dimanche 25 janvier 2009

Un especial sobre POE


La verdad sobre el caso Poe
Una vida truncada
por Peter Ackroyd

El 19 de enero de 1809 nacía en Boston Edgar Allan Poe (1809-1849), maestro fundador del relato contemporáneo y de la literatura fantástica, de detectives y de terror. De vida atormentada y misérrima, libertino y mujeriego, falsario, alcohólico, poeta y jugador, Poe revolucionó la escritura contemporánea con sus relatos y poemas, sin los cuales, escribió Borges, “es inconcebible la literatura actual”. El Cultural reconstruye, de la mano de Peter Ackroyd, autor de la inminente biografía Poe. Una vida truncada (Edhasa) los últimos seis días de su vida, envueltos aún hoy en el misterio, mientras Germán Gullón analiza su influencia posterior.

La víspera del 26 de septiembre de 1849, Edgar Allan Poe se detuvo en Richmond (Virginia), para visitar al médico John Carter, quien le recetó un remedio a fin de paliar la fiebre alta que sufría. A continuación, cruzó la calle y cenó en un local próximo. Sin darse cuenta, se llevó con él el bastón con estoque del médico.

Poe iba a embarcarse en un vapor rumbo a Baltimore. Esta ciudad sería la primera escala en su viaje a Nueva York, donde tenía asuntos que atender. El barco zarpaba a las cuatro de la mañana del día siguiente, y el trayecto duraría unas veinticinco horas. A los amigos que lo vieron zarpar les pareció de buen humor y sobrio. Poe no pensaba estar fuera de Richmond más de dos semanas. Y ocurrió que se dejó el equipaje en tierra. Ésa fue la última vez que lo vieron hasta que lo encontraron moribundo en una taberna, seis días después.

Arribó a Baltimore el 28 de septiembre, viernes, y en esta ciudad se detuvo, en vez de seguir rumbo a Filadelfia, la siguiente etapa en su viaje hasta Nueva York. En Baltimore varias personas lo vieron beber sin medida. Puede que Poe bebiera para conjurar los efectos de la fiebre, y puede también que temiera un intempestivo ataque del corazón: los médicos le habían dicho en Richmond que una nueva crisis cardíaca tendría consecuencias fatídicas.

Es posible que después viajara en tren a Filadelfia, ciudad en que visitó a unos amigos y donde se emborrachó, o enfermó. A la mañana siguiente, presa de gran agitación, manifestó su intención de proseguir hasta Nueva York. Pero, ya fuera por casualidad ya por decisión propia, el hecho es que volvió a Baltimore. Según testimonios no contrastados, al parecer habría tratado de volver nuevamente a Filadelfia y fue hallado “sin conocimiento” en el tren. El revisor se habría encargado de devolverlo a Baltimore. Es difícil saber la verdad exacta: todo parece envuelto por una especie de niebla.

Neilson Poe, el primo del autor, escribió después a la suegra y cuidadora oficiosa de éste, Maria Clemm, comunicándole que “en qué momento llegó a la ciudad [Baltimore], dónde pasó el tiempo que estuvo aquí o en qué circunstancias, es algo que no he podido averiguar”. A pesar de numerosas pesquisas y especulaciones, no se ha logrado arrojar verdadera luz sobre este asunto. Puede que vagara por las calles, que anduviera zigzagueante entre taberna y taberna. Lo único que se sabe con seguridad es que el impresor de un periódico mandó un mensaje a Joseph Evans Snodgrass el 3 de octubre en los siguientes términos: “Hay un caballero con aspecto bastante deprimente en la 4ª sede electoral de Ryan, que responde al nombre de Edgar A. Poe; que parece encontrarse en un estado muy lamentable, y dice que lo conoce a usted. Le puedo asegurar que necesita asistencia urgentemente”. Snodgrass había sido editor del Saturday Visiter, periódico donde Poe había colaborado. Por la “4ª sede electoral de Ryan” debemos entender una taberna utilizada a este fin con motivo de las elecciones al Congreso que estaban celebrándose aquel mismo día. Ryan era el nombre del propietario de la taberna.

La nota del impresor era suficientemente grave para que Snodgrass hiciera acto de presencia. Al entrar en el bar, encontró a Poe sentado, completamente enajenado, con una multitud de “bebedores” a su alrededor. Su ropa llamó la atención de Snodgrass. Llevaba un sombrero de paja raído y unos pantalones que no eran de su talla. También vestía un abrigo usado, y ni el menor rastro de un chaleco o corbata. A excepción tal vez del sombrero de paja, no era la ropa con la que había salido de Richmond. Y, sorprendentemente, aún tenía en su poder el bastón del doctor Carter. En estado de embriaguez, y de un posible acoso, puede que le pareciera un instrumento de defensa.

Snodgrass no se le acercó, pero reservó una habitación en aquella misma taberna. Estaba a punto de mandar un aviso a los parientes que Poe tenía en Baltimore cuando dio la casualidad de que se personaron dos de éstos. Uno era el primo de Poe, Henry Herring, que había acudido a la taberna por asuntos relacionados con las elecciones; estaba emparentado con un político local. Snodgrass recordaría que “rehusaron cuidar personalmente de Poe”, alegando que en el pasado había sido encontrado numerosas veces en aquel mismo estado de intoxicación; no obstante, aconsejaron que lo trasladaran a un hospital de la localidad. Consiguieron introducirlo en un coche –en el que fue transportado “como si fuera un cadáver”– y Poe ingresó así en el Hospital Universitario de Washington.

El médico residente John Moran manifestó después que Poe permaneció “sin darse cuenta de su estado” hasta las primeras horas del día siguiente. A un recién estupor le sucedió entonces un “temblor de los miembros”, así como un delirio con “incesante e inane conversación con objetos espectrales e imaginarios en las paredes”. Hasta dos días después de su ingreso en el hospital, el 5 de octubre, viernes, no recuperó la calma. Empezó a hablar, aunque de manera incoherente. Le contó al médico que tenía una esposa en Richmond, lo que no era cierto, y que no sabía cuándo se había marchado de dicha ciudad. El médico trató de tranquilizarlo, asegurándole que pronto volvería con sus amigos, pero Poe empezó a reprocharse a sí mismo su degradación, llegando a decir que lo mejor que podía hacer un amigo por él era volarle los sesos. A continuación se quedó dormido.

Al despertar, entró en una fase de delirio. El sábado por la noche, empezó a gritar “Reynolds”, y no paró de chillar hasta las tres de la madrugada del domingo. “Debilitado por tanto esfuerzo –escribió el doctor–, se quedó sosegado y pareció descansar durante un breve tiempo. Luego, moviendo levemente la cabeza, exclamó : “Que el Señor se apiade de mi pobre alma“, y expiró.” Éste es el testimonio del doctor Moran, en una carta escrita a Maria Clemm cinco semanas después de dichos acontecimientos. Esto es lo que más se parece a la verdad, al margen de los ulteriores esfuerzos del médico por presentar la escena bajo una luz más favorable. ¿Qué había estado haciendo Poe durante el tiempo que perdió en Baltimore? La hipótesis más aceptada es la de que fue utilizado como “lacayo” para fines electorales; es decir, lo habrían estado vistiendo con distintos ropajes, de manera que habría podido así votar más de una vez por un candidato concreto. A estos falsos votantes solía encerrárseles en corrales o posadas, donde se les suministraba alcohol en abundancia. También corrió la voz de que “Reynolds”, el nombre que Poe no dejó de gritar en su delirio final, era el apellido de un interventor electoral que se encontraba en la taberna de Ryan.

Es una explicación posible, pero no la única.

C. / WIERZCHOS, J. ASCASO

***
El gato negro

No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi propósito inmediato consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin comentarios, una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de esos episodios me han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no intentaré explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán menos espantosos que baroques. Más adelante, tal vez, aparecerá alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes; una inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las circunstancias que temerosamente describiré, una vulgar sucesión de causas y efectos naturales.

Desde la infancia me destaqué por la docilidad y bondad de mi carácter. La ternura que abrigaba mi corazón era tan grande que llegaba a convertirme en objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban especialmente los animales, y mis padres me permitían tener una gran variedad. Pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer y los acariciaba. Este rasgo de mi carácter creció conmigo y, cuando llegué a la virilidad, se convirtió en una de mis principales fuentes de placer. Aquellos que alguna vez han experimentado cariño hacia un perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste en explicarles la naturaleza o la intensidad de la retribución que recibía. Hay algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente al corazón de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amistad y la frágil fidelidad del hombre.

Me casé joven y tuve la alegría de que mi esposa compartiera mis preferencias. Al observar mi gusto por los animales domésticos, no perdía oportunidad de procurarme los más agradables de entre ellos. Teníamos pájaros, peces de colores, un hermoso perro, conejos, un monito y un gato.

Este último era un animal de notable tamaño y hermosura, completamente negro y de una sagacidad asombrosa. Al referirse a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era no poco supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia popular de que todos los gatos negros son brujas metamorfoseadas. No quiero decir que lo creyera seriamente, y sólo menciono la cosa porque acabo de recordarla.

Plutón -tal era el nombre del gato- se había convertido en mi favorito y mi camarada. Sólo yo le daba de comer y él me seguía por todas partes en casa. Me costaba mucho impedir que anduviera tras de mí en la calle.

Nuestra amistad duró así varios años, en el curso de los cuales (enrojezco al confesarlo) mi temperamento y mi carácter se alteraron radicalmente por culpa del demonio. Intemperancia. Día a día me fui volviendo más melancólico, irritable e indiferente hacia los sentimientos ajenos. Llegué, incluso, a hablar descomedidamente a mi mujer y terminé por infligirle violencias personales. Mis favoritos, claro está, sintieron igualmente el cambio de mi carácter. No sólo los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Hacia Plutón, sin embargo, conservé suficiente consideración como para abstenerme de maltratarlo, cosa que hacía con los conejos, el mono y hasta el perro cuando, por casualidad o movidos por el afecto, se cruzaban en mi camino. Mi enfermedad, empero, se agravaba -pues, ¿qué enfermedad es comparable al alcohol?-, y finalmente el mismo Plutón, que ya estaba viejo y, por tanto, algo enojadizo, empezó a sufrir las consecuencias de mi mal humor.

Una noche en que volvía a casa completamente embriagado, después de una de mis correrías por la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo alcé en brazos, pero, asustado por mi violencia, me mordió ligeramente en la mano. Al punto se apoderó de mí una furia demoniaca y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma se separara de golpe de mi cuerpo; una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser. Sacando del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras sujetaba al pobre animal por el pescuezo y, deliberadamente, le hice saltar un ojo. Enrojezco, me abraso, tiemblo mientras escribo tan condenable atrocidad.

Cuando la razón retornó con la mañana, cuando hube disipado en el sueño los vapores de la orgía nocturna, sentí que el horror se mezclaba con el remordimiento ante el crimen cometido; pero mi sentimiento era débil y ambiguo, no alcanzaba a interesar al alma. Una vez más me hundí en los excesos y muy pronto ahogué en vino los recuerdos de lo sucedido.

El gato, entretanto, mejoraba poco a poco. Cierto que la órbita donde faltaba el ojo presentaba un horrible aspecto, pero el animal no parecía sufrir ya. Se paseaba, como de costumbre, por la casa, aunque, como es de imaginar, huía aterrorizado al verme. Me quedaba aún bastante de mi antigua manera de ser para sentirme agraviado por la evidente antipatía de un animal que alguna vez me ha querido tanto. Pero ese sentimiento no tardó en ceder paso a la irritación. Y entonces, para mi caída final e irrevocable, se presentó el espíritu de la PERVERSIDAD. La filosofía no tiene en cuenta a este espíritu; y, sin embargo, tan seguro estoy de que mi alma existe como de que la perversidad es uno de los impulsos primordiales del corazón humano, una de las facultades primarias indivisibles, uno de esos sentimientos que dirigen el carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo cien veces en momentos en que cometía una acción tonta o malvada por la simple razón de que no debía cometerla? ¿No hay en nosotros una tendencia permanente, que enfrenta descaradamente al buen sentido, una tendencia a transgredir lo que constituye la Ley por el solo hecho de serlo? Este espíritu de perversidad se presentó, como he dicho, en mi caída final. Y el insondable anhelo que tenía mi alma de vejarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer mal por el mal mismo, me incitó a continuar y, finalmente, a consumar el suplicio que había infligido a la inocente bestia. Una mañana, obrando a sangre fría, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué en la rama de un árbol; lo ahorqué mientras las lágrimas manaban de mis ojos y el más amargo remordimiento me apretaba el corazón; lo ahorqué porque recordaba que me había querido y porque estaba seguro de que no me había dado motivo para matarlo; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo, cometía un pecado, un pecado mortal que comprometería mi alma hasta llevarla -si ello fuera posible- más allá del alcance de la infinita misericordia del Dios más misericordioso y más terrible.

La noche de aquel mismo día en que cometí tan cruel acción me despertaron gritos de: "¡Incendio!". Las cortinas de mi cama eran una llama viva y toda la casa estaba ardiendo. Con gran dificultad pudimos escapar de la conflagración mi mujer, un sirviente y yo. Todo quedó destruido. Mis bienes terrenales se perdieron y desde ese momento tuve que resignarme a la desesperanza.

No incurriré en la debilidad de establecer una relación de causa y efecto entre el desastre y mi criminal acción. Pero estoy detallando una cadena de hechos y no quiero dejar ningún eslabón incompleto. Al día siguiente del incendio acudí a visitar las ruinas. Salvo una, las paredes se habían desplomado. La que quedaba en pie era un tabique divisorio de poco espesor, situado en el centro de la casa, y contra el cual se apoyaba antes la cabecera de mi lecho. El enlucido había quedado a salvo de la acción del fuego, cosa que atribuí a su reciente aplicación. Una densa muchedumbre habíase reunido frente a la pared y varias personas parecían examinar parte de la misma con gran atención y detalle. Las palabras "¡extraño!, ¡curioso!" y otras similares excitaron mi curiosidad. Al aproximarme vi que en la blanca superficie, grabada como un bajorrelieve, aparecía la imagen de un gigantesco gato. El contorno tenía una nitidez verdaderamente maravillosa. Había una soga alrededor del pescuezo del animal.

Al descubrir esta aparición -ya que no podía considerarla otra cosa- me sentí dominado por el asombro y el terror. Pero la reflexión vino luego en mi ayuda. Recordé que había ahorcado al gato en un jardín contiguo a la casa. Al producirse la alarma del incendio, la multitud había invadido inmediatamente el jardín: alguien debió de cortar la soga y tirar al gato en mi habitación por la ventana abierta. Sin duda, habían tratado de despertarme en esa forma. Probablemente la caída de las paredes comprimió a la víctima de mi crueldad contra el enlucido recién aplicado, cuya cal, junto con la acción de las llamas y el amoníaco del cadáver, produjo la imagen que acababa de ver.

Si bien en esta forma quedó satisfecha mi razón, ya que no mi conciencia, sobre el extraño episodio, lo ocurrido impresionó profundamente mi imaginación. Durante muchos meses no pude librarme del fantasma del gato, y en todo ese tiempo dominó mi espíritu un sentimiento informe que se parecía, sin serlo, al remordimiento. Llegué al punto de lamentar la pérdida del animal y buscar, en los viles antros que habitualmente frecuentaba, algún otro de la misma especie y apariencia que pudiera ocupar su lugar.

Una noche en que, borracho a medias, me hallaba en una taberna más que infame, reclamó mi atención algo negro posado sobre uno de los enormes toneles de ginebra que constituían el principal moblaje del lugar. Durante algunos minutos había estado mirando dicho tonel y me sorprendió no haber advertido antes la presencia de la mancha negra en lo alto. Me aproximé y la toqué con la mano. Era un gato negro muy grande, tan grande como Plutón y absolutamente igual a éste, salvo un detalle: Plutón no tenía el menor pelo blanco en el cuerpo, mientras que este gato mostraba una vasta aunque indefinida mancha blanca que le cubría casi todo el pecho.

Al sentirse acariciado se enderezó prontamente, ronroneando con fuerza, se frotó contra mi mano y pareció encantado de mis atenciones. Acababa, pues, de encontrar el animal que precisamente andaba buscando. De inmediato, propuse su compra al tabernero, pero me contestó que el animal no era suyo y que jamás lo había visto antes ni sabía nada de él.

Continué acariciando al gato y, cuando me disponía a volver a casa, el animal pareció dispuesto a acompañarme. Le permití que lo hiciera, deteniéndome una y otra vez para inclinarme y acariciarlo. Cuando estuvo en casa, se acostumbró a ella de inmediato y se convirtió en el gran favorito de mi mujer.

Por mi parte, pronto sentí nacer en mí una antipatía hacia aquel animal. Era exactamente lo contrario de lo que había anticipado, pero -sin que pueda decir cómo ni por qué- su marcado cariño por mí me disgustaba y me fatigaba. Gradualmente, el sentimiento de disgusto y fatiga creció hasta alcanzar la amargura del odio. Evitaba encontrarme con el animal; un resto de vergüenza y el recuerdo de mi crueldad de antaño me vedaban maltratarlo. Durante algunas semanas me abstuve de pegarle o de hacerle víctima de cualquier violencia; pero gradualmente -muy gradualmente- llegué a mirarlo con inexpresable odio y a huir en silencio de su detestable presencia, como si fuera una emanación de la peste.

Articulo:
http://www.elcultural.es 21/01/2009

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Pionero del relato moderno

Ciertos hábitos de conducta desordenados, las alucinaciones macabras que permean sus historias, y las expresiones escandalosas (“la mujer era tan esplendorosa como un sueño de opio”) engastadas en los textos de Edgar Allan Poe, lo convierten en un controversial genio de las letras universales. Aclamado por millones de lectores, la persona y su obra han sido sistemáticamente descalificadas. En ocasiones, por sus perennes excesos alcohólicos; en otros momentos, por la escabrosidad de los ambientes excéntricos representados en sus mejores títulos: los relatos cortos. La crítica de su país peca de tacaña con este inventor del relato de detectives, poniendo énfasis en el lado difícil de su personalidad, en vez de en sus aspectos amables, cariñosos, y de hombre inteligente. Una larga lista de plumas conocidas, desde Lewis Mumford a Harold Bloom, lo postergan sistemáticamente. Bloom en su libro sobre el canon occidental lo califica de escritor atroz, y en la lista de los principales escritores lo relega a un puesto secundario. Los valedores de Poe fueron los escritores mismos, encabezados por Baudelaire, el icono por excelencia de la modernidad, quien además de traducirlo al francés le reconoció su maestría. Nuestro Julio Cortázar lo tradujo al castellano lleno de admiración. Además de narrativa corta, escribió una poesía (El cuervo, Annabel Lee) de extraordinaria musicalidad y rebosante de imágenes sorprendentes, y una crítica literaria incisiva, equiparada por muchos en importancia con su narrativa.

La influencia de Poe en la literatura universal resulta enorme, semejante a la disfrutada por Borges en el presente, al tiempo que figura entre los fundadores de la literatura norteamericana. Su nombre aparece junto a los de Walt Whitman, Melville y Faulkner, algunos de los escritores que dotaron de señas de identidad propias a la naciente tradición. La obra de Poe se debe entender asimismo como muestra del rechazo de los valores del mundo industrial decimonónico, cuyo patrón quedó grabado en la literatura inglesa, pienso en las novelas de Dickens, y el despertar de una sensibilidad marcada por un descenso al interior del hombre. Poe fue pionero a la hora de realizar la moderna travesía del yo por las galerías del ser, donde afloran en el consciente los encargos del subconsciente. De hecho, Kafka y Borges sustituirían esas galerías, los escenarios góticos y fantasmagóricos de Poe, por laberintos.

Edmund Wilson describió con talento el carácter de la obra de Poe. Sus reflexiones, escritas en 1926, permanecen hoy igual de esclarecedoras que entonces. Los personajes del bostoniano, viene a decir, actúan como héroes románticos, que se enfrentan con los valores, las leyes humanas y religiosas de su tiempo. El lector recibe, en el momento preciso en que el personaje se enfrenta al hecho misterioso y sus nervios se desequilibran, una especie de iluminación, vislumbra un espacio suprarreal, donde el hombre busca equilibrarse entre la realidad y un mundo desconocido.

Uno de los relatos magistrales del americano, “La verdad sobre el caso del señor Valdemar”, ejemplifica a la perfección lo dicho por Wilson. El caballero del título vive enfermo, al borde la muerte, cuando entra en contracto con un individuo versado en cuestiones de magnetismo o mesmerismo, quien le propone un trato, el dejarse mesmerizar en el momento mismo de la muerte. Valdemar, sujeto curioso, conocido autor y compilador de la Biblioteca Forénsica –todo recuerda bastante a Borges– accede de inmediato. Llegado el instante final, Valdemar avisa al mesmerizador, quien efectúa los correspondientes pases. Entonces le pregunta a Valdemar si está dormido, y el enfermo responde que no, que está muerto. Durante siete meses vivirá Valdemar bajo los efectos del magnetismo, muerto, pero vivo. A continuación, el hipnotizador y los médicos de cabecera deciden despertarle. Cuando lo intentan, el cuerpo muerto se deshace, y fluyen por el lecho unos líquidos oscuros, como si en efecto, llevara siete meses del otro lado. El narrador intenta así levantar la cortina del más allá de la muerte. El retrato de Dorian Gray, de Wilde, el envejecimiento súbito del protagonista se inspiró en este relato. Pocas veces vemos tan claro como el romanticismo se prologó en el modernismo.

La teoría del relato de Poe resulta sencilla y encontró numerosos seguidores. El autor, dice, debe comenzar definiendo bien el efecto que desea producir, y sobre él armar la historia; por tanto, el tema resulta secundario al efecto, pues éste será el que mueva al lector. Poe siempre diseñó sus relatos con una organización racional estricta, descabalada en el relato por emociones humanas muy intensas, a veces bajas. Este modelo tan estricto dio origen a que sus historias fueran consideradas el modelo de las modernas historias de detectives. El adjetivo decadente, calificativo que acompaña siempre a la obra y persona de Poe se entiende porque sus textos rebosan alcohol, opio, alucinógenos que trastornan los sentidos y proporcionan situaciones como la del relato “Ligeia”, en el que los ojos verdes de la mujer amada se convierten en negros al morir. Resultan sinestesias raras, inducidas por la droga, pues Poe, como De Quincey, sustituyó la imaginación por la droga como fuente de inspiración creativa.

Germán GULLÓN

CRONOLOGÍA

- 19 de enero de 1809. Nace en Boston (Estados Unidos).
- 1826. Comienza sus estudios de Lengua en la Universidad de Virginia.
- 1827. Se alista en el Ejército y publica su primer poemario: Tamerlán y otros poemas.
- 1831. Tras una breve estancia en la academia de Wes Point y en Nueva York se instala en Baltimore para dedicarse por completo a la escritura.
- 1833. Publica Manuscrito hallado en una botella.
- 1835. Se casa con su prima Virginia Eliza, de trece años.
- 1837. Abandona el“Messenger”, el periódico en el que ha alcanzado la fama literaria
- 1838. Publica Las aventuras de Arturo Gordon Pym.
- 1845. Se publica en el Evening Mirror su poema “El Cuervo”, que obtiene enorme éxito popular.
- 1847. Muere su mujer, Virginia Eliza.
- 1849. Contrae matrimonio con Sarah Elmira Royster, un viejo amor de juventud.
- 3 de octubre de 1849. Es hallado en las calles de Baltimore en pleno delirio y con ropas que no son las suyas. Muere cuatro días después en el Washington College Hospital.


Fernando SAVATER/Los hijos de POE


REPORTAJE:
Los hijos de Poe
Por Fernando Savater

Sus relatos son artefactos lógicos, de precisión clínica, y en ellos cada acontecimiento y cada detalle se encaminan a producir un efecto único y traumático.

De pocos autores puede decirse que hayan dado origen a un nuevo género literario, pero a Edgar Allan Poe se le atribuye a justo título la paternidad de dos: el cuento fantástico moderno y la narración detectivesca. Dejemos en esta ocasión a un lado a Dupin y su progenie de sabuesos. Poe introduce en literatura el virus hasta hoy felizmente incurable de una nueva forma de lo macabro y lo espeluznante, elementos ancestrales de los relatos desde que los primeros humanos se sentaron a escucharlos en torno al fuego recién inventado, mientras en la negrura circundante acechaban los tigres de dientes de sable y barritaban los mamuts. Sin duda el autor norteamericano toma algunos ingredientes para su pócima -la comicidad grotesca, los personajes caricaturescos y las visiones opiáceas- del inevitable E. T. A. Hoffmann, pero su receta es absolutamente personal. Para empezar, descarta las concesiones a la superstición, a la leyenda milagrosa y a los demonios de sacristía. Su pánico no viene de fuera sino que nace en el interior descreído del hombre moderno. Como bien aclara en el prefacio de sus Cuentos de lo grotesco y arabesco con orgullo de precursor: "Si el terror ha sido el tema de buena parte de mis obras, este terror no proviene de Alemania sino de mi alma".

En sus narraciones lo sobrenatural siempre es la prolongación de lo natural por otros medios: lo que desafía a las leyes de la naturaleza es la subjetividad que las interpreta y quisiera transgredirlas hasta sacudirse su yugo fatal. En la mayor parte de los casos los cuentos están narrados en primera persona para que el lector tenga menos escapatoria cuando llegue lo irremediable. Sus protagonistas llevan dentro de sí una grieta precursora del inminente desastre, como la fachada de la casa Usher. Por esa grieta penetran -o salen- los espectros encarnados del pavor. Pero no hay en dichos relatos concesiones a la vaguedad ni la incoherencia de corte romántico: son artefactos lógicos, de precisión clínica, en los que cada acontecimiento y cada detalle ambiental se encaminan a producir un efecto único y traumático. Por eso resultan inolvidables y hasta quienes menos aprecian sus recursos truculentos no pueden ya librarse nunca de lo que les sucedió al encontrarse por vez primera con el corazón delator o cuando conocieron al señor Valdemar.

Es difícil comprimir en pocas líneas la nómina de seguidores que tiene Poe, tanto entre los escritores como primordialmente entre los lectores, aunque naturalmente sólo puedo referirme con nombres y apellidos a aquellos. Los primeros estuvieron, por supuesto, en su propio país, como su contemporáneo de origen irlandés Fitz James O'Brien (su impresionante cuento ¿Qué era aquello? prefigura El Horla de Maupassant y las pesadillas de Lovecraft, ambos también discípulos del bostoniano) o Ambrose Bierce, el mejor de todos por su humor macabro y el trato familiar con fantasmas, que sólo igualará M. R. James. Después Baudelaire lo importa a Europa y así impregna a los mejores de cada país: Villiers de l'Isle-Adam, Gustavo Adolfo Bécquer (algunas de sus Leyendas cuentan entre lo más exquisito del género), Sheridan Le Fanu o el mismísimo Charles Dickens. Quizá el mejor heredero de Poe sea R. L. Stevenson, no sólo en la obra maestra Jeckyll y Hyde sino también en Olalla o Markheim. Después, Arthur Machen, El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde y la lista inacabable de los contemporáneos: Borges, que sigue la línea lógica y cosmológica menos frecuentada, Robert E. Howard (Palomos del infierno, La sombra de la bestia), Ray Bradbury, Julio Cortázar, Richard Matheson (¡aquella negra maravilla de tres páginas con que se dio a conocer, Nacido de hombre y mujer!), Robert Bloch, Jean Ray, Stephen King o buenos autores españoles como José María Latorre o Pilar Pedraza... Porque ¿quién de los que ayer o incluso hoy mismo de verdad cuentan no sigue la traza de Poe, es decir, su poe-ética?

Lamentamos que su vida fuese breve, como si supiésemos cuánto debe durar la vida de cada cual para realizarse plenamente. Y le compadecemos porque fue desdichado, atendiendo superficialmente a su neurosis, a su pobreza, a la pérdida temprana de su amada Virginia, a su alcoholismo... Demasiada presunción por parte de nosotros, los felices. ¿Desdichado? Nada sabemos del gozo sombrío de inaugurar esa alameda rigurosa y siniestra por la cual aún transitamos, con la jauría infernal en los talones. Quizá él nos espera, sonriente y verdoso, al otro lado.

Edgar Allan Poe. Cuentos completos. Traducción de Julio Cortázar. Edición a cargo de Fernando Iwasaki y Jorge Volpi, comentada por 67 escritores hispanohablantes. Páginas de Espuma. Cuentos completos. Traducción de Julio Cortázar. Edhasa. Cuentos completos. Prólogo, traducción y notas de Julio Cortázar. Augur. Poe. Una vida truncada. Peter Ackroyd. Edhasa.

Articulo:
http://www.elpais.com 24/01/2009
Ilustracion: David Levine - http://www.nybooks.com/gallery/

Justo NAVARRO/Corrientes criminales


LIBROS - Novela negra
Corrientes criminales
Por Justo NAVARRO

Wittgenstein pensaba que la novela negra contenía más sabiduría que la filosofía occidental. El género policiaco está más vivo que nunca y abarca desde los detectives hasta la crítica social

No creo que exista ya la novela criminal de antes, con sus dos ramas: el pensativo Sherlock Holmes frente a los trepidantes detectives americanos. Renato Giovannoli (Elementare, Wittgenstein! Medusa, Milán, 2007) dice que la vía inglesa seguía los principios del primer Wittgenstein, el del Tractatus logico-philosophicus, mientras que la serie negra de los detectives salvajes compartió la mentalidad del segundo Wittgenstein. He oído que toda la filosofía del siglo XX puede dividirse entre la fiel al primer Wittgenstein (fanáticamente lógico) y la hipnotizada por el segundo (atento a cómo jugamos con las palabras según vivimos y según nos conviene). Parece complicado, pero más raro es el nombre de la antiheroína de El Halcón Maltés, Brigid O'Shaughnessy.

Ludwig Wittgenstein, profesor en Cambridge y aficionado a la novela criminal, opinaba que hay más sabiduría en la serie negra que en las revistas de pensamiento. A la novela a la manera inglesa, prueba de que incluso el crimen se atiene al orden y la racionalidad, prefería las historias americanas de puñetazos y tiros. Una facción de la novela criminal de nuestro tiempo cultiva todavía la serie negra: opta por el desorden callejero, por la crónica de los modos de vivir. Le interesa menos el delito que las relaciones sociales y familiares. El inspector Süden (Friedrich Ani, La promesa del ángel caído) se limita, desarmado y apacible bebedor de cerveza, a investigar en Múnich casos patológicos de angustia doméstica, por qué la gente huye de casa.

Joseph Conrad escribía en 1899 a su amigo Cunninghame Graham: "La sociedad es esencialmente criminal; si no fuera así, no existiría". Y es como si Conrad hubiera estado leyendo La muerte de Amalia Sacerdote, de Andrea Camilleri. El primogénito de un diputado es investigado en Palermo como probable asesino de su novia, hija del secretario de la Asamblea regional, a la que alguien abrió la cabeza con un cenicero. El ingenio de Camilleri transforma lo desagradable en diversión, a partir de las tensiones y líos de cuernos entre el presentador y el director del telediario, yerno de un senador omnipotente. ¿Cómo dar la información sin molestar? ¿Cómo no darla? A la deontología profesional se suma la prevención física: una palabra de más o de menos podría matar. Si, según Maurice Godelier, el parentesco funciona en las sociedades primitivas como relación económico-política, en las intrigas sicilianas de Camilleri las relaciones político-económicas son automáticamente relaciones de parentesco.

El crimen opera como un elemento de la economía política, y los gobiernos son a la vez el consejo de administración del capital y del hampa. John Grisham, que habitualmente se ocupa de la guerra desigual entre pequeños ciudadanos y empresas gigantescas, cuenta en La apelación un caso civilizado de aniquilación masiva. Los Payton, matrimonio y bufete de abogados en la ruina, defienden los intereses de una mujer que vio morir de cáncer a su marido y a su hijo. Una empresa química neoyorquina contaminó el agua y dejó centenares de posibles víctimas en lo que los periódicos llaman el Condado del Cáncer, en Misisipi. Condenados a una indemnización millonaria, los capitalistas apelarán al Tribunal Supremo del Estado, y así empieza el núcleo de la novela: la campaña electoral para un puesto de juez, es decir, la crónica sentimental de cómo se compran jueces. Una merienda al pie de una vieja caravana contrasta dramáticamente con las cenas, mansiones, aviones privados y esculturas de 18 millones de dólares de los que siempre tendrán razón. Un juez sale por ocho millones. Es "lo mejor del estilo de vida americano", dice Grisham, amargo y neosocialrealista.

Pero la actual facción dominante de la literatura policiaca trata de asesinos bestiales, más allá de toda razón. Sus herramientas son la sierra, el martillo, el taladro, un soplete. Dan mucho miedo. Atacan inesperadamente en Miami o en París. Si Wittgenstein sintonizaba con las viejas novelas de Conan Doyle y Dashiell Hammett, el patrón ideológico de las nuevas fábulas criminales ha surgido de la escuela del alemán Carl Schmitt, especialista en Derecho Internacional y Filosofía Política, que, después de estar a punto de ser juzgado en Núremberg, hoy emociona a admiradores poderosos.

La virtud política esencial es saber distinguir al enemigo, separar tajantemente entre buenos y malos, y los asesinos en serie, como los terroristas, son ejemplos inapelables del mal absoluto. El Enemigo, en sentido diabólico, no merece ni derecho ni piedad, y el Estado Total no es fragmentario: funde el poder ejecutivo con el poder judicial. No hacen falta tribunales: el policía suele aniquilar al criminal en cuanto lo caza. Alguna vez el policía actúa como un criminal en sí mismo. Miami, en las novelas de Jeff Lindsay, es una bruma de amiguismo y construcciones horrorosas donde estuvieron las playas de la infancia, y el narrador lo recuerda mientras persigue serial killers, pero prefiere centrarse en problemas más íntimos: Dexter, asesino destripador, forense de la policía, cuenta su pasión por la vivisección humana, bromista con reputación de intuir perfectamente "cómo piensan y trabajan los psicóticos homicidas".

Es un eco paródico de Hannibal Lester, el asesino múltiple que ayudaba al FBI a capturar asesinos múltiples. Ahora, en la tercera entrega de sus aventuras, Dexter en la oscuridad, va a casarse con la madre de dos niños, en los que presiente sus mismas inclinaciones sanguinarias, educados con "series de televisión que hubieran sido imposibles antes del descubrimiento del LSD". Carece de corazón, o eso dice, pero sólo mata a criminales, como si aspirara a ser el único monstruo mundial. Administra justicia con humor, y fulminaría inmediatamente al adversario que reta al comisario Sharko en El ángel rojo, de Franck Thilliez. Sharko se enfrenta a un asesino de mujeres, especialista en carne desgarrada y ojos sacados en vivo con minuciosidad de mesa de autopsias. Es en París, en nuestro mundo de manías religiosas, poderes paranormales, informática y malos a más no poder. Thilliez ha oído la opinión de Hannibal Lester: la exposición continua a la banalidad y la violencia insensibiliza a la gente, pero la sangre cruel es siempre emocionante. Cuanto más feroces sean los crímenes, más percibe el público que los malvados son malvados, con más vehemencia desea que a los culpables los aplaste el peso de la ley, y más consuelo siente cuando los matan. Sharko se confiesa ansioso de "extraer la sustancia inmunda que da vida a los criminales". Es el sentimentalismo de la venganza como única justicia verdadera.

La promesa del ángel caído. Friedrich Ani. Traducción de Joan Parra. Plataforma. Barcelona, 2008. 238 páginas. 18 euros. La muerte de Amalia Sacerdote. Andrea Camilleri. Traducción de Juan Carlos Gentile Vitale. RBA. Barcelona, 2008. 202 páginas. 12 euros. La apelación. John Grisham. Traducción de Laura Martín de Dios. Plaza & Janés. Barcelona, 2008. 472 páginas. 22,90 euros. Dexter en la oscuridad. Jeff Lindsay. Traducción de Eduardo G. Murillo. Umbriel. Barcelona, 2008. 318 páginas. 15 euros. El ángel rojo. Franck Thilliez. Traducción de Martine Fernández Castaner. Marlow. Barcelona, 2008. 448 páginas. 19,50 euros.

BCNegra'09 se celebra del 2 al 7 de febrero.
www.bcn.cat/cultura/bcnegra

Articulo:
http://www.elpais.com 24/01/2009

Soledad GALLEGO-DÍAZ/Entrevista Tomás ELOY MARTINEZ


Entrevista Tomás Eloy Martínez
"Hay 10 años de mi vida que se han ido para siempre y que son irrecuperables"
Por Soledad GALLEGO-DÍAZ

"Del exilio nadie regresa", escribe el narrador de Purgatorio. El autor argentino trata de recobrar con la novela, mediante la escritura y la imaginación, lo que el destierro le ha quitado

El purgatorio, según la doctrina de la Iglesia católica, es el proceso de purificación necesario antes de entrar en el reino de los cielos y pasa por el dolor de no disfrutar de la presencia de Dios, la ausencia, la pérdida del bien extraordinario que es la contemplación del amor y del ser querido. Purgatorio es, en ese sentido, el mejor título posible para la última novela del escritor argentino Tomás Eloy Martínez (Tucumán, 1934): la historia de una pérdida y de un exilio. Su personaje, Emilia Dupuy, busca durante treinta años a su marido detenido por los militares argentinos y desaparecidos. Un día le encuentra en un pub de Estados Unidos: el tiempo no ha pasado por él. "Cuando volvés al hogar del que te fuiste, pensás que cerraste el círculo pero te das cuenta de que tu viaje fue sólo de ida. Del exilio nadie regresa", escribe el narrador de la historia. Pero Emilia no lo cree.

-PREGUNTA. Su novela es una historia terrible de pérdida.
-RESPUESTA. He pensado mucho en el dolor de la gente que perdió a alguien, pero, sobre todo, en el dolor mayúsculo que significa no ver a ese alguien muerto. La verificación de la muerte es, al menos, una forma de consuelo. El limbo o el purgatorio de no saber qué se ha hecho del ser amado, dónde está, si está muerto, o si está preguntando por ti en otro sitio, es desesperante. De hecho, ya se habla de ello en la tragedia griega, cuando Antígona no puede enterrar a su hermano.

-P. Durante la época de la dictadura militar desaparecieron cerca de treinta mil argentinos. Ese sentimiento de pérdida, que es tan abrumador en la novela, ¿forma ya parte de cualquier argentino de su generación?
-R. En mi caso, yo fui expulsado de mi país poco antes de la dictadura. El motor por el que quise escribir este libro es, precisamente, la interrupción de una vida por el exilio. Hay 10 años de mi vida que se han ido para siempre y que son irrecuperables. Pensé en recuperarlos a través de la escritura. El despojamiento de los afectos es terrible. Por algo ya los griegos pensaban en el exilio como un castigo equivalente a la muerte. Te arrancan de tus afectos, de tus hijos, de tu vida profesional. Te fuerzan a ser otro. Y en esa "otredad" te pierdes.

-P. Llama la atención que sus dos personajes, Emilia y Simón, sean, precisamente, cartógrafos.
-R. No sé bien por qué, pero desde hace un tiempo me preocupa la idea del mapa y de la similitud del mapa y la novela. La escritura de la novela y la realización de los mapas son, ambas, invenciones de la realidad, imaginaciones. Al principio, los seres humanos, cuando no sabían qué tierra estaban pisando, se imaginaban el mundo y le ponían nombres a su arbitrio.

-P. Pero al mismo tiempo los mapas existen para que no perderse, para que no desaparezcas.
-R. Exactamente

-P. El personaje de Emilia está perdido, pero encuentra a Simón a través de la formidable intensidad de su amor. ¿Es el amor el único sentimiento capaz de desarrollar tanta fuerza?
-R. Sobre todo es la ansiedad de recuperar el amor que no viviste, que te convirtió en otro ser. Como digo, el impulso inicial que me movió a escribir este libro fue tratar de recuperar, mediante la escritura y la imaginación, lo que el exilio me ha quitado. La escritura y la imaginación tienen un poder mayúsculo, un poder que traté de medir a través de la escritura de esta novela. La idea original era narrar la vida cotidiana de los argentinos, no los campos de concentración, no los tormentos, no las muertes horrendas, sino la grisura de la vida cotidiana. Sobre todo, algo que me perturbaba estando afuera muchísimo, ¿cómo no se reacciona, cómo se mira para otro lado? Las dictaduras no son posibles sin una complicidad colectiva; una cierta forma de resignación o de complicidad colectiva. La fuente de esa complicidad, creo, es la ignorancia. El gran recurso de los autoritarismos es obligarte a ignorar, a que sólo sepas lo que ellos quieren que sepas.

-P. Lo primero que han hecho las autoridades israelíes antes de invadir Gaza ha sido impedir la presencia de periodistas.
-R. Sí. Y otra cosa importante. Aquí, si denunciabas lo que veías, el régimen te tildaba inmediatamente de "antiargentino" y como tal te condenaba. Ahora, si tú publicas fuera de Israel algo sobre lo que sucede en Israel, pueden muy bien llamarte antisemita. Cuando Israel levantó el muro, que a mí me parecía que era contrario a toda la tradición de la persecución judía, publiqué un artículo en La Nación, diciendo que era una barbaridad, una forma lenta de muerte, y no sabes la cantidad de voces que se alzaron aquí para acusarme de antisemita.

-P. Un personaje que me resulta interesante es el de Dupuy, el padre de Emilia. No es un hombre que esté loco, sino que, básicamente, es un sinvergüenza.
-R. Así es. Un canalla. Tiene un ideal de extrema derecha, militar, la idea de construir un país sobre "Dios, Patria y Hogar", la espada y la Iglesia, la unión de las armas con la fe y todo eso, mezclado junto con la corrupción, que afecta a los presuntamente incorruptibles y que resulta avasalladora. Es también el tema de otra novela mía, El vuelo de la reina. En ese caso es un periodista incorruptible, que, en su empeño por luchar contra la corrupción, se corrompe.

-P. ¿Es tan fácil corromperse?
-R. Si no tienes una estructura moral muy sólida y no te repugna la corrupción por principio o por vergüenza, entonces sí, supongo que la corrupción es una tentación muy importante. Asume formas a veces imprevisibles. Aquí se ven infinitas formas de corrupción. Incluso puedes convertirte en un corrupto sin tener conciencia de que lo eres. La corrupción no es sólo corrupción del dinero. La corrupción en el periodismo, por ejemplo, es la coquetería del poder, hacerte creer que puedes derrumbar a un ministro o tener alguna influencia mayor.

-P. Un episodio curioso en la novela es el momento en que Dupuy padre visita a Orson Welles para proponerle que haga un documental sobre los mundiales de fútbol. Yo llegué a creer que era una historia posible.
-R. Así se crean los personajes. Yo conocí a Orson Welles tal como lo conoce Dupuy, en la última corrida de Antonio Bienvenida, en Toledo. Yo era un periodista y él estaba implicadísimo en la ceremonia de apartar los toros, opinando como si fuera un experto. Me contuve y no le pregunté sobre el Quijote, que había dejado a medio hacer. Yo admiro mucho a Welles, para mí es éticamente muy valioso. Me pareció que si el episodio no tenía verosimilitud no podía tener fuerza y me puse a estudiar a Welles, así que cuando Dupuy le visita yo sabía dónde estaba, qué hacía. Descubrí que en esa época Orson Welles prestó su voz para una película que se llama Genocidio, y me pareció interesante devolverle el homenaje.

-P. Con relación al personaje de Emilia, a veces resulta desesperante cuánto tiempo tarda en darse cuenta de lo que le ha pasado a su marido, pese a que hay muchas personas que se lo dicen.
-R. Ella lo explica en un momento dado: "Si Simón ha muerto, entonces mi padre es un asesino y mi madre, una cómplice". Y sobre la muerte de su marido, que ya sería suficiente lastre para ella, pues la esperanza la mantiene viva, tendría que sumar la culpa de esos antepasados espantosos. Emilia es un reflejo, o una metáfora, aunque la palabra me parece un poco presuntuosa, de la sociedad argentina, en general, a la que le están ocurriendo las cosas delante de sus ojos y no las ve. Prefiere esperar a que ocurran milagros. Pero Emilia no espera pasivamente, porque de todos modos busca.

-P. La historia de amor, que es tan importante en la novela, ¿sería posible pensarla igual si la desaparecida fuera ella y Simón quien la busca?
-R. Creo que el género masculino no tiene, en general, la misma fuerza pasional y la misma tenacidad que tienen las mujeres. Por algo son Las madres de Plaza de Mayo y no Los padres de Plaza de Mayo. Aunque los maridos acompañen el símbolo de la búsqueda y de la espera, son las mujeres las que pusieron el pecho a la dictadura.

-P. Su novela tiene muchas lecturas posibles: es una historia de amor, pero también una novela política, pero también una novela metafísica... Es una novela sin miedo.

-R. Sin miedo a las consecuencias. Caminar sobre una cuerda floja sin caerte. En estos temas uno piensa cuál es el límite y hasta dónde puedo avanzar, y cuanto más libre te sientes, más seguro te sientes y mejor avanzas. De todos mis libros es el que he escrito más rápido, dejándome llevar.

-P. ¿Usted cree que algo que ha existido alguna vez existe siempre?
-R. Un ser que existió persiste a través de la memoria. Por eso el libro insiste en que la identidad de cada uno de nosotros está en los recuerdos. No sólo en los recuerdos que tienes sino en los recuerdos que dejas. Por eso el cielo y el infierno son tus buenas y tus malas acciones, aquello que dejaste y eso que queda en la memoria de los otros.

Purgatorio. Tomás Eloy Martínez. Alfaguara. Madrid, 2009. 296 páginas. 18,50 euros.

Articulo:
http://www.elpais.com 24/01/2009

Grupo literario SIGNOS/ Moisés SANCHEZ FRANC0: Iras contemporáneas


Grupo literario SIGNOS
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Un Repaso de cuatro polémicas literarias del siglo XX
Iras contemporáneas
Por Moisés Sánchez Franco

La literatura siempre ha sido un territorio donde los egos y los puntos de vista han colisionado, a veces con humor, a veces con violencia. Es fama el intercambio de pullas entre Quevedo y Góngora, la discusión entre Lope de Vega y Cervantes, así como los debates literarios entre Tolstoi y Gorki, que llevó a este último a escribir un libro parricida, Recuerdos de Tolstoi, Chejov y Andreiev, donde cuestiona la díscola, conservadora, y aristócrata personalidad del autor de Resurrección. Pero en los últimos cuarenta años los debates han continuado: los intelectuales han perdido la compostura, han declarado catilinarias, han escrito libelos y han provocado las pasiones más exaltadas, así como las decepciones más profundas. A continuación presentamos cuatro de las polémicas más saltantes que han alimentado la chismografía literaria.


ARGUEDAS vs CORTÁZAR

Cuando cerraba la década del sesenta, una polémica sacude a la literatura Latinoamericana: el debate entre Arguedas y Cortázar, altercado que bien resume la discusión entre cosmopolitas y telúricos. En su famosa "Carta a Roberto Fernández Retamar", enviada desde París en mayo de 1968, el argentino Julio Cortázar afirmó que un escritor alejado de su país e instalado en el viejo mundo podía descubrir con efectividad las auténticas raíces de lo latinoamericano. Cortázar renegaba del telurismo afirmando que éste le resultaba "completamente ajeno" y "hasta aldeano". Estas ideas provocaron la ira de Arguedas que respondió con un adelanto de su novela El zorro de arriba y el zorro de abajo publicado en la revista Amaru meses después. Allí Arguedas reconoce la aguijoneante genialidad de Cortázar, pero aclara que: "Todos somos provincianos, don Julio. Provincianos de las naciones y provincianos de lo supranacional". Cuando parecía que la discusión había terminado, un año después, Cortázar replica, esta vez desde la cosmopolita revista Life, diciendo que estaba de acuerdo con aquello que todos éramos provincianos, pero que "existe una diferencia entre ser un provinciano como Lezama Lima, que precisamente sabe más de Ulises que la misma Penélope, y los provincianos de obediencia folklórica para quienes la música de este mundo empieza y termina en las cinco notas de una quena". Como era de esperarse estas declaraciones causaron en Arguedas una profunda molestia, la cual volcó en su artículo "Un inevitable comentario a unas ideas de Julio Cortázar" publicado en El Comercio en junio de 1969. Allí el escritor peruano aclara que las quenas modernas tienen más de cinco notas y que para recordarle ese detalle a Cortázar le ha dedicado un jaylli quechua. Años después, en el Tercer diario, publicado en El zorro de arriba y el zorro de abajo, Arguedas aseguró que don Julio quiso ningunearlo. Con ánimo de revancha, el autor de Yawar fiesta, en una fina humorada helenística, retrata a Cortázar como un ser ridículamente mitológico, que "cabalga en flamígera fama como sobre un gran centauro rosado".


VARGAS LLOSA vs GRASS

En 1985, en la reunión del PEN club en Nueva York, Mario Vargas Llosa sugirió que los intelectuales latinoamericanos muchas veces se convierten en aliados ideológicos de los tiranos de izquierda, de aquellos enemigos de la democracia. Sin remilgos llamó a García Márquez "cortesano" de Fidel Castro. Estas declaraciones enfadaron al novelista alemán Günter Grass, quien, enterado de lo sucedido, no dudó en exhortar a Vargas Llosa a que se desdijera, pues no aceptaba aquello de escritor cortesano para denominar a García Márquez, ni tampoco toleraba sus críticas a los intelectuales de izquierda (a quienes sí consideraba democráticos) ni a los gobiernos comunistas latinoamericanos, que representaban para él verdaderos paraísos culturales. Entonces Vargas Llosa declaró que no entendía como alguien que rechazaba la existencia de gobiernos comunistas en Europa veía con buenos ojos los sistemas totalitarios de izquierda en Latinoamérica. Como el cruce de palabras llenó varias portadas de diarios europeos, la Universidad Menéndez y Pelayo de Barcelona invitó a ambos escritores a un debate público. Vargas Llosa se mostró predispuesto a conversar, pero Grass rechazó la invitación. Todo parecía haber terminado. No obstante, el autor alemán arremetió nuevamente, esta vez ante un ausente Vargas Llosa, en una sesión de la reunión del Pen club llevada a cabo en Hamburgo, en 1986. Allí Grass volvió a conminar a Vargas Llosa para que retirada sus declaraciones, so pena de declararlo "interlocutor inválido". El escritor peruano se defendió de ese ataque artero mediante la "Carta a Günter Grass", donde cuestiona el 'curioso' estilo del alemán para polemizar con un contrincante ausente y afirma que el autor de El tambor de hojalata desconoce la política latinoamericana. Además acusa al autor germano de no manejar un concepto adecuado de democracia y confiesa la decepción que lo embarga al descubrir el verdadero rostro político de su colega teutón. Concluye diciéndole que esta polémica dificultará "la posibilidad de que alguna vez sean amigos". Una anécdota reciente nos permite ver que la herida sigue abierta. En el 2006, el escritor ario publicó sus memorias tituladas Pelando la cebolla, donde confesó que a los 17 años había formado parte de la milicia nazi. La declaración, como era de esperarse, causó gran revuelo. Entre los opinantes estuvo Vargas Llosa, quien afirmó que "Grass era menos perfecto de lo que muchos nos han hecho creer".


TABUCCHI vs ECO

En 1997, la policía italiana descubrió que un grupo de jóvenes acomodados se divertía provocando accidentes al lanzar piedras a la autopista desde lo alto de un puente. Este hecho singular despertó la opinión de diversos intelectuales italianos. Harto de la cháchara, Umberto Eco escribió un artículo titulado: "El primer deber de los intelectuales: permanecer callados cuando no sirven para nada". El autor de El nombre de la rosa postulaba que "los intelectuales solo son útiles a largo plazo", pues sus opiniones no pueden cambiar la mentalidad de las autoridades, aunque sí pueden influir en el pensamiento de los poderosos venideros. Eco aseguraba que, en el momento que ocurren los problemas, los intelectuales tienen poco qué decir y "pedir su palabra alada es tan inútil como reclamarle a Platón un remedio contra la gastritis". Esta postura pasiva y conservadora provocó la reacción de otro gran escritor italiano, Antonio Tabucchi, quien respondió a Eco con un libro mordaz: La gastritis de Platón. En él, mediante una carta abierta a Adriano Sofri, un intelectual italiano de izquierda condenado injustamente a la cárcel, defiende la participación activa del escritor en los fenómenos sociales. Para Tabucchi, Eco aún tiene en la mente la idea del escritor excéntrico y díscolo y descuida a aquel otro escritor comprometido y activista, como Sofri, que busca cambiar la suerte de la sociedad, que defiende la multiplicidad de perspectivas sobre un mismo asunto y que reclama, con valor e insistencia, que los escritores no sean simples figuras ornamentales.


THEROUX vs NAIPAUL

Hace algunas décadas, en una universidad de Kenya, el joven norteamericano y aspirante escritor Paul Theroux conoció al ya literato y elocuente V. S. Naipaul. El americano no tardó en considerar al inglés como su modelo y mentor. Para conocerlo más, el autor de La costa de los mosquitos no dudó en ser su chofer e incluso en convertirse en el hombre que le hacia los mandados. Naipaul en compensación le instruía sobre cómo convertirse en un genio de la literatura. Desde sus primeras publicaciones, Theroux le regalaba constantemente sus libros autografiados a su maestro; Naipaul los recibía con agrado y prometía conservarlos. Con el paso de los años, Theroux notó que sus triunfos no eran bien observados por su maestro. Mucho tiempo después, cuando ya era un escritor consolidado, el escritor norteamericano sufrió una grave decepción: encontró todos los libros que había escrito y le había regalado a su maestro de remate en una librería on line. Este suceso generó la ira de Theroux, quien despotricó contra su otrora mentor en La sombra de Naipaul (1998). Con humor y apelando a la infidencia, el escritor americano narra como Naipaul intentó vanamente suicidarse con gas poco antes de publicar su primer libro. No duda en describir a su ex amigo como un esposo cruel y machista, además de perfilarlo como un intelectual que subestimaba la producción literaria africana, al punto de llegar a emitir afirmaciones racistas. El autor de Chicas que juegan asevera que Naipaul, durante su permanencia en Kenya, declaró que cuando los blancos se fueran del continente, África sucumbiría en la más catastrófica barbarie.


Mariano ESTRADA/Vivir sin ti




Mariano Estrada Vázquez Nací en 1947, en un pueblo de Zamora llamado Justel. Es natural de Muelas de los Caballeros (Zamora) y ha publicado los poemarios «Mitad de amor, dos cuartos de querencias» (1984), «El cielo se hizo de amor» (1986), «Tierra conmovida» (1987), «Trozos de cazuela compartida» (1991), el ensayo «Paco Llorca, semblanzas del arte» (1993) y «Azumbres de la noche» (1993).Ha publicado en papel los poemarios "Desde la flor del almendro" (1995), "Hojas lentas de otoño" (1997) y "Amores colaterales".

Por otra parte, algunos libros que han sido parcial o totalmente publicados en Internet, como "Vientos de soledad", "El limón hespérico" y actualmente escribe "Gotas de hielo" y también un ensayo titulado "Aguablanca, caminos de ida y vuelta", otro titulado "La patrias de dulcinea", junto ha algunos cuentos y numerosos artículos de variada índole

Sitio :
http://www.mestrada.net/
E-mail :
maritos@telefonica.net

Sobre
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Vivir sin ti
Por Mariano Estrada

El poema “Vivir sin ti” pertenece al libro “Gotas de Hielo” y ha sido recreado magníficamente por Stella Maris Rodríguez (Mar).

Podéis verlo aquí:
http://groups.google.com/group/paisajes-literarios/files?upload=1


Vivir sin ti
Por Mariano Estrada

No es que no quiera
vivir sin ti, es que sin ti
no me atrapa la vida.

De repente, las cosas
carecen de sentido.
Son las mismas de ayer
y, sin embargo,
hoy se me hacen objetos
indiferentes, formas o materias
que no tiran de mí..

¿De qué sirven miradas,
a través de estos ojos
sin compañía?

¿De qué sirve saber
que son los mismos pájaros
los que se oyen cantar en el jardín,
donde las rosas
nos daban su belleza?

¿De qué vale mirar el escenario
en el que fuimos
felizmente protagonistas:
el mismo sol, la misma luna,
el mismo amanecer
brotando sobre un mar
al que ya no se enganchan mis sentidos?

De nada vale
tener los mismos libros
en las viejas estanterías,
la misma enredadera
trepando por los muros
eternos de la casa,
incluso el mismo gato
durmiendo junto a un fuego
que nadie enciende ya para el amor

No, no es que yo no quiera
vivir sin ti, es que tu ausencia
tiene en mi corazón
mucho más peso que la vida.

Rosario SABARIEGO GÓMEZ/La Principita

La Principita
de Rosario Sabariego Gómez
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http://poetalago.blogspot.com/
E-mail: rosario.sabariego@gmail.com



Rosario Sabariego Gómez - Jaén, España, 13 de Febrero de 1980. Maestra en Educación Musical por la Universidad de Jaén donde también cursó estudios de Psicología. Obtuvo una Beca en el Departamento de Didáctica de la Expresión Musical, Plástica y Corporal colaborando en la experiencia piloto para la implantación del ECTS (Sistema de Transferencia del Crédito Europeo). Amante de las letras desde edad temprana. Consiguió el primer premio de Poesía Colegio Hijas de Cristo Rey de Jaén en 1998. En 2002 sus poemas se enjaularon en cristal para ser leídos en la sala del Colegio Oficial de Arquitectos de la provincia de Jaén. Actualmente participa en foros literarios y forma parte de la Antología de la Nueva Poesía Hispanoamericana compilada por el poeta peruano Leo Zelada en la que ha publicado poemas en la Décimosexta edición. Finalista del Primer Certamen de Poesía Social de Poetas Solidarios.

E-mail:
rosario.sabariego@gmail.com

Sobre
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El Principito es uno mis libros favoritos. De ahí que surja la idea de crear una especie de princesita exploradora.

La "Principita" ansía conocer, observar y sobre todo aprender. Admira los pequeños detalles de su mundo y le gusta sacar sus propias conclusiones de todas las experiencias que le van marcando su camino.


Cada entrada o post es una pregunta o reflexión que ella hace...


La Principita y las gotas

¿ Por qué el cielo llora ?

Eso fue precisamente lo que preguntó La Principita a una de las gotas que resbalaban de su paraguas en un día de lluvia…

La gota sorprendida por su pregunta comenzó a observar a otras gotas cercanas… Ella misma era una lágrima del cielo que no sabía la razón de su existir.

La Principita volvió a hacerle la pregunta a esa diminuta gota:

¿ Por qué el cielo llora ?
Y entonces se hizo la respuesta. Una de las gotas que mojaban sus pies se alzó en vuelo y empezó a justificar una respuesta:

Los días no siempre son lluviosos. Ayer mismo yo y las demás gotas estábamos escondidas, observando desde lejos cielos azules, colores radiantes, soles, nubecillas… hoy fue el tiempo de nuestra salida. Tuvimos que mojar al día porque se encontraba triste. Igual las sonrisas en tu rostro son como aquellos días soleados y las lágrimas indican un estado de ánimo afligido.

El cielo llora para sonreír mañana.

Esa fue la explicación dada por una gota de lluvia. La Principita no entendía aún esas lágrimas del cielo y no era muy convincente la respuesta de la gota. Cerró su paraguas y paseó bajo la lluvia esperando que un sol la iluminara…

¿ Qué piensan los demás exploradores de este planeta ?

***

La Principita y las flores

¿ Por qué algunas flores son más bellas que otras ?

Las flores son cómo los colores... Cada uno es distinto y tiene su propia función en el mundo. Si el Sol fuese negro perdería su propia esencia. Si la noche no lo fuera, su belleza también se esfumaría, y por lo tanto, su esencia.

Las flores... quizá algunas resulten más bellas que otras, pero en particular, cada una es especial y tiene un significado diferente para cada persona. Hay quienes prefieren rosas, los hay que prefieren margaritas, otros violetas, amapolas... En cuestión a la naturaleza de éstas y sus funciones, tanto es bello un campo de amapolas como uno de margaritas... y ¡nada qué decir de las rosas!, son preciosas... Recuerdo a mi amigo El Principito... Su rosa era especial, única...

La belleza no sólo está en el exterior, aunque nos dejemos llevar por las primeras apariencias y nuestra atracción se vea favorecida, hay una mayor sintonía con el interior de cada materia... de ahí lo especial de cada ser.

Si nos propusiéramos cuidar una sola rosa de un jardín de rosas, aunque al principio todas nos parecieran iguales, al final nuestra rosa sería especial por el tiempo y la dedicación que le diéramos y la hermosura que ella nos regalase.

¿ Por qué algunas flores son más bellas que otras ?

Cada flor es única.

¿ Qué piensan los demás exploradores de este planeta ?


***
La Principita

El Principito es uno mis libros favoritos. De ahí que surja la idea de crear una especie de princesita exploradora.

La "Principita" ansía conocer, observar y sobre todo aprender. Admira los pequeños detalles de su mundo y le gusta sacar sus propias conclusiones de todas las experiencias que le van marcando su camino.

Cada entrada o post es una pregunta o reflexión que ella hace...

Pablo NACACH/MARX y el estado cataléptico


CRÍTICA: LIBROS - Ensayo
Marx y el estado cataléptico
Por Pablo NACACH

"El capital viene al mundo chorreando sangre y lodo por todos los poros, de la cabeza hasta los pies".
El Capital, K. Marx


Oculto tras una desaliñada barba de casi 150 años prolijamente acicalada, sonriendo a diestra y siniestra a los fans, qué digo fans, a las masas populares enardecidas que aplauden a rabiar la presencia del ídolo, desciende, de una limusina negra como el futuro, el personaje más deseado del momento. Sin despegarse de su lado, alguien que ha sido su sombra desde aquellos lejanos días de vino y rosas pasados en el tormentoso apartamento del Soho londinense en el que juntos comenzaban a dar forma a la obra, qué digo a la obra, al revolucionario suceso que les daría fama y prestigio internacional, le susurra al oído la apretada agenda del día: desayuno y apretón de manos con un taxista y el presidente del Gobierno; almuerzo y entrevista exclusiva con Ana Rosa Quintana televisiva; siesta obligada, que los siglos no vienen solos, y sesión de firma de camisetas en El Corte Inglés...

¡Toma ya! Pero si son los buenos de Karl Marx y Friedrich Engels enfilando el triunfal camino de regreso, volviendo por sus fueros después de que la Feria de Francfort constatara que El Capital ha visto incrementadas sus ventas un 300%, de que saltara la noticia de que el personal de las agencias turísticas de Tréveris no da abasto para recibir a los más de cuarenta mil curiosos que, en 2008, se acercaron a fisgonear en la casa natal del "gran pensador" -como alguna vez lo llamó Max Weber-, y sobre todo tras la alegría que a Karl le ha dado haber sido incluido en el ranking en el que The Times da crédito a "los diez Houdinis de la contracción crediticia que han conseguido escapar de la crisis financiera".

¿Resucita Marx cual ave fénix de sus cenizas o nunca se había muerto del todo? En cualquier caso, analizar con él, gracias a él, la vida de las sociedades presentes resulta un saludable ejercicio para comprender, sin ir más lejos, cómo las crisis periódicas y la tendencia al monopolio inherentes al funcionamiento del sistema capitalista, procesos tan finamente delineados en El Capital, mantienen línea directa con la privatización de un Estado que hoy financia con dinero público-es decir, con el nuestro: ¡contribuyentes del mundo, uníos!- el rescate de una banca especuladora que ninguna intención tiene de abandonar el botín del atraco y dejar de hacer caja a punta pala. O entender cómo la lucha de clases ha "desaparecido" del mapa por aplastamiento de las gotas, mientras la clase vencedora agita orgullosa su cola de pavo real, indiferente ante la miseria y el hambre, impasible ante la muerte que fabrica. O tal vez puede que Marx sirva de post-it que nos recuerde que la violencia es la partera de la historia -con minúscula, a ver si todavía despierta de su letargo-, por ejemplo cuando en sus Manuscritos económicos y filosóficos de 1844 señalaba la alienación del obrero como consecuencia de un proceso de trabajo que acababa, que empezaba, que continúa convirtiéndolo en "criatura de sus creaciones". Y claro, por pedir que no quede, ya nos gustaría encontrar en algún mass media el análisis de un comunicador con la inteligencia y la honestidad de ese animal político y filosófico, de esa bestia poética y literaria que fue Marx para que nos contara por favor, con el rigor absolutamente necesario, la irrupción de Obama en el escenario internacional como él hizo con la figura de Napoleón III en El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, evitando caer en el tópico del cesarismo y rescatando la complejidad del inconsciente social asumiendo que "el valor no lleva escrito en la frente lo que es". Qué placer añadido supondría que dicha reflexión abriera su alocución diciendo: "Hegel comenta en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal se producen dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y otra como farsa...".

La crisis -con mayúscula, a ver si todavía se enfada-, ese estado cataléptico en el que parece suspenderse toda actividad hasta nuevo aviso, esa sensación de muerte aparente que requiere que el Capital pase un tiempo prudencial en la UVI para que pueda despejar la equis de la ecuación -que no es otra que hacer el recuento de las bajas que ha provocado en aquellos a quienes devora para alimentar su insaciable sed de plusvalor- y para prometerle a su ombligo que por supuesto sigue y seguirá vivito y coleando, ha vuelto a poner de moda, al menos comercialmente, la obra de Karl Marx. Aprovechemos pues el tirón, que la fama es puro cuento y dura lo que dos peces de hielo en un whisky on the rocks, para leerlo no como ansiolítico que calme la angustia de la incertidumbre, ni como recetario en el que puedan hallarse los ingredientes que den en la tecla de la reencarnación, sino como arma a la hora de agitar conciencias propias y ajenas y, sobre todo, para recordar una vez más que existe una dermis en la que los dueños del Capital y sus cipayos jamás podrán posar sus garras manchadas de lodo y de sangre: la lucidez para pensar libremente y actuar en consecuencia y en la realidad.

Que tampoco falta tanto para que descongelen a Walt Disney...

El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte. Alianza. 192 páginas. 6 euros. El fetichismo de la mercancía y su secreto; La llamada acumulación originaria, en El Capital. Grijalbo, Fondo de Cultura Económica, Siglo XXI, Akal, Edicions 62. La historia de El Capital. Francis Wheen. Debate. 160 páginas. 14 euros.

Manuscritos de economía y filosofía de 1844. Alianza. 245 páginas. 7,90 euros.

Articulo:
http://www.elpais.com 24/01/2009

Javier VALENZUELA/Y las teorías de LARKOFF se encarnaron en OBAMA


CRÍTICA: Ensayo
Y las teorías de Lakoff se encarnaron en Obama
Por Javier VALENZUELA

En el verano de 2004 subió a la tribuna de la Convención Demócrata de Boston un telonero que hablaba de grandes valores y no desgranaba las ofertas del programa electoral de su partido, que usaba metáforas comprensibles y huía de los eufemismos burocráticos, que transmitía empatía y no distanciamiento. Para George Lakoff fue una epifanía. Aleluya, se dijo, aquel joven político afroamericano hacía lo que los conservadores llevaban lustros practicando en Estados Unidos y Europa, y lo que, salvo excepciones, soslayaban sus rivales progresistas. Y así les iba de bien a los primeros, que desde la época de Reagan y Thatcher dominaban la agenda política e ideológica, y de mal a los segundos, que jugaban a la defensiva, siempre en terreno contrario. A partir de entonces, Lakoff, catedrático de Lingüística de la Universidad de Berkeley (California), empezó a citar a Barack Obama como ejemplo viviente de lo que él proponía en sus libros y sus trabajos para el Rockridge Institute, uno de los pocos think tank progresistas de Estados Unidos. "No sé si Obama me ha leído o no, pero eso da igual", decía. "Lo relevante es que, tal vez de modo instintivo, sabe lo que hay que hacer".

Lakoff empezó a ser conocido en España en 2007, tras la publicación de su No pienses en un elefante. En ese libro explicaba por qué la derecha -urbi et orbi- llevaba años consiguiendo que sus temas (libre mercado, reducción de impuestos, lucha contra el terrorismo, familia tradicional, religiosidad, nacionalismo...) dominaran las agendas informativas y electorales. Era, según Lakoff, porque había hecho un enorme trabajo para presentarlos en paquetes atractivos. La llamada revolución neoconservadora -en realidad, la contrarreforma de los avances liberadores de los años sesenta y setenta del siglo XX- dominaba el mensaje y el medio.

En Puntos de reflexión. Manual del progresista, Lakoff camina por la misma dirección. El lingüista californiano detalla ahí cómo Richard Wirthlin, asesor electoral de Reagan, hizo en 1980 un descubrimiento que cambió la política estadounidense y, en gran medida, la mundial. Las encuestas que manejaba le decían que mucha gente que no estaba de acuerdo con determinados aspectos del programa de Reagan pensaba, no obstante, votarle. Perplejo, Wirthlin estudió el fenómeno y descubrió que a esa gente lo que le gustaba de Reagan era que hablaba de valores. Y, además, de modo comprensible y transmitiendo una gran impresión de autenticidad, de pensar lo que decía.

Renació así la cosmovisión conservadora. Pero no sin que la derecha estadounidense se gastara millones de dólares en construir poderosos think tank como la Heritage Foundation, donde se acuñaron las viejas ideas en nuevos formatos y donde fueron entrenados para hablar en radio y televisión cientos de intelectuales y comunicadores neocon. Y es que, para Lakoff, uno de los elementos centrales de la contrarreforma conservadora ha sido su "uso magistral de la comunicación", basado en "trabajos muy serios sobre psicología y lingüística".

La clave, según Lakoff, está en "saber enmarcar el debate". El lingüista suele citar dos muestras de cómo los neocon supieron establecer "los marcos del debate": llamaron "guerra contra el terror" a la invasión de Irak y "alivio fiscal" a su rebaja de impuestos a los ricos, de modo que quien se oponía a lo primero resultaba sospechoso de simpatizar con el terrorismo y quien protestaba por lo segundo aparecía como alguien deseoso de subirles a todos los impuestos.

Regordete, de piel sonrosada y cabello y barba canosos, con gafas redondeadas, Lakoff parece uno de esos sabios que Spielberg suele sacar en sus películas. En Puntos de reflexión insiste en que, mientras los conservadores tomaban la iniciativa, los progresistas dejaron de proponer sus principios y valores, abandonaron el terreno de lo moral, lo simbólico y lo emocional, y asumieron la agenda del contrario, aunque fuera para refutarla, convirtiéndose así en sus propagandistas inconscientes. Acomplejados política e ideológicamente, obsesionados por ser buenos gestores del corto plazo, hablaban como tecnócratas, ofrecían meras "listas de la compra" electorales, evitaban jugar por la izquierda y se presentaban como centristas. Lakoff se desesperaba. "Los progresistas", decía, "tienen que comunicar progresismo, sea cual sea el tema que se saque a colación; deben hablar desde sus propios marcos conceptuales".

Y entonces apareció Obama. Lakoff sólo tiene elogios para el presidente de EE UU. "Obama ha liderado la gran derrota electoral de una derecha extremista y autoritaria que ha pisoteado los valores estadounidenses. Éstos son progresistas y Obama ha sabido recordarlo: la empatía, la celebración de la diversidad, la solidaridad, la responsabilidad común. Ese juntos podemos conseguir más libertad, más igualdad, más prosperidad". La campaña del afroamericano ya le parecía modélica mucho antes de que terminara siendo ganadora. "Obama", dice, "comprendió por qué Reagan ganó en 1980: la gente no vota tanto basándose en detalles programáticos como en algo más profundo como son tus valores. ¿Dices lo que piensas? ¿Podemos confiar en ti? ¿Sabes comunicarte con nosotros? ¿Nos identificamos contigo? Ésas son las grandes preguntas de los electores. Y Obama siempre caminó por esa senda. Además", añade Lakoff, "es un orador muy elegante y un gran narrador de historias, y la gente entiende mejor lo que dices cuando se lo cuentas como una historia".

Lakoff afirma que el objetivo de Puntos de reflexión es "ayudar a expresar con palabras lo que piensan y sienten los progresistas". ¿Y qué piensan y sienten cuando no adoptan los marcos de los conservadores? "Básicamente", responde, "que un mundo mejor, en el sentido de más libre y más justo, siempre es posible".

Extracto :
http://www.elpais.com/elpaismedia/ultimahora/media/200901/23/cultura/20090123elpepucul_2_Pes_PDF.pdf

Articulo:
http://www.elpais.com 24/01/2009


Ilustracion: Ray NOLAND

Cristina FERNANDEZ CUBAS/Cuentos infinitos


REPORTAJE: Opinión
Cuentos infinitos
Por Cristina Fernández Cubas

Hay casi tantos cuentistas como maneras de afrontar un cuento. Un buen relato queda en el lector hasta mucho después de terminar su lectura. El bicentenario de Edgar Allan Poe, pionero del cuento moderno, coincide con "un momento maravilloso".

Hace unos días, desayunando en el café de costumbre, me hice con el único periódico libre que quedaba en la barra. Eran ya casi las once y me sorprendió encontrarlo en buen estado. Empecé por el final, una entrevista. O, mejor, por una de las respuestas que un lector anónimo se había molestado en destacar envolviéndola en un trazo verde que recordaba a una nube. Hay gente que tiene la manía de garabatear en periódicos ajenos, y otra, entre la que me cuento, que no puede resistirse a mirar sus dibujos, subrayados o signos. El entrevistado era John Michael Bishop, rector de la Universidad de California, premio Nobel y autor de notables descubrimientos en el campo de la investigación médica. Me llamó la atención que, hablando de sus hallazgos, insistiera en la importancia de "seguir la nariz", algo que, en principio, no me pareció demasiado científico. Continué leyendo. "La nariz", en efecto, era una forma de nombrar la intuición, pero -como aclaraba enseguida- una intuición "que se alimenta de conocimientos racionales: de tantas cosas que no sabes que sabes. Y de repente... ¡conexión! ¡Los conectas! Te puede pasar en la ducha, en la carretera, o en el laboratorio, o en sueños...". El lector anónimo había subrayado en sueños. Miré alrededor. Dos oficinistas, el peluquero del barrio y un grupo de estudiantes extranjeros. Cualquiera de ellos, además de un bolígrafo verde, podía haber tenido un sueño revelador aquella noche. Y volví a la nube. A la respuesta de J. M. Bishop, la frase que, entonces me di cuenta, iba mucho más allá del campo de la investigación científica. Pensé en el cuento. Y pensé también que aquella frase me había gustado, mucho antes de saber que me había gustado.

En el territorio del cuento suelen concurrir un montón de factores a menudo absurdos; por lo menos, contradictorios. El cuento no goza de la misma aceptación en todos los países, cosa sabida, ni tampoco del mismo respeto. A veces, incluso, en casos extremos, cuentistas y lectores -el lector juega un papel importante en lo que estamos hablando- tienen la sensación de pertenecer a una secta, una singular hermandad de iniciados protegida por infatigables estudiosos que desenvainan la espada a la menor ocasión en defensa del género. Aunque ¿quién lo ataca? Nadie, que yo sepa. Por lo menos abiertamente. Se trata, a lo sumo, de un silencio, de un "pasar por alto", de situar el género-cuento en un lugar más que discreto de unas hipotéticas estanterías. Y sin embargo ¡cuántas veces se rompe este silencio! A los novelistas se les pregunta por sus novelas. A los cuentistas por el cuento. Algo misterioso debe de tener el género para que haya dado lugar a tantas y tantas páginas sobre sí mismo. Y en los intentos de aproximación, en las numerosas "poéticas" -que, otra curiosidad, además de a los poetas, únicamente se nos pide a los cuentistas- encontramos una serie de premisas en la que casi todos los autores estamos de acuerdo. Hablamos así de esfericidad, del valor de la mirada, de la importancia de "lo que no se dice", de concisión, de intensidad, de economía, de equilibrio, o de que, posiblemente y a la postre, un buen relato es el que va más allá de la palabra "Fin" y persigue al lector hasta mucho después de haberlo concluido. Pero ahí empieza y acaba la concordia. Porque hay más. Y en esas tentativas de aproximación -palabra que prefiero a "definición", por lo que esta última pueda tener de carcelaria- siempre asoma algo que, de repente, nos aleja. No sabemos lo que es. ¿Y para qué saberlo? Tal vez en eso estribe la esencia secreta de un buen cuento. Un soplo, una presencia ausente que felizmente se resiste a ser encasillada. Algo muy semejante a una chispa, un fogonazo, la "conexión" de la que hablaba Bishop, y que puede ocurrir en cualquier momento. "En la ducha, en la carretera, o en el laboratorio, o en sueños...".

Es posible que tampoco en este punto estemos todos completamente de acuerdo. Existen casi tantos cuentistas como maneras de afrontar un cuento, e, incluso, si un autor nos abre su trastienda, nos percataremos enseguida de que cada relato ha obedecido a un impulso diferente. Sería absurdo pretender encorsetarlos. Hay cuentos que se escriben de un tirón, con una facilidad pasmosa, como si estuvieran dormitando en un lugar recóndito del cerebro y el autor, en funciones de amanuense de sí mismo, no tuviera más misión que arrancarlos de su letargo y transcribirlos. Otros, en cambio, actúan como auténticos secuestradores. Surgen de pronto, se instalan en nuestra cabeza, en el papel, en nuestra vida, malogrando el menor intento de deserción, conminándonos a entregarnos en cuerpo y alma, y dejándonos prácticamente sin aliento. Sólo al final, al término del cautiverio, volvemos a ser lo que fuimos y respiramos liberados. Cortázar, que conocía de sobra estos arrebatos, los llamó "cuentos contra el reloj", apreciación únicamente aplicable al género, porque parece más que improbable que, en ese especial estado de posesión, se pueda empezar y acabar una novela sin que el autor perezca en el intento. Pero no siempre la creación resulta tan rápida o compulsiva. Muy a menudo -y apelo ahora sobre todo a mi experiencia- el proceso de escritura se asemeja a un largo pasillo en el que nos adentramos con cierta tranquilidad y paso firme. Tenemos un objetivo en la mente y un itinerario en la mano. Creemos -de ahí nuestra aparente decisión- saber adónde vamos. Pero no está tan claro que así sea. Porque aunque, como dijo Borges, resulta "un gran alivio conocer el final", eso no implica que, forzosamente, lleguemos a donde nos habíamos propuesto. En el largo pasillo, a derecha e izquierda, en el techo o bajo nuestras pisadas, se abren puertas, se adivinan ventanas, se dibujan altillos, o se presienten sótanos o pozos profundos. Y el autor, muy dueño de seguir implacable el trayecto previsto, puede, al contrario, ceder a la tentación de curiosear, traspasar puertas, asomarse a ventanas, o preguntarse qué es lo que se oculta bajo sus pies o se esconde en el interior de los altillos. Corre el riesgo de perder el rumbo, cierto. O de perderse, en todos los sentidos. Aunque también es posible que, después de sus pequeñas incursiones, vuelva al plan originario y termine arribando a puerto enriquecido. O quizás el puerto -el "alivio" de Borges- no sea, como creíamos, el destino final, sino tan sólo una escala que deje entrever otro puerto. O una sucesión de puertos. Cuando esto ocurre -así, de pronto, sin previo aviso- el autor se siente como un mago que acaba de sacar un animal vivo de la chistera. Una paloma o un conejo que no recordaba haber escondido en el forro de la levita o en sus enormes bolsillos de doble fondo. Y se asombra, claro está. No podría ser de otra manera.

Pero no estoy hablando de magia ni de milagros, sino de algo tan simple como la chispa, el fogonazo; la súbita conexión con esas "cosas que no sabemos que sabemos". Y, sin embargo, allí están. Como en los bolsillos del prestidigitador olvidadizo, o como en la vieja e inhóspita posada española, minuciosamente descrita por Richard Ford, entre otros viajeros de talento, y rescatada por Jünger en las últimas líneas de su Visita a Godenholm. Nuestra posada es un cruce de caminos, un intercambio de historias y vivencias. Pero también un lugar de desabastecidas alacenas en el que los huéspedes, en definitiva, no encuentran "más que lo que traen consigo en su equipaje". Palabras que en su día me impresionaron, y que, si alguien husmeara en mis estanterías, descubriría todavía hoy subrayadas en rojo. En un tímido, respetuoso y cada vez más desvaído trazo de lápiz rojo.

Cristina Fernández Cubas (Arenys de Mar, Barcelona, 1945) ha publicado recientemente el libro Todos los cuentos (Tusquets, 2008. 507 páginas. 24 euros), que reúne su obra de 25 años: veinte relatos de cinco libros -Mi hermana Elba (1980), Los altillos de Brumal (1983), El ángulo del horror (1990), Con Agatha en Estambul (1994) y Parientes pobres del diablo (2006)-, y El faro, homenaje a Edgar Allan Poe.

Articulo :
http://www.elpais.com 24/01/2009

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ANÁLISIS
Elogio del cuento
Por Alberto Manguel

No sabemos en qué momento el cuentista supo que lo que contaba sería un género literario. Lo cierto es que en algún momento de nuestra historia el cuento se diferenció del poema, de la novela y del ensayo, y emergió como un género literario distinto para que los profesores universitarios tuvieran de qué ocuparse. Sin embargo, más allá de esas divisiones burocráticas, el lector intuye que el cuento no es novela, que una diferencia que puede medirse (pero no definirse) por el número de páginas, distingue uno del otro. Borges alguna vez dijo que escribía cuentos porque la novela le parecía una exageración. Detrás de la boutade se oculta una verdad literaria: la novela expande la narración, el cuento la concentra. Los mini-relatos de Augusto Monterroso no pueden ser leídos como mini-novelas; el equivalente de esa parodia es, para la novela, la casi interminable Comedia humana de Balzac. El cuento retiene en su nombre sus orígenes sin duda orales, calidad que preservan aún hoy los narradores orales de las plazas de mercado en Marruecos, Colombia, Gabón. La escritura, que todo formaliza (quizás porque nace como un instrumento contable, para sumar o restar cabezas de ganado), empieza desde temprano a dar al cuento artificios y estrategias. Refinándose en fábula, parábola, anécdota, historia humorística o moral, relato erótico, histórico, filosófico, de terror, el cuento adquiere, según su categoría, rasgos particulares que, si bien son reconocidos, los autores del género se empeñan en cambiar. Así las historias de fantasmas ("viejas como el miedo", decía Adolfo Bioy Casares) al principio, en Mesopotamia y Egipto, debieron su eficacia a la mera aparición de un muerto; luego a un muerto transformado en otra cosa, un esqueleto en Roma, una sombra en la Italia de Boccaccio, un zorro en China; finalmente, con los grandes autores del siglo diecinueve el fantasma se reduce a una ausencia, a algo horriblemente real y sin embargo invisible. Cambios similares pueden rastrearse en las otras categorías, nuevas maneras de contar a las cuales el lector rápidamente se acostumbra. Ya en el siglo dieciocho, los lectores de cuentos son tan diestros en el arte de seguir las maniobras del autor, que Diderot se ve obligado a destruir o renovar sus expectativas con un cuento que (imitando al futuro Magritte) titula Esto no es un cuento. El cuento es quizás el más conservador de todos los géneros. Cambia el estilo, el tono, el impacto del final o del comienzo, la posición del narrador, la voluntad fantástica o documentalista, pero no, en términos generales, su forma. Si bien pueden encontrarse ejemplos de cuentos que escapan cabalmente al modelo de narración tradicional (pienso en El joven intrépido en trapecio volante de William Saroyan y en alguno de Raymond Carver), la mayor parte de ellos sigue el consejo del Rey en Alicia en el País de las Maravillas, "Comienza en el comienzo y sigue hasta llegar al final; allí para". Casi no existen cuentos de estructura tan libre como el Tristram Shandy de Lawrence Sterne o Cobra de Severo Sarduy. Y autores como James Joyce y Julio Cortázar, que tan brutalmente renovaron la novela, escribieron cuentos exquisitamente clásicos cuya originalidad se halla en la voz y la temática, o en la aproximación a esa temática, no en la forma misma del cuento. Por absurdas razones comerciales, las editoriales han decretado que los cuentos no se venden. No se venden Poe, Kipling, O. Henry, Chéjov, Katherine Mansfield, Ernest Hemingway, John Cheever, Borges, Silvina Ocampo, Alice Munro, Mavis Gallant. Y sin embargo, más que nunca, los cuentos siguen escribiéndose y, no lo dudo, leyéndose. Tal vez porque, en su clásica, modesta precisión, nos permiten concebir la insoportable complejidad del mundo como una íntima y breve epifanía.

Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948) es autor de Todos los hombres son mentirosos (RBA) y Una historia de la lectura (Lumen y Alianza).
Articulo:
http://www.elpais.com 24/01/2009