dimanche 3 janvier 2010

Juan Carlos GÓMEZ/Witold GOMBROWICZ, la Muerte & el Pasado



GOMBROWICZIDAS
Witold GOMBROWICZ, la Muerte & el Pasado
Por Juan Carlos GÓMEZ

“Ante mis narices hay un muro de tinieblas del que surge el más inmediato ‘en seguida’ como una amenazadora revelación”. Todos los esfuerzos que Gombrowicz hizo para recuperar su pasado le resultaron vanos, la memoria y la cronología se le vaciaban en un tonel de Danaides, pues el pasado no tiene forma. “Proust miente, no, no hay nada que hacer, nada absolutamente”
Cuando Gombrowicz se fue de la Argentina le dio un nuevo impulso al movimiento del tiempo que se le estaba quedando un tanto quieto; la presión terrible de los sucesos le borró los contornos, otra vez el tonel de las Danaides, todo era vacío: “(...) sentía entonces mi destino como si estuviera en un cuarto oscuro, donde no se tiene idea con qué uno va a romperse la nariz”

“Uno no recuerda el pasado tranquilamente, como un observador, sin pasión. El presente siempre es agresivo, incluso en el declive de la vida, y cuanto más elaborada, forjada, afilada y definida se halla esta vida presente, en mayor medida encuentra la plenitud de su expresión y más profundamente se sumerge en las aguas turbias del pasado para recuperar sólo aquello que pueda ser útil en la actualidad, a fin de modelar todavía mejor su forma presente (...)”
“Quizá no recuerdo tanto el pasado, sino que más bien lo devoro, para alimentar con él lo soy ahora”. En el año 1938 viajando de Roma a Venecia Gombrowicz conversa en el tren con cuatro pilotos italianos: “¿Y si el Duce os ordenara bombardear todo esto, la iglesia, el palacio, la procuraduría?; –Entonces no quedaría de esto ni una piedra”

Esta respuesta era de esperar, pero fue sorprendente para Gombrowicz la alegría con la que se lo anunciaban de una manera triunfal. Lo que les encantaba tanto era el hecho de que se sentían creadores de la historia, el pasado para ellos había llegado a ser menos importante que el futuro, podían destruirlo. Este sentimiento de omnipotencia, aunque no referido a las campañas militares y a los bombardeos, también lo tenía Gombrowicz.
Mientras Hegel se desvivió por encontrarle un sentido a la historia, Gombrowicz se colocó en una posición ahistórica y más bien podríamos decir que era partidario de liquidar el pasado. La idea de la historia está relacionada con el pasado, la causalidad, el determinismo, la dialéctica histórica, unas formas del pensamiento que no andaban bien con el talante de Gombrowicz.

“El pasado es algo que no existe. Y el pasado que cuenta con seis siglos es ya algo tan lejano que ni siquiera yo mismo, en mi propio pasado, me encontrado jamás con él; desde que vivo, ese pasado ha sido algo concluido. Entonces, ¿qué quiere decir vivió en el pasado? En mi presente encuentro unos rastros, y a partir de ellos deduzco aquella existencia que tengo que recrear (...)”
“Pero para que pueda decir de alguien que fue (una palabra increíble que es algo como es pero debilitado), es necesario que ese fue se me aparezca pero con el horizonte mismo de mi presente, como un extraño punto de intersección de dos vectores: uno se origina en mí, en mi esfuerzo recreador, y otro nace del exterior, donde se cruzan el futuro y el pasado, en el punto exacto del paso del tiempo, el cual permite sentir que lo que fue continúa siendo como algo que fue”

“El trato con el pasado es un continuo esfuerzo por atraparlo, es llamarlo continuamente a la existencia.... pero como lo desciframos gracias a los rastros que nos han dejado y esos rastros dependen del azar, del tipo de material en que han llegado hasta nosotros, frágil o menos frágil, de distintos accidentes ocurrido en el tiempo, ese pasado sólo puede ser caótico, casual, fragmentario (...)”
“De una de mis bisabuelas no sé nada –aspecto, carácter, vida–, nada de nada, aparte de que el 16 de junio de 1669, el día exacto de la elección del rey Michal, compró dos codos de fustán y jengibre. De ella quedó un papel amarillento lleno de cuentas en el que se podía leer al margen, ya no lo recuerdo muy bien, algo así: ‘Señor Szolt, a la vuelta de Remigola tenga la bondad de comprar dos codos de fustán y jengibre’ (...)”

“Jengibre y fustán, sólo esto, nada más. El pasado es un revoltijo hecho de migajas... Esto es lo que es verdad.... Y da mucho que pensar que nosotros, a pesar de todo, lo queramos tener completo, vivo, poblado de personas, concreto... y que esta necesidad sea en nosotros tan persistente”. Los temas del pasado y de la muerte rondan la cabeza de Gombrowicz aunque con cierta distancia.
“No me he muerto, y sin embargo algo en mí ha sido tocado por la muerte, todo aquello de antes de la enfermedad es como si estuviera detrás de un muro. Ha surgido una nueva dificultad entre yo y el pasado”. El hombre es un decir inconcluso, un proyecto incompleto que debe asumir la muerte como fin radical. Estamos arrojados a un mundo que es nuestro espacio y nuestra posibilidad de realización y, por lo tanto, puede ser considerado un utensilio, un instrumento que utilizamos para realizarnos.

En la medida en que nos servimos del mundo y lo instrumentalizamos para nuestras acciones y proyectos, creamos una relación con ese mundo que varía, dependiendo esa variación no sólo de los condicionantes históricos y temporales, sino también de cada individuo. El hombre crea un mundo, hace un mundo según el uso que le da y de los fines que tenga.
Heidegger advierte de los peligros de la técnica cuando ésta menoscaba nuestra relación originaria con el ser y nos hunde en la facticidad de los entes, instrumentalizándonos a nosotros mismos y dejándonos atrapar por los propios objetos que hemos creado. Nuestra existencia es una preocupación surgida de la angustia de vernos proyectados en un mundo en el que tenemos que ser a nuestro pesar.

Provenimos de una nada y nos realizamos como un proyecto encaminado hacia la muerte, por eso la angustia es constitutiva del Dasein y la condición de un ser caído y solitario que no puede contar con Dios ni con remedio alguno para su condición. La verdadera dimensión de la nada aparece recién con Heiddeger. La nada no es para Heidegger la negación de un ente sino aquello que posibilita el no y la negación.
La nada es el elemento dentro del cual flota, braceando para sostenerse, la existencia, una nada que descubre su carácter existencial en la angustia. El ser por el cual viene la nada al mundo debe ser su propia nada, sólo la libertad radical del hombre, entendida como nada, permite enunciar significativamente tales proposiciones. El problema de la libertad condiciona la aparición del problema de la nada, por lo menos en la medida en que la libertad es entendida como algo que precede a la esencia del hombre y la hace posible.

Debemos hacernos responsables de nuestra propia vida, asumir nuestra propia muerte sin dejarnos fagocitar en nuestra relación con los objetos y sus funciones. La vida inauténtica nace del ocultamiento de lo terrible de nuestra condición en el mundo. La autenticidad consiste, según Heidegger, en reconocer que somos un ser para la muerte, única vía de acceso a la libertad.
Si bien es cierto que la muerte es una idea incomprensible, por eso la idea de la vida para la muerte del existencialismo es falsa, y todos los signos que existen en la tierra y el cielo nos obligan a vivir, Gombrowicz le da algunas vueltas en los diarios a la idea de la muerte, a pesar también de las reflexiones que ya habían hecho los griegos hace dos mil años sobre este asunto: si estoy yo no está la muerte, y si está la muerte no estoy yo.

A Gombrowicz le parece que los hombres cometen una canallada promulgando leyes que le impiden morir a quienes han elegido la muerte, obligándolos a vivir nada más que por su propia mezquindad, para evitar los inconvenientes que nos trae la muerte. El chantaje contenido en la obstaculización de la muerte atenta contra la más valiosa de las libertades humanas.
Estamos condenados a vivir, pero si la vida nos pisotea y nos denigra con la crueldad de una bestia salvaje, disponemos de un instrumento maravilloso para zafar: podemos privarnos de nuestra vida. Aunque no elegimos venir al mundo, debiéramos tener al menos el derecho de marcharnos, siendo éste el fundamento de la libertad y de la dignidad personal, porque vivir dignamente quiere decir vivir voluntariamente.

Este derecho fundamental del hombre, que debiera figurara en la constitución y en las leyes, ha sufrido una confiscación paulatina e imperceptible. La organización social dispone las cosas de tal manera que morir resulta difícil, a pesar de los recursos de la técnica actual que podrían proporcionarnos una muerte muy dulce. La afirmación ciega de la vida del otro pone al descubierto la insensibilidad del que nos impide morir.
Esta insensibilidad tiene mucho que ver con el hecho de que el dolor y la agonía todavía no lo alcanzaron, una estúpida frivolidad con la que se impide morir al que sufre. La organización social debería restringir el campo de acción del dolor dándole lugar a la eutanasia. Todas las consideraciones que se oponen a esta determinación son dogmáticas y teóricas, se despliegan como la cola de un pavo real, lejos de la muerte. Lo más lejos posible.

Sin la muerte la humanidad no hubiera filosofado, para negarla o para asimilar su horror. Los griegos y los romanos aprendieron a escamotearla con frases cortas: la muerte no existe para nosotros, y cuando aparece, no existimos nosotros; después de la muerte no hay nada, ni siquiera la muerte. La muerte se tornó un problema central en el pesimismo de Schopenhauer y en el existencialismo de Kierkegaard.

En nuestro tiempo, Heidegger empezó a meditar día y noche sobre esta cuestión, por fin le salió una filosofía para la muerte que, como si fuera poco, es humana e individual. No la considera ya como algo más allá de la vida, sino como el último término de la vida, una muerte que pertenece a esa serie de acontecimientos llamada vida. La existencia se torna auténtica cuando acepta libremente la angustia de la muerte.

Sartre se escapó rápidamente de la angustia que produce la libertad para la muerte, se encontraba más cómodo con la angustia que produce la libertad para elegir. No coloca a la vida bajo la dominación de la muerte porque esto significaría meditar sobre nuestra subjetividad con la mirada de otro individuo, ya que el hombre jamás encuentra su propia muerte, la que sólo existe para el otro individuo que sobrevive.
“La muerte se vuelve para mí cada vez menos importante, tanto la humana como la animal. Cada vez me resulta más difícil comprender a aquellos para quienes la privación de la vida es el mayor de los castigos. No entiendo la venganza de quien, al matar con un inesperado disparo en la nuca, se regocija como si el otro hubiera sentido algo. Me he vuelto casi indiferente a la muerte (no hablo de la mía)”

El camino que siguen los grandes escritores después de muertos está compuesto de una mezcla de asuntos cuyas proporciones varían a medida que pasa el tiempo. Los ingredientes de esa mezcla son la propia obra del hombre de letras, los testimonios de los que lo conocieron, una gran variedad de documentos, y los escritos de los que escriben sobre el muerto.A medida que pasan los años estos compuestos van perdiendo su actividad original, como víctimas de una entropía –esa función de la termodinámica que en el leguaje de la ciencia es la parte no utilizable de la energía en un sistema cerrado– que los degrada, excepción hecha de los documentos que vendrían a ser a la literatura lo que al mundo físico es el calor.

Así como la física predice la muerte térmica del universo, pues el calor no puede devolverle a las otras formas de energía en la misma cantidad lo que recibe de ellas, la literatura podría predecir la muerte literaria de un autor cuando no quedan de él más que documentos. “¿Qué debe ser para mí el pasado del género humano? Me encuentro sobre una inmensa montaña de cadáveres: todos aquellos que ya pasaron (...)”
“¿Sobre qué me encuentro pues? ¿Qué es esa masa por debajo de mí, ese hervidero de existencias concluidas, fuera de mí? ¿Debo buscar en el pasado a los hombres o sólo cierta dialéctica abstracta del desarrollo? Lo que de entrada salta a la vista es que del pasado sólo consiguen llegar hasta mí los hombres más importantes. En la Historia hay que llegar a ser para quedarse (...)”

“Todos los cementerios de la Grecia antigua se reducen a unos centenares de personas como Alejandro, Solón, Pericles... Y de la Florencia medieval, ¿cuántos han quedado aparte del Dante? En la gran parada de todos los muertos del mundo no reconocería a nadie aparte de los Grandes.
Me gusta la aritmética, de algún modo me posiciona frente a los problemas. ¿Cuánta gente muere diariamente? ¿Doscientos, trescientos mil? (...)”
“Cada día un ejército entero, unas veinte divisiones, va a la tumba. No sé, no conozco, no estoy al corriente..., nada... nada..., todo está fuera de mí. ¡La discreción de la muerte, pero también la discreción de la enfermedad! Alguien que no supiera que en este mundo se muere podría estar paseando durante años por nuestras calles, caminos, parques, campos, plazas, antes de descubrir que semejante fenómeno tiene lugar realmente (...)”
“También entre los animales la discreción es asombrosa. ¿Cómo se las arreglan, por ejemplo, lo pájaros para que nadie sepa que han muerto? Los bosques, las florestas, deberían estar sembrados de ellos, y, sin embargo, puedes pasear kilómetros y kilómetros y casi nunca encontrarás ni el más diminuto esqueleto. ¿Cómo se esfuman? ¿Dónde desaparecen? (...)”
“No hay en los bosques suficientes hormigas o roedores que puedan con todos. La muerte es un universal, vaga, difuminadora. ¿Y yo? ¿Yo en estas condiciones? ¿Yo con mis necesidades, las necesidades de mi yo? Cuanto menos me oriento entre esas multitudes de los cementerios, tanto más me aferro a los Grandes. A estos los conozco personalmente. La Historia son ellos (...)”
“Ningún revoltijo hecho de migajas me los puede sustituir. Pero nuestra actitud ante los Grandes es ambigua: es verdad que los admiro y me doblego ante ellos, pero también los trato con conmiseración y desdén. Soy inferior porque ellos son grandes. Pero soy superior porque nací más tarde, en un estadio de la evolución más elevado”. Para poner las cosas en su lugar respecto a la muerte y al pasado Gombrowicz relata lo que en su juventud le había contado una amiga.

“Mientras estábamos merendando en la terraza apareció el tío Szymon; –¿Pero, cómo?, si Szymon hace cinco años que yace bajo tierra; –Exacto, vino del cementerio con el mismo traje con que lo enterramos, saludó a todos los presentes, se sentó, tomó un té, charló un poco sobre las cosechas y se volvió al cementerio; –¿Cómo? ¿Y vosotros qué hicisteis?; –Nada, qué puede hacerse, querido, ante semejante insolencia”


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