dimanche 7 février 2010

Con-fabulación nº121 & 122/I took Haití


Con-fabulación nº121 & 122
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I took Haití
Por Aurelio Suárez Montoya*

Así como suena, “Jeiri”, contestan los haitianos y haitianas radicados en Estados Unidos cuando se les pregunta por su origen. Es el nombre que en el Norte se le dio al país antillano de menos de 30.000 kilómetros cuadrados, en una acomodación cualquiera al inglés, desechando el original Haití -en creole- ó Haïti -en francés-, las dos lenguas más habladas y reconocidas allí como oficiales.

Dichos emigrantes, que bien pueden desempeñarse como taxistas en Boston o como recolectores de cosechas en Florida, en conjunto con quienes trabajan en las maquilas de República Dominicana y otros más en Canadá, Bahamas y Francia, son un millón y medio que intentan sustentar con sus remesas, que en 2009 no llegaron a 1.500 millones de dólares, a la mitad de los casi 10 millones de residentes en el lado occidental de la otrora isla Isabela, aquella en la que Colón tocó por vez primera el suelo americano.

Ese dinero se destina a alimentos y combustibles importados, de los cuales Haití depende para su subsistencia. Con relación a los primeros, la seguridad alimentaria se esfumó desde que en los quince últimos años, la trilogía, gobierno de Estados Unidos (Bill Clinton), Banco Mundial y FMI, ha impuesto allí los dogmas del libre comercio. De hecho, esta nación es una de las que tiene los más bajos aranceles del mundo y el déficit comercial promedio de los últimos cuatro años es de más de mil millones de dólares.

Dos siglos atrás era la colonia más próspera que Francia tenía a este lado del océano. Lo proveía de azúcar de caña, oro y otros géneros. Los pobladores nativos fueron exterminados y reemplazados para las duras faenas agrícolas y mineras por esclavos negros traídos de África. Sus descendientes cometieron una osadía, que desde entonces jamás se les perdonó: derrotar el dominio francés, con Napoleón incluido, y ser la primera república americana en proclamar su independencia, distribuir la tierra y, además, decretar la libertad de los esclavos. Esto último, Estados Unidos sólo lo hizo más de 60 años después.

Como si hubiera sido una maldición, los centros de poder mundial se propusieron darle a Haití un escarmiento que se volvió constante en su historia. Lo obligaron a indemnizar a Francia, por más de 130 años, con base en créditos tan leoninos que al final el City Bank, para cobrarse, tomó posesión del banco central haitiano. Y, adicionalmente, se dieron a la tarea de subvertir el orden, turnando, una y otra vez, toda clase de dictadores y usurpadores a su servicio. Se cebó una elite ínfima, lacaya, que se paseaba, antes del sismo, en vehículos último modelo por las calles de Puerto Príncipe, que edificó mansiones en las partes más altas de esa capital, surtida de las migajas que caen de la mesa de Epulón. En contraste, la mayoría de la población tiene un ingreso anual promedio de 660 dólares; una esperanza de vida de apenas 61 años; el 58% de ella vive en estado de subnutrición; el 55% pasa el día con menos de 1,25 dólar -en extrema pobreza-; el 76% con menos de dos, y el 20% más pobre capta sólo el 2,5% del ingreso nacional.

A esa sociedad le sobrevino un terremoto el 12 de enero de 2010. Los 150.000 muertos se debieron, en buena medida, a las pésimas construcciones, hechas con cemento “rendido” y sin hierro, y por el hacinamiento dentro de ellas. Fue el colapso esperado de una nación humillada por siglos, humillación para la que no se ha tenido miramiento en nada. En el siglo XX, Estados Unidos la invadió directamente dos veces, la primera en 1914 por orden de Woodrow Wilson, que duró más de 20 años, y la segunda en el gobierno de Clinton. Otras tantas ha llegado allí mimetizado con los cascos azules de la ONU. El arribo, por mar y aire, de 12.000 marines la pasada semana y el aviso de que pueden ser hasta 20.000, hace de ésta la mayor ocupación. Haití quedará destruido, su gente, incluidos los niños, acrecentará la diáspora haitiana y la isla se destinará a bases militares estratégicas, en “función humanitaria”. El Nobel de Paz, Obama, fuera de disponer de 30.000 efectivos más para Afganistán, de mantener asaltado a Irak, de asechar a Yemen, de instalar bases militares en Colombia, suma así otro paso expansionista en un año y podrá exclamar, imitando a Theodore Roosevelt, “ I took Jeiri”, así, despectivamente, tal como en el Norte se le designa a Haití.

*Politólogo colombiano

***
Wyclif Jean

De nacionalidad haitiana, Wyclif Jean (Croix-des Bouquets 1971), uno de los músicos de Reggae más famosos del mundo, quien cantara con Carlos Santana, Eric Clapton y últimamente con Shakira, padeció en el terremoto de su país la muerte de numerosos familiares y amigos, y solidarizándose con los más necesitados donó un millón de dólares de su propio bolsillo, además de volar el día que se produjera el gran sismo a Puerto Príncipe donde participó en el rescate de varias personas, verdadera muestra de humanismo y no de humanitarismo. A continuación su tema “No más guerra”, que cantara durante la versión de la entrega del Premio Nobel de Paz al presidente Obama.

WAR NO MORE
(Version for the Nobel Peace Prize)
Traducción de Olga Rojas

Dijeron que no podíamos cruzar el Mar Rojo
Les digo que sí podemos, sí podemos
Dijeron que los esclavos nunca serían libres
Les digo que sí podemos, sí podemos
Dijeron que los ciegos nunca volverían a ver
Les digo que sí podemos, sí podemos
Se dijo que Obama no sería el presidente
Les digo que sí podemos, sí podemos

Tialo, Tialo *
No vamos a olvidar nunca a África occidental
No vamos a olvidar nunca a Etiopía
No vamos a olvidar las calles de Brookling

¿Alguna vez fuiste abaleado cuarenta y un veces?
¿Alguna vez gritaste, nadie escuchó tu voz?
¿Alguna vez viviste, aunque no era necesario pues podrías morir?
¿Alguna vez moriste, aunque no era necesario pues podrías vivir de nuevo?
Y volver a nacer de estos enemigos
¿En la línea de frontera, quién será el siguiente en abrir fuego?
¡Cuarenta y un tiros por el costado!

Dijo que sabía leer, señor
Pero él no tenía ningún recurso...
Pero ahora descansa en paz, señor
En el vientre de la... ¡levanten las manos!

Por Tialo, Tialo
Si quieres la paz en el mundo
Somalia estoy hablando contigo
Justo allí, y pide ¡que no!

Si usted no quiere ninguna guerra más, ¡levántese!
¡No queremos ninguna guerra más!
¡Díganles que decimos, que no queremos más!
No queremos más guerra ni en África, Afganistán o Pakistán, ni guerra en Brookling

Decimos que no queremos ninguna guerra en Zambia
Si usted no quiere ninguna guerra, ¡levante las manos!
¡No queremos ninguna guerra más!
¡Díganles que decimos, que no queremos nada más!


*Tialo es una ciudad en Chad, que está en guerra.

***
Sylvia o la fuerza de la naturaleza
Por Hellman Pardo

Cuando se suicidó, Sylvia Plath rondaba los 30 años. Imagino a Ted Hughes, su ex-esposo y también poeta, sosteniendo su delgado cuerpo asfixiado, buscando entre el desorden de la casa alguna manta que cubriese el vacío de su muerte. Imagino del mismo modo a Frieda, su hija de tres años, abrazándola sin comprender del todo por qué su madre no la despertó aquel 11 de febrero de 1963, como solía hacerlo todas las mañanas, a prepararle los pancakes al desayuno en su pequeño departamento de Londres. Dicen los psiquiatras que el suicidio es, entre otras cosas, una manifestación de inseguridad para sobrellevar la existencia revelada. La humanidad, entonces, está limitada a regocijarse con los placeres terrenales y, en sumo equilibrio, a resistir los dilemas del mundo. Sylvia quizá no advirtió la vida de la misma manera. Para ella, vivir se dividía en dos estadios; en el primero, fungía como una mujer devota a sus hijos, entusiasta, dinámica en su literatura; en el segundo, (y es allí donde exterioriza su trastorno bipolar) se consideraba una muchacha incompetente, baldía, cuyos versos no lograban siquiera inquietar a las moscas, según sus propias palabras. Poeta y mujer en un solo cuerpo, no vio la claridad y la verdadera belleza en el simple hecho de existir. Cuán difícil le resultaría verse sola con sus dos hijos a finales de Octubre del año 62, fecha en que Ted le abandonó. Cuán difícil le sería el soportarse a sí misma, el no lograr escribir algún poema que le significara algún atisbo de grandeza. Ya tenía cierto reconocimiento en los Estados Unidos, y algún nombre en Inglaterra. Pero Ted Hughes lo era todo para ella. Siempre. Desde el día mismo que le conoció, conoció con él la permanencia del amor y la seducción.

Sylvia dejó su último libro, Ariel, en el escritorio principal para que Ted lo hallara e hiciera lo posible para que la obra fuese publicada de cualquier manera. Ariel empezó a ser escrito días después de que Hughes la dejó, cuatro meses antes del suicidio, en un impulso de enorme lucidez poética. Tal episodio me recuerda a Alfred de Musset, el gran poeta francés, que sólo escribía poemas prodigiosos después de que le destrozaran el corazón. Sylvia siempre se quejaba de su sequía para escribir. Pues bien, necesitó ese golpe que le representó la separación con su esposo para dejarnos un libro verdaderamente extraordinario. En sus diarios publicados póstumamente en 1982, bajo la tutoría de Hughes, Sylvia manifiesta, después de publicar su primer libro, el poemario Coloso: “estoy fastidiada, inmovilizada, detenida. No llega el correo. No me han aceptado nada desde el primero de octubre. Y he mandado montones de poemas y relatos”. Yo le respondo humildemente a Sylvia, que sí, que ha llegado el correo, que han aceptado publicar todos tus poemas y relatos, incluso esa novela febril a la que le dedicaste tres páginas diarias llamada La campana de Cristal.

Pocos tienen el talento descomunal de Plath, salvo algunos casos, entre los cuales contamos a Rimbaud, Dickinson, Trakl, verdaderos hacedores de la palabra esencial. Estoy convencido, sin asomo de duda, que no tengo el talento de Sylvia, y no escribiré una obra majestuosa como Ariel. Pero tengo a Laura, mi hija, la Frieda de Sylvia Plath. Aquella pequeña mujer de sonrisa graciosa y espontánea es suficiente para asirme de varias ramas en el relámpago absurdo que resulta a veces, sólo a veces, la vida.


PALABRAS

Hachas después de cuyos golpes los sonidos del bosque
Y los ecos!
Ecos viajando
Lejos del centro como caballos.

La savia
Derramándose como lágrimas, como el
Agua al esforzarse
Por re- establecer su espejo
Sobre la roca.

La que chorrea y cambia
Su calavera blanca,
Comida por las verdes cizañas.
Años después
Las encontré en el camino.

Palabras secas y sin jinetes
De infatigables y ligeros-cascos

Cuando
Desde el fondo del estanque, las fijas estrellas
Gobiernan una vida.

(Versión de Raúl Racedo)

***
Vila-Matas para confabuladores
Por Iván Beltrán Castillo

Desde la aparición de Bartleby y compañía, una novela de culto entre los lectores alertas, el nombre de Enrique Vila-matas es sinónimo de transgresión, herejía y sorprendente invectiva narrativa, motivo por el que encabeza el listado de los escritores capaces de insuflar nueva vida y expedir partida de renacimiento al género de la novela, cuya muerte tiene tantos publicistas y plañideras en todo el mundo, pero que, como el vampiro que se despierta de un sueño de siglos en la oscuridad del sarcófago, siempre vuelve a levantarse y reemprender su batalla.

La identidad y sus fantasmas, el enigma ardiente de la creación, el intercambio o bricolage perpetuo entre la vida y la muerte, la tentación de no existir, el océano ficcional que recorre la realidad y la porción inmensa de absurdo y pánico inyectada en las rutinas de los hombres, son algunos de los temas que, de manera obsesiva, hermosa y feroz, recorren sus espléndidas páginas. Ha escrito más de una treintena de libros, donde los géneros parecen hacer intercambios, se auxilian, seducen y oxigenan unos a otros, y forman un concierto de momentos excepcionales, donde no faltan ni el erotismo, ni el sin-sentido del humor, ni la comprobación dolorosa, ni la sentencia metafísica, ni las visitas a los más reputados círculos del infierno.

Los títulos de sus obras –que aquí se enumeran en desorden y de memoria– son un verdadero llamado, un tam-tam ritual, un misterioso canto de sirenas: La asesina ilustrada, Hijos sin hijos, Suicidios ejemplares, Lejos de Veracruz, Extraña forma de vida, El viaje vertical, Historia abreviada de la literatura portátil, El mal de Montano, Perseguidores del abismo, Recuerdos inventados, Doctor Pasavento, París no se acaba nunca, Dietario Voluble, para acabar con los números redondos, El viajero más lento…

Nacido en Barcelona en 1948, Vila-matas ha tenido varias identidades: estudió derecho, fue periodista, hizo crítica de cine y alguna vez filmó dos cortometrajes. Su incansable labor –asediada de manera constante por la tentación del silencio– ha sido recompensada por numerosos premios, entre ellos: Premio Ciudad de Barcelona, Prix Meilleau Livre etrager (Francia), Premio internacional Ennio Flaianno y el prix medicis (Italia) Premio Herralde y Premio Romulo Gallegos.

La siguiente entrevista fue concedida por Vila-matas exclusivamente para Con-fabulación una semana antes de la entrada en escena de su nuevo libro. Las mayor parte de las obras de Vila-matas están editadas por Anagrama.


-Tú has desbordado los derechos de un autor frente a sus lectores, abandonando las convenciones y la etiqueta formal existente en la relación entre quién escribe y quien lee. Has exigido, seducido y en cierta medida cuestionado al lector, tantas veces un fantasma pasivo. ¿Cuál es el lector que vendrá y cuál el lector ideal con el que sueñas?
El lector ideal es el que he denomino “el lector activo”. En un reciente artículo explicaba que, en mi opinión, las mismas destrezas que se necesitan para escribir se precisan también para leer. Y decía que los escritores fallan a los lectores, pero también ocurre al revés y los lectores les fallan a los escritores cuando sólo buscan en éstos la confirmación de que el mundo es como lo ven en su pequeña pantalla. Entiendo que los nuevos tiempos traen esa revisión y renovación del pacto exigente entre escritores y lectores y que cabe esperar, parafraseando a Henry James, que pronto pueda decirse que unos y otros, trabajan con lo que tienen, y sus grandes dudas son su pasión, y esa pasión es precisamente su gran tarea… En cuanto al lector que vendrá, no sé, creo que el futuro es lo peor que hay en el presente.

-Escribir o no escribir parece ser una disyuntiva, casi shakesperiana, que asedia y perturba a tus criaturas. Algunos de tus personajes quieren conquistar el silencio y otros, como Montano, pretenden convertirse en centinelas —y quizá mártires— de la literatura. ¿Es este escribir o no escribir el tema prioritario y la reflexión urgente que debe plantearse todo creador ante las trampas y los rostros adversos del oficio?
Desde luego no pretendo ser un gurú para nadie. Soy una persona llena de incertidumbres. Y de contradicciones. Me gusta que me vean. Y me disgusta enormemente ser visto. Estas contradicciones –saber, por ejemplo, que uno tiene toda la razón del mundo en lo que dice y a la vez no tiene ninguna– van vigorizando la creación de mi personalidad doble, y hasta se diría que andan creándole a mi sombra una inesperada tendencia a doblarse y desdoblarse, como si yo no fuera más que una figura ahí abajo en la calle doblándose literalmente, partiéndose de risa en el más sesgado y último corredor de los pórticos que veo desde mi ventana, aquí en Barcelona.

-¿Qué dirías si postulo que tus personajes están intoxicados de imaginación?
Si me permites elegir, te diré que prefiero que no estén intoxicados y que traten de conservar al máximo la imaginación de los años libres, de los años de infancia, que son aquellos en los que ellos pudieron ser plenamente imaginativos. No negaré que lamentablemente algunos de mis personajes, cuando crecieron y vieron que perdían imaginación, se drogaron como desesperados para no perder toda la genialidad. Verles intoxicados es, para mí, un horrible espectáculo. Es uno de mis proyectos montarles un hospital, un lugar donde poder acogerlos. Yo, por mi parte, me dedico a “madurar hacia la infancia”, como dicen que hacía Vilém Vok, aunque no sé si Vok estaría de acuerdo con esta apreciación sobre él.

-Los géneros literarios parece exasperados entre sus moldes, y tus fusiones parecen ser el receptáculo de dicha desesperación. Me gustaría que me ilustraras al respecto.
Me gusta mucho –me parece deslumbrante– la mezcla de relato con ensayo que se inventó Sergio Pitol en los cuentos de Nocturno de Bujara. Pasa de la narración a la forma ensayística sin que apenas nos demos cuenta. Es cierto que a los pobres géneros los he maltratado, pero no ha sido con mala intención. Cuando uno conversa con otra persona, no lo hace siempre en el mismo tono, registro y género. De la misma forma, siempre me he sentido incapaz de tenerle que ser fiel a los códigos de un género porque eso habría coartado mi imaginación, mi libertad creativa. Pero vamos… Creo que esta trasgresión de los géneros hoy en día la practica ya mucha gente. Quizás en los primeros tiempos me trajo algunos problemas porque en España el retraso cultural y la desinformación o indiferencia acerca de lo que se hace en literatura, ha sido en ocasiones pavorosa. La literatura española es una cosa beata, a lo Beato Martin Garzo. Hay una ristra inmensa de extraños escritores que confunden el realismo con el realismo de hace dos siglos. Hace llorar de risa.

-La situación mundial no está para bromas –violencia, segregación, cinismo de los poderosos–. ¿Estaremos condenados a ver el triunfo de una raza de hijos sin hijos?
Lo decía Flaubert y ya han pasado casi dos siglos: “Llegará un tiempo en que todo el mundo se habrá convertido en hombre de negocios (para entonces, gracias a Dios, ya habré muerto). Peor lo pasarán nuestros sobrinos. Las generaciones futuras serán de una tremenda grosería.”

-¿Consideras como Pasavento y Walser que la invisibilidad, la negación del yo, la desaparición de la farsa de la identidad son un alto y encomiable ideal?
A veces. Pero no soy constante. Siempre me he forzado a la contradicción para evitar conformarme con mi propio gusto.

-En El viaje vertical, Federico Mayol hace su educación sentimental llegando a la vejez. A los escritores que no han escrito nada memorable nos atormenta el sinuoso deslizarse de los años, y por eso nos seduce tanto este personaje. ¿De verdad crees en la posibilidad de una iniciación en el crepúsculo?
Muchas veces creo en esa iniciación, sobre todo porque el crepúsculo no entra nunca en directa competencia con el tiempo. Siempre estamos en él, en el crepúsculo. En cuanto a lo de haber escrito o no algo memorable, te diré que conozco el caso dramático de alguien que ha escrito algo memorable y que se ve todo el rato obligado -como en la peor de las pesadillas- a ser el primero en tener que recordarlo.

-Según intuyo en Extraña forma de vida, el espionaje es connatural a todos los hombres. ¿Serán la novela y el cuento las formas refinadas y sutiles de este oficio?
Es connatural, sí. Donde mejor desarrollo el tema es en un cuento de Exploradores del abismo, el cuento del “bus 24”, que me lleva –pronto tendré que decir que me llevaba porque cambio de domicilio en los próximos meses– a mi casa de Barcelona. Allí, en ese bus, he espiado como un loco, sólo para poder escribir cuentos sobre lo que oigo. Y me considero, he de confesártelo con una sonrisa, un espía del 24 y lo que es lo mismo: un espía del realismo. Del realismo ortodoxo, del realismo de género únicamente. Y por ahí volvemos al tema de los géneros. Tras años de espionaje he podido apreciar que el realismo es, en efecto, un género, una simple convención muerta, está relacionado con un cierto tipo de trama tradicional, con principios y finales predecibles, trabaja con personajes redondos, y asume que el mundo se puede describir, lo que establece un vínculo ingenuamente estable entre palabra y referente.

-Los insignes miembros de la Conspiración Shandy, cuyo periplo fugaz ocupa las páginas de tu Historia abreviada de la literatura portátil, son acaso herederos y parientes de los que fundaron Tlön, Uqbar, Orbis Tertius? ¿Qué sabes de sus vínculos?
Puestos ya en el tema del realismo, te diré que los shandys y la gente de Tlön parece que coinciden en tener un lema escondido, el más breve que han tenido nunca las sociedades secretas. Pero no es todavía el momento de revelarlo.

-¿Puedes ilustrarme brevemente sobre tu nuevo libro, a punto de aparecer?
Se habla de un editor que es consciente de que la literatura se halla en el fin de una época. Es un editor retirado, algo aburrido y desesperado. Encuentra en lo apocalíptico la solución a sus males. Lejos de seguir entristecido por el fin de la era Gutenberg, cree ver muy claro que lo apocalíptico le ofrece la alegre y feliz paradoja de poder organizar un funeral en Dublín por la pobre literatura, es decir, le ofrece aquello de lo que más necesitado anda desde que se retiró: tener algo que hacer en el futuro. Hay mucho humorismo en ese funeral en Dublín. Y Joyce y Beckett están ahí, cada uno dominando la atmósfera de los dos capítulos principales. Yo creo que la novela, tal como se dice en una de sus páginas, es un paseo privado a lo largo del puente que enlaza el mundo casi excesivo de Joyce con el más lacónico de Beckett y que a fin de cuentas es el trayecto principal –tan brillante como depresivo- de la gran literatura de las últimas décadas: el que va de la riqueza de un irlandés que subió a la cumbre de la escritura (Joyce) a la deliberada penuria del otro, el clochard Beckett; de Gutenberg a Google; de la existencia de lo sagrado (Joyce) a la era sombría de la desaparición de Dios (Beckett).

***
Leopoldo “Teuco” Castilla

Poeta y ensayista argentino nacido en Salta en l947. Ha publicado veinticinco libros en todos los géneros literarios. En l976 se exilio en Madrid. Ha sido traducido al inglés, francés, alemán, portugués, italiano, sueco, turco, chino y ruso. El siguiente poema fue enviado exclusivamente para Con-Fabulación y pertenece a su libro Manada, que será editado por El Mono Armado.



EL HOMBRE se ve entero en el ojo del animal
dentro de una gota
cayendo todavía en el aluvión de los astros.
Y ve el tigre tatuado por las llamas del sol
el tigre
clandestino
pisando apenas para no incendiar los campos.

Mira la víbora, guante del rayo,
la astronomía de la araña,
los nervios del relámpago en la cebra,
los meteoritos de los escarabajos,
la noche insepulta del toro
y la lujuria planetaria del saurio.
Todo el cosmos preso en la manada.

Menos el colibrí que tiembla, fijo en el aire.

Ese
recién está llegando.

***
Palabras de Armando Rojas Guardia*

En la inauguración de la Subasta de obras de arte convocada en su ayuda

Un día de agosto de 1941 Simone Weil escribió: “La capacidad de prestar atención a un desdichado es cosa muy rara, muy difícil; es casi –o sin casi– un milagro. Casi todos los que creen tener esta capacidad, en realidad no la tienen”.

Sabemos la profunda pregnancia conceptual que poseen las palabras “desdicha” y “desdichado” en los textos de Simone Weil. A los fines de lo que me propongo decir en estas breves líneas, basta afirmar que “desdichado” es todo aquel que, por el solo hecho de sufrir de una u otra forma, me necesita. Para prestar atención a la interpelación moral que significa la existencia del hombre o la mujer que me necesitan, requiero vencer y superar la cuádruple tentación entrópica de la indiferencia, la apatía, la inercia y la comodidad dentro de una movilización psíquica y espiritual que empieza precisamente por la capacidad de estar atento al sufrimiento ajeno y culmina en el gesto –a menudo sacrificial, porque cuesta esfuerzo– de la solidaridad.

Esta subasta, y los eventos que la acompañan, son un auténtico milagro de la atención y la solidaridad. En un contexto histórico desgarradoramente difícil, repleto de problemas y penurias, este milagro debe ser calibrado sintomatológicamente; porque señala que todavía existen entre nosotros reservas intactas de generosidad y que mucha gente, atendiendo a un simple reclamo de la necesidad del otro, está dispuesta a apostar, material y simbólicamente por lo que ésta atención significa como resistencia espiritual ante la crisis.

Yo nada tengo, ni en palabras ni en gestos, que pueda dar cuenta de la magnitud de mi agradecimiento a todos aquellos que hicieron posible el milagro.

A propósito de esta deuda perenne de gratitud, deseo terminar repitiéndome una frase que me ha venido a la memoria durante todos estos días y que parece redactada para ser dicha, pasito y lentamente, en algunos de los más significativos momentos de la propia vida. Es de un relativamente oscuro escritor francés del siglo XVIII: Philippe de Saint-Martín. Dice así: “Estoy seguro que hay seres a través de los cuales Dios me ha amado”.

*Poeta y ensayista venezolano fundador del Grupo Tráfico. Una de las voces más vigorosas e ineludibles de la poesía venezolana.