samedi 26 décembre 2009

Delia DOMINGUEZ/Herradura de volcanes para Gonzalo ROJAS


Herradura de volcanes para Gonzalo Rojas
Por Delia Domínguez
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Reconocido este viernes con la Orden al Mérito Gabriela Mistral en el Grado máximo de Gran Oficial, el autor de Al silencio, Qué se ama cuando se ama y Qedeshím Qedeshóth celebra hoy sus "primeros 93" años.

La geografía aquí se pone insolente y desordenada (paralelo 40 Sur, hasta que la muerte nos separe) como la visión de lo divino que no conoce límites, que empuja al cristiano fuera del margen establecido y lo hace andar al borde de la quebrazón de huesos o de la cerrazón de sesos como si nada, nada más que ahí, sujeto por la tira del ombligo a su razón de ser. Y esa razón de ser, Gonzalo Rojas, me remite a la milagrosa fidelidad de tu memoria cósmica que enciende lámparas en la noche mineral de Lebu con electricidad a carbón, con magnetos y pilas a carbón, como si la combustión que te agarró ese diciembre de 1917 fuera inapagable per saecula saeculorum .

Y como trajinamos entre cortes de lengua española, mapuche y alemana sancochadas en la hoya de los grandes lagos, resulta que, desembocamos en una identidad mestiza muy reforzada de cabeza para que "no se ofenda el cerebro de atrás con las agachadas del destino" -como dice la señora de Rupanco-. Entonces, yo aquí mirando el paisaje de frente que es la llanura de puros pastos, o mirando el paisaje de espaldas que es la llanura de puros pastos, pienso en tus primeros noventa y tres, como quien dice, en la primera nidada que repite la vida, en todas las edades empollando a partir del respiro nato, y eso es lo que pasa contigo, Rojas Gonzalo, con tu salto mortal cuando te largaste de cabeza desde el muelle de fierro al mar océano de Arauco: "Los poetas son niños en crecimiento tenaz", dijiste muy suelto de cuerpo, y sigues hilando estrofas que se van amontonando en tu registro biográfico tan difícil y fácil, tan subversivo, y errante de países escritos o callados.

Hoy, sin otra mira que acompañarte en el acorde que une el Antiguo Testamento con el Nuevo de sepa Dios qué cosas, cuando Chile re-conoce la gloria con que alzas el idioma, el endecasílabo desbordado por el linaje andino, sospecho que el mejor regalo de cumpleaños para alguien que escribe en el viento es una herradura de volcanes. Y como la tengo a una cuarta de mis ojos y de las caballerizas que conoces, con la "Ocurrencia" comiendo zanahorias, te la mando por mano, de persona a persona; o sea, con entregadura física y metafísica para que las bellezas telúricas se den por aludidas, se despeinen, y respondan con fuegos naturales (jamás artificiales) y se arme la zalagarda a la antigua con noches manuscritas a pluma y amores al relámpago, con miedo... el miedo es bueno de repente, afina el piano, prepara.

Y más aún, está parada en las faldas volcánicas amarrada con nudo ciego para vivir entre la coherencia y la incoherencia; es decir, en el limbo de la tembladera terrestre donde vienen a chocar los cuatro puntos cardinales, como si el país tuviera un imán -¿quién dice que no lo tiene?- correspondiente al hecho estético y poético de los nacidos y criados en la fenomenología de la interpretación de lo que no se sabe o se olfatea. Porque la herradura tiene una doble lectura: nunca se precisa si el humano amanece debajo o encima de la paciencia de Dios. Y esa es cuestión de fondo, de Aristotelia chilensis . De fe y fuerzas silvestres chupadas en la teta de estas cordilleras australes donde veo y creo sin ser Santo Tomás. Y porque veo y creo a ojos cerrados, te nombro los volcanes que ahora serán tuyos. Para no confundirnos y mirando de norte a sur: el Antillanca, Puntiagudo y Tronador, el Osorno y el Calbuco.

Y para que nadie ande perdido de brújula, de alturas, o de las propiedades curativas de la zona (aire transparente, oxígeno contra la tos de perro, asma y pulmonía), para que otro, ni siquiera Malcom Lowry se sienta el dueño de la fiesta con los mariachis de Tecatitlán y todo porque, con el permiso suyo, aquí también se dan mariachis bajo el volcán, por ejemplo los Charros de Lumaco, que están por pasar de casete a CD, para que nadie, insisto, venga a disputarte la vista limpia del paisaje con guitarras voladoras, con cruces rotas, o sea, con canto y llanto en la caja respiratoria; te escribo esta tarjeta casi oral, casi objetiva, para que veas que la poesía no ha jurado su santo nombre en vano.

En fin, tú que has restituido la hazaña de vivir una reniñez de noventa para arriba y para abajo, equilibrado entre lo existencial y lo fantasmal como todo creador que (no) sabe lo que hace, que has tenido visiones a lo Holderlin, a lo Rimbaud, a lo Vallejo y Octavio Paz, tu hermano "un fundador estricto", y más cerca aún, re-visiones a lo de Rokha, a lo Huidobro en carta pública.

Por eso, Gonzalo Rojas, es bueno saberse las naturalezas, las afinidades: ver debajo del agua como los salmones y los patos silvestres y, juntos, darle cuerda al reloj que mide lo que no se puede medir, salvo el ritmo endemoniado de la nuestra respiración, la resonancia acústica que rebota en los vidrios para sacar la cuenta, ¿qué cuenta?, la del tiempo justo. No otra.

Así es que no sumemos ni restemos, quedémonos aquí en la imantación del sur, en el enigma de la herradura que tiene ocho clavos porque, según las viejas sabidurías mesoamericanas, el ocho acostado representa el infinito.

Articulo:
http://diario.elmercurio.com 20/12/2009