dimanche 3 janvier 2010

SECH/Cuento de Carlos TORO: “Rondas Médicas”

"Rondas médicas"
Por Carlos Toro, escritor chileno, Vicuña - Chile

“Ni los mas sabios conocen el fin del camino”, por supuesto que este pensamiento nunca se le cruzó por la mente a don Artemón Rojas, aquel buen doctor, encargado entre otras cosas de las “rondas médicas” que periódicamente se realizaban desde el Centro Médico de La Serena a aquellas comunidades rurales mas alejadas de la provincia de Coquimbo. Sí, él era un buen médico que amaba sobre todas las cosas, su profesión. Era realmente un hombre con un alto sentido de solidaridad para con los mas desposeídos, la pasión por su trabajo y su amor por los pobres era tal que el par de enfermeros y los dos o tres paramédicos que conformaban el equipo de trabajo que lo secundaba en esa labor también pensaban y actuaban como él y como un todo en el trabajo de Artemón .

Por esa razón él había aceptado con mucho agrado ser el médico encargado de aquellas rondas. Cuando llegaba la fecha de aquellas visitas Artemón partía encantado con su equipo a lugares aislados de la Comuna de La Higuera o de la Sierra de Arqueros. Fundamentalmente eran pequeños centros mineros o aguadas que reunían a unas cinco o diez familias cada una, y en donde las únicas economías que sustentaban sus vidas eran la extracción de minerales en unas y el pastoreo de cabríos en otras. Lugares casi desérticos, sin grandes pastizales, escasos de agua y en donde se siente el ruido del roce del sol cuando nace cada día sobre las cimas de aquellos cerros desnudos de vegetación. Ahí, en esas soledades, tan cerca y a la vez tan distante de la “civilización”, todo o casi todo moría al igual que los sueños, sobretodo niños, que a poco de nacer partían hacia otros mundos, quizás mas perfectos y maravillosos para ellos, y los que sobrevivían a los doce años de edad se convertían, tanto niños como niñas, en seres viejos, apabullados por el sol, por la soledad, la tristeza y el hambre.

El doctor Rojas, creía que el placer de la vida, el goce de la relación sexual no era pecado, y por lo tanto había que disfrutarlas, y sobretodo, pensaba, para aquella gente que no tenía libros, menos radio o televisión y que la única distracción que tenían fuera del trabajo propiamente tal y la crianza de chiquillos, era cuando el hombre y la mujer se acostaban para hacer los críos. Es por eso que mas allá de las aspirinas, vendas, inyecciones y aparatajes médicos que portaba el equipo para la atención de aquellas personas, entre las cosas mas importantes que llevaban eran las pastillas anticonceptivas, pues la mortalidad infantil y la abundancia de niños famélicos era tal, que realmente preocupaba al médico. Siempre recomendaba el uso de estas pastillas a las mujeres, y a veces el doctor se reía a destajo cuando al preguntarle a una mujer por qué tenía tantos chiquillos, ella simplemente le respondía guiñándole picarescamente un ojo: Mire don, el primer niño nació por amor, pero los demás doctorcito lindo, nacieron porque soy cochina no más. Esa y nada más que esa es la razón de tantos guachos que tengo! Otra mujer, casi una tímida niña se le preguntó también por qué tenía chiquillos a granel, y la mujer bajando un poquito los ojos respondió: Si doctor, usted me ve que por fuera soy muy suavecita, pero por dentro, ¡Ay Dios! Soy un volcán. Es por eso que siempre me pregunto adonde diablos se me fueron los sueños cuando me acuesto con mi parejo. ¿Parejo?, preguntó interrogante Artemón a la muchacha, y ella le dijo claro pues doctor si yo soy la pareja del Negro, y él, por supuesto, ¡es mi parejo…, ¡¿o no, dice usted!?

Así, cada cuatro meses o mas, partía el equipo del doctor Artemón Rojas a aquellas pequeñas comunidades aisladas de los grandes centros de la provincia, dependiendo, por supuesto, de las posibilidades y disponibilidades sanitarias como también de la buena voluntad de “servicio público” que a veces afloraba en el corazón de las autoridades de salud de la Provincia de Coquimbo.

Una vez, a falta de las pastillas anticonceptivas, a juicio del equipo de trabajo llevó consigo una cantidad considerable de condones para ser entregados a aquellas mujeres casadas o solteras que estaban en edad de merecer, entendiendo que son las mujeres, como siempre, las que asumen el rol de jefes del clan familiar ante cualquier circunstancia de esa naturaleza. Entre risas y comentarios un tanto picarescos por parte de las mujeres al comprobar que esos pequeños “globitos de látex” eran para ser puestos en el pene de sus varones, mientras el doctor y los enfermeros trataban de enseñarles su uso, explicándoles que estos aparatitos eran precisamente para evitar que más de alguna quedara embarazada y así evitar un nuevo crío que no tendría mayores oportunidades de sobrevivir en aquellas condiciones misérrimas de pobrezas y de angustiantes soledades.

Después de haber terminado su misión médica en aquellas comunidades, el doctor, como siempre, prometió nuevamente visitarlos en unos cuatro meses más, sin antes de recomendarles que siguieran al pie de la letra las instrucciones de los medicamentos recetados como también el buen uso de los condones.

Cuatro meses mas tarde al volver nuevamente para su ya habitual ronda médica comunitaria, grande fue la sorpresa del doctor y de los enfermeros al comprobar que en la primera pequeña comunidad a visitar habían ya tres nuevas mujeres con una hinchazón del abdomen que al solo mirarlas no cabía duda alguna que estaban preñadas. El primer pensamiento que cruzó por la mente de Artemón Rojas fue el de “que no hay peor sordo que el que no quiere oír”, ya que al parecer aquellas mujeres pusieron oído sordos a las recomendaciones dadas por él para que usaran el condón… mas el pobre Artemón estaba equivocado en su apresurada apreciación. Por supuesto que las primeras mujeres en ser atendidas fueron aquellas tres féminas. Al preguntárseles a cada una el por qué de la causa de esa preñez cuando se les había entregado una cantidad suficiente de condones para prevenir casos como esos, la mas madura que poseía mayor personalidad, quizás dada por los años y por ende mas experiencia en la vida matrimonial, le respondió al doctor lo siguiente: Mire usted doctorcito, el aparato ese, cuando hemos juntado guata con guata con nuestros hombres lo han usado todos los que estamos aparejados, le juramos por Diosito que le decimos la pura verdad no más.

En realidad no entiendo nada, se dijo para sí el doctor, volviendo nuevamente a hacer una demostración de cómo debe ponerse el condón, usando para ello el pulido trozo de madera que utilizaba para tal operación ante aquellas atribuladas mujeres. La madura mujer que antes había liderado el grupito cuando vio de cómo tenía que ponerse el condón en el miembro de su pareja, abrió tamaños ojos al comprobar que el preservativo estaba enterito. Artemón intrigado por la expresión del rostro de la mujer, le preguntó el por qué tanta sorpresa por ver un simple condón en un trozo de madera, la mujer le dijo que ella al igual que otras le habían cortado la puntita al condón porque los condones eran en su gran mayoría, “cortos de tiro” para el uso de sus parejas.

Ilustracion: Siegfried WOLDHEK - http://woldhek.nl/

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