
E-mail: ruyguka@gmail.com
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Ruy Guka nació el 4 de marzo de 1979 en el df. Ha publicado cuentos en revistas como Casa del tiempo y Cultura urbana, entre otras. Ha participado en dos antologías y tiene un blog llamado Sopas catastróficas.
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Rizófagos bajo la luna
Por Ruy GUKA
El parque, lleno de árboles, tenía una ligera neblina que flotaba a medio metro del piso. El viento no existía en ese momento y nadie lo recordaba. Alberto tampoco pensaba en él, sólo miraba la ausencia humana. Por un momento, se concentró en la textura de una planta con hoja oscura y húmeda. Se acercó a la hoja y escribió en su pizarrón de rocío: “¿Tequila con refresco?”. Sonrió nostálgico.
(sangría) En las jardineras del parque había lodo. Las plantas y árboles estiraron un poco las raíces. Sin querer, una de las plantas movió su raíz con mayor fuerza que las demás y pudo moverse un centímetro. El árbol de más años, en aquella jardinera, se llevó una rama al copete y luego la estiró señalando a la planta con ademanes de advertencia y regaño. La planta no le hizo caso y trató de avanzar un poco más. Lo intentó varias veces hasta que encontró la forma de mover las raíces para impulsarse.
(sangría) Alberto se metió las manos en los bolsillos de los pantalones y miró el cielo que estaba completamente iluminado por la luz de la luna. Olía a tierra mojada, a madera mojada y a piedra mojada. Había edificios y casas alrededor del parque. No salía luz de ninguna ventana. No se escuchaba música. No pasaban autos. Le dio la espalda a la planta en la que escribió, y fue a sentarse a una banca.
(sangría) La planta liberada chocó emocionada con la planta escrita. Levantó una hoja y borró la pregunta que había escrito un hombre que le daba la espalda y que miraba hacia arriba. Él tenía una chaqueta café, manchada y roída por el tiempo. Sus pantalones le quedaban grandes y eran negros. Estaba encorvado, era ancho de la cintura, con las piernas y los brazos flacos y largos. La planta escribió “Pero...” y se alejó un poco de la pizarra de hoja verde para ver qué haría aquel hombre.
(sangría) Alberto estiraba las piernas para luego cruzarlas o meterlas debajo de la banca. Se recargaba con sus manos poniéndolas hacia atrás, las regresaba hacia delante encorvándose más y se cruzaba de brazos. Tomó uno por uno sus dedos y se tronó los huesos. Se levantó y se acercó a la planta. Notó la presencia de otra que no estaba ahí antes, al lado, y no le dio importancia. No se fijó en la hoja donde estaba borrada su frase y escrita otra cosa, y caminó un poco. Detuvo el paso frente a otra pizarra y escribió: “¿Tequila con refresco?”.
Hizo una mueca de aburrimiento.
(sangría) La planta movió las raíces de inmediato cuando aquél siguió su camino. Dio unas vueltas en su propio eje estirando las hojas, feliz de poder moverse. La neblina hacía más densa su cortina blanca. Era tanta la emoción de la planta liberada que se tropezó con algo en el fondo de la tierra, supo qué era cuando vio salir a unas hormigas que seguramente habían construido un refugio impermeable de resina de árbol para estar ahí mientras se evaporara el agua, por un lado, y, por otro, la tierra la absorbiera, pero las raíces de la planta liberada removieron las paredes de resina y las hormigas se ahogarían y tuvieron que salir a la superficie. La planta juntó sus hojas en signo de preocupación cuando reconoció a las hormigas, que parecían furibundas, en posición de ataque, colocándose en fila, en dirección hacia ella. La planta trató de impulsarse, pero sintió de inmediato unas mordidas en sus raíces. Por experiencia sabía que podrían ser peligrosas, que acabarían con sus tétricas, delgadas y blancas piernas. Avanzó rápidamente. Llegó a la planta donde había escrito su frase, de nueva cuenta, aquel extraño ser encorvado y lo borró para poner: “¡Ayúdame!”.
(sangría) Alberto pateó fuerte una piedra que salió disparada a ras del suelo hacia un arbusto y de donde escuchó salir un grito de dolor. Se asustó y miró fijamente el arbusto. No vio nada. Al lado de él, una planta movía sus hojas desesperadamente; seguía con la vista fija al arbusto, su cuerpo tieso, esperando una mentada de madre o alguna otra cosa. Palideció de pronto cuando escuchó un gemido. No pudo identificar si era de mujer o de niño o de hombre. En eso, notó un movimiento agitado a un costado suyo que le llamó la atención, viró la cabeza y se impresionó sobremanera con la planta que brincaba; de la tierra salían un poco sus piernas blancas, agitaba las hojas y señalaba la pizarra verde oscura, pero Alberto no entendió la señal de la planta. Inquieto por lo que le sucedía, atisbó, tanto el piso, alrededor de sus pies, como también todo el parque, hasta donde la neblina le permitía hacerlo, poco más de cinco metros. No vio ningún peligro aparente. Se calmó un poco y regresó a la planta liberada que seguía agitando sus hojas, como una señora que se le metió algún bicho en la espalda. Estaba nervioso, de repente se volvía hacia atrás o hacia los lados para sorprender algún peligro, pero nada, todo volvió a la tranquilidad, sin absolver a la planta histérica. Paseaba la cabeza lentamente, buscaba algo que le diera claves para entender lo que quería la planta liberada. Miró la pizarra y vio que desapareció lo que él había puesto y leyó lo que escribió la planta. “¡Ayúdame!”. Pues sí; pero, ¿cómo?, pensó.
(sangría) Aquel hombre de espalda encorvada tomó a la planta y la sacó de la tierra. La colocó junto a la pizarra, cargándola, y ella escribió: “Me persiguen”. ¿Quién?, preguntó el hombre. En la pizarra: “El piso”. La planta vio cómo él examinó el piso y cómo se horrorizó enseguida por una fila de hormigas enormes y rojas de furia que iba justo hacia ellos. Escapó de ahí corriendo a toda velocidad con la planta en la mano, pero pasó por el arbusto, y éste, muy molesto por la pedrada, sacó una de sus ramas bajas, lo tomó de un pie e hizo que saliera volando unos metros para caer sobre unas piedras de río que decoraban el camino. A la planta se le rompió una de sus hojas. Es el fin, pensó ella. El hombre quedó inconsciente, con sangre en la cara y en el brazo. La planta tenía otras cuatro hojas aparte de la rota y le abanicó en la cara con una de ellas y con las otras lo acariciaba para despertarlo. Las hormigas corrían, pasaron por el arbusto y faltaba poco para que llegaran a ellos. La planta empezó a sudar y las raíces se le hacían chiquitas. Las hormigas llegaron a las piedras. El hombre comenzó a decir algo, pero todavía estaba inconsciente. La planta le daba cachetaditas. Sus párpados temblaron, se abrían lentamente. La primera fila de hormigas se metió por debajo de sus pantalones. Abrió los ojos por completo y pareció buscar algo. Vio a la planta que la seguía sosteniendo en la mano y dejó de buscar. Ella estaba nerviosa y agitada. Él le tomó la hoja rota, la columpió y la palpó de arriba a abajo. Se la arrancó, a ella le dolió mucho, pero enseguida dejó de sentir molestias.
(sangría) Alberto recordó a las hormigas cuando sintió sus mordidas en la pierna. Se precipitó a levantarse y sacudió la pierna. Se las quitó de encima y volvió a correr con toda el alma. Se detuvo, muy agitado, al otro lado del parque mientras se cercioraba de no haber rastro de las hormigas.
(sangría) La planta liberada fue colocada en la tierra por la mano del hombre y lo miró con todo el agradecimiento del mundo, recordó el gesto del árbol y se sintió un poco avergonzada, aunque excitada por la aventura, mientras veía alejarse a aquel hombre de espalda encorvada.
(sangría) Alberto salió del parque para irse a su casa. Las ventanas de las casas, todas, a oscuras. Aceleró el paso. Frente a su puerta, metió la llave, abrió y fue a darse un regaderazo.
(sangría) —¿Qué te pasó? —le preguntó un colega en la oficina, al día siguiente.
(sangría) —Anoche me asaltaron en el parque.
Por Ruy GUKA
El parque, lleno de árboles, tenía una ligera neblina que flotaba a medio metro del piso. El viento no existía en ese momento y nadie lo recordaba. Alberto tampoco pensaba en él, sólo miraba la ausencia humana. Por un momento, se concentró en la textura de una planta con hoja oscura y húmeda. Se acercó a la hoja y escribió en su pizarrón de rocío: “¿Tequila con refresco?”. Sonrió nostálgico.
(sangría) En las jardineras del parque había lodo. Las plantas y árboles estiraron un poco las raíces. Sin querer, una de las plantas movió su raíz con mayor fuerza que las demás y pudo moverse un centímetro. El árbol de más años, en aquella jardinera, se llevó una rama al copete y luego la estiró señalando a la planta con ademanes de advertencia y regaño. La planta no le hizo caso y trató de avanzar un poco más. Lo intentó varias veces hasta que encontró la forma de mover las raíces para impulsarse.
(sangría) Alberto se metió las manos en los bolsillos de los pantalones y miró el cielo que estaba completamente iluminado por la luz de la luna. Olía a tierra mojada, a madera mojada y a piedra mojada. Había edificios y casas alrededor del parque. No salía luz de ninguna ventana. No se escuchaba música. No pasaban autos. Le dio la espalda a la planta en la que escribió, y fue a sentarse a una banca.
(sangría) La planta liberada chocó emocionada con la planta escrita. Levantó una hoja y borró la pregunta que había escrito un hombre que le daba la espalda y que miraba hacia arriba. Él tenía una chaqueta café, manchada y roída por el tiempo. Sus pantalones le quedaban grandes y eran negros. Estaba encorvado, era ancho de la cintura, con las piernas y los brazos flacos y largos. La planta escribió “Pero...” y se alejó un poco de la pizarra de hoja verde para ver qué haría aquel hombre.
(sangría) Alberto estiraba las piernas para luego cruzarlas o meterlas debajo de la banca. Se recargaba con sus manos poniéndolas hacia atrás, las regresaba hacia delante encorvándose más y se cruzaba de brazos. Tomó uno por uno sus dedos y se tronó los huesos. Se levantó y se acercó a la planta. Notó la presencia de otra que no estaba ahí antes, al lado, y no le dio importancia. No se fijó en la hoja donde estaba borrada su frase y escrita otra cosa, y caminó un poco. Detuvo el paso frente a otra pizarra y escribió: “¿Tequila con refresco?”.
Hizo una mueca de aburrimiento.
(sangría) La planta movió las raíces de inmediato cuando aquél siguió su camino. Dio unas vueltas en su propio eje estirando las hojas, feliz de poder moverse. La neblina hacía más densa su cortina blanca. Era tanta la emoción de la planta liberada que se tropezó con algo en el fondo de la tierra, supo qué era cuando vio salir a unas hormigas que seguramente habían construido un refugio impermeable de resina de árbol para estar ahí mientras se evaporara el agua, por un lado, y, por otro, la tierra la absorbiera, pero las raíces de la planta liberada removieron las paredes de resina y las hormigas se ahogarían y tuvieron que salir a la superficie. La planta juntó sus hojas en signo de preocupación cuando reconoció a las hormigas, que parecían furibundas, en posición de ataque, colocándose en fila, en dirección hacia ella. La planta trató de impulsarse, pero sintió de inmediato unas mordidas en sus raíces. Por experiencia sabía que podrían ser peligrosas, que acabarían con sus tétricas, delgadas y blancas piernas. Avanzó rápidamente. Llegó a la planta donde había escrito su frase, de nueva cuenta, aquel extraño ser encorvado y lo borró para poner: “¡Ayúdame!”.
(sangría) Alberto pateó fuerte una piedra que salió disparada a ras del suelo hacia un arbusto y de donde escuchó salir un grito de dolor. Se asustó y miró fijamente el arbusto. No vio nada. Al lado de él, una planta movía sus hojas desesperadamente; seguía con la vista fija al arbusto, su cuerpo tieso, esperando una mentada de madre o alguna otra cosa. Palideció de pronto cuando escuchó un gemido. No pudo identificar si era de mujer o de niño o de hombre. En eso, notó un movimiento agitado a un costado suyo que le llamó la atención, viró la cabeza y se impresionó sobremanera con la planta que brincaba; de la tierra salían un poco sus piernas blancas, agitaba las hojas y señalaba la pizarra verde oscura, pero Alberto no entendió la señal de la planta. Inquieto por lo que le sucedía, atisbó, tanto el piso, alrededor de sus pies, como también todo el parque, hasta donde la neblina le permitía hacerlo, poco más de cinco metros. No vio ningún peligro aparente. Se calmó un poco y regresó a la planta liberada que seguía agitando sus hojas, como una señora que se le metió algún bicho en la espalda. Estaba nervioso, de repente se volvía hacia atrás o hacia los lados para sorprender algún peligro, pero nada, todo volvió a la tranquilidad, sin absolver a la planta histérica. Paseaba la cabeza lentamente, buscaba algo que le diera claves para entender lo que quería la planta liberada. Miró la pizarra y vio que desapareció lo que él había puesto y leyó lo que escribió la planta. “¡Ayúdame!”. Pues sí; pero, ¿cómo?, pensó.
(sangría) Aquel hombre de espalda encorvada tomó a la planta y la sacó de la tierra. La colocó junto a la pizarra, cargándola, y ella escribió: “Me persiguen”. ¿Quién?, preguntó el hombre. En la pizarra: “El piso”. La planta vio cómo él examinó el piso y cómo se horrorizó enseguida por una fila de hormigas enormes y rojas de furia que iba justo hacia ellos. Escapó de ahí corriendo a toda velocidad con la planta en la mano, pero pasó por el arbusto, y éste, muy molesto por la pedrada, sacó una de sus ramas bajas, lo tomó de un pie e hizo que saliera volando unos metros para caer sobre unas piedras de río que decoraban el camino. A la planta se le rompió una de sus hojas. Es el fin, pensó ella. El hombre quedó inconsciente, con sangre en la cara y en el brazo. La planta tenía otras cuatro hojas aparte de la rota y le abanicó en la cara con una de ellas y con las otras lo acariciaba para despertarlo. Las hormigas corrían, pasaron por el arbusto y faltaba poco para que llegaran a ellos. La planta empezó a sudar y las raíces se le hacían chiquitas. Las hormigas llegaron a las piedras. El hombre comenzó a decir algo, pero todavía estaba inconsciente. La planta le daba cachetaditas. Sus párpados temblaron, se abrían lentamente. La primera fila de hormigas se metió por debajo de sus pantalones. Abrió los ojos por completo y pareció buscar algo. Vio a la planta que la seguía sosteniendo en la mano y dejó de buscar. Ella estaba nerviosa y agitada. Él le tomó la hoja rota, la columpió y la palpó de arriba a abajo. Se la arrancó, a ella le dolió mucho, pero enseguida dejó de sentir molestias.
(sangría) Alberto recordó a las hormigas cuando sintió sus mordidas en la pierna. Se precipitó a levantarse y sacudió la pierna. Se las quitó de encima y volvió a correr con toda el alma. Se detuvo, muy agitado, al otro lado del parque mientras se cercioraba de no haber rastro de las hormigas.
(sangría) La planta liberada fue colocada en la tierra por la mano del hombre y lo miró con todo el agradecimiento del mundo, recordó el gesto del árbol y se sintió un poco avergonzada, aunque excitada por la aventura, mientras veía alejarse a aquel hombre de espalda encorvada.
(sangría) Alberto salió del parque para irse a su casa. Las ventanas de las casas, todas, a oscuras. Aceleró el paso. Frente a su puerta, metió la llave, abrió y fue a darse un regaderazo.
(sangría) —¿Qué te pasó? —le preguntó un colega en la oficina, al día siguiente.
(sangría) —Anoche me asaltaron en el parque.
