dimanche 3 janvier 2010

Liubomir NIKOLOV/Smokini: delirio trivial


Liubomir NIKOLOV, Bulgaria

Smokini: delirio trivial
Por Liubomir Nikolov

Dios ama el hause. Yo no. “Tup-ss, tup-ss, tup-ss, tup-ss, tup-ss, tup-ss, tup-ss”. Este ritmo me saca de quicio. Mis entrañas viven con otro ritmo y el caos agita mi metabolismo. Pero le tengo el respeto: a Dios, no al house. Él evidentemente lo ama. La tribu de los de diecisiete años sale arrastrándose de las tiendas de campaña, absolutamente felices, con la total pérdida de control de sí mismos, impregnados por el ritmo empiezan a moverse como cañas al viento, aventados no por la música sino por las ondas de una unión sobrehumana. Qué más le hace falta a Dios. Tres notas que se repiten produciendo éxtasis. Niños completamente felices a la costa del mar. Alguien que se alegra de lo que ha dado. Por que el mar- es-, esto no es una cosa que existe sola, ¿verdad? La noche es más bella que el día y ellos lo saben. La arena es la más cómoda cama, toma las formas de tu cuerpo y no recuerda con quién has estado la noche pasada. La Luna te hace anónimo y a los otros hermosos. El hause organiza el caos. Aun si no duermes los bajos te encuentran y bailas mentalmente. La mano horizontalmente frente a ti, después arriba. ¡Lol!

Estoy sentado junto a la orilla, escondido de las olas rompiéndose. Me alcanzan tres compases de bajos entre cada dos olas. Estoy mirando las siluetas de zombis que han olvidado a sí mismos con los demás pasan apresuradamente a hacer alguna cosa y se clavan en la red de voleibol. Revuelven hacia atrás con la misma fuerza con la que han chocado contra la red, se levantan sin rabia alguna y siguen. Lo que está pasando no es de su mundo. Estos son los sacrificios necesarios en el mundo paralelo. Dios ama el hause, ellos lo aman: ergo, por lo tanto son amigos. Ellos tienen la prueba, yo también. Han encendido un fuego enorme. La tribu feliz bebe menta en parejas. Algunos de los chicos se preparan para saltar por encima del fuego. Dos están sobrios y parece que son muy buenos. Dos están borrachos. Si alguien cae en el fuego se asará vivo. Alrededor nadie se preocupa. Saben que todo estrará bien. Los dos que no están borrachos pasan por encima del fuego con saltos mortales laterales. Evidentemente están entrenando parkour. De verdad son buenos. Un chico borracho da vueltas al fuego, la gente le anima, él anda zigzagueando en la arena y no puede encontrar la posición conveniente. Al final, con el dominio de sí mismo, da unos pasos y sin arreciarse, un Dios sabe cómo, consigue saltar por encima del fuego que mide tres metros de diámetro. Se levanta triunfante. Tropieza y cae. El otro borracho también consigue saltar por encima del fuego de una manera completamente inexplicable. Algo los levanta de la tierra. Tengo el miedo de que paren la música y va a desaparecer la levitación. Y yo me deslizo lentamente por encima de la arena.

Las primeras horas de la mañana son terribles. La levitación se paga con una resaca grave. La agilidad de anoche es un recuerdo de mundo inexistiente. El camping Smokini por el día es diferente. Los cuerpos están esparcidos por la arena como cerillas quemadas. El sol intenta encenderlas de nuevo. Me viene a la memoria que conocí a gente que estaría mejor que no me viera ahora. Mejor por la tarde. Que anochezca. Los bajos suenan en mis oídos . “Tup-ss, tup-ss, tup-ss, tup-ss, tup-ss, tup-ss, tup-ss”. Me callo ofendido. Después de un millón de golpes de subwoofer, el sol se va a poner de nuevo...


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