dimanche 7 février 2010

Rocío AYUSO/James ELLROY: el artista de la novela negra

Entrevista
El artista de la novela negra
Por Rocío AYUSO

James Ellroy se consagra como el narrador que ha roto con las etiquetas del género negro. Violencia, sexo, corrupción, poder ... "Yo soy todos los hombres de Sangre vagabunda", afirma el autor sobre la novela que cierra su trilogía de los bajos fondos de Estados Unidos.

Perro ladrador, poco mordedor dice el refrán. James Ellroy es un gran ejemplo. El perro diabólico de la literatura estadounidense no se calla ni debajo del agua. El matrimonio es "sexo y paciencia", el último consejo de su padre fue que se tire a cualquier camarera que le atienda y el rock & roll es música "de idiotas para niñatos". Eso además de declararse "de todo menos un liberal", verbalizar su oposición al matrimonio homosexual, sus reparos al aborto y apropiarse en su juventud de alguna consigna nazi. Sus novelas exudan racismo, misoginia y violencia. Hasta su apariencia va pidiendo guerra, pantalones blancos sucios, bragueta bajada y camisa hawaiana en pleno enero (un exceso incluso en California). No es de extrañar que su segunda esposa, la escritora y feminista Helen Knode, le llamara "animal de zoológico". Dicho todo esto e intentando escuchar con distancia su bombo y platillo es fácil ver que todo es fachada, autopromoción, un exhibicionista detrás del que se oculta sin mucho rascar un romántico lleno de demonios que lo único que quiere es llamar la atención. "La literatura no es más que la historia de hombres aislados sobrepasados por lo que les rodea que intentan dar forma a lo que ocurre a su alrededor y que se ven forzados al cambio mientras interactúan con los acontecimientos y conocen a una mujer", resume en medio de sus fanfarronadas. Una descripción perfecta porque ése también es James Ellroy.

Californiano, 61 años, "buena salud", dice; poco pelo, eso es obvio; casado en dos ocasiones y ahora compartiendo su vida con la escritora Erika Schickel, "la mujer con la que pienso pasar el resto de mi vida". Eso está por ver. También es "el mejor escritor de novela policiaca", como se bautizó él mismo antes de dejar su apodo en algo más corto como "el mejor novelista". Punto. Y aquí es donde Ellroy tiene los dientes bien afilados, porque su mordisco es innegable. La dalia negra, El gran desierto, L. A. confidential y Jazz blanco le encumbraron como autor de novela negra, el llamado LA Quartet, seguido de una trilogía aún mejor que acaba de concluir, The Underworld USA Trilogy (Trilogía Americana), que componen América, Seis de los grandes y la última entrega, Sangre vagabunda (Ediciones B). Es imposible que estos libros te dejen impasible. Puedes odiarlos, sí. Su lectura no nace del placer, es el reflejo de una obsesión. Sexo, mujeres, crimen, política, poder, corrupción. Las mismas obsesiones que dominarán al lector que se deje morder por sus páginas. "Soy un autodidacta que nunca acabé mis estudios. Eso sí, leí de manera obsesiva y asimilé su forma, su contenido, el estilo", explica sobre su génesis literaria alguien que no tiene ningún reparo en asegurar que desconoce la literatura mundial pasada o presente y a la gran mayoría de los grandes autores estadounidenses. De nuevo, epatar es lo suyo. Lo que sí es cierto es que en sus tiempos sólo leyó novela negra. Ahora ni eso. Toda su energía está en escribir. "Lo mío son los grandes libros. Quiero dejar detrás una gran obra. Y entiendo que en ocasiones esto puede pesar a los lectores. Pero al final disfrutan. ¡Soy un best seller! Es cierto que mis libros son un reto, pero no son difíciles. La historia te absorbe inmediatamente", añade sin evitar sus pinceladas de grandiosidad.

Para los que ya tienen práctica con Ellroy, un consuelo: Sangre vagabunda es más sencillo que su predecesor, Seis de los grandes. "Mi segunda esposa me dijo que tenía que escribir desde el corazón así que su forma es más sencilla", dice. Para aquellos que no tienen práctica, su prosa sigue siendo telegráfica, frases muy cortas, palabras todavía más cortas y en muchas ocasiones sincopadas. Cada capítulo, la visión de un nuevo personaje. Una nueva localización. Ellroy, que no tiene abuela, lo describe como "una obra maestra" aunque también admite que es "una pasada". "No tengo duda alguna de que Sangre vagabunda es magistral pero también reconozco que toda la novela policiaca es un pasote, demasiada construcción, demasiada trama, muchas conspiraciones, una continua investigación policial", resume de su último trabajo, ése en el que confluyen caras conocidas de libros anteriores como la de Wayne Tedrow Jr., un ex policía y narcotraficante capaz de cargarse a su padre; Don Crutch Crutchfield, detective privado demasiado joven y un tanto mirón, y Dwight Holly, agente del FBI. Los tres reaccionarios y violentos en un Estados Unidos sacudido por la corrupción, la mafia y el amor libre. Esos años entre 1968 y 1972 que poblaron tanto en la realidad como en la ficción de Ellroy figuras históricas como J. Edgar Hoover, Richard Nixon y Howard Hughes. "Mi única condición es que tienen que estar muertos", comenta de su plantel de personajes. Una mórbida respuesta para un autor morboso. "Una vez muertos es legal hablar de ellos y los puedo utilizar sin problemas", se regodea de una mezcla entre ficción y realidad que en su opinión le da "latitud" a sus novelas. "Mi única limitación es que mi representación de los hechos no se contradiga abiertamente con lo que sucedió en la realidad. Y no hay nada contradictorio en las conversaciones de Nixon borracho o en mi creencia de que Hoover era un homosexual célibe", remata buscando pelea.

Hay mucho más que morbo en la obra de Ellroy. Están sus demonios. Por ejemplo, el asesinato de su madre cuando él sólo tenía 10 años. No recuerda sus lágrimas pero sí su obsesión por la lectura policiaca después de leerse todos los informes de la policía que cayeron en sus manos. Su madre muerta sigue siendo uno de sus fantasmas, presente en La dalia negra, pero sobre todo en su autobiografía Mis rincones oscuros y en esa otra reflexión de su vida y de sus mujeres que hace ahora en The Hilliker Curse, que haciendo uso del apellido de soltera de su madre espera publicación a finales de este año. Pero la trilogía de los bajos fondos americanos tiene otro origen. "La lectura de la novela Libra, de Don DeLillo, me abrió los ojos a la historia del asesinato de Kennedy. Esa época nunca me había interesado, pero el libro era tan bueno que quise hacer algo así. No lo quise copiar. Respeto mucho a DeLillo. Además pensé que podía escribir algo más grande. Que empezara en 1968 y donde el asesinato de Kennedy sucediera fuera de página", recuerda de una historia que ha contado muchas veces, pero que sigue narrando con fervor.

Tuvieron que pasar ocho años desde Seis de los grandes y trece desde la publicación de América hasta la llegada de Sangre vagabunda. ¿Una larga espera? "La cabeza me explotó, mi matrimonio se fue a la mierda, me fui a San Francisco y amé a una mujer llamada Joan", dice mostrándome una dedicatoria que reza "A J. M. Camarada, por todo lo que me diste". Con un suspiro, como si se tratara de alguien que se deja llevar por la nostalgia, continúa su recuento. "Mi 'diosa pelirroja' me dejó y me volví a Los Ángeles, donde conocí a otra mujer en la que basé a Karen (el otro personaje femenino del libro). Estaba embarazada y me dejó por su marido. Mala suerte. Así que escribí este libro". Hay que reconocer que no le faltan fuentes de inspiración para regurgitar y condensar en su novela. "Me encanta lo que hago y doy gracias a Dios porque soy bueno. Nunca le estaré lo suficientemente agradecido", dice alguien a quien le gusta mencionar a Dios con tanta frecuencia como sus personajes juran en vano. "Pero también debo de reconocer que la historia ha sido muy generosa conmigo", añade. "Este libro me llegó en un momento muy turbulento de mi vida y acabó siendo el más fácil de escribir".

Como hombre, Ellroy es más sencillo que sus libros. Sólo hay cinco o seis cosas que le gustan: la historia, la música clásica, las mujeres, el boxeo, las novelas policiacas y los perros. "Y así ha sido durante más de 40 años", añade, no sé si queriéndose quitar un par de décadas o dejando fuera esa juventud acelerada de la que se vanagloria, aunque luego se arrepiente de que sea el centro de sus entrevistas. Los años en los que se iba de mirón a hacerse pajas en las casas de los vecinos, cuando le daba a lo que pillaba y se metía en mucha mierda. Esa década de los sesenta que recuerda como "comprometida con el alcohol, las drogas y con los líos" mientras a otros les daba por el compromiso social y político. "Mi foco de atención es muy limitado de natural, aunque soy muy bueno manteniendo la concentración", agrega. Quizá por ello se le da mejor la monogamia que la cohabitación, es incapaz de utilizar un ordenador o un teléfono móvil -objetos que no posee-, pero es un hacha escribiendo a mano, como escribe todas sus novelas. La investigación se la hace otro. Por ejemplo, para Sangre vagabunda mandó a una chica a Santo Domingo porque Haití era muy peligroso. "Yo pensaba que la República Dominicana estaba junto a Honduras y Guatemala hasta que mi ex esposa me regaló un atlas", insiste en llamar la atención con sus burradas. Pero en su trabajo no hay nada de burro excepto el volumen. Más de 400 páginas de estructura y 150 de notas de las que sale la novela. "Desde el principio tengo un diagrama claro y una superestructura para todo el libro. Sé dónde están todos sus personajes y cada una de las historias que confluyen en cada momento", describe. Un trabajo que hace principalmente de día, aunque también hay noches en vela y sobre todo en silencio. Ni tan siquiera su adorado Beethoven, ese músico al que tanto admira y a quien sin modestia alguna se compara, rompe su concentración cuando escribe. "No me gusta el exceso de estimulación. Me gusta estar solo en la oscuridad y ponerme a pensar. Me paso mucho tiempo pensando", agrega mientras la música suena atronadora en el ruidoso café de Hancock Park en el que me ha citado. Le pillaba cerca de casa y, a juzgar por el trato, es un habitual.

Ellroy también dice aislarse del mundo que le rodea a pesar de lo mucho que recurre a la historia en sus libros. "Sólo cito lo que me interesa. Son novelas policiacas que están emplazadas en un momento de la historia", se pone a la defensiva. "Hay muchos a los que no les gusta que les diga que me lo invento todo, que vivo en una burbuja. Que este libro no tiene nada que ver con Bush, con Obama o con la guerra de Irak", insiste cada vez más iracundo. Nos echa la bronca a los europeos, especialmente a los franceses, de atribuirle a su obra una lectura que según dice no existe, de querer que sus libros tengan un doble sentido contemporáneo. "Ni se lo veo ni me lo planteé", dice alguien que confiesa su desinterés en la política actual. Se acaba el triple expreso que se pidió y su efecto parece calmarle. Una sonrisa maliciosa aparece en sus labios. "Claro que si tú ves esa conexión, genial. Si los lectores la ven, mil gracias. Todo con tal de que lean el libro y lo compren", se regodea.

Volvemos al principio. Ellroy nunca pierde una oportunidad de autopromoción y está claro que nada le pone tanto como llamar la atención. Escribir, escribe bien, muy bien, pocos dudan de ello. Pero venderse lo hace aún mejor. ¿O si no para qué quiere una cuenta en Facebook un ermitaño como él, alguien que dice aislarse del mundo mundial, que no tiene ni teléfono móvil ni ordenador y que desdeña las ya no tan nuevas plataformas como generadoras de una generación incapaz de hablar con frases enteras y orgullosa de su estupidez? ¿Acaso el James Ellroy de Facebook no es el verdadero James Ellroy? "A mí me gusta vender libros y Knopf, mi editorial en Estados Unidos, me dijo que ésa era la mejor forma, aunque ése no es mi estilo a la hora de socializar", deja bien claro a sabiendas de que es su asistente personal, Lisa, quien se encarga de poner sus respuestas en línea. Vender libros es también la razón detrás de su camisa hawaiana. A punto de iniciar su periplo por una Europa congelada, cualquier otra prenda de abrigo está ya guardada. "Yo siempre estoy listo. Nací listo", comenta inquieto mirando el reloj sin ningún disimulo. No es que le guste viajar. Lo considera trabajo y encima es incapaz de escribir una línea durante la gira. "Pero la vida no es barata, dos ex mujeres, una asistente, pago mis impuestos. Alquilo, no poseo. Tengo que ganar dinero", dice un autor que hace un momento recordaba que era un best seller. Su único placer en estas giras promocionales son las lecturas a viva voz con las que suele presentar su obra, especialmente en Francia. "Me encanta leer mis libros en voz alta. Soy bueno haciendo lecturas dramáticas. Conozco bien su ritmo", asegura alguien que nunca diría lo contrario. De hecho, no es de los que aguanta bien las críticas y antes de publicar su manuscrito tan sólo le deja leer su obra a Lisa y a su investigadora. Y en el caso de Sangre vagabunda también se lo dejó a su segunda esposa. "Sabía que éste le gustaría. Es su favorito. En esto soy muy privado y sabía que ninguna de ellas sería muy crítica", confiesa.

Es irónico este momento de pudor en un autor que no parece tener vergüenza. Alguien que con la publicación prevista para finales de año de The Hilliker Curse venderá por segunda vez su vida al mejor lector y que acostumbra a dejar retazos de sí mismo en las páginas de todas sus novelas, siempre con algo del verdadero Ellroy en medio de la de ficción. "Es cierto que yo soy todos los hombres de Sangre vagabunda. Crecí no muy lejos de aquí, en este barrio por donde Crutchfield merodea. Y tengo en mí muchas de las tormentas que Dwight lleva en su interior, un tipo de derechas que se enamora de una mujer de izquierdas. Eso por no hablar de ese sentido del humor más bien crudo que tienen", sopesa en voz alta aunque con la mente en su libro. De cabeza encuentra la página que busca. "Creo que es la 325 o así, cuando Joan le pregunta a Dwight: '¿qué es lo que quieres?'. Y él responde: 'quiero caer y que estés ahí para recogerme. Es lo que siempre he querido". El silencio se hace espeso a pesar de la incesante música que baña el café. Tras una pausa dramática Ellroy me explica que nada más publicar Sangre vagabunda le envió una copia dedicada a su musa, a esa "diosa pelirroja" que fue el motor del libro. No le contestó. "No quiere volver a verme. Me porté mal y quería rendirle un último homenaje. Quise escribir una historia romántica. Histórica, con sexo, revolución, política y de gran alcance y eso es lo que hice. Un trabajo al que le siguen mis memorias, en las que explico cómo escribí este libro. Y de esta forma quiero dejar atrás este capítulo de mi vida", resume.

¿Y ahora, qué? "Algo completamente diferente de lo que ya tengo las bases pero que no te voy a contar", dice con mirada de sádico. Con lo que le gusta hablar es incapaz de callarse. Al menos a la hora de enumerar lo que no será su nueva obra. "Tengo muchos lectores y serían todavía más numerosos si escribiera otro tipo de libros que no pienso. Empecé escribiendo novelas policiacas más modestas a las que con los años añadí esa latitud histórica que tanto me gusta. Épicos históricos que también fueron policiacos. Me gustan los grandes libros y eso es lo que quiero escribir, obras bien pensadas de las que me sienta orgulloso. No quiero ser de los que escriben libros cada vez más finos y cada vez más rápidos. ¿No tienes la sensación de que Philip Roth saca un libro cada año? No quiero hacer eso. Tengo que responder ante Dios, ante la gente que amo y ante mis lectores. Tengo una moral demasiado grande y si eso significa menos libros y menos dinero, así sea. Y al que no le guste, ¡qué se joda!", remata. Sangre vagabunda no sólo pone fin a la Trilogía Americana. También pondrá fin a su bibliografía si la ordenas de forma cronológica. Ellroy se sincera sobre sus proyectos y asegura que en sus próximos libros no piensa pasar de 1972. Al contrario, lo que quiere escribir es un libro "que preceda el LA Quartet". ¿Tal es su amor por esta ciudad de ángeles que quiere volver a ella? "Es mi hogar. Es mi casa. Me gusta. Es la ciudad a la que pertenezco. Por ahora al menos porque estoy pensando mudarme a la costa este estadounidense", dice una vez más lleno de contradicciones.

Como si se fuera a mudar en ese mismo momento se pone en pie. Está listo para marcharse. A Europa a vender su nuevo libro, a la otra costa de Estados Unidos para comenzar una nueva vida junto a Erika Schickel y las dos hijas de la escritora. O a trabajar en su próxima novela. Le han dado cuerda y sale espantado deteniéndose un segundo para hablar de esa otra carrera suya como guionista. Se nota que no le gusta el tema lo mismo que no le gusta el cine. "Lo hago porque me pagan. Y bueno, me divierte el trabajo", dice sin disimular una sonrisa al hablar de esos guiones que prepara para Hollywood cuando se tome un respiro de sus novelas. ¿Y las adaptaciones de su trabajo? ¿Está satisfecho? Al fin y al cabo, la adaptación a la pantalla de L. A. confidential le dio un nuevo número de lectores de esos que ansía tanto. "Fue una película maravillosa, pero me proporcionó una décima parte del número de nuevos lectores que me conocieron con La dalia negra. En cualquier caso, ambas películas fueron maravillosas porque me dieron dinero por nada", remata con una última sonrisa de gato de Chesire. Sale disparado hacia la camarera. ¿Piensa seguir el último consejo de su padre? No, sólo quiere estar seguro de que me pase la cuenta.

Sangre vagabunda. James Ellroy. Traducción de Montserrat Gurguí y Hernán Sabaté. Ediciones B. Barcelona, 2010. 944 páginas. 25 euros.
www.facebook.com/pages/James-Ellroy .

***
Primeras páginas de 'Sangre vagabunda', de James Ellroy

PRIMERA PARTE
LA GRAN CAGADA COLECTIVA
(14 de junio de 1968 – 11 de septiembre de 1968)

1
Wayne Tedrow Jr.
(Las Vegas, 14/6/68)


Heroína:
Había montado un laboratorio en la suite del hotel. Estanterías llenas de frascos, cubetas y quemadores Bunsen. Una cocina eléctrica de tres quemadores para la conversión de pequeños lotes. Cocinaba un producto con graduación de calmante. No había cocinado droga desde Saigón.

Una suite de tres habitaciones en el Stardust, financiada por Carlos Marcello. Carlos sabía que Janice tenía un cáncer terminal y que Wayne tenía conocimientos de química. Wayne mezcló polvo de morfina con amoníaco. Con dos minutos de calor, desprendió láminas de mica y sedimento. Hirvió agua a 83 ºC. Añadió anhídrido acético y redujo las proporciones del excipiente. El hervor desprendió solución orgánica.

Luego, los precipitantes: el proceso a fuego lento, diacetilmorfina y carbonato sódico. Wayne mezcló, midió y bajó la intensidad de dos quemadores. Miró a su alrededor. La camarera había dejado el periódico fuera. Todos los titulares hablaban de él. La muerte de Wayne Senior por un ataque cardíaco. James Earl Ray y Sirhan Sirhan en chirona. La tinta de la primera plana: ninguna mención a él. Carlos había enfriado lo de Wayne Senior. El señor Hoover había enfriado las consecuencias de los atentados contra King/Bobby.

Wayne contempló cómo se formaba la masa de diacetil. La mixtura dejaría medio anestesiada a Janice. Quería conseguir un trabajo grande con Howard Hughes. Hughes era adicto a los narcóticos de farmacia. Podía cocinarle un lote particular y llevarlo a la entrevista con él. La masa adquirió la forma de cubos y surgió del líquido. Wayne vio fotos de Ray y Sirhan en la página dos. Él había trabajado en el golpe contra King. Había trabajado en ello desde lo más alto. Freddy Otash había utilizado a Ray como chivo expiatorio de King y a Sirhan como chivo expiatorio de Bobby. Sonó el teléfono. Wayne lo cogió. La línea se llenó de clics del desmodulador. Tenía que ser Dwight Holly desde un teléfono seguro de los federales.
—Soy yo, Dwight.
—¿Lo mataste?
—Sí.
—Lo de «ataque cardíaco» es una mierda. Habría sido mejor «embolia fulminante».
—Carlos se encarga de ello personalmente —tosió Wayne—. Aquí puede enfriar lo que sea.
—No quiero que el señor Hoover se sobresalte con esto.
—Todo controlado. La pregunta es: «¿Qué pasa con los otros?»
—Siempre se habla de conspiraciones —respondió Dwight—. Te cargas a una figura pública y sale ese tipo de cosas. Freddy incitó a Ray clandestinamente y a Sirhan sin tapujos, pero adelgazó y cambió de aspecto. En conjunto, yo diría que estamos a salvo en los dos casos.

Wayne observó la droga que estaba cocinando. Dwight le contó más noticias. Freddy O. había comprado el casino Golden Cavern. Se lo había vendido Pete Bondurant.
—Todo controlado, Dwight. Dime que está todo controlado y convénceme de ello.
—Suenas un poco rudo, chico —se rio Dwight.
—He querido abarcar demasiado, sí. El parricidio de esa manera es divertido.

Dwight se rio. Los recipientes de droga empezaron a hervir. Wayne redujo el calor y miró la foto de su escritorio. Es Janice Lukens Tedrow, amante/ex madrastra. Corre el año 61. Baila el twist en el Dunes. No tiene pareja, ha perdido el zapato, se le ha descosido una costura del vestido.
—Eh, ¿estás ahí? —preguntó Dwight.
—Aquí estoy.
—Me alegro de oírlo. Y me alegro de oír que, por tu parte, está todo controlado.
—Mi padre era amigo tuyo. —Wayne miró la foto—. Te tomas muy a la ligera el asunto.
—Mierda, chico. Fue él quien te mandó a Dallas.
Dallas. Noviembre del 63. Estuvo allí aquel gran fin de semana. Pilló el gran momento y empezó su gran viaje. Era sargento del DP de Las Vegas. Estaba casado. Era licenciado en Químicas. Su padre era un pez gordo mormón. Wayne Senior tenía contactos con toda la ultraderecha. Hacía operaciones del Klan para el señor Hoover y Dwight Holly. Distribuía propaganda racista. Representaba el espíritu de la extrema derecha y se mantenía al día. Estaba informado del golpe contra JFK. Era cosa de múltiples facciones: exiliados cubanos, agentes de la CIA que actuaban por su cuenta, la mafia. Senior le dio a Junior una oportunidad.

Un trabajo de extradición, con una condición: matar al extraditado. El DP le asignó el encargo. Un macarra negro llamado Wendell Durfee había rajado a un croupier de casino. El hombre sobrevivió. No importaba. El Consejo Gestor de los Casinos quería muerto a Wendell. Los polis de Las Vegas se encargaban de esos trabajos. Eran encargos de primera con grandes bonificaciones en metálico. Eran experimentos. El DP quería ver si tenías pelotas. Wayne Senior tenía influencia en el DP. Estaba informado del atentado contra JFK. Senior quería que Junior estuviese allí cuando ocurriera. Wendell Durfee escapó de Las Vegas con destino a Dallas. Senior dudaba de las pelotas de Junior. Senior pensaba que Junior mataría a un negro desarmado.

Wayne voló a Dallas el 22/11/63. No quería matar a Wendell Durfee. No sabía nada del atentado contra JFK. Lo emparejaron con un compañero de extradición. El poli se llamaba Maynard Moore. Trabajaba en el DP de Dallas. Era un psicópata blanco sureño, un paleto reaccionario que hacía recados relacionados con el atentado. Wayne chocó con Maynard Moore y trató de no matar a Wendell Durfee. Wayne se tropezó con la trama del atentado en la caída libre que siguió a éste. Vinculó a Jack Ruby con Moore y con aquel mercenario derechista, Pete B. Vio a Ruby matando a Lee Harvey Oswald en directo por televisión. Lo supo. No sabía que su padre lo sabía. Aquel domingo todo se jodió.

JFK estaba muerto. Oswald estaba muerto. Localizó a Wendell Durfee y le dijo que escapara. Maynard Moore se entrometió. Wayne mató a Moore y dejó vivir a Durfee. Pete B. intercedió y dejó vivir a Wayne. Pete consideró que su propio acto compasivo era prudente y el acto compasivo de Wayne, atolondrado. Pete avisó a Wayne de que Wendell Durfee podía presentarse de nuevo.
Wayne volvió a Las Vegas. Pete B. se mudó a Las Vegas para hacerle un trabajo a Carlos Marcello. Pete siguió el rastro de Durfee y acumuló información: es un cabronazo violador y algo peor. Corría enero del 64. Pete oyó que Wendell Durfee había vuelto a Las Vegas y se lo dijo a Wayne. Wayne fue tras Wendell. Tres adictos de color se entrometieron. Wayne los mató. Wendell Durfee violó y asesinó a la mujer de Wayne, Lynette. Aquélla fue su propia caída libre. Empezó en Dallas y se ha prolongado dando tumbos hasta Ahora. Wendell Durfee escapó. Wayne Senior y el DP movieron hilos para que Wayne no respondiera por los adictos muertos. El señor Hoover se mostró receptivo. Dwight Holly, viejo amigo de Senior, no. Por aquel entonces, Dwight trabajaba para la Agencia Federal de Narcóticos. Los adictos muertos vendían heroína y ya tenían pruebas para acusarlos. Dwight se quejó al fiscal general. Wayne Junior le había jodido la investigación. Quería ver a Wayne Junior incriminado y juzgado.

El DP fabricó algunas pruebas y engañó al gran jurado. Wayne salió libre de los asesinatos. Aquello lo dejó vacío. Abandonó el DP y se metió en La Vida. Mercenario. Traficante de heroína. Asesino. Lynette estaba muerta. Juró encontrar a Wendell Durfee y matarlo. Lynette era su enamorada y su mejor amiga y el muro que contenía su amor por la segunda mujer de su padre. Janice era mayor. Se casó con Senior por el dinero y la influencia y vio crecer a Junior. Janice correspondió al amor de Junior. El deseo era mutuo. El deseo siguió vivo y se limitó a crecer. Wayne intimó con Pete y su esposa, Barb. Pete era uña y carne con un abogado de la mafia llamado Ward Littell. Ward había sido agente del FBI y era el hombre clave en el golpe contra JFK. Trabajaba para Carlos Marcello y Howard Hughes e intentaba enfrentarlos en provecho propio. Wayne tuvo a Pete y a Ward de maestros. Aprendió La Vida con ellos. Pasó por sus currículos a paso de caída libre. Pete se había liado con la causa de los exiliados cubanos. Vietnam estaba cada vez más caliente. Howard Hughes albergaba unos planes dementes para comprar Las Vegas. Wayne Senior se asoció con la guardia mormona de Hughes. Ward Littell albergó resentimientos hacia Senior. Un agente corrupto de la CIA reclutó a Pete para transportar la droga de Saigón a Las Vegas, con beneficios para la causa cubana y financiación de Carlos Marcello. Pete necesitaba un químico para cocinar la droga y reclutó a Wayne. El odio de Ward hacia Wayne Senior creció. Ward jodió a Senior informando a Wayne de que su padre lo había mandado a Dallas.

Wayne se tambaleó, notó que le faltaba el aire y apenas se sostuvo derecho. Wayne jodió a Janice en casa de su padre y se aseguró de que Wayne Senior lo viera. «La Vida», un nombre. Un refugio para mormones quemados, químicos sin escrúpulos y asesinos de negros piojosos. Wayne Senior se divorció de Janice. Le pegó con un bastón con punta de plata para compensar el precio de la pensión de divorcio. Janice cojeó desde aquel día y, a pesar de ello, continuó jugando a golf con hándicap cero. Ward Littell vendió Las Vegas a Howard Hughes al precio inflado de la mafia y se enredó en un lío amoroso esporádico con Janice. Wayne ganó influencia con Howard Hughes y le hizo la pelota al ex vicepresidente Dick Nixon. Dwight Holly dejó la Agencia de Narcóticos y regresó al FBI. El señor Hoover encargó a Dwight desarticular el movimiento de los derechos civiles y a Martin Luther King. Dwight desplegó a Wayne Senior en unas operaciones anti-Klan por fraude postal, una concesión a los llorones del departamento de Justicia.

Wayne cocinó heroína en Saigón y la distribuyó en Las Vegas. Persiguió a Wendell Durfee durante cuatro años. En el país estallaron algaradas y una tormenta de odio racial. El doctor King derrotó al señor Hoover en todos los frentes morales y agotó al viejo por el mero hecho de existir. El señor Hoover lo probó todo. El señor Hoover se lamentó a Dwight de que había hecho cuanto había podido. Dwight entendió el mensaje y reclutó a Wayne Senior. Wayne Senior quería que Wayne Junior también participara. Senior pensó que necesitaban algo con lo que presionarlo para reclutarlo. Dwight salió y encontró a Wendell Durfee.

Wayne recibió un soplo pseudoanónimo. Encontró a Wendell Durfee en los bajos fondos de L.A. y en marzo lo mató. Fue un trabajo planeado en secreto. Dwight recogió pruebas forenses y lo coaccionó a implicarse en el atentado. Wayne trabajó con su padre, Dwight, Freddy Otash y Bob Relyea, el tirador profesional. A Janice le diagnosticaron un cáncer terminal. Las lesiones de las palizas interfirieron en la detección precoz de la enfermedad. El negocio de la droga de Saigón fue víctima de las luchas entre facciones y reinó el caos. Por un lado, los monstruos de la mafia y los zumbados de los exiliados cubanos. Por el otro, Wayne, Pete y un mercenario francés llamado Jean-Philippe Mesplède. Abril y mayo fueron pura caída libre. Las elecciones se acercaban. King estaba muerto. Carlos Marcello y los chicos decidieron cargarse a Bobby Kennedy. A Pete lo metieron en el plan con coacciones. Freddy se apuntó después de haber participado en el golpe contra King. Ward Littell siguió trabajando para Carlos y Howard Hughes. Ward heredó un expediente antimafia y se lo dio a guardar a Janice.

Wayne fue a ver a Janice el 4 de junio. El cáncer le había arrebatado la vitalidad y las curvas y la había dejado sin fuerzas. Hicieron el amor por segunda vez. Ella le contó más cosas sobre el expediente de Ward. Él registró el apartamento de Janice y lo encontró. El informe era muy detallado. Incriminaba directamente a Carlos y su operación de Nueva Orleans. Wayne lo envió a Carlos con una nota: «Señor, mi padre tenía pensado extorsionarlo con este expediente. ¿Podemos hablar de ello, señor?»

Robert F. Kennedy murió dos horas después. Ward Littell se suicidó. Howard Hughes ofreció a Wayne Senior el cargo de Ward como mediador/enlace con la mafia. Su primera misión: comprar la lealtad del más que probable candidato republicano, Dick Nixon. Carlos llamó a Wayne y le dio las gracias por el aviso.
—Cenemos juntos —dijo Carlos.
Wayne decidió matar a su padre. Wayne decidió que Janice tenía que matarlo a golpes con un palo de golf. Carlos tenía una suite de estilo romano en el Sands. Un menda vestido con una túnica hacía de centurión y dejó entrar a Wayne. La sala tenía columnas romanas de imitación y cuadros del saqueo de Roma. Las etiquetas con el precio todavía colgaban de los marcos.

Había dispuesto una mesa con comida y bebida. El menda hizo sentar a Wayne a una mesa lacada con las iniciales SPQR grabadas. Carlos entró. Vestía un diminuto pantalón corto de seda y una chaqueta de esmoquin manchada. Wayne se puso en pie.
—No te levantes —dijo Carlos. Wayne se sentó. El centurión sirvió dos platos y se esfumó. Carlos sirvió vino de una botella recién descorchada.
—Es un placer, señor —dijo Wayne.
—No hagas como que no te conozco y tutéame. Eres el chico de Pete y de Ward y trabajaste para mí en Saigón. Sabes más de mí de lo que debieras, además de toda la mierda que hay en ese expediente. Conozco tu historial y, comparado con el de otros gilipollas que he oído últimamente, el tuyo sí que es bueno, joder.

Wayne sonrió. Carlos sacó del bolsillo dos muñecos que movían la cabeza. Uno representaba a RFK. El otro representaba al doctor King. Carlos sonrió y les arrancó la cabeza.
—Salud, Wayne.
—Gracias, Carlos.
—Buscas trabajo, ¿verdad? Esto no va de un apretón de manos y un sobre de muchas gracias.

Wayne bebió un sorbo de vino, cosecha de la era actual y comprado en la tienda de licores.
—Quiero ocupar el cargo de Littell en tu organización, junto con el que tenía en la organización de Hughes y que mi padre acaba de heredar de Ward. Tengo las habilidades y los contactos que demuestran que soy valioso y estoy dispuesto a favorecerte en todos mis tratos con el señor Hughes y conozco los castigos que impones por deslealtad. Carlos pinchó una anchoa. El tenedor resbaló y se salpicó de aceite de oliva la camisa del esmoquin.
—¿Dónde estará tu padre durante todo esto?

Wayne derribó el muñeco de RFK. Un brazo de plástico se desprendió. Carlos se hurgó la nariz.
—Bien, aunque soy susceptible a favores y tú me caes bien, ¿por qué Howard Hughes habría de buscar fuera de su propia organización, llena de lameculos con los que se siente cómodo, y contratar a un ex poli pringado que va por ahí matando negros de mierda por pura diversión?

Wayne frunció el entrecejo. Cogió la copa de vino y casi rompió el pie.
—El señor Hughes es un toxicómano xenófobo, conocido por inyectarse narcóticos en la vena del pene, y yo puedo preparar...

Carlos se rio y dio palmadas a la mesa. Su copa se volcó. Volaron trozos de pimiento y rociadas de aceite de oliva.
—... drogas que lo estimulen y lo seden y disminuyan su capacidad mental hasta el punto de que resulte mucho más tratable en todos los negocios que haga contigo. También sé que tienes un sobre muy grande para Richard Nixon, si finalmente es el candidato. El señor Hughes pone el veinte por ciento y yo tengo planeado saquear la reserva de mi padre y darte otros cinco millones en efectivo.

El menda de la toga entró. Traía una esponja y limpió la suciedad en un plis plas. Carlos chasqueó los dedos. El menda de la toga desapareció.
—Siempre vuelvo a tu padre. ¿Qué hará Wayne Tedrow Senior mientras Wayne Tedrow Junior se la clava donde más duele?

Wayne señaló los muñecos y luego hacia el cielo. Carlos hizo chasquear los nudillos.
—De acuerdo, trato hecho.
—Gracias. —Wayne levantó la copa. Carlos levantó la suya.
—Recibirás dos cincuenta al año y puntos. Ponte inmediatamente con el antiguo trabajo de Ward. Necesito que supervises las compras de negocios legales iniciadas con los créditos del fondo de pensiones de los Camioneros, de forma que lo podamos blanquear y desviarlo a un fondo reservado que nos permita construir esos hoteles-casino en algún lugar de Centroamérica o del Caribe. Ya sabes lo que buscamos.

Queremos un jefe dócil y anticomunista que haga lo que queramos y que mantenga todas las protestas de los disidentes hippies como un ruido amortiguado. Sam G. está explorando el terreno. Lo hemos limitado a Panamá, Nicaragua y la República Dominicana. Ése será tu trabajo principal, joder: hacer que suceda y hacer que tu compinche drogota siga comprándonos los hoteles y asegurarte de que nuestros tipos sigan dentro para que puedan sacar la astilla.
—Lo haré —dijo Wayne.
—Ésta no se la espera tu papá —dijo Carlos.

Wayne se puso en pie deprisa. Su mundo romano ficticio daba vueltas. Carlos se puso en pie. Tenía la camisa salpicada, en vías de estar empapada.
—Me encargaré de que estés protegido en esto.

Janice tenía una suite en el Dunes que imitaba una kasba. Wayne le proporcionaba enfermeras las veinticuatro horas del día. Janice no salía del hotel.

La enfermera del turno de tarde estaba fumando en la terraza. La vista era medio espectáculo de luz, medio neblina del desierto. Janice estaba acurrucada en la cama, con el aire acondicionado a toda marcha. Su organismo estaba esquizoide. O se medio helaba, o se medio asaba.

Wayne se sentó a su lado.
—En la tele dan golf.
—Creo que he tenido más golf del que puedo soportar por un tiempo.
—Touché —sonrió Wayne.
—La entrevista con Hughes es dentro de poco, ¿no?
—Dentro de unos días.
—Te contratará. Pensará que eres mormón y que tu padre te enseñó algunas cosas.
—Bueno, eso fue lo que hizo.
—¿Quién te entrevistará? Cómo se llama el hombre de Hughes, quiero decir.
—Se llama Farlan Brown.
—Lo conozco. Su mujer era la campeona del club, en el Frontier, pero la única vez que jugué con ella la gané nueve y ocho.
—¿Algo más? —Wayne se rio.

Janice se rio. La risa la hizo toser y sudar. Apartó la colcha y se le levantó el camisón. Wayne vio más zonas flácidas y huecas de carne. Le secó la frente con la manga de la camisa. Ella le olisqueó el brazo y jugó a morderlo. Wayne jugó a poner cara de dolor.
—Iba a decir que bebe y persigue mujeres, como todos los buenos mormones. Para los hombres como ellos existe una trinidad: cantantes, camareras de coctelería y putas.

La habitación estaba gélida. Aquella simple charla había dejado a Janice empapada. Se mordió el labio. Las sienes le palpitaron. Se tocó el estómago. Wayne vio el circuito que recorría el dolor.
—Mierda —dijo Janice. Wayne abrió el maletín y preparó un chute. Janice le tendió el brazo.

Wayne encontró una vena, la limpió con una torunda e hizo un torniquete manual. Aguja y émbolo, ahora tranquila. En un latido...

Ella se tensó y se relajó. Los párpados aletearon. Un bostezo y fuera. Wayne le tomó el pulso. Sus latidos eran ligeros pero uniformes. Su brazo casi no pesaba. En la mesilla de noche había un L.A. Times abierto. Mostraba un tríptico con tres fotos: JFK, RFK, el doctor King. Wayne lo dobló para no verlos y miró dormir a Janice.


Articulo:
http://www.elpais.com 06/02/2010

***
Narrando contra la muerte
Por Ariel DORFMAN

Fue a fines de diciembre de 1973, en la sala de redacción del diario La Opinión, que me encontré por primera vez con Tomás Eloy Martínez.

Eran tiempos nefastos. Yo acababa de llegar de un Chile que le había prometido al mundo la revolución de Allende y nos había dado, en cambio, la asonada de Pinochet, y creo que se me notaba las muchas y recientes muertes, y Tomás lo entendió enseguida y me ofreció también de inmediato su cariño.

"Cualquier cosa que necesites", me dijo, y hallé en él una generosidad que nunca cesó hasta el día de su propia muerte. Me armaba reuniones en su casa con corresponsales holandeses y curas revolucionarios y montoneros esquivos y siempre bien regadas con vino y pasta y carnes.

Aunque era la urgencia del momento político lo que nos unía en esas conspiraciones -llegaban noticias todos los días de más represión en Chile y cada día también era más inquietante la evolución de una Argentina en que Perón viraba drásticamente hacia la derecha- se nos fue infiltrando la literatura en las conversaciones, en especial la extraña relación que guarda la ficción con la realidad en nuestra América, la fluida tensión entre lo testimonial/periodístico y la forma en que la imaginación está obligada a tejer un escenario paralelo. Me dio a leer en manuscrito La Pasión según Trelew, y me pareció una novela más que reportaje, y él me confidenció que la gran novela argentina tendría que construirse en torno al enigma de Perón. Él tenía un proyecto sobre el General y, claro, Evita, y ahí supe de las memorias que Perón le había dictado a Tomás en Madrid, y como tantas veces cuando contaba algo (y vaya que era narrador empedernido) no sabía yo si era cierto o no, si lo estaba inventando o si en efecto había sucedido.

Lo que no era un invento, en cambio, era el peligro que se cernía sobre la Argentina en que tanto Tomás como yo habíamos nacido. Yo estaba desesperado por irme, veía la catástrofe que estaba por caer sobre Tomás y sus congéneres.

"Tienes que partir lo antes posible", le dije una noche, antes de que yo mismo huyera. "Los van a matar a todos". Tomás me aseguró que estaba equivocado: Argentina no era como Chile.

No lo volvería a ver hasta 1978 cuando visité Caracas, donde él había buscado, finalmente, refugio. Y ahí conversamos acerca de la maldición eterna que parecía rondar a nuestro continente y cómo nuestra literatura tenía que acompañar, desde sus preguntas y dudas y feroz ensueño, cualquier proceso de liberación. Si no podíamos evitar la violencia sobrecogedora, era posible, por lo menos, exorcizarla por medio de palabras que no mintieran, podíamos traer a la literatura a los grandes excluidos de la historia a través de sus mitos.

Con eso me quiero quedar.

Con su empecinada exigencia de doblegar la realidad y construir delirios y engañar el destino precario, el suyo y el de su país y el de su continente. Contra y adentro del lugar común que es la muerte. Su certeza de que si algo no se cuenta no perdura, no vale la pena que exista.

Ariel Dorfman (Buenos Aires, 1942) ha publicado recientemente la novela Americanos. Los Pasos de Murieta. Seix Barral. Buenos Aires, 2009. 448 páginas.

Articulo:
http://www.elpais.com 06/02/2010