
Fallece el escritor J.D. Salinger
El autor de El guardián entre el centeno, uno de los clásicos del siglo XX, tenía 91 años y vivió alejado de su fama durante las últimas cuatro décadas
El autor estadounidense J.D. Salinger, quien escribió el clásico de la literatura The Catcher in the Rye, ha fallecido en New Hampshire a los 91 años, según informa este jueves el diario The New York Times, que conoció la noticia a través del agente literario del escritor, quien ha explicado que Salinger falleció el miércoles en su casa de Cornish por causas naturales.
Publicado en 1951, El guardián entre el centeno se convirtió en un clásico del siglo XX gracias a la rabia de su personaje Holden Caulfield, el contestatario protagonista de la que es una de las novelas clave de las lecturas de juventud y adolescencia y que en la novela narraba sus experiencias quijotescas por la Gran Manzana.
El autor ha vivido recluido desde 1965, año en el que publicó su última obra, una colección de novelas cortas. Desde entonces, ha rechazado entrevistas y cualquier contacto con la vida pública. Anteriormente publicó títulos como Nine Stories (1953), Franney y Zooey (1961) y una colección de novelas cortas tituladas Rayse high the roof bean, Carpenters and Seymour: An introduction.
En 1974, en una de las pocas entrevistas que concedió desde su retirada, afirmó al New York Times la siguiente frase: "Me gusta escribir. Amo escribir, pero escribo sólo para mí mismo y para mi placer".
A mediados del pasado 2009, el escritor estadounidense presentó una demanda en Nueva York contra el autor, la editorial y la distribuidora de una nueva novela que se anunciaba como la secuela de su aclamada El guardián entre el centeno. Salinger, entonces de 90 años, quería evitar la publicación de la obra 60 Years Later: Coming Through the Rye. En la demanda, el escritor dejó constancia de que el frustrado libro se trataba "simple y puramente de un plagio". La llamada secuela presentaba, según la demanda, a Holden Caulfield recorriendo las calles de Nueva York tras escaparse de una residencia de ancianos en una trama ambientada unos sesenta años después de la época retratada en la obra original.
En su ostracismo, el autor se vio envuelto en otras tramas judiciales y recurrió a los tribunales en 1982 para impedir la publicación de una entrevista falsa en una revista estadounidense, mientras que en 1987 luchó para prohibir la impresión de una biografía que no había autorizado.
Este desdén por la publicidad y la empecinada defensa de su vida privada, tan alejada del culto a la exhibición y la fama de la cultura actual, han rodeado a Salinger de un "misterio" que los medios han retratado en artículos ocasionales.
El escritor tenía ya 32 años cuando debutó en 1951 con The Catcher in the Rye (El guardián entre el centeno), que le encumbró a lo más alto de la escena literaria. Su descripción de la alienación del protagonista, Holden Caufield, y la pérdida de inocencia de los adolescentes y su paso a la vida adulta, ha probado su perdurabilidad: aun ahora se venden cada año unos 250.000 ejemplares.
La primera edición de la novela, que fue controvertida por la libertad con la que describía la sexualidad y la rebeldía adolescente, puede encontrarse en eBay a precios que superan los 1.300 dólares. Salinger no ha publicado otro trabajo literario con su firma desde la novela Hapworth 16, 1924, que apareció en The New Yorker en junio de 1965. Y no ha concedido entrevistas desde 1980.
Una vida huyendo de la fama
Jerome David Salinger, hijo de un judío próspero importador de quesos kosher y de una escocesa-irlandesa convertida al judaísmo, creció en un apartamento de Park Avenue, en Manhattan, estudió durante tres años en la Academia Militar de Valley Forge y en 1939, poco antes de que lo enviara el Ejército a la guerra, tomó una clase sobre cuentos cortos en la Universidad de Columbia. Como soldado de infantería, participó en el desembarco aliado en Normandía en 1944 y durante sus primeros meses en Europa se las arregló para escribir cuentos.
De sus mayores, Salinger consideraba a Ernest Hemingway, a quien conoció en París, y a John Steinbeck como escritores de segunda categoría, pero expresó su admiración por Herman Melville. En 1945 se casó con una médico francesa de nombre Sylvia, de la cual se divorció. En 1955 se casó con Claire Douglas, unión que concluyó también en divorcio en 1967, cuando se acentuó la reclusión del escritor en su mundo privado y su interés en el budismo zen.
Las primeras historias cortas de Salinger se publicaron en revistas como Story, Saturday Evening Post, Esquire y New Yorker en la década de 1940, y la primera novela The Catcher in the Rye se convirtió de inmediato en la selección del Club del Libro del Mes y le atrajo enorme elogio internacional.
La fama envió a Salinger a la evasión de la atención pública, su renuencia a las entrevistas y su rechazo del escrutinio de su vida privada que se han mantenido hasta su muerte.
En los últimos años, la atención mediática que tanto rehuía volvió a posarse en el autor, debido a la publicación de dos libros de memorias escritas por dos personas allegadas a él: su ex amante Joyce Maynard y su hija
Margaret Salinger.El autor de El guardián entre el centeno, uno de los clásicos del siglo XX, tenía 91 años y vivió alejado de su fama durante las últimas cuatro décadas
El autor estadounidense J.D. Salinger, quien escribió el clásico de la literatura The Catcher in the Rye, ha fallecido en New Hampshire a los 91 años, según informa este jueves el diario The New York Times, que conoció la noticia a través del agente literario del escritor, quien ha explicado que Salinger falleció el miércoles en su casa de Cornish por causas naturales.
Publicado en 1951, El guardián entre el centeno se convirtió en un clásico del siglo XX gracias a la rabia de su personaje Holden Caulfield, el contestatario protagonista de la que es una de las novelas clave de las lecturas de juventud y adolescencia y que en la novela narraba sus experiencias quijotescas por la Gran Manzana.
El autor ha vivido recluido desde 1965, año en el que publicó su última obra, una colección de novelas cortas. Desde entonces, ha rechazado entrevistas y cualquier contacto con la vida pública. Anteriormente publicó títulos como Nine Stories (1953), Franney y Zooey (1961) y una colección de novelas cortas tituladas Rayse high the roof bean, Carpenters and Seymour: An introduction.
En 1974, en una de las pocas entrevistas que concedió desde su retirada, afirmó al New York Times la siguiente frase: "Me gusta escribir. Amo escribir, pero escribo sólo para mí mismo y para mi placer".
A mediados del pasado 2009, el escritor estadounidense presentó una demanda en Nueva York contra el autor, la editorial y la distribuidora de una nueva novela que se anunciaba como la secuela de su aclamada El guardián entre el centeno. Salinger, entonces de 90 años, quería evitar la publicación de la obra 60 Years Later: Coming Through the Rye. En la demanda, el escritor dejó constancia de que el frustrado libro se trataba "simple y puramente de un plagio". La llamada secuela presentaba, según la demanda, a Holden Caulfield recorriendo las calles de Nueva York tras escaparse de una residencia de ancianos en una trama ambientada unos sesenta años después de la época retratada en la obra original.
En su ostracismo, el autor se vio envuelto en otras tramas judiciales y recurrió a los tribunales en 1982 para impedir la publicación de una entrevista falsa en una revista estadounidense, mientras que en 1987 luchó para prohibir la impresión de una biografía que no había autorizado.
Este desdén por la publicidad y la empecinada defensa de su vida privada, tan alejada del culto a la exhibición y la fama de la cultura actual, han rodeado a Salinger de un "misterio" que los medios han retratado en artículos ocasionales.
El escritor tenía ya 32 años cuando debutó en 1951 con The Catcher in the Rye (El guardián entre el centeno), que le encumbró a lo más alto de la escena literaria. Su descripción de la alienación del protagonista, Holden Caufield, y la pérdida de inocencia de los adolescentes y su paso a la vida adulta, ha probado su perdurabilidad: aun ahora se venden cada año unos 250.000 ejemplares.
La primera edición de la novela, que fue controvertida por la libertad con la que describía la sexualidad y la rebeldía adolescente, puede encontrarse en eBay a precios que superan los 1.300 dólares. Salinger no ha publicado otro trabajo literario con su firma desde la novela Hapworth 16, 1924, que apareció en The New Yorker en junio de 1965. Y no ha concedido entrevistas desde 1980.
Una vida huyendo de la fama
Jerome David Salinger, hijo de un judío próspero importador de quesos kosher y de una escocesa-irlandesa convertida al judaísmo, creció en un apartamento de Park Avenue, en Manhattan, estudió durante tres años en la Academia Militar de Valley Forge y en 1939, poco antes de que lo enviara el Ejército a la guerra, tomó una clase sobre cuentos cortos en la Universidad de Columbia. Como soldado de infantería, participó en el desembarco aliado en Normandía en 1944 y durante sus primeros meses en Europa se las arregló para escribir cuentos.
De sus mayores, Salinger consideraba a Ernest Hemingway, a quien conoció en París, y a John Steinbeck como escritores de segunda categoría, pero expresó su admiración por Herman Melville. En 1945 se casó con una médico francesa de nombre Sylvia, de la cual se divorció. En 1955 se casó con Claire Douglas, unión que concluyó también en divorcio en 1967, cuando se acentuó la reclusión del escritor en su mundo privado y su interés en el budismo zen.
Las primeras historias cortas de Salinger se publicaron en revistas como Story, Saturday Evening Post, Esquire y New Yorker en la década de 1940, y la primera novela The Catcher in the Rye se convirtió de inmediato en la selección del Club del Libro del Mes y le atrajo enorme elogio internacional.
La fama envió a Salinger a la evasión de la atención pública, su renuencia a las entrevistas y su rechazo del escrutinio de su vida privada que se han mantenido hasta su muerte.
En los últimos años, la atención mediática que tanto rehuía volvió a posarse en el autor, debido a la publicación de dos libros de memorias escritas por dos personas allegadas a él: su ex amante Joyce Maynard y su hija
Articulo : http://www.elcultural.es 05/02/2010
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A veces el silencio abruma más que la presencia mil veces repetida en todos los medios. Norman Mailer o Truman Capote, por ejemplo, no desperdiciaron una sola ocasión para publicitarse, hasta convertirse en caricaturas de sí mismos.
J. D. Salinger, en cambio, logró a lo largo de sus últimos 40 años de vida que nada trascendiese sobre él. Quien se atrevía a traspasar los muros de su privacidad se enfrentaba, de inmediato con una querella paralizante. No quería ser visto, leído, ni admirado. No quería ser.
Por eso, su muerte, el pasado 27 de enero en su casa del condado de Cornish, New Hampshire (EE.UU), de muerte natural, ha sorprendido menos a sus lectores de lo esperado. Para muchos llevaba décadas muerto.
Para todos quien sigue vivo, y para siempre, es Holden Caulfield, el protagonista de El guardian entre el centeno, el libro que le dio fama mundial.
El efecto Caulfield
El impacto de este libro en los lectores de los 70 millones de ejemplares que se han vendido en todo el mundo fue legendario: se dice que Mark David Chapman compró un ejemplar del libro la mañana del 8 de diciembre de 1980, escribió en él "Ésta es mi declaración", lo firmó y se lo llevó a la entrada del Edificio Dakota donde horas más tarde asesinaba a balazos a John Lennon. Tras los disparos, leyó tranquilamente el libro hasta que llegó la policía.
Publicado en 1951, cuando Salinger tenía 32 años, el libro que sería traducido al español en 1961 en Buenos Aires como El cazador oculto y que los lectores españoles conocen hoy como El guardián entre el centeno -en la polémica traducción de Carmen Criado para Alianza-, se convirtió inmediatamente en un clásico del siglo XX.
Su protagonista, un adolescente perdido, cínico, rebelde y tierno, llamado Holden Caulfield, escapaba de su descolorida vida escolar para vivir la aventura de la Gran Ciudad, una Nueva York de hoteles, solitarios y prostitutas, con el pensamiento siempre puesto en su adorada hermana Phoebe.
El guardián entre el centeno ha sido durante décadas una de las novelas clave de legiones de jóvenes, adolescentes y adultos. Cada año se vende 250.000 ejemplares .
Tras la aparición de su novela de hechuras míticas, el autor apenas escribió algunos relatos y novelas cortas como Nueve cuentos (1953), Franney y Zooey (1961) y Raise high the roof bean, Carpenters and Seymour: An introduction.
Salinger, el fugitivo de “talento infinito”
En 1965, J. D. Salinger desapareció, se esfumó y se negó a publicar nada más hasta su muerte. Ni novelas, ni artículos, ni entrevistas o fotografías, las únicas instantáneas conocidas durante todos estos años son robados a duras penas, desde la lejanía o auténticos atracos a mano armada, como su famosa instantánea a la entrada de un supermercado. El inicio de semejante y radical retiro no fue parejo, sin embargo, a una suspensión de su quehacer literario.
Según parece, Salinger siguió escribiendo sin pausa hasta el fin. En 1974, en una de las escasas y parcas entrevistas que concedió desde su retirada, afirmaba al New York Times: "Me gusta escribir. Amo escribir, pero escribo sólo para mí mismo y para mi placer".
El escritor al que Ernst Hemingway adjudicaría un "talento infinito" -Salinger, sin embargo, más adelante le denostaría, como también a Steinbeck y a otros escritores norteamericanos de entre los que salvaba únicamente a Melville- había nacido en Manhatan en 1919, hijo de un judío próspero importador de kosher y de una escocesa-irlandesa convertida a la religión de su marido. Comenzó a escribir desde los primeros compases de la adolescencia, iluminado bajo las sábanas por una linterna en el apartamento de Park Avenue en el que vivía junto a su familia. Y siguió escribiendo durante los cuatro años que sirvió en el Ejército. Como soldado de infantería participaría en el desembarco aliado en Normandía en 1944, acompañado siempre por su máquina de escribir, y sufriría en primera línea, como tantos jóvenes de su época, los horrores bélicos que plasmaría en algunos de sus cuentos.
Y Caulfield se topó con la censura española
Al regreso de la contienda, en 1945, se casó con una doctora francesa llamada Silvia, de la que un año después se divorciaría, y comenzó a publicar sus historias cortas en revistas como Story, Saturday Evening Post, Esquire y, finalmente, New Yorker, donde alcanzaría fama y prestigio internacional. En 1951, con apenas 32 años, dio a la imprenta una novela adolescente insólita, reflejo del ancestral miedo infantil a la asunción de responsabilidades que conlleva la madurez, que inmediatamente se convirtió en un fenómeno literario mundial sin parangón. El guardián entre el centeno no fue una novela fácil para la época. Su libérrima descripción de las torpes vicisitudes sexuales de su protagonista, y la rebeldía y el desenmascaramiento de las imposturas sociales de las que hacía gala el joven Caulfield provocaron un gran revuelo y retrasaron su publicación en países como España hasta 1977, tras el fin de la Dictadura. De la primera edición estadounidense pueden adquirirse hoy ejemplares en Ebay por unos 1.300 dólares.
Tras la aparición de El guardián entre el centeno, J. D. Salinger fue parco en novedades literarias,más allá de las ya citadas recopilaciones de relatos pobladas por niños y personajes disfuncionales y perturbados. Y desde 1964 el silencio. Huyendo quizás de la fama, amante de un quehacer, el de la escritura, que no parecía necesitar para él de la aprobación de lector alguno, su renuencia a las entrevistas y su rechazo del escrutinio de su vida privada se tornaron legendarias, acrecentando un misterio que paradójicamente le convirtió en el autor más deseado y buscado del siglo.
Últimas aventuras del espectro
¿Qué puede decirse de los cuarenta años en los que la presencia pública de Salinger apenas adquirió una entidad más consistente que la de un espectro? Poca cosa, algo más ya al final de su vida, debido a las dos o tres polémicas que le obligaron a defender su obra y las intromisiones en su vida. En 1955 se había casado con Claire Douglas, unión que duraría 12 años hasta que se divorció en 1967. En tal separación parece ser que influyeron los primeros flirteos del escritor con el orientalismo y los cultos místicos que más tarde se tornarían auténticas pasiones que le acercarían a sectas como la Cienciología. En 1982 reurrió a los tribunales para impedir la publicación de una entrevista falsa en una revista estadounidense, mientras que en 1987 intentó sin éxito que se prohibiera la impresión de una biografía que no había autorizado.
Todo oscurantismo remite en el imaginario público a la excentricidad y a la necesidad de ocultar conductas y pulsiones inadecuadas. En el caso de Salinger tales impresiones parecieron confirmarse cuando salieron a la luz las memorias de su ex amante Joyce Maynard y su hija Margaret Salinger, de las que emergía el perfil de un ególatra e impulsivo mujeriego que ingería su propia orina y cuyas obsesivas afecciones religiosas turbaron seriamente su raciocinio. Pero la acusación principal de su hija Margaret fue la de haber arrastrado a toda su familia a su enfermiza reclusión, lo que llegó a situarla al borde del suicidio.
A mediados del pasado 2009, el escritor estadounidense presentó una demanda en Nueva York contra el autor, la editorial y la distribuidora de una nueva novela que se anunciaba como la secuela de su aclamada El guardián entre el centeno. Salinger, entonces de 90 años, quería evitar la publicación de la obra 60 Years Later: Coming Through the Rye. En la demanda, el escritor dejó constancia de que el frustrado libro se trataba "simple y puramente de un plagio". La llamada secuela presentaba, según la demanda, a Holden Caulfield recorriendo las calles de Nueva York tras escaparse de una residencia de ancianos en una trama ambientada unos sesenta años después de la época retratada en la obra original. El pasado verano un juez dio a Salinger la razón y prohibió su publicación.
¿Filmaciones inéditas?
La más sorprendente noticia tras la muerte del genio huraño y obsesivo que inventó al inquieto y vivísimo Holden Caulfield ha sido la existencia de un documental de más de dos horas sobre su vida rodado por el cineasta Shane Salerno que podría incluir una esperadísima entrevista a Salinger de unos cinco minutos. Fruto del trabajo de cuatro años y aún sin fecha de estreno, la cinta ofrecería filmaciones inéditas del autor y en ella habrían participado más de 150 personas, desde sus compañeros de The New Yorker a escritores como Tom Wolfe, E. L. Doctorow o Gore Vidal y actores como Philip Seymour Hoffman o Martin Sheen. Más combustible pues, junto con la posible publicación de la producción literaria inédita fruto de más de cinco décadas de escritura, para el crecimiento geométrico de una leyenda cuyos perfiles futuros se antojan imposibles de imaginar.
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La segunda muerte de J. D. Salinger
Por Rafael NARBONA
La muerte de J. D. Salinger (Nueva York, 1919) parece irreal porque su vida se había escamoteado a la opinión pública desde 1965, internándose en un silencio deliberado y estricto. Sin la resonancia trágica de Ambrose Bierce, que desapareció en el fragor de la Revolución mexicana, Salinger adquirió la estatura del mito al repudiar la popularidad que había adquirido con El guardián entre el centeno (1951), donde Holden Caulfield encarnaba la rebeldía de la joven burguesía americana, reacia a aceptar la educación de unos padres conformistas y autocomplacientes. La novela no pretendía inculcar nuevos valores ni promover el cambio social. Sólo era la certificación de un fracaso que anunciaba un porvenir de escepticismo, desencanto y desencuentros generacionales. No es casual que poco después, Nicholas Ray dirigiera Rebelde sin causa (1955), donde se confirmaba que la guerra del 45 había constituido efectivamente la derrota del fascismo, pero también había liberado un profundo malestar. Los jóvenes no se dejaban educar porque el mundo había perdido en la fe en dogmas e ideologías.
El guardián entre el centeno revelaba que Salinger era un prosista excepcional, con grandes dotes para la narración y la creación de personajes, capaz de combinar la introspección con el humor y el absurdo. En 1953, aparecerían Nueve cuentos, donde se apreciaba la huella de Scott Fitzgerald, pero con el lastre de una metafísica alimentada por las religiones orientales y cierto énfasis retórico. Esas limitaciones se repetían en Fanny y Zooey (1961) y Levantad carpinteros la viga maestra (1963), relatos o novelas breves protagonizados por la familia Glass, una colección de seres improbables que reproducían la mezquindad de una América ebria de prejuicios. Hapworth 16 sería el último cuento de la saga. Después, el silencio o, más exactamente, el ruido. Convertido en personaje de ficción (Descubriendo a Forrester), su hija Margaret publicó unas memorias que le acusaban de una incurable afición a las jovencitas y una perversidad que le empujaba a comportarse como un tirano o un depravado sexual. No sabemos si realmente era así (un ogro atormentado por su experiencia en la Segunda Guerra Mundial), pero es inevitable que la noticia de su muerte nos produzca cierta incredulidad. Tal vez no se trate más que de una notable exageración, como ya sucedió con Mark Twain o del ardid de un mago que ha conseguido realizar el truco perfecto, extraviándose para siempre en una chistera de doble fondo.
Articulo : http://www.elcultural.es 05/02/2010
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Una evaluación; El legado literario del autor estadounidense
J.D. Salinger: sobre la angustia de los adolescentes y la alienación de un autor
Por Michiko KAKUTANI
THE NEW YORK TIMES
Salinger fue capaz de describir los escondrijos de la psiquis de su joven narrador, evocando al mismo tiempo una Manhattan sofisticada, post Scott Fitzgerald, post II Guerra Mundial. Y no sólo domesticó las innovaciones de los grandes modernistas -su habilidad para manipular los monólogos interiores, para indagar en las vidas internas de sus personajes-, sino que también presagió los personajes auto-inventariados de Philip Roth y Saul Bellow.
Lo que realmente impactó a los lectores en "El guardián entre el centeno" fue el lenguaje tan maravillosamente cercano que J.D. Salinger creó para Holden Caulfield -un lenguaje que le permitió canalizar los pensamientos, ansiedades y frustraciones de un muchacho de 16 años, un lenguaje que evaluaba con escepticismo al mundo, denunciando a su gente falsa, hipócrita y latera-.Salinger tenía un radar tan infalible para los sentimientos de angustia, vulnerabilidad y rabia de los adolescentes que el "Guardián"," publicado en 1951, continúa siendo uno de los primeros libros de los que se enamoran los adolescentes -un libro que expresa íntimamente lo que significa ser joven y sensible y precozmente existencial, un libro que los despierta por primera vez a las posibilidades de la literatura-.
Ya sea Holden o los pequeños genios Glass o el soldado con trastornos psicológicos de "Para Esmé - Con amor y sordidez"-, los personajes de Salinger tienden a ser forasteros, viajeros espirituales que han naufragado en un mundo vulgar y materialista, desadaptados que nunca han superado los sentimientos de alienación de la adolescencia. Se identifican con los niños y se aferran a la inocencia de la infancia con una ferocidad que limita con la desesperación: Holden desea ser el guardián entre el centeno que impide que los niños caigan de un barranco; Seymour conversa con una niñita en la playa sobre los peces banana antes de subir a su cuarto de hotel y dispararse en la cabeza.
Escondrijos de la psiquis
Estos personajes tienen ansias de alguna mayor verdad espiritual, pero al mismo tiempo tienden a tener una visión adolescente del mundo y a dividir a la gente en categorías: los auténticos y los falsos, los que comprenden "la principal corriente de poesía que fluye a través de las cosas" y aquellos idiotas ordinarios e ignorantes que nunca la comprenderán -una categoría demasiado extensa que incluye a todos, desde pomposos estudiantes universitarios que repiten como loros teorías de crítica literaria de moda, gente elegante y bien alimentada que va al teatro, hasta charlatanes satisfechos de sí mismos que cuentan cada jugada de un juego de fútbol o usan con orgullo chalecos a cuadros sin mangas.
Al igual que Franny, los personajes de Salinger piensan que "todo lo que hacen todos es tan - no sé - no malo, ni siquiera mezquino, o necesariamente estúpido, pero tan pequeño y sin sentido y entristecedor". Salinger fue capaz de describir los escondrijos de la psiquis de su joven narrador, evocando al mismo tiempo una Manhattan sofisticada, post F. Scott Fitzgerald, post II Guerra Mundial -un mundo que le era familiar a sus lectores de Nueva York, rodeados del Radio City Music Hall, Bergdorf Goodman y Central Park (donde Holden se pregunta sobre los patos en la laguna y dónde van cuando se hiela en el invierno)-. De este modo, no sólo domesticó las innovaciones de los grandes modernistas - su habilidad para manipular los monólogos interiores, para indagar en las vidas internas de sus personajes-, sino que también presagió los personajes auto-inventariados de Philip Roth y Saul Bellow, y las meditaciones "mirándose al ombligo" de los autores de las futuras Generaciones del Yo.
El gesto decidor
Algunos críticos desestimaron el encanto fácil y superficial de la obra de Salinger, acusándolo de lindura y sentimentalismo, pero obras como "El Guardián", "Franny y Zooey" y sus cuentos cortos más conocidos tendrían gran influencia sobre varias generaciones de escritores. Sus mejores obras muestran un lenguaje coloquial e idiomático, su don extraordinario para el ventrilocuismo, su agilidad para crear cuentos dentro de cuentos, como asimismo su oído infalible para el lenguaje cosmopolita de los neoyorquinos (lo que él llamó "Oído para los ritmos y cadencias del lenguaje coloquial") y su visión con radar para hallar el gesto decidor - el cigarrillo que se prende con nerviosismo, la mirada de rayos X, el beso cohibido sobre la plataforma de la estación-.
Así como Holden Caulfield, los niños Glass -Franny, Zooey, Buddy, Seymour, Boo Boo, Walt, Waker- surgirían como avatares de la angustia adolescente y la propia postura alienada de Salinger frente al mundo. Brillantes, encantadores y gregarios, tienen la habilidad de su creador para entretener, y llaman al lector a identificarse con su inteligencia, su sensibilidad y su febril manera de ser especiales. Y, sin embargo, a medida que surgen los detalles de sus vidas en una serie de historias, se hace evidente que hay un lado más oscuro en su alienación: una tendencia a ser condescendientes con las masas vulgares, una obsesión familiar casi incestuosa y una dificultad para relacionarse con los demás que terminarán en crisis emocionales y en el caso de Seymour, en suicidio. "Ni tú ni Buddy saben cómo hablarle a la gente que no les gusta", dice la madre de Zooey, añadiendo: "No puedes vivir en el mundo con simpatías y antipatías tan fuertes".
Con el tiempo, la obra de Salinger se fue haciendo más elíptica. Cuentos prolijos y bien hechos como "Un día perfecto para el pez banana" dio paso al aún más prolijo "Zooey" y los rumiantes e informes textos de "Seymour: Una introducción"; y a medida que sus cuentos sobre la familia Glass se fueron haciendo cada vez más autoconscientes y autorreferentes, los lectores se fueron dando más cuenta del solipsismo de aquel invernadero de familia de genios.
"Seymour" es un largo e irritante monólogo de Buddy Glass sobre su hermano difunto, que fusiona tímidamente la identidad de Buddy con la de Salinger (jugando el tipo de juegos de espejo que Philip Roth jugaría con sus héroes semiautobiográficos). Y "Hapworth 16, 1924" (que apareció en la revista "New Yorker" en 1965) adopta la forma de una carta ampulosa, llena de digresiones, ostensiblemente escrita desde un campamento de verano por Seymour, un niño de siete años. El cuento sirve de hecho como una historia revisionista de la familia Glass y es una especie de burla a la defensiva de Salinger a sus críticos. Habiendo sido acusado de querer demasiado a sus personajes, de ser demasiado encantadoramente superficial, el autor nos da una nueva visión de uno de sus héroes, transformando al Seymour que solía ser un santito -el "unicornio de rayas azules" de la familia, el "genio asesor" y "conciencia portátil"- en un niño insoportable, dado a ataques de rabia y fanfarronerías intelectuales inverosímiles.
Ese cuento -la última obra publicada en vida del autor- no sólo reflejaba el propio distanciamiento del mundo al estilo Glass de Salinger, sino que subrayaba su propio temor a "desaparecer por completo, en mis propios métodos, locuciones y gestos". Sin embargo, por ácido y autorreflexivo que haya sido ese cuento, nunca eclipsaría el logro del "Guardián" en las mentes de los "fans" de Salinger. Una novela que continúa impactando a la gente, una novela, si realmente desean saberlo, que sigue siendo atesorada, casi seis décadas después de ser publicada por primera vez, por su retrato perfecto de la adolescencia y su indispensable héroe.
Obras publicadas
EL GUARDIÁN ENTRE EL CENTENO
Edhasa (Océano), Barcelona, 2008, 232 páginas. $8.950
Su protagonista, y voz narradora, es Holden Caulfield, hijo de una familia judía adinerada. Holden ha sido expulsado del colegio antes de las vacaciones de Navidad y tiene miedo a enfrentarse con sus padres. Pasa tres días en Nueva York y cuenta lo que le sucede en ese intervalo entre el colegio y su casa.
NUEVE CUENTOS
Edhasa (Océano), Barcelona, 2008, 286 páginas. $9.550
En estos nueve cuentos se observa claramente el carácter unitario del mundo creado por Salinger. El primero de ellos, que narra el trágico desenlace de Seymour (vinculando el relato con Levantad, carpinteros, la viga del tejado ), permite conocer el modo de operar de Salinger con sus historias, a menudo autobiográficas.
FRANNY Y ZOOEY
Edhasa (Océano), Barcelona, 2004, 209 páginas. $9.050
La primera historia la protagoniza Franny Glass, una estudiante de pregrado en una prestigiosa escuela de arte que se siente desencantada con el egoísmo y la falta de autenticidad que ve a su alrededor. El segundo relato lo protagoniza su hermano Zooey, un joven superdotado que le ofrecerá ayuda a Franny.
LEVANTAD, CARPINTEROS, LA VIGA DEL TEJADO Y SEYMOUR: UNA INTRODUCCIÓN
Edhasa (Océano), Barcelona, 2004, 200 páginas. $15.680
Este volumen recoge dos relatos extensos. Buddy está realizando el servicio militar durante la II Guerra Mundial y obtiene un permiso para asistir a la boda de su hermano Seymour, siendo el único de la familia que puede asistir. En la otra historia, el narrador introduce al lector en el mundo de Seymour con elementos del budismo Zen, el haiku y la filosofía hindú vedanta.
Una batalla salingeriana
Pertenezco a la generación de quienes descubrimos a Salinger cuando íbamos en el colegio. Nos tocó leerlo de forma obligatoria, memorizarnos los nombres de Holden Caulfield y compañía para responder una estúpida prueba que ya todos olvidamos. Pero a Salinger no lo olvidamos. Al contrario, terminó siendo una invitación a leer, a entender que en los libros había un mundo con el que uno podía identificarse.
Por supuesto que no fuimos los primeros. Antes, por estos lados, Alberto Fuguet ("Mala Onda") y Rodrigo Fresán ("Historia argentina") ya habían entendido aquello y se habían transformado en salingerianos absolutos, haciéndoles guiños a "El guardián entre el centeno" y "Nueve cuentos" en sus primeros libros. Ellos, y nosotros, creceríamos con Salinger como un héroe adolescente, y Holden Caulfield como un Peter Pan oscuro del siglo XX.
Y es cierto que a ratos la leyenda se comía a Salinger, pero sus historias sustentaban el entusiasmo. Por eso no es errado pensar que influyó a toda una generación de narradores norteamericanos (Lethem, Chabon, Foster Wallace), teniendo como gran heredero a Ann Beattie y su "Postales de invierno", libro que marcó los años setenta en Estados Unidos, convirtiéndose, para muchos, en "El guardián entre el centeno" de aquellos tiempos. Una historia en la que los jóvenes protagonistas recorrían una ciudad invernal, mientras sufrían por amor y esperaban que apareciera un nuevo disco de Bob Dylan.
De alguna forma, esos adolescentes salingerianos nunca han dejado de existir, nunca han aceptado convertirse en adultos y formar una familia disfuncional como los Glass. Y todo, a pesar de que un día Salinger, el eterno guardián entre el centeno, decidió encerrarse en su casa de New Hampshire y guardar silencio. Un silencio que pareció ser la única forma de seguir luchando contra una vida llena de adultos infelices, aburridos, insoportables.
Articulo:
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Sin Salinger
Por David TRUEBA
Recuerdo que hace ya muchos años, cuando estudiaba Periodismo, surgió una duda profesional. Si mañana muriera el hombre invisible, ¿qué foto de portada elegirías para ilustrar la información? Hace pocos días murió el escritor J. D. Salinger y nadie tuvo el acierto de colocar un espacio de foto en blanco. Qué hermoso homenaje habría sido.
Este escritor, celebridad mundial a raíz de la publicación de su novela El guardián entre el centeno, decidió retirarse del ojo público y no someterse a ninguna forma de presencia mediática. El resultado es que tuvo más presencia mediática que la mayoría de los que rabian por sus cinco minutos de fama.
Salinger se convirtió en un símbolo del siglo XX precisamente por negar lo que el siglo XX impuso como normal: la presencia pública. Sus personajes, desde Holden Caulfield a los hermanos Glass, que fueron celebridades cuando críos gracias a un concurso de radio, son adolescentes decepcionados por lo real, inadaptados que justifican muchos rencores equivocados, y que se confunden con el desafío antisistema de su autor. Pero pocos recuerdan que uno de sus hermosos libros de cuentos lo dedicó Salinger al lector amateur, al que lee sin más, quizá en prevención de tantos lectores prejuiciados que fabricaría el siglo de la sobreinfor-mación.
Salinger salía en los medios con constancia por el hecho de no querer salir. Tan pronto era una amante que desvelaba detalles, un rumor de fallecimiento, un supuesto manuscrito entregado para publicación, un juicio para impedir la secuela de su libro más famoso, una biografía turbia, el relato de un familiar y finalmente la foto de él mismo negándose a ser fotografiado a la salida de un supermercado, foto que es ya retrato oficial de quien no quiere salir en la foto.
Es interesante esa lucha entre la no presencia y la presencia. Nadie escapa a la vulgaridad de la vida, al vampirismo del tiempo que nos ha tocado vivir. No en vano, al día siguiente de morir un escritor tan leído, la prensa destapó el cotilleo de que de joven estuvo enamorado de Oona O'Neill, pero Charlie Chaplin se la levantó. Bueno, pues vale. Qué terca es nuestra civilización, nuestra forma de ser. Sólo hay una cosa clara: sea quien sea el muerto necesitamos una foto para la portada.
Articulo: http://www.elpais.com 06/02/2010
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Sin juicio
Por David TRUEBA
Mantener debate sobre un asunto serio en la televisión se parece cada vez más a leer a Heidegger por los altavoces de un estadio de fútbol. Puede que sea una iniciativa loable, pero antes de echarse al monte tendrían que darse las condiciones de salubridad mínimas. Asistir a un debate vociferante sobre la pertinencia de incluir la cadena perpetua en nuestro Código Penal no puede desarrollarse en un medio tan caliente como el televisivo. Porque al final es como hacer natación acuática sincronizada en una charca contaminada. Y cuando sucede finalmente, salimos todos manchados.
Si en la muerte del escritor Salinger pudimos divertirnos a costa de su pelea por no existir y su tremendo fracaso frente al poder mediático, en el caso del muchacho conocido como El Rafita creo que no tenemos muchas razones para reír. Todo en su relevancia mediática es negativo, desde los seguimientos durante los intentos de reinserción hasta la vigilancia alegal con cámaras ocultas. Nadie podrá devolver a los familiares de Sandra Palo, la joven asesinada por él en compañía de otros, aquello que les fue arrebatado. Ni tan siquiera la justicia consuela del dolor, porque no se inventó con esa finalidad, sino con la de hacer el mundo razonable y vivible. Hemos de asumir que esta labor a veces incomprendida, rara, nada consoladora, se ejerce desde la frialdad y la cordura, jamás desde el desgarro o el ensañamiento. Sin embargo, los medios de comunicación pretenden asumir a ratos un valor superior al que les ha sido concedido. Lo que comenzó como una denuncia de la absoluta falta de coordinación de los servicios de vigilancia, se acaba convirtiendo en toda una cascada de disparates informativos, donde ciertas televisiones se entregan a la caza del delincuente como si grabar su imagen, robarle unas palabras fuera de tono o provocar su nueva huida desesperada, fueran una nueva forma de justicia mediática que consolara el dolor de las familias por medio del linchamiento público. No sé si es sano querer detentar ese poder, como si las cámaras fueran el ojo de Dios del que nunca te librarás y te perseguirá de por vida. Es demoledor pensar que Dios o el tribunal correspondiente puedan ser sustituidos por Telecinco o alguna otra cadena de nuestro espectro audiovisual.
Articulo: http://www.elpais.com 06/02/2010
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TRIBUNA:
La ternura entre el centeno
Por Jorge URDÁNOZ GANUZA
Detrás de Holden Caulfield y de sus andanzas por Nueva York hay algo que va más allá de la literatura. La emoción que provoca el personaje de J. D. Salinger, que murió hace unos días, poco tiene que ver con la moral
Estoy bastante seguro de qué es lo que diría Holden Caulfield, el protagonista de El guardián entre el centeno, si se enterara de que todos andamos ahora hablando de él a cuenta de la muerte de su padre literario, J. D. Salinger: "Para serte sincero, me da cien patadas". Y a renglón seguido añadiría: "Si lo piensas bien, tiene su gracia".
¿Por qué se ha convertido Holden Caulfield en el ídolo de millones y millones de personas desde que vio la luz en 1951? ¿Qué alberga su relato para lograr esa devoción que despierta en muchísimos de sus lectores? ¿Por qué tantos volvemos, cada cierto tiempo, a leer una historia que ya conocemos de memoria? Hay una explicación literaria, por descontado: un talento narrativo excepcional. Pero eso no es suficiente para convertir a una novela en un fenómeno de masas. Detrás de Holden y de sus andanzas por Nueva York hay algo más, algo que va más allá de la literatura. Una emoción que me atrevería a calificar de moral.
Enseguida volveremos a ello, pero antes demos un paseo por los alrededores del autor y por su mística. Poco después de que la novela lo lanzara a una fama que pronto descubrió que detestaba, Salinger abandonó Manhattan para encerrarse en un pueblecito de New Hampshire que ya no abandonaría en vida.
Pidió que eliminaran su foto de las sucesivas ediciones del libro. No dejó nunca de escribir, pero apenas publicó nada. Jamás concedió una entrevista, tan sólo un reportaje en una revista escolar del instituto local y una llamada por teléfono al New York Times en 1974 para quejarse de una edición no autorizada de su obra. Ese aislamiento alimentó su leyenda.
Al predicamento de eremita del autor -es el escritor esquivo en el que se basan películas de Hollywood como El Campo de los Sueños o Buscando a Forrester- le acompañó pronto la extraña aureola que se generó alrededor de su única novela.
Antes de matarlo, Mark Chapman le pidió a John Lennon que le firmara un libro. Era El guardián. También era El guardián el libro que leía el perturbado que intentó asesinar a Reagan. Y El guardián tiene un papel crucial en la película Conspiración, protagonizada por Mel Gibson, un papel relacionado igualmente con asesinatos y misterios policiales.
Hay en efecto una rumorología siniestra alrededor de la novela, pero no puede resultar más desencaminada, y pocas cosas iluminan con mayor claridad la locura del mundo en el que vivimos que el hecho de que a una novela tan hermosa y sensible como ésta le acompañe esa fama de violencia y misterio. El guardián entre el centeno es todo lo contrario a lo que su fama anuncia y, si algo encarna su protagonista, no es la rabia o la locura, sino -sobre todo- la ternura.
Las razones por las que cautivan Holden Caulfield y su breve escapada a Manhattan van más allá del indudable mérito literario en las que vienen envueltas, alcanzando ese nivel de complicidad, de empatía y de contacto con el lector que sólo las grandes creaciones logran. Por eso son legión los lectores que se emocionan al leerlo. Esa capacidad de hacer aflorar algo que late muy profundo se encuentra dispersa por todo el libro y, cuanto más lo lees, más la descubres aquí y allá, sorprendiéndote en detalles que antes te habían pasado por completo inadvertidos. De ahí que sea un libro de los que vuelve a leerse: una y otra vez su lectura desentierra algo de nuestro interior.
¿De qué se trata? ¿Qué es lo que Salinger logra extraer desde el fondo de nuestro ser? Holden es un adolescente, se encuentra en ese territorio entre la niñez y la madurez en el que uno empieza a entender que el mundo que durante años te han hecho creer que existía está lejos de ser real. Pero a él no le han fallado los que habitualmente fallan: no le han fallado sus padres, no le han fallado los profesores, no le ha fallado el sistema. No es feo, no tiene problemas con las chicas. Intelectualmente es brillante, ahí tampoco hay problema. Y es un niño bien, de una familia culta y rica. A Holden no le falló ninguna de esas cosas que dan lugar a una rebeldía moldeada por un fracaso concreto y por tanto dirigida a algo y por ello dominada. A Holden le falló el mundo en sí.
Conforme avanzas la lectura descubres que, por debajo de todas sus ocurrencias y disparates, por debajo de su total desorientación, el muchacho arrastra un desgarro brutal, un dolor indecible. Allie, su hermano pequeño, murió a los 10 años, cuando Holden solo contaba con 13. E intuyes que él sigue sintiendo su muerte con esa brutalidad emocional con la que sienten los niños. Y que no lo puede encajar. Y que está perdido, como lo estamos todos ante la muerte.
Y entonces sus despropósitos se tornan muestras de ternura. De una ternura desnuda con la que sólo podemos identificarnos, porque de alguna manera todos somos Holden intentando entender la muerte. No nuestra muerte, que también, sino sobre todo la de los otros, la de aquellos que amamos. Una encrucijada en la que todos somos como adolescentes que descubren de repente que el mundo que nos enseñaron de niños es mentira, y que la realidad es otra. Por eso Holden emociona, y lo hace a todas las edades y en todas las culturas, porque su dolor es el dolor ante la muerte, y no hay nada más universal que la muerte.
Pero, además, a esa primera identificación fundamental se le añade un elemento que es el que realmente hace grande a la novela. Se trata de una manera de ser, de una postura, de una decisión moral ante los otros. Holden tiene motivos de sobra para estar amargado, para devolver odio con odio, para alimentar con más incomprensión el sinsentido del mundo. Pero elige otra cosa, elige la generosidad, elige la misericordia. Y al hacerlo dibuja un ideal moral que nos emociona en el sentido más primario de la expresión. Porque, aunque no siempre estemos a la altura, todas nuestras entrañas morales intuyen que esa decisión es la decisión correcta, la que sabemos que deberíamos tomar nosotros mismos ante la vida.
Y es la decisión que, con una sencillez infinita, nos repetían en casa cuando éramos niños: sed buenos con los otros. Algo que quizás vamos olvidando conforme aceptamos hacernos adultos y, frente al corazón de los niños, nuestro corazón se va tornando "nuevo, roído de culebras", por decirlo con Lorca.
Por eso lloramos cuando Holden desvela cuál es su respuesta a la muerte de su hermano: lo que a él le gustaría es contemplar cómo otros niños como Allie juegan en un campo de centeno, e impedir que se hagan daño. Impedir que caigan en el precipicio, un precipicio que es la muerte, sí, pero que es también el mundo falso e hipócrita que los adultos a veces nos empeñamos en construir. Ésa es la respuesta que da a su desgarro, como si al dolor recibido no quisiera responder con más dolor, sino con todo lo contrario.
Y supongo que a sus lectores nos gusta volver a intuir esa grandeza moral que protagoniza un muchacho desorientado y sensible perdido en la Gran Manzana, porque adivinamos una semilla de ternura que nos dice que todavía somos capaces de amar. Que todavía somos capaces de entender que lo más valioso que podemos atesorar en esta vida es el encuentro con los otros y que, como con absoluta evidencia saben los niños, nada supone una felicidad mayor. Sartre se equivocaba: los demás no son el infierno, son el único paraíso posible. Es la canción de Phoebe la que tiene razón: "Cuando un cuerpo encuentra a otro cuerpo, cuando van entre el centeno...".
Jorge Urdánoz Ganuza es profesor de Teoría Política en la Universidad Autónoma de Madrid.
Articulo: http://www.elpais.com 06/02/2010
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OPINIÓN
Borrame del mapa
Por Elvira LINDO
El mismo día en que moría Salinger dos personas me escribieron para preguntarme si es verdad ese rumor que corre por ahí de que yo soy la autora del serial veraniego Me cago en mis viejos. No sé si es que la muerte del autor de El guardián en el centeno trajo consigo muchos coloquios del tipo "el autor del yo juvenil atormentado y sus secuelas", pero me sorprendió la coincidencia. No, no fui yo. Conociéndome como me conozco es imposible que yo fuera la autora. No por el texto en sí, que no he leído, sino por el mismo título.
Ese título define un mundo hacia el que (es defecto mío) no siento desde hace ya tiempo mucho interés: los adolescentes incomprendidos. Sufrí como una pérdida que mi hijo abandonara la infancia y viví como una gran alegría que mi hijo y los de mi marido superaran la adolescencia. Por tanto, mi particular título para una secuela de esta historia hubiera sido: "Se va a cagar en tus viejos tu puta madre". Y perdonen el lenguaje, pero en las secuelas hay que ser fiel al original. La segunda razón por la que yo no he escrito esa historia es que, a pesar de que soy deslenguada y tengo amigos extremadamente ordinarios, jamás he usado esa expresión. A mi padre no le cuadró nunca ser "mi viejo" (¡ese pedazo de señor que lleva camino de no hacerse viejo en la vida!) y, salvo en la boca de conocidos del barrio que adoptaban ese habla cheli-yonqui (o en Argentina, donde es un término cariñoso), no la escuché demasiado a mi alrededor. Más bien se la he leído a aquellos escritores que tratan de imitar el habla de la calle y que a veces lo hacen artificiosamente. Tampoco mi hijo me llamó "mi vieja" durante su ya superada (¡bien!) adolescencia. Podría afrontar cualquier apelativo por su parte menos que me llamara "mi vieja". Sabe que en cuestiones de coquetería no me ando con bromas, es más, preferiría que se refiriera a mí como su tía, que me quita años. De cualquier manera, entiendo que haya gente a la que le divierta pensar que una escritora "popular" se esconda de pronto bajo un seudónimo, pero, ¿de verdad creen ustedes que si yo me tirara todo el verano padeciendo el trabajazo de escribir a diario no lo iba a proclamar a los cuatro vientos? Ya lo hice, y con mi nombre bien clarito, en unos textos mucho más atrevidos, por aquello de que hacían sorna de mi propia vida y la manoseaban y la transformaban con el único fin de que ustedes, los lectores, se me rieran un poco. La comedia, en fin. Esto no significa que yo viva orgullosa de mi nombre. En lo absoluto. De niña hubiera preferido llamarme Marisol (por razones obvias) y tener un apellido menos propicio a las bromas. Y ahora que me voy parte del año a otro país para borrarme del mapa me encuentro con que en este otro mundo mi nombre suena tan desfasado como el de una señora del sur en Lo que el viento se llevó. La comedia me persigue. A mí lo que me hubiera gustado en más de una ocasión, como creo que les ocurre a bastantes personajes públicos, es cambiar de identidad. Empezar de nuevo a fin de borrar todas las ideas preconcebidas que gente que no te conoce, salvo por tu firma, tiene sobre ti. Es decir, que de vez en cuando me gustaría cortarme la cabeza, pero eso es imposible. Jugar a no ser lo que has sido es una tarea inútil. Pero la última razón, la más poderosa, aquella por la que no podría ser la autora del serial del muchacho atormentado por sus "viejos" es que habiendo sido, como fui, adolescente "Salinger", habiendo leído El guardián en el centeno a la edad que tocaba, y Seymour después del Guardián y el resto del mundo salingeriano, me resultaría muy difícil escribir sin imitar torpemente al amado autor de juventud. Sé que hay críticos que valoran mucho más los cuentos que la célebre novela. No tengo un juicio literario comparativo. Si no he vuelto a leer desde aquellos años de instituto las desventuras de Holden Cauldfield ha sido para no estropear lo que es un recuerdo de identificación con un personaje tan poderoso. Es probable que si l o releyera empezara a empatizar con los adultos a los que el joven Holden considera "falsillos, hipócritas, interesados" y pensara, tal y como me dijo una amiga americana que también adoró el personaje: "Well, Holden Cauldfield is a jerk too" ("bueno, Holden Cauldfield también es un gilipollas"). Pero lo importante es el valor que tuvo y que sigue teniendo en ese preciso momento de la vida en que buscas, no otros mundos, sino un espejo que te devuelva clavada tu imagen. Me hace gracia toda la poética, a veces un poco manida, que se ha escrito en torno a su deseo enfermizo de ocultación. Como si se hubiera tratado de una obra de arte, de una performance que durara cincuenta años. Sinceramente, no creo que sea tan difícil llevar una vida discreta en Estados Unidos. Hay mucha gente dispuesta a ignorarte, y el dinero permite a los multimillonarios establecer barreras infranqueables. Leí que alguien, en una columna de un periódico neoyorquino, lo llamaba, de manera precisa, sin darle al asunto el más mínimo sentido simbólico, "un típico excéntrico americano". Sí, eso es lo que creo que fue, un excéntrico, que compuso un mundo a su medida. Primero decidió conseguir la fama y luego borrarla. Borrarse del mundo. Cortarle la cabeza a los que le molestaban, prácticamente a toda la humanidad.
Articulo: http://www.elpais.com 06/02/2010
Articulo: http://www.elpais.com 06/02/2010
