
Al rescate de un clásico dormido
Por Claudio Magris
Una novela aparecida en 1867 resurge hoy como una de las obras más importantes de Europa, comparable con los libros de Stendhal, Balzac y Dickens. Llega a la Argentina Las confesiones de un italiano , de Ippolito Nievo, fresco histórico de un siglo de guerra y amor. Según Claudio Magris, un texto imprescindible e inmortal
Hay grandes libros que, aunque a veces generosamente imperfectos, quizá porque no dio tiempo a acabar de pulirlos o porque se ven superados, en algún detalle formal o estructural, por su propia riqueza, forman parte -en mayor medida que otras muchas obras de una factura irreprochable- de las obras maestras de la literatura universal, por la totalidad, intensidad y profundidad de vida que contienen y que son capaces de hacer revivir.
Las confesiones de un italiano , de Ippolito Nievo, es una de esas obras maestras, una de las poquísimas novelas italianas (como Los novios , con la que puede rivalizar) que está a la altura de las grandes novelas europeas del siglo XIX, aunque su grandeza no haya sido admitida del todo, pese al obvio reconocimiento, los muchos y destacados estudios críticos, las traducciones, la conciencia común y la fama internacional. Hace algunos años, uno de los más importantes editores alemanes, que estaba preparando una nueva edición de esta novela en Alemania, me hablaba de ella con el entusiasmo de quien quiere proponer a los lectores un libro que, pese a todo, está aún por descubrir, y no con la naturalidad de quien publica un clásico que no puede faltar en una colección. En ese sentido Nievo es quizá, en parte, víctima del aislamiento que sufre a veces aún hoy la literatura y en especial la narrativa italiana del siglo XIX.
Las confesiones de un italiano hacen realidad en muy alta medida el ideal y la esencia de la novela, la representación de un gran acontecimiento histórico colectivo que ha calado en una irrepetible existencia individual, con la que se funde indisolublemente, sin menguar por ello su peculiaridad.
La vida de Carlo Altoviti, el protagonista que nos narra su peripecia vital, se inserta en un grandioso fresco histórico que retrata el final del viejo mundo ancien régime , identificado sobre todo con la venerable y decrépita República de Venecia, los trastornos de la época revolucionaria y napoleónica, la Restauración, los primeros y contradictorios fermentos del proceso de Unidad Nacional Italiana, del que el garibaldino Nievo no solamente es un apasionado y activo impulsor, sino también su conciencia política y poética.
La grandeza del libro radica en su totalidad, en la presencia simultánea de una fortísima pasión y de una ecuanimidad épica ante las figuras y los acontecimientos. El profundo sentimiento de arraigo en la Historia, que le permite pintar un cuadro incomparable de los hábitos políticos y sociales y captar en la práctica, en su actuación concreta a través de la vida de los individuos, las tendencias y las fuerzas históricas de la época, no le impide abrirse con una fuerza y frescura poética excepcionales a todo cuanto rebasa la dimensión histórica y es irreductible a ella: a la Naturaleza, de la que es un extraordinario poeta, o a ese paso oscuro más allá de la muerte, que él mira sin permitirse fe alguna, pero no obstante con un profundo sentimiento religioso.
El intenso y explícito sentimiento de la vida como hecho moral no absorbe toda la atención hacia lo que, en la vida misma, trasciende la dimensión ética; ni oscurece tampoco el encanto y el asombro ante el demoníaco fluir de la vitalidad que no quiere saber de justicias ni de virtudes, sin que, por otra parte, esa intrépida mirada a esas seductoras e inquietantes bajezas debilite en lo más mínimo su vigoroso compromiso moral.
Del mismo modo, su crítica despiadada de la podredumbre del viejo mundo no excluye una tierna mirada hacia él ni el reconocimiento de sus méritos, del mismo modo que el muy lúcido y amargo desencanto por las traiciones y fracasos de las revoluciones, retratadas sin la menor reticencia, no destruye la desilusionada fe en el progreso, por muy lleno que esté de terribles y también repulsivas contradicciones. Las confesiones es un gran libro que aborda la formación de una conciencia ético-política, italiana y europea, y al mismo tiempo también un gran libro impregnado de ternura y de sentido del humor, de sterniano amor por las más pequeñas cosas.
Escritas por un autor que murió sin alcanzar la edad de treinta años, Las confesiones adolecen, sobre todo en la segunda parte, de defectos y exuberancias, de cierta prolijidad digresiva. Pero son un fresco de la vida entera, amada sin énfasis optimistas y sin ilusiones, y captada a través de una galería de personajes inolvidables que ejemplifican toda la gama y la complejidad, todos los registros que van de lo cómico a lo trágico; baste pensar, por poner un solo ejemplo, en la figura de Pisana, quizá la más atractiva figura femenina de la literatura italiana y ciertamente una de las más hermosas de toda la historia de la literatura, digna de esta novela que se aventura con inexorable agudeza por los meandros del Eros, por su encanto y malicia, sus crueldades e insondables ambigüedades. Entre la cocina de Fratta [el castillo donde transcurre la infancia del protagonista N. de E.] y el mundo, la novela capta toda la vida sin la menor rémora, superando incluso las resistencias de las propias convicciones del autor, y creando un extraordinario magma lingüístico, una escritura genialmente híbrida, capaz de expresar lo múltiple.
Las confesiones es un libro que ayuda a vivir y también a mirar cara a cara a la muerte. En estos tiempos en que Italia parece correr un riesgo de desmembración, es decir, de volver a hacer en sentido inverso el camino descrito en la novela, se podría leer este libro para extraer también de él un amor crítico y lúcido por nuestro país, así como una concepción moderna de éste. Al final del libro, Carlino, ya octogenario, vislumbra el surgimiento de una sociedad futura en la que el progreso general, en su opinión, superará esa multiplicidad contradictoria y ambigua de su mundo, en beneficio de la historia civil y en detrimento de la novela y la caricatura. En esto, quizá, se equivocaba, porque la realidad, si acaso, se ha vuelto cada vez más caricaturesca.
***
Grandes relatos
Las confesiones de un italiano
Por Ippolito Nievo
El fragmento que aquí se reproduce presenta a Carlo Altoviti, protagonista y narrador de la novela, cuyas memorias cubren cien años clave de la historia europea
Nací veneciano el 18 de octubre de 1775, día del evangelista san Lucas; y moriré, por la gracia de Dios, italiano, cuando así lo decida esa Providencia que gobierna misteriosamente el mundo.
Ésta es toda la moral de mi vida. Y, como esta moral no es obra mía sino de mi época, se me ocurrió que describir ingenuamente la acción de los tiempos sobre la vida de un hombre podría ser de alguna utilidad para quienes, nacidos en otros tiempos, están destinados a disfrutar de los resultados menos imperfectos que traerán estos primeros influjos.
Soy ya un viejo de más de ochenta años en este año de gracia de 1858; y, sin embargo, tal vez soy más joven de corazón de lo que lo fui en mi ajetreada juventud y en mi muy cansada madurez. He vivido y sufrido mucho, pero nunca me han faltado esos apoyos que, en medio de las tribulaciones que parecen siempre excesivas para la intemperancia y la debilidad humanas, se olvidan harto a menudo y que elevan, sin embargo, el alma hacia la serenidad de la paz y de la esperanza cuando nos acordamos de lo que son en verdad: talismanes invencibles contra toda adversa fortuna. Me refiero a esos afectos y convicciones que, lejos de ser gobernados por los acontecimientos exteriores, los dominan victoriosamente, haciendo de ellos un campo de batalla en el que ejercitarse. Mi temperamento, mi carácter, mi primera educación y las acciones y azares derivados de ellos fueron, como todo lo humano, una mezcla de cosas buenas y malas: y, si no fuera a tomarse por un indiscreto alarde de modestia, podría incluso añadir que en lo que a cualidades se refiere estaba más dotado de defectos que de virtudes. Pero todo ello no resultaría ni tan curioso ni tan digno de ser contado si mi vida no hubiera transcurrido a caballo de estos dos siglos que seguirán siendo por largo tiempo memorables, sobre todo en la historia de Italia. En efecto, fue en esta encrucijada cuando dieron sus primeros frutos de fecundidad real las reflexiones políticas que, desde el siglo XIV hasta el XVIII, desembocaron en Dante, Maquiavelo, Filicaia, Vico y tantos otros pensadores que no pueden ya enriquecer mi mediocre cultura y mi casi ignorancia literaria. La circunstancia -otros dirían el infortunio- de haber vivido en aquellos años me ha hecho, pues, decidirme a poner por escrito lo que he visto, oído, conocido y experimentado desde mi primera infancia hasta los umbrales de mi vejez, cuando los achaques de la edad, la condescendencia que se siente por los más jóvenes, la moderación de las opiniones seniles y, digamos también, la experiencia de muchísimas desventuras en estos últimos años me redujeron a esa casa de campo donde había asistido al último y ridículo acto del gran drama del feudalismo. Mi simple relato no tiene respecto a la Historia una importancia distinta de la que tendría una nota añadida por una mano desconocida a las revelaciones de un antiguo códice. La actividad privada de un hombre que no fue ni avara hasta el punto de atrincherarse en sí mismo contra las miserias comunes, ni tan estoica como para oponerse deliberadamente a ellas, ni tan sabia o soberbia como para desatenderlas con el desprecio, me parece que refleja de algún modo la actividad común y nacional con la que se confunde, como la caída de una gota indica la dirección de la lluvia. Así, la exposición de mis aventuras será como un botón de muestra de esos innumerables destinos individuales que, a causa de la disgregación del antiguo orden y la formación del presente, componen el gran destino nacional de Italia. Tal vez esté en un error, pero, meditando sobre ellas, algunos jóvenes podrán escapar a los peligrosos espejismos, y algunos incluso enardecerse con la obra puesta en marcha lenta pero duraderamente, y luego muchos poner en unas creencias no cambiantes esas vagas aspiraciones que les hacen intentar múltiples caminos antes de descubrir el que puede llevarles a la verdadera práctica de la actividad civil. Eso al menos me pareció a mí durante esos nueve años en los que, a trompicones y como me sugerían la inspiración y la memoria, fui escribiendo estas notas. Notas que, comenzadas con una obstinada fe la tarde de una gran derrota y llevadas a término mediante una larga expiación en estos años de renacida laboriosidad, mucho contribuyeron a convencerme del vigor y de las legítimas esperanzas de la generación actual, comparadas con el espectáculo de las flaquezas y de las maldades pasadas.
En el momento de transcribirlas, yo que, viejo y no literato, he tratado en vano de aprender el difícil arte de escribir, he querido, con estas pocas líneas de prefacio, definir mejor mi pensamiento. Pero la claridad de ideas, la sencillez de sentimientos y la veracidad de la historia me servirán de disculpa y, más aún, suplirán mi falta de retórica; la simpatía de los buenos lectores hará para mí las veces de gloria.
Con un pie en la tumba, solo ya en el mundo, abandonado tanto por los amigos como por los enemigos, sin temores ni esperanzas que no sean eternos, liberado por la edad de esas pasiones que extraviaron demasiado a menudo mis juicios y los efímeros espejismos de una ambición que no fue temeraria, no he recogido de mi vida más que un fruto: la paz de espíritu. Vivo contento con ella, y en ella confío. Es ésta la que señalo a mis hermanos más jóvenes como el más envidiable tesoro, y el único escudo para defenderse contra las seducciones de los falsos amigos, los embelecos de los cobardes y los abusos de los poderosos. Sólo me queda por hacer una última declaración, a la que la voz de un octogenario tal vez dé un poco de autoridad; y es que viví la vida como un bien; basta para ello con que la humildad nos ayude a considerarnos como infinitesimales artesanos de la vida universal y que la rectitud de espíritu nos acostumbre a considerar que el bien de muchos es superior con creces al de cada uno de nosotros. Mi vida temporal, como hombre que soy, toca a su fin; contento del bien que he podido hacer, y seguro de haber reparado en la medida de lo posible el mal que he causado, no me resta más que una esperanza y una fe: que esta vida se confunda pronto en el gran mar del ser. La paz de que disfruto en el presente es como ese golfo misterioso en cuyo fondo el audaz navegante encuentra un paso hacia el océano infinitamente calmo de la eternidad. Pero, antes de sumergirme en ese tiempo en el que no habrá más diferencias de tiempos, mi pensamiento recae una vez más en el porvenir de los hombres; es a ellos a quienes, confiado, lego mis culpas para que las expíen, mis esperanzas para que las recojan, mis deseos para que los cumplan.
Viví mis primeros años en el castillo de Fratta, que hoy ya no es más que un cúmulo de ruinas de donde los campesinos extraen, según sus necesidades, piedras y chatarra para los canales de riego de sus moreras, pero en aquellos tiempos había un gran caserón con torres y torrecillas, un puente levadizo destartalado de puro viejo y las más hermosas ventanas góticas que pudieran verse entre el Lemene y el Tagliamento. En todos mis viajes, no he visto nunca un edificio que proyectase sobre el terreno una figura más extraña, ni que tuviese esquinas, aristas, entrantes y salientes capaces de señalar a todos los puntos cardinales y colaterales de la rosa de los vientos. Los ángulos, además, estaban combinados con tan osada fantasía que no había uno que pudiera presumir de tener su equivalente, de suerte que, para trazar semejante arquitectura, era preciso o que se hubieran olvidado de utilizar el cartabón o que se hubieran agotado todos los que de ordinario atestan el estudio de un arquitecto. El castillo estaba maravillosamente asentado al abrigo de unos profundos fosos donde pacían las ovejas cuando no cantaban en ellos las ranas; pero la paciente hiedra había venido lentamente a invadirlo por secretas vías, y, brotando aquí, trepando allá, había acabado por revestirlo de una decoración tal de arabescos y festones que no se distinguía ya el color rojizo de sus muros de ladrillo. Nadie habría pensado en poner su mano sobre aquel venerable manto de la antigua morada señorial, y apenas los postigos azotados por la tramontana se arriesgaban a veces a descomponer algunas franjas que se venían abajo. Otra anomalía de aquel edificio era la multitud de chimeneas, que, de lejos, le daban el aire de un tablero de ajedrez a media partida y, ciertamente, si sus antiguos señores contaban con un hombre de armas por chimenea, debió de ser el castillo mejor defendido de la cristiandad. Por lo demás, en su interior, el desorden de los patios con sus grandes soportales llenos de barro y de excrementos de aves respondía a lo que prometían las fachadas; y hasta el campanario de la capilla teñía la piña de su punta rota por las repetidas salutaciones del rayo. Pero la perseverancia se ve de alguna forma recompensada, y, como no rugía tormenta alguna sin que la campanilla de sonido bronco y grave le diera la bienvenida, era preciso que la tempestad le hiciera la cortesía disparándole algún que otro rayo. Algunos atribuían el mérito de estas pequeñas farsas meteorológicas a los álamos seculares que daban sombra a la campiña de entorno al castillo: decían los villanos que, como lo habitaba el diablo, era por eso por lo que de vez en cuando recibía la visita de algunos de sus buenos compañeros; los señores del lugar, habituados a ver que sólo se fulminaba el campanario, se habían acostumbrado a creerlo una especie de pararrayos y lo abandonaban de buen grado a las iras del cielo con tal de que se vieran preservados los tejados de los graneros y la gran campana de la chimenea de la cocina.
Pero he aquí que hemos llegado a un punto que requeriría por sí solo una larga descripción. Baste decir que, para mí que no he visto nunca el coloso de Rodas ni las pirámides de Egipto, la cocina de Fratta y su hogar son los monumentos más solemnes que han existido nunca sobre la faz de la Tierra. La catedral Duomo de Milán y la basílica de San Pedro de Roma no son poca cosa, pero no tienen, ni de lejos, un sello igual de grandeza y de solidez; sólo recuerdo haber visto algo que se le parezca en el mausoleo de Adriano, aunque parece haberse empequeñecido desde que se ha convertido en Castel Sant´Angelo. Así pues, la cocina de Fratta era una vasta habitación, de un número indefinido de lados muy distintos en cuanto a tamaño, que se alzaba hacia el cielo como una cúpula y se hundía en el suelo como una sima: oscura o más bien negra de un hollín secular, resplandecían en sus paredes, como otros tantos grandes ojos diabólicos, los fondos de las cacerolas, de las graseras y de las garrafas colgadas de unos clavos; estaba atestada en todas direcciones de aparadores, armarios colosales, mesas interminables; y era recorrida noche y día por un número desconocido de gatos negros o grises que le daban el aspecto de laboratorio de una bruja. Esto por lo que se refiere a la cocina. Pero en el rincón más oscuro y profundo abría sus fauces un antro de Aqueronte, una cueva todavía más lóbrega y espantosa, donde las tinieblas se veían rasgadas por el rojizo crepitar de los tizones y el resplandor de dos ventanales verduscos cerrados por una doble reja. Imaginaos allí los torbellinos de un denso humo, el eterno rebullir de las judías en unas monstruosas ollas, y, sentados en unos bancos crujientes y ahumados, un sanedrín de graves personajes ceñudos y solemnes. Tales eran el hogar y la curia doméstica de los castellanos de Fratta. Pero bastaba con que sonase el toque del avemaría de la tarde y que cesase el murmullo del Angelus Domini , para que cambiara de repente la escena y dieran comienzo para este pequeño mundo tenebroso las horas de luz. La vieja cocinera encendía cuatro lámparas de un solo mechero, colgaba dos de ellas debajo de la campana de la chimenea y dos a los lados de la Virgen de Loreto. Armada de un enorme atizador, removía enérgicamente los tizones adormecidos debajo de las cenizas y echaba sobre ellos una brazada de zarzas y de enebro. Las lámparas se mandaban unas a otras su serena claridad amarillenta, el fuego crepitaba, su humo se elevaba remolineando hasta la barra transversal de dos gigantescos morillos con bolas de cobre y los ocupantes vespertinos de la cocina descubrían a la luz sus distintas figuras.
[Traducción de José Ramón Monreal]
***
La carrera frenética de un escritor excepcional
Ippolito Nievo, hijo de Antonio, un magistrado mantovano, y de Adele Manin, perteneciente a una de las mayores familias venecianas, nació en Padua en 1831. Todos los personajes de su obra se mueven en ese triángulo formado por la Lombardía, el Véneto y el Friuli. En la primavera de 1848, cuando era apenas un estudiante, participó de las revueltas revolucionarias de Mantova y de Livorno. Entre los veinte y los treinta años, desarrolló una carrera frenética de estudio, de vida político-militar y de escritura. Se recibió de abogado en 1855 con una tesis sobre la emigración y el exilio.
En medio de la censura austríaca, valiéndose de pseudónimos, metáforas y subterfugios, colaboró con numerosos periódicos del Norte, sensibilizando al público acerca de los temas más recurrentes en su obra: la necesidad de una reforma agraria que modificara la vida paupérrima de los campesinos, la lucha por la unificación e independencia italiana, la urgencia de una literatura popular. En 1852 compuso el Antiafrodisíaco para el amor platónico (obra experimental única en su género, publicada en español por Valdemar), en que un muchacho "desenamorado" describe con descabellada ironía el destello, el fuego y la ceniza de una pasión acabada. Entre 1855 y 1860 escribió cuatro novelas (entre ellas, Angelo di bontà ), varias obras de teatro, un bellísimo libro de relatos de ambiente rural ( Novelliere campagnolo ), dos colecciones de poesía y sus ensayos más comprometidos ideológicamente: Studi sulla poesia popolare, Venezia e la libertà d´Italia y Rivoluzione politica e rivoluzione nazionale , en los que denuncia el contraste inconciliable entre los intereses de las clases dominantes y los del campesinado.
Pero su obra cumbre es Las confesiones de un italiano , compuesta febrilmente en los primeros meses de 1858 y que Nievo ni siquiera alcanzó a ver publicada. En 1860 participó como voluntario -ideal concreto de su existencia- de la Expedición de los Mil, al mando de Garibaldi, y una vez onquistada Sicilia, fue viceintendente general. De regreso al continente para llevar la polémica documentación administrativo-militar de la nueva provincia de Palermo, murió en el aún hoy inexplicable naufragio de la nave Ercole.
La literatura de Nievo fue penalizada por la enfática crítica italiana que había enaltecido la figura de Manzoni, a cuya solución ideológica y estilística el mismo Nievo se había opuesto. A partir de la segunda mitad del siglo XX, por fin, su obra ha sido fuertemente recuperada y revalorizada. Sus cartas a Matilde, una de las mujeres que más lo inspiraron, escritas entre los diecinueve y los veintiún años, son una obra maestra del género epistolar.
A. P.
***
Cuando la Historia se cruza con la vida privada
Por Alejandro Patat
La Revolución Francesa, la caída de Napoleón, la Restauración, las luchas por la independencia en Grecia y la Revolución de 1848 son algunos de los episodios a través de los cuales se despliega una peripecia vital marcada por tormentas políticas y sentimentales
Un hombre de ochenta y tres años escribe en 1858 sus memorias. Carlo Altoviti, nacido en Venecia en 1775, relata su vida, que atravesó todo tipo de tormentas políticas y sentimentales.
En el libro, de hecho, se entrecruzan dos recorridos: la Historia con mayúscula y la vida de Carlo. La primera cubre casi cien años clave de Europa: la Revolución Francesa, la invasión napoleónica a Italia, la caída de la milenaria República de Venecia, la fundación de las distintas repúblicas itálicas y del breve Reino de Italia, la caída de Napoleón, la Restauración, las revueltas de los Carboneros entre 1820 y 1831, las luchas por la independencia en Grecia, la revolución de 1848 y, en fin, el exilio de los disidentes en Inglaterra y otros países de Europa y América. El libro termina nada menos que en Buenos Aires, donde el hijo de Carlo, generosamente distinguido por Urquiza, ha muerto en la lucha por la libertad.
Por otro lado, el viejo Carlo narra los episodios más importantes de su vida personal, que ha debido ordenarse según el violento sucederse de batallas, persecuciones, guerras y proscripciones. El tono es mesurado, humilde y sobre todo humorístico, porque Carlo no intenta dejar un manifiesto moral, sino un testimonio irónico, autocrítico y bonachón, que suscita inmediatamente desde el inicio simpatía y compasión en el lector.
Carlino, huérfano, es criado por los condes de Fratta, sus tíos, sin mayores atenciones. Abandonado a sí mismo y guiado por el afecto paternal de un criado, vive en contacto con los siervos y da una mano en la cocina del castillo familiar, ubicado en el Friuli, al norte de Venecia. Generoso, orgulloso e ingenuo, desarrolla una personalidad vigorosa y frágil al mismo tiempo. La Pisana, su prima, hija de los condes, es su compañera de juegos y lo domina despóticamente. Instintiva, pasional, caprichosa, impulsiva, se pavonea de su capacidad de someter a los otros sin piedad. Subyugado desde niño ante su espléndida belleza, atrapado en un laberinto de pasiones infantiles, sin educación sentimental ni frenos, Carlino se convierte en víctima de los juegos sádicos de la niña y, feliz y desgraciado, le jura amor eterno.
Carlino adolescente intenta sustraerse a la pasión por la Pisana y, gracias a la intervención de un tutor, estudia Derecho en Padua, donde nace su vocación y su compromiso político para alcanzar la unificación de los territorios italianos y promover la creación de un Estado independiente. En esos años se entera de que su padre no ha muerto y que pertenece a una de las mayores familias de Venecia. Pero el descubrimiento de sus nobles orígenes es tardío e inútil, porque ese mundo se ha derrumbado. También en ese período, acentúa la amistad con Lucilio, el personaje ideológicamente más complejo de la novela. Lucilio -que ha sido interpretado como un álter ego de Giuseppe Mazzini- encarna positivamente un ideal liberal, republicano hasta la médula, basado en el sacrificio de sí. Al mismo tiempo representa negativamente al intelectual político que canaliza todas las pasiones en una única lucha en función del bien colectivo. Para Lucilio, de hecho, la razón de la vida es el bien de la comunidad, y en este contexto, la construcción de Italia. Para Carlino, ese ideal es supremo, pero, por ejemplo, mientras Venecia es ocupada dramáticamente por los austríacos, se encierra por fin en su residencia veneciana para gozar una intensa estación erótica con la Pisana, casada con un decrépito aristócrata veneciano. El pobre viejo Carlo confiesa con vergüenza su desenfreno en un momento tan crucial y trágico para la patria y, sin contradicción, recuerda con melancolía y amor infinito ese período vehemente de su existencia.
Por otra parte, toda la madurez de Carlo, en que acepta por orden de la Pisana unirse en matrimonio con Aquilina y formar una familia con cuatro hijos, está signada por el respeto de un ideal práctico de vida, deudor de la teoría filosófica idealista y antimaterialista que él poco conoce. El amor a la patria lo hace participar de toda batalla civil o militar posible. Su bondad congénita lo impulsa a denunciar la transformación de Italia en una sociedad en que el provecho es el único patrón de vida moral. Su fe cristiana, tambaleante y débil, no le impide hallar en los secretos recónditos de la naturaleza la expresión más genuina de una existencia sobrenatural y esperar, en las últimas páginas, una muerte serena.
El relato reserva una cantidad inmensa de sorpresas, contragolpes y cambios de fortuna, fiel al esquema romántico de la novela decimonónica. Pero en toda esa trama de continuas transformaciones, hay algo que permanece inmutable: el amor entre Carlo y la Pisana, cordón vital en medio de tantas tragedias.
Condena
Las confesiones de un italiano , de Ippolito Nievo, es quizás la mayor novela del siglo XIX en Italia y uno de los grandes relatos europeos. Fue condenada a un lugar marginal por la crítica italiana a lo largo de cien años. Publicada póstuma en 1867, se objetó que contaba a destiempo y sin una gran apoyatura documental una historia patriótica, cuando Italia ya se había unificado. No sólo eso: Italia había puesto en el centro del canon literario y de la educación escolar a Los novios , de Alessandro Manzoni, en que la visión pesimista de la Historia se recupera al final gracias a la fuerza de la Providencia cristiana que vence sobre el mal y que contiene el naufragio nefasto del mundo. Nievo, cuyo ideal era la realización concreta del potencial emotivo y de la capacidad de acción del individuo en función del bien común, proponía en cambio una visión distinta del hombre, completamente alejada del dogma católico de Manzoni.
La condena fue también moral. Una historia de amor sadomasoquista, desequilibrado y desbordante no era educativa. Renzo y Lucia -los personajes de Manzoni- encarnaban la representación más acabada de una civilización campesina ingenua, ignorante, bondadosa, que sólo podía sentirse protegida bajo la égida de la "Madre Iglesia". La Pisana, en cambio, es uno de los personajes femeninos más intensos de la tradición italiana, a tal punto que la imponencia de su figura ha sido comparada a la de Beatriz de Dante o a la Angélica del Orlando furioso .
Otro ataque fue dirigido al pastiche lingüístico con que Nievo escribió la novela, lejos del dictamen purista de la segunda edición de Los novios (1840), despojada de toda huella dialectal. Porque, si bien las Confesiones... están escritas en italiano medio, no faltan dialectalismos venecianos, friulianos y mantovanos.
El texto, de mil cien páginas apretadas, fue compuesto en apenas cinco meses de delirio creativo por un muchacho de veintiocho años.
Las distintas interpretaciones
Uno de los aspectos más interesantes de la novela es el de las distintas interpretaciones a las que fue sometida en los intensos debates de los últimos años. Por un lado, es considerada un tratado político que intenta delinear una precisa concepción de la unidad italiana, que debía forzosamente comprender los estratos bajos de la sociedad. Porque la unidad de Italia, concebida sólo a partir del poder aristocrático y burgués, estaba probablemente destinada al éxito político-económico pero condenada al fracaso social. Construir Italia sin el aporte de millones de italianos era una utopía libresca, culta y literaria, a la que el mundo campesino permanecería completamente ajeno. Construir Italia sin los italianos era poner en riesgo la cuestión de la identidad nacional. La Historia ha demostrado hasta qué punto la tesis de Nievo no ha perdido ni vigor ni vigencia.
Aun así, si bien han sido identificadas casi todas las fuentes históricas que confluyen en la novela (de Botta a Cantù, de Mazzini a Gioberti o a las memorias garibaldinas), la posición de Nievo permanece única, superadora de todas esas mismas fuentes y su novela es, quizás, el único texto acerca del proceso de unificación política de Italia que todavía es capaz de emocionar. Porque a una visión idealizada y estilizada de Italia, Nievo contrapone una rigurosa crítica antropológica, sociohistórica y cultural para explicar dónde están las virtudes y los defectos de la nación italiana y, en modo casi profético, sus puntos de fuerza y sus puntos débiles.
La otra interpretación es la que sitúa a Las confesiones de un italiano en el centro y ya no en el margen de la novela de aprendizaje, junto a las obras de Goethe, Fielding, Stendhal, Flaubert. La novela narra la historia de un yo que en primera persona traza el hilo de su vida, escandida por hechos, ocasiones y momentos, todos ellos signados por fuertes emociones y sentimientos. Lo esencial del relato es que todo sujeto se transforma en función no de la Historia, que lo sobrepasa, ni tampoco de los eventos cotidianos, que son como anillos invisibles del tiempo, sino a partir de los episodios traumáticos de la vida. En la novela, por ejemplo, es bellísimo el pasaje en que Carlino, después de una cruel humillación de la Pisana, camina sin meta durante todo el día hasta el mar, y aprende, en medio de tanto dolor, que ese espectáculo maravilloso que se abre por primera vez ante sus ojos es la expresión acabada de la belleza del mundo. O, cuando al morir Martino, la única figura paterna positiva de su vida, sube deshecho al humilde cuarto del criado y encuentra sorprendido un diario que denota una profunda sabiduría existencial del viejo. O, en fin, cuando ya adultos, la Pisana anuncia a Carlo su voluntad de morir, la noticia trágica le da al personaje un último soplo vital para que toda la obra de una vida no se desperdicie y, por ella y para ella, adquiera sentido.
Ippolito Nievo compuso una obra magistral, que, como todos los grandes libros, contiene un fermento incalculable de ideas y temas políticos, sociales, éticos, psicológicos y estéticos: el amor como fuerza salvífica, el matrimonio como sacrificio, la bondad como valor supremo, la aristocracia como putrefacción de la sociedad, el contacto con la naturaleza como experiencia de purificación interior, la vida rural adversa a la corrupción urbana, la fe en la integridad del hombre. Todos ellos enunciados por un personaje amable, noble e intenso, que conmueve.
***
La misteriosa construcción de un clásico
Por Jorge Fernández Díaz
Entre los deseos ocultos de un escritor está siempre la idea o la fantasía de convertirse en un clásico. Aunque sea un clásico del arte menor o de la cultura popular, pero un clásico al fin. El sueño resulta tan grandioso que es obsceno, y casi nadie puede pronunciarlo sin miedo al ridículo. Por eso para muchos escritores la inclusión en un canon dictado por alguna autoridad en la materia constituye el máximo logro posible. Ser un clásico significa haber escrito al menos un libro inmortal, un texto ineludible que atravesará la noche de los tiempos y que será siempre citado y releído.
Algunos pocos escritores consiguen ser clásicos en vida. Otros muchos trabajan día y noche para serlo y fracasan. Determinados narradores y poetas renuncian expresamente al reconocimiento académico y al futuro. Ciertos escritores no se proponen ser clásicos y precisamente por ello terminan siéndolo. Y la mayoría muere esperando que la Posteridad reconozca su importancia.
La historia de por qué un libro se convierte en clásico y otro libro venerado muere en el ostracismo está llena de injusticias y azares. Podemos tener ante nuestros ojos una novela clásica y no ser capaces de reconocerla, ya que muchas veces sólo la perspectiva de los años despeja esas dudas. Y también podemos tener bajo nuestras narices una obra prestigiosa y premiada que en el futuro carecerá de relevancia o se volverá tristemente añeja e ilegible.
Hay algunos críticos y especialistas, como en cualquier disciplina del arte y el ensayo, que son capaces de detectar clásicos. En términos de pesca, diríamos que estos individuos pueden meter una mano en el río y sacar una trucha. Esa rara habilidad puede reconocerse en figuras célebres como Harold Bloom y George Steiner, y también en Beatriz Sarlo y Ricardo Piglia, aquí, en la Argentina. Los vaivenes de las modas y los cambios del mundo suelen no obstante contradecirlos a todos ellos.
También existen cineastas como François Truffaut, que contra toda una corriente europea, hizo una operación que canonizó para siempre a Alfred Hitchcock. El cine también está lleno de "pescadores de truchas".
El propio Borges, buscando crear su propia tradición, construyó un canon internacional y mientras tanto reinventó a Lugones, Macedonio, Groussac y hasta a un poeta menor de cuya obra hizo descender los mitos del arrabal porteño: Evaristo Carriego. Hay cientos de ejemplos de construcción de clásicos y también de novelas que lo son muchísimos años después de muerto su autor, simplemente gracias a la pericia de un lector calificado que se ha jugado el resto.
Ese lector, en esta ocasión, es el gran escritor italiano Claudio Magris, quien ha ganado los premios Strega, Erasmus y el Príncipe de Asturias, entre otros muchos galardones. Magris, profesor de la Universidad de Trieste de prestigio incuestionable, ha descubierto su propio clásico: Las confesiones de un italiano , una novela monumental de Ippolito Nievo, que puede ser comparada con las obras más importantes de Flaubert, Balzac, Stendhal, Proust y Tolstoi.
Esta novela olvidada presenta las memorias de un noble veneciano llamado Carlo Altoviti. Lo personal se imbrica con la historia de Italia. Apareció en 1867 pero recién ahora ha demostrado que es imprescindible e inmortal.
Ofrecemos un fragmento de la novela y brindamos dos textos: uno de Magris y otro del docente e investigador de la Universidad de Buenos Aires y de la Universidad de Siena, Alejandro Patat.
Es la tapa de adn CULTURA por todos estos motivos y también por una frase que acuña Magris: "Las confesiones de un italiano" es un libro que ayuda a vivir y también a mirar cara a cara la muerte". ¿Se puede pedir algo más de un libro?
Articulos: http://www.lanacion.com.ar 23/05/2009
Por Claudio Magris
Una novela aparecida en 1867 resurge hoy como una de las obras más importantes de Europa, comparable con los libros de Stendhal, Balzac y Dickens. Llega a la Argentina Las confesiones de un italiano , de Ippolito Nievo, fresco histórico de un siglo de guerra y amor. Según Claudio Magris, un texto imprescindible e inmortal
Hay grandes libros que, aunque a veces generosamente imperfectos, quizá porque no dio tiempo a acabar de pulirlos o porque se ven superados, en algún detalle formal o estructural, por su propia riqueza, forman parte -en mayor medida que otras muchas obras de una factura irreprochable- de las obras maestras de la literatura universal, por la totalidad, intensidad y profundidad de vida que contienen y que son capaces de hacer revivir.
Las confesiones de un italiano , de Ippolito Nievo, es una de esas obras maestras, una de las poquísimas novelas italianas (como Los novios , con la que puede rivalizar) que está a la altura de las grandes novelas europeas del siglo XIX, aunque su grandeza no haya sido admitida del todo, pese al obvio reconocimiento, los muchos y destacados estudios críticos, las traducciones, la conciencia común y la fama internacional. Hace algunos años, uno de los más importantes editores alemanes, que estaba preparando una nueva edición de esta novela en Alemania, me hablaba de ella con el entusiasmo de quien quiere proponer a los lectores un libro que, pese a todo, está aún por descubrir, y no con la naturalidad de quien publica un clásico que no puede faltar en una colección. En ese sentido Nievo es quizá, en parte, víctima del aislamiento que sufre a veces aún hoy la literatura y en especial la narrativa italiana del siglo XIX.
Las confesiones de un italiano hacen realidad en muy alta medida el ideal y la esencia de la novela, la representación de un gran acontecimiento histórico colectivo que ha calado en una irrepetible existencia individual, con la que se funde indisolublemente, sin menguar por ello su peculiaridad.
La vida de Carlo Altoviti, el protagonista que nos narra su peripecia vital, se inserta en un grandioso fresco histórico que retrata el final del viejo mundo ancien régime , identificado sobre todo con la venerable y decrépita República de Venecia, los trastornos de la época revolucionaria y napoleónica, la Restauración, los primeros y contradictorios fermentos del proceso de Unidad Nacional Italiana, del que el garibaldino Nievo no solamente es un apasionado y activo impulsor, sino también su conciencia política y poética.
La grandeza del libro radica en su totalidad, en la presencia simultánea de una fortísima pasión y de una ecuanimidad épica ante las figuras y los acontecimientos. El profundo sentimiento de arraigo en la Historia, que le permite pintar un cuadro incomparable de los hábitos políticos y sociales y captar en la práctica, en su actuación concreta a través de la vida de los individuos, las tendencias y las fuerzas históricas de la época, no le impide abrirse con una fuerza y frescura poética excepcionales a todo cuanto rebasa la dimensión histórica y es irreductible a ella: a la Naturaleza, de la que es un extraordinario poeta, o a ese paso oscuro más allá de la muerte, que él mira sin permitirse fe alguna, pero no obstante con un profundo sentimiento religioso.
El intenso y explícito sentimiento de la vida como hecho moral no absorbe toda la atención hacia lo que, en la vida misma, trasciende la dimensión ética; ni oscurece tampoco el encanto y el asombro ante el demoníaco fluir de la vitalidad que no quiere saber de justicias ni de virtudes, sin que, por otra parte, esa intrépida mirada a esas seductoras e inquietantes bajezas debilite en lo más mínimo su vigoroso compromiso moral.
Del mismo modo, su crítica despiadada de la podredumbre del viejo mundo no excluye una tierna mirada hacia él ni el reconocimiento de sus méritos, del mismo modo que el muy lúcido y amargo desencanto por las traiciones y fracasos de las revoluciones, retratadas sin la menor reticencia, no destruye la desilusionada fe en el progreso, por muy lleno que esté de terribles y también repulsivas contradicciones. Las confesiones es un gran libro que aborda la formación de una conciencia ético-política, italiana y europea, y al mismo tiempo también un gran libro impregnado de ternura y de sentido del humor, de sterniano amor por las más pequeñas cosas.
Escritas por un autor que murió sin alcanzar la edad de treinta años, Las confesiones adolecen, sobre todo en la segunda parte, de defectos y exuberancias, de cierta prolijidad digresiva. Pero son un fresco de la vida entera, amada sin énfasis optimistas y sin ilusiones, y captada a través de una galería de personajes inolvidables que ejemplifican toda la gama y la complejidad, todos los registros que van de lo cómico a lo trágico; baste pensar, por poner un solo ejemplo, en la figura de Pisana, quizá la más atractiva figura femenina de la literatura italiana y ciertamente una de las más hermosas de toda la historia de la literatura, digna de esta novela que se aventura con inexorable agudeza por los meandros del Eros, por su encanto y malicia, sus crueldades e insondables ambigüedades. Entre la cocina de Fratta [el castillo donde transcurre la infancia del protagonista N. de E.] y el mundo, la novela capta toda la vida sin la menor rémora, superando incluso las resistencias de las propias convicciones del autor, y creando un extraordinario magma lingüístico, una escritura genialmente híbrida, capaz de expresar lo múltiple.
Las confesiones es un libro que ayuda a vivir y también a mirar cara a cara a la muerte. En estos tiempos en que Italia parece correr un riesgo de desmembración, es decir, de volver a hacer en sentido inverso el camino descrito en la novela, se podría leer este libro para extraer también de él un amor crítico y lúcido por nuestro país, así como una concepción moderna de éste. Al final del libro, Carlino, ya octogenario, vislumbra el surgimiento de una sociedad futura en la que el progreso general, en su opinión, superará esa multiplicidad contradictoria y ambigua de su mundo, en beneficio de la historia civil y en detrimento de la novela y la caricatura. En esto, quizá, se equivocaba, porque la realidad, si acaso, se ha vuelto cada vez más caricaturesca.
***
Grandes relatos
Las confesiones de un italiano
Por Ippolito Nievo
El fragmento que aquí se reproduce presenta a Carlo Altoviti, protagonista y narrador de la novela, cuyas memorias cubren cien años clave de la historia europea
Nací veneciano el 18 de octubre de 1775, día del evangelista san Lucas; y moriré, por la gracia de Dios, italiano, cuando así lo decida esa Providencia que gobierna misteriosamente el mundo.
Ésta es toda la moral de mi vida. Y, como esta moral no es obra mía sino de mi época, se me ocurrió que describir ingenuamente la acción de los tiempos sobre la vida de un hombre podría ser de alguna utilidad para quienes, nacidos en otros tiempos, están destinados a disfrutar de los resultados menos imperfectos que traerán estos primeros influjos.
Soy ya un viejo de más de ochenta años en este año de gracia de 1858; y, sin embargo, tal vez soy más joven de corazón de lo que lo fui en mi ajetreada juventud y en mi muy cansada madurez. He vivido y sufrido mucho, pero nunca me han faltado esos apoyos que, en medio de las tribulaciones que parecen siempre excesivas para la intemperancia y la debilidad humanas, se olvidan harto a menudo y que elevan, sin embargo, el alma hacia la serenidad de la paz y de la esperanza cuando nos acordamos de lo que son en verdad: talismanes invencibles contra toda adversa fortuna. Me refiero a esos afectos y convicciones que, lejos de ser gobernados por los acontecimientos exteriores, los dominan victoriosamente, haciendo de ellos un campo de batalla en el que ejercitarse. Mi temperamento, mi carácter, mi primera educación y las acciones y azares derivados de ellos fueron, como todo lo humano, una mezcla de cosas buenas y malas: y, si no fuera a tomarse por un indiscreto alarde de modestia, podría incluso añadir que en lo que a cualidades se refiere estaba más dotado de defectos que de virtudes. Pero todo ello no resultaría ni tan curioso ni tan digno de ser contado si mi vida no hubiera transcurrido a caballo de estos dos siglos que seguirán siendo por largo tiempo memorables, sobre todo en la historia de Italia. En efecto, fue en esta encrucijada cuando dieron sus primeros frutos de fecundidad real las reflexiones políticas que, desde el siglo XIV hasta el XVIII, desembocaron en Dante, Maquiavelo, Filicaia, Vico y tantos otros pensadores que no pueden ya enriquecer mi mediocre cultura y mi casi ignorancia literaria. La circunstancia -otros dirían el infortunio- de haber vivido en aquellos años me ha hecho, pues, decidirme a poner por escrito lo que he visto, oído, conocido y experimentado desde mi primera infancia hasta los umbrales de mi vejez, cuando los achaques de la edad, la condescendencia que se siente por los más jóvenes, la moderación de las opiniones seniles y, digamos también, la experiencia de muchísimas desventuras en estos últimos años me redujeron a esa casa de campo donde había asistido al último y ridículo acto del gran drama del feudalismo. Mi simple relato no tiene respecto a la Historia una importancia distinta de la que tendría una nota añadida por una mano desconocida a las revelaciones de un antiguo códice. La actividad privada de un hombre que no fue ni avara hasta el punto de atrincherarse en sí mismo contra las miserias comunes, ni tan estoica como para oponerse deliberadamente a ellas, ni tan sabia o soberbia como para desatenderlas con el desprecio, me parece que refleja de algún modo la actividad común y nacional con la que se confunde, como la caída de una gota indica la dirección de la lluvia. Así, la exposición de mis aventuras será como un botón de muestra de esos innumerables destinos individuales que, a causa de la disgregación del antiguo orden y la formación del presente, componen el gran destino nacional de Italia. Tal vez esté en un error, pero, meditando sobre ellas, algunos jóvenes podrán escapar a los peligrosos espejismos, y algunos incluso enardecerse con la obra puesta en marcha lenta pero duraderamente, y luego muchos poner en unas creencias no cambiantes esas vagas aspiraciones que les hacen intentar múltiples caminos antes de descubrir el que puede llevarles a la verdadera práctica de la actividad civil. Eso al menos me pareció a mí durante esos nueve años en los que, a trompicones y como me sugerían la inspiración y la memoria, fui escribiendo estas notas. Notas que, comenzadas con una obstinada fe la tarde de una gran derrota y llevadas a término mediante una larga expiación en estos años de renacida laboriosidad, mucho contribuyeron a convencerme del vigor y de las legítimas esperanzas de la generación actual, comparadas con el espectáculo de las flaquezas y de las maldades pasadas.
En el momento de transcribirlas, yo que, viejo y no literato, he tratado en vano de aprender el difícil arte de escribir, he querido, con estas pocas líneas de prefacio, definir mejor mi pensamiento. Pero la claridad de ideas, la sencillez de sentimientos y la veracidad de la historia me servirán de disculpa y, más aún, suplirán mi falta de retórica; la simpatía de los buenos lectores hará para mí las veces de gloria.
Con un pie en la tumba, solo ya en el mundo, abandonado tanto por los amigos como por los enemigos, sin temores ni esperanzas que no sean eternos, liberado por la edad de esas pasiones que extraviaron demasiado a menudo mis juicios y los efímeros espejismos de una ambición que no fue temeraria, no he recogido de mi vida más que un fruto: la paz de espíritu. Vivo contento con ella, y en ella confío. Es ésta la que señalo a mis hermanos más jóvenes como el más envidiable tesoro, y el único escudo para defenderse contra las seducciones de los falsos amigos, los embelecos de los cobardes y los abusos de los poderosos. Sólo me queda por hacer una última declaración, a la que la voz de un octogenario tal vez dé un poco de autoridad; y es que viví la vida como un bien; basta para ello con que la humildad nos ayude a considerarnos como infinitesimales artesanos de la vida universal y que la rectitud de espíritu nos acostumbre a considerar que el bien de muchos es superior con creces al de cada uno de nosotros. Mi vida temporal, como hombre que soy, toca a su fin; contento del bien que he podido hacer, y seguro de haber reparado en la medida de lo posible el mal que he causado, no me resta más que una esperanza y una fe: que esta vida se confunda pronto en el gran mar del ser. La paz de que disfruto en el presente es como ese golfo misterioso en cuyo fondo el audaz navegante encuentra un paso hacia el océano infinitamente calmo de la eternidad. Pero, antes de sumergirme en ese tiempo en el que no habrá más diferencias de tiempos, mi pensamiento recae una vez más en el porvenir de los hombres; es a ellos a quienes, confiado, lego mis culpas para que las expíen, mis esperanzas para que las recojan, mis deseos para que los cumplan.
Viví mis primeros años en el castillo de Fratta, que hoy ya no es más que un cúmulo de ruinas de donde los campesinos extraen, según sus necesidades, piedras y chatarra para los canales de riego de sus moreras, pero en aquellos tiempos había un gran caserón con torres y torrecillas, un puente levadizo destartalado de puro viejo y las más hermosas ventanas góticas que pudieran verse entre el Lemene y el Tagliamento. En todos mis viajes, no he visto nunca un edificio que proyectase sobre el terreno una figura más extraña, ni que tuviese esquinas, aristas, entrantes y salientes capaces de señalar a todos los puntos cardinales y colaterales de la rosa de los vientos. Los ángulos, además, estaban combinados con tan osada fantasía que no había uno que pudiera presumir de tener su equivalente, de suerte que, para trazar semejante arquitectura, era preciso o que se hubieran olvidado de utilizar el cartabón o que se hubieran agotado todos los que de ordinario atestan el estudio de un arquitecto. El castillo estaba maravillosamente asentado al abrigo de unos profundos fosos donde pacían las ovejas cuando no cantaban en ellos las ranas; pero la paciente hiedra había venido lentamente a invadirlo por secretas vías, y, brotando aquí, trepando allá, había acabado por revestirlo de una decoración tal de arabescos y festones que no se distinguía ya el color rojizo de sus muros de ladrillo. Nadie habría pensado en poner su mano sobre aquel venerable manto de la antigua morada señorial, y apenas los postigos azotados por la tramontana se arriesgaban a veces a descomponer algunas franjas que se venían abajo. Otra anomalía de aquel edificio era la multitud de chimeneas, que, de lejos, le daban el aire de un tablero de ajedrez a media partida y, ciertamente, si sus antiguos señores contaban con un hombre de armas por chimenea, debió de ser el castillo mejor defendido de la cristiandad. Por lo demás, en su interior, el desorden de los patios con sus grandes soportales llenos de barro y de excrementos de aves respondía a lo que prometían las fachadas; y hasta el campanario de la capilla teñía la piña de su punta rota por las repetidas salutaciones del rayo. Pero la perseverancia se ve de alguna forma recompensada, y, como no rugía tormenta alguna sin que la campanilla de sonido bronco y grave le diera la bienvenida, era preciso que la tempestad le hiciera la cortesía disparándole algún que otro rayo. Algunos atribuían el mérito de estas pequeñas farsas meteorológicas a los álamos seculares que daban sombra a la campiña de entorno al castillo: decían los villanos que, como lo habitaba el diablo, era por eso por lo que de vez en cuando recibía la visita de algunos de sus buenos compañeros; los señores del lugar, habituados a ver que sólo se fulminaba el campanario, se habían acostumbrado a creerlo una especie de pararrayos y lo abandonaban de buen grado a las iras del cielo con tal de que se vieran preservados los tejados de los graneros y la gran campana de la chimenea de la cocina.
Pero he aquí que hemos llegado a un punto que requeriría por sí solo una larga descripción. Baste decir que, para mí que no he visto nunca el coloso de Rodas ni las pirámides de Egipto, la cocina de Fratta y su hogar son los monumentos más solemnes que han existido nunca sobre la faz de la Tierra. La catedral Duomo de Milán y la basílica de San Pedro de Roma no son poca cosa, pero no tienen, ni de lejos, un sello igual de grandeza y de solidez; sólo recuerdo haber visto algo que se le parezca en el mausoleo de Adriano, aunque parece haberse empequeñecido desde que se ha convertido en Castel Sant´Angelo. Así pues, la cocina de Fratta era una vasta habitación, de un número indefinido de lados muy distintos en cuanto a tamaño, que se alzaba hacia el cielo como una cúpula y se hundía en el suelo como una sima: oscura o más bien negra de un hollín secular, resplandecían en sus paredes, como otros tantos grandes ojos diabólicos, los fondos de las cacerolas, de las graseras y de las garrafas colgadas de unos clavos; estaba atestada en todas direcciones de aparadores, armarios colosales, mesas interminables; y era recorrida noche y día por un número desconocido de gatos negros o grises que le daban el aspecto de laboratorio de una bruja. Esto por lo que se refiere a la cocina. Pero en el rincón más oscuro y profundo abría sus fauces un antro de Aqueronte, una cueva todavía más lóbrega y espantosa, donde las tinieblas se veían rasgadas por el rojizo crepitar de los tizones y el resplandor de dos ventanales verduscos cerrados por una doble reja. Imaginaos allí los torbellinos de un denso humo, el eterno rebullir de las judías en unas monstruosas ollas, y, sentados en unos bancos crujientes y ahumados, un sanedrín de graves personajes ceñudos y solemnes. Tales eran el hogar y la curia doméstica de los castellanos de Fratta. Pero bastaba con que sonase el toque del avemaría de la tarde y que cesase el murmullo del Angelus Domini , para que cambiara de repente la escena y dieran comienzo para este pequeño mundo tenebroso las horas de luz. La vieja cocinera encendía cuatro lámparas de un solo mechero, colgaba dos de ellas debajo de la campana de la chimenea y dos a los lados de la Virgen de Loreto. Armada de un enorme atizador, removía enérgicamente los tizones adormecidos debajo de las cenizas y echaba sobre ellos una brazada de zarzas y de enebro. Las lámparas se mandaban unas a otras su serena claridad amarillenta, el fuego crepitaba, su humo se elevaba remolineando hasta la barra transversal de dos gigantescos morillos con bolas de cobre y los ocupantes vespertinos de la cocina descubrían a la luz sus distintas figuras.
[Traducción de José Ramón Monreal]
***
La carrera frenética de un escritor excepcional
Ippolito Nievo, hijo de Antonio, un magistrado mantovano, y de Adele Manin, perteneciente a una de las mayores familias venecianas, nació en Padua en 1831. Todos los personajes de su obra se mueven en ese triángulo formado por la Lombardía, el Véneto y el Friuli. En la primavera de 1848, cuando era apenas un estudiante, participó de las revueltas revolucionarias de Mantova y de Livorno. Entre los veinte y los treinta años, desarrolló una carrera frenética de estudio, de vida político-militar y de escritura. Se recibió de abogado en 1855 con una tesis sobre la emigración y el exilio.
En medio de la censura austríaca, valiéndose de pseudónimos, metáforas y subterfugios, colaboró con numerosos periódicos del Norte, sensibilizando al público acerca de los temas más recurrentes en su obra: la necesidad de una reforma agraria que modificara la vida paupérrima de los campesinos, la lucha por la unificación e independencia italiana, la urgencia de una literatura popular. En 1852 compuso el Antiafrodisíaco para el amor platónico (obra experimental única en su género, publicada en español por Valdemar), en que un muchacho "desenamorado" describe con descabellada ironía el destello, el fuego y la ceniza de una pasión acabada. Entre 1855 y 1860 escribió cuatro novelas (entre ellas, Angelo di bontà ), varias obras de teatro, un bellísimo libro de relatos de ambiente rural ( Novelliere campagnolo ), dos colecciones de poesía y sus ensayos más comprometidos ideológicamente: Studi sulla poesia popolare, Venezia e la libertà d´Italia y Rivoluzione politica e rivoluzione nazionale , en los que denuncia el contraste inconciliable entre los intereses de las clases dominantes y los del campesinado.
Pero su obra cumbre es Las confesiones de un italiano , compuesta febrilmente en los primeros meses de 1858 y que Nievo ni siquiera alcanzó a ver publicada. En 1860 participó como voluntario -ideal concreto de su existencia- de la Expedición de los Mil, al mando de Garibaldi, y una vez onquistada Sicilia, fue viceintendente general. De regreso al continente para llevar la polémica documentación administrativo-militar de la nueva provincia de Palermo, murió en el aún hoy inexplicable naufragio de la nave Ercole.
La literatura de Nievo fue penalizada por la enfática crítica italiana que había enaltecido la figura de Manzoni, a cuya solución ideológica y estilística el mismo Nievo se había opuesto. A partir de la segunda mitad del siglo XX, por fin, su obra ha sido fuertemente recuperada y revalorizada. Sus cartas a Matilde, una de las mujeres que más lo inspiraron, escritas entre los diecinueve y los veintiún años, son una obra maestra del género epistolar.
A. P.
***
Cuando la Historia se cruza con la vida privada
Por Alejandro Patat
La Revolución Francesa, la caída de Napoleón, la Restauración, las luchas por la independencia en Grecia y la Revolución de 1848 son algunos de los episodios a través de los cuales se despliega una peripecia vital marcada por tormentas políticas y sentimentales
Un hombre de ochenta y tres años escribe en 1858 sus memorias. Carlo Altoviti, nacido en Venecia en 1775, relata su vida, que atravesó todo tipo de tormentas políticas y sentimentales.
En el libro, de hecho, se entrecruzan dos recorridos: la Historia con mayúscula y la vida de Carlo. La primera cubre casi cien años clave de Europa: la Revolución Francesa, la invasión napoleónica a Italia, la caída de la milenaria República de Venecia, la fundación de las distintas repúblicas itálicas y del breve Reino de Italia, la caída de Napoleón, la Restauración, las revueltas de los Carboneros entre 1820 y 1831, las luchas por la independencia en Grecia, la revolución de 1848 y, en fin, el exilio de los disidentes en Inglaterra y otros países de Europa y América. El libro termina nada menos que en Buenos Aires, donde el hijo de Carlo, generosamente distinguido por Urquiza, ha muerto en la lucha por la libertad.
Por otro lado, el viejo Carlo narra los episodios más importantes de su vida personal, que ha debido ordenarse según el violento sucederse de batallas, persecuciones, guerras y proscripciones. El tono es mesurado, humilde y sobre todo humorístico, porque Carlo no intenta dejar un manifiesto moral, sino un testimonio irónico, autocrítico y bonachón, que suscita inmediatamente desde el inicio simpatía y compasión en el lector.
Carlino, huérfano, es criado por los condes de Fratta, sus tíos, sin mayores atenciones. Abandonado a sí mismo y guiado por el afecto paternal de un criado, vive en contacto con los siervos y da una mano en la cocina del castillo familiar, ubicado en el Friuli, al norte de Venecia. Generoso, orgulloso e ingenuo, desarrolla una personalidad vigorosa y frágil al mismo tiempo. La Pisana, su prima, hija de los condes, es su compañera de juegos y lo domina despóticamente. Instintiva, pasional, caprichosa, impulsiva, se pavonea de su capacidad de someter a los otros sin piedad. Subyugado desde niño ante su espléndida belleza, atrapado en un laberinto de pasiones infantiles, sin educación sentimental ni frenos, Carlino se convierte en víctima de los juegos sádicos de la niña y, feliz y desgraciado, le jura amor eterno.
Carlino adolescente intenta sustraerse a la pasión por la Pisana y, gracias a la intervención de un tutor, estudia Derecho en Padua, donde nace su vocación y su compromiso político para alcanzar la unificación de los territorios italianos y promover la creación de un Estado independiente. En esos años se entera de que su padre no ha muerto y que pertenece a una de las mayores familias de Venecia. Pero el descubrimiento de sus nobles orígenes es tardío e inútil, porque ese mundo se ha derrumbado. También en ese período, acentúa la amistad con Lucilio, el personaje ideológicamente más complejo de la novela. Lucilio -que ha sido interpretado como un álter ego de Giuseppe Mazzini- encarna positivamente un ideal liberal, republicano hasta la médula, basado en el sacrificio de sí. Al mismo tiempo representa negativamente al intelectual político que canaliza todas las pasiones en una única lucha en función del bien colectivo. Para Lucilio, de hecho, la razón de la vida es el bien de la comunidad, y en este contexto, la construcción de Italia. Para Carlino, ese ideal es supremo, pero, por ejemplo, mientras Venecia es ocupada dramáticamente por los austríacos, se encierra por fin en su residencia veneciana para gozar una intensa estación erótica con la Pisana, casada con un decrépito aristócrata veneciano. El pobre viejo Carlo confiesa con vergüenza su desenfreno en un momento tan crucial y trágico para la patria y, sin contradicción, recuerda con melancolía y amor infinito ese período vehemente de su existencia.
Por otra parte, toda la madurez de Carlo, en que acepta por orden de la Pisana unirse en matrimonio con Aquilina y formar una familia con cuatro hijos, está signada por el respeto de un ideal práctico de vida, deudor de la teoría filosófica idealista y antimaterialista que él poco conoce. El amor a la patria lo hace participar de toda batalla civil o militar posible. Su bondad congénita lo impulsa a denunciar la transformación de Italia en una sociedad en que el provecho es el único patrón de vida moral. Su fe cristiana, tambaleante y débil, no le impide hallar en los secretos recónditos de la naturaleza la expresión más genuina de una existencia sobrenatural y esperar, en las últimas páginas, una muerte serena.
El relato reserva una cantidad inmensa de sorpresas, contragolpes y cambios de fortuna, fiel al esquema romántico de la novela decimonónica. Pero en toda esa trama de continuas transformaciones, hay algo que permanece inmutable: el amor entre Carlo y la Pisana, cordón vital en medio de tantas tragedias.
Condena
Las confesiones de un italiano , de Ippolito Nievo, es quizás la mayor novela del siglo XIX en Italia y uno de los grandes relatos europeos. Fue condenada a un lugar marginal por la crítica italiana a lo largo de cien años. Publicada póstuma en 1867, se objetó que contaba a destiempo y sin una gran apoyatura documental una historia patriótica, cuando Italia ya se había unificado. No sólo eso: Italia había puesto en el centro del canon literario y de la educación escolar a Los novios , de Alessandro Manzoni, en que la visión pesimista de la Historia se recupera al final gracias a la fuerza de la Providencia cristiana que vence sobre el mal y que contiene el naufragio nefasto del mundo. Nievo, cuyo ideal era la realización concreta del potencial emotivo y de la capacidad de acción del individuo en función del bien común, proponía en cambio una visión distinta del hombre, completamente alejada del dogma católico de Manzoni.
La condena fue también moral. Una historia de amor sadomasoquista, desequilibrado y desbordante no era educativa. Renzo y Lucia -los personajes de Manzoni- encarnaban la representación más acabada de una civilización campesina ingenua, ignorante, bondadosa, que sólo podía sentirse protegida bajo la égida de la "Madre Iglesia". La Pisana, en cambio, es uno de los personajes femeninos más intensos de la tradición italiana, a tal punto que la imponencia de su figura ha sido comparada a la de Beatriz de Dante o a la Angélica del Orlando furioso .
Otro ataque fue dirigido al pastiche lingüístico con que Nievo escribió la novela, lejos del dictamen purista de la segunda edición de Los novios (1840), despojada de toda huella dialectal. Porque, si bien las Confesiones... están escritas en italiano medio, no faltan dialectalismos venecianos, friulianos y mantovanos.
El texto, de mil cien páginas apretadas, fue compuesto en apenas cinco meses de delirio creativo por un muchacho de veintiocho años.
Las distintas interpretaciones
Uno de los aspectos más interesantes de la novela es el de las distintas interpretaciones a las que fue sometida en los intensos debates de los últimos años. Por un lado, es considerada un tratado político que intenta delinear una precisa concepción de la unidad italiana, que debía forzosamente comprender los estratos bajos de la sociedad. Porque la unidad de Italia, concebida sólo a partir del poder aristocrático y burgués, estaba probablemente destinada al éxito político-económico pero condenada al fracaso social. Construir Italia sin el aporte de millones de italianos era una utopía libresca, culta y literaria, a la que el mundo campesino permanecería completamente ajeno. Construir Italia sin los italianos era poner en riesgo la cuestión de la identidad nacional. La Historia ha demostrado hasta qué punto la tesis de Nievo no ha perdido ni vigor ni vigencia.
Aun así, si bien han sido identificadas casi todas las fuentes históricas que confluyen en la novela (de Botta a Cantù, de Mazzini a Gioberti o a las memorias garibaldinas), la posición de Nievo permanece única, superadora de todas esas mismas fuentes y su novela es, quizás, el único texto acerca del proceso de unificación política de Italia que todavía es capaz de emocionar. Porque a una visión idealizada y estilizada de Italia, Nievo contrapone una rigurosa crítica antropológica, sociohistórica y cultural para explicar dónde están las virtudes y los defectos de la nación italiana y, en modo casi profético, sus puntos de fuerza y sus puntos débiles.
La otra interpretación es la que sitúa a Las confesiones de un italiano en el centro y ya no en el margen de la novela de aprendizaje, junto a las obras de Goethe, Fielding, Stendhal, Flaubert. La novela narra la historia de un yo que en primera persona traza el hilo de su vida, escandida por hechos, ocasiones y momentos, todos ellos signados por fuertes emociones y sentimientos. Lo esencial del relato es que todo sujeto se transforma en función no de la Historia, que lo sobrepasa, ni tampoco de los eventos cotidianos, que son como anillos invisibles del tiempo, sino a partir de los episodios traumáticos de la vida. En la novela, por ejemplo, es bellísimo el pasaje en que Carlino, después de una cruel humillación de la Pisana, camina sin meta durante todo el día hasta el mar, y aprende, en medio de tanto dolor, que ese espectáculo maravilloso que se abre por primera vez ante sus ojos es la expresión acabada de la belleza del mundo. O, cuando al morir Martino, la única figura paterna positiva de su vida, sube deshecho al humilde cuarto del criado y encuentra sorprendido un diario que denota una profunda sabiduría existencial del viejo. O, en fin, cuando ya adultos, la Pisana anuncia a Carlo su voluntad de morir, la noticia trágica le da al personaje un último soplo vital para que toda la obra de una vida no se desperdicie y, por ella y para ella, adquiera sentido.
Ippolito Nievo compuso una obra magistral, que, como todos los grandes libros, contiene un fermento incalculable de ideas y temas políticos, sociales, éticos, psicológicos y estéticos: el amor como fuerza salvífica, el matrimonio como sacrificio, la bondad como valor supremo, la aristocracia como putrefacción de la sociedad, el contacto con la naturaleza como experiencia de purificación interior, la vida rural adversa a la corrupción urbana, la fe en la integridad del hombre. Todos ellos enunciados por un personaje amable, noble e intenso, que conmueve.
***
La misteriosa construcción de un clásico
Por Jorge Fernández Díaz
Entre los deseos ocultos de un escritor está siempre la idea o la fantasía de convertirse en un clásico. Aunque sea un clásico del arte menor o de la cultura popular, pero un clásico al fin. El sueño resulta tan grandioso que es obsceno, y casi nadie puede pronunciarlo sin miedo al ridículo. Por eso para muchos escritores la inclusión en un canon dictado por alguna autoridad en la materia constituye el máximo logro posible. Ser un clásico significa haber escrito al menos un libro inmortal, un texto ineludible que atravesará la noche de los tiempos y que será siempre citado y releído.
Algunos pocos escritores consiguen ser clásicos en vida. Otros muchos trabajan día y noche para serlo y fracasan. Determinados narradores y poetas renuncian expresamente al reconocimiento académico y al futuro. Ciertos escritores no se proponen ser clásicos y precisamente por ello terminan siéndolo. Y la mayoría muere esperando que la Posteridad reconozca su importancia.
La historia de por qué un libro se convierte en clásico y otro libro venerado muere en el ostracismo está llena de injusticias y azares. Podemos tener ante nuestros ojos una novela clásica y no ser capaces de reconocerla, ya que muchas veces sólo la perspectiva de los años despeja esas dudas. Y también podemos tener bajo nuestras narices una obra prestigiosa y premiada que en el futuro carecerá de relevancia o se volverá tristemente añeja e ilegible.
Hay algunos críticos y especialistas, como en cualquier disciplina del arte y el ensayo, que son capaces de detectar clásicos. En términos de pesca, diríamos que estos individuos pueden meter una mano en el río y sacar una trucha. Esa rara habilidad puede reconocerse en figuras célebres como Harold Bloom y George Steiner, y también en Beatriz Sarlo y Ricardo Piglia, aquí, en la Argentina. Los vaivenes de las modas y los cambios del mundo suelen no obstante contradecirlos a todos ellos.
También existen cineastas como François Truffaut, que contra toda una corriente europea, hizo una operación que canonizó para siempre a Alfred Hitchcock. El cine también está lleno de "pescadores de truchas".
El propio Borges, buscando crear su propia tradición, construyó un canon internacional y mientras tanto reinventó a Lugones, Macedonio, Groussac y hasta a un poeta menor de cuya obra hizo descender los mitos del arrabal porteño: Evaristo Carriego. Hay cientos de ejemplos de construcción de clásicos y también de novelas que lo son muchísimos años después de muerto su autor, simplemente gracias a la pericia de un lector calificado que se ha jugado el resto.
Ese lector, en esta ocasión, es el gran escritor italiano Claudio Magris, quien ha ganado los premios Strega, Erasmus y el Príncipe de Asturias, entre otros muchos galardones. Magris, profesor de la Universidad de Trieste de prestigio incuestionable, ha descubierto su propio clásico: Las confesiones de un italiano , una novela monumental de Ippolito Nievo, que puede ser comparada con las obras más importantes de Flaubert, Balzac, Stendhal, Proust y Tolstoi.
Esta novela olvidada presenta las memorias de un noble veneciano llamado Carlo Altoviti. Lo personal se imbrica con la historia de Italia. Apareció en 1867 pero recién ahora ha demostrado que es imprescindible e inmortal.
Ofrecemos un fragmento de la novela y brindamos dos textos: uno de Magris y otro del docente e investigador de la Universidad de Buenos Aires y de la Universidad de Siena, Alejandro Patat.
Es la tapa de adn CULTURA por todos estos motivos y también por una frase que acuña Magris: "Las confesiones de un italiano" es un libro que ayuda a vivir y también a mirar cara a cara la muerte". ¿Se puede pedir algo más de un libro?
Articulos: http://www.lanacion.com.ar 23/05/2009





