Contra Warhol…
Por Iván Beltrán Castillo
Mientras la horda de los repetidores profesionales, aquellos que persiguen en el arte el rastro de la estelaridad y solamente encuentran luz en los premiados y los triunfadores, se apresta para volver a venerar, ceremonia repetida hasta el bostezo en todos los puntos del orbe, la obra del artista norteamericano Andy Warhol (1928-1987), que serán colgados está semana en la ciudad de Bogotá como una novedad exultante, Luis Cabrera, un artista colombiano enamorado de la discreción, las mujeres y el silencio, aprovechó un reportaje que le propusiera Con-fabulación, y auscultó la verdad atrapada en aquel circo mediático de obsceno colorido. Quiso, tal vez como una forma de alejarse del “yoísmo” implícito en toda indagación periodística, que el tema central del experimento fuera la imagen excéntrica del rubio, escandaloso norteamericano, embelesado por las latas de Coca-Cola y las sopas Campell, la sonrisa perturbadora de Marilyn, los rictus dramáticos de Mick Jagger, el gesto provocador de James Dean, la imagen endiosada y temible de Mao-Tse Tung, y por todo lo que es susceptible de transformarse en promoción de supermercado.
—Si Andy Warhol es el artista más influyente de la sociedad norteamericana —empieza a decir Luis Cabrera—, si es el vigía y el profeta de los turbulentos años sesentas y setentas del felizmente extinto siglo XX, significa que esa sociedad no era otra cosa que un vacío… ¿Cómo es posible que la memoria de aquellos años esté sintetizada únicamente en la frivolidad, la publicidad y la mitología casera? Warhol arriba en visita consular. Llega con el nombre retórico y triunfalista de Mister América… ¿será que podemos creer que esta sea la síntesis apoteósica de esa pesadilla con aire acondicionado que él fomentó con su perpetuo show? Ahora lo traen a Colombia para que seamos parte de la cena de escombros de los consumidores. Y lo recibimos como los ineptos y oportunistas politicastros de Neiva recibieron al embajador de la India, embelesados con su farsa, prendados de su nadería…
Los lectores querrán saber, por supuesto, quién es el personaje temerario, audaz, cuasi suicida, que se atreve a nombrar lo innombrable y a enfrentarse contra el ensordecedor murmullo de los aduladores de lo ya consagrado. Pues bien, Cabrera, nacido hace 49 años en Ipiales, Nariño, es uno de los creadores plásticos más vigorosos y sutiles de los últimos años. Su iniciación en el arte fue en 1972, cuando recibió clases del artista ecuatoriano Alfonso Reyes, quién nunca fuera demasiado famoso merced a su rutilante homónimo mexicano, ha obtenido muchos premios y en el 2002 fue seleccionado para participar en el festival cultural colombiano de Milán. Se trata del artífice de una obra inquietante aunque no pertenezca a las camarillas y a las roscas impenetrables que dominan las galerías y las cuartillas de los curiosos críticos de arte, y afirma haber paladeado desde un principio el hostigamiento de las modas, la oficialidad y la banalidad, que ocupan el centro de operaciones espirituales de la cultura; por ese motivo no se ruboriza al nadar a contracorriente frente a la leyenda del señor feudal del Pop, ni tampoco cuando decreta que: “yo perdí la inocencia cuando llegué a Bogotá. Hablo de la inocencia en su sentido original… lastrada de subversión, y que lleva implícita la mirada original, primigenia, sustancial…Llegar a Bogotá es, en muchos sentidos entrar en comunión con lo impostado, lo inauténtico, aquello que no le sirve sino a los mecanos y que, contrario a lo deseable, es decir la fecundidad de la memoria, extiende en nosotros una amnesia arrogante, una demonología vestida de luces. Cosas como Warhol no se pueden contrabandear sino en esta capital, donde uno llega buscando la transparencia y termina arrojado a las fauces de la impostura… Y después también se hace tarde para el regreso… por eso durante las últimas décadas he vivido en Bogotá la terrible, esta enorme fábrica de mierda donde se le encuentra más verdad a la victoria que al oxigeno, pero trato de tener mi casa y mi estudio en alguno de los pueblos cercanos, cosa que la vorágine del burgo insensato no me devore del todo.”
Afirma que los hilos conductores que van de una aventura personal, irrepetible y única como la suya, a la historia colectiva son sutiles, a veces impenetrables, herméticos en ocasiones, pero tan ciertos y expresivos como los que enlazan al amor con el olvido, a la comunión con la soledad o a la vida con la muerte, pero cree que se debe tener la mirada finísima del creador para notarlo, así como las palabras arrojadas del vidente para denunciarlo, aunque después se deba asistir a innúmeras y sanguinarias retaliaciones.
—La recepción del arte es una de las más acabadas formas de la estafa. Con frecuencia regresamos al teatro de las simulaciones. La grande y verdadera tentativa de un artista, su comunión con lo innombrable, está en quererse rechazado, incluso por los perdedores. Si un artista ya conoce dónde queda la salvación no es necesario para nadie.”
Estos ademanes iconoclastas, que algunos podrían tildar de extremos, arrogantes, teatrales y, por qué no, también poseedores de una savia mediática, son urgentes cuando el infinito juego de equívocos y mistificaciones mansas entra en acción para prolongar en nosotros lo que ya se convirtió en crepúsculo en los centros floridos de la cultura occidental.
—Sucede que nosotros todavía somos provincia, y entre más nos pretendemos hermanados con el latido irrisorio del supuesto mundo adelantado, damos más palos de ciego en la marcha para llegar a conocernos y fundarnos —apunta Cabrera, y retoma la artillería contra Andy Warhol, rememorando que él rubio y excéntrico artista lo que puso en marcha, antes que una exploración estética, fue una insurgencia publicitaria, y que movió a su antojo, como quién dirige una fatua orquesta sinfónica, a todos los partícipes y los intérpretes de los mass-media, y entonces remata—: Por algo le puso a su grupo de trabajo Factory, lo que alude sin duda a la producción en serie y mecánica, rapaz e insaciable de las sociedad capitalista, donde, como afirmara algún genial ensayista, la producción de desechos tiende a superar la producción de bienes. Sospecho de la unanimidad, la voz del consenso que pretende borrar todas las diferencias y anular el matiz. Y con respecto a Warhol existe hace mucho tiempo una sola opinión, esa que lo ubica como el gran sacerdote, la figura emblemática y el ícono del arte ultra-moderno. A mi juicio lo que el gran Papa del Pop inaugura es la decadencia del arte del siglo XX. Todos los cuadros y series que inventó son posibles hasta el límite de lo irritante, y yo amo los cuadros que, por el contrario, son imposibles. La única forma de aproximarse a lo imposible es la inocencia, y el norteamericano carecía por completo de ella. Todo artista termina por regresar, en defensa propia, a esa inocencia.
Pero como no solamente de Warhol vive el hombre, Cabrera quiso también tocar otros tópicos, recuerdos de su propio paso por el cosmos del arte, y donde también parece habitar la disidencia y la polémica, el sonámbulo gesto de los dioses blasfemos. Aclaró entonces que para él “la pintura no es otra cosa que una forma de conquistar a los demás… Ser artista es, llevándole la contraria a Heráclito de Éfeso, querer bañarse una y mil veces en el mismo río, pero se trata de un río difícil de domeñar porque en el arte, pero también en la vida, sólo vale la pena lo que ofrece resistencia, y nunca lograrás este imperioso cometido si te conformas, como tantos, en convertirte en Monsieur Lobby, si te dedicas a creer que entrando en la fila de los que esperan, mansos y patéticos, sus cinco segundos de fama, abrirás las puertas clausuradas, las únicas que en verdad son urgentes”.
—¿Y por qué cuando se habla de arte se merodea el territorio de la vanidad, los países insulsos de la crítica, los guarismos millonarios de las ventas de cuadros y los pormenores de la fama, cuando de lo que se habría de hablar es de antiguos atardeceres, de la huella impertérrita que deja en el artista la infancia, la atracción hacia el otro, y la sublime ebriedad que inoculan las mujeres? Yo no sé si seré un artista —exclamó de pronto, luego de paladear lentamente la última, deleitosa y apetecible frase—, pero sé exactamente quienes no lo son… Y miren ustedes que ahora descubro que en el arte colombiano vuelve a repetirse la metáfora del embajador de la India, que hace un rato le aplicamos a Andy Warhol: en nuestra plástica también abundan los embajadores de la India, falsos profetas venidos de falsos reinos lejanos y exóticos… y se les recibe con aplausos, lisonjas, loas pueriles y ridícula veneración. Con frecuencia se trata de saqueadores de memoria, como ocurre, por ejemplo, con Carlos Jacanamijoy… Él se arroga el derecho de representar un mundo mágico, una sensibilidad ancestral y una sabiduría chamánica. Y para hacerlo dice, por ejemplo, que trabaja cuando está en trance, cuando hasta el más cándido sabe perfectamente que todo artista, cuando trabaja, se encuentra en trance, porque todos nosotros anhelamos vivir como sonámbulos.
Pero, cansado de mirar hacia el horizonte servil de los impostores del arte, y de dilapidar la necesaria capacidad de desprecio inherente a todos los que nos consagramos a esta sublime necedad, Cabrera vindicó, con palabras redondas y jugosas como frutas tropicales, a los pintores que, a su juicio, constituyen el corpus trascendente de nuestra imaginación plástica. Y entonces habló de Alejandro Obregón, puntual esclavo de la belleza del trópico; de Luis Caballero cuyas líneas le parecen grafitos en el alma; de Darío Morales y su exploración de la caligrafía del cuerpo femenino; de Fernando Maldonado, el perseguidor de universos en apariencia cotidianos pero en realidad hechizados de surreal latencia; de Ángel Loochkartt, maestro de ceremonias de la noche insular con sus travestis y vampiros, de Juan Cárdenas, Nicolás de la Hoz, de Leonel Góngora y del Pollo Rodríguez…
Todos ellos constituyen, afirmó con desparpajo, “el Aleph que propicia la esperanza”.
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Un minuto de palabras
Por Javier González Luna
Hacer de su vida el equilibrio rimbaudiano como diría Jorge Nájar en su prólogo al libro Vigilias, (Colección Los Conjurados, Bogotá, 2005), quizá fue una de las grandes constantes de Javier González Luna (Facatativá), cuya repentina desaparición nos sobrecoge y entristece. La suya, una obra singular llena de búsquedas y vertientes filosóficas, podría decirse que fue en su justa madurez una de las plenas realizaciones de este escritor, testimoniadas a través de sus diversas publicaciones de ensayo, poesía y crónica, entre las que sobresalen: El cuerpo y la letra - La cosmogonía poética de Octavio paz (Madrid, 1990); Hacia el alba (1993), Abuso de palabra (1998) y El linaje de Orfeo (2000)
De sus palabras vaticinadoras acogemos fraternalmente el siguiente poema para rendirle un pequeño y justo homenaje.
NOCHE TRANSFIGURADA
La noche se instala
Confiada.
Noche sin horrores
Ni hambre.
Sosiego de la llama.
Levanta la mirada
Y fija el cielo.
La noche te cubre y las estrellas
Componen sus dibujos.
Se abre una esfera
De color y de música
No temas nada esta noche
El cielo te ve.
INFANCIA
La memoria orienta porvenires,
presta vigores
al fatigado presente.
El azul rebrilla bajo nueva luz.
Son de nuevo los gritos y las risas,
las veloces palpitaciones.
Es el trigal destellante, rumoroso,
el látigo bautismal de las cascadas,
la miel de la cereza.
Sueño. Infancia perdida
que regresa en cada acto,
en cada deseo,
nutriendo con sangre siempre nueva
ese otro sueño que es el presente.
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Palabra de Autor
Conversación con Mallarino Flórez
Este jueves 11 de junio la librería del Fondo de Cultura Económica inaugura el ciclo Palabra de Autor, con el escritor bogotano Gonzalo Mallarino Flórez autor de las novelas: Santa Rita y de Trilogía de Bogotá compuesta por las novelas Según la costumbre, Delante de ellas y Los otros y Adelaida (Alfaguara). Mallarino conversará con Martha Ofelia Martínez y Federico Díaz-Granados. Hora: 6pm. Entrada libre.
Gonzalo Mallarino dice que la nostalgia y la melancolía por las cosas perdidas irremediablemente lo inspiraron a escribir Santa Rita, su más reciente novela. En esta obra, y a través de las aventuras y sinsabores de Antonio (y las de su familia, amigos y vecinos) durante su último año en tierra caliente, el autor hace un retrato no sólo de la infancia sino también del fin de la infancia.
Para ello, Mallarino se vale de la voz narradora de su protagonista, que en ciertos momentos de la historia se va aniñando e impregnando de inocencia, picardía y ternura, como si el niño que fue se tomara las riendas de la narración. Para la muestra, un botón:
Ella echó la cabeza para atrás y cerró los ojos. Los dos tenían los labios gruesos, como llenos de babas. Pensamos que era de tanto darse besos. Nosotros nos dimos cuenta de que no eran los papás de los mismos niños. El señor era el papá de unos niños y la señora de otros. No eran esposos. Se besaban y todo eso pero no eran esposos. Los esposos de cada uno no sabían que ellos dos estaban escondidos abrazándose…
Así, el autor de Según la costumbre, Delante de ellas y Los otros y Adelaida abandona su obsesión por Bogotá, su lluvia y sus mujeres (temáticas ampliamente tratadas en dichas novelas) y enfoca su mirada melancólica hacia “ese paraíso que todos hemos perdido”.
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Tierra en trance
La represa del Quimbo
Por Jorge Enrique Robledo
Senador de la República
En el departamento del Huila el Gobierno Nacional, con la total obsecuencia de la clase dirigente de la región, ha proyectado la represa de El Quimbo. Este embalse, cuya construcción y usufructo será asumido por la multinacional Emgesa, significará la ominosa desaparición de un ecosistema, valorado por respetables conceptos científicos, como endémico (único en el mundo). Igualmente, el trágico destierro de miles de familias de la región que será inundada, provocanso así la más flagrante violación a todos los tratados ambientales. El total desdén, a las múltiples manifestaciones de rechazo realizadas por los habitantes de los municipios afectados, confirma el proceder autocrático del gobierno, que privilegia el capital extranjero, antes que el patrimonio histórico, cultural y ambiental, de esta zona del sur del país.
El gobierno nacional impulsa en el Huila la Central Hidroeléctrica del Quimbo, proyecto de Emgesa, trasnacional europea que causará con éste irreparables daños sociales y ambientales.
La represa acabará con los medios de subsistencia de dos mil habitantes de los municipios de Gigante, Garzón, El Agrado, ltamira, Pital, Paicol y Tesalia. Emgesa también se enriqueció con la venta a menosprecio de la Empresa de Energía de Bogotá y es propietaria de la Central Hidroeléctrica de Betania. El Quimbo destruirá 7 mil hectáreas de suelos aptos para la producción de alimentos, amenazando la seguridad alimentaria y la economía local. Según el Ministerio de Agricultura, por la inundación de las tierras desaparecerán 15 mil millones de pesos de ingresos anuales y desaparecerán nueve distritos de riego con inversiones por más de 12 mil millones de pesos, pérdidas que no compensará la regalía del proyecto y que la convierten en una miserableza.
Los daños ambientales serán irreparables. La Corporación Autónoma Regional del Alto Magdalena señaló que con la represa serán destruidas 842 hectáreas de bosque ripario, ecosistema sensible y único. La inundación de más de 8 mil hectáreas pone en peligro la biodiversidad de la región, hecho que para el Ministerio de Ambiente no fue óbice para otorgar la licencia ambiental. La situación reviste mayor gravedad, porque la compañía inició obras en enero, fecha para la cual no contaba con autorización alguna, poniéndose en abierta contradicción con la Constitución y la Ley.
Las nefastas consecuencias han sido denunciadas por los huilenses en innumerables oportunidades, exigencias a las que el gobierno nacional responde con arbitrariedades como la declaratoria de utilidad pública e interés social de los terrenos necesarios para la construcción y operación del proyecto. Con esta autorización, Emgesa podrá reclamar la expropiación de las tierras cuando los propietarios de los predios se nieguen a vender. El gobierno autorizó además la creación del Batallón número 12 con un costo superior a 142 mil millones de pesos, con el objetivo de salvaguardar las inversiones de Emgesa. Se entiende así por qué en un consejo comunitario, el Presidente Álvaro Uribe sentenció que El Quimbo “va porque va”.
Expreso mi total respaldo a los huilenses en su justa lucha contra un proyecto hecho a la medida del capital europeo y hago un llamado al Gobierno Nacional para que atienda las reclamaciones de la comunidad. El empeño por favorecer al capital extranjero a costa del sufrimiento de la población será contrarrestado por la más grande unidad nacional en torno a la soberanía y los principios de una nueva y verdadera democracia.
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El nuevo destino del libro
Por Miguel Márquez*
Las siguientes son las palabras del poeta y editor venezolano Miguel Márquez, director de la emblemática editorial El Perro y la Rana, del Ministerio del Poder Popular para la Cultura, en el marco del pasado Festival Internacional de Poesía de Bogotá.
Agradecer es un verbo que une al rito con los estados emocionales, a la fiesta con ciertos episodios, momentos y fechas. El que agradece pondera, distingue, desanda, funde frecuencias temblorosas en la rutina muchas veces triste de los días; señala actitudes capaces de reivindicar lo auténticamente humano, en el devenir constante, a veces sordo, otras mudo.
En numerosas ocasiones esta humana celebración irradia aquella extraña fuerza que anhelamos en la dimensión cotidiana donde solemos vivir, en la nostalgia, en la melancolía. Añoranzas por la pasión, por la magnitud sagrada, por la lluvia que nos trae noticias del apareamiento de los dioses, el encriptado misterio de la vida, la esquiva relación de las cosas que han sido, el fasto mitológico de las piedras y las cartas de amor. De allí que dar las gracias es un acto cualitativo ajeno a la ruda repetición de la costumbre. Es por ello que hoy, cuando se lleva a cabo el Festival de Poesía de Bogotá, esta decimoséptima edición dedicada a la poesía venezolana, agradezco en nombre de quienes hemos sido convocados.
Por un lado vamos a decirlo así: los libros, la lectura, la poesía, son fieles testimonios de la tarea, siempre inacabada, nunca fácil, de descifrar los signos de la existencia y su coloratura desigual y enigmática. Las palabras no tienen más, ni menos tampoco, que entregarse al diálogo con el tiempo y con la historia. Diálogo desmedido, necesario, indispensable para quienes buscan el corazón de los árboles en la maravilla y en la pulpa de las cosas que amamos o que despreciamos.
La escritura consagra la rebelión, la decidida apuesta por no quedarse con lo dado, la zanja, la grieta, diría Álvaro Mutis, que abre la inteligencia y la sensibilidad. De esta manera, lo escrito es profanación, escándalo, voz primigenia.
Así que cada verso, cada frase, cada aforismo, contribuyen a abrir hendijas y pasadizos en la circularidad de la condena, y a darle paso a nuestra indomesticable fidelidad para dar cuenta de una manera de ver y estar atentos a lo que ocurre, con los ojos primerizos de quién se confiesa en voz alta. Fuga, libertad, lucidez, fuego, revuelta. Quien deja las cosas como parecen ser no ha hecho nada en el caudaloso río de imágenes, en el ocaso constante de colores, encuadres, personajes, tonos de voz, gestos, movimientos corporales, formas de anticipar el duelo o la alegría, que componen nuestra existencia. En el contexto del hastío existencial que el imperio de las mercancías produce, la lectura es el único vehículo emancipador.
Si fuera por la abrumadora cantidad de información meticulosamente manipulada, a través de la radio, la prensa, el cine, la televisión, la publicidad, pareciera increíble que existieran poetas sobre la Tierra. Sin duda que somos como los afganos, como todos los que resisten y luchan (a lo mejor ahí deberíamos entender a Rilke cuando habla de la poesía como destino) contra mecánicas que buscan adaptarse al sistema enajenante y cruel que dibuja Chaplin en Tiempos modernos.
Intento decir y escribir lo siguiente: escribir equivale a desprenderse de las conductas previsibles y atender hasta el delirio a la incómoda e indómita proliferación de palpitaciones inéditas que la vida trae consigo. Lejos de las convenciones donde todo parecía tan aburrido, hueco, vacío, sumiso, dependiente, marchito, repetido.
La dictadura de los medios de comunicación no quiere a su lado a los poetas, ni a quienes denuncian las sombras de los intereses mercantiles y a sus sistemas de alumbrado, marginándolos y ubicándolos del lado oscuro de la luna. Por eso leer ha sido una acción largamente perseguida por el poder, o si no, que lo desmienta el Santo Oficio.
Hoy en día Venezuela, como lo dijo alguna vez el poeta Aurelio Arturo de Colombia, es un país que sueña.
No ha sido un regalo esta historia reciente, sino una conquista que poderes de diversa índole han intentado impedir, como ustedes lo saben demasiado bien, como para detallarlo aquí.
En Caracas hemos producido más de 50 millones de libros distribuidos de manera masiva, muchas veces gratuitamente. La política del Ministerio del Poder Popular para la Cultura ha sido la democratización, la inclusión. Hemos dado fin al axioma falsario según el cual el venezolano no lee, cuando lo que realmente ha pasado es que los libros tuvieron siempre precios inaccesibles. Pero hay algo mayor: La valoración del prójimo, de la otredad como razón de la política, de la acción colectiva puesta al servicio de una dignidad tanto tiempo postergada.
Esta política cultural está hoy a la vista de todos: Convertida en libro, estimulando los puntos de vista, el diálogo, la crítica, la tolerancia…
Muchas gracias a todos por estar aquí, ofrendando nuevamente a la poesía, y que en estos días del festival seamos muy felices. Y los poetas sí que sabemos de eso.
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“Emprender la noche” de José Zuleta Ortiz
Por Hernando Guerra Tovar
José Zuleta Ortiz (Bogotá, 1960), nos muestra en su poética mundos diferentes, que sin embargo han estado ahí desde siempre, al alcance de nuestros sentidos, de nuestra mirada, acaso empañada por otras urgencias, otros apetitos. Lejanos territorios de la cotidianidad más inmediata. Objetos cercanos, teñidos de una voluptuosidad desconocida, colmados de belleza nueva; distinto rostro del entorno familiar, paisaje inadvertido hecho presencia.
Asistimos en esta poesía a un itinerario por el envés de las cosas, el otro lado de los usos y costumbres, el redescubrimiento de regiones externas e internas del hombre, en su discurrir por la tierra que le es propia o ajena, según nuestra percepción, de acuerdo al lado y al lente desde el que lo abordemos. El verbo, limpio de los sedimentos de siglos de uso, desuso y maltrato, muestra ahora su identidad primigenia, intacta. La Antología Emprender la noche (Colección Los Conjurados, Común Presencia, 2008) es así, poéticamente, un llamado del autor para que busquemos en el sueño la vigilia de nuestros actos, del entorno, los motivos que habitan más allá de la apariencia, la verdad oculta, el fin y el propósito que impulsa todo acto, todo hecho, toda circunstancia. Miraremos, pues, con el lector, libro por libro, el contenido de esta obra, de un autor que se destaca como una de las voces originales, auténticas, de la poesía de su generación en Colombia:
“Las alas del súbdito” (Primer Premio Nacional de Poesía Carlos Héctor Trejos, Riosucio Caldas, 2002), constituye un recorrido por la sencillez, por la elementalidad de la vida. La paradoja de lo cotidiano enaltece el milagro del ser, en lo rural, en lo urbano. En el silencio. En el barullo: “…se respira el agua…la balsa avanza. / Chaquiro, Sajo, Amarillo, Cedro, Tangare, / Comino, Flor Morado y Chanúl. / Tantos años erguidos; como casa de pájaros, / camino de ardillas, trapecio de micos, / sombras de orquídeas, / filtros de luz…” (Bocas de Satinga). El contraste urbano lo aporta el anodino personaje “pregonero de abalorios, de ilusiones”, que después de una faena extenuante por la ciudad, como “súbdito de riquezas anónimas / (que) vende para pagar facturas ajenas. (…), llega por fin a su colina amada y “feliz: sabe que en algún lugar / de la estancia están esperándole las alas… / ahora podrá volar lejos del reino, lejos del vocerío, / y verá / desde lo alto el mundo, y hasta podrá quererlo. (Las alas del súbdito).
En “La línea de menta” (Colección Escala de Jacob, Universidad del Valle, 2005), la lúdica de los sentidos hace del fruto un festejo:”Avanzo por la tierra y sus fragancias, / siento las caderas dulces de los mangos, / los cascos cosidos con hilos blancos / en el costurero del mandarino. (…) El erotismo sutil de la palabra deriva en el entretanto del ocio que brinda la siesta, “el menú” del cuerpo hecho manjar del deseo: “Después de la prisa / de las prendas cayendo, / mariposas urgentes vuelan tu pecho”. Todo aquí convida al descanso, al solaz, a la contemplación de un mundo detenido en la pereza. Salvo el texto que nomina al poemario, la agenda del poeta y del poema es insustancial: “Viviría soñando…/ vagaría en duermevela / por libros claros, / por películas, / por cuadros rojos y amarillos, / por recetas perfumadas de hierbas. Sin embargo, entre esta despreocupación cercana al hedonismo, hay un lugar para recordar la tragedia del Raúl Gómez Jattin, su viaje intempestivo al encuentro con su progenitora. Y hay lugar, asimismo, a la trascendencia, a la mirada hecha visión, cuando Zuleta Ortiz observa el río del tiempo entre la lluvia, como en un prisma, en su recorrido por la exaltación de la fruta, para llegar a esta imagen bella y exultante: “sigo / ahora llueve / miro al fondo la montaña oscura / veo un río, / es una línea de menta que desciende.”
“Música para desplazados” (Premio Nacional de Poesía, Casa de Poesía Silva, 2003) es un libro en donde la convocatoria hecha bajo la irónica consigna “descanse en paz la guerra”, confronta la dolorosa “realidad” de una nación que se debate entre la insensatez de la violencia y la belleza inocua del poema. La dura pregunta de Höelderlin tiene respuesta en este poemario, cuando José Zuleta Ortiz consigna el hecho simple de un activismo cívico, fundado en la palabra, alejado del ataque, como corresponde al ser inteligente que no ignora las verdaderas “razones” del flagelo, del maridaje de una aristocracia rancia y corrupta, postrada, genuflexa ante poderes del “otro lado” del mar y del sueño. Entonces todo fluye y confluye. El río no sólo lleva muertos, lleva también la vida con destino al hombre citadino. No sólo lleva el cadáver del árbol milenario, transporta así mismo el alimento, es decir la paz, porque la paz, amigo lector, comienza en el estomago, aun la atroz intermediación en el comercio de los frutos, el destino final de “tantas semanas de paciente labranza, (…). El siguiente poema, bello en su singular desgarramiento, canta una “realidad” que se nutre de la indiferencia de quienes fungen un poder oscuro, de intereses mezquinos, podridos como aquellos frutos que no resisten los embates del clima, y la displicencia del sistema: “Derrotados en la guerra del andén, / sin los encargos de los hijos, / ni el corte de género para ella, / ni la funda nueva del machete, / suben al techo del bus de escalera, / para volver al monte azul donde / la vida es una guerra perdida.” (En el andén de la Galería Alameda).
“Mirar otro mar”, (Hombre nuevo Editores, 2006), es la celebración del goce por la vida. “Rueda sin rumbo la noche…” La alegría como motivo poético. Un delicioso erotismo recorre estos poemas. La mujer y la gastronomía se mezclan en una receta, en donde la comida de mar, las frutas y los aderezos, extienden por la página olores, sabores, exquisiteces; alcoholes en infinitas rondas, roces, risas, alas. Los nombres de los poemas hablan por sí solos: “Hambre”, “Otra ronda”, “La mujer de enfrente”, “Lo de la vecina”, “Cantar dentro de ti”, “Una cerveza en la Habana”, “Seducción”, “3 A.M.” “5.30 A.M.” “Como los ángeles”, “Placer glaciar”, “Motel Santa Bárbara”, “Tinta Roja”, “Intensidad”, “A la intemperie” “Insectos”“Visita conyugal”, “Apetitos varios”. El autor se apropia del alcance semántico de la fruta, su magia, su deleite, para trasladarlo a la escena erótica: “Lo mejor de ti son tus silencios: / espera de mango, / distancia de naranja, (…) “Ver tus manjares intactos”, / tu hambre, (…)
El último libro de esta Antología, que contiene la obra poética hasta ahora publicada por José Zuleta Ortiz, “Las manos de la noche”, segundo premio en el concurso internacional de Poesía de la Universidad San Buenaventura en 2007, contiene ocho textos, como anticipo de la publicación del libro por parte de la Universidad Nacional de Bogotá, en la Colección Viernes de Poesía que impulsa el profesor Fabio Jurado Valencia, poemas que mantienen la unidad temática y de tono del contexto de la obra del autor aquí reseñada: “Hace años / las ardillas viajaban / de la costa atlántica / a la costa pacífica, / de rama en rama / sin bajar al suelo. / Era cuando los árboles estaban tomados de las manos / jugando a la ronda de los bosques. (Tomados de la mano)
“Emprender la noche”, un acierto estético, en la poética y la plástica (bellamente ilustrado por la Artista Viviana Ángel). José Zuleta Ortiz, “cazador de instantes”, una voz diferente que refresca la poética colombiana, a la vez que indaga y señala otras regiones de la geografía y del pensamiento; derroteros preferibles, más humanos, para la tierra, el hombre y su palabra. Otra mirada, otro mar, otras posibilidades en un país en donde la ceguera y el autismo de la clase dirigente, constituyen el “Padre nuestro” de cada día.