dimanche 24 janvier 2010

Marina TSVIETÁIEVA/De un gigante a otro


De un gigante a otro

Marina Tsvietáieva, en Mi Pushkin (1937), traza un itinerario personalísimo sobre el indiscutido poeta nacional ruso, oscilando entre el hallazgo íntimo, la pasión y el análisis razonado. En una visión que emerge desde la infancia, este texto propone una serie de correspondencias y de apasionadas lecturas y, si bien el meollo del asunto es Alexander Serguéievich Pushkin (1799-1837), el tratamiento halla forma a partir de la visión poética muy singular de la propia Tsvietáieva.

En un sentido estricto, Mi Pushkin viene a ser un ensayo poético: un trabajo ideado más para ser sentido que comprendido. Tsvietáieva, fiel a sí misma y a sus intuiciones, revela: "Pushkin fue mi primer poeta, y a mi primer poeta lo mataron. Desde ese momento, sí, desde el momento en que ante mis ojos en el cuadro de Naúmov mataron a Pushkin, cada día, cada hora, ininterrumpidamente, mataron toda mi niñez, mi adolescencia, mi juventud". La autora asume que la muerte del gran poeta (en un duelo) es una lección "si no de venganza, sí de pasión", una lección que Pushkin le entregaba ella: "una niña de cuatro años que apenas sabía leer".

Uno de los paseos de los cuales disfrutaba Marina Tsvietáieva en sus primeros años era al lugar donde se encuentra emplazada la estatua de Pushkin en Moscú. Y era su paseo preferido. Escribe: "La estatua de Pushkin fue también mi primer encuentro con lo negro y lo blanco..." Y agrega: "...y para siempre elegí al negro y no al blanco, lo negro y no lo blanco: el pensamiento negro, el sino negro, la vida negra." No obstante, esclarece que la estatua fue, además, su primer "encuentro con el material: hierro fundido, porcelana, granito," lo que vino a ser su "propio material".

El ensayo se interna en las lecturas secretas de la poeta niña. La experiencia ante las páginas de Pushkin enriquecerá el vocabulario de Marina Tsvietáieva, pero, más aún, aumentarán su capacidad de sentir. Los textos de Pushkin aludidos en el libro pertenecen al género poético. Partiendo por "Los gitanos" y continuando con el célebre "Eugenio Oneguin"; este último poema resulta clave en el contexto de la obra de Tsvietáieva, la que anota: "No me enamoré de Oneguin, sino de Oneguin y Tatiana (y puede ser que de Tatiana un poquito más), de ambos juntos, del amor. Y en adelante jamás escribí ninguna cosa mía sin haberme enamorado antes de ambos al mismo tiempo (de ella, un poquito más), y no de ambos, sino de su amor. Del amor." Asimismo, "El Vampiro" (perteneciente al ciclo "Cantos de los eslavos occidentales") es un texto brutal para la poética de Tsvietáieva, ya que despertará en ella el "menosprecio" hacia la cobardía de Vania (personaje del poema), lo que resulta ser "un remedio contra todas las pasiones", incluyendo la más fuerte en ella: "la pasión del miedo." Igualmente, la poeta rusa se referirá a otros textos poéticos de Pushkin como "El camino del invierno", "A la nana" y "Al mar". Sobre sus lecturas de aquel tiempo indica: "...en los versos, como en los sentimientos, sólo la pregunta genera la incomprensión, arrancando la imagen de su condición de hecho. Cuando mi madre no preguntaba -yo entendía maravillosamente; es decir, no pensaba en entender, simplemente- veía. Para mi fortuna, mi madre no siempre preguntaba, y algunos versos seguían siendo comprensibles". La mención a Byron (conocido influjo en Pushkin), así como a Proust y Blok, enriquece la lectura del ensayo.

De un modo grato y sorprendente, la autora juega con conceptos y palabras empleando un ingenio que no pretende "ganar la partida"; al contrario, se trata de un ingenio, en cierto modo, inocente, cándido. Claramente en Mi Pushkin late el alma de una niña, lúcida y traviesa que va cambiando de tono y de foco de interés a medida que avanza el libro. Es esa niña la que sacará de su memoria palabras de adultos que inquietarán a su madre porque, en estas páginas, no sólo es posible revivir el historial de lecturas de una pequeña que se esconde dentro de un armario "con la nariz contra el libro, sobre la estantería, casi en la oscuridad", sino también la aparición de la poeta en esa niña seducida por la palabra.

Marina Tsvietáieva cuenta que solía practicar un juego que consistía en poner, junto a la estatua de Pushkin, "una muñequita blanca de porcelana del tamaño de un dedo meñique..." Luego, levantaba la mirada con el fin de comparar los tamaños hasta casi desnucarse. Es esa mirada, inteligente y fulgurante, la que transmite Tsvietáieva, desbordando todos los géneros (hay aquí biografía, memorias, crítica, ensayo, poesía, desde luego, e historias ciertas e inventadas) y convierte la lectura este breve retrato de "su" Pushkin en una experiencia única: la lectura de un genio por otro.

Articulo:
http://diario.elmercurio.com 10/01/2010

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