dimanche 24 janvier 2010

Luis Fernando MORENO CLAROS/Historia de una psicosis colectiva


CRÍTICA:
Historia de una psicosis colectiva
Por Luis Fernando MORENO CLAROS

Saul Friedländer, maestro de la narración y el análisis histórico y cuyos padres murieron en Auschwitz, traza un relato sobrecogedor de la persecución y el genocidio de los judíos por el nazismo y la indiferencia europea entre 1933 y 1945

Esta monumental obra historiográfica que presentan Galaxia y Círculo, editada con esmero y traducida con excelencia, narra con detalle el acoso y exterminio de los judíos europeos por el régimen de Hitler y sus Estados satélites entre los años 1933 y 1945; si algo sobrevivió al Holocausto fueron los testimonios de las víctimas y las pruebas documentales de los verdugos. Saul Friedländer (Praga, 1932), judío cuyos padres murieron en Auschwitz, en la actualidad catedrático de Historia en Los Ángeles, lleva décadas investigando el Genocidio por antonomasia. En España contamos con otros libros suyos: ¿Por qué el Holocausto? (Gedisa) y Pío XII y el III Reich (Península). Friedländer es un maestro de la narración y el análisis histórico, de ahí que los dos tomos que reseñamos absorban y atrapen al lector desde la primera página, dejándolo estupefacto con la descripción de unos hechos que incluso siendo conocidos han de sobrecogerlo. Friedländer también plantea preguntas: ¿qué juego de ominosas voluntades, azares y circunstancias condujeron a más de seis millones de personas a la muerte? ¿Cómo actuó Europa frente a Hitler y sus planes genocidas? ¿Hasta qué punto el odio ancestral hacia los judíos, nunca extinguido en nuestro continente, contribuyó a la tragedia?

Las respuestas se hallan en estos dos tomos imprescindibles (publicados en inglés en 1997 y 2007), con los que Friedländer amplía la obra de prestigiosos historiadores del Holocausto, como Poliakov o Hilberg. Toda la inusitada crueldad de lo acontecido lo recoge esta obra: desde el ascenso de Hitler al poder y el inicio de la segregación racial de los judíos alemanes hasta el desenlace final: el casi absoluto exterminio de la "raza maldita" en Europa, no sólo en los "campos de la muerte", sino también en los masivos pogromos auspiciados por los nazis y perpetrados, a menudo con entusiasmo, por ciertos sectores de la población local de países tales como Polonia, Ucrania, Lituania o Rumania.

El primer volumen describe los primeros años de la humillación colectiva de los ciudadanos judíos en el Tercer Reich, cuando el Estado racista de Hitler condenó a la miseria a miles de familias judías que, esquilmadas de todas las formas posibles, terminan por vagar de frontera en frontera en una Europa cuyos países más poderosos (también Inglaterra y Suiza) cerraron sus puertas a los inmigrantes extranjeros. Friedländer narra los pasos del macabro proceso alemán de acoso al judío: desde la promulgación de las leyes raciales de Núremberg hasta la Kristallnacht, el primer pogromo serio en el que ardieron sinagogas, miles de negocios judíos fueron destrozados y cerca de cien personas de la "raza impura" murieron "ajusticiadas" por el "pueblo" inflamado de "justa ira" por la muerte de un gerifalte nazi en París, tiroteado por un chico judío desesperado. El libro termina con una célebre reunión de jerarcas nazis en la que, animados por su odio racial, se las ingeniaron para dictar leyes antijudías cada vez más humillantes; tanto se ensañaron que el orondo ministro Göring observó: "No me gustaría ser judío en Alemania".

El segundo tomo (Premio Pulitzer 2008) detalla el desarrollo del exterminio fáctico, explícito en media Europa, dando voz a víctimas y verdugos: los diarios de particulares, entre ellos los más conocidos de Viktor Klemperer, Ana Frank o Mijaíl Sebastian, aportan sentimientos y reacciones; recrean con viveza un marco de horror sin precedentes. La narración de las ejecuciones perpetradas por los Einsatzgruppen en Europa del Este llena al lector de indignación y repugnancia, tanta como los recuerdos de los campos de exterminio: los viajes infernales en los vagones de ganado, la selección, las engañosas duchas, los cuerpos desnudos hacinados; todo ello, teñido del atroz sufrimiento de las víctimas y la anormal ponzoña sádica de los asesinos. Recuerdos que, reunidos aquí, constituyen una verdadera enciclopedia del horror criminal, testimonio del proceder antihumano del que es capaz el hombre.

Aparte de plasmar los crudos hechos de la humillación y el asesinato masivo, Friedländer describe la atmósfera social y política reinante en aquella Europa del Holocausto, cuando varios países abrazaban el fascismo. De los crímenes en sí fueron culpables los nazis y demás matarifes colaboradores, por supuesto, pero debe tenerse en cuenta que la tragedia halló un fértil caldo de cultivo en el odio ancestral a los judíos, dominante en una Europa que desde hacía poco menos de dos siglos aceptaba su emancipación. Atenazada por el miedo al bolchevismo, decepcionada del liberalismo, sometida a la demagogia de las derechas radicales, vio con indiferencia la persecución y el acoso de sus ciudadanos judíos. Friedländer es claro: la mayoría de los alemanes primero y de los europeos después miró hacia otro lado mientras se gestaba el genocidio. Las reacciones llegaron tarde. Una Europa torpona y semidormida, domeñada por una tradición cristiana mojigata y ciega que hasta aceptaba la idea de una "conspiración judía internacional", favoreció la psicosis colectiva que afectó en diversos grados al más culto de los continentes, revelando la ferocidad de sus demonios interiores; pocas naciones de Europa se salvaron de llevar sobre su conciencia sangre judía derramada.

El Tercer Reich y los judíos (1933-1939). Los años de persecución El Tercer Reich y los judíos (1939-1945). Los años del exterminio

Saul Friedländer
Traducción de Ana Herrera
Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores
Barcelona, 2009. 610 y 1.136 páginas
29 y 39 euros



Capítulo 5
Septiembre de 1941-diciembre de 1941

El 12 de noviembre de 1941, Himmler ordenó a Friedrich Jeckeln, el HSSPF de Ostland, que asesinara a los treinta mil judíos del gueto de Riga. Un día antes de iniciar la operación, el 29 de noviembre, los judíos sanos fueron separados del grueso de la población del gueto. El 30 de noviembre a primera hora de la mañana empezó la penosa marcha desde el gueto al bosque cercano de Rumbula. Unos 1.700 guardias estaban ya preparados, entre los cuales había unos mil auxiliares letones. Mientras tanto, varios cientos de prisioneros soviéticos habían cavado seis fosas enormes en el terreno arenoso de Rumbula. Los judíos que intentaron escapar a la evacuación fueron asesinados en el acto, dentro de sus casas, en las escaleras, en las calles. A medida que los habitantes del gueto llegaban al bosque grupo tras grupo, un nutrido pelotón de guardias los iba conduciendo hacia las fosas. Poco antes de aproximarse al lugar de ejecución se obligaba a los judíos a dejar sus maletas y bolsas, a quitarse los abrigos y finalmente toda la ropa. Luego, desnudas, las víctimas descendían a la fosa por una rampa de tierra, se echaban boca abajo en el suelo o encima de los moribundos o los muertos y les descerrajaban un tiro en la nuca desde una distancia de unos dos metros.

Jeckeln permanecía en el borde de la fosa rodeado por una multitud de miembros del SD, policías e invitados civiles. El Reichskomissar Lohse hizo una breve visita y algunos comandantes de policía llegaron desde lugares tan lejanos como el frente de Leningrado. Doce tiradores que trabajaban por turnos dispararon a los judíos todo el día. La matanza se detuvo en algún momento entre las cinco y las siete de la tarde; para entonces unos mil quinientos judíos habían sido ya asesinados. Una semana después, el 7 y 8 de diciembre, los alemanes mataron a casi toda la población que quedaba en el gueto. El informe n.º 155 de la RSHA del 14 de enero de 1942 resumía el resultado final: «El número de judíos que quedaban en Riga (29.500) se vio reducido a 2.500 como resultado de la Aktion llevada a cabo por el alto mando de las SS y jefe de la policía de Ostland».

El historiador Simon Dubnow, que estaba enfermo, fue olvidado durante la primera masacre. La segunda vez quedó atrapada en la red. Los habitantes del gueto débiles y enfermos fueron conducidos a la zona de ejecución en autobuses; como Dubnow no podía subir al autobús lo bastante deprisa, uno de los guardias letones le disparó en la cabeza por detrás. Al día siguiente fue enterrado en una fosa común en el gueto. Según un rumor, que rápidamente se convirtió en leyenda, de camino al autobús Dubnow repetía: «Gente, no lo olvidéis; hablad de esto, gente; guardadlo todo». Unos meses después, el 26 de junio de 1942, el SS-Obersturmführer Heinz Ballensiefen, jefe de la Sección Judía del Amt VII (investigación) de la RSHA, informaba a sus colegas de que en Riga sus hombres habían «asegurado» (sichergestellt) «unas cuarenta y cinco cajas que contenían el archivo y biblioteca del historiador judío Dubnow».

Himmler seguía preocupado por el fuerte estrés que a sus hombres imponían esos asesinatos en masa. El 12 de diciembre de 1941 de nuevo emitió instrucciones secretas a ese respecto: Es la obligación sagrada de los más altos líderes y comandantes de las SS procurar personalmente que ninguno de sus hombres que tenga que realizar esa tarea tan pesada acabe embrutecido. [...] Eso se conseguirá manteniendo la disciplina más estricta en la realización de los deberes oficiales y mediante reuniones nocturnas de camaradas después de los días llenos de tan difíciles obligaciones. Sin embargo, esas reuniones de camaradas nunca deben acabar con el abuso de alcohol. Durante tales veladas, si las condiciones lo permiten, hay que sentarse todos juntos en torno a la mesa y comer en la mejor tradición doméstica alemana; además, esas noches estarán dedicadas a la música, a las conferencias y a introducir a nuestros hombres en los bellos dominios de la vida espiritual y emocional alemana.

El día de la primera masacre de judíos de Riga, a primeras horas de la mañana, un transporte con mil judíos de Berlín había llegado a una estación de cercanías. Jeckeln no estimó adecuado enviar a esos recién llegados a un gueto que estaba en plena agitación, desde el cual podían empezar en cualquier momento las marchas a Rumbula. La solución estaba al alcance de su mano: los judíos de Berlín fueron transportados directamente desde la estación al bosque y asesinados en el acto.

Los deportados transportados desde el Reich a Riga eran sólo un grupo más entre los muchos que, desde el 15 de octubre, siguiendo una repentina decisión adoptada por Hitler, eran enviados desde las ciudades de Alemania y el Protectorado a guetos en la antigua Polonia o en Ostland. Justo un mes antes, Hitler le había dicho a Goebbels que la deportación de judíos de Alemania –e implícitamente de todos los judíos europeos– se llevaría a cabo después de la victoria en Rusia y tendría como objetivo el lejano norte de Rusia. ¿Qué pudo desencadenar la súbita iniciativa del líder nazi?

Articulo :
http://www.elpais.com 09/01/2010

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