dimanche 24 janvier 2010

Andrés S. BRAUN/Entrevista a Kenzaburo OÉ


ENTREVISTA A: KENZABURO OÉ
El gesto del hidalgo
Por Andrés S. BRAUN

"Aunque no puede resucitar, intento lograr su renacimiento. Y también el mío propio", explica Kenzaburo Oé sobre el primer libro de la trilogía en la que el Nobel, admirador de la moral quijotesca, reencuentra a Juzo Itami -"su pareja"-, el cineasta fallecido en 1997.

"Aunque no puede resucitar, intento lograr su renacimiento. Y también el mío propio", explica Kenzaburo Oé sobre el primer libro de la trilogía en la que el Nobel, admirador de la moral quijotesca, reencuentra a Juzo Itami -su "pareja"-, el cineasta fallecido en 1997. Por Andrés S. Braun

Buenas tardes, sensei". "Buenas tardes", responde en castellano Kenzaburo Oé (Ôse, 1935) a la entrada de su casa en Tokio. Dentro nos reciben con ternura su mujer, Yukari, y el primogénito de ambos, Hikari, compositor de renombre con discapacidad intelectual. Este hogar alberga buena parte del material físico y emocional que ha alimentado las novelas del premio Nobel de Literatura en 1994. Y es aquí donde nos recibe Kenzaburo Oé, aprovechando la publicación en castellano de su novela Renacimiento (Seix Barral). La obra, estupendamente acogida en Japón cuando se publicó en 2000, se centra en la relación entre Oé y su cuñado Yuzo Itami, actor y director de brillantes filmes como Tampopo, El funeral o Marusa no Onna, que se suicidó en 1997. Oé vuelve a mezclar realidad y ficción para rasguñar la conciencia del lector y continuar reflexionando sobre la condición humana y varios de los temas que conforman el leitmotiv de su literatura; la incomprensión, la violencia, la identidad de la nación japonesa, sus años de juventud en un remoto valle de la isla de Shikoku... Renacimiento sirve además para perfilar la figura -poco conocida en el mundo hispanoparlante- de Juzo Itami, imprescindible cineasta cuya mirada humorística y emotiva desgranó como pocas han sabido los vicios y costumbres de Japón. Uno de sus filmes más conmovedores, Minbo no onna (1992), le costó una gravísima agresión -y continúas amenazas hasta el día de su muerte- por parte de miembros de la yakuza, molestos por el retrato que Itami hizo del crimen organizado nipón en la película. Oé desgrana en Renacimiento la historia que los une a ambos y el desgarro provocado por la súbita y poco aclarada desaparición de Itami y, ante todo, refleja la intachable dignidad de ambos creadores y de su entorno, atacados con virulencia desde hace años por las facciones más intolerantes del país. Esa misma resistencia, inquebrantable y pacífica, es la que Oé sigue desplegando con una sonrisa a sus 74 espléndidos años.


PREGUNTA. Renacimiento es la primera novela de una trilogía que usted comenzó hace casi una década. ¿Qué van a encontrar los lectores españoles en este primer volumen?
RESPUESTA. Es una gran alegría que se publique en español. Es el segundo idioma al que se traduce, tras el alemán. La edición que ha hecho Seix Barral es estupenda, pero lo que más me gusta es que le hayan puesto el título de Renacimiento. Es el título que le hubiera querido poner, aunque el que tiene en japonés y en la traducción al inglés -que se publica en primavera- es Changeling.

P. Ese título viene dado por Outside over there, un libro de Maurice Sendak que juega una parte importante en esta novela. ¿Por qué le ha gustado tanto un título que no guarda idéntica relación con el original?
R. Tengo un amigo al que conocí cuando tenía 16 años. En esa época yo quería estudiar matemáticas o física hasta que él me dijo: "Lo tuyo es la literatura. Y el cine, el dibujo, la música...". Él me inició en la creación artística, y eso me cambió para siempre. Este amigo se convirtió en una suerte de tutor y gracias a él conocí a la que ahora es mi esposa [Yukari Oé es hermana de Itami]. Más tarde, él se convirtió en un director de cine. Su nombre: Juzo Itami. Siempre hemos sido amigos y siempre he tenido una vida en pareja con esta persona.

P. De hecho, usted ha titulado esta trilogía como la de las "extrañas parejas".
R. Así es. En concreto parto de la idea de la seudopareja, un concepto que tomo prestado de un párrafo de El innombrable de Samuel Beckett. Itami y yo siempre hemos sido una pareja. Hasta que él se suicidó. Hasta entonces él vivía haciendo películas y yo publicando libros. Mi trabajo siempre ha tenido una faceta política y él nunca quiso saber nada de eso, así que llegó un momento en que ya no nos veíamos tan a menudo. Por eso cuando falleció empecé a recordar la juventud que vivimos juntos y a pensar en mi propia vida. Y aunque mi amigo no puede resucitar, lo que yo intentenacimiento. Y también el mío propio. Ése es el tema principal de esta obra. De ahí que me guste tanto el título en castellano. El día después de su muerte recibí un fax de Edward Said muy emotivo que me hizo pensar en todo esto. Más tarde leí el cuento de Sendak, y eso redondeó el punto de partida para Renacimiento.

P. Y Renacimiento sería la primera de una serie de tres novelas.
R. En efecto. Y en todas ellas el protagonista es un escritor llamado Kogito. La segunda obra de la trilogía se podría traducir como El niño de la triste mirada. Hace referencia al "caballero de la triste figura", porque en este caso narra la relación de Kogito, literato y moralista japonés, con el Don Quijote de Cervantes. El ten Quijote de Cervantes. El tercero se llama Adiós a mis libros, un canto a esta vida dedicada a la literatura.

P. Renacimiento es la primera en la que aparece su álter ego Kogito. ¿Por qué la referencia cartesiana?
R. En principio se trata de una broma. En la era de Meiji , mi bisabuelo fundó en mi aldea una escuela que aún existe. En la puerta principal colgaba un cartel en el que se leía "kogî", que viene a querer decir "la manera ortodoxa"; un concepto básico de la filosofía confucionista. El caso es que de niño me pusieron de apodo Kogî. Como no me gustaba, le dije a todo el mundo que me llamaran Kogito, por el Cogito ergo sum de Descartes. Empezando por eso, no hay duda de que el modelo de Kogito soy yo mismo.

P. ¿Y dónde termina Oé y empieza Kogito?
R. En la literatura moderna japonesa existe la llamada literatura watashi, la literatura del yo [watashi significa yo en japonés], en la que el autor habla de sí mismo y sólo de sí mismo. A grandes rasgos es algo como "yo soy así, en mi familia ocurrió esto, he tenido una aventura con esta geisha y fue asá...". Yo utilizo este modelo de watashi, pero en mi caso confluyen Kenzaburo Oé y Kogito. El modelo soy yo mismo y poco a poco voy introduciendo ficción. El resultado es que en todo Renacimiento no existe una sola línea en la que puedas decir "aquí termina Oé y aquí empieza Kogito". Ésta es una manera muy mía de escribir.

P. De todos sus álter egos, Kogito es el que más se ha prodigado en sus novelas. ¿Es el que más se ha acabado desligando de Oé?
R. Así es. Y creo que esto se percibe aún más en mi último libro, que se acaba de publicar en Japón. El título en castellano sería algo así como Muerte por agua, y se inspira en el de la cuarta parte del poema de T. S. Eliot La tierra baldía. En esta novela ha llegado un momento en que ya no sabía si estaba escribiendo sobre mí o sobre Kogito. Muchos jóvenes me dicen que mis libros son mediocres porque no tienen un clímax final debido a que Kogito no mata a nadie, no huye etcétera. (Ríe). Claro, yo les respondo que Kogito, al igual que yo, tiene que escribir, tiene que subsistir pese a ser un personaje. Es complicado. De todas maneras, con Muerte por agua Oé ya ha terminado de decir todo lo que ha querido decir a través de ese moralista que es Kogito. Como escritor, echo un vistazo a mi vida y pienso que soy una especie de moralista, al igual que Don Quijote o Sancho Panza. Continuamente me pregunto por la condición humana. Y creo que Cervantes también lo hacía. Y aunque yo no puedo definirme como un moralista oficial, siempre quiero introducir en mis libros la figura de un moralista que padece la era contemporánea. Éste es el tema principal de toda mi literatura. Cuando empecé esta trilogía tenía más de 60 años. Por eso pensé escribir esta obra sobre mí mismo y sobre el tiempo que he vivido en este país que llaman Japón.

P. Siempre ha dicho que su literatura es un acto de redención, tanto personal como ante su país. ¿Aún cree necesaria una redención de Japón?
R. Este tema es más fundamental que nunca para mí. Sigo cuestionándome los problemas de esta sociedad y sigo dudando sobre si el rostro democrático de Japón es suficientemente sólido, pese a que han pasado más de sesenta años desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Muerte por agua trata este tema. En la novela aparecen Kogito y su padre, que es un militar que se suicida justo antes de que concluya la guerra porque es incapaz de aceptar la rendición. Hay que recordar que antes de 1945 Japón era una sociedad fascista en la que el emperador era un dios que ostentaba toda la soberanía. Mi padre falleció en una situación parecida y lo interesante es que han pasado ya más de 64 años desde aquello y en mi familia no se ha hablado nunca de él. Kogito, al que nadie nunca le ha hablado tampoco de su padre, descubre una caja en la que están el diario de su padre, sus libros, sus cartas... Y él, que también es escritor, decide escribir la historia de su padre. Mi padre no era militar, pero era un fascista. Él y sus amigos militares creían en la necesidad de que el ejército diera un golpe de Estado para evitar que se perdiera la guerra. Incluso hablaban de matar al emperador y de suicidarse ellos. Creían que matando a este dios, al emperador, habría un nuevo renacimiento del país. Un nuevo emperador, una nueva nación. Nunca hubo tal levantamiento y el padre de Kogito se acaba suicidando. Se adentra en el bosque y se ahoga en el río.

P. Lleva usted unos años inmerso en demandas que han interpuesto contra usted asociaciones nacionalistas y familiares de militares imperialistas.
R. Ahora estoy a la espera de que la corte suprema se pronuncie sobre uno de estos juicios. Me han demandado asociaciones de ultraderecha que pretenden modificar los libros de texto, obviando los crímenes del ejército imperialista. Argumentan que mi libro periodístico Okinawa Notes [1970, inédito en español] no tiene fundamento. En él describo cómo el ejército obligó a unos 700 ciudadanos de Okinawa, entre los que había mujeres, niños y ancianos, a quitarse la vida. Todo porque los civiles ayudaron a construir bases militares en la isla y el ejército tuvo miedo de que alguno de ellos fuera capturado por los estadounidenses y les pasara información. Todo esto aparecía en los libros de texto, pero hace unos años estos y otros párrafos sobre la actuación del ejército se empezaron a retirar con el visto bueno del Gobierno. Lo increíble es que si yo pierdo este juicio es muy posible que desaparezcan estos hechos de los libros y a los niños se les cuenten una historia muy diferente.

P. ¿Cree que se acabará por imponer este olvido?
R. No lo sé. Pero si se impone, será una amnesia inducida. Los gobiernos de Japón están invitando a la gente a que olvide. Lo malo es que la izquierda, que puede luchar contra ello, ahora es demasiado débil en este país.

P. ¿Cree entonces que Japón aún debe escoger plenamente su identidad?
R. Creo que estamos en un momento histórico peligroso y que Japón tiene que escoger un camino. Por eso me invade el miedo ahora que estoy al final de mi vida... Pero es fantástico que un periódico como EL PAÍS venga a entrevistarme porque para mí es un momento muy simbólico; acaba de salir mi último libro en Japón y los lectores españoles van a poder leer Renacimiento.

P. Creo que ambas lecturas constituyen una gran apuesta por el espíritu democrático y por la tolerancia.
R. Aún estamos ante una de nuestras primeras ocasiones para demostrar que la identidad democrática es la que queremos, porque después de todo esa identidad nació apenas en la posguerra. Creo que si los japoneses consiguen proteger la actual constitución democrática y pacifista, esa identidad saldrá ganando. Su artículo 9 estipula el rechazo a tener fuerzas armadas y resulta fundamental para mantener este espíritu, aunque muchos políticos y ciudadanos apuesten por cambiarlo. Hace seis años yo fui uno de los fundadores del movimiento a favor de conservar el artículo 9 junto al crítico y escritor Shuichi Kato y a otras siete personas. Ahora somos más de 7.000 afiliados. Es el único movimiento real que trabaja para proteger esta constitución. Éste es mi movimiento político y mi literatura está muy ligada a esto.

P. Por otro lado, también hizo una clara referencia a la Secta de la Verdad Suprema en Salto mortal, uno de sus últimos libros publicado en castellano. ¿Cree que la sociedad japonesa ha reflexionado lo suficiente sobre todo lo que pasó hace casi quince años?
R. Nada ha cambiado. Los ataques terroristas sirvieron de alarma para la sociedad japonesa. Nos alertaron de que estamos cerca de algo mucho peor. Pero el tema no se trató con el suficiente peso. Haruki Murakami escribió un libro muy necesario sobre el tema: Underground. Es estupendo.

P. Desde luego es un trabajo periodístico excelente, aunque aún está inédito en español.
R. Qué lástima. Murakami es un tipo interesante, lo conocí una vez durante una entrega de premios.

P. Su Kafka en la orilla me recuerda a sus descripciones de los bosques de Shikoku.
R. Es verdad. Lo que pasa es que mis libros no se venden ni una centésima parte de los suyos (ríe).

P. Ventas al margen, usted acaba de publicar Muerte por agua en Japón. No sería la primera vez que dice que éste va a ser su último libro.
R. Sí, lo he pensado muchas veces (ríe). A mis 74 años veo Renacimiento, y creo que ya no voy a poder escribir algo de semejante nivel. Para mí Muerte por agua es el final de una saga de cinco obras. Con este último puedo dar por cerrada la obra de mi vejez. Soy escritor y aún estoy vivo y es posible que me encuentre ante otra obra que quiera escribir. Me gusta mucho el Quijote y lo he leído muchas veces. Mucha gente ha escrito un Don Quijote. Günter Grass tiene su Tambor de hojalata, por ejemplo. Yo desde pequeño he tenido el sueño de escribir un libro en el que el protagonista diga "yo soy Cervantes" o "yo soy Don Quijote". Sin embargo, de momento yo sólo he escrito uno en el que el protagonista puede decir que se llama Kogito (ríe). Dentro de toda mi obra hay una persona, un personaje que está separado del resto. Y el modelo está ahí [señala a Hikari, que está detrás de nosotros, ojeando el periódico]. Si aún vivo tres años más, me gustaría escribir un libro en el que Eeyore [el nombre que Oé utiliza para los personajes basados en su hijo] explicara la historia contemporánea a través de sus ojos. Sería ficción, por supuesto. Al igual que el Oskar de Grass toca el tambor para darse a conocer, mi Eeyore tendría su música. Ahora que lo pienso, creo que existe la clara posibilidad de que un libro así vea la luz.

P. ¿Y qué hay de ese destino que los dos protagonistas de Renacimiento ven escrito en el poema Adieu de Rimbaud?
R. Ese destino no se ha hecho realidad. Cuando pienso en el verso "Entraremos en las espléndidas ciudades"... Nosotros no hemos llegado a poder vivir juntos ese renacimiento maravilloso del que hablo en la novela. Rimbaud es un punto de partida para la literatura moderna y, como Rimbaud, todos los grandes autores de la modernidad tienen algo que han perdido, algo que les falta. Todos escriben sobre un héroe que ellos no han podido ser, el mismo que yo no he podido ser. Y la forma inicial, el prototipo, es Don Quijote, de Cervantes. Él tenía un brazo inutilizado y le llamaban manco . Pienso que todos los grandes autores del siglo XX, desde García Lorca hasta Günter Grass, son mancos, les falta algo. En francés el verbo manquer indica un déficit en la persona, es muy significativo. Yo tengo tantas manques . Hace 46 años que vivo con mi hijo, que es deficiente. Y siento que ésa es mi gran manque. Él también es manco, pero él es mi héroe y a mí me gustaría que él fuera el héroe de esta nueva novela que ahora está en mi cabeza. En cualquier caso, yo no tengo ni un destino ni un talento tan grande como Cervantes (ríe). Yo de momento he venido hasta aquí agarrado del brazo con Kogito y es posible que antes de morir pueda mostrar al mundo un libro en el que aparezca su destino . Hace apenas tres semanas que presenté el nuevo libro en Japón. Y aún no le he dicho a nadie nada sobre este nuevo proyecto. Usted es el primero que lo escucha.

La conversación prosigue hasta bien entrada la tarde y discurre por los temas más diversos, desde la vida y milagros del pintor Tsuguharu Foujita y de Kiki de Montparnasse (y su supuesta falta de vello púbico), pasando por la obra de Alfonso Reyes, el sorprendente encuentro que Oé tuvo con Juan Rulfo o la amistad que le une a García Márquez y Vargas Llosa (cuya asistente cuando éste visitó Japón hace años, nos cuenta, emigró a España y ha acabado por ser la traductora de Renacimiento). Aún queda tiempo para que el maestro nos pasee por su despacho y nos muestre el grabado de Orozco que compró en los años sesenta o el objeto más caro de su casa, según cuenta entre risotadas, una lámpara de diseño que tiene como soporte un volumen del Quijote. Antes de marchar, Hikari nos despide con una sonrisa timorata y un "buenas tardes" en perfecto castellano antes de que Oé y su mujer, siempre riendo, nos acompañen hasta la puerta. Cuando ya llevamos cinco minutos caminando, el maestro nos interpela súbitamente al grito de "¡monsieur!". Nos ha seguido en bicicleta para devolvernos un artículo que se nos ha olvidado en su casa. Segundos después, este ingenioso hidalgo de la isla de Shikoku se pierde pedaleando enérgicamente a lomos de su rocín metálico por la siguiente esquina.

Renacimiento. Kenzaburo Oé. Traducción de Kayoko Takagi. Seix Barral. Barcelona, 2010. 288 páginas. 19 euros.

***
Inicio de 'Renacimiento', de Kenzaburo Oé

PREFACIO
LAS REGLAS DEL TAGAME
1
Tumbado en el camastro de la biblioteca, Kogito escuchaba atentamente por los auriculares. Tras las palabras «Eso es lo que hay, me voy al otro lado», sonó el ruido de algo pesado al caer al suelo. Hubo una pausa y Goro prosiguió. «Aunque eso no quiere decir que se vaya a interrumpir la comunicación entre nosotros: para eso precisamente he puesto en marcha el sistema del tagame. Pero te dejo, que a ese lado ya será tarde. ¡Buenas noches!»

Sin acabar de entender lo sucedido, Kogito sintió el profundo dolor de la tristeza, como si se le desgarrasen los ojos por dentro, a través de los oídos. Se quedó tendido unos instantes y devolvió el tagame a su estante para tratar de dormir. Había tomado un antigripal que le había dejado algo adormilado, y al cabo de un rato logró conciliar el sueño. Pero no tardó en despertarle un leve ruido. La luz fluorescente de la lámpara que colgaba del techo inclinado bañaba con su pálido fulgor el rostro de su mujer.
—Goro se ha suicidado. Quería salir sin despertarte pero no me gustaría que Akari se sobresaltara al ver a tanto periodista.
—Así le informó Chikashi de lo ocurrido a su hermano, amigo de Kogito desde los diecisiete años. Kogito ansiaba con desesperación que el tagame, como los teléfonos móviles cuando reciben un mensaje, emitiese algún tipo de señal. —Le han pedido a Umeko que identifique el cadáver y voy a ir con ella —continuó Chikashi, reprimiendo toda emoción.
—Te acompaño hasta que veas a la familia y luego volveré para atender el teléfono —respondió Kogito, sintiendo que algo en su interior se paralizaba—. No creo que se pongan a llamar tan pronto. Chikashi seguía allí de pie, en silencio, bajo la luz fluorescente. Observó cómo Kogito salía de su camastro y se ponía con desgana la ropa interior, la camisa de lana y los pantalones de pana (era pleno invierno). Cuando Kogito se puso el jersey e hizo ademán de alcanzar el tagame, ella lo detuvo con voz contundente.
—¿Para qué vas a llevarte eso? Es el radiocasete donde escuchas las cintas que te envía Goro, ¿verdad? Quién te ha visto y quién te ve; antes te habría parecido absurdo perder el tiempo con algo tan inútil. A veces, Kogito se paraba a pensar que era el único que usaba un radiocasete tan anticuado de todos los que iban en el vagón del tren que le llevaba a la piscina, la misma a la que seguía yendo a sus cincuenta y tantos años. Los hombres de mediana edad que coincidían con él movían de cuando en cuando los labios al son de lo que escuchaban, por lo que imaginaba que estaban practicando conversación en inglés. Hasta hacía poco, el vagón se llenaba de jóvenes que escuchaban música, pero ahora se dedicaban sin excepción al teléfono móvil o a hablar o mirar la pantalla a la vez que movían los dedos con precisión. Casi sentía nostalgia de aquel ruido de golpes rítmicos que se escapaba de los auriculares.

Kogito llevaba un radiocasete anterior al walkman oculto en la mochila entre las cosas de baño y unos auriculares en la cabeza ya canosa. No podía evitar sentirse como un retrógrado solitario. Este radiocasete era un regalo que le hicieron a Goro cuando aún era actor y trabajó en un anuncio de televisión para una casa de electrónica. El aparato era un simple rectángulo y su diseño tampoco era nada del otro mundo. Sin embargo, los auriculares parecían por su forma unos tagame, insectos que Kogito solía coger de pequeño en el río, cuando vivía junto al bosque. Se los probó y le indicó a Goro que le daba la impresión de tener uno de aquellos insectos inútiles agarrado a cada lado de la cabeza. Pero Goro no se inmutó y le contestó:
—Eso no hace más que confirmar que eras un niño patoso, incapaz de coger anguilas ni truchas en el río. Me temo que es un regalo algo tardío, pero quiero dárselo a aquel niño lastimero. Llámalo «tagame» o lo que sea y te entretienes con él pensando en tu niñez. Sin embargo, parece que se dio cuenta de que ese regalo era poca cosa para un amigo de la juventud y cuñado además. De modo que Goro echó mano de todo su talento, el mismo del que se valía para hacer películas y que consistía en rescatar pequeñas cosas de su vida cotidiana, y añadió al regalo un maletín de duraluminio con un atractivo diseño. Metió en él cincuenta cintas de casete. Se lo dio a Kogito en el preestreno de una de sus películas; en el tren de regreso a casa, éste intentó poner en el tagame, que se quedó con ese nombre, una de las cintas, que estaban marcadas tan sólo con números escritos en una pegatina blanca. No se dio cuenta pero, antes de conectar los auriculares, debió de apretar la tecla de reproducción, o quizás estaba diseñado para ponerse en marcha automáticamente, el caso es que empezó a sonar una fuerte voz femenina por los altavoces: «¡Ah! ¡Ah! ¡Se me sale el útero! ¡Que me voy! ¡Me corro! » Armó tal estruendo que no pudo evitar que los demás pasajeros se agitaran. Seguramente Goro no sabía qué hacer con aquellas cincuenta cintas de escuchas ilegales que le habría vendido alguien del estudio de cine.

Kogito jamás había tenido interés por ese tipo de cosas pero, aquella vez, pasó casi cien días obsesionado con ellas. Fue por la época en la que se hallaba sumido en una prolongada depresión. Al enterarse de lo penoso de la situación a través de Chikashi, Goro dijo que lo único que podía combatir causa tan rastrera era un factor humano igualmente rastrero. Entonces le regaló el tagame junto con las cintas, que no dejaban de ser formas de expresión humana. Esto es lo que le contó Chikashi a Kogito más adelante, aunque ella nunca supo lo que contenían las cintas. La depresión de Kogito fue inducida por los incesantes ataques que, durante más de diez años, le lanzara, camuflado naturalmente por el sentido del bien común, uno de los periodistas estrella de un diario importante.

Si estaba ocupado leyendo libros o escribiendo no le afectaba pero, cuando accidentalmente se despertaba en mitad de la noche o salía por algún compromiso, le venía a la mente aquel estilo de denuncia propio de un periodista de indudable talento. Como tipo meticuloso que era, le enviaba por fax sin cesar los recortes de sus artículos en revistas o las galeradas de manuscritos, firmados por detrás con «un saludo». Cuando recordaba sus palabras, en la cama o en la calle, lo único que tenía que hacer era escuchar voces lo bastante representativas de la condición humana como para poder rivalizar con su actual estado emocional. El propio Goro le aseguró a Kogito que, curiosamente, el método era efectivo.

Habían pasado quince años desde entonces cuando Kogito estuvo buscando documentos para llevarse de viaje al extranjero. Encontró en un rincón de la biblioteca, entre numerosas publicaciones y recortes de prensa de aquel periodista, el maletín. En el supuesto de que su avión sufriera un accidente y Chikashi tuviera que ordenar la biblioteca, ¿qué pasaría si se le ocurriera escuchar las cintas? Decidió colocarlas en su colección de «basura» y le pidió a Chikashi que le preguntase a su hermano si tenía algún interés en conservar el maletín.

El continente volvió a manos de Goro durante un tiempo pero, pasados dos o tres años desde que Kogito se fuera a Boston, llegó la misma maleta de nuevo a su casa con treinta cintas dentro. Goro decía que iba a ir enviándole más cintas a medida que las grabara para completar el maletín, donde cabían cincuenta. Según Goro, no merecían ser escuchadas inmediatamente, a lo que Chikashi al parecer respondió, aun sin saber qué contenían, que, dado que se acercaba al inicio de la tercera edad, con el riesgo de depresión que eso conllevaba, le recomendaba que las escuchase.

Kogito tuvo una corazonada y se puso a escuchar una de ellas. Como había imaginado, la voz que se oía por los auriculares era la de Goro. Parecía que intentaba narrar, aunque no muy cronológicamente, la historia de su amistad desde la infancia en Matsuyama, o «Matchama », como Goro lo pronunciaba, en la isla de Shikoku. Era un modo de hablar, más que un monólogo, como una conversación alargada por teléfono. Kogito escuchaba la grabación antes de dormir metido en el camastro de la biblioteca con los auriculares puestos, y vagaba entre sus muchos recuerdos. Iba recibiendo regularmente más cintas, con algún intervalo, y Kogito adquirió la costumbre de apretar la tecla de pausa y dar su opinión, como si de un diálogo se tratara. Aquello se convirtió en una rutina y el tagame no tardó en convertirse para él en el sustituto del teléfono. La noche en que le informaron de la muerte de Goro, que se tiró desde la azotea de un edificio, estaba escuchando en la cama una cinta que le acababa de llegar por mensajero. Entre pausa y pausa de la narración de Goro, Kogito introducía sus comentarios o, mejor dicho, respuestas que resultaban naturales en una conversación. Aún recuerda muy bien la idea que tuvo esa noche. Hacerse con otro radiocasete para grabar sus comentarios y así poder editar las dos voces en una tercera cinta.

Tras un rato de conversación, Goro se quedó en silencio. Después, retomó el discurso con una voz claramente distinta de la anterior, bajo los efectos del alcohol:
—Eso es lo que hay, me voy al otro lado. Seguidamente, como solía hacer Goro en sus películas, que incorporaban a menudo efectos especiales con sonidos compuestos, sonó el ruido que sugería la caída de un cuerpo pesado desde cierta altura al suelo y la voz prosiguió: —Aunque eso no quiere decir que se vaya a interrumpir la comunicación entre nosotros: para eso precisamente he puesto en marcha el sistema del tagame.

Pero te dejo, que a ese lado ya será tarde. ¡Buenas noches! A veces, Kogito se planteaba que, si Goro había grabado aquellas palabras de despedida con antelación, aparentemente sobrio, el ruido de la caída y sus últimas palabras podrían haber sido la primera comunicación desde el otro lado a través del tagame, a modo de teléfono móvil. En cuyo caso, por el mismo sistema, tenía que ser posible, sólo con escuchar repetidamente las cintas del tagame, oír la voz de Goro desde el otro lado. Por eso todas las noches pasaba un rato con el tagame antes de dormir, aunque la última cinta que le había llegado permanecía guardada en el maletín, sin rebobinar siquiera.

Kogito fue con Chikashi hasta Yugawara para recibir el cadáver que traían de vuelta desde el depósito. Sin embargo, no tuvo ocasión de ver la cara del difunto Goro. Al término de un velatorio que se desarrolló en la intimidad más estricta, Kogito avisó a Umeko, que estaba preparando los vídeos de las obras de Goro para verlos hasta la madrugada, de que él iba a volver solo a Tokio, donde había dejado a Akari. Chikashi tenía que asistir a la cremación al día siguiente.
—A diferencia de cuando lo vi en la morgue, su cara ha recuperado la dignidad de siempre. Ve a verlo antes de irte, por favor —sugirió Umeko mirando hacia el ataúd.

Pero Chikashi interpeló a Kogito con serenidad:
—Mejor que no lo veas. Umeko la miró con aire inquisitivo pero Chikashi le devolvió la mirada con una sinceridad llena de dolor que contradecía sus convicciones. Umeko la comprendió y se fue a la sala donde estaba colocado el ataúd. Kogito detectó en la expresión de Chikashi un cierto distanciamiento para con él. Tan crudo que no parecía haber forma de estrechar mínimamente su relación. Chikashi debía convencerse a sí misma, sumida en un inmenso dolor, de que así eran las cosas y punto. Umeko era capaz de mirar con cariño la cara herida y deformada de Goro, con gran amor, y podía contemplarla mientras iba recobrando su forma habitual.
Su hermana también lo estaba haciendo. Pero Kogito no podría aguantar todo lo que aquello significaba. Aun consciente de esa debilidad que bien conocía Chikashi, Kogito se dispuso a acompañar a Umeko en cuanto ella lo invitó. Entonces no tuvo más remedio que reconocer, sumido en una triste soledad, que era un inmaduro incorregible. Pero también había algo que le impulsaba a acercarse a ver al muerto. Quería comprobar si en la mejilla, hacia la oreja, no habría quedado la marca de los auriculares del tagame al chocar contra el suelo...

Además, existía una razón más allá de la imaginación calenturienta de Kogito para pensar eso. Taruto, el joven presidente de la productora de Goro que se encargó de trasladar el cadáver hasta Yugawara, le había enseñado tres «testamentos» escritos a ordenador y un dibujo hecho a lápiz en una cartulina de calidad superior, todo eso dejado a propósito encima de la mesa de la oficina. Un dibujo sin nacionalidad, de un estilo que recordaba las ilustraciones de los cuentos de hadas. Había nubes en el cielo con forma de panecillos entre las cuales flotaba un hombre de mediana edad. Kogito supo que se trataba de un autorretrato de Goro porque la figura se parecía a Akari cuando componía tirado en el sofá de la sala de estar. Además, el hombre que flotaba en el aire tenía en la mano izquierda un teléfono móvil idéntico al tagame y parecía estar al habla.

Aquel dibujo infantil le sugirió a Kogito otro recuerdo. Hacía casi quince años, Goro había publicado un libro de ensayo, casi de psicoanálisis. Estaba ya muy metido en la tarea de director de cine y había encargado las ilustraciones del libro a un pintor joven cuando hasta entonces siempre las había dibujado él mismo. La ilustración de la cubierta, más que el contenido del libro, se le antojaba parecida al dibujo de Goro que ahora contemplaba. Justo después de aquello, Kogito sostuvo una conversación con Goro, con quien se había encontrado por casualidad:
—Este estilo es típico de los ilustradores que se ponen de moda y publican en las revistas norteamericanas. Es verdad que los paisajes y las figuras japonesas están bien asimilados y no deslucen mucho su estilo original. Pero, como obra de un joven artista novel, no sé si me convence. Kogito hizo ese comentario casi sin pensar, pero Goro se lo tomó como un ataque directo.
—¿Estás diciendo que es una imitación o que bebe del arte extranjero? Porque te recuerdo que cuando tú empezaste a escribir, hacías lo mismo, ¿o no? En el caso del dibujo es más evidente. Pero tú sacabas del francés, del inglés o de alguna traducción lo que querías poner en japonés. Y los elementos que tomabas prestados se pueden identificar con meridiana claridad. Kogito no tenía más respuesta que asentir, pero también se defendió así:
—Aunque eso pase al principio, no se puede negar que los escritores jóvenes ofrecen cierta autenticidad. Hay que ir quitando la capa del estilo prestado sin perder ese toque. Es una tarea difícil.
—Ciertamente tú lo has conseguido. A cambio, en el proceso, perdiste a los grandes lectores de tu juventud. Qué dilema, ¿no? ¿No se irá asentando esa tendencia con el tiempo? Este artista es bueno y dudo que se quede ahí. Seguro que irá ampliando sus horizontes para crecer más. Al menos eso creo.

Kogito no entendía de dónde venía aquella reacción irritada o, mejor dicho, impregnada de malicia incluso. Debía ser que le gustaba de verdad el estilo de aquel joven dibujante que ilustró su libro. A decir verdad, no cabía duda, ya que el dibujo que él mismo realizó al final de su vida presentaba un estilo cercano a ese primitivismo americano en moderno. Pensándolo mejor, Kogito comprendió que aquel dibujo podía ser el legado que le correspondía: el autorretrato de un Goro flotante que le llama utilizando el tagame a modo de móvil. «Eso es lo que hay, me voy al otro lado. Aunque eso no quiere decir que se vaya a interrumpir la comunicación entre nosotros.»

Kogito se encaminó a la estación del ferrocarril para coger el último tren a Tokio. A la salida, le estaba esperando una marabunta de periodistas que le acorraló. Kogito intentó pasar de largo sin decir una palabra pero recibió el golpe de una cámara de TV al lado de la nariz, casi en el ojo izquierdo. Quizás fue que se quedó aturdido, pero la sonrisa absurda del joven cámara, que no dijo palabra, le pareció una expresión de bajeza. Remontó la larga cuesta de piedras redondas en pendiente que atravesaba el campo de mandarinos y se metió en un taxi.
—Dicen que uno llora lágrimas con sangre, ¡qué razón tienen! —dijo el taxista, que debía conocer bien a Goro, al ver la cara de Kogito manchada de sangre.

A Kogito le parecía excesivo ir a la casa de socorro para pedir un parte de lesiones y utilizarlo contra aquel cámara. Aunque no era una postura lógica si se tenía en cuenta la de los medios, que llevaban acosándoles tanto a él como a los suyos unas diez horas. Ésta fue la impresión que tuvo Kogito de las emisoras de televisión, las revistas y los periódicos en ese corto intervalo tras la muerte de Goro. Estaba convencido de que todos ellos compartían un sentimiento de sorna hacia el suicida.

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http://www.elpais.com 23/01/2010

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