dimanche 3 janvier 2010

SECH/ Cuento: «El Loco» de Gildardo GUTIÉRREZ ISAZA


Cuento:
"El Loco"
Por Gildardo Gutiérrez Isaza - Escritor, narrador y popeta Colombia

Me hablabas en voz baja, como temiendo que alguien te escuchara. Te pegabas de mí como si alguien te acechara. Temblabas y no supe por qué quizá de frío o de miedo. Agazapado contra mí, mirabas a los lados con desesperación. Abrías desmesuradamente los ojos. Me estrujabas; te movías inquieto, pero siempre aferrado de mí. Cuando te ibas a desplazar a un rincón, fijabas tus ojos en el suelo, luego observabas con rapidez el entorno y con movimientos torpes, te desplazabas sin soltarme. Tus uñas me laceraban, se incrustaban en mi piel. Tus manos con una fuerza descomunal me lastimaban, sentía que me ibas a partir los brazos. Te hablaba pausadamente, al oído; te susurraba y a través de mis palabras te tranquilizabas. Era como un puente en medio de la oscuridad, en medio de un torrencial donde las olas gigantes pretendieran arrastrarte, anegar tu cuerpo y succionarte. Yo era el puente, el medio a través del cual salías a flote y te agarrabas de mí como la única tabla de salvación. Me mirabas con angustia y desesperación. Tus labios temblaban, un temblor que se iba propagando por tu cuerpo como una estampida de caballos. Al principio era leve, casi imperceptible, pero a medida que tus miedos cercenaban tu espíritu, aumentaba y se extendía por todos los rincones de tu ser, hasta que me tocaba llamar al medico de turno para que te inyectara. Me partías el alma cuando me suplicabas en aquel lenguaje extraño donde tus palabras se mezclaban de una manera anárquica, gutural, sin confluencia gramatical, para que el medico no te sedara. Muchas veces renuncie a llamarlo, pero era peor, entrabas en un estado casi cataléptico, donde tus ojos se desorbitaban, tu boca se llenaba de babaza y tus manos como una serpiente se retorcía como si tuvieras entre tus manos a una presa a quien estrangular o asesinar. Tus pupilas se dilataban y en ellas podía ver la muerte. En aquellas ocasiones esquivaba tu mirada, me sentía invadida, penetrada por una misteriosa fuerza que me subyugaba, por ello miraba a un punto distante, muerto, etéreo donde mis miedos no superaran la lógica, la razón y cobraran fuerza al punto de tener que salir corriendo. No eras agresivo, pero me dabas miedo, tu mirada me paralizaba, sentía que me devoraba como una bestia salvaje que acecha en medio de la oscuridad. Tus ojos abiertos, desorbitados, dejaban ver a través de tus pupilas una escarcha opaca, gris; podía vislumbrar un ser siniestro que te invadía, que se movía en el fondo de tu alma. Era terrorífico, indescriptible y hasta fantasioso creer en ello; y muchas veces, venciendo mis propios temores, me concentre en tu mirada, fije mis ojos en los tuyos, mientras apretabas como tenazas mis delgadas muñecas. La agente me decía: "la locura es contagiosa, aléjate, déjale ese caso a un hombre". Nunca fui una mujer temerosa, supersticiosa que se dejaba llevar por las creencias de las personas. Era una mujer centrada en mis cosas, en lo que hacía, fundamentaba todo sobre la base de una experiencia científica; con argumentos sólidos donde antes que la imaginación la razón era el motor que me impulsaba a actuar y a definir parámetros de vida en cualquier área. Así que fijaba mi retina en la tuya y me quedaba observándote y era como si alguien corriera un telón, un paño negro y allí al fondo estaba una figura acurrucada, doblaba, encorvada, que se movía con agilidad. Tus ojos cambiaban, podría decir que hasta cambiaban de forma, de color, de ángulo. Cuando aquel ser siniestro que casi siempre se mantenía contraído levantaba el rostro no podía contener mi horror y dejaba escapar de mi garganta un alarido, un grito de histeria. Era maléfico, terrorífico, leviatánico. Por ello en esos casos evitaba mirarte y prefería hablarte, hablarte con ternura. Había una palabra mágica, una palabra que me llevo a indagar mas en tu vida, a conocer tu mundo, a inmiscuirme en tus cosas: “Tus hijas”. Cuando te decía: “Tranquilízate, debes superar cualquier barrera, saltar la verja; no quiero que te inyecte, piensa en tus hijas” Tus manos, tus muslos, tu cuerpo, tu mente y tu espíritu entraba en un estado emocional indescriptible y como flotando en las nubes te levantabas y mirando a través de la puerta de tu corazón, porque era una puerta que solo tu podías traspasar las evocabas, las veías delante de ti y estirando tus manos, las tomabas en tus brazos, las rodeabas con ternura y arrodillándote les hablabas, les musitabas palabras muy bellas: “Mis nanas, mis bellas, mis princesitas, como me alegra verlas. Hoy están más bellas que nunca. ¿Qué han hecho hoy, se han comportado bien, han arreglado la casa, ya hicieron las tareas? Deben salir adelante, mamá no esta, pero ustedes son fuertes, deben ser fuertes, anegadas. Se deben cuidar la una a la otra, no discutir. Dentro de poco estaré con ustedes, esto es pasajero, ya verán que en unos días estaremos juntos” y abrazabas el aire, el aire calido de tus hijas, que allí en ese horizonte misterioso estaban y solo tu las veías. Nunca pude comprender como tú, cuando ellas estrenaban un vestido nuevo, que la abuela o tu hermana Paula les compraba, estando en el sanatorio, podías saberlo. En varias oportunidades sucedió, porque tuve la oportunidad de irlas a visitar y me sorprendía que efectivamente ellas lucieran las prensas, los vestidos que habías descrito con alegría y gozo sin que nadie te hubiera ido a visitar.

Te conocí una mañana de abril. Estabas sentado sobre el césped y hablabas solo, en voz baja. Tu postura, tu actitud de indefensión, tu mirada triste, tus gestos tiernos, me llamaron la atención. Estabas calmado, sosegado y muy tranquilo. A tus treinta y tres años, parecías un niño de escasos seis años. Cuando me acerque me miraste y me regalaste la más bella de las sonrisas. Me arrodille y me dijiste: “¿cierto que son bellas mis hijas? Sin querer mire a donde mirabas y no vi a nadie, sorprendida te mire y exclamaste: “han venido a visitarme y no quería que estuvieran encerradas en aquella fría habitación, por eso les dije que saliéramos a jugar. Espero que no se lastimen o se ensucien la ropa montando en los columpios; son muy traviesas…” y tus ojos brillaban con un fulgor especial, tus labios gesticulaban palabras de ternura hacia ellas. Ese día me asuste cuando te levantaste de un brinco felino (pensé que me ibas a atacar), pasaste por mi lado velozmente y gritaste: “Angélica mi niña cuidado te caes… ¿estas bien?” y agachándote levantaste a tu hija (imaginaria). Tus brazos, tu posición eran la misma que uno asume cuando carga a alguien. Caminaste despacio y la colocaste sobre una silla, te arrodillaste y le hablaste con mucha ternura. Yo sabía donde estaba, acababa de llegar a hacer mis practicas para poderme graduar. Todos me habían hablado del lo peligroso del lugar, de tener cuidado. La misma directora del Centro de Rehabilitación me advirtió del riesgo de andar sola, de la importancia de estar con un guardia....

Ilustracion: Siegfried WOLDHEK - http://woldhek.nl/

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