samedi 20 mars 2010

CHOPIN está vivo


Chopin está vivo
Por Paola Suárez Urtubey

El mundo celebra el bicentenario de su nacimiento con más de 2000 conciertos y actos. Nuevas grabaciones, paseos turísticos, films, videojuegos y un merchandising que incluye estampillas, vodka y chocolates completan los festejos. Los críticos lo rescatan como gran compositor más que como emblema de un romanticismo desaforado. El músico detrás del mito. Informe especial

Witold Malcuzynski, nacido en Varsovia y alumno de Paderewski, establecido en París en 1939, era un visitante asiduo tanto de Buenos Aires como de otras ciudades argentinas. Se lo acogía como a un celebrado pianista, moldeado en el estilo francés del savoir-vivre, hombre de mundo, de tacto en la vida social, de respetable altura física y bastante atractivo. Según se desprende de los registros del Teatro Colón, brilló como estrella durante las décadas de 1940 a 1960, años en que despertaba oleadas de admiración entre la elegantísima platea femenina (y también masculina) que asistía los sábados por la tarde a los conciertos de grandes figuras internacionales. Además, era un artista de refinada cultura. Hay una foto muy difundida de Malcuzynski con el compositor y director de orquesta Juan José Castro, en la casa de este último, donde conversan sin duda sobre literatura, pintura y, claro, sobre música, diálogos a los que la mujer de Castro, la inolvidable Raka Aguirre, aportaba su inteligencia y humor. Pero Malcuzynski también debía soportar los embates de la crítica periodística, que le señalaba duramente, al lado de una que otra galantería por su sensibilidad como intérprete dilecto de Chopin, sus indiscretas pifias técnicas sobre el teclado.

En cierta ocasión, y ante un grupo reducido de asistentes a una comida, el pianista polaco contó una emocionante experiencia: en un hotel, no sé bien de qué ciudad, se le arrimó un señor para pedirle un autógrafo. El hombre, joven, tenía una deuda de gratitud y necesitaba hacerle esta confesión: llevaba tiempo de tratamiento psiquiátrico por dificultades que había sufrido en los últimos tiempos para mantener relaciones sexuales con las mujeres. Como vivía en constantes viajes -era comandante de Aerolíneas Argentinas-, una noche, en una de esas situaciones de riesgo (no con el avión, sino con una dama en la pieza del hotel), tuvo la idea de poner como música de fondo una serie de obras de Chopin grabadas por Malcuzynski. Y entonces se produjo el milagro. Nuestro hombre logró superar su drama gracias a los dos polacos, de modo que, impedido de agradecérselo al autor de la música, lo hacía al intérprete, con una fascinación conmovedora.

Durante décadas, ocurrió que el genial polaco-francés (Fryderyk Franciszek o Frédéric François Chopin), autor entonces de aquella música y destinatario ahora de nuestro homenaje, fue objeto de una devoción desinteresada, pero sin duda malentendida. Se veía en él al tuberculoso genial, refinado en extremo, que vomitaba sangre sobre el teclado (según una versión de Charles Vidor para Hollywood, con Merle Oberon y el buen mozo de Cornel Wilde, que más que pianista tísico parecía un boxeador) y que mantenía extrañas relaciones con una literata marimacho (George Sand) hasta que la muerte se lo llevó en 1849.

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Amigos públicos, adversarios íntimos
Por Pablo Gianera

La crítica posiblemente más célebre de la historia de la música tuvo como autor a Robert Schumann y como objeto a Chopin. Se publicó en el Allgemeine Musikalische Zeitung el 7 de diciembre de 1831. "Señores, quítense el sombrero: un genio", se leía en el primer párrafo. Schumann construye allí una pequeña escena: el que habla es Eusebius, uno de los heterónimos del compositor, antes de tocar el opus 2 de Chopin: las Variaciones sobre Là ci darem la mano . La novedad del encuentro entre esos dos hombres nacidos en el mismo año era doble. Un nuevo objeto musical demandó una escritura parejamente nueva: ese artículo, el primero de los cientos que firmó Schumann, fue también el acta de nacimiento de la crítica musical moderna.

De ahí en más, Schumann se ocuparía repetidamente sobre Chopin en su revista Neue Zeitschrift für Müsik ; allí aparecerían reseñas de sus conciertos para piano, de la Sonata en si bemol menor y de los Estudios opus 25. En Europa, muchos músicos y aficionados -entre ellos, el futuro crítico Eduard Hanslick, aún en Praga- tuvieron las primeras noticias sobre Chopin por medio de esos comentarios.

Cuando los dos compositores se vieron en Leipzig, Chopin tocó algunos de sus nocturnos, mazurcas y la reciente Balada en sol menor . "Basta contemplarlo sentarse al piano para sentirse conmovido. Pero Clara [Wieck] es una virtuosa aun más grande que él", confió Schumann en una carta. En su correspondencia, Chopin ni siquiera escribe correctamente el nombre del admirador, mencionado como "Schuhmann".

El lugar que Schumann le confiere a Chopin resulta problemático. Por un lado, se rinde ante su originalidad ("Podría publicar todo anónimamente; se lo reconocería enseguida"); por el otro, lo ubica en un lugar subalterno: "Del mismo modo que Hummel adaptó el estilo de Mozart a los placeres del virtuosismo del piano, Chopin introdujo el espíritu de Beethoven en la sala de conciertos", escribe en el comentario de los Conciertos para piano . Ya en la reseña de los Estudios opus 25 publicada en 1837, Schumann lamenta la escasa productividad de Chopin y la atribuye a las "distracciones de París". Es claro que para Schumann, un compositor eminentemente alemán, el cosmopolitismo de Chopin podía resultar escandaloso. Y estaba además el desdén del polaco por cualquier contacto entre literatura y música. "Quien en la literatura no encuentra los aspectos más significativos de lo nuevo no puede considerarse plenamente formado", había anotado Schumann en una ocasión. Por eso no deja de ser irónico que le dedicara a Chopin Kreisleriana , sus piezas para piano de alusión literaria más explícita. Como retribución, Chopin le dedicó su Balada en fa mayor. Pero la cercanía no está en las dedicatorias cruzadas sino en la música. En "Chopin", uno de los números de Carnaval (1834-1835), Schumann rinde, bajo la forma de la mascarada y la parodia, un verdadero homenaje. Schumann tenía por lo menos tres heterónimos (Eusebius, Florestan, Meister Raro); en cierto modo, habría que decir que Chopin tenía diez, uno por cada dedo de la mano. Chopin insistía en que cada dedo poseía un carácter esencialmente diferente y que el intérprete debía explotar esa diferencia. Cuando, hacia el final de esa miniatura, anota en la partitura la digitación exhibe, un poco en broma y un poco en serio, la comprensión de ese pensamiento musical

Schumann ganó para la música el descubrimiento, bastante anterior en la literatura, de que la escritura fragmentaria era una de las novedades del romanticismo. Es raro que la Sonata en si bemol menor de Chopin lo impacientara. ¿Por qué, se pregunta Schumann en su crítica de la obra, llamar sonata a "cuatro chicos indóciles" -los cuatro movimientos- puestos uno después de otro... La "Marcha fúnebre" tenía para él "algo repulsivo". Chopin inquietaba a Schumann. La descripción del final de la Sonata es significativa: "Concluye como empezó, enigmáticamente: una esfinge que sonríe y se burla". El enigma, justamente, une al músico que paseaba su intimidad por el mundo y al que hablaba de gente y de tierras extrañas.

© LA NACION

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Nota de tapa / Chopin y su amante
Estampas de una vida compartida
El compositor y la famosa escritora George Sand conocieron juntos la plenitud creativa, el amor y la pasión
Por Ernesto Schoo

Con sus propias manos le preparaba su postre favorito, el clafoutis , un rechoncho panqueque relleno con compota de manzanas. En la intimidad lo llamaba, cariñosamente, Chips o Chipette. La "buena dama de Nohant", la famosa escritora George Sand (Aurora Armandine Lucile Dupin, su verdadero nombre), y el célebre músico polaco (hijo de francés) Frédéric François Chopin compartían sus vidas en la mansión campestre de Nohant, a treinta kilómetros de Châteauroux, en el Berry.


La estampa era idílica: ella escribía sus populares novelas y sus ensayos, él componía su música inmortal y ambos recibían, en veladas que serían legendarias, a los grandes artistas que hacían de Francia el centro cultural del mundo, cuando el mundo era sólo Europa. Franz Liszt, Eugène Delacroix, Gustave Flaubert, Victor Hugo, Honoré de Balzac, los dos Dumas (padre e hijo), la actriz Marie Dorval, el poeta alemán Heinrich Heine eran los habitués de Nohant. Los dos hijos que George Sand había tenido con el barón Dudevant, su marido legal, Maurice y Solange, también estaban allí.

La mansión había pertenecido a la abuela de George, madame Dupin de Francueil, hija natural del mariscal Mauricio de Sajonia, insigne militar del reinado de Luis XV. Es una típica casa de campo francesa del siglo XVIII, sólida, sencilla y elegante, hoy en día pintada de un vago color rosa viejo, con su jardín, su huerto, su granja, su monte de frutales, de todos los cuales se ocupaba y sacaba partido la hacendosa dueña de casa, a quien sus vecinos más modestos apodaban "la buena dama de Nohant", por su afán caritativo y el vigor con que los defendía en sus pleitos. Porque George Sand -nacida allí, el 1° de julio de 1804-, entre otras extravagancias (para el criterio de su tiempo), adhirió tempranamente al socialismo. Se había criado en el campo, donde madame Francueil la inició en la lectura y la equitación. Indómita amazona, de esta afición le vino la costumbre de vestir ropas masculinas; también fumaría cigarros y en pipa. Se educó formalmente en París, en el Colegio de las Agustinas Inglesas. Aprendió inglés a la perfección, dibujaba y pintaba pasablemente, y su vocación indudable eran las letras. En 1822 su abuela la casó con el barón Dudevant, quien bien pronto desaparecería de la escena.

En 1830, el escándalo: Aurore Amandine se fuga a París con Jules Sandeau, escritor y periodista de cierto renombre, un año mayor que ella. Viven la azarosa vida de bohemia y escriben en un pequeño periódico que acaba de ser adquirido por un tal Hyacinthe Thabaud de Latouche: Le Figaro . Firman a dúo como Jules Sand; de donde, al separarse, nace George Sand con la primera novela, Indiana , de 1831. Siguen Valentine (1832) y Lélia (1833). Y en ese último año, la relación amorosa con el poeta de moda, Alfred de Musset. La liaison dura hasta 1835, cuando George inicia una ronda de amantes que resulta un catálogo de artes y oficios: el revolucionario Michel de Bourges, el botánico y poeta Charles Didier, el filósofo Pierre Leroux, el actor Bocage, el dramaturgo Félicien Mallefille. En 1837, Chopin.

El músico polaco, nacido en Varsovia el 1° de marzo de 1810, ya era célebre. En el otoño de 1836 los presenta un amigo común, Franz Liszt, durante una velada musical en el Hotel de France. Sand es seis años mayor que Frédéric, y su atuendo y los modales masculinos sorprenden al compositor, que se inclina al oído de su amigo Ferdinand Hiller: "¡Qué antipática es esta Sand! ¿Es de veras una mujer?". Simétricamente, Sand le pregunta a su amiga de toda la vida, madame Marliani: "¿Es éste un hombre? Parece una niña". Si la anécdota es verídica, la asignación de papeles ya está jugada desde el comienzo, porque George será el varón (la iniciativa sexual será de ella, tiempo después, en otra velada musical, esta vez en casa de Chopin) y Frédéric, no exactamente la mujer (su virilidad no está en duda: las mujeres caían a sus pies y él las cosechaba con entusiasmo) pero sí un hombre delicado, muy cuidadoso de los modales y las formas.

En el verano de 1838 se instalan juntos en París, en departamentos contiguos, George con sus hijos y un servidor; Chopin, solo. También separados viajan a Mallorca, supuesta Isla del Sol (llovió casi todo el tiempo que estuvieron allí), por consejo del médico que atiende la tuberculosis -junto con la sífilis, el mal de la época- del músico. Alquilan una hermosa villa, Sant Vent, de la que son desalojados al revelarse el mal que aqueja a Frédéric. Se los obliga a pagar la desinfección de la propiedad. Se mudan a la Cartuja de Valldemosa, antiguo convento, donde ni siquiera hay un piano decente para componer. Chopin le escribe a su amigo de París, el fabricante de pianos Camille Pleyel, pidiéndole que le envíe uno. De paso, le comenta: "Mi celda tiene la forma de un ataúd".

Cuando por fin llega el piano, en enero de 1839, la hostilidad de los mallorquines, temerosos del contagio y escandalizados por la índole de la relación, estalla por fin. Pretenden cobrarles un altísimo derecho de importación: George consigue, con diplomacia y gritos oportunos, una rebaja considerable. Pero la enfermedad avanza y el 13 de febrero son prácticamente expulsados de la isla. El magnífico piano es malvendido, porque nadie quiere hacerse de un instrumento donde tocó un tuberculoso. En Barcelona, paran en el Hotel de las Cuatro Estaciones, que les cobra el importe de la cama, pues deberán quemarla, según las normas sanitarias. Ya en suelo francés, en Marsella, la mejoría se acentúa: tras una quincena en Italia, en mayo, pasan el verano en Nohant. Chopin pesa 45 kilos. El 12 de octubre vuelven a París: Chopin se instala en el 16, rue Pigalle, pero no puede pagar el alquiler (gana mucho pero también gasta desproporcionadamente), Sand le consigue otro, más barato, y se hace cargo de los gastos.

La relación duró nueve años; la pasión, apenas dos, si damos crédito a esta carta de George a un amigo, del 12 de mayo de 1847: "Hace siete años que vivo como una virgen. Con él y con los otros". Bajo la apariencia idílica, en Nohant latían pulsiones tormentosas. Una noche, en el verano de 1848, en presencia de Delacroix, Heine y, por supuesto, Chopin, George les leyó su novela más reciente, Lucrezia Floriani . La historia de una famosa cantante, enamorada de un adolescente al que debe cuidar y atender como si fuera un hijo y no un amante. Chopin, impasible. Delacroix le confiaría a una amiga, poco después: "Pasé tormentos durante esa lectura. El verdugo y la víctima me asombraron por igual". Heine, a su vez, escribió a su amigo Laube: "Ella maltrató escandalosamente a mi amigo Chopin, en una novela detestable pero divinamente escrita". La ruptura definitiva ocurrió por un drama doméstico. La hija de George, Solange, insistía en casarse contra la voluntad de su madre, quien pretendía imponerle a Chopin que ni siquiera se pronunciara en Nohant el nombre de la muchacha: "Si llegas a nombrarla en mi presencia, no vuelvas más". Chopin nunca volvió.

© LA NACION

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Nota de tapa / Conmemoración
El polaco más célebre
Por Giuseppina Manin

Vivió vertiginosamente y murió joven. En su homenaje se realizan conciertos, misas, campañas de marketing , paseos, un videojuego y hasta la puesta en órbita de su obra

"Vive vertiginosamente, muere joven, deja un cadáver hermoso." El lema de James Dean se aplica a Frédéric Chopin, el polaco más célebre del mundo. Más que el papa Wojtila, más que Lech Walesa. Treinta y nueve años vividos peligrosamente; adorado por condesitas como Maria Wodzinska, por escritoras famosas y desprejuiciadas y muchachas en flor como Jane Stirling, su alumna escocesa, que estuvo a su lado en los últimos años.

Chopin forever young . Hasta ahora que cumple 200 años. Cumpleaños con gran fiesta en todo el mundo, sobre todo en Polonia, a pesar de que el día de su nacimiento siga siendo un misterio. ¿El 22 de febrero, como dice el acta bautismal, o el 1° de marzo, como siempre sostuvo la familia? Las dos fechas están separadas por 171 horas. La misma cantidad de horas que duró la maratón chopiniana de Varsovia, que para no refutar ninguna de las dos versiones, abrazó a ambas en un puente ideal de música, de lunes a lunes.

"Un genio tiene derecho de nacer en el curso de una semana", bromea Waldemar Dabrowski, presidente del comité del Año Chopin. En escena, pasaron 250 músicos, entre los que había estrellas del teclado como Murray Perahia, Ivo Pogorelich, Nelson Goerner, Janusz Olejniczak, Rafal Blechacz (prodigioso vencedor del último Concurso Chopin), Kevin Kenner, Daniel Barenboim, Nikolai Demidenko y Evgeni Kissin. El domingo, vigilia del 1° de marzo, hubo una misa en Cracovia, oficiada por el cardenal Stanislaw Dziwisz, mientras en Varsovia tocaban Martha Argerich y Daniel Barenboim. También el 1° de marzo se celebraron conciertos en el Teatro Nacional y en la casa natal del compositor, en Zelazowa Wola. En la misma fecha, en Varsovia se reabrió el Museo Chopin, reestructurado de acuerdo con un proyecto mutimedia.

Chopin está destinado a convertirse en el ícono de Polonia: una marca que permite relanzar la cultura, el turismo y el marketing . Su cara y su nombre aparecen en los chocolatines y en el vodka, en las estampillas y en las bolsas de compras. En Varsovia pusieron a punto un recorrido con 14 banquetas colocadas en distintos lugares donde uno se sienta y, cuando aprieta la tecla play , escucha la música de Chopin, que también terminó en órbita. Para alegrar a los astronautas del Shuttle, que partió el 8 de febrero, el gobierno polaco donó un CD con una compilación de obras del músico.

En el frente multimedia, se destaca Eternal Sonata , un videojuego de roles que mezcla la fantasía con la biografía del compositor. Y después hay incluso un musical del inglés Richard Berkeley, que lo escribió para acercar a los jóvenes a un artista tan subversivo y revolucionario que los nazis, durante la ocupación de Polonia, prohibieron escucharlo.

El cuerpo de Chopin, muerto en París, no se sabe si de tisis o de una enfermedad hereditaria, está sepultado en el Père Lachaise, pero su corazón, por voluntad del compositor, fue trasladado a su patria y conservado en la iglesia de Santa Cruz de Varsovia, en un relicario de cristal, lleno de coñac. Esto no es muy del agrado de los polacos,fansdel vodka.

A Chopin se le dedicarán dos mil conciertos y manifestaciones en todo el mundo. En París, donde vivió muchos años, habrá conciertos en la Biblioteca Polaca, en el Musée d´Orsay, en el Théâtre des Champs Élysées. Y en la Sala Pleyel, llamada así por el célebre piano del autor, tocarán Barenboim, Zimerman y Argerich. En Viena, gran muestra con documentos y fotografías; en Alemania se publican cómics sobre Chopin. Y en los Emiratos Árabes, en el festival de Abu Dhabi, que empieza 20 de marzo, se estrenará una nueva versión del Concierto n° 1 para instrumentos orientales y árabes.

En Roma, en Santa Cecilia, se aplaudió hace unas semanas a Pollini; en Milán, en la Scala, el 1° de marzo se le consagró todo el día: en el centro de la escena dos raros pianos Pleyel reconstruían el sonido del instrumento donde él componía. En el frente discográfico, hay que señalar la Chopin Complete Edition en 17 CD de la Universal; la integral de la EMI; los Scherzi ejecutados por Pietro De Maria para la Decca; el Chopin de Rubinstein y Kissin, editado por Sony.

[Traducción Hugo Beccacece]
© Corriere della Sera y LA NACION

Chopin - Nocturno en si bemol menor Op 9 Nº 1
http://www.youtube.com/watch?v=GZbuA7r17uk&feature=PlayList&p=0FF7E914AABDD630&index=0&playnext=1

Chopin - Introduccion y Polonesa Brillante en do mayor Op 3
http://www.youtube.com/watch?v=i5XBlfbNrWw&feature=related

Chopin – Balada Nº 1 - Claudio ARRAU
http://www.youtube.com/watch?v=ODKH0rna5ys&feature=related


Articulo: http://www.lanacion.com.ar 13/03/2010