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Juan Carlos GOMEZ sobre Azul@rte:
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GOMBROWICZIDAS
Witold GOMBROWICZ & Lady Macbeth
Por Juan Carlos GÓMEZ
Gombrowicz estaba fascinado con Shakespeare, especialmente con Macbeth y con Hamlet, una fascinación que pone en juego en algunas circunstancias. A pesar de este apego a un mundo en el que el principio de autoridad aparece derrumbado por los regicidios y los crímenes, en ninguna de las piezas de teatro de Gombrowicz existen asesinatos. En “Ivona” la princesa muere ahogada cuando se atraganta con una espina de pescado.
En “Opereta” Albertina renace desnuda en un ataúd. Y en “El casamiento”, aunque hay un muerto no hay asesinato. Henryk utiliza un procedimiento ingenioso para hacerse de la autoridad que le arrebata al padre sin asesinar a nadie. “Es la paz. Todos los elementos rebeldes han sido detenidos. El Parlamento también ha sido detenido. Aparte de eso, los medios militares y civiles, y grandes sectores de la población, así como la Corte Suprema, el Estado Mayor, las Direcciones Generales, los Departamentos, los Poderes públicos y privados, la prensa, los hospitales y parvularios, todos están es prisión (...)”
“Hemos encarcelado también a los ministros y, en general, todo. También la policía está en la cárcel. Es la paz. La calma”. Pero el dictador siente que su poder sólo tendrá realidad si es confirmado por alguien que realice voluntariamente el sacrificio de su sangre. Le pide a su amigo Wladzio que se mate para él, pues este sacrificio calmará sus celos y lo hará poderoso para realizar su casamiento y conseguir la pureza de la novia.
Wladzio se mata, Henryk siente sus manos manchadas de sangre como lady Macbeth, retrocede horrorizado ante lo que ha hecho y el casamiento no se consuma. Macbeth no sólo subyugaba a Gombrowicz por su monstruosidad criminal, también lo subyugaba a Afred Jarry. “Alfred Jarry, ahí están mis gustos personales y mis caprichos, incomprensibles para aquellos que no han leído mis libros. No voy a tomarme el trabajo de explicar a los que no conocen mi ‘Ferdydurke’ por qué elijo ‘Ubú rey’, escrita por un novato de diecisiete años bajo su pupitre de escolar (...)”
“Un libro pueril, insolente, arrogante, impregnado de una inconsciencia genial. Lo elijo porque constituye una iniciación como no hay otra en los misterios de la Estupidez”. A Jarry se lo considera como precursor del dadaísmo, del surrealismo y del absurdo. “Ubú rey” es una comedia satírica en la que se mezclan las referencias a Macbeth con los excesos de un monarca tan tirano como cobarde y cuya trama da lugar a situaciones llevadas hasta el absurdo.
Es una crítica corrosiva contra la autoridad que el autor realiza a través de la llegada al poder del grotesco Padre Ubú, quien junto a su mujer encarnan la corrupción y el despotismo. Ambientado en un mundo sombrío marcado por la confusión moral, el texto de “Macbeth” de Shakespeare describe la inquebrantable degradación de un hombre que, impulsado por su esposa y las profecías de tres brujas, no duda en traicionar a quienes confían en él y convertirse en un asesino.
Asesina a Duncan, el rey de Escocia, con tal de concretar sus deseos. Si bien su sueño parece cumplirse al llegar a ocupar el puesto que había quedado libre tras la muerte del rey, Macbeth no podrá librarse de los remordimientos y así vivirá hasta que un vengador decida ponerle fin a su existencia. El ejército del barón Macduff y de Malcolm, el hijo de Duncan, ataca el castillo de Macbeth.
Pasando por el bosque de Birnam cada soldado corta una rama y detrás de esta cortina de follaje avanzan contra Dusinane. Macduff, sacado del vientre materno antes de tiempo, da muerte a Macbeth. La profecía se había cumplido, el bosque de Birman había avanzado sobre Dusinane, y Malcolm sube al trono. Lady Macbeth, la mujer de Macbeth, es fría, calculadora y perversa.
Es la que incita a Macbeth a cometer el regicidio y es la que inspira toda la historia, pero también sufre una transformación gradual a lo largo de la obra hasta llegar al suicidio. Empieza siendo la que critica a Macbeth por sus remordimientos, pero poco a poco se va ablandando con el peso de su culpa hasta intentar frenar a su esposo y suicidarse. Se siente culpable y sufre también con el mal, en ella existe una relación entre la fatalidad, la voluntad personal y la culpa.
La obra actúa como una reflexión sobre la naturaleza de la conciencia y las consecuencias de su transgresión. Macbeth siente su propia conciencia como una tortura insoportable, y entonces empieza a desear no haber nacido: “Que la máquina del universo estalle para siempre en mil pedazos”.
Lady Macbeth se anima a resistir: “Que se bloqueen todas las puertas al remordimiento pues si damos a esto tanta importancia, nos volveremos locos”. Muere loca, obsesionada porque “Aún queda olor a sangre. Ni todos los perfumes de Arabia perfumarían esta pequeña mano”. Al final de la tragedia, Macbeth sentencia que “La vida es un cuento sin sentido narrado por un idiota”. La monstruosidad criminal de los Macbeth a Gombrowicz se le asocia con los alemanes.
“Lady Macbeth. Se lavan y se lavan las manos una y otra vez... Grifos. Baños. Higiene... a pesar de todo. Piernas largas y cierto color desvaído de sus ojos y sus nucas y su color de piel..., pero ¿y los suecos? ¿Y Noruega? ¿Y Holanda? Camareros. Un ballet. Una roca. Nunca se cansan. Sin tacha. Su cortesía. El alemán como actor. ¿Les gusta la máscara y el juego? Aislamiento (...)”
“Colaboran entre ellos, aunque son sociables sólo parcialmente, dentro de los límites de su función. Su soledad está ocupada en transformar el mundo y en satisfacer sus necesidades. Se casan jóvenes. Para usar a la mujer, para hacerla trabajar... El Norte, el Norte... ¿Cuánto de lo que hay en ellos es de ellos mismos y cuánto es sencillamente propio del Norte? (¿Ingleses? ¿Suecos? ¿Daneses?) (...)”
“La masa de los alemanes, excepcionalmente compacta y densa, intensifica, potencia y transforma todos los rasgos nórdicos. Y estos rasgos acaban por transformarse en unas alas que se despegan del Norte. El alemán está condenado a los alemanes, lo cual, formulado de una manera más sencilla, quiere decir: ¿de quién tiene que fiarse un alemán si no de su propio ingeniero, general o pensador?”
Todos los hombres, según sea el lugar donde nazcan, empiezan a tener desde jóvenes algún sentimiento negativo hacia alguna nación, pueblo o religión. La geografía y la historia pusieron a los polacos en el trance de temer y de odiar a los alemanes y a los rusos. Recién llegado a la Argentina Gombrowicz se niega a alistarse en el ejército cuando un emisario viene de Londres para convocar a los polacos a pelear contra los nazis.
Pero veintitrés años más tarde se decide a correr el riesgo, aunque más pequeño que el de la guerra, y se va a Berlín invitado por el senado alemán y por la Fundación Ford para gozar de una beca de un año de duración. Durante su estada en Berlín Gombrowicz intentó defenderse de los automatismos que le venían desde la historia respecto a Alemania, por lo que se declaró un ser ahistórico.
Las primeras impresiones que le dieron a Gombrowicz los berlineses tenían que ver con el idilio, la cortesía, la corrección, la moralidad, la bondad, la tranquilidad, la cordialidad y la belleza. Poco a poco, a pesar de que quería colocarse en la posición de un visitante ahistórico, el pasado lo empieza a morder ya que, al fin y al cabo, el hoy es el resultado del ayer.
Escuchaba cosas terribles: “Sabe usted, aquí cerca hay un hospital en el que están encerrados para siempre hombres mutilados, demasiado horrorosos para mostrarlos siquiera a sus allegados. A los familiares se les dijo que habían muerto. Perdieron guerras colosales, pero tuvieron en jaque al mundo entero y, antes de ser aplastados, sus líderes los llevaron de victoria en victoria. Pese a todo, están acostumbrados a las victorias: en la fábrica, en la guerra y en solucionar cualquier tipo de problemas (...)”
“Hitler fue también, y sobre todo, una cuestión de confianza. Como no pudieron creer que esto fuera tan groseramente simple, tuvieron que presumir que era genial... pero...(...) ¿Quién podría asegurarme que el pie derecho de ese señor de cierta edad no había aplastado en aquel tiempo la garganta de alguien hasta verlo morir?... (...) Tenía la sensación de que Berlín, igual que lady Macbeth, se lavaba las manos sin cesar”
Como los alemanes no tienen en quien mirarse avanzan a ciegas y se adelantan en territorios desconocidos, donde no saben lo que serán ni lo que pueden ser. Su exotismo, su hermetismo (incluso, o sobre todo, cuando cooperan), su propia sustancia imposible de expresar, ese control sobre sí mismos rayano en la locura, esa humanidad que es preludio de una humanidad futura, desconocida.
Y su funcionalidad, gracias a la cual cinco alemanes de lo más normales se convierten en algo imprevisible. Los alemanes lo trataban con una hospitalidad y una amistad enormes, pero importaba mucho que él fuera polaco, era un hecho que pesaba en sus conciencias, se sentían culpables, como lady Macbeth sentían sus manos manchadas de sangre. Pero sus sonrisas no podían borrar la enorme agonía polaca; no podían seducirlo a Gombrowicz, porque él no los podía perdonar.
Hitler estaba presente en todos los polacos asesinados y seguía presente en cada uno de los polacos sobrevivientes, sin embargo, la condena y el desprecio no eran los métodos que había que utilizar. Despotricar continuamente contra el crimen solo contribuye a perpetuarlo, había que digerirlo, porque el mal sólo se puede vencer en uno mismo. “Aún queda olor a sangre. Ni todos los perfumes de Arabia perfumarían esta pequeña mano”
Este clamor de lady Macbeth le viene a la cabeza cuando ve las manos nuevas e inocentes de los berlineses, sin embargo, iguales a aquellas otras sangrientas. Manos amistosas, fraternales y amorosas, como las de aquel bosque de manos alzadas, tendidas hacia delante en su heil, en las que también había amor. Pero en estos jóvenes alemanes de hoy no tenían ni una sombra de nacionalismo, era la juventud más madura que había visto jamás.
Una generación que parecía no engendrada por nadie, sin pasado y suspendida en el vacío, sólo que seguía encadenada a sus propias manos, unas manos que ya no mataban, sino que se ocupaban de gráficos, de la contabilidad y de la producción. Eran ricos. Ese año nuevo pasado en Berlín le resultó plácido, sin la presencia del tiempo ni de la historia. Sólo aquel gancho en la pared, el esqueleto fraterno y esas manos se le asociaban con las paradas militares amorosamente mortales.
De esos jóvenes se habían extraído unas manos puestas en la avanzada de un bosque de manos que mostraban el camino hacia delante. “Aquí y ahora, en cambio, las manos estaban tranquilas, desocupadas, eran privadas, y, sin embargo, los vi de nuevo encadenados a sus manos (...) En realidad no sabía a qué atenerme: nunca había visto una juventud más humanitaria y universal, democrática y auténticamente inocente..., más tranquila. Pero... ¡con esas manos!”
Juan Carlos GOMEZ sobre Azul@rte:
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GOMBROWICZIDAS
Witold GOMBROWICZ & Lady Macbeth
Por Juan Carlos GÓMEZ
Gombrowicz estaba fascinado con Shakespeare, especialmente con Macbeth y con Hamlet, una fascinación que pone en juego en algunas circunstancias. A pesar de este apego a un mundo en el que el principio de autoridad aparece derrumbado por los regicidios y los crímenes, en ninguna de las piezas de teatro de Gombrowicz existen asesinatos. En “Ivona” la princesa muere ahogada cuando se atraganta con una espina de pescado.
En “Opereta” Albertina renace desnuda en un ataúd. Y en “El casamiento”, aunque hay un muerto no hay asesinato. Henryk utiliza un procedimiento ingenioso para hacerse de la autoridad que le arrebata al padre sin asesinar a nadie. “Es la paz. Todos los elementos rebeldes han sido detenidos. El Parlamento también ha sido detenido. Aparte de eso, los medios militares y civiles, y grandes sectores de la población, así como la Corte Suprema, el Estado Mayor, las Direcciones Generales, los Departamentos, los Poderes públicos y privados, la prensa, los hospitales y parvularios, todos están es prisión (...)”
“Hemos encarcelado también a los ministros y, en general, todo. También la policía está en la cárcel. Es la paz. La calma”. Pero el dictador siente que su poder sólo tendrá realidad si es confirmado por alguien que realice voluntariamente el sacrificio de su sangre. Le pide a su amigo Wladzio que se mate para él, pues este sacrificio calmará sus celos y lo hará poderoso para realizar su casamiento y conseguir la pureza de la novia.
Wladzio se mata, Henryk siente sus manos manchadas de sangre como lady Macbeth, retrocede horrorizado ante lo que ha hecho y el casamiento no se consuma. Macbeth no sólo subyugaba a Gombrowicz por su monstruosidad criminal, también lo subyugaba a Afred Jarry. “Alfred Jarry, ahí están mis gustos personales y mis caprichos, incomprensibles para aquellos que no han leído mis libros. No voy a tomarme el trabajo de explicar a los que no conocen mi ‘Ferdydurke’ por qué elijo ‘Ubú rey’, escrita por un novato de diecisiete años bajo su pupitre de escolar (...)”
“Un libro pueril, insolente, arrogante, impregnado de una inconsciencia genial. Lo elijo porque constituye una iniciación como no hay otra en los misterios de la Estupidez”. A Jarry se lo considera como precursor del dadaísmo, del surrealismo y del absurdo. “Ubú rey” es una comedia satírica en la que se mezclan las referencias a Macbeth con los excesos de un monarca tan tirano como cobarde y cuya trama da lugar a situaciones llevadas hasta el absurdo.
Es una crítica corrosiva contra la autoridad que el autor realiza a través de la llegada al poder del grotesco Padre Ubú, quien junto a su mujer encarnan la corrupción y el despotismo. Ambientado en un mundo sombrío marcado por la confusión moral, el texto de “Macbeth” de Shakespeare describe la inquebrantable degradación de un hombre que, impulsado por su esposa y las profecías de tres brujas, no duda en traicionar a quienes confían en él y convertirse en un asesino.
Asesina a Duncan, el rey de Escocia, con tal de concretar sus deseos. Si bien su sueño parece cumplirse al llegar a ocupar el puesto que había quedado libre tras la muerte del rey, Macbeth no podrá librarse de los remordimientos y así vivirá hasta que un vengador decida ponerle fin a su existencia. El ejército del barón Macduff y de Malcolm, el hijo de Duncan, ataca el castillo de Macbeth.
Pasando por el bosque de Birnam cada soldado corta una rama y detrás de esta cortina de follaje avanzan contra Dusinane. Macduff, sacado del vientre materno antes de tiempo, da muerte a Macbeth. La profecía se había cumplido, el bosque de Birman había avanzado sobre Dusinane, y Malcolm sube al trono. Lady Macbeth, la mujer de Macbeth, es fría, calculadora y perversa.
Es la que incita a Macbeth a cometer el regicidio y es la que inspira toda la historia, pero también sufre una transformación gradual a lo largo de la obra hasta llegar al suicidio. Empieza siendo la que critica a Macbeth por sus remordimientos, pero poco a poco se va ablandando con el peso de su culpa hasta intentar frenar a su esposo y suicidarse. Se siente culpable y sufre también con el mal, en ella existe una relación entre la fatalidad, la voluntad personal y la culpa.
La obra actúa como una reflexión sobre la naturaleza de la conciencia y las consecuencias de su transgresión. Macbeth siente su propia conciencia como una tortura insoportable, y entonces empieza a desear no haber nacido: “Que la máquina del universo estalle para siempre en mil pedazos”.
Lady Macbeth se anima a resistir: “Que se bloqueen todas las puertas al remordimiento pues si damos a esto tanta importancia, nos volveremos locos”. Muere loca, obsesionada porque “Aún queda olor a sangre. Ni todos los perfumes de Arabia perfumarían esta pequeña mano”. Al final de la tragedia, Macbeth sentencia que “La vida es un cuento sin sentido narrado por un idiota”. La monstruosidad criminal de los Macbeth a Gombrowicz se le asocia con los alemanes.
“Lady Macbeth. Se lavan y se lavan las manos una y otra vez... Grifos. Baños. Higiene... a pesar de todo. Piernas largas y cierto color desvaído de sus ojos y sus nucas y su color de piel..., pero ¿y los suecos? ¿Y Noruega? ¿Y Holanda? Camareros. Un ballet. Una roca. Nunca se cansan. Sin tacha. Su cortesía. El alemán como actor. ¿Les gusta la máscara y el juego? Aislamiento (...)”
“Colaboran entre ellos, aunque son sociables sólo parcialmente, dentro de los límites de su función. Su soledad está ocupada en transformar el mundo y en satisfacer sus necesidades. Se casan jóvenes. Para usar a la mujer, para hacerla trabajar... El Norte, el Norte... ¿Cuánto de lo que hay en ellos es de ellos mismos y cuánto es sencillamente propio del Norte? (¿Ingleses? ¿Suecos? ¿Daneses?) (...)”
“La masa de los alemanes, excepcionalmente compacta y densa, intensifica, potencia y transforma todos los rasgos nórdicos. Y estos rasgos acaban por transformarse en unas alas que se despegan del Norte. El alemán está condenado a los alemanes, lo cual, formulado de una manera más sencilla, quiere decir: ¿de quién tiene que fiarse un alemán si no de su propio ingeniero, general o pensador?”
Todos los hombres, según sea el lugar donde nazcan, empiezan a tener desde jóvenes algún sentimiento negativo hacia alguna nación, pueblo o religión. La geografía y la historia pusieron a los polacos en el trance de temer y de odiar a los alemanes y a los rusos. Recién llegado a la Argentina Gombrowicz se niega a alistarse en el ejército cuando un emisario viene de Londres para convocar a los polacos a pelear contra los nazis.
Pero veintitrés años más tarde se decide a correr el riesgo, aunque más pequeño que el de la guerra, y se va a Berlín invitado por el senado alemán y por la Fundación Ford para gozar de una beca de un año de duración. Durante su estada en Berlín Gombrowicz intentó defenderse de los automatismos que le venían desde la historia respecto a Alemania, por lo que se declaró un ser ahistórico.
Las primeras impresiones que le dieron a Gombrowicz los berlineses tenían que ver con el idilio, la cortesía, la corrección, la moralidad, la bondad, la tranquilidad, la cordialidad y la belleza. Poco a poco, a pesar de que quería colocarse en la posición de un visitante ahistórico, el pasado lo empieza a morder ya que, al fin y al cabo, el hoy es el resultado del ayer.
Escuchaba cosas terribles: “Sabe usted, aquí cerca hay un hospital en el que están encerrados para siempre hombres mutilados, demasiado horrorosos para mostrarlos siquiera a sus allegados. A los familiares se les dijo que habían muerto. Perdieron guerras colosales, pero tuvieron en jaque al mundo entero y, antes de ser aplastados, sus líderes los llevaron de victoria en victoria. Pese a todo, están acostumbrados a las victorias: en la fábrica, en la guerra y en solucionar cualquier tipo de problemas (...)”
“Hitler fue también, y sobre todo, una cuestión de confianza. Como no pudieron creer que esto fuera tan groseramente simple, tuvieron que presumir que era genial... pero...(...) ¿Quién podría asegurarme que el pie derecho de ese señor de cierta edad no había aplastado en aquel tiempo la garganta de alguien hasta verlo morir?... (...) Tenía la sensación de que Berlín, igual que lady Macbeth, se lavaba las manos sin cesar”
Como los alemanes no tienen en quien mirarse avanzan a ciegas y se adelantan en territorios desconocidos, donde no saben lo que serán ni lo que pueden ser. Su exotismo, su hermetismo (incluso, o sobre todo, cuando cooperan), su propia sustancia imposible de expresar, ese control sobre sí mismos rayano en la locura, esa humanidad que es preludio de una humanidad futura, desconocida.
Y su funcionalidad, gracias a la cual cinco alemanes de lo más normales se convierten en algo imprevisible. Los alemanes lo trataban con una hospitalidad y una amistad enormes, pero importaba mucho que él fuera polaco, era un hecho que pesaba en sus conciencias, se sentían culpables, como lady Macbeth sentían sus manos manchadas de sangre. Pero sus sonrisas no podían borrar la enorme agonía polaca; no podían seducirlo a Gombrowicz, porque él no los podía perdonar.
Hitler estaba presente en todos los polacos asesinados y seguía presente en cada uno de los polacos sobrevivientes, sin embargo, la condena y el desprecio no eran los métodos que había que utilizar. Despotricar continuamente contra el crimen solo contribuye a perpetuarlo, había que digerirlo, porque el mal sólo se puede vencer en uno mismo. “Aún queda olor a sangre. Ni todos los perfumes de Arabia perfumarían esta pequeña mano”
Este clamor de lady Macbeth le viene a la cabeza cuando ve las manos nuevas e inocentes de los berlineses, sin embargo, iguales a aquellas otras sangrientas. Manos amistosas, fraternales y amorosas, como las de aquel bosque de manos alzadas, tendidas hacia delante en su heil, en las que también había amor. Pero en estos jóvenes alemanes de hoy no tenían ni una sombra de nacionalismo, era la juventud más madura que había visto jamás.
Una generación que parecía no engendrada por nadie, sin pasado y suspendida en el vacío, sólo que seguía encadenada a sus propias manos, unas manos que ya no mataban, sino que se ocupaban de gráficos, de la contabilidad y de la producción. Eran ricos. Ese año nuevo pasado en Berlín le resultó plácido, sin la presencia del tiempo ni de la historia. Sólo aquel gancho en la pared, el esqueleto fraterno y esas manos se le asociaban con las paradas militares amorosamente mortales.
De esos jóvenes se habían extraído unas manos puestas en la avanzada de un bosque de manos que mostraban el camino hacia delante. “Aquí y ahora, en cambio, las manos estaban tranquilas, desocupadas, eran privadas, y, sin embargo, los vi de nuevo encadenados a sus manos (...) En realidad no sabía a qué atenerme: nunca había visto una juventud más humanitaria y universal, democrática y auténticamente inocente..., más tranquila. Pero... ¡con esas manos!”
