dimanche 3 janvier 2010

Jorge EDWARDS/José DONOSO: Memorias del desarraigo


Ensayo "Correr el tupido velo"
José Donoso: Memorias del desarraigo
Por Jorge Edwards

Correr el tupido velo, de Pilar Donoso, es, según Jorge Edwards, "una confesión, un documento, una bitácora excepcional: diario de viaje y diario de vida, examen y autoexamen". Recién publicado por Alfaguara, entrega nuevas luces sobre José Donoso.

El libro de Pilar Donoso sobre José Donoso, Correr el tupido velo (Alfaguara), es duro, por momentos patético, muchas veces apasionante, siempre revelador. Su lectura es fascinante para novelistas, hombres de letras, artistas de cualquier parte. Para los escritores de esta región del mundo es probablemente obligatoria. José Donoso, el autor de El obsceno pájaro de la noche , de El lugar sin límites , entre muchos otros clásicos de la literatura contemporánea en lengua española, es un caso extremo, dramático, de ribetes patéticos, pero nos concierne a todos. Es un espejo deformado y una posibilidad nuestra. Nuestros mundos pequeños, arrinconados, destructivos y autodestructivos, constituyen un punto de partida difícil y son, a su modo, un destino que no podemos eludir. Donoso vivió el problema con intensidad desgarradora, con una mezcla sorprendente de sabiduría y de ingenuidad, y arrastró en eso a todo su núcleo familiar. El libro de su hija adoptiva es una confesión, un documento, una bitácora excepcional: diario de viaje y diario de vida, examen y autoexamen.

La autora usa tres elementos centrales y complementarios: sus propias observaciones, recuerdos, reflexiones; los diarios íntimos y numerosas cartas de su padre; las cartas y apuntes autobiográficos de su madre, María del Pilar. Desde luego, la obra narrativa y los ensayos y crónicas de su padre también forman parte del conjunto, pero entran al texto, por así decirlo, de un modo menos inmediato, como una referencia más lejana. Esto tiene una explicación clara: Pilar leyó la obra de su padre adoptivo muy tarde y después de su muerte. Antes estuvo distanciada, bloqueada: uno adivina en diversos episodios que el gran rival, el enemigo potencial, era la obra del dueño de casa. La obra exigía, devoraba, se imponía sobre todo el resto, y las dos mujeres de la familia, la madre y la hija, sufrían las consecuencias. Era una situación reiterada, agobiadora y teatral, y ninguno de los tres personajes, desde la perspectiva de un triángulo de teatro, tiene desperdicio.

En permanente huida

Hay que reconocer que Pilar Donoso usó estos factores triangulares con habilidad, con equilibrio y a la vez con un manejo dramático incesante. Lo que ocurría, claro está, es que la tensión, las emociones al rojo vivo, en las residencias cambiantes del novelista, en sus diferentes y a menudo sorprendentes escenarios, no decaían nunca. No había que engañarse: ningún cambio de domicilio, ninguna ambientación nueva, podían ser definitivos. En el libro domina una sensación de permanente huida, de inadaptación progresiva y que siempre termina por volverse radical. Si creemos que los tres personajes, por fin, van a descansar, y que así vamos a descansar nosotros, nos equivocamos. Es una historia de ilusiones, de imaginaciones febriles, que tocan de cerca el delirio, y de decepciones. Todo termina y todo recomienza. Vemos a Pepe en el proceso apasionado, algo enfermizo, de construir sus casas, sus interiores, sus jardines, y de reconstruirlos después en otra parte. Si toda novela es una arquitectura y todo relato breve una construcción en miniatura, en este libro vemos al novelista en una incansable tarea paralela de creación de interiores, de distribución de colores en un jardín, de elección de telas, estanterías, alfombras, vajillas. El único caso comparable que he conocido en mi vida, por lo menos entre escritores, es el de Pablo Neruda: Neruda llegaba a residir en un lugar y sentía la necesidad imperiosa de transformarlo, de adaptarlo a su estilo. Cuando tuvo que instalarse en el segundo piso de la mansión de la avenida de la Motte-Picquet, la embajada de Chile en París, no descansó hasta que las paredes decimonónicas adquirieron un aire de feria mexicana, de cachureo santiaguino, de juguetería de país de la imaginación. José Donoso era más clásico; a su modo, más exigente. Pero he conocido, desde luego, escritores indiferentes al ambiente, o capaces de convertir cualquier ambiente en acumulación heterogénea, indescriptible.

En muchos pasajes del libro, Pilar Donoso nos entrega secretos interesantes de la cocina literaria de su padre. Nos cuenta cómo diseña a cada personaje, cómo concibe las situaciones y las desarrolla, cómo estructura cada texto en su comienzo, su desarrollo y su final. En esta línea, lo que más me interesó es la descripción de los hechos reales que llevaron a la escritura de "Los habitantes de una ruina inconclusa", para mi gusto, uno de sus relatos breves más enigmáticos, más sugerentes. Parece que frente a su casa de la calle Galvarino Gallardo, la de su etapa final y probablemente más larga, la del regreso definitivo a Chile, había una casa de familia rica donde vivía un pariente canónigo. Como el canónigo se dedicaba a repartir donaciones en comida, en ropa usada, en pequeñas cantidades de dinero, la vereda pronto se vio invadida por los mendigos y los miserables del barrio.

Uno podría sostener que se produjo, de manera espontánea, una proliferación donosiana, un crecimiento barroco, una corte de los milagros. En sus años finales, el novelista tenía afición a las actitudes magisteriales o patriarcales, una tendencia a la gerontofilia, como me gustaba decirle. Pero esto no excluía su fijación anterior, obsesiva, en los seres de la noche, de las catacumbas. El clochard , el desharrapado, el sin casa, era uno de los personajes recurrentes de sus galerías ficticias. El detalle de los mendigos de la vereda del frente de la casa de Galvarino Gallardo tuvo un agregado mágico. Un atardecer salió con María Pilar a pasear el perro y encontraron en la calle a un sujeto joven, alto, desgarbado, pálido, de mochila en la espalda, que les dirigió una mirada intensa, que retrocedió y en seguida los sobrepasó. Llegaron a la esquina y el joven estaba parado, más o menos confundido con unas enredaderas. Pepe se acercó a preguntarle qué buscaba y tuvo la impresión de que el otro no entendía el castellano. Le habló en inglés y el de la mochila tampoco entendía. Pero el joven dijo, de repente, telephone. Lo llevaron entonces a la casa y le prestaron el teléfono. El sujeto marcó unos números y consiguió entrar en una agitada conversación en una lengua incomprensible.

Otro elemento que sirvió para desencadenar el relato era un libro de antiguas fotografías rusas. Y otro, quizá decisivo, era un edificio sin terminar, de obras paralizadas, una especie de ruina inconclusa, que el escritor miraba todo el día desde su estudio en un tercer piso. Todos estos elementos, donde hay una enorme cercanía y a la vez una distancia, algo incomprensible, se combinaron en el relato. El texto tiene un crecimiento gradual, un planteamiento disperso, un desarrollo y un desenlace a gran orquesta, en que las líneas narrativas confluyen. En una parte, la voz narrativa relaciona a los caminantes rusos de la época de los zares con el joven desgarbado, cargado siempre con una mochila, y dice que vivían en la orilla misma del no vivir, pensamiento que Pilar considera clave en la obra de su padre, y estoy enteramente de acuerdo con ella. Donoso aspiró siempre a tener una casa hermosa, a rodearse de gente educada, refinada, de buenos libros, de objetos y cuadros de calidad estética, y uno siente aquí que lo consiguió a medias, con gran esfuerzo y, por encima de todo, con ansiedad, con angustia, con miedo permanente a perderlo. Uno puede pensar, desde lejos, que eran ansiedades perfectamente innecesarias, fantasmas mentales, más que cualquier otra cosa, pero ¿cómo liberarse? Si hubiera tenido más dinero, ¿se habría sentido más seguro, más tranquilo, más confiado? Es imposible saberlo, y queda en pie una gran pregunta: si hubiera tenido más seguridad en todo orden de cosas, ¿habría escrito mejor?

Estimulante diálogo literario

La conversación literaria con Pepe Donoso, que a menudo se iniciaba por teléfono en horas tempranas, era siempre estimulante, incitante, movilizadora. La curiosidad despertaba y uno corría a buscar libros, a escuchar determinadas obras musicales, a ver películas. Era más bien indiferente a la literatura española y apasionado fervoroso de las literaturas inglesa, norteamericana y francesa. Releía con frecuencia a Marcel Proust y era proclive a comparar a seres chilenos reales con personajes de la Recherche , lo cual se podía convertir con facilidad en un juego insidioso. Eso le dio materia, por lo demás, para un cuento de gente como Charles Swann, Odette de Crecy o el barón de Charlus reunida en tugurios y salones chilenos de los años cincuenta. No creo que haya releído El Quijote con la misma atención o con un grado parecido de curiosidad, de picardía. Era un gran aficionado a las biografías literarias y eso le permitía hablar con una curiosa familiaridad de autores como Henry James, León Tolstoi, Iván Turgueniev, Lord Byron o el propio Proust. Estaba, a su modo, en un interminable diálogo con escritores como ellos. Sus descubrimientos y redescubrimientos eran entusiastas y provocaban conversaciones, comentarios, que duraban días y semanas. En sus últimos años descubrió con sorpresa ingenua Rayuela , de Julio Cortázar, que por algún motivo no había leído en la época de su salida.

En un prólogo reciente a sus Poemas de un novelista , hablé de la relación más bien intermitente, espaciada, contradictoria, de Donoso con la poesía. Pilar entrega algunos datos adicionales, sobre todo en lo que se refiere a poetas ingleses y a Rainer Maria Rilke. Creía que los grandes escenarios eran apropiados para la novela, no para la poesía, y por eso desconfiaba de la obra de John Milton. No estoy en absoluto de acuerdo, pero ahora me parece que hablamos poco de poesía y que nunca discutimos este punto. Sin escenarios vastos, cósmicos, de pura y desatada imaginación, no podría existir La Divina Comedia . Y declaró que durante algún tiempo se había aburrido con Rimbaud, cosa que me parece sorprendente. No creo que exista en la historia de la literatura un poeta menos aburrido que Jean-Arthur Rimbaud. Pero los juicios críticos de los escritores son casi siempre arbitrarios, parciales, adaptados a las necesidades de su propia obra.

Lo salvaba el humor

En resumen, José Donoso era un lector nato, que nunca en su larga vida perdió la curiosidad y dejó de leer, fenómeno que suele ocurrirle a otra gente del oficio, y fue un escritor literario por los cuatro costados. Tenía toda clase de aristas, obsesiones, paranoias, pero, al menos en mi experiencia personal, pienso que lo salvaba un gran sentido del humor. En 1962, cuando él estaba recién casado y yo partía con mi mujer a Francia, con un flamante nombramiento de secretario de embajada, me dio una cena de despedida. Al final de la reunión, entre risas y copas, me dijo lo siguiente: "Ahora te vas a París, vas a pasarlo formidablemente bien y no vas a escribir una sola línea más". Parecía muy contento con esta perspectiva. Me dio un par de cartas de presentación, una de ellas a un ex compañero de la Universidad de Princeton, Aymé de Viry. En las elegantes fiestas de Aymé había mujeres jóvenes, de grandes escotes y magníficas espaldas, y señoras mayores, algo bigotudas, que se sentaban en una esquina y fumaban enormes puros. Hablaban con acento extranjero y parecían miembros de la aristocracia rusa en el exilio. Pepe escribía cartas para cerciorarse de que yo asistía a esas fiestas y perdía mi tiempo en la forma calculada. Pero después, claro está, nos reíamos de esas tácticas y esos cálculos.

El libro de Pilarcita es descarnado, franco, y es, por contradictorio que esto parezca, un libro de amor: amor salpicado por el odio, en conflicto, pero constante, apasionado. Pilar habla del egoísmo, de la paranoia, de la avaricia de su padre. Pero Donoso era contradictorio hasta en la avaricia: cada vez que le exigían dinero, se cerraba como una ostra y se ponía furioso, pero después tenía gestos de magnanimidad, de generosidad enteramente gratuita. También nos habla, Pilar, de las tendencias homosexuales que José Donoso disimuló y ocultó a lo largo de su vida en forma tenaz. Hoy no habría escándalo, pero tenemos que entender el asunto que molestaba al novelista: él odiaba, y con justa razón, que lo clasificaran, que le pusieran el rótulo de homosexual, sobre todo en el mundillo chileno. Era más que eso, y era otra cosa, y defendió hasta el último suspiro (como habría dicho su amigo Luis Buñuel) su complejidad humana, su individualidad, en medio del coro homófobo, provinciano, reducidor, de sus coterráneos. En el testimonio de su hija, el novelista sale muy bien parado y el coro de la maledicencia criolla queda a la altura que merece, en las letrinas nacionales.

Articulo:
http://diario.elmercurio.com 02/01/2010

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