Miguel Nuñez Mercado, Nacido en Limache, en 1956, Chile, Ha obtenido variadas distinciones literarias en certámenes de carácter regional y nacional. En esta su primera publicación individual, aunque parte de su obra. Ha sido difundida en numerosas revistas y periódicos.
E-mail: miguelnunezm@gmail.com
Miguel Núñez Mercado sobre Azul@rte:
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Un mosco azul en la ventana
Por Miguel Núñez Mercado
Conocí a Hugo Goldsack Blanco en la Carnicería “Gómez” de Limache. El escenario –quizás- no era el mejor para conocer a una intelectual de tan alta alcurnia. De todos modos, nuestra amistad con el escritor, poeta y periodista se inició bajo la tenue sombra de las cuelgas de chorizos, longanizas, lenguas de reses y colas de bueyes.
Entre los cortes de postas y osobucos me contó de su nueva vida en Quebrada de Alvarado. Había llegado a los, entonces, campos solitarios del interior de Olmué a vivir el resto de sus días. No había sido dueño de una existencia muy tranquila. Tuvo que dejar el Liceo, en los primeros años, luego de la crisis financiera de los años 30, que dejó a su familia en la ruina.
Hizo de todo, hasta convertirse en reportero, pese a que dominaba –especialmente- la historia, la filosofía, los idiomas y las artes. El decía que un periodista –y un escritor- tenía que saber de muchas cosas. El sobrepasaba, con creces, la media de los “buscanoticias” de entonces y de ahora. Fue Premio Nacional de Periodismo en Chile y España.
Fui su amigo y discípulo durante sus últimos años en Quebrada de Alvarado. Entre otras cosas, me enseñó que la poesía no estaba en las palabras, sino en la vida, y, que no podía existir frontera alguna entre el periodismo y la literatura. Aseguraba que las noticias eran parte de una novela que escribíamos todos los días. También sabía cosas raras, como la madrugada exacta del florecimiento de los almendros y, aseguraba –como el poeta de esos lares Renán Ponce Vicencio- que sobre el cielo de Quebrada de Alvarado se juntaban un paralelo y un meridiano y que la constante fricción por el movimiento de la tierra, había hecho un hoyo en la atmósfera por donde bajaban los ángeles que pululaban, con sus alas llenas de tierras, entre las polvorientas calles del villorrio. Cuando se sintió cerca de la muerte, me contó una extraña historia. Dijo que los mapuches sólo entierran a sus muertos cuando un mosco azul le salía de sus bocas. Podían esperar varios días hasta que el fenómeno sucediera. Me aseguró, que en el momento del vuelo, el alma del difunto se separaba del cuerpo.
En realidad no le creí mucho su relato. Menos cuando me aseguró que él también se convertiría en un mosco azul en los próximos días. Para mi extrañeza, Hugo Goldsack se murió en menos de una semana. Había preferido el camino de la incineración, por lo que se hizo suya la frase bíblica del polvo en que se convertiría.
Aunque tengo mis dudas, porque en cada aniversario de la muerte del Maestro Hugo Goldsack –que coincide con el florecimiento de los almendros en Quebrada de Alvarado- siempre aparece un mosco azul en mi ventana.
La mujer que amo lee el Pentateuco
Por Miguel Núñez Mercado
La mujer que amo lee el Pentateuco
Le gustaría llevar un estrella de David en su pecho
y quiere, al final de sus días, habitar en la casa de Abraham.
Yo, que no tengo ni un Dios me maravilla escucharla
hablar de una Tierra Prometida hasta donde llegarán sólo los elegidos.
Yo no soy uno de ellos
y me apena mucho saber que en la eternidad
no nos encontraremos en el mismo Cielo.
Además, yo me convertiré en polvo
y le he hecho prometer a mi hijo, que lance mis cenizas al mar de Quintero.
Sin embargo, como yo estoy convencido que sus ojos son un océano dormiré para siempre bajo sus párpados.
Con eso me conformo, pues yo no tengo posibilidad alguna
de entrar a la Tierra Prometida.
Ni siquiera tengo acceso al delicioso Cielo que me prometen
sus pechos y sus piernas.
Sólo he nadado, errante, en sus ojos y su boca
y he sabido de los ríos de leche y miel que me ofrecen sus labios.
Sin embargo, aquello es un milagro lo suficientemente grande para convencerme que Dios existe.
A veces, por las noches
Por Miguel Núñez Mercado
A veces, por las noches, siento el ruido del mar.
Sube las escalas del río y llega hasta mi casa.
Me levanto descalzo y le abro la puerta.
Se sienta en un sillón y descansa.
Me habla de locas travesías y naufragios.
Yo lo escucho como sólo se puede oír al mar:
Mirando la enorme inmensidad de sus ojos.
Me dice que hay miles de muertos en su lecho.
Que no dejan de mirarlo desde el vacío de sus ojos.
Aunque no hablan, sabe que piden que los liberen de su mortaja de aguas.
Piden justicia y sólo quieren volver al lugar de los que aman.
Para decirles al oído el nombre de sus asesinos.
El mar dice que, algún día, los lanzará sobre una playa.
Que se levantarán y caminarán hasta sus casas.
Que besaran en la boca a los que no los han olvidado.
Tomarán el té a la hora de siempre y saludarán a sus amigos.
Se sentarán en un sillón a contar pequeñas historias de travesías y naufragios.
Volverán a ser tan felices que olvidarán hasta el nombre de sus asesinos.
Entonces, ya nadie escuchará el ruido del mar, subiendo las escalas del río.
Ni nadie tendrá que levantarse descalzo a abrirle la puerta.
