dimanche 3 janvier 2010

Mariela LOZA NIETO/Poesía


Mariela Loza Nieto
papalotlmetztli@hotmail.com

Mientras me desvanezco
Por Mariela Loza Nieto

Tengo miedo de verte
necesidad de verte
esperanza de verte
desazones de verte
Mario Benedetti

Entonces todo era diferente:
mis ojos, la desnudez,
los sudores del aire,
la luna menguando,
nuestro silencio…
la madrugada.

Prometí no acordarme;
pero mirando por la ranura que deja la venda floja,
en este breve hálito de soledad,
la luna menguando es quien socorre
para tenderle una trampa al dolor,
lo que ayuda a recordar quién soy, quién eres;
a humanizarme… y al desvanecimiento.

Entonces, la desnudez era distinta.
Wagner no ocultaba tras sus notas un alarido.
La oscuridad me situaba en tiempo y espacio;
el misterio era regazo, abrigo…
y yo auguraba ansiosa de dónde vendría la caricia.

Ahora no es oscuridad ni es misterio:
tinieblas y zozobra es,
y, bajo la capucha, hay que presentir de dónde llegará el siguiente golpe.

Todo era diferente.
Entonces, el roce tuyo provocaba vibraciones,
ahora, creerte cerca, consterna.
En aquel momento me estremecía escuchar tu nombre…
hoy, me desvanece.

Aquí no te quiero.
Aquí no.

Porque aquí no es desnudez sino despojo,
es el desgarre y grito.
La intimidación.
Los orines en la cara,
insultos, fracturas.
Ácido en los ojos.
Los riñones explotados a golpes,
cerebro suspendido,
una mordaza escaldando la boca…
El suplicio que arquea cuerpos.
Lamentos ajenos, heridas propias.
La picana.

¡Aquí no!
Porque aquí no es tu voz y no es mi nombre.
Un número me asignaron…
y cuando lo escucho,
sé que es mi turno en el cuarto de tortura.

Aquí la paradoja:
Está una muerta y duele la carne como si estuviera viva.
Se recuerda una para no acordarse.
La soledad temprana se convierte en coraza infranqueable,
en ventaja única: en fortaleza contra las debilidades.

Y entre lo irreconocible:
la cara desfigurada y el cuerpo famélico y roto…
tiene uno que explorar profundo, y reconocerse.

Abren la reja de metal.
Su sonido es la amenaza.
¿De quién el turno?

Examino las botas:
el especialista de la picana eléctrica.
Él se cree un heroico patriota,
está convencido de que es buen cristiano:
se jacta de rezar todas las noches por la salud de Videla.
Repite constantemente: “separar la hierba mala del trigal;
separar la hierba mala del trigal…”
mientras me quema el abdomen con su cigarro.
Luego se va.
Otro llega.

Asegura que no le gusta lo que me ocurre…
Propone terminar todo:
mi desaparición, el encierro, la tortura…

Pero, para eso, tendría que ayudarlo un poco,
diciéndole, por ejemplo,
dónde se esconden los exiliados chilenos…
o el mecánico y la maestra,
quién y dónde el que escribió los versos…
De mí no sospechan, sino de ti,
les resulta increíble que los haya escrito una mujer.

Me pregunta si no me gustaría casarme,
un par de niños… un hogar…

“Mírate aquí, tan joven y como una piltrafa…
y ese ‘bicho colorado’ – ¡además extranjero! –
de ti ni se acuerda, estará fornicando con otra…
¡Habla! Aún puedes recuperar todo lo que perdiste…

¡Todo, hasta las cosas más simples!
Te gusta caminar de noche… ¡lo hacías muy seguido!
¿no lo deseas?

Si confiesas podrías… no como antes claro…
¡no como vergüenza social!
no a poner en peligro la paz del país,
ni a envolverte en acciones sediciosas,
ni a repartir papeletas…
¡Tus pasos tendrían que ser dis-tin-tos! ¡Muy distintos!

…Te quiero ayudar… personalmente no tengo nada contra ti,
al contrario… juraría que fueron las malas influencias…
tal vez si hubieras tenido un padre, una madre, hermanos…
no sé… ¡alguien que te aconsejara!

…De eso se aprovechó ¿verdad?
De que estabas completamente sola.
¡Ay, mujeres, mujeres, cualquier trovadorcillo arrabalero las enloquece!

…Pero puedes enmendar tus errores,
casarte – con un amante de la patria eh –,
pasarnos información de cuando en cuando,
¡contribuir al Proceso de Reorganización Nacional!
…Formar una familia, conseguir nuevos amigos,
gente decente por supuesto…
En mí, por ejemplo, podrías tener uno…
si comenzamos claro, por ser colaboradores de trabajo...”

Vomité. El otro vuelve.

Trajo vino y festejaron la inauguración de su “nueva casa”,
se oía el choque de copas mientras me amarraban para empezar la tortura…
Brindan por el que era mi departamento:
ahora es de él.

El “estercolero de libros” que había ahí
– y que ya carbonizó, aclara –,
lo terminaron de convencer:
está seguro que en mis entrañas nace la subversión…
y ha traído ratones para carcomerlas.
“Van a matar el cáncer del marxismo que traes adentro”

¡Y se me ahogan en horror los caminos de arterias!
¡No lo soporto!
¡Qué paren!

En un instante de lucidez, jerarquizo información:
me preguntan por mis cómplices…
y lloro, y me desmayo...
Me despiertan, vuelven a preguntar,
y sigo llorando y me vuelvo a desmayar…

El manual que Kissinger les preparó no sirve para entender esto.
Tampoco el entrenamiento que durante años
recibieron en la Escuela de las Américas.
No comprenden que estoy confesando.
Aquí esos son mis cómplices:
Mi soledad temprana, las lágrimas, el desmayo.

Ni siquiera el sacerdote que los acompaña lo deduce.
Recrimina:

“Has sido contaminación, vergüenza, enfermedad social…
¡Arrepiéntete!
¡Aún puedes salvarte de la excomunión!

¡Confiesa!
¿Inmolarse así por una escoria?
¿Quieres condenarte más?
¡Dilo ya por todos los Santos!”

Y otra vez la electricidad, y me convulsiono.
Y otra vez tu nombre… y me desvanezco.

Desperté por los gritos de una obrera recién “chupada”
– así le llaman aquí a la desaparición forzada, al secuestro –.
Estaba nuevamente con el que hace proposiciones.

Ahora me presume un libro de versos:
“¿Te gusta? ¿Tú estudias literatura, no?”

Dice que va a leer la nota principal de un periódico:

“Le agradecí personalmente el golpe del 24 de marzo,
que salvó al país de la ignominia,
y le manifesté mi simpatía por haber enfrentado
las responsabilidades del gobierno.
Yo nunca he sabido gobernar mi vida,
menos podría gobernar un país”.1

Me da golpecitos con un dedo en la frente,
y remacha cerca del oído:

“Jor-ge-Luis-Bor-ges habla sobre el General Rafael Videla.

¿Qué necesitas para entender
que estás del lado equivocado?”

Luego lee otras palabras y suspira…

“¡Ah, el excelso Borges!
Majestuoso, ¿no crees?
¡Esto sí que es poesía!

…Habla ahora…
por el momento…
puedo dejarte el libro, cambiarte de celda,
arreglar que te den buena comida...
podrás ducharte – sin que te espíen –
y no habrá más ratones ni picana…
luego, otra vez a la calle…

¿Qué tal otra casa? ¡Una más grande!
– la puedes elegir antes de que ´chupemos´ a los dueños –
Te gusta acostarte en el pasto…
podríamos darte una que tuviera un hermoso jardín.

…Dime bonita:
¿Dónde está la sabandija que se cree poeta?”

Vomité. Endurece el tono.

“Es tu última oportunidad…
¿Quieres el libro de Borges o quedarte aquí,
a lamerle el culo hasta a Massera?”

Volví a vomitar.

En mi cuerpo nos castigan la esperanza a todos.
Hasta el aire es pestilente ultraje,
el terror todo lo desnaturaliza:
convierte la sexualidad en tragedia.
Violan el cuerpo para erosionar el sueño que lo habita;
en la posesión, pretenden vulnerar,
humillar el canto de la utopía nuestra.

Aquí es sólo eso: una posesión.
Me dijeron entre risas:
“Ya que no te gusta la propiedad privada,
aquí, vas a ser de todos…”

Arrancan la ropa entre insultos y siguen el escarnio…
esas manos queman, dan nauseas…
su jadeo es como gangrena.
Y se sacian.
Y la impotencia y una repugnancia insoportable…
Y otra vez vomitas, y otra vez te cuecen a patadas
mientras entre risas repiten:
“…vamos a ver si siguen escribiendo panfletos,
ahora que las ´socializadas´ son sus perras…”

No es sólo la embestida de testosterona hambrienta,
quieren extender el ultraje,
hacerlo más colectivo de lo que multitudinario es;
llevarlo más allá de las membranas:
destriparle el corazón a nuestros pasos.

“Nosotros somos Dios” taladran al oído.
Los alardes confirman: aquí es el infierno.

Por eso, escucho tu nombre y me desvanezco.
Lo decidí mientras me trasladaban por aquella carretera,
y cuando atrancaron las puertas de la ESMA
y arrojaron la primera orden:
¡Levántate perra…avanza!
Con los pasos que caminamos la luna,
hice a la lengua un sortilegio.

Abrieron la reja de metal.
Tras, tras, tras…
Pasan de largo…
Se la llevan.

La secuestraron junto a su esposo,
para que el padre de él se entregara.

Del pan que a veces le avientan,
guardó un poco y lo acercaba con sus pies a mi boca…
se dieron cuenta.

Nos maniataron a un tubo en el techo,
así pasamos toda la noche,
bajo la llovizna que se alucina afuera,
pero que no calma esta sed.

Aquí, un pedazo enmohecido de pan
y una gotita de agua, es manjar prohibido.
Para ella, terminó ese escarmiento
cuando el vientre se le dilató y contrajo.

Su hijo nació aquí…
y se escuchaba el llanto del niño recién parido,
y los alaridos tortuosos de su papá.
Y lloraban la madre y el niño…
se lo arrancaron de las entrañas aún sangrantes,
y les imploraba ¡por Dios! que no se lo quitaran;
le escupieron otra vez: “Dios, somos nosotros”.

No sé que fue del bebé,
tal vez nadie sepa nunca...

Ella todavía pregunta, implora, ruega…
a pesar de conocer la respuesta:
una patada en el vientre.

Nunca los habíamos escuchado suplicar…
sólo entonces, por su hijo…
y cuando oigo sus lamentos,
quisiera compartirles mi coraza,
mi ventaja única y fortaleza:
la soledad temprana;
esa seguridad de que no pueden
extender el tormento más allá de mi carne.

¡Aquí no te quiero!
Nada es igual.
Nada.

La luna está menguando,
como aquella madrugada.
Todo era distinto entonces:
la desnudez, la música, el frío, mi historia.

Entonces era ser humano…
mujer y compañera…
aquí, en el “chupadero”, me dicen la 609…
o la “puta del tupamaro”,
como me llama el médico encargado de revivirme,
después de la sesión con el verdugo.

Mientras me torturan sólo deseo la muerte:
que la picana atraviese el útero, llegue al corazón,
lo queme y detenga para siempre;
que los pulmones no soporten más el agua fétida del “submarino”;
que el desmayo sea cómplice eterno,
o me apliquen la Ley Fuga,
o sus técnicas de reavivamiento ya no les sirvan…
o que cumplan su amenaza y me arrojen viva al mar.

Otras veces, como hoy,
cuando por la rendija aparece luz de luna,
quisiera una flor de amaranto:
ser una hembra yaguareté rugiendo solitaria en la montaña,
penetrar de una gruta los entresijos…
zambullirme en un hontanar de la tierra.
O encaramarme por la corteza de un árbol,
y existir ahí, de noche, sigilosa, agazapada.

Tal vez mariposa diurna con el arco iris dilatado en las alas;
quizá libélula, una hembra colibrí;
revolotear serena en un pleamar de flores,
o, mejor aún, arrullarme en la bandada rumbo al piélago.

O salamandra…
y reptar en la libídine senda que me abrió tu cuerpo:
que tus humedades sofocaran las heridas.

Bosquejarte con la lengua, allende el vientre,
la pasión subterránea que entrelazan los dedos,
amartelarnos en el vaivén de mis cavernas,
y mientras me exploras, escuchar, con esa terneza tuya, mi nombre…

Y entonces recuerdo las hendiduras…tu respiración…
el hechizo placentero…
Carne y sangre y corazón y fuego…
y en la seducción, enredarle las piernas a la utopía posible,
a lo cardinal, a lo primero…

Pero en el cuarto del martirio,
son los pasos que caminamos la luna,
quienes me ayudan a no acordarme:
ni del tango de Discépolo que tanto nos gustaba,
ni de nosotros el lugar secreto,
ni de tus manos y sus actividades,
ni de la madrugada y nuestra danza…

La reja de metal se abre de nuevo.
Se acercan.
Tras, tras, tras, tras…
Ahora vienen por mí.

Y otra vez, en mi cuerpo, nos castigan la esperanza a todos.

Y el dolor perfora la carne.
¡Qué me desmiembren de una vez!
¡Qué esta hemorragia ahogue!

Y se me crispan las venas,
y me retuerzo
y lloro…

Y el sortilegio en la lengua…
¡Vete!
Los glaciares que un día te dieron calor,
ya no pueden más besarte:
con un nuevo exilio tendrás que intimar,
botas militares están violentando la Tierra del Fuego.

¡Escala el viento blanco del Aconcagua!
Emparejar tu sombra con el ombú no es ya suficiente,
¡vete!

Atraviesa Chile,
bordea por los ríos su delgadez,
esquiva en su angostura a la caravana de muerte,
explora entre el frío y los guijarros andinos,
donde las bestias de Pinochet no te desgarren…

A Uruguay no regreses,
aunque sea nostalgia de bosque ribereño tu aliento.
Versifícale la sangre a sus moreras, a una acacia…
a la travesía subterránea de aguas dulces, y vete.

Incluso en el llanto y la nostalgia,
que los pasos que caminamos la luna no detengan su silenciosa marcha.

Trepa un mangle, ocúltate en la hojarasca,
disimula tu rostro en la marisma.
No interrumpas la marcha en Paraguay:
Stroessner Matiauda ahí acecha.
Busca la fraternidad del desposeído,

por las colinas boscosas del guaraní.
¡Y vete!

Cuando pases por Brasil no te quedes en la ciudad.
Los dictadores andan a la caza...
Sumérgete en la selva,
que te abrace la solidaridad del caimán.

¡Más lejos! Camina. ¡Más!

Deslízate en silencio por Bolivia:
Banzer le está despellejando el cielo.
¡Elude la emboscada militar!
Que tu refugio sea el colorido del paraba,
de la vicuña el pelaje,
la quena de un minero.

Y si paras en Venezuela, Colombia o el Perú,
¡cuidado con sus cancerberos!

Explora como un camaleón los barrios,
ampárate monte abajo, donde de amores y amigos se sabe.
Guarda al corazón en el serpenteo de la yarará,
en un coral, guárdalo.

Por las enramadas del yaguar obsidiana anda.
Transfórmate en bambú,
se ébano, se quetzal.

Del que nada tiene busca la querencia,
llega donde el lagarto enchaquirado y la serpiente cascabel,
aparéjate con el despojado de la tierra.

Ve por desiertos de hielo,
arrecifes y cañadas y bahías y volcanes,
mójate en una ciénega,
a la noche desanúdale el cabello.

¡Pero nunca, nunca te atajes cerca del Pentágono!
Ese es el bastión, el origen,
el núcleo pútrido de esta bestia:
descorazonaron a un ave,
usurparon su nombre,
le robaron el vuelo.
Del Terrorismo de Estado han
hecho una confabulación internacional.
“Operación Cóndor” la llamaron.
¡Vete lejos! Que no te alcancen sus garfios…
¡Qué no te despedacen!

Llévate en la médula lo que somos:
Los pasos que caminamos la luna.
¡Y alégrate amor!
¡Qué en tu piel se alojó nuestra sonrisa!
Reaparécenos como un florilegio de poeía en el rostro.

¡Alégrate, amor, baila!
Nuestro canto será milonga, será candombe,
verso libre sin firma ostentosa.
Eco de timbal, de guitarra las cuerdas, un romance.
Resonancia de caracol será de nosotros el canto.

Siémbralo contigo en la tierra.
Y luego florezcan, retornen nuestra silueta en la esperanza.

Siémbrate en la tierra como cigarra.
Y luego brota, regresa y canta.

Vete, amor, mientras me desvanezco.

1. El 19 de mayo de 1977 Jorge Luis Borges, Ernesto Sabato y Horacio Cerratti almorzaron con Rafael Videla, al salir fueron entrevistados por periodistas, en esa entrevista hizo la declaración, fue publicada por diversos periódicos de la época. Citado en
www.lapatriagrande.com.ar, consultado 17 septiembre de 2007.


Parto inconcluso
Por Mariela Loza Nieto

… no me pida poemas de amor,
cuando quiero cantar la verdad,
es la vida la que hay que enfrentar,
yo no puedo esconderla en la flor.
Alí Primera

Una noche quise medir sílabas…
Juro que intenté: una, dos, tres, cuatro…
y luego…

Tropecé con cordilleras,
y estaban emponzoñadas con campos de entrenamiento para asesinos.
De tu miseria se alimentaron, Honduras.
Oligarcas artillados, ejecuciones selectivas, tortura sistemática…
y tus fértiles llanuras, acorazado del terror.

¿Cómo hacer un verso?

Si arrasaron tu tierra ardores y desolación;
alas de quetzal mutilado eres, Guatemala.
Agua Fría, Panzós, Río Negro, Xeatzán;
tortura y alarido y cuerpo desfigurado y violación…
etnocidio.

¿Un verso? ¿Cómo?

Si la carne se incrustaba entre púas de alambre.
Es tu corazón río ametrallado, El Salvador.
Mozote, Sumpul…
y la entraña de mujer cercenada y los lamentos
y triturada la lengua de hombre… y la impunidad.

¿Se podrán rimar los endecasílabos?

Cuando azotaban a manera de escalpelos voraces,
te caminaba esperanza entre la hemorragia, Nicaragua.
“contras”, boicot a las cooperativas,
atabales y sonajas saqueadas,
cuerda de ñambar hecha carbón…
Apuñalaron por la espalda a la alegría.

Intenté contar, ¡lo juro!
Una noche quise del amor hacer soneto,
ni siquiera esperaba que fuera demasiado hermoso, demasiado bueno,
pero las selvas… flageladas, sangrantes.
Una noche quise...
Y la montaña zaherida, moribundo el bosque.
Lo intenté, ¡juro que quise hacerlo!
Pero… la habilidad malograda.

Nunca concluí.
Y las brasas estaban ardiendo,
y no faltaba el amor.
Lo impidieron las lágrimas por el dolor
de las páginas que de la historia ojeaba,
hablaban del río sanguinolento agredido por tierra y aire;
de la cérvix de una niña violentada por un escuadrón de muerte,
de la arboleda que destrozó el paso de la extrema crueldad,
de la selva devastada, entristecida.

De la expoliación,
del mar destripado para quitarle el agua al pez,
del maíz que no germina en tierra podrida por Boinas Verdes,
del manantial envenenado,
de la ráfaga crepuscular…
de la noche.

Han sido las lágrimas,
y una habilidad que nació imperfecta…
o que no ha terminado de nacer… como nuestra alegría.

Eso es lo que lacera:
las contracciones tormentosas de un parto inconcluso.

Una noche quise hacerlo, ¡juro que intenté!
Un soneto de amor.
Pero se complicó el alumbramiento,
y me despedacé contra algo que no puede medirse en sílabas,
sino en atrocidades: “Operación Centroamérica”. Made in U.S.A.


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