
La verdad sobre el caso Poe
Una vida truncada
por Peter Ackroyd
El 19 de enero de 1809 nacía en Boston Edgar Allan Poe (1809-1849), maestro fundador del relato contemporáneo y de la literatura fantástica, de detectives y de terror. De vida atormentada y misérrima, libertino y mujeriego, falsario, alcohólico, poeta y jugador, Poe revolucionó la escritura contemporánea con sus relatos y poemas, sin los cuales, escribió Borges, “es inconcebible la literatura actual”. El Cultural reconstruye, de la mano de Peter Ackroyd, autor de la inminente biografía Poe. Una vida truncada (Edhasa) los últimos seis días de su vida, envueltos aún hoy en el misterio, mientras Germán Gullón analiza su influencia posterior.
La víspera del 26 de septiembre de 1849, Edgar Allan Poe se detuvo en Richmond (Virginia), para visitar al médico John Carter, quien le recetó un remedio a fin de paliar la fiebre alta que sufría. A continuación, cruzó la calle y cenó en un local próximo. Sin darse cuenta, se llevó con él el bastón con estoque del médico.
Poe iba a embarcarse en un vapor rumbo a Baltimore. Esta ciudad sería la primera escala en su viaje a Nueva York, donde tenía asuntos que atender. El barco zarpaba a las cuatro de la mañana del día siguiente, y el trayecto duraría unas veinticinco horas. A los amigos que lo vieron zarpar les pareció de buen humor y sobrio. Poe no pensaba estar fuera de Richmond más de dos semanas. Y ocurrió que se dejó el equipaje en tierra. Ésa fue la última vez que lo vieron hasta que lo encontraron moribundo en una taberna, seis días después.
Arribó a Baltimore el 28 de septiembre, viernes, y en esta ciudad se detuvo, en vez de seguir rumbo a Filadelfia, la siguiente etapa en su viaje hasta Nueva York. En Baltimore varias personas lo vieron beber sin medida. Puede que Poe bebiera para conjurar los efectos de la fiebre, y puede también que temiera un intempestivo ataque del corazón: los médicos le habían dicho en Richmond que una nueva crisis cardíaca tendría consecuencias fatídicas.
Es posible que después viajara en tren a Filadelfia, ciudad en que visitó a unos amigos y donde se emborrachó, o enfermó. A la mañana siguiente, presa de gran agitación, manifestó su intención de proseguir hasta Nueva York. Pero, ya fuera por casualidad ya por decisión propia, el hecho es que volvió a Baltimore. Según testimonios no contrastados, al parecer habría tratado de volver nuevamente a Filadelfia y fue hallado “sin conocimiento” en el tren. El revisor se habría encargado de devolverlo a Baltimore. Es difícil saber la verdad exacta: todo parece envuelto por una especie de niebla.
Neilson Poe, el primo del autor, escribió después a la suegra y cuidadora oficiosa de éste, Maria Clemm, comunicándole que “en qué momento llegó a la ciudad [Baltimore], dónde pasó el tiempo que estuvo aquí o en qué circunstancias, es algo que no he podido averiguar”. A pesar de numerosas pesquisas y especulaciones, no se ha logrado arrojar verdadera luz sobre este asunto. Puede que vagara por las calles, que anduviera zigzagueante entre taberna y taberna. Lo único que se sabe con seguridad es que el impresor de un periódico mandó un mensaje a Joseph Evans Snodgrass el 3 de octubre en los siguientes términos: “Hay un caballero con aspecto bastante deprimente en la 4ª sede electoral de Ryan, que responde al nombre de Edgar A. Poe; que parece encontrarse en un estado muy lamentable, y dice que lo conoce a usted. Le puedo asegurar que necesita asistencia urgentemente”. Snodgrass había sido editor del Saturday Visiter, periódico donde Poe había colaborado. Por la “4ª sede electoral de Ryan” debemos entender una taberna utilizada a este fin con motivo de las elecciones al Congreso que estaban celebrándose aquel mismo día. Ryan era el nombre del propietario de la taberna.
La nota del impresor era suficientemente grave para que Snodgrass hiciera acto de presencia. Al entrar en el bar, encontró a Poe sentado, completamente enajenado, con una multitud de “bebedores” a su alrededor. Su ropa llamó la atención de Snodgrass. Llevaba un sombrero de paja raído y unos pantalones que no eran de su talla. También vestía un abrigo usado, y ni el menor rastro de un chaleco o corbata. A excepción tal vez del sombrero de paja, no era la ropa con la que había salido de Richmond. Y, sorprendentemente, aún tenía en su poder el bastón del doctor Carter. En estado de embriaguez, y de un posible acoso, puede que le pareciera un instrumento de defensa.
Snodgrass no se le acercó, pero reservó una habitación en aquella misma taberna. Estaba a punto de mandar un aviso a los parientes que Poe tenía en Baltimore cuando dio la casualidad de que se personaron dos de éstos. Uno era el primo de Poe, Henry Herring, que había acudido a la taberna por asuntos relacionados con las elecciones; estaba emparentado con un político local. Snodgrass recordaría que “rehusaron cuidar personalmente de Poe”, alegando que en el pasado había sido encontrado numerosas veces en aquel mismo estado de intoxicación; no obstante, aconsejaron que lo trasladaran a un hospital de la localidad. Consiguieron introducirlo en un coche –en el que fue transportado “como si fuera un cadáver”– y Poe ingresó así en el Hospital Universitario de Washington.
El médico residente John Moran manifestó después que Poe permaneció “sin darse cuenta de su estado” hasta las primeras horas del día siguiente. A un recién estupor le sucedió entonces un “temblor de los miembros”, así como un delirio con “incesante e inane conversación con objetos espectrales e imaginarios en las paredes”. Hasta dos días después de su ingreso en el hospital, el 5 de octubre, viernes, no recuperó la calma. Empezó a hablar, aunque de manera incoherente. Le contó al médico que tenía una esposa en Richmond, lo que no era cierto, y que no sabía cuándo se había marchado de dicha ciudad. El médico trató de tranquilizarlo, asegurándole que pronto volvería con sus amigos, pero Poe empezó a reprocharse a sí mismo su degradación, llegando a decir que lo mejor que podía hacer un amigo por él era volarle los sesos. A continuación se quedó dormido.
Al despertar, entró en una fase de delirio. El sábado por la noche, empezó a gritar “Reynolds”, y no paró de chillar hasta las tres de la madrugada del domingo. “Debilitado por tanto esfuerzo –escribió el doctor–, se quedó sosegado y pareció descansar durante un breve tiempo. Luego, moviendo levemente la cabeza, exclamó : “Que el Señor se apiade de mi pobre alma“, y expiró.” Éste es el testimonio del doctor Moran, en una carta escrita a Maria Clemm cinco semanas después de dichos acontecimientos. Esto es lo que más se parece a la verdad, al margen de los ulteriores esfuerzos del médico por presentar la escena bajo una luz más favorable. ¿Qué había estado haciendo Poe durante el tiempo que perdió en Baltimore? La hipótesis más aceptada es la de que fue utilizado como “lacayo” para fines electorales; es decir, lo habrían estado vistiendo con distintos ropajes, de manera que habría podido así votar más de una vez por un candidato concreto. A estos falsos votantes solía encerrárseles en corrales o posadas, donde se les suministraba alcohol en abundancia. También corrió la voz de que “Reynolds”, el nombre que Poe no dejó de gritar en su delirio final, era el apellido de un interventor electoral que se encontraba en la taberna de Ryan.
Es una explicación posible, pero no la única.
C. / WIERZCHOS, J. ASCASO
***
El gato negro
No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi propósito inmediato consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin comentarios, una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de esos episodios me han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no intentaré explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán menos espantosos que baroques. Más adelante, tal vez, aparecerá alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes; una inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las circunstancias que temerosamente describiré, una vulgar sucesión de causas y efectos naturales.
Desde la infancia me destaqué por la docilidad y bondad de mi carácter. La ternura que abrigaba mi corazón era tan grande que llegaba a convertirme en objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban especialmente los animales, y mis padres me permitían tener una gran variedad. Pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer y los acariciaba. Este rasgo de mi carácter creció conmigo y, cuando llegué a la virilidad, se convirtió en una de mis principales fuentes de placer. Aquellos que alguna vez han experimentado cariño hacia un perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste en explicarles la naturaleza o la intensidad de la retribución que recibía. Hay algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente al corazón de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amistad y la frágil fidelidad del hombre.
Me casé joven y tuve la alegría de que mi esposa compartiera mis preferencias. Al observar mi gusto por los animales domésticos, no perdía oportunidad de procurarme los más agradables de entre ellos. Teníamos pájaros, peces de colores, un hermoso perro, conejos, un monito y un gato.
Este último era un animal de notable tamaño y hermosura, completamente negro y de una sagacidad asombrosa. Al referirse a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era no poco supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia popular de que todos los gatos negros son brujas metamorfoseadas. No quiero decir que lo creyera seriamente, y sólo menciono la cosa porque acabo de recordarla.
Plutón -tal era el nombre del gato- se había convertido en mi favorito y mi camarada. Sólo yo le daba de comer y él me seguía por todas partes en casa. Me costaba mucho impedir que anduviera tras de mí en la calle.
Nuestra amistad duró así varios años, en el curso de los cuales (enrojezco al confesarlo) mi temperamento y mi carácter se alteraron radicalmente por culpa del demonio. Intemperancia. Día a día me fui volviendo más melancólico, irritable e indiferente hacia los sentimientos ajenos. Llegué, incluso, a hablar descomedidamente a mi mujer y terminé por infligirle violencias personales. Mis favoritos, claro está, sintieron igualmente el cambio de mi carácter. No sólo los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Hacia Plutón, sin embargo, conservé suficiente consideración como para abstenerme de maltratarlo, cosa que hacía con los conejos, el mono y hasta el perro cuando, por casualidad o movidos por el afecto, se cruzaban en mi camino. Mi enfermedad, empero, se agravaba -pues, ¿qué enfermedad es comparable al alcohol?-, y finalmente el mismo Plutón, que ya estaba viejo y, por tanto, algo enojadizo, empezó a sufrir las consecuencias de mi mal humor.
Una noche en que volvía a casa completamente embriagado, después de una de mis correrías por la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo alcé en brazos, pero, asustado por mi violencia, me mordió ligeramente en la mano. Al punto se apoderó de mí una furia demoniaca y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma se separara de golpe de mi cuerpo; una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser. Sacando del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras sujetaba al pobre animal por el pescuezo y, deliberadamente, le hice saltar un ojo. Enrojezco, me abraso, tiemblo mientras escribo tan condenable atrocidad.
Cuando la razón retornó con la mañana, cuando hube disipado en el sueño los vapores de la orgía nocturna, sentí que el horror se mezclaba con el remordimiento ante el crimen cometido; pero mi sentimiento era débil y ambiguo, no alcanzaba a interesar al alma. Una vez más me hundí en los excesos y muy pronto ahogué en vino los recuerdos de lo sucedido.
El gato, entretanto, mejoraba poco a poco. Cierto que la órbita donde faltaba el ojo presentaba un horrible aspecto, pero el animal no parecía sufrir ya. Se paseaba, como de costumbre, por la casa, aunque, como es de imaginar, huía aterrorizado al verme. Me quedaba aún bastante de mi antigua manera de ser para sentirme agraviado por la evidente antipatía de un animal que alguna vez me ha querido tanto. Pero ese sentimiento no tardó en ceder paso a la irritación. Y entonces, para mi caída final e irrevocable, se presentó el espíritu de la PERVERSIDAD. La filosofía no tiene en cuenta a este espíritu; y, sin embargo, tan seguro estoy de que mi alma existe como de que la perversidad es uno de los impulsos primordiales del corazón humano, una de las facultades primarias indivisibles, uno de esos sentimientos que dirigen el carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo cien veces en momentos en que cometía una acción tonta o malvada por la simple razón de que no debía cometerla? ¿No hay en nosotros una tendencia permanente, que enfrenta descaradamente al buen sentido, una tendencia a transgredir lo que constituye la Ley por el solo hecho de serlo? Este espíritu de perversidad se presentó, como he dicho, en mi caída final. Y el insondable anhelo que tenía mi alma de vejarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer mal por el mal mismo, me incitó a continuar y, finalmente, a consumar el suplicio que había infligido a la inocente bestia. Una mañana, obrando a sangre fría, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué en la rama de un árbol; lo ahorqué mientras las lágrimas manaban de mis ojos y el más amargo remordimiento me apretaba el corazón; lo ahorqué porque recordaba que me había querido y porque estaba seguro de que no me había dado motivo para matarlo; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo, cometía un pecado, un pecado mortal que comprometería mi alma hasta llevarla -si ello fuera posible- más allá del alcance de la infinita misericordia del Dios más misericordioso y más terrible.
La noche de aquel mismo día en que cometí tan cruel acción me despertaron gritos de: "¡Incendio!". Las cortinas de mi cama eran una llama viva y toda la casa estaba ardiendo. Con gran dificultad pudimos escapar de la conflagración mi mujer, un sirviente y yo. Todo quedó destruido. Mis bienes terrenales se perdieron y desde ese momento tuve que resignarme a la desesperanza.
No incurriré en la debilidad de establecer una relación de causa y efecto entre el desastre y mi criminal acción. Pero estoy detallando una cadena de hechos y no quiero dejar ningún eslabón incompleto. Al día siguiente del incendio acudí a visitar las ruinas. Salvo una, las paredes se habían desplomado. La que quedaba en pie era un tabique divisorio de poco espesor, situado en el centro de la casa, y contra el cual se apoyaba antes la cabecera de mi lecho. El enlucido había quedado a salvo de la acción del fuego, cosa que atribuí a su reciente aplicación. Una densa muchedumbre habíase reunido frente a la pared y varias personas parecían examinar parte de la misma con gran atención y detalle. Las palabras "¡extraño!, ¡curioso!" y otras similares excitaron mi curiosidad. Al aproximarme vi que en la blanca superficie, grabada como un bajorrelieve, aparecía la imagen de un gigantesco gato. El contorno tenía una nitidez verdaderamente maravillosa. Había una soga alrededor del pescuezo del animal.
Al descubrir esta aparición -ya que no podía considerarla otra cosa- me sentí dominado por el asombro y el terror. Pero la reflexión vino luego en mi ayuda. Recordé que había ahorcado al gato en un jardín contiguo a la casa. Al producirse la alarma del incendio, la multitud había invadido inmediatamente el jardín: alguien debió de cortar la soga y tirar al gato en mi habitación por la ventana abierta. Sin duda, habían tratado de despertarme en esa forma. Probablemente la caída de las paredes comprimió a la víctima de mi crueldad contra el enlucido recién aplicado, cuya cal, junto con la acción de las llamas y el amoníaco del cadáver, produjo la imagen que acababa de ver.
Si bien en esta forma quedó satisfecha mi razón, ya que no mi conciencia, sobre el extraño episodio, lo ocurrido impresionó profundamente mi imaginación. Durante muchos meses no pude librarme del fantasma del gato, y en todo ese tiempo dominó mi espíritu un sentimiento informe que se parecía, sin serlo, al remordimiento. Llegué al punto de lamentar la pérdida del animal y buscar, en los viles antros que habitualmente frecuentaba, algún otro de la misma especie y apariencia que pudiera ocupar su lugar.
Una noche en que, borracho a medias, me hallaba en una taberna más que infame, reclamó mi atención algo negro posado sobre uno de los enormes toneles de ginebra que constituían el principal moblaje del lugar. Durante algunos minutos había estado mirando dicho tonel y me sorprendió no haber advertido antes la presencia de la mancha negra en lo alto. Me aproximé y la toqué con la mano. Era un gato negro muy grande, tan grande como Plutón y absolutamente igual a éste, salvo un detalle: Plutón no tenía el menor pelo blanco en el cuerpo, mientras que este gato mostraba una vasta aunque indefinida mancha blanca que le cubría casi todo el pecho.
Al sentirse acariciado se enderezó prontamente, ronroneando con fuerza, se frotó contra mi mano y pareció encantado de mis atenciones. Acababa, pues, de encontrar el animal que precisamente andaba buscando. De inmediato, propuse su compra al tabernero, pero me contestó que el animal no era suyo y que jamás lo había visto antes ni sabía nada de él.
Continué acariciando al gato y, cuando me disponía a volver a casa, el animal pareció dispuesto a acompañarme. Le permití que lo hiciera, deteniéndome una y otra vez para inclinarme y acariciarlo. Cuando estuvo en casa, se acostumbró a ella de inmediato y se convirtió en el gran favorito de mi mujer.
Por mi parte, pronto sentí nacer en mí una antipatía hacia aquel animal. Era exactamente lo contrario de lo que había anticipado, pero -sin que pueda decir cómo ni por qué- su marcado cariño por mí me disgustaba y me fatigaba. Gradualmente, el sentimiento de disgusto y fatiga creció hasta alcanzar la amargura del odio. Evitaba encontrarme con el animal; un resto de vergüenza y el recuerdo de mi crueldad de antaño me vedaban maltratarlo. Durante algunas semanas me abstuve de pegarle o de hacerle víctima de cualquier violencia; pero gradualmente -muy gradualmente- llegué a mirarlo con inexpresable odio y a huir en silencio de su detestable presencia, como si fuera una emanación de la peste.
Articulo: http://www.elcultural.es 21/01/2009
***
Pionero del relato moderno
Ciertos hábitos de conducta desordenados, las alucinaciones macabras que permean sus historias, y las expresiones escandalosas (“la mujer era tan esplendorosa como un sueño de opio”) engastadas en los textos de Edgar Allan Poe, lo convierten en un controversial genio de las letras universales. Aclamado por millones de lectores, la persona y su obra han sido sistemáticamente descalificadas. En ocasiones, por sus perennes excesos alcohólicos; en otros momentos, por la escabrosidad de los ambientes excéntricos representados en sus mejores títulos: los relatos cortos. La crítica de su país peca de tacaña con este inventor del relato de detectives, poniendo énfasis en el lado difícil de su personalidad, en vez de en sus aspectos amables, cariñosos, y de hombre inteligente. Una larga lista de plumas conocidas, desde Lewis Mumford a Harold Bloom, lo postergan sistemáticamente. Bloom en su libro sobre el canon occidental lo califica de escritor atroz, y en la lista de los principales escritores lo relega a un puesto secundario. Los valedores de Poe fueron los escritores mismos, encabezados por Baudelaire, el icono por excelencia de la modernidad, quien además de traducirlo al francés le reconoció su maestría. Nuestro Julio Cortázar lo tradujo al castellano lleno de admiración. Además de narrativa corta, escribió una poesía (El cuervo, Annabel Lee) de extraordinaria musicalidad y rebosante de imágenes sorprendentes, y una crítica literaria incisiva, equiparada por muchos en importancia con su narrativa.
La influencia de Poe en la literatura universal resulta enorme, semejante a la disfrutada por Borges en el presente, al tiempo que figura entre los fundadores de la literatura norteamericana. Su nombre aparece junto a los de Walt Whitman, Melville y Faulkner, algunos de los escritores que dotaron de señas de identidad propias a la naciente tradición. La obra de Poe se debe entender asimismo como muestra del rechazo de los valores del mundo industrial decimonónico, cuyo patrón quedó grabado en la literatura inglesa, pienso en las novelas de Dickens, y el despertar de una sensibilidad marcada por un descenso al interior del hombre. Poe fue pionero a la hora de realizar la moderna travesía del yo por las galerías del ser, donde afloran en el consciente los encargos del subconsciente. De hecho, Kafka y Borges sustituirían esas galerías, los escenarios góticos y fantasmagóricos de Poe, por laberintos.
Edmund Wilson describió con talento el carácter de la obra de Poe. Sus reflexiones, escritas en 1926, permanecen hoy igual de esclarecedoras que entonces. Los personajes del bostoniano, viene a decir, actúan como héroes románticos, que se enfrentan con los valores, las leyes humanas y religiosas de su tiempo. El lector recibe, en el momento preciso en que el personaje se enfrenta al hecho misterioso y sus nervios se desequilibran, una especie de iluminación, vislumbra un espacio suprarreal, donde el hombre busca equilibrarse entre la realidad y un mundo desconocido.
Uno de los relatos magistrales del americano, “La verdad sobre el caso del señor Valdemar”, ejemplifica a la perfección lo dicho por Wilson. El caballero del título vive enfermo, al borde la muerte, cuando entra en contracto con un individuo versado en cuestiones de magnetismo o mesmerismo, quien le propone un trato, el dejarse mesmerizar en el momento mismo de la muerte. Valdemar, sujeto curioso, conocido autor y compilador de la Biblioteca Forénsica –todo recuerda bastante a Borges– accede de inmediato. Llegado el instante final, Valdemar avisa al mesmerizador, quien efectúa los correspondientes pases. Entonces le pregunta a Valdemar si está dormido, y el enfermo responde que no, que está muerto. Durante siete meses vivirá Valdemar bajo los efectos del magnetismo, muerto, pero vivo. A continuación, el hipnotizador y los médicos de cabecera deciden despertarle. Cuando lo intentan, el cuerpo muerto se deshace, y fluyen por el lecho unos líquidos oscuros, como si en efecto, llevara siete meses del otro lado. El narrador intenta así levantar la cortina del más allá de la muerte. El retrato de Dorian Gray, de Wilde, el envejecimiento súbito del protagonista se inspiró en este relato. Pocas veces vemos tan claro como el romanticismo se prologó en el modernismo.
La teoría del relato de Poe resulta sencilla y encontró numerosos seguidores. El autor, dice, debe comenzar definiendo bien el efecto que desea producir, y sobre él armar la historia; por tanto, el tema resulta secundario al efecto, pues éste será el que mueva al lector. Poe siempre diseñó sus relatos con una organización racional estricta, descabalada en el relato por emociones humanas muy intensas, a veces bajas. Este modelo tan estricto dio origen a que sus historias fueran consideradas el modelo de las modernas historias de detectives. El adjetivo decadente, calificativo que acompaña siempre a la obra y persona de Poe se entiende porque sus textos rebosan alcohol, opio, alucinógenos que trastornan los sentidos y proporcionan situaciones como la del relato “Ligeia”, en el que los ojos verdes de la mujer amada se convierten en negros al morir. Resultan sinestesias raras, inducidas por la droga, pues Poe, como De Quincey, sustituyó la imaginación por la droga como fuente de inspiración creativa.
Germán GULLÓN
CRONOLOGÍA
- 19 de enero de 1809. Nace en Boston (Estados Unidos).
- 1826. Comienza sus estudios de Lengua en la Universidad de Virginia.
- 1827. Se alista en el Ejército y publica su primer poemario: Tamerlán y otros poemas.
- 1831. Tras una breve estancia en la academia de Wes Point y en Nueva York se instala en Baltimore para dedicarse por completo a la escritura.
- 1833. Publica Manuscrito hallado en una botella.
- 1835. Se casa con su prima Virginia Eliza, de trece años.
- 1837. Abandona el“Messenger”, el periódico en el que ha alcanzado la fama literaria
- 1838. Publica Las aventuras de Arturo Gordon Pym.
- 1845. Se publica en el Evening Mirror su poema “El Cuervo”, que obtiene enorme éxito popular.
- 1847. Muere su mujer, Virginia Eliza.
- 1849. Contrae matrimonio con Sarah Elmira Royster, un viejo amor de juventud.
- 3 de octubre de 1849. Es hallado en las calles de Baltimore en pleno delirio y con ropas que no son las suyas. Muere cuatro días después en el Washington College Hospital.
Una vida truncada
por Peter Ackroyd
El 19 de enero de 1809 nacía en Boston Edgar Allan Poe (1809-1849), maestro fundador del relato contemporáneo y de la literatura fantástica, de detectives y de terror. De vida atormentada y misérrima, libertino y mujeriego, falsario, alcohólico, poeta y jugador, Poe revolucionó la escritura contemporánea con sus relatos y poemas, sin los cuales, escribió Borges, “es inconcebible la literatura actual”. El Cultural reconstruye, de la mano de Peter Ackroyd, autor de la inminente biografía Poe. Una vida truncada (Edhasa) los últimos seis días de su vida, envueltos aún hoy en el misterio, mientras Germán Gullón analiza su influencia posterior.
La víspera del 26 de septiembre de 1849, Edgar Allan Poe se detuvo en Richmond (Virginia), para visitar al médico John Carter, quien le recetó un remedio a fin de paliar la fiebre alta que sufría. A continuación, cruzó la calle y cenó en un local próximo. Sin darse cuenta, se llevó con él el bastón con estoque del médico.
Poe iba a embarcarse en un vapor rumbo a Baltimore. Esta ciudad sería la primera escala en su viaje a Nueva York, donde tenía asuntos que atender. El barco zarpaba a las cuatro de la mañana del día siguiente, y el trayecto duraría unas veinticinco horas. A los amigos que lo vieron zarpar les pareció de buen humor y sobrio. Poe no pensaba estar fuera de Richmond más de dos semanas. Y ocurrió que se dejó el equipaje en tierra. Ésa fue la última vez que lo vieron hasta que lo encontraron moribundo en una taberna, seis días después.
Arribó a Baltimore el 28 de septiembre, viernes, y en esta ciudad se detuvo, en vez de seguir rumbo a Filadelfia, la siguiente etapa en su viaje hasta Nueva York. En Baltimore varias personas lo vieron beber sin medida. Puede que Poe bebiera para conjurar los efectos de la fiebre, y puede también que temiera un intempestivo ataque del corazón: los médicos le habían dicho en Richmond que una nueva crisis cardíaca tendría consecuencias fatídicas.
Es posible que después viajara en tren a Filadelfia, ciudad en que visitó a unos amigos y donde se emborrachó, o enfermó. A la mañana siguiente, presa de gran agitación, manifestó su intención de proseguir hasta Nueva York. Pero, ya fuera por casualidad ya por decisión propia, el hecho es que volvió a Baltimore. Según testimonios no contrastados, al parecer habría tratado de volver nuevamente a Filadelfia y fue hallado “sin conocimiento” en el tren. El revisor se habría encargado de devolverlo a Baltimore. Es difícil saber la verdad exacta: todo parece envuelto por una especie de niebla.
Neilson Poe, el primo del autor, escribió después a la suegra y cuidadora oficiosa de éste, Maria Clemm, comunicándole que “en qué momento llegó a la ciudad [Baltimore], dónde pasó el tiempo que estuvo aquí o en qué circunstancias, es algo que no he podido averiguar”. A pesar de numerosas pesquisas y especulaciones, no se ha logrado arrojar verdadera luz sobre este asunto. Puede que vagara por las calles, que anduviera zigzagueante entre taberna y taberna. Lo único que se sabe con seguridad es que el impresor de un periódico mandó un mensaje a Joseph Evans Snodgrass el 3 de octubre en los siguientes términos: “Hay un caballero con aspecto bastante deprimente en la 4ª sede electoral de Ryan, que responde al nombre de Edgar A. Poe; que parece encontrarse en un estado muy lamentable, y dice que lo conoce a usted. Le puedo asegurar que necesita asistencia urgentemente”. Snodgrass había sido editor del Saturday Visiter, periódico donde Poe había colaborado. Por la “4ª sede electoral de Ryan” debemos entender una taberna utilizada a este fin con motivo de las elecciones al Congreso que estaban celebrándose aquel mismo día. Ryan era el nombre del propietario de la taberna.
La nota del impresor era suficientemente grave para que Snodgrass hiciera acto de presencia. Al entrar en el bar, encontró a Poe sentado, completamente enajenado, con una multitud de “bebedores” a su alrededor. Su ropa llamó la atención de Snodgrass. Llevaba un sombrero de paja raído y unos pantalones que no eran de su talla. También vestía un abrigo usado, y ni el menor rastro de un chaleco o corbata. A excepción tal vez del sombrero de paja, no era la ropa con la que había salido de Richmond. Y, sorprendentemente, aún tenía en su poder el bastón del doctor Carter. En estado de embriaguez, y de un posible acoso, puede que le pareciera un instrumento de defensa.
Snodgrass no se le acercó, pero reservó una habitación en aquella misma taberna. Estaba a punto de mandar un aviso a los parientes que Poe tenía en Baltimore cuando dio la casualidad de que se personaron dos de éstos. Uno era el primo de Poe, Henry Herring, que había acudido a la taberna por asuntos relacionados con las elecciones; estaba emparentado con un político local. Snodgrass recordaría que “rehusaron cuidar personalmente de Poe”, alegando que en el pasado había sido encontrado numerosas veces en aquel mismo estado de intoxicación; no obstante, aconsejaron que lo trasladaran a un hospital de la localidad. Consiguieron introducirlo en un coche –en el que fue transportado “como si fuera un cadáver”– y Poe ingresó así en el Hospital Universitario de Washington.
El médico residente John Moran manifestó después que Poe permaneció “sin darse cuenta de su estado” hasta las primeras horas del día siguiente. A un recién estupor le sucedió entonces un “temblor de los miembros”, así como un delirio con “incesante e inane conversación con objetos espectrales e imaginarios en las paredes”. Hasta dos días después de su ingreso en el hospital, el 5 de octubre, viernes, no recuperó la calma. Empezó a hablar, aunque de manera incoherente. Le contó al médico que tenía una esposa en Richmond, lo que no era cierto, y que no sabía cuándo se había marchado de dicha ciudad. El médico trató de tranquilizarlo, asegurándole que pronto volvería con sus amigos, pero Poe empezó a reprocharse a sí mismo su degradación, llegando a decir que lo mejor que podía hacer un amigo por él era volarle los sesos. A continuación se quedó dormido.
Al despertar, entró en una fase de delirio. El sábado por la noche, empezó a gritar “Reynolds”, y no paró de chillar hasta las tres de la madrugada del domingo. “Debilitado por tanto esfuerzo –escribió el doctor–, se quedó sosegado y pareció descansar durante un breve tiempo. Luego, moviendo levemente la cabeza, exclamó : “Que el Señor se apiade de mi pobre alma“, y expiró.” Éste es el testimonio del doctor Moran, en una carta escrita a Maria Clemm cinco semanas después de dichos acontecimientos. Esto es lo que más se parece a la verdad, al margen de los ulteriores esfuerzos del médico por presentar la escena bajo una luz más favorable. ¿Qué había estado haciendo Poe durante el tiempo que perdió en Baltimore? La hipótesis más aceptada es la de que fue utilizado como “lacayo” para fines electorales; es decir, lo habrían estado vistiendo con distintos ropajes, de manera que habría podido así votar más de una vez por un candidato concreto. A estos falsos votantes solía encerrárseles en corrales o posadas, donde se les suministraba alcohol en abundancia. También corrió la voz de que “Reynolds”, el nombre que Poe no dejó de gritar en su delirio final, era el apellido de un interventor electoral que se encontraba en la taberna de Ryan.
Es una explicación posible, pero no la única.
C. / WIERZCHOS, J. ASCASO
***
El gato negro
No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi propósito inmediato consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin comentarios, una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de esos episodios me han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no intentaré explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán menos espantosos que baroques. Más adelante, tal vez, aparecerá alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes; una inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las circunstancias que temerosamente describiré, una vulgar sucesión de causas y efectos naturales.
Desde la infancia me destaqué por la docilidad y bondad de mi carácter. La ternura que abrigaba mi corazón era tan grande que llegaba a convertirme en objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban especialmente los animales, y mis padres me permitían tener una gran variedad. Pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer y los acariciaba. Este rasgo de mi carácter creció conmigo y, cuando llegué a la virilidad, se convirtió en una de mis principales fuentes de placer. Aquellos que alguna vez han experimentado cariño hacia un perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste en explicarles la naturaleza o la intensidad de la retribución que recibía. Hay algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente al corazón de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amistad y la frágil fidelidad del hombre.
Me casé joven y tuve la alegría de que mi esposa compartiera mis preferencias. Al observar mi gusto por los animales domésticos, no perdía oportunidad de procurarme los más agradables de entre ellos. Teníamos pájaros, peces de colores, un hermoso perro, conejos, un monito y un gato.
Este último era un animal de notable tamaño y hermosura, completamente negro y de una sagacidad asombrosa. Al referirse a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era no poco supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia popular de que todos los gatos negros son brujas metamorfoseadas. No quiero decir que lo creyera seriamente, y sólo menciono la cosa porque acabo de recordarla.
Plutón -tal era el nombre del gato- se había convertido en mi favorito y mi camarada. Sólo yo le daba de comer y él me seguía por todas partes en casa. Me costaba mucho impedir que anduviera tras de mí en la calle.
Nuestra amistad duró así varios años, en el curso de los cuales (enrojezco al confesarlo) mi temperamento y mi carácter se alteraron radicalmente por culpa del demonio. Intemperancia. Día a día me fui volviendo más melancólico, irritable e indiferente hacia los sentimientos ajenos. Llegué, incluso, a hablar descomedidamente a mi mujer y terminé por infligirle violencias personales. Mis favoritos, claro está, sintieron igualmente el cambio de mi carácter. No sólo los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Hacia Plutón, sin embargo, conservé suficiente consideración como para abstenerme de maltratarlo, cosa que hacía con los conejos, el mono y hasta el perro cuando, por casualidad o movidos por el afecto, se cruzaban en mi camino. Mi enfermedad, empero, se agravaba -pues, ¿qué enfermedad es comparable al alcohol?-, y finalmente el mismo Plutón, que ya estaba viejo y, por tanto, algo enojadizo, empezó a sufrir las consecuencias de mi mal humor.
Una noche en que volvía a casa completamente embriagado, después de una de mis correrías por la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo alcé en brazos, pero, asustado por mi violencia, me mordió ligeramente en la mano. Al punto se apoderó de mí una furia demoniaca y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma se separara de golpe de mi cuerpo; una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser. Sacando del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras sujetaba al pobre animal por el pescuezo y, deliberadamente, le hice saltar un ojo. Enrojezco, me abraso, tiemblo mientras escribo tan condenable atrocidad.
Cuando la razón retornó con la mañana, cuando hube disipado en el sueño los vapores de la orgía nocturna, sentí que el horror se mezclaba con el remordimiento ante el crimen cometido; pero mi sentimiento era débil y ambiguo, no alcanzaba a interesar al alma. Una vez más me hundí en los excesos y muy pronto ahogué en vino los recuerdos de lo sucedido.
El gato, entretanto, mejoraba poco a poco. Cierto que la órbita donde faltaba el ojo presentaba un horrible aspecto, pero el animal no parecía sufrir ya. Se paseaba, como de costumbre, por la casa, aunque, como es de imaginar, huía aterrorizado al verme. Me quedaba aún bastante de mi antigua manera de ser para sentirme agraviado por la evidente antipatía de un animal que alguna vez me ha querido tanto. Pero ese sentimiento no tardó en ceder paso a la irritación. Y entonces, para mi caída final e irrevocable, se presentó el espíritu de la PERVERSIDAD. La filosofía no tiene en cuenta a este espíritu; y, sin embargo, tan seguro estoy de que mi alma existe como de que la perversidad es uno de los impulsos primordiales del corazón humano, una de las facultades primarias indivisibles, uno de esos sentimientos que dirigen el carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo cien veces en momentos en que cometía una acción tonta o malvada por la simple razón de que no debía cometerla? ¿No hay en nosotros una tendencia permanente, que enfrenta descaradamente al buen sentido, una tendencia a transgredir lo que constituye la Ley por el solo hecho de serlo? Este espíritu de perversidad se presentó, como he dicho, en mi caída final. Y el insondable anhelo que tenía mi alma de vejarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer mal por el mal mismo, me incitó a continuar y, finalmente, a consumar el suplicio que había infligido a la inocente bestia. Una mañana, obrando a sangre fría, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué en la rama de un árbol; lo ahorqué mientras las lágrimas manaban de mis ojos y el más amargo remordimiento me apretaba el corazón; lo ahorqué porque recordaba que me había querido y porque estaba seguro de que no me había dado motivo para matarlo; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo, cometía un pecado, un pecado mortal que comprometería mi alma hasta llevarla -si ello fuera posible- más allá del alcance de la infinita misericordia del Dios más misericordioso y más terrible.
La noche de aquel mismo día en que cometí tan cruel acción me despertaron gritos de: "¡Incendio!". Las cortinas de mi cama eran una llama viva y toda la casa estaba ardiendo. Con gran dificultad pudimos escapar de la conflagración mi mujer, un sirviente y yo. Todo quedó destruido. Mis bienes terrenales se perdieron y desde ese momento tuve que resignarme a la desesperanza.
No incurriré en la debilidad de establecer una relación de causa y efecto entre el desastre y mi criminal acción. Pero estoy detallando una cadena de hechos y no quiero dejar ningún eslabón incompleto. Al día siguiente del incendio acudí a visitar las ruinas. Salvo una, las paredes se habían desplomado. La que quedaba en pie era un tabique divisorio de poco espesor, situado en el centro de la casa, y contra el cual se apoyaba antes la cabecera de mi lecho. El enlucido había quedado a salvo de la acción del fuego, cosa que atribuí a su reciente aplicación. Una densa muchedumbre habíase reunido frente a la pared y varias personas parecían examinar parte de la misma con gran atención y detalle. Las palabras "¡extraño!, ¡curioso!" y otras similares excitaron mi curiosidad. Al aproximarme vi que en la blanca superficie, grabada como un bajorrelieve, aparecía la imagen de un gigantesco gato. El contorno tenía una nitidez verdaderamente maravillosa. Había una soga alrededor del pescuezo del animal.
Al descubrir esta aparición -ya que no podía considerarla otra cosa- me sentí dominado por el asombro y el terror. Pero la reflexión vino luego en mi ayuda. Recordé que había ahorcado al gato en un jardín contiguo a la casa. Al producirse la alarma del incendio, la multitud había invadido inmediatamente el jardín: alguien debió de cortar la soga y tirar al gato en mi habitación por la ventana abierta. Sin duda, habían tratado de despertarme en esa forma. Probablemente la caída de las paredes comprimió a la víctima de mi crueldad contra el enlucido recién aplicado, cuya cal, junto con la acción de las llamas y el amoníaco del cadáver, produjo la imagen que acababa de ver.
Si bien en esta forma quedó satisfecha mi razón, ya que no mi conciencia, sobre el extraño episodio, lo ocurrido impresionó profundamente mi imaginación. Durante muchos meses no pude librarme del fantasma del gato, y en todo ese tiempo dominó mi espíritu un sentimiento informe que se parecía, sin serlo, al remordimiento. Llegué al punto de lamentar la pérdida del animal y buscar, en los viles antros que habitualmente frecuentaba, algún otro de la misma especie y apariencia que pudiera ocupar su lugar.
Una noche en que, borracho a medias, me hallaba en una taberna más que infame, reclamó mi atención algo negro posado sobre uno de los enormes toneles de ginebra que constituían el principal moblaje del lugar. Durante algunos minutos había estado mirando dicho tonel y me sorprendió no haber advertido antes la presencia de la mancha negra en lo alto. Me aproximé y la toqué con la mano. Era un gato negro muy grande, tan grande como Plutón y absolutamente igual a éste, salvo un detalle: Plutón no tenía el menor pelo blanco en el cuerpo, mientras que este gato mostraba una vasta aunque indefinida mancha blanca que le cubría casi todo el pecho.
Al sentirse acariciado se enderezó prontamente, ronroneando con fuerza, se frotó contra mi mano y pareció encantado de mis atenciones. Acababa, pues, de encontrar el animal que precisamente andaba buscando. De inmediato, propuse su compra al tabernero, pero me contestó que el animal no era suyo y que jamás lo había visto antes ni sabía nada de él.
Continué acariciando al gato y, cuando me disponía a volver a casa, el animal pareció dispuesto a acompañarme. Le permití que lo hiciera, deteniéndome una y otra vez para inclinarme y acariciarlo. Cuando estuvo en casa, se acostumbró a ella de inmediato y se convirtió en el gran favorito de mi mujer.
Por mi parte, pronto sentí nacer en mí una antipatía hacia aquel animal. Era exactamente lo contrario de lo que había anticipado, pero -sin que pueda decir cómo ni por qué- su marcado cariño por mí me disgustaba y me fatigaba. Gradualmente, el sentimiento de disgusto y fatiga creció hasta alcanzar la amargura del odio. Evitaba encontrarme con el animal; un resto de vergüenza y el recuerdo de mi crueldad de antaño me vedaban maltratarlo. Durante algunas semanas me abstuve de pegarle o de hacerle víctima de cualquier violencia; pero gradualmente -muy gradualmente- llegué a mirarlo con inexpresable odio y a huir en silencio de su detestable presencia, como si fuera una emanación de la peste.
Articulo: http://www.elcultural.es 21/01/2009
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Pionero del relato moderno
Ciertos hábitos de conducta desordenados, las alucinaciones macabras que permean sus historias, y las expresiones escandalosas (“la mujer era tan esplendorosa como un sueño de opio”) engastadas en los textos de Edgar Allan Poe, lo convierten en un controversial genio de las letras universales. Aclamado por millones de lectores, la persona y su obra han sido sistemáticamente descalificadas. En ocasiones, por sus perennes excesos alcohólicos; en otros momentos, por la escabrosidad de los ambientes excéntricos representados en sus mejores títulos: los relatos cortos. La crítica de su país peca de tacaña con este inventor del relato de detectives, poniendo énfasis en el lado difícil de su personalidad, en vez de en sus aspectos amables, cariñosos, y de hombre inteligente. Una larga lista de plumas conocidas, desde Lewis Mumford a Harold Bloom, lo postergan sistemáticamente. Bloom en su libro sobre el canon occidental lo califica de escritor atroz, y en la lista de los principales escritores lo relega a un puesto secundario. Los valedores de Poe fueron los escritores mismos, encabezados por Baudelaire, el icono por excelencia de la modernidad, quien además de traducirlo al francés le reconoció su maestría. Nuestro Julio Cortázar lo tradujo al castellano lleno de admiración. Además de narrativa corta, escribió una poesía (El cuervo, Annabel Lee) de extraordinaria musicalidad y rebosante de imágenes sorprendentes, y una crítica literaria incisiva, equiparada por muchos en importancia con su narrativa.
La influencia de Poe en la literatura universal resulta enorme, semejante a la disfrutada por Borges en el presente, al tiempo que figura entre los fundadores de la literatura norteamericana. Su nombre aparece junto a los de Walt Whitman, Melville y Faulkner, algunos de los escritores que dotaron de señas de identidad propias a la naciente tradición. La obra de Poe se debe entender asimismo como muestra del rechazo de los valores del mundo industrial decimonónico, cuyo patrón quedó grabado en la literatura inglesa, pienso en las novelas de Dickens, y el despertar de una sensibilidad marcada por un descenso al interior del hombre. Poe fue pionero a la hora de realizar la moderna travesía del yo por las galerías del ser, donde afloran en el consciente los encargos del subconsciente. De hecho, Kafka y Borges sustituirían esas galerías, los escenarios góticos y fantasmagóricos de Poe, por laberintos.
Edmund Wilson describió con talento el carácter de la obra de Poe. Sus reflexiones, escritas en 1926, permanecen hoy igual de esclarecedoras que entonces. Los personajes del bostoniano, viene a decir, actúan como héroes románticos, que se enfrentan con los valores, las leyes humanas y religiosas de su tiempo. El lector recibe, en el momento preciso en que el personaje se enfrenta al hecho misterioso y sus nervios se desequilibran, una especie de iluminación, vislumbra un espacio suprarreal, donde el hombre busca equilibrarse entre la realidad y un mundo desconocido.
Uno de los relatos magistrales del americano, “La verdad sobre el caso del señor Valdemar”, ejemplifica a la perfección lo dicho por Wilson. El caballero del título vive enfermo, al borde la muerte, cuando entra en contracto con un individuo versado en cuestiones de magnetismo o mesmerismo, quien le propone un trato, el dejarse mesmerizar en el momento mismo de la muerte. Valdemar, sujeto curioso, conocido autor y compilador de la Biblioteca Forénsica –todo recuerda bastante a Borges– accede de inmediato. Llegado el instante final, Valdemar avisa al mesmerizador, quien efectúa los correspondientes pases. Entonces le pregunta a Valdemar si está dormido, y el enfermo responde que no, que está muerto. Durante siete meses vivirá Valdemar bajo los efectos del magnetismo, muerto, pero vivo. A continuación, el hipnotizador y los médicos de cabecera deciden despertarle. Cuando lo intentan, el cuerpo muerto se deshace, y fluyen por el lecho unos líquidos oscuros, como si en efecto, llevara siete meses del otro lado. El narrador intenta así levantar la cortina del más allá de la muerte. El retrato de Dorian Gray, de Wilde, el envejecimiento súbito del protagonista se inspiró en este relato. Pocas veces vemos tan claro como el romanticismo se prologó en el modernismo.
La teoría del relato de Poe resulta sencilla y encontró numerosos seguidores. El autor, dice, debe comenzar definiendo bien el efecto que desea producir, y sobre él armar la historia; por tanto, el tema resulta secundario al efecto, pues éste será el que mueva al lector. Poe siempre diseñó sus relatos con una organización racional estricta, descabalada en el relato por emociones humanas muy intensas, a veces bajas. Este modelo tan estricto dio origen a que sus historias fueran consideradas el modelo de las modernas historias de detectives. El adjetivo decadente, calificativo que acompaña siempre a la obra y persona de Poe se entiende porque sus textos rebosan alcohol, opio, alucinógenos que trastornan los sentidos y proporcionan situaciones como la del relato “Ligeia”, en el que los ojos verdes de la mujer amada se convierten en negros al morir. Resultan sinestesias raras, inducidas por la droga, pues Poe, como De Quincey, sustituyó la imaginación por la droga como fuente de inspiración creativa.
Germán GULLÓN
CRONOLOGÍA
- 19 de enero de 1809. Nace en Boston (Estados Unidos).
- 1826. Comienza sus estudios de Lengua en la Universidad de Virginia.
- 1827. Se alista en el Ejército y publica su primer poemario: Tamerlán y otros poemas.
- 1831. Tras una breve estancia en la academia de Wes Point y en Nueva York se instala en Baltimore para dedicarse por completo a la escritura.
- 1833. Publica Manuscrito hallado en una botella.
- 1835. Se casa con su prima Virginia Eliza, de trece años.
- 1837. Abandona el“Messenger”, el periódico en el que ha alcanzado la fama literaria
- 1838. Publica Las aventuras de Arturo Gordon Pym.
- 1845. Se publica en el Evening Mirror su poema “El Cuervo”, que obtiene enorme éxito popular.
- 1847. Muere su mujer, Virginia Eliza.
- 1849. Contrae matrimonio con Sarah Elmira Royster, un viejo amor de juventud.
- 3 de octubre de 1849. Es hallado en las calles de Baltimore en pleno delirio y con ropas que no son las suyas. Muere cuatro días después en el Washington College Hospital.









