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GOMBROWICZIDAS
Witold GOMBROWICZ, el Crimen & la Culpa
Por Juan Carlos GÓMEZ
Había dos asuntos que Gombrowicz distinguía muy especialmente en sus rituales: el placer que le proporcionaba la comida y el miedo a ser asesinado. Comía con buen apetito, de una manera disciplinada y ceremoniosa y se negaba sistemáticamente a compartir su habitación con nadie por temor al crimen, por miedo a que lo estrangularan. La sola proximidad a la habitación donde dormía despertaba en Gombrowicz la idea del asesinato.
“Mi apartamento también está cargado de sueño; para llegar a mi habitación tengo que pasar por delante de cinco puertas detrás de las cuales anida el sueño, primero la de Roberto (estudiante argentino) y la de Herr Klug (comerciante), después la de Don Eugenio, que es ruso y trabaja en el puerto, la de Basilio, que es un rumano, y la de Arana, argentino y empleado. Duermen o no duermen (...)”
“Hay que avanzar con cuidado a través de esta densidad humana y respetar el descanso que yo no conozco... Yo no conozco aquí nada ni nadie, mis conversaciones con ellos se limitan a ¿qué tal? y, tiempo loco; el viejecito que hasta hace poco vivía en la habitación de Arana me abordó un día para preguntarme si no quería comprarle su cama de cobre, y una semana más tarde murió (...)”
“Nuestra discreción es irreprochable, es impensable llorarle las penas a otro, gritar o gemir, sólo de vez en cuando, por la noche, se levanta el fantasma de un quejido que sobrevuela la labor de las respiraciones. Cada uno consume su vida como un bistec en un plato individual, una mesa individual. ¿Actúo a la ligera no cerrando la puerta con llave por la noche? (...)”
“¿Quién puede asegurar que de esa maraña de destinos no surja un crimen? No. La repugnante discreción nacida del convencimiento de que uno no es para el otro más que abominación, aburrimiento y fastidio, este pudor que obliga a evitar el acercamiento, me protege mejor que unos cerrojos ingleses. Puedo dormir tranquilo. No matarán. Les falta valor para acercarse”
El criminal se presenta a la conciencia de los otros como una representación cuyo contenido es la condena. La propia conciencia del criminal, en cambio, es una nebulosa, de ella no nace ninguna culpa. Pero, por el movimiento de la forma, los otros empiezan a actuar sobre esa nebulosa, de a poco le van definiendo una naturaleza y una función a su conciencia caótica.
Los otros le ponen como naturaleza la de criminal y como función la culpa. El criminal se ve con los ojos de los otros. Cuando su conciencia caótica se le va transformando por la intervención del grupo en una conciencia culpable, recién entonces se empieza a comportar como culpable. El criminal siente que esa conciencia no es suya, pero la modificación de su comportamiento es para los otros una representación cuyo contenido es la criminalidad.
En este juego de espejos, en este ida y vuelta, las imágenes de las representaciones son cada vez más intensas y la función de culpabilidad se le hace irresistible. Cualquier sentimiento de culpa se puede eliminar o mitigar eliminando el crimen que le da origen, eliminado al alguien o al algo que nos lo hace recordar, o eliminándonos a nosotros mismos, siendo estas últimas formas demasiado drásticas pues hay que prepararse para el suicidio o para cometer nuevos crímenes más graves aún que los originales.
Por suerte, tanto el suicidio como los nuevos crímenes tienen unos representantes más diplomáticos y pacíficos: el castigo que podemos infringirnos a nosotros mismos o el castigo que podemos infringir a los demás. Mientras Kafka se puso sobre los hombros todos los crímenes y las culpas del mundo podríamos decir que Gombrowicz hizo todo lo posible por quedar libre de culpa y cargo.
“Yo era culpable, abominable e intolerablemente culpable, sin causa y sin motivo... Yo no sabía en realidad en qué consistía mi pecado, pero la ignorancia no impedía que fuera presa de un intenso sentimiento de culpa... Un día escribí una carta de súplica al desconocido autor de mis sufrimientos, al Acusador, para pedirle que me dijera qué crimen había cometido, pero no supe adónde enviarla y la destruí”
El sometimiento de un hombre a un juicio surgido de la convivencia humana sin preguntar siquiera si ese juicio es justo o no es una consecuencia que saca Gombrowicz de su convicción espontánea de que el hombre es inocente por naturaleza. Esta convicción la podemos deducir del comportamiento de los personajes en toda su obra para un rango que cubre las oscilaciones que van desde el amor al crimen.
En el año 1929 Gombrowicz escribe “Crimen premeditado”. Era la época de su práctica no rentada en los Tribunales de Varsovia, trabajaba en el despacho de un juez de instrucción en el que tuvo la ocasión de tratar con un hampa de diversas clases. Gombrowicz tenía la convicción absoluta de la inocencia del hombre, de que el hombre era inocente por naturaleza, no era una convicción que dedujera de alguna filosofía sino un sentimiento espontáneo que no podía combatir.
Esta convicción lo predispuso al disparate y al absurdo y nada le satisfacía más que ver nacer bajo su pluma una escena verdaderamente loca y ajena a los estándares del razonamiento común, una irracionalidad que, sin embargo, estaba sólidamente establecida dentro de su propia lógica. Sus primeras tentativas literarias manifestaban, y él se daba cuenta de eso, una fuerte oposición rebelde y universal.
Lo devoraba una rabia sorda contra todo lo que le facilitaba la existencia: el dinero, el origen, los estudios, las relaciones, todo aquello que, en fin, hacía de él un sibarita y un holgazán. Es evidente la relación que existe entre el asunto de “Crimen premeditado” y su actividad profesional. El juez le entregaba expedientes con la investigación policial preliminar, lo distinguía con los asuntos interesantes porque sabía jugar al ajedrez.
Trataba con locos, asistía a autopsias, pudiera parecer entonces que Gombrowicz debiera haber sacado enseñanzas importantes del contacto con la miseria y con el crimen, pero no fue así. Los Tribunales de Varsovia llegaron a ser para Gombrowicz una especie de agujero negro por el penetraba en la miseria de la existencia. Pero los jueces y los abogados, aunque mejores que los propietarios terratenientes, se hallaban lejos de la perfección, ellos también eran caricaturas.
La vida miserable deformaba al proletariado, las comodidades y el ocio deformaban a los terratenientes, pero esa intelligentsia urbana de los jueces y los abogados también estaba desfigurada por su modo de vivir. Había que destruir esa forma, había que imponer otra que permitiera a la superioridad acercarse a la inferioridad para establecer con ella una relación creativa, una empresa que emprendió Gombrowicz con un resultado que aún después de tanto tiempo ha quedado abierto.
Las relaciones entre el crimen, la culpa y la condena son asuntos que Gombrowicz desarrolla magistralmente en “Crimen premeditado”. De la casa de Ignacio K. solicitaron la ayuda de un juez para resolver un problema patrimonial. El funcionario llegó a la noche, lo atacaron los perros y tuvo que meterse de apuro en el coche. Finalmente pudo anunciarse como el juez de instrucción H. y manifestar el deseo de verse con el señor K.
El joven Antonio lo hizo pasar y le dijo que era hijo del anfitrión. Su hermana Cecilia, que los esperaba en una sala pequeña, con excepción de una cara bonita, pertenecía a la clase de las jóvenes carentes de reacciones, indiferentes y despistadas. Le dieron la bienvenida, estaban temerosos, pero no se sabía de qué tenían miedo. El juez preguntó si el señor K se hallaba en casa y los hermanos respondieron afirmativamente.
La cena fue sombría, el apetito del hambriento juez resultaba extraño tanto a los hermanos como a Esteban, un criado. Cuando terminaron de cenar entró la madre, la señora K., se sentó sin pronunciar palabra, miró con severidad al juez y después de unos minutos le comentó que quizás estuviera molesto por haber hecho un viaje sin sentido puesto que su esposo había fallecido anoche.
El juez muy sorprendido le dio las condolencias y balbuceó algo referente al respeto y aprecio que siempre había tenido por el difunto. Como el visitante estaba acostumbrado a los cadáveres provenientes de los asesinatos, en vez de pedir permiso para ver al difunto, lo pidió para ver el cadáver, una palabra que produjo un efecto desafortunado, la viuda rompió a llorar y le tendió una mano que el juez besó con humildad.
El protagonista permaneció allí, mirando sus manos temblorosas sin que se le ocurriera nada, sintiendo que su situación a cada minuto se volvía más embarazosa. La señora lo acompañó a ver a Ignacio. Mientras subían al piso superior le comentaba que fue un golpe terrible, que los hijos estaban aturdidos y no decían nada, que Antonio estaba disgustado con ella porque le temblaban las manos, que su hijo no debería haber tocado el cuerpo y esperaba que no enfermara por haberlo tocado.
Sin embargo, algo se tenía que hacer, hubo que arreglarlo, la viuda estaba preocupada porque Antonio no había llorado en ningún momento, que ella le rogaba al cielo para que pudiera llorar. Cuando la viuda abrió la puerta el juez se arrodilló e inclinó la cabeza sobre el pecho, el muerto estaba en la cama tal como había fallecido.
Su cara azul e hinchada indicaba la muerte por asfixia, muy común en los ataques al corazón. El juez se persignó, rezó una plegaria e hizo un comentario sobre la nobleza de los rasgos del difunto Se volvió a arrodillar otra vez a dos pasos de un cadáver que no tenía derecho a tocar. Desde su llegada todo lo que había hecho le resultaba falso y pretencioso, como la representación de un actor mediocre.
Cuando por fin se halló en su habitación se sacó el cuello y lo arrojó al piso para pisotearlo, estaba furioso, sentía que lo estaban poniendo en ridículo, que aquella mujer malvada había preparado todo muy hábilmente. Le exigía que le rinda homenaje, que le bese las manos, que tenga sentimientos. Le daba rabia que no hubieran tenido en cuenta su carácter de juez de instrucción, y que en la casa había un cadáver, y que una cosa estaba relacionada con la otra, un huésped que accidentalmente resulta ser un juez de instrucción al que no le envían el coche y se resisten a abrirle la puerta.
A alguien le molestaba su presencia, lo obligaban a arrodillarse y a besar manos con el pretexto de que el finado había muerto de muerte natural. Había algo irregular en todo eso. Echó mano a toda su agudeza y empezó a establecer la cadena de hechos, a construir silogismos, a seguir los hilos y a buscar pruebas.
A la mañana siguiente se puso a hablar con el otro criado, le confirmó que Ignacio había muerto en la habitación de arriba, también le dijo que Esteban dormía con el mayordomo en un cuarto junto a la cocina, y que él dormía en la despensa, que la señora dormía con el señor pero una semana antes de la muerte se había mudado al cuarto de la hija, y que Antonio dormía en la planta baja junto al comedor. Le resultó extraño lo de la mudanza de la esposa pero se propuso no sacar conclusiones apresuradas.
Cuando la viuda le preguntó si ya se iba le respondió que le gustaría quedarse un poco más. La viuda murmuró algo sobre el traslado del cadáver y le preguntó con poca convicción si estaría presente en el funeral. El juez le respondió que sí, que era un gran honor para él estar presente y le pidió permiso para ver el cadáver otra vez. A juzgar por las evidencias el hombre había muerto de muerte natural, sin embargo, se acercó al lecho y tocó el cuello del cadáver con un dedo.
La viuda se alarmó pero el juez siguió revisando el cuello y examinado toda la habitación, escrupulosamente. Lo único que desentonaba en el conjunto era una enorme cucaracha muerta. Finalmente se decide y le pregunta a la viuda por qué se había mudado a la habitación de la hija, le responde ofendida que porque su hijo se lo había recomendado, para que Ignacio tuviera más aire pues ya se había estado asfixiando durante todo una noche.
La mujer está preocupada, el juez le pide que no trasladen el cadáver hasta el día siguiente, ella se yergue, lo desafía con la mirada y abandona la habitación. Pero, nada, sólo la cucaracha aplastada junto al tocador, es como si el cadáver, contemplando el cielo, estuviera diciendo que había muerto de un ataque cardíaco. El juez salió de su habitación para dar un paseo alrededor de la casa. Cuando entró al comedor Cecilia y Antonio se alejaron rápidamente mientras los sirvientes preparaban la mesa para el almuerzo.
La señora estaba aterrorizada y le preguntó a la hija si el juez ya se había ido, no comprendía qué andaba buscando, que Antonio no lo iba a tolerar porque estaba cometiendo una injuria. Cuando el juez le pregunta a Antonio si lo quería al padre, le responde que lo quería bastante y que el día de la muerte había dormido en su habitación de la planta baja.
Mientras se lavaba las manos en su cuarto entró el mismo criado de la mañana para preguntarle si necesitaba algo. Le contó que la noche de la muerte del señor Ignacio, Antonio lo había encerrado con llave en la despensa, no estaba dormido a pesar de que era la medianoche y lo había escuchado, le pidió al juez que no lo comentara.
Pero si en el tribunal le hubieran preguntado al juez en qué se basaba para afirmar que ese hombre había sido asesinado, tendría que haber respondido, que en el comportamiento extraño del hijo, en que todos se comportaban como si lo hubieran asesinado aunque la autopsia hubiera demostrado que había muerto de un ataque cardíaco. En la mesa el juez se mandó una larga perorata sobre la naturaleza del crimen, el crimen real lo comete siempre el espíritu, los detalles son las formalidades médicas y judiciales, los detalles son externos.
De pronto, la viuda, pálida como la muerte, arrojó su servilleta y, con las manos más temblorosas que de costumbre, se levantó de la mesa exclamando que era un malvado. El juez le dice que si él era un malvado que le explicara entonces por qué habían cerrado la puerta con llave, pensando en la puerta de la despensa, la noche de la muerte de Ignacio. Cecilia dice que fue ella, la madre aclara que ella se lo ordenó, pero se referían a la puerta del cuarto de ellas.
Antonio manifestó que no podía decir porque había cerrado la puerta y abandonó el comedor. El juez pensó que el cadáver debía haberle preocupado a esa banda de asesinos. A la medianoche Antonio golpeó su puerta y lo hizo entrar, el joven le dijo que o se iba inmediatamente de la casa o le hablaba con claridad.
El juez se decide y le dice que está pensando que su padre había sido estrangulado. Se ponen a reflexionar entre los dos y concluyen que nadie pudo haber entrado a la casa desde afuera así que sólo existían seis sospechosos, tres de la familia y tres de la servidumbre. Pero el paso de los sirvientes había sido cerrado por Antonio que no sabía por qué lo había hecho.
Como la madre y la hermana también habían cerrado la puerta de su cuarto sin saber por qué, el único sospechosos que quedaba era Antonio, y otra cuestión que lo volvía sospechoso es que no había llorado, y que se sentía feliz por la muerte de su padre. Pero nadie había estado en el cuarto de Ignacio porque Antonio, no sólo había cerrado la puerta de la despensa, sino también la de su propia habitación.
Antonio murmuraba que como todos temían que el padre se muriera, posiblemente por miedo y por pudor, se habían encerrado con llave, porque todos querían que Ignacio resolviera por su cuenta sus asuntos. Cuando el juez se volvió a preguntar quién lo habría hecho entonces, Antonio se quebró y le respondió que había sido él, que lo había hecho maquinalmente, que en un minuto lo había estrangulado, había regresado a su cuarto y se había dormido.
El juez le hizo ver que, sin embargo, existía una pequeña dificultad, una formalidad nada importante: el cuello no revelaba huella alguna de estrangulación, el cuello no había sido tocado. Dicho esto se deslizó por la puerta entreabierta y se fue a esconder en el guardarropa del cuarto donde yacía el cadáver.
Esperó largo rato hasta que, finalmente, la puerta se abrió, alguien se deslizó en el interior y enseguida escuchó un ruido espantoso, la cama crujió estruendosamente, después los pasos se retiraron sigilosamente. Luego de una hora el juez salió del escondite, las sábanas que cubrían el cadáver estaban revueltas, el cuerpo yacía ahora en diagonal y en el cuello aparecían, nítidas, las impresiones de diez dedos. Las formalidades se habían cumplido ex post facto.
“Aunque los peritos no estuvieron del todo satisfechos con aquellas huellas dactilares (alegaban que había algo que no era del todo normal), fueron consideradas al fin, junto a la plena confesión del asesino, como una base legal suficiente”
“Hay que avanzar con cuidado a través de esta densidad humana y respetar el descanso que yo no conozco... Yo no conozco aquí nada ni nadie, mis conversaciones con ellos se limitan a ¿qué tal? y, tiempo loco; el viejecito que hasta hace poco vivía en la habitación de Arana me abordó un día para preguntarme si no quería comprarle su cama de cobre, y una semana más tarde murió (...)”
“Nuestra discreción es irreprochable, es impensable llorarle las penas a otro, gritar o gemir, sólo de vez en cuando, por la noche, se levanta el fantasma de un quejido que sobrevuela la labor de las respiraciones. Cada uno consume su vida como un bistec en un plato individual, una mesa individual. ¿Actúo a la ligera no cerrando la puerta con llave por la noche? (...)”
“¿Quién puede asegurar que de esa maraña de destinos no surja un crimen? No. La repugnante discreción nacida del convencimiento de que uno no es para el otro más que abominación, aburrimiento y fastidio, este pudor que obliga a evitar el acercamiento, me protege mejor que unos cerrojos ingleses. Puedo dormir tranquilo. No matarán. Les falta valor para acercarse”
El criminal se presenta a la conciencia de los otros como una representación cuyo contenido es la condena. La propia conciencia del criminal, en cambio, es una nebulosa, de ella no nace ninguna culpa. Pero, por el movimiento de la forma, los otros empiezan a actuar sobre esa nebulosa, de a poco le van definiendo una naturaleza y una función a su conciencia caótica.
Los otros le ponen como naturaleza la de criminal y como función la culpa. El criminal se ve con los ojos de los otros. Cuando su conciencia caótica se le va transformando por la intervención del grupo en una conciencia culpable, recién entonces se empieza a comportar como culpable. El criminal siente que esa conciencia no es suya, pero la modificación de su comportamiento es para los otros una representación cuyo contenido es la criminalidad.
En este juego de espejos, en este ida y vuelta, las imágenes de las representaciones son cada vez más intensas y la función de culpabilidad se le hace irresistible. Cualquier sentimiento de culpa se puede eliminar o mitigar eliminando el crimen que le da origen, eliminado al alguien o al algo que nos lo hace recordar, o eliminándonos a nosotros mismos, siendo estas últimas formas demasiado drásticas pues hay que prepararse para el suicidio o para cometer nuevos crímenes más graves aún que los originales.
Por suerte, tanto el suicidio como los nuevos crímenes tienen unos representantes más diplomáticos y pacíficos: el castigo que podemos infringirnos a nosotros mismos o el castigo que podemos infringir a los demás. Mientras Kafka se puso sobre los hombros todos los crímenes y las culpas del mundo podríamos decir que Gombrowicz hizo todo lo posible por quedar libre de culpa y cargo.
“Yo era culpable, abominable e intolerablemente culpable, sin causa y sin motivo... Yo no sabía en realidad en qué consistía mi pecado, pero la ignorancia no impedía que fuera presa de un intenso sentimiento de culpa... Un día escribí una carta de súplica al desconocido autor de mis sufrimientos, al Acusador, para pedirle que me dijera qué crimen había cometido, pero no supe adónde enviarla y la destruí”
El sometimiento de un hombre a un juicio surgido de la convivencia humana sin preguntar siquiera si ese juicio es justo o no es una consecuencia que saca Gombrowicz de su convicción espontánea de que el hombre es inocente por naturaleza. Esta convicción la podemos deducir del comportamiento de los personajes en toda su obra para un rango que cubre las oscilaciones que van desde el amor al crimen.
En el año 1929 Gombrowicz escribe “Crimen premeditado”. Era la época de su práctica no rentada en los Tribunales de Varsovia, trabajaba en el despacho de un juez de instrucción en el que tuvo la ocasión de tratar con un hampa de diversas clases. Gombrowicz tenía la convicción absoluta de la inocencia del hombre, de que el hombre era inocente por naturaleza, no era una convicción que dedujera de alguna filosofía sino un sentimiento espontáneo que no podía combatir.
Esta convicción lo predispuso al disparate y al absurdo y nada le satisfacía más que ver nacer bajo su pluma una escena verdaderamente loca y ajena a los estándares del razonamiento común, una irracionalidad que, sin embargo, estaba sólidamente establecida dentro de su propia lógica. Sus primeras tentativas literarias manifestaban, y él se daba cuenta de eso, una fuerte oposición rebelde y universal.
Lo devoraba una rabia sorda contra todo lo que le facilitaba la existencia: el dinero, el origen, los estudios, las relaciones, todo aquello que, en fin, hacía de él un sibarita y un holgazán. Es evidente la relación que existe entre el asunto de “Crimen premeditado” y su actividad profesional. El juez le entregaba expedientes con la investigación policial preliminar, lo distinguía con los asuntos interesantes porque sabía jugar al ajedrez.
Trataba con locos, asistía a autopsias, pudiera parecer entonces que Gombrowicz debiera haber sacado enseñanzas importantes del contacto con la miseria y con el crimen, pero no fue así. Los Tribunales de Varsovia llegaron a ser para Gombrowicz una especie de agujero negro por el penetraba en la miseria de la existencia. Pero los jueces y los abogados, aunque mejores que los propietarios terratenientes, se hallaban lejos de la perfección, ellos también eran caricaturas.
La vida miserable deformaba al proletariado, las comodidades y el ocio deformaban a los terratenientes, pero esa intelligentsia urbana de los jueces y los abogados también estaba desfigurada por su modo de vivir. Había que destruir esa forma, había que imponer otra que permitiera a la superioridad acercarse a la inferioridad para establecer con ella una relación creativa, una empresa que emprendió Gombrowicz con un resultado que aún después de tanto tiempo ha quedado abierto.
Las relaciones entre el crimen, la culpa y la condena son asuntos que Gombrowicz desarrolla magistralmente en “Crimen premeditado”. De la casa de Ignacio K. solicitaron la ayuda de un juez para resolver un problema patrimonial. El funcionario llegó a la noche, lo atacaron los perros y tuvo que meterse de apuro en el coche. Finalmente pudo anunciarse como el juez de instrucción H. y manifestar el deseo de verse con el señor K.
El joven Antonio lo hizo pasar y le dijo que era hijo del anfitrión. Su hermana Cecilia, que los esperaba en una sala pequeña, con excepción de una cara bonita, pertenecía a la clase de las jóvenes carentes de reacciones, indiferentes y despistadas. Le dieron la bienvenida, estaban temerosos, pero no se sabía de qué tenían miedo. El juez preguntó si el señor K se hallaba en casa y los hermanos respondieron afirmativamente.
La cena fue sombría, el apetito del hambriento juez resultaba extraño tanto a los hermanos como a Esteban, un criado. Cuando terminaron de cenar entró la madre, la señora K., se sentó sin pronunciar palabra, miró con severidad al juez y después de unos minutos le comentó que quizás estuviera molesto por haber hecho un viaje sin sentido puesto que su esposo había fallecido anoche.
El juez muy sorprendido le dio las condolencias y balbuceó algo referente al respeto y aprecio que siempre había tenido por el difunto. Como el visitante estaba acostumbrado a los cadáveres provenientes de los asesinatos, en vez de pedir permiso para ver al difunto, lo pidió para ver el cadáver, una palabra que produjo un efecto desafortunado, la viuda rompió a llorar y le tendió una mano que el juez besó con humildad.
El protagonista permaneció allí, mirando sus manos temblorosas sin que se le ocurriera nada, sintiendo que su situación a cada minuto se volvía más embarazosa. La señora lo acompañó a ver a Ignacio. Mientras subían al piso superior le comentaba que fue un golpe terrible, que los hijos estaban aturdidos y no decían nada, que Antonio estaba disgustado con ella porque le temblaban las manos, que su hijo no debería haber tocado el cuerpo y esperaba que no enfermara por haberlo tocado.
Sin embargo, algo se tenía que hacer, hubo que arreglarlo, la viuda estaba preocupada porque Antonio no había llorado en ningún momento, que ella le rogaba al cielo para que pudiera llorar. Cuando la viuda abrió la puerta el juez se arrodilló e inclinó la cabeza sobre el pecho, el muerto estaba en la cama tal como había fallecido.
Su cara azul e hinchada indicaba la muerte por asfixia, muy común en los ataques al corazón. El juez se persignó, rezó una plegaria e hizo un comentario sobre la nobleza de los rasgos del difunto Se volvió a arrodillar otra vez a dos pasos de un cadáver que no tenía derecho a tocar. Desde su llegada todo lo que había hecho le resultaba falso y pretencioso, como la representación de un actor mediocre.
Cuando por fin se halló en su habitación se sacó el cuello y lo arrojó al piso para pisotearlo, estaba furioso, sentía que lo estaban poniendo en ridículo, que aquella mujer malvada había preparado todo muy hábilmente. Le exigía que le rinda homenaje, que le bese las manos, que tenga sentimientos. Le daba rabia que no hubieran tenido en cuenta su carácter de juez de instrucción, y que en la casa había un cadáver, y que una cosa estaba relacionada con la otra, un huésped que accidentalmente resulta ser un juez de instrucción al que no le envían el coche y se resisten a abrirle la puerta.
A alguien le molestaba su presencia, lo obligaban a arrodillarse y a besar manos con el pretexto de que el finado había muerto de muerte natural. Había algo irregular en todo eso. Echó mano a toda su agudeza y empezó a establecer la cadena de hechos, a construir silogismos, a seguir los hilos y a buscar pruebas.
A la mañana siguiente se puso a hablar con el otro criado, le confirmó que Ignacio había muerto en la habitación de arriba, también le dijo que Esteban dormía con el mayordomo en un cuarto junto a la cocina, y que él dormía en la despensa, que la señora dormía con el señor pero una semana antes de la muerte se había mudado al cuarto de la hija, y que Antonio dormía en la planta baja junto al comedor. Le resultó extraño lo de la mudanza de la esposa pero se propuso no sacar conclusiones apresuradas.
Cuando la viuda le preguntó si ya se iba le respondió que le gustaría quedarse un poco más. La viuda murmuró algo sobre el traslado del cadáver y le preguntó con poca convicción si estaría presente en el funeral. El juez le respondió que sí, que era un gran honor para él estar presente y le pidió permiso para ver el cadáver otra vez. A juzgar por las evidencias el hombre había muerto de muerte natural, sin embargo, se acercó al lecho y tocó el cuello del cadáver con un dedo.
La viuda se alarmó pero el juez siguió revisando el cuello y examinado toda la habitación, escrupulosamente. Lo único que desentonaba en el conjunto era una enorme cucaracha muerta. Finalmente se decide y le pregunta a la viuda por qué se había mudado a la habitación de la hija, le responde ofendida que porque su hijo se lo había recomendado, para que Ignacio tuviera más aire pues ya se había estado asfixiando durante todo una noche.
La mujer está preocupada, el juez le pide que no trasladen el cadáver hasta el día siguiente, ella se yergue, lo desafía con la mirada y abandona la habitación. Pero, nada, sólo la cucaracha aplastada junto al tocador, es como si el cadáver, contemplando el cielo, estuviera diciendo que había muerto de un ataque cardíaco. El juez salió de su habitación para dar un paseo alrededor de la casa. Cuando entró al comedor Cecilia y Antonio se alejaron rápidamente mientras los sirvientes preparaban la mesa para el almuerzo.
La señora estaba aterrorizada y le preguntó a la hija si el juez ya se había ido, no comprendía qué andaba buscando, que Antonio no lo iba a tolerar porque estaba cometiendo una injuria. Cuando el juez le pregunta a Antonio si lo quería al padre, le responde que lo quería bastante y que el día de la muerte había dormido en su habitación de la planta baja.
Mientras se lavaba las manos en su cuarto entró el mismo criado de la mañana para preguntarle si necesitaba algo. Le contó que la noche de la muerte del señor Ignacio, Antonio lo había encerrado con llave en la despensa, no estaba dormido a pesar de que era la medianoche y lo había escuchado, le pidió al juez que no lo comentara.
Pero si en el tribunal le hubieran preguntado al juez en qué se basaba para afirmar que ese hombre había sido asesinado, tendría que haber respondido, que en el comportamiento extraño del hijo, en que todos se comportaban como si lo hubieran asesinado aunque la autopsia hubiera demostrado que había muerto de un ataque cardíaco. En la mesa el juez se mandó una larga perorata sobre la naturaleza del crimen, el crimen real lo comete siempre el espíritu, los detalles son las formalidades médicas y judiciales, los detalles son externos.
De pronto, la viuda, pálida como la muerte, arrojó su servilleta y, con las manos más temblorosas que de costumbre, se levantó de la mesa exclamando que era un malvado. El juez le dice que si él era un malvado que le explicara entonces por qué habían cerrado la puerta con llave, pensando en la puerta de la despensa, la noche de la muerte de Ignacio. Cecilia dice que fue ella, la madre aclara que ella se lo ordenó, pero se referían a la puerta del cuarto de ellas.
Antonio manifestó que no podía decir porque había cerrado la puerta y abandonó el comedor. El juez pensó que el cadáver debía haberle preocupado a esa banda de asesinos. A la medianoche Antonio golpeó su puerta y lo hizo entrar, el joven le dijo que o se iba inmediatamente de la casa o le hablaba con claridad.
El juez se decide y le dice que está pensando que su padre había sido estrangulado. Se ponen a reflexionar entre los dos y concluyen que nadie pudo haber entrado a la casa desde afuera así que sólo existían seis sospechosos, tres de la familia y tres de la servidumbre. Pero el paso de los sirvientes había sido cerrado por Antonio que no sabía por qué lo había hecho.
Como la madre y la hermana también habían cerrado la puerta de su cuarto sin saber por qué, el único sospechosos que quedaba era Antonio, y otra cuestión que lo volvía sospechoso es que no había llorado, y que se sentía feliz por la muerte de su padre. Pero nadie había estado en el cuarto de Ignacio porque Antonio, no sólo había cerrado la puerta de la despensa, sino también la de su propia habitación.
Antonio murmuraba que como todos temían que el padre se muriera, posiblemente por miedo y por pudor, se habían encerrado con llave, porque todos querían que Ignacio resolviera por su cuenta sus asuntos. Cuando el juez se volvió a preguntar quién lo habría hecho entonces, Antonio se quebró y le respondió que había sido él, que lo había hecho maquinalmente, que en un minuto lo había estrangulado, había regresado a su cuarto y se había dormido.
El juez le hizo ver que, sin embargo, existía una pequeña dificultad, una formalidad nada importante: el cuello no revelaba huella alguna de estrangulación, el cuello no había sido tocado. Dicho esto se deslizó por la puerta entreabierta y se fue a esconder en el guardarropa del cuarto donde yacía el cadáver.
Esperó largo rato hasta que, finalmente, la puerta se abrió, alguien se deslizó en el interior y enseguida escuchó un ruido espantoso, la cama crujió estruendosamente, después los pasos se retiraron sigilosamente. Luego de una hora el juez salió del escondite, las sábanas que cubrían el cadáver estaban revueltas, el cuerpo yacía ahora en diagonal y en el cuello aparecían, nítidas, las impresiones de diez dedos. Las formalidades se habían cumplido ex post facto.
“Aunque los peritos no estuvieron del todo satisfechos con aquellas huellas dactilares (alegaban que había algo que no era del todo normal), fueron consideradas al fin, junto a la plena confesión del asesino, como una base legal suficiente”
