaba en el aire amenazándolo. Qué gente, pensó Gabriel. Alzó la cabeza para ubicarse. Estaba bien, en la esquina de Insurgentes y Félix Cuevas. En frente tenía un Liverpool. Pinche Liverpool, pensó Gabriel. Estaban colocando el esqueleto del árbol de navidad enorme que ponían cada año. Sonó su celular.

(sangría) -¿Sí?

(sangría) -¡Gabriel! ¿Por qué te bajaste del trolebús, carajo?
¡Puta madre! ¡Ven a la oficina inmediatamente!

(sangría) Colgaron. Se quedó inerte con el teléfono en la mano, parado a la mitad de la banqueta. La gente pasaba. Un hombre chocó con su mano y le tiró el teléfono. Gabriel lo levantó y, mientras se erguía, miró el escaparate de la tienda Milano, una zapatería. Le encantó un par que se exhibía sobre una plataforma giratoria. Unos tipo mocasines de piel y de color café. Entró a probárselos y se los compró. Tenía una mirada perdida, como si se hubiera drogado un poco, sin haberlo hecho nunca antes. Salía feliz de la tienda con su bolsa gruesa y blanca en la mano cuando se acordó que tenía poco tiempo. No, qué tonto, otra vez distrayéndote fácilmente, el jefe se va a enojar. Pensó. Corrió a la orilla de la banqueta y pidió un taxi. Fue difícil tomarlo, estaba el paradero de camiones, unos puestos de comida a lado, y muchos autos que querían doblar a la derecha, hacia Insurgentes. Pero lo paró y se metió al asiento trasero.

(sangría) -Buenas tardes. Aquí a la derecha.
(sangría) -¿A dónde va?
(sangría) -¿Por qué?
(sangría) El taxista lo miró con desconfianza.
(sangría) -Yo te voy diciendo.
(sangría) Ahora lo miró con hartazgo. Gabriel le contestó la mirada agresivamente, juntó todas las experiencias malas que ha vivido con los taxistas de la ciudad y le salió furia de los ojos. Además, el taxi olía a coco artificial. Gabriel odiaba esos olorantes, le parecían asquerosos. El taxista cedió en la confrontación.
(sangría) -Sí, bueno, vaya diciéndome.
(sangría) -Voy a la Juárez –dijo Gabriel cediendo también.
Todavía no habían doblado a la derecha. Estaban en alto.
(sangría) -No, pus, mejor nos vamos derecho y tomamos Patriotismo.
(sangría) -¿Qué? No, claro que no, nos vamos por Insurgentes, por donde yo diga –dijo Gabriel inquieto.
(sangría) -Sí, como no, señor. Lo que usted diga.
(sangría) -Muy bien.

(sangría) Se fueron por el camino más lento. Llegaron y Gabriel se bajó del taxi por el mercado de la colonia Juárez. Cerró la puerta. Caminó media cuadra a la puerta de las oficinas y se dio cuenta de que olvidó la bolsa de los zapatos. Hizo la cara para arriba lamentándose y azotó el pie en el piso. Todavía alcanzó a golpearse la cabeza con la palma de la mano. Salió un colega de la oficina y lo miró como si viera a un pobre loquito. Gabriel se tranquilizó y pasó por la puerta. No saludó a nadie. Sentía que todos le sonreían burlonamente. Tocó en la oficina del jefe. Abrió. Entró. Tomó asiento en un sillón blanco de piel. El jefe se levantó del escritorio y fue a servirse un trago de tequila sin ofrecerle nada a Gabriel. Con el vaso en la mano se sentó en otro sillón y le dijo tranquilamente.

(sangría) -Gabriel, eres un pendejo. Arruinaste tu entrenamiento por tercera vez. Estás fuera del programa. Puedes ir a trabajar al mismo cuarto oscuro de donde te saqué o largarte para siempre de la corporación y nunca dejarte ver.
(sangría) -Pe pero…
(sangría) -Nada. Sal de aquí ahorita mismo y dile a la secretaria tu resolución.
(sangría) El jefe le dio un trago al tequila. Lo saboreó enormemente y Gabriel salió de la oficina cabizbajo y triste.


-Montse-

Entre la vida y la muerte tú no estás más cerca de ninguna y por lo mismo tienes una vida aburrida, llena de rencores y de miedos. Siempre haz tenido miedo de que te pase algo malo, con esa idea sales a la calle. Es increíble que hayas tenido amigos y amantes. Bueno, no eres fea, te cuidas bien, incluso, sí, tu belleza es lo único que tienes, todavía, porque ya en unos años ni eso. En unos años no tendrás nada por culpa del miedo a hacer las cosas, de profundizar en alguna relación, de empezar algo, aunque no está tan mal tu trabajo en la tienda departamental, por lo menos podrás jubilarte y tener una pensión que te ayudará en algo para sobrevivir. Pero, Montse, vas a estar sola y sin el suficiente dinero como para tener un auto con chofer que te lleve a donde lo necesites y cuide de ti. Tus ahorros no son suficientes para pagarle un sueldo al chofer. Podrías irte a provincia, disfrutar de la tranquilidad y las distancias cortas.

(sangría) Éste ha sido tu mejor paso. Quedarte de ver con un desconocido. Ojalá y tengas suerte. Y no suerte para atraerlo, que para eso no hay problema, suerte para retenerlo. A la semana de estarse viendo, los asustas con tu mirada de loca y con tus manías extrañas, eso con los hombres que te convienen. Porque a los hombres que no te convienen les vale que seas como seas, con tal de que los esperes desnuda en la cama y ya, o que les soportes sus groserías, sus malos tratos, sus indiferencias, o ya sus cosas enfermizas donde tú has salido perdiendo.

(sangría) A lo mejor no fue tu culpa tenerle miedo a todo. Tuviste un hermano cruel que se divertía contigo haciéndote bromas pesadas, por las que te hacía quedar en ridículo o incluso te lastimaba físicamente de manera sorpresiva. Pero hubieras superado tus traumas como te ha dicho tu amiga, la de pelo chino. Tienes suerte de que ella sea tu amiga: ha estado cerca de ti desde la secundaria. Su familia te ha recibido bien, te quisieron como una hija, luego tuvieron la intención de juntarte con el hermano que tú rechazaste de una manera algo rara. Aún así te siguen queriendo.

(sangría) Y luego tu padre, un hijo de la chingada que le gustaba entrar al baño para verte mientras te bañabas. Y al vestirte. De milagro nunca te tocó, pero sentías esa mirada a cada momento. Era insoportable. Tú mamá te decía que te imaginabas cosas, hasta que un día ella se dio cuenta de cómo te espiaba, y, cuando lo enfrentó, perdió dos dientes. En ese momento sentiste lo más amargo de la injusticia. Corriste a pedir ayuda, pero nadie quiso ayudarte y el que quiso, tu madre le pidió que se regresara a su casa, en realidad fue un accidente que perdiera los dientes y era un asunto privado que no tenía que ver con nadie, respondía tu madre. Ahí comenzaste a sentir rencor por el mundo, un mundo lleno de cosas no dichas, donde la justicia es muda y sorda.

(sangría) Pero, Montse, ahora debes concentrarte en parecer de lo más normal. El otro día viste un programa sobre las citas a ciegas. Sacaron una estadística no muy esperanzadora, pero también mostraron casos en los que han habido éxito. A lo mejor tú entras en esa estadística de éxito. Vas a ver que sí. Deja de pensar en la parte que dijeron sobre los sicópatas, que suelen usar este servicio porque todas las mujeres les rehuyen en el bar, en el trabajo, en la calle, las amigas de la hermana y están encerrados en sus casas masturbándose en el internet. ¡Por favor, relájate!

(sangría) Mira a ese anciano que está hablando con el joven trajeado. A lo mejor el del traje es el de la cita. El anciano está resimpático con los lentes oscuros deportivos. ¡No! Espera. Quizá es el anciano. Se ve divertido, y la idea de citarse en el trolebús número 0452 a esta hora es divertida. No, pero sería el colmo, ni se te ocurra, un viejito, ni es rico, se nota, y aunque lo fuera, qué te pasa. No, no, no, sería ridículo, un viejito. Tendrían un juego de masturbaciones con utensilios sexuales de todo tipo para que calmen sus necesidades. Pudiera ser interesante, pero, mira, el joven trajeado te está viendo. Parece interesado en ti. Contrólate, deja de mover los labios. Vas bien, sí. Casi ni se nota. Por lo menos si alguien quisiera leerte los labios no podría hacerlo. No puede ser, el joven le dio un manotazo al anciano. Casi lo tira. Qué le pasa y nadie hace nada. Es increíble. Otra vez esta injusticia muda y sorda. No, tú quédate aquí sentadita, bastante tienes con tus problemas. No lo puedo creer, un hombre grande y fuerte fue a defender al trajeado. Parece que va a ver pelea. El otro se levantó del asiento, ay, y le pegó al viejito. No te rías, no es gracioso.

(sangría) Escapó el trajeado. Deja de verlo ahí parado en la banqueta. Se va el camión. Párate. La cita era pasando el Liverpool. Ahí estás bien. Qué bueno que no hay muchas personas. Parece que tu cita tuvo la sensatez de escoger una hora donde no se arremolina la gente. Cuidado. Se aproxima el grandote. Te mira. ¡No muevas los labios! Ni un poquito. Cálmate. No hagas movimientos bruscos. Sonríe normal. No, no sonrías, todavía no. A lo mejor no es.

(sangría) ¡Sí, sí es! Te sonríe. Está junto a ti mirándote a los ojos. No te quites los lentes. Deja que diga la clave. Sí, es él. La dijo, “en mayo el calor es romántico”. Quizá sea poeta o publicista. Ahora, sí, quítate los lentes. Dile que mayo es tu mes favorito. No dejes de sonreír. Sí, dile que sí, acompáñalo. Te está dejando pasar. Igual y en esta parada hay algo. Qué suerte tienes, se ve caballeroso, va bien el asunto. No tengas miedo, no, no empieces. Baja, baja, él te está esperando en la banqueta, te da la mano. Baja y dale la mano. Ya te preguntó el chofer si vas a bajar o no. Baja. ¡Baja!

(sangría) Bien Montse. Eso es todo. Camina con él. Te está llevando al restaurante de la esquina. Pidió una mesa que había reservado. Parece que lo conocen, le sonrió el maestre. Seguro trae a todas aquí, pero cálmate, es normal, no lo tomes a mal. Además no sabes si sea así. Deja que te jale la silla para que te sientes. Primero quítate el saco. Deja que él te lo quite. Ahora sí. Siéntate. Deshaz la servilleta y ponla a un lado del plato. Fresca. No te pongas tan erguida, pareces una idiota que quiere mostrar que sabe comportarse en un restaurante. La servilleta a un lado, así, deshecha, así das la apariencia de que estás acostumbrada a hacerlo. Te está mirando. Haz lo mismo. ¡No muevas los labios! Bien.

(sangría) Sonríe. Pregúntale por su oficio, si es que lo tiene. No, no lo beses. ¡Qué haces! ¡No lo beses! Te estoy diciendo que no lo beses. Ah, ya no haces caso, te crees curada, ¿verdad? Oh, ya no mueves los labios. Te gustó cómo besa. Hace mucho que no sientes un beso como ese. Con razón no haces caso. Bueno Montse, buena suerte.


-El viejo-

Señor, fíjese que qué maravilla estar por fin aquí. Pensé que nunca sucedería. Cómo se hace el tiempo lento y difícil. Cada día que pasaba se me hacía una eternidad. ¿Pero por qué justo ese día tan importante para mí? Hubo un tiempo en el que sí transcurrían incluso demasiado rápido los segundos, pero finalmente me llegó la simpleza de que ya no quería estar ahí. Viví encerrado veinte años. No quería salir a la calle. ¿Pero por qué justo ese día tan importante para mí?

(sangría) Antes era diferente: procuraba estar en todas partes. Con la familia, con mis amigos, con algunas personas con las que organizaba cosas en mi trabajo, con quienes ganaba buen dinero. Pero en esa época creía que yo era muy inteligente, pensaba que los demás me debían respeto y admiración. Fui un buen arquitecto. Trabajé en varios lugares hasta formar dos casas de arquitectos. Tenía la camioneta que todos querían, cada año la cambiaba. La que me gustó sobremanera fue una que sacó Mitsubishi, era estupenda, mejor que la BMW que le terminé regalando a un sobrino dejándosela en una suma ridícula. Las mujeres subían a mi camioneta con mucha facilidad nunca me había imaginado que fuera tan fácil. Digo, también las cautivaba con mis ojos de este verde brillante. De joven pensé que sólo le pasaría este tipo de cosas a Jorge Negrete.

(sangría) Era un pobre estúpido como podrá ver. Mi esposa me dejó, no me insultó en lo absoluto. Sólo me miró llorosa y se fue. Nos vimos alguna que otra vez, en la última me platicó sobre un tipo que conoció en un viaje en tren por España. Yo le pagué el viaje. Después ya no la volví a ver, se fue a ese país. Yo quise quedarme en el que nací. Mi México, ahí, donde uno tiene camioneta y es dios. Perdón, no quise sobrepasarme. Pero es que así se maneja en donde nací. Cuando mi esposa se fue llorosa, yo la vi y pensé que era una mujer débil y me felicité por haber causado la separación. A la semana siguiente la extrañé mucho.

sangría) Luego, pocos años antes de encerrarme en mi casa, uno de mis socios me hizo una jugada terrible, se quedó con la casa importante de arquitectos. Me fui a juicio, gasté mucho dinero y perdí el negocio. Tuve que vender el otro, que era pequeño, y decidí no salir… Disculpe Usted, ya no se me entiende ni cuando hablo, me deprimí. Vendí mi casa y compré un departamento que no estaba mal. Y ya no quería saber nada de nada. Me fui gastando el dinero.

(sangría) En mi encierro me dedicaba a ver la tele, mirar películas y hasta aprendí a cocinar. La preparación de la comida me ayudó a reflexionar. Entre la cocinada y alguna película me nació la curiosidad de mirar hacia los libros, que ya se me habían olvidado por completo, y cuando alguien me los recordaba, les decía que no servían para nada, mostrándoles mi hermosa camioneta, la que tuviera en ese momento. Leí mucho y de todo. Al principio compraba los libros, luego tuve que pedirlos prestados en un café que tenía una especie de libroclub o en la biblioteca del parque cerca de mi departamento.

(sangría) Leí libros de historia y filosofía. Estaba fascinado. Luego empecé a leer sobre biología, química, física y matemáticas. Quedé impresionado por todo lo que ignoraba. En la época de las camionetas todavía decía que las matemáticas eran para bobos, la física y la química para gorditos pelones con lentes. Por último descubrí la literatura y lloré. Me vi como una persona asquerosa y podrida.

(sangría) Un día solté "Crimen y castigo" cuando sonó el teléfono. Me sentía hipnotizado por la lectura. Tardé en contestar. Era ella, mi esposa. Bueno, ex esposa. Estaba en la Ciudad de México. Me pidió que nos viéramos. Fue maravilloso, como si Usted me hubiera perdonado todo lo malo que había hecho en mi vida. Por supuesto, le dije que sí.

(sangría) Tenía setenta años y me sentía emocionadísimo. Nos quedamos de ver ese mismo día a las cinco de la tarde. No había tiempo qué perder. Tomé mis lentes oscuros deportivos, eran excelentes, me costaron mil pesos, me cubrían del sol sin molestarme la visión y además se sujetaban perfectamente en mi cabeza. Salí de mi casa, caminé algunas cuadras, tomé un camión que me dejara sobre la calle donde pasa un trolebús que me llevaría a Félix Cuevas, quedé en un café restaurante viejo y agradable.

(sangría) Justo ese día tenía que suceder lo que tanto esperaba y que en ese momento no lo quería para nada. Pero qué se le puede hacer, así es la vida, uno está inmerso en lo que le rodea. No puede evitarlo. Perdón, otra vez con mis cantinfleadas.

(sangría) En el trolebús había un hombre vestido con un traje barato que miraba su reloj sin parar. Quise ver la hora. Ver si iba bien de tiempo, pero no tenía mi reloj puesto en la muñeca, se me había olvidado. Comencé a preocuparme, me imaginé que estaría algo tarde, así que me acerqué al joven del traje a preguntarle por la hora. Había una mujer guapa, parecía una loca, no dejaba de mover los labios, miraba para donde yo estaba. Me recordó un poco a una mujer que conocí y que no aceptó subirse a mi camioneta.

(sangría) Me acerqué al joven de traje bajándome los lentes ligeramente para que viera mis ojos. Así nomás. Le dije que por eso usaba los lentes. Le pregunté la hora, me respondió que era temprano. Me quedé callado. Qué tal que fuera uno de esos locos mataviejitos o algo por el estilo. Comenzó a ponerse nervioso y pálido. Le pregunté si estaba bien y le puse una mano en el hombro para tranquilizarlo, pero él me atacó o se defendió, me quitó la mano de su hombro. Lo hizo con fuerza y perdí el equilibrio, sentí que caería al piso, pero por fortuna me agarré de uno de los tubos.

(sangría) Estuvo raro. Me asomé por la ventana para ver dónde iba. Faltaban pocas cuadras. Luego un hombre alto y fornido se acercó al de traje. Parecía que tenía intenciones de pegarle. Me defendió. El otro se asustó y se levantó del asiento, luego tropezó conmigo para bajar del camión. Me lastimó la rodilla. Escuché que algo se quebró dentro de mí. En la parada siguiente bajaron juntos el fortachón y la guapa. No me di cuenta cuándo se juntaron. Por fin llegué yo a mi parada. Bajé los primeros dos escalones y en el tercero mi rodilla terminó de torcerse y caí de cabeza a la banqueta. Mi sien fue a dar directo a uno de los tornillos que sujetaban un poste del alumbrado público. Me rompí la cabeza y aquí estoy, Señor.