dimanche 3 janvier 2010

Daniel GUEBEL/ Día de circo



Cuento / Humillaciones íntimas
Día de circo
Por Daniel Guebel

En este relato, el autor de Derrumbe muestra el tortuoso camino por el que el enamoramiento de un niño por su maestra conduce a una revelación familiar y artística. Su protagonista se somete al escarnio para hacer reír como un payaso, pero termina burlado

En sexto grado -cursaba en el colegio Juan Bautista Alberdi n° 20 del pueblo de San Andrés, partido de San Martín, provincia de Buenos Aires, situado frente a la ruta 8-, yo estaba enamorado de mi maestra. Era la única maestra que pese a las advertencias del director se atrevía a usar minifalda -una minifalda discretísima, eran los tiempos en que en el país imperaba la moral puritana del gobierno integrista de Onganía-. A los once, doce años, yo estaba en pleno fervor preadolescente, y cuando ella se sentaba ante su escritorio, frente a todos nosotros... El escritorio era más alto que nuestros pupitres, lo que permitía que viéramos todos los movimientos que ocurrían bajo la mesa... Los muslos no gruesos sino rellenos, enmarcados por las medias de seda tres cuartos, que susurraban al rozarse en el cruce. La carne tibia. Una pierna que se encima a la otra, el ardor del fuego interno. La piel blanca. Nunca antes sentí tal vértigo, nunca así lo sentiría luego. Tocarla, olerla, lamerla, hundir la cara. Con todo, sin embargo, el enloquecimiento del deseo que me producía no podía compararse con mi frenesí sentimental, la devoción que sentía por ella, a tal punto que estaba dispuesto a agarrarme a piñas con cualquier compañero de grado que comentara algo acerca de su carne, a implorarles: "No le miren las piernas, miren lo que es, miren su cara". Alta, rubia, bella, de rasgos regulares, nariz delicada, ojos azules con un leve resplandor violáceo en el halo de las pupilas. Para destacarlos trazaba una línea negra, la asperjaba sobre sus párpados. ¿Cómo es que no puedo acordarme de su nombre? Y sin embargo cada día contemplo tu imagen en blanco y negro, rodeada por todos tus alumnos. Promoción 1962. Yo estoy a tu lado y me tenés de la mano. Ella... Había salido segunda princesa en un concurso de belleza de la Capital. Pero no sólo era hermosa: también tenía conciencia social. Quizá la hayan arrastrado los vientos de la violencia política que se precipitaron años más tarde sobre el país. No lo sé. Además de nuestro colegio, que pertenecía a un ámbito barrial de clase media, trabajaba en primer grado de uno ubicado en la villa miseria cercana a la Avenida Márquez. A esos alumnos les faltaba de todo, como les falta siempre todo a los pobres. Así que mi maestra nos propuso llevarles libros, ropas y útiles escolares, en un encuentro colegial interclasista. Pero además, nos invitó a brindarles algo que ahora se llamaría un "espectáculo de animación". Hacer algo para que esos niños se divirtieran.

Como ya había decidido ser escritor, asumí de hecho la dirección del evento, lo que me convertía en mano derecha y ejecutor de los deseos de mi amada, y durante semanas me dediqué a escribir los sketches con los que alegraríamos el alma de aquellos niños. El guión estaba lejos de ser bueno, pero respetaba al menos el esquema eficaz de la sucesión de momentos cómicos y tristes, de reflexión y de risa.
Llegó el día de la visita. Para esa ocasión, mi padre se había ofrecido a acarrear parte del rejunte de beneficencia y llevarnos en su Peugeot 403. La maestra primero había puesto algún reparo, no quería perjudicarlo obligándolo a faltar a sus tareas, pero mi padre alegó que no era una molestia sino un placer, colaborar con una buena causa justificaba cualquier perjuicio ulterior... "Pero, Augusto..." "Faltaba más, Irma, la fábrica puede funcionar un rato sin mi presencia...". "Si usted lo dice...". Conclusión, ahí íbamos. Mi padre había encendido la radio, un lujo que pocos vehículos de la época poseían, y el aire que entraba por las ventanillas bajas se iba llenando con las voces rebeldes de folkloristas de la talla de José Larralde y Roberto Rimoldi Fraga, y yo apenas podía contener las lágrimas que me arrancaba el grito final de un tema: "¡Argentino! ¡Argentino hasta la muerte!". Si uno de los dos me hubiese preguntado qué me pasaba, habría debido decir que era por culpa del viento, silenciando el exceso de mi emoción patriótica y quizá también, como un tema musical opresivo y subyacente, el efecto que producía en las distintas capas aún no descubiertas de mi alma la constatación de la sospecha, que venía alimentando y me carcomía, de que también mi padre estaba enamorado de mi maestra. Irma poseía en alto grado las características de mujer intelectual y autosuficiente que siempre lo habían cautivado. Para dar un ejemplo: estaba fascinado por el arquetipo de la joven moderna que por entonces encarnaba Mónica Cahen D´Anvers, la periodista estrella de Telenoche . Cada tarde volvía volando del trabajo para llegar a la hora del noticiero; apenas la imagen en blanco y negro parpadeaba, mi padre entraba en un estado de suspensión bastante parecido al éxtasis místico. En esa misa profana, él creía que se informaba, que servía en el plato de su discernimiento el menú de los hechos que sacudían al orbe, pero en realidad se babeaba viendo cómo la D´Anvers modulaba un estilo afrancesado de falsa vacilación -una "e" que titilaba en la cavidad del paladar y se convertía en "u" o "umm"-. En ese sentido, mi maestra perfeccionaba el modelo: estaba cerca y al alcance de su mano, era independiente y exitosa en lo suyo, y además de ser hermosísima sacrificaba parte de su tiempo a favor de los niños pobres. Y a mi padre ese costado social le resultaba irresistible.

Entonces, estábamos en que mi amor, Irma, aceptó la oferta de viajar con mi padre y conmigo. Era obvio que la aceptaría. Ella me quería, sin duda yo era su alumno favorito. Pero también debía de sentirse atraída por mi padre. Pese a su altura promedio y a un accidente automovilístico que le había arruinado la regularidad del andar, mi padre era elegante, estaba en buena forma y su rostro de facciones más que correctas se veía mejorado por un bigote que recortaba todos los días y que lo asemejaba vagamente a Roberto Rufino, un cantante de tangos de antaño. Con esto no estoy diciendo que ella le coqueteara, ni que mi padre hubiese realizado su propuesta de transportarnos con el propósito alevoso de levantársela ante mis propios ojos. Todo transcurría dentro de la máxima corrección, pero yo, único chico sentado en el asiento trasero del Peugeot, yo, rodeado por cajas de objetos que de golpe asumían un rasgo siniestro, yo, mientras José Larralde seguía desparramando sus dichos y sentencias camperas y el vehículo devoraba los kilómetros, yo sentía de alguna forma que el eje de gravedad sentimental iba desplazándose en dirección de mi padre. ¿Acaso ella no me amaba? ¿Acaso no era el hombre para ella? Como las palabras reemplazan a la larga a las imágenes, sin llegar, como éstas, al centro del dolor, ningún adulto recuerda las emociones que abruman el corazón de un niño enfrentado a su primer contraste sentimental. Sobre todo cuando, como en este caso, los avances de mi padre se verificaban gracias a mi derrota y a la ruina paralela que esto significaba: el fin próximo de mi familia. Lo que a mi criterio debía evitarse por todos los medios.

Claro que en esas circunstancias yo tenía escasas posibilidades de preservar a mi madre, sostener el esquema de la fidelidad conyugal y proteger a mi maestra de las consecuencias de una eventual difusión pública de su desliz con un hombre casado, pero al menos estaba determinado a hacer algo, lo que fuere, algo que al menos me restituyera como centro de atención de la señorita Irma, por lo que, una vez descendidos del vehículo, me reuní con mis compañeritos (que habían llegado un rato antes en un micro escolar) y en un aula vacía repasamos los momentos más relevantes del primer esquicio cómico. Por supuesto, para que la función tuviera el máximo de efectividad posible, debíamos disfrazarnos. Yo me puse un traje de payaso alquilado -pantalones anchos, rotos y remendados, zapatos larguísimos con falsa suela desfondada, un chaleco en cuadrillé multicolor, una gorra visera de la que en el momento más risible brotaría un martillo que me golpearía en la cabeza-. Y todo eso se completaba con una roja nariz de plush en forma de pompón, y una flor de plástico lanzaagua.

Una vez cambiados, salimos al escenario, es decir, al centro de la sala. Rodeados por esas criaturas famélicas que nos miraban como si fuéramos marcianos, durante unos minutos mis compañeros y yo seguimos la pauta de mi guión. Desde luego, yo había anticipado el éxito de nuestra función previendo una progresión de la comicidad que terminaría con accesos colectivos de hilaridad, con lágrimas de risa y un aplauso eterno y cerrado. Pero a la hora de la verdad, y aunque los chistes saltaban como acróbatas, giraban en el aire, daban triples saltos mortales y exhibían todas sus galas y virtudes, luego de esa serie de piruetas caían y se aplastaban contra el piso sin generar la menor reacción entre el público asistente.

En un principio creí que esa falta de respuesta era algo que podía subsanarse mediante el recurso a ejercicios de comunicación con la platea tales como batido de palmas, rascado de testas, alzado en brazos de la escolar más pequeña: la clase de demagogia con la que se triunfa en las elecciones. Pero los espectadores se mantuvieron ajenos a nuestros esfuerzos; más aún, parecían ansiosos por retroceder, arrastrar hacia atrás los banquitos de madera, preparándose para huir, si tal cosa fuera posible. De algún modo, ese impulso se contagió al resto de mis compañeros de representación, que primero se quedaron duros y luego fueron corriéndose hacia un costado, en un movimiento rítmico y progresivo de abandono de la escena y una concomitante demostración del egoísmo y la falta de solidaridad que prima en el universo de la pequeña burguesía. Detenidos, congelados como estatuas vivientes, me miraban actuar, no movían un dedo mientras yo me desgañitaba, seguía y seguía, dispuesto a suplir esas renuncias, a disimularlas con mi exceso. En esos instantes, y aún sin comprender bien qué era lo que no funcionaba, advertí que debía cambiar de rumbo. Entonces improvisé. Una broma, otra broma, un chiste detrás de otro chiste: juegos verbales: el arte de la palabra.

Al emprender ese nuevo camino, me inscribía con brillo propio en un rito familiar. En aquella época, tíos, primos, padres y abuelos cenábamos juntos durante las noches de la semana en que transmitían Operación Ja Ja y Polémica en el bar . En esos programas yo había visto tartamudear, balbucear, lanzar pullas, réplicas y contrarréplicas a grandes actores cómicos y había comprobado el efecto que esos recursos provocaban en mi parentela: primero sonreían; después, el chispazo de una risa, luego la risa franca, y después, en un crescendo pautado, la carcajada tímida que daba paso a la audaz, y luego a la desbocada, parecida al relincho de un caballo, y después el doblarse sobre sí mismos, sujetándose las panzas, las patadas en el piso, las lágrimas que se derramaban sobre las mejillas arrugadas por el rictus convulsivo, y tras de todo eso llegaba el relajamiento final, los cuerpos se acomodaban en las sillas entre suspiros de alivio, la atención volvía a quedar suspendida a la espera de los nuevos diálogos, y segundos más tarde comenzaba el mismo proceso de expansión humorística, que en ocasiones, incluso, por parte de los ancianos, podía verse acompañado de alguna señal de incontinencia urinaria o de espasmo cardíaco.

Dando por hecho la validez universal del efecto, me entregué sin escrúpulos a la invención de mis chistes: era una chorrera de ocurrencias, a cada cual más graciosa. Y aunque ahora no recuerdo ninguna en particular, en ese momento, mientras hacía desfilar esas humoradas basadas en retruécanos, en líneas de doble sentido cuya fineza central burilaba los bordes de la grosería, yo mismo me partía de risa, a tal punto que a veces ni siquiera podía terminar de referirla que ya la carcajada me doblaba en un estertor convulsivo que debería haber resultado contagioso. Lamentablemente, a estas criaturas nada les hacía mella; mi genio incipiente se les pasaba por alto, mi espíritu soplaba y ellos ni se daban cuenta. Ni una sonrisa, ni una mueca aprobatoria, ni un solo gesto de estímulo acompañaron esa parte de mi representación. Mientras que mis esfuerzos los dejaban helados de sorpresa, mayor era la mía al cerciorarme por la vía de la catástrofe de la falta de contundencia de un modelo ya probado. No se trataba de que no vieran televisión; al contrario, en una villa miseria puede faltar la comida, pero no el aparato cuya magia parpadeante brinda la ilusión de acceder a los mundos de la opulencia y el consumo. Lo que ocurría era que esas criaturas, víctimas del hacinamiento y la violencia, estaban fuera del lenguaje.

Comprendido esto, sacrifiqué el resto de lo que estaba ofreciendo y en un salto conceptual que aún hoy me asombra me aboqué a producir los signos de lo cómico mediante el empleo de la gestualidad más elemental. De un cajón que tenía cerca y que contenía buena parte de los productos alimenticios perecederos y no perecederos que correspondían a nuestra donación, extraje tres bergamotas y las arrojé al aire, una detrás de otra, simulando ser un malabarista. Luego de alcanzar su perigeo, la primera bergamota cayó en mi diestra, y pude lanzarla de nuevo antes de atrapar la segunda, pero aún tenía ésta en la mano cuando la tercera rebotó en mi puño cerrado y se estrelló en el piso de tierra con ruido de cosa gorda y fofa. Saltaron un par de semillas, algo de jugo se esparció. Yo me incliné sobre el enchastre, me rasqué la sien izquierda con una uña, alcé los hombros en señal de desconcierto. Las bergamotas restantes reventaron sobre mi cabeza, empapándome la nuca, y cayeron. Una risa, otra risa, y otra. Me incliné sobre los restos y con expresión perpleja los recogí y lancé de nuevo. Claro que ya no eran esferoides asimétricos y cerrados sino tres amasijos de pulpa que giraron sin ninguna elegancia, derramaron más jugo -que cayó sobre mi cara y mis ojos- y fueron a parar a cualquier parte. Más risas. Me puse las manos en la cintura, en gesto de impaciencia, miré a mi público, les hice gestos de que esperaran porque el asunto no terminaba allí, y apelmazando las tres plastas en una las volví a lanzar. De nuevo lo mismo, pero la risa ya se había generalizado, y algunos chicos se agarraban la panza y otros me señalaban y se codeaban burlándose de mí, algo que en el género en que estaba incursionando era sinónimo de éxito. De todos modos yo tenía hambre de más; así, cuando la mezcla inmunda de pulpa aplastada y tierra volvió a ensuciarme, de nuevo simulé asombro, volví a mirar a mi público, pegué un grito inarticulado fingiendo enojo -mientras internamente me derretía de gusto-, y de un salto caí sobre los pedazos exprimidos y destruidos y empecé a pisotearlos a la vez que trataba de acomodarme el gorro -lo que produjo el delicioso efecto de que el martillo saliera de su escondite y me golpeara en la nariz-; entonces elevé los brazos al aire en una pantomima de desesperación, solté la frase más larga e incomprensible que pudo venir a mis labios, y ahí caí de rodillas y empecé a meterme en la boca y a escupir esas sobritas, mientras aparentaba tratar de capturarlas, abarajarlas, sostenerlas en un giro encantado por el aire. Los chicos ahora me adoraban, aplaudían. Y yo estaba en la gloria: mediante el simple despliegue físico había conseguido los mismos resultados que los ídolos televisivos de mi familia obtenían luego de horas de estudio y ensayos. Pero eso no me bastó. Dispuesto a vencer a mis precursores y a arribar a mundos inexplorados de comicidad, me precipité a tierra, arrastré mis hombros en estilo espalda, pataleé como un buzo, me volví boca abajo y me retorcí como una rana mientras mi público aullaba. Desde luego, no la totalidad pero sí un importante componente de mi placer radicaba en el contraste entre el frenesí de movimientos y la calculada administración que yo hacía del despliegue de recursos, evaluando la manera de potenciar los más contundentes y dejar de lado aquellos que no suscitaban una reacción inmediata. Así fue que, mientras aparentaba nadar estilo perrito sobre ese charco anaranjado a la vez que sostenía en la punta de mi nariz de plush una semilla de bergamota, abarcaba el radio completo de mis admiradores, llegando con mi vigilancia aún más lejos, hasta el patio descubierto, que había permanecido vacío durante el transcurso de la función. Era un ámbito desierto, el típico patio de tierra de los colegios de los pobres, con algún árbol seco y raquítico en el medio, que habría servido de sostén para que algún pajarito piara de gusto viéndome actuar. Pero no había sido así. Tras el marco clamoroso de mi triunfo se alzaba el telón de la indiferencia del universo, detalle que no habría debido importarme, tanto me complacía lo que estaba viviendo, si no fuera porque de golpe todo ese espacio se llenó con una figura: era mi padre, que regresaba de alguna parte. Su pierna izquierda, la del daño, se arrastraba haciendo surco sobre el suelo, mientras que él, distraído, usaba una mano para abrocharse los botones de la bragueta del pantalón y con la otra buscaba en el interior de su saco de gabardina el cigarrillo que -luego de años de vicio incontenible- ya sólo reservaba para las grandes ocasiones. Entonces, y aunque no comprendí el sentido de esos movimientos combinados, advertí en cambio la razón de los siguientes, que fueron los de apoyarse en el marco de la puerta y cruzarse de brazos y permanecer allí, mirando al payaso de su hijo desparramado en el suelo, convertido en el goce fácil y chabacano de esa manga de roñosos a los que pretendía darles un rato de alegría y que a cambio se burlaban de él. Era mi destino, con su rúbrica: darlo todo para ser mejor defraudado.

Vi la frialdad de la mirada de mi padre, un desprecio infinito.
Y fue por eso que renuncié a la industria del entretenimiento.

© LA NACION
Articulo:
http://www.lanacion.com.ar 01/02/2010

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