samedi 5 décembre 2009

Jordi GRACIA/Critica: Los libros de Francisco CASAVELLA


CRÍTICA: LOS LIBROS DE LA SEMANA Francisco Casavella
Elevación, elegancia y entusiasmo. Artículos y ensayos (1984-2008) - El día del Watusi

Sobre la vocación
Por Jordi GRACIA

Los textos en torno a la literatura vibrantemente pensada, casi padecida, sobresalen en la obra ensayística que Francisco Casavella escribió durante 25 años. Una nueva edición de la novela El día del Watusi incluye correcciones del autor

Desde El triunfo, que apareció hace veinte años, Francisco Casavella no se ha ido de la memoria porque aquél fue un relato sin concesiones a la circunspección democrática, o a los ensimismamientos sentimentales de otros jóvenes narradores y desde luego a nadie se le hubiese ocurrido llamarlo angloaburrido. Era una estirpe literaria conocida y nacía de la intuición de la calle y del oído con una habilidad muy experta para adoptar las voces de otros -el golferío del Raval barcelonés cuando no se llamaba Raval-, que por lo demás eran muy cercanas a la biografía de Francisco García Hortelano (que era el nombre real del autor). Alguno pudo pensar que era la deriva que tomaba la novela social en democracia después de la novela de detectives, pero no era eso: era la primera estampida de un escritor vocacional y compulsivo que había de llevarle, por convicción y por pasión, a narrar veinticinco años de democracia en una novela de mil páginas titulada El día del Watusi (2002- 2003) y publicada en tres entregas por razones editoriales. Hoy está reeditada en Círculo de Lectores, en DeBolsillo y en Destino en un solo volumen, como quiso él y dedicado tan limpiamente "A María. Porque éste no es un trabajo de amor perdido". Es una frase ambigua pero me quedo con uno de sus sentidos más directos: la fe del escritor y la convicción en el oficio han rematado un trabajo que se entrega entero y acabado. Cumple además con un sueño de juventud -que aparece mencionado en más de uno de sus artículos-: crear el mismo simulacro de mundo vivido integralmente que él ha vivido tantas veces como lector de novelas extensas, majestuosas, interminables y absorbentes.

El día del Watusi reúne esos requisitos y muchas de las razones de esa entrega a la lectura y la literatura (y la música y el cine, coprotagonistas de su vida) están casi exageradamente presentes en las mil páginas de artículos que su amigo Jordi Costa ha reunido ahora. El proyecto nació antes de la muerte del autor en 2008, con 45 años, pero es improbable que en su origen el propósito fuese reunir la totalidad de su obra de no ficción, como la llama Costa, aunque tantas veces las crónicas y algunos artículos jueguen con mecanismos de la ficción. Su muerte debió precipitar (no lo sé) la decisión de reunir estas mil páginas que hoy resultan excesivas por una razón, y es que diluyen lo mejor del autor en un mar de articulismo que no siempre tiene gracia, que a menudo es inmaduro, que estilísticamente es más pobre o raso de lo que merecía un tomo de esta naturaleza (y en esta colección).

Lo que cuenta sin embargo es lo que está tan cerca de él que casi da apuro: lo mejor me parece sin duda los trabajos más profesionales y recientes, de la última década, en torno a la literatura vibrantemente pensada, casi padecida. Muchas de sus reseñas aparecieron en este Babelia y ahora se leen junto a otros trabajos más reposados, como algunos prólogos, algunas conferencias y textos de alguna regular extensión. Hay una conferencia particularmente valiosa en torno al cine americano de los últimos cuarenta años y su trasfondo sociocultural y político. La conferencia es por supuesto imposible de hacer, y por eso mismo el resultado es un ensayo excelente a partir de unas cuantas películas clásicas, pero también algunos títulos tan potentes como Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy, o La mancha humana, de Philip Roth.

En los comentarios literarios más que en la crítica cultural es donde brota el ansia de inteligencia literaria del novelista: sobre el mundo de Saul Bellow o sobre su pasión integral por Pío Baroja, o cuando casi se atraganta de entusiasmo con Respiración artificial, de Ricardo Piglia, asombrado de que se edite en España veinte años después de publicarse en Argentina. Y ahí es también donde recuerda con intención, y frente a la escandalera por el pasado nazi del adolescente Günter Grass, que fue y sigue siendo el autor de El tambor de hojalata. La última sección del volumen se reserva para alguna entrevista y sobre todo una conferencia sobre sí mismo como escritor, una suerte de autobiografía comprimida donde reaparece una cierta franqueza desarmante, o una suerte de ingenuidad directa, dispuesta a esquivar a cualquier precio la menor pomposidad o solemnidad, incluso exagerando lo contrario. Hay algo barojiano, quizá sí, porque hay un escudo moral en la decisión de llevar en la cartera durante diez años la fotografía en que Lara le entrega un cheque a un viejo Baroja medio atónito. Pero también hay mucho de inocencia y vocación en mirar el mundo social de la transición, incluido el de la literatura, sin integrarse en él, sin que cuenten con él o, cuando menos, sin que lo parezca demasiado. Y sin embargo el asunto de fondo siempre fue otro, y estaba desde el principio: "Yo busco una vía de conocimiento a través de la ficción para reflejar después esa búsqueda en un lenguaje que se pretende elástico, duro y hermoso".


Artículo de Francisco Casavella del libro 'Elevación elegancia y entusiasmo'

EL GENIO SIN PÁRPADOS

Hace unos meses, me llegó por correo un libro cuya lectura debo calificar como muy provechosa. El volumen se titula Hercólubus o planeta rojo y el autor responde al nombre de V. M. Rabolú (quizá sea seudónimo). El contenido del libro es alarmante: dentro de muy poco, el planeta Hercólubus, varias veces mayor que Júpiter, chocará contra la Tierra. De ese impacto no habrán de salvarse ni la Naturaleza ni la Civilización.

Supongo que el asunto queda claro. El modo en que la prosa raboluiana se ajusta al fondo también es inapelable. El estilo del autor es muy personal, directo, sin fintas retóricas. Cito textualmente:
Los terrícolas creen que es un juguete y realmente es el principio del fin del planeta Tierra; ya llegó. Esto lo saben los demás mundos de nuestro sistema solar y hay gran afán de ellos por prestarnos una ayuda para evitar el cataclismo, pero nadie podrá detenerlo porque éste es el castigo que merecemos, para acabar con tanta maldad.

Aunque abunda, no todo es aviso de Apocalipsis en la obra. Ante las mentiras y los simulacros del poder («He visto películas, revistas de señores gringos, queriendo tapar la luz del sol con un dedo y se equivocaron, porque a mí no me tapan la vista»), el señor Rabolú, con vigor pero sin saña, nos impone lo evidente de su experiencia. ¿Por qué sabe todo esto Rabolú? Porque ha estado en Venus y Marte con su Cuerpo Astral, y marcianos y venusianos le han informado claramente sobre el futuro acontecimiento. ¿Existe, por tanto, en Venus y Marte, no sólo vida, sino una civilización muy superior a la terrestre? Pues sí. Rabolú ha compartido el alimento con sus habitantes, ha estudiado sus costumbres, se ha instruido y ahora nos comunica el resultado de una experiencia inédita. Tras la lectura de Hercólubus, se concluye que la sociedad venusiana es muy avanzada. Los habitantes de Venus rondan el metro cuarenta y son idénticos en belleza física. Citando de nuevo al autor: «Allá no se ven monstruos como aquí». Los venusianos poseen gran inteligencia, pueden comunicarse en cualquier lengua y su potencial bélico, pese a ser muy capaz, está dominado por una inabarcable bonhomía. Tampoco hacen chanza del extranjero o del diferente («Ellos no son como nosotros, que nos amontonamos a criticar a una persona que tenga un defecto físico»). Aunque al autor se le escapa informarnos sobre la duración de un día, nos dice que los venusianos trabajan dos horas diarias. No existe la fornicación, sino la Transmutación de Energía. No hay homosexualidad y quizá por ello no hay moda. Es interesante la descripción de los hábitos indumentarios: Cuando quieren cambiarse llegan a un almacén y de una vez le pasan la ropa y el calzado. Ahí mismo pueden apretar un botón en la pared y se forma un cuarto oscuro, donde se cambia y se baña, si quiere; apretando otro botón sale el chorro de agua. Enseguida entrega la ropa que se acaba de quitar, para que pase por una limpieza especial. No hay distinción en la ropa ni en el calzado; es uniforme para todos.

Las descripciones referidas a urbanismo, construcción, agricultura o medio ambiente podrían tomarse como utópicas, o quizás antiutópicas, si no se resaltara un penetrante detalle acerca de la autoridad y el libre albedrío: No existen los permisos. Que me den permiso para irme a otro planeta. No. Allí cada venusiano puede coger una nave de la estación donde está para ir donde quiera, sea otro planeta u otras galaxias, sin consultarle a nadie; hay libertad en todo. Hercólubus no es una isla en medio del océano en cuanto a profecías apocalípticas; pero el lector estará de acuerdo en que como libro de viajes no tiene igual en estos días de información extrema, de indiferencia, de fatua incapacidad para la sorpresa.

En los inicios del siglo XVIII, el panorama resultaba muy distinto. Eran muchos los viajeros que, a su regreso de zonas remotas, se apresuraban a dejar por escrito el testimonio de las maravillas que habían desfilado ante su mirada atónita. Por lo general, muchos de esos informes eran fraudulentos, o se les suponía exagerado, dada la condición misma del viajero, cuyo valor social se equiparaba al del tramposo, el ladrón o el poeta. Tanta era la farsa, que el deán de Saint Patrick, en Dublín, se vio obligado a suscribir la idea común con esta afirmación: Yo sería ferviente partidario de que se formulara una ley en virtud de la cual se obligase a jurar solemnemente a cada viajero delante del Lord Canciller que todo lo que pensaba publicar sería, salvo error involuntario, cierto. De este modo no sufriría el público engaño ninguno, como suele ocurrir ahora cuando algunos escritores, para difundir mejor sus obras, propalan entre sus más descuidados lectores las más burdas falsedades.

Ese severo deán se llamaba Jonathan Swift, y sus palabras cierran el cuarto libro de los relatos viajeros de Lemuel Gulliver (el verbo «to gully» en inglés significa «embaucar »). Un libro de viajes que, sin duda, se proponía acabar de una vez por todas con los libros de viajes. O, al menos, sugerir que las conclusiones sobre la condición humana se pueden extraer tan sólo con capacidad de observación y un viaje no mayor al giro de trescientos sesenta grados sobre uno mismo.

Aunque parezca aberración, aseguro que Hercólubus y Los viajes de Gulliver son ejemplos distintos de un mismo género. Hasta se podría afirmar que sus autores muestran un talante común: no soportan lo excrementicio de la humanidad. Ese cariz inaguantable nace del resentimiento, de la dificultad para gozar el espesor de la vida. Los placeres y las emociones no se ven más que como impulsos estúpidos, repugnantes y egoístas. Pueden ser calificados de estúpidos porque sus autores los ven como repugnantes. Se califican de egoístas porque la mirada del que escribe contagia a la humanidad de su propio egoísmo. Que lectores de distinta condición se identifiquen y amparen en esa visión negativa no modifica el origen de la misma. La gente como Rabolú o Swift abunda, y su compañía no gusta, porque, mientras se amargan, amargan.

Desde luego, mucho separa a Rabolú de Swift. Nada sabemos del primero. De Swift nos constan un mayor número de datos. Nacido en Dublín en 1667, fue estudiante en el Trinity College y en la Universidad de Oxford. En 1695, fue ordenado pastor de la rama irlandesa de la Iglesia anglicana y ejerció como deán en Saint Patrick. Mantuvo una especial amistad amorosa con dos muchachas a quienes llamaba «Stella» y «Vanessa», acrónimos de sus nombres verdaderos que el tiempo ha convertido en familiares. Algunos dicen que fue un hombre, en general, bueno. Hay quienes aseguran que fue un misántropo reaccionario, quisquilloso e inaguantable. En los últimos años de su vida perdió la cabeza. En su epitafio latino puede leerse: «Ubi Saeva Indignatio /Ulterior /Cor Lacerare Nequit». Donde la fiera cólera no puede lacerar ya el corazón. La distancia entre nuestro contemporáneo Rabolú y el clásico Swift se hace galáctica en el punto definitivo. Rabolú, aunque le supongamos infeliz, cándido y utópico, no es consciente de su trastorno y carece, además, de inteligencia, cultura, talento y sentido del humor. Swift era demasiado inteligente, poseía una cultura espléndida, un talento supremo para la prosa y, por encima de todo ello, un sentido del humor exquisito y salvaje a un tiempo. Hasta que se volvió definitivamente loco, Swift fue muy consciente de su trastorno, de la grieta implacable que le separaba de las grandes miserias y pequeñas retribuciones de la vida, esa mirada sin párpados que no deja de contemplar la misma verdad: la insignificancia de lo humano, lo ridículo de lo humano, lo atroz, lo cruel, de lo humano. En Los viajes de Gulliver, Swift hizo uso de la alegoría humorística para enmascarar la lúcida penetración que, bien empleada, es un faro para el lector atento. Su otra arma, usada sin piedad tanto en Gulliver como en sus otros escritos, es la sátira. Ahí era un maestro.

En este volumen se recogen aforismos extraídos de sus obras más conocidas, los Viajes, el Cuento de una barrica o la Batalla de los libros, donde se evidencia que, desgajadas de su línea natural de argumentación o de su entorno narrativo, las sentencias de Swift deben mucho a su admirado La Rochefoucauld. Sin embargo, el lector acordará que el estilo de éste, muy allegado a los juegos de salón, a la intriga y al dardo cortesano, tiene más de artificioso que la sabiduría que semana de la herida abierta del autor irlandés. El humor de Swift es a veces para nadie y, otras veces, es sólo mal humor, pero el genio se reconoce en cuanto se compara la amplia visión y la franqueza swiftianas, aun en su caricaturesco estilo de falsa gravedad científica, con el floreo epigramático del noble francés. De entre las sátiras de Swift se ha destacado siempre el panfleto «Humilde propuesta». Si hay algún lector que no conozca en qué consiste tal propuesta, dejaré que la descubra por sí mismo. Pero es inevitable mencionar que, en unas pocas páginas, y con humor, tal como decía más arriba, salvaje y exquisito (y el segundo adjetivo no va con segundas) Swift pasa revista a todos los males de Irlanda, a su abandono, al mal gobierno, a la tiranía inglesa y a la corrupción de todos los estamentos sociales, excepción hecha de la iglesia a la que pertenecía. Añadiré que uno no puede dejar de reír y de sentir lástima con esas ráfagas continuas de humor negro. Y de algo estoy seguro: hoy, seis de abril de 2004, cuando escribo estas líneas en un lugar que evito mencionar no sea que Rabolú venga en mi busca, ningún órgano de la prensa escrita, ninguna radio y ninguna televisión publicarían nada semejante como comentario a la actualidad del propio país o de país alguno. Y no es que se hayan evitado los problemas que ahí se señalan, sino que la autoridad no supone al lector, al oyente o al televidente un potencial mínimo para captar la ironía que a ella también se le escapa por entre las garras del poder. Quiero decir con eso que muchos interpretarían a Swift al pie de la letra. Y dos gremios en particular, también retratados por Swift en textos aquí recogidos, utilizarían esa mala lectura para sus propios fines, conscientes o no de su aberración interpretativa. Me refiero a los políticos y a los críticos. Uno de los propósitos de la sátira es ridiculizar mediante la burla, y una de sus consecuencias indirectas, la que multiplica su efecto, es que el satirizado no se reconozca en la sátira a menos que el título sea «A los políticos» o «A los críticos ». Y ni aun así, porque la víctima no tardará en incluirse en las excepciones que el autor menciona vagamente para salvar la cabeza en caso de represalia. Porque ser diana consciente de una pulla de Swift no es agradable. Eso es lo que me ha ocurrido, cuando en pleno disfrute de la masacre que el autor perpetraba contra el gremio crítico, y veía ratificar la convicción de que, y ahora fíjense bien, por regla general, los críticos consiguen que «arrogante » no sólo rime con «ignorante», sino que ambos términos compongan un todo afín y magnífico, mis cejas saltaron hasta la frente, porque Swift destacaba de entre la infame caterva crítica al subgremio de prologuistas.

Apercibido pues, distinguido lector, saludo y me retiro.

Elevación, elegancia y entusiasmo. Artículos y ensayos (1984-2008)
Francisco Casavella
Prólogo de Jordi Costa
Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores
Barcelona, 2009
1.009 páginas. 35 euros

El día del Watusi
Francisco Casavella
Destino. Barcelona, 2009
1.184 páginas. 28 euros

Articulo:
http://www.elpais.com 05/12/2009