
Sakhmet restrepo viviana419@hotmail.com
Muñeca plástica
Por Sakhmet Restrepo
La tarde tenía un aire aromático, el viento parecía seda recorriendo el cuerpo, los colores de las nubes eran varios, la gama de azules realizaba una fiesta en su cielo, y el sol sólo observaba con impetuosa paciencia mientras sus rayos nos regalaban lágrimas doradas, ella abría sus manos para recibir la nostalgia de un atardecer, su piel blanca recordaba la belleza de una princesa en el dulce aire de su inocencia, sus ojos profundos y bellos como el mar que sueñan aquellos amantes del romanticismo fantástico, sus labios realizaban una proeza divina al saborear una manzana; allí estaba mirando absorta las formas creadas por su imaginación utilizando ese algodón que estaba encima de su cuerpo, y se dedicaba a pensar y analizar su propio entorno.
Ella tenia una figura agradable en la que se apreciaba sus curvas, no era demasiado delgada como para matar la lujuria de un hombre, estaba bien, demasiado bien. Era completa, bella e inteligente, con esa lucidez trágica que hace interesantes a muy pocas mujeres. Por lo menos eso era lo que reflejaba, yo siempre trataba de escucharla hablar con sus amistades, con su soledad, con su espejo, pero lastimosamente el sonido no llegaba a mi débil cuerpo, y nunca lograba descifrar sus labios moviéndose con una hermosura de otros mundos.
Un día mientras dormía después de una pesada comida, mi piel café oscuro se estremeció, estaba yo sobre una hoja del florero bien oculto a la visión humana, y sentí el estruendo, de verdad ¡me estremecí!, ¡me estremecí! ¿No les he dicho que era? era el bicho de la conciencia, no sé porque de este tamaño pequeño, de este color oscuro, de estos ojos certeros y brincones, en fin, un bicho cualquiera pero diferente a cualquiera. ¡Lero!
En fin dejo mi discurso ególatra, y continuo con lo que quería decir, ese día el estruendo fue motivo de que escuché por primera vez la voz de la muñeca de carne humana, ese día inició mi decepción, era una voz lindísima, juguetona y sexy, era genial una música tocada por ángeles invisibles que vivían en sus dientes, pero sus palabras fueron dagas a mi conciencia de lo único que estaba hecho y ¡ella me destrozaba!, ese día la conocí más (pensaría ella se conocía así misma).
Frente al espejo se miraba, tocaba, vestía, desvestía, hurgaba, era algo casi neurótico. Se sentó después de un rato a mirar algunos libros que por lo que pude notar era de cultura Griega, empezó a elogiar la belleza de aquellas mujeres, su cuerpo fértil, sus curvas abundantes, la blancura de su piel, el grosor de su espíritu, nada que ver decía con lo de hoy en día, esas muñecas plásticas que se hacen así mismas por medio de la venta de algo dizque bonito y socialmente aceptable, esas muñecas que son sólo hueso y la piel es un cuero mal administrado, esa belleza que es pan de cada día en un mundo que se desmorona de ignorancia. Ese era el mundo donde se podía ser sociable, afable y bien recibido. Yo le daba toda la razón, no podría ser más veraz en sus argumentos, me alegre de ser la conciencia de alguien tan consciente, por segundos largos tuve una satisfacción inexplicable si existiera dios le hubiera agradecido, pero en cambio me regalé a mi un buen chupito de tequila para celebrar.
Un día leí en su diario el inmenso amor que profesaba a Soledad, la señorita de la esquina que siempre iba con sus ojos melancólicos, ella tenía una belleza extraña, pero que atraía demasiado, aunque nunca andaba muy arreglada todos elogiaban sus proezas imaginarias, nunca estaba acompañada, sólo a veces se le veía con otra mujer de corte elegante pero triste, apáticas al resto del mundo, caminaban dentro de una burbuja que los demás temían, ellas excéntricas y señaladas por los moralistas. Las admiraba, soñaba con algún día ser tan valiente.
Pasaron días, horas, minutos, segundos y se despertaron el bicho y la muñeca inocente.
Ella se fue a tener un diario aburrimiento, un diario cumplimiento del deber de ser normal, ese día asistió a una fiesta, bailó canciones que odiaba con una sonrisa natural, habló con los que antes repudiaba, y me destruyó. Ese día se miro al espejo y se escupió, se vio fea, antinatural, no ganaría un concurso de belleza se decía, veía las demás chicas que si eran sociedad y veía , notaba la gran diferencia, y se entristeció de ser diferente, y empezó a cambiar de ideas, cada día se acercaba a lo que llaman belleza las pasarelas donde califican hombres homosexuales, perdón gays que odian a las mujeres, y se sentía aún frustrada por las pequeñas cosas que aún no la hacían parte del ejército de muñecas plásticas que al dar tanto en algunas partes y quitar de otras, se quedaban también sin inteligencia y su cerebro sólo se dedicaba a pudrirse. Luego llego Soledad, y empezó a dialogar con ella, esa noche comenzó su herejía matando sanguinariamente otras muñecas plásticas, elogiando lo que secretamente odiaba mataba con más crudeza lo que amaba.
Ese día yo su conciencia supe que jugaríamos de ahora en adelante hacer hipócritas. Ella pensó que nadie lo notaba, yo empecé a engañarme a mí misma, me decía conciencia estas confundida, ella se ama como es, pero no. Se había convertido en anoréxica.
Muñeca plástica
Por Sakhmet Restrepo
La tarde tenía un aire aromático, el viento parecía seda recorriendo el cuerpo, los colores de las nubes eran varios, la gama de azules realizaba una fiesta en su cielo, y el sol sólo observaba con impetuosa paciencia mientras sus rayos nos regalaban lágrimas doradas, ella abría sus manos para recibir la nostalgia de un atardecer, su piel blanca recordaba la belleza de una princesa en el dulce aire de su inocencia, sus ojos profundos y bellos como el mar que sueñan aquellos amantes del romanticismo fantástico, sus labios realizaban una proeza divina al saborear una manzana; allí estaba mirando absorta las formas creadas por su imaginación utilizando ese algodón que estaba encima de su cuerpo, y se dedicaba a pensar y analizar su propio entorno.
Ella tenia una figura agradable en la que se apreciaba sus curvas, no era demasiado delgada como para matar la lujuria de un hombre, estaba bien, demasiado bien. Era completa, bella e inteligente, con esa lucidez trágica que hace interesantes a muy pocas mujeres. Por lo menos eso era lo que reflejaba, yo siempre trataba de escucharla hablar con sus amistades, con su soledad, con su espejo, pero lastimosamente el sonido no llegaba a mi débil cuerpo, y nunca lograba descifrar sus labios moviéndose con una hermosura de otros mundos.
Un día mientras dormía después de una pesada comida, mi piel café oscuro se estremeció, estaba yo sobre una hoja del florero bien oculto a la visión humana, y sentí el estruendo, de verdad ¡me estremecí!, ¡me estremecí! ¿No les he dicho que era? era el bicho de la conciencia, no sé porque de este tamaño pequeño, de este color oscuro, de estos ojos certeros y brincones, en fin, un bicho cualquiera pero diferente a cualquiera. ¡Lero!
En fin dejo mi discurso ególatra, y continuo con lo que quería decir, ese día el estruendo fue motivo de que escuché por primera vez la voz de la muñeca de carne humana, ese día inició mi decepción, era una voz lindísima, juguetona y sexy, era genial una música tocada por ángeles invisibles que vivían en sus dientes, pero sus palabras fueron dagas a mi conciencia de lo único que estaba hecho y ¡ella me destrozaba!, ese día la conocí más (pensaría ella se conocía así misma).
Frente al espejo se miraba, tocaba, vestía, desvestía, hurgaba, era algo casi neurótico. Se sentó después de un rato a mirar algunos libros que por lo que pude notar era de cultura Griega, empezó a elogiar la belleza de aquellas mujeres, su cuerpo fértil, sus curvas abundantes, la blancura de su piel, el grosor de su espíritu, nada que ver decía con lo de hoy en día, esas muñecas plásticas que se hacen así mismas por medio de la venta de algo dizque bonito y socialmente aceptable, esas muñecas que son sólo hueso y la piel es un cuero mal administrado, esa belleza que es pan de cada día en un mundo que se desmorona de ignorancia. Ese era el mundo donde se podía ser sociable, afable y bien recibido. Yo le daba toda la razón, no podría ser más veraz en sus argumentos, me alegre de ser la conciencia de alguien tan consciente, por segundos largos tuve una satisfacción inexplicable si existiera dios le hubiera agradecido, pero en cambio me regalé a mi un buen chupito de tequila para celebrar.
Un día leí en su diario el inmenso amor que profesaba a Soledad, la señorita de la esquina que siempre iba con sus ojos melancólicos, ella tenía una belleza extraña, pero que atraía demasiado, aunque nunca andaba muy arreglada todos elogiaban sus proezas imaginarias, nunca estaba acompañada, sólo a veces se le veía con otra mujer de corte elegante pero triste, apáticas al resto del mundo, caminaban dentro de una burbuja que los demás temían, ellas excéntricas y señaladas por los moralistas. Las admiraba, soñaba con algún día ser tan valiente.
Pasaron días, horas, minutos, segundos y se despertaron el bicho y la muñeca inocente.
Ella se fue a tener un diario aburrimiento, un diario cumplimiento del deber de ser normal, ese día asistió a una fiesta, bailó canciones que odiaba con una sonrisa natural, habló con los que antes repudiaba, y me destruyó. Ese día se miro al espejo y se escupió, se vio fea, antinatural, no ganaría un concurso de belleza se decía, veía las demás chicas que si eran sociedad y veía , notaba la gran diferencia, y se entristeció de ser diferente, y empezó a cambiar de ideas, cada día se acercaba a lo que llaman belleza las pasarelas donde califican hombres homosexuales, perdón gays que odian a las mujeres, y se sentía aún frustrada por las pequeñas cosas que aún no la hacían parte del ejército de muñecas plásticas que al dar tanto en algunas partes y quitar de otras, se quedaban también sin inteligencia y su cerebro sólo se dedicaba a pudrirse. Luego llego Soledad, y empezó a dialogar con ella, esa noche comenzó su herejía matando sanguinariamente otras muñecas plásticas, elogiando lo que secretamente odiaba mataba con más crudeza lo que amaba.
Ese día yo su conciencia supe que jugaríamos de ahora en adelante hacer hipócritas. Ella pensó que nadie lo notaba, yo empecé a engañarme a mí misma, me decía conciencia estas confundida, ella se ama como es, pero no. Se había convertido en anoréxica.
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