samedi 5 décembre 2009

Matías TORNO/De cuando quisimos asesinar al valiente gordito repetidor



Ronald Benjamin Gallardo Duarhtt
ronald170@hotmail.com

De cuando quisimos asesinar al valiente gordito repetidor
Por Matías Torno

Promediaba la ficticia década del ’90. Yo tenía diez años, y ya era un individuo sin demasiados sueños ni proyectos. Estaba cursando los estudios primarios en la escuela Mariano Moreno, una institución pública sin grandes privaciones. Al menos había luz, gas y algunos vidrios bien conservados.

El curso al que concurría era bastante pacífico y agradable. Aún conservo varios amigos de aquellos años. La convivencia era armónica, más allá de algunas disputas ocasionales. Pero esto se fue modificando gradualmente.

Sabido es que los niños no experimentan grandes dificultades a la hora de levantar las banderas del fascismo. Así es como aquel curso comenzó a utilizar el apelativo de “judía” para referirse a una compañera. Por supuesto que ese “judía” conllevaba una carga malintencionada.

Una tarde, ante la ausencia a clases de la niña discriminada, nuestra docente se plantó ante nosotros, para pedirnos que acabemos con aquel martirio. Entonces la injuria comenzó a ceder. Aquella docente, colorada y de fuerte personalidad, comprendió el real significado de la palabra maestra.

Ya en el año siguiente, al primer o segundo día de clases, nos fue presentado nuestro nuevo compañero. Su nombre era César. Era repetidor, obeso y portaba un diente de lata. Demasiados pecados para saciar a la hiena hija de puta que llevábamos dentro. Así fue como César comenzó a ser fustigado. Creo que lo que más nos molestaba de su presencia era su acercamiento amistoso hacia nosotros, y su constante sonrisa. ¿Cómo un niño gordo y bruto podía sonreír de esa manera?

Los recreos se convirtieron en un verdadero campo de batalla. La estrategia era sencilla y desigual: todos contra César. Todos los niños de aquel curso íbamos tras él: los hijos de padres casados, los hijos de padres separados, los blancos, los negros, los gordos, los flacos. César deambulaba sólo por los confines del patio, y cualquier descuido suyo terminaba con su humanidad en el piso. Incluso hubo tardes en que inició desesperadas carreras solitarias, para luego ser derribado por empujones, puntapiés y golpes de mano. Nunca jamás presencié una manifestación de violencia semejante.

Había algo heroico, casi sobrehumano, en aquel joven. A pesar del avasallamiento físico y psíquico, no se permitía llorar. Había algo dentro suyo que jamás logramos quebrar. En cambio, sus cobardes agresores hubiéramos sucumbido ante tan sólo una décima parte de aquellas golpizas.

Por ejemplo yo, en ocasiones en que alguien rompía mi delantal y se apropiaba de mis figuritas, dejaba caer algunas lágrimas.

Pero quizá lo más aberrante y atroz de todo aquello eran las incursiones de César hacia la Dirección de la escuela. Según la particular visión de la directora, el culpable de los enfrentamientos era la única víctima. Había que disciplinar al niño repetidor.

Finalmente, y ante todo pronóstico, varios alumnos fuimos generando una buena amistad con César. Entonces las batallas cesaron, quizá porque nunca pudimos derrotarlo espiritualmente. Si no puedes vencerlo, únete a él.

César empezó a frecuentar mi casa, y yo la de él. Él vivía en un viejo caserón, cercano al Patio de la Madera. Sus padres atendían un pequeño kiosco en la parte delantera de la construcción. Cuando podíamos, arrasábamos con los dulces. También íbamos a los videogames o probábamos nuestra puntería con la gomera. César tenía un pulso magistral. Era capaz de bajar tres o cuatro palomas en cuestión de horas. La mayoría de ellas estaban destinadas a las decenas de gatos que se alimentaban en su casa.

Pero una noche sucedió lo que tenía que suceder. Estábamos en el sucio y oscuro patio de su casa. César se dirigió al baño (contiguo al patio) y yo permanecí afuera. La única luz provenía del baño, por lo que una oscuridad casi total se había adueñado del lugar. Repentinamente, comenzaron a bajar decenas de gatos desde lo alto del tapial. Alguien les había servido una especie de pasta derretida en suculentos platos. Los gatos me rodearon y comenzaron a observarme. Decenas de ojos acechantes me iluminaron. Esos ojos inquisitorios no se alejaban de mí. Me estaban señalando de mala manera, y un extraño cóctel de temor y culpa invadió mi cuerpo. Recordé las violentas agresiones a César. Los felinos seguían acechándome, y mi nuevo amigo se demoraba en el baño. Pensé que estaba buscando algún elemento para atacarme. Percibí un terrorífico clima de venganza, pero pronto se desvaneció. César abrió la puerta del baño y sólo preguntó: “¿Querés ir a comer algo?”. Luego me jugó una broma que ya no recuerdo, y yo me sentí el niño más hijo de puta del mundo. Los gatos se dispersaron y marchamos rumbo a la cocina.

A fines de ese año, yo tomaría mi Primera Comunión. Aquellas clases de catequesis me habían convertido en un buen hombre occidental y cristiano. Era alumno de la señorita Cledé, una mujer de unos sesenta y cuatro años, de vocación muy exigente.

Pocos días antes de terminar el cursado, César me confió que había chances de que repitiera nuevamente. Entonces recé por la continuidad de mi amigo en el curso. Como tantas otras veces, el rezo fue en vano. César había repetido nuevamente. Me lo comunicó con un gesto de resignación, sin quebrarse. En cuanto a mí, sentí una profunda tristeza. Nuestro curso se había quedado sin valientes.