
Malraux una aventura intelectual
El 3 de noviembre de 1901 nacía en París una de las leyendas intelectuales del siglo XX: André Malraux. Político y hombre de acción, ensayista y narrador, su trayectoria personal, política y literaria está cuajada de contradicciones y paradojas. Amante del arte oriental, fue acusado de expolio en Indochina, tal vez no injustamente: gran parte de las piezas afganas que ahora se exponen en Barcelona pertenecían a su colección personal. Combatió con las Brigadas Internacionales en la guerra civil española mientras rodaba una película de carácter propagandístico junto a Max Aub, Sierra de Teruel; revolucionario anticolonialista en los años 30, fue ministro de Cultura en los 60... EL CULTURAL publica parte de la correspondencia inédita entre Max Aub y Malraux; las primeras páginas de la polémica biografía de Oliver Todd, que publicará Tusquets en mayo, en versión de Encarna Castejón; un breve ensayo del autor de Malraux en España (Edhasa), Paul Nothomb, amigo personal del escritor, en cuya compañía luchó en la guerra española, período y actuación que analiza Carlos Semprún Maura de manera implacable. También recuperamos en nuestra Primera Palabra un ensayo de Malraux sobre arte inédito en España, incluido en Las voces del silencio (1951) y publicado en Argentina en 1957.
***
Una vida
Por Oliver TODD
“No siempre puede uno escapar de ser perseguido por los Dioses”. Así comenzaba Max Aub su retrato de Malraux, que “teniendo en más la vida, perdió muchas”. Testimonio de la amistad que unió a estos dos hombres durante medio siglo, desde que rodaron Sierra de Teruel en 1938 hasta la muerte de Malraux, queda un jugoso epistolario inédito del que hemos seleccionado estas cartas.
Varias generaciones de franceses se han metido en guerras en nombre de otros. Lectores apasionados o incómodos han reconocido sus propias experiencias en el prisma de la vida y la obra de Malraux. Yo creí durante mucho tiempo que no había mejor manera de vivir y de morir que junto a los miembros de una brigada internacional. Como decía Aragon, apologista del mentir verdadero -patético estereotipo de nuestra época-, hay que mirar el entonces con los ojos de entonces. Antes de la Segunda Guerra Mundial, un período ahora prehistórico para tantos jóvenes lectores, ciertas ecuaciones se imponían con una contagiosa ingenuidad. Estaban de moda las fórmulas esquemáticas: franquistas= fascistas= nazis= el Mal. Y, por el mismo malabarismo ideológico: comunistas= antifascistas= demócratas= el Bien. La historia se revela lentamente en toda su complejidad. ¿Cómo investigar hoy con lucidez y buena fe sobre André Malraux, sin renegar de ciertas nociones y generosas emociones que sus obras arrastran con un estruendo que a cualquiera se le subiría a la cabeza? Otra pregunta temible para quien quiera estudiar a Malraux: ¿tiene importancia la mentira? Entre la duda y la incertidumbre, un biógrafo busca la verdad de los hechos en la vida de un individuo, incluso si éste pasa rápidamente por encima de tal o cual episodio y presenta excusas atenuantes en nombre de los derechos o los deberes de la imaginación. “El hombre es, fundamentalmente, aquello que oculta”, afirmaba Malraux.
No. También es lo que revela y lo que hace. Admitámoslo: Malraux actuó con pasión. André Malraux, proteico y orgulloso Lázaro, resucitó durante algunas semanas el 23 de noviembre de 1996: Jacques Chirac, quinto presidente de la V República, lo elevó al panteón. ¿Por qué?
Chirac me recibe calurosamente un sábado, en un palacio del Elíseo desierto. ¿Se aflojará metafóricamente la corbata? Se sacude y besa a Christine Albanel, entonces consejera de Educación y Cultura. Ella había apoyado a los partidarios de la entrada de Malraux en el Panteón, y había redactado el discurso de Chirac para la ocasión.
-¿Qué autores modernos prefiere, señor Presidente?
Chirac contesta de un tirón.
-Saint-John Perse, Aragon...
Ni denigra ni pone por las nubes al novelista:
-Para mí, Malraux no es un gran escritor, sino un gran hombre.
En eso el Presidente está de acuerdo con André Gide, atento y perplejo amigo de Malraux. Entonces, ¿por qué accede Chirac al “traslado de las cenizas” del escritor a instancias de Pierre Messmer, presidente del Instituto Charles de Gaulle?
-En 1996 -explica Chirac- había que celebrar el vigésimo aniversario de su muerte. Fue compañero del General, e inventó el ministerio de Cultura... Tenía estilo...
Hace poco que el Presidente ha releído L’Espoir:
-Quizás su mejor novela...
Creo que Chirac le daría un 13 sobre 20. No obstante, ve en ese libro “una intensidad poco frecuente, una escala formidable, una búsqueda metafísica...” En su opinión, Malraux encarna cierta “nostalgia francesa, sobre todo de la voluntad y de la fraternidad.”
Las relaciones entre Chirac y Malraux fueron limitadas. En 1962 y 1963, en el consejo de ministros, sentado a un extremo de la mesa, el secretario de Estado Chirac saboreaba el futuro y miraba a la gloria, el ministro de Estado Malraux, que estaba sentado a la derecha de la majestad, el Presidente de Gaulle.
-Malraux dormía con cierta distinción -dice Chirac. Hacía muecas, hundía el mentón en una mano nerviosa... Tenía una gran capacidad para hacerse oír y para dar la impresión de estar adormilado.
Cuando Malraux tomaba la palabra, Chirac veía en los ojos del Presidente “cierta ternura”. A veces, el secretario de Estado iba al ministerio de Cultura:
-En su despacho, Malraux me fascinaba y me irritaba... En marzo de 1967, una de nuestras discusiones acabó bastante mal. Malraux tenía sus arranques. Si alguien le contestaba, se ponía furioso. En lo referente al arte, no tenía jerarquías. Veía a Miguel ángel por todas partes.
Tomo notas. Chirac finge, creo, la inquietud:
-¿No irá usted a escribir eso?
-¿Por qué no?
El Presidente y su consejera sonríen. A Chirac no le gustan mucho los libros de arte de Malraux:
-Carecen de rigor científico. Pero nadie ha hablado de los fetiches tan bien como él.
Malraux consideraba los fetiches “una de las formas más extremas del genio africano .”Chirac se emociona un poco más al evocar al sumo sacerdote gaullista, militante de la Unión del pueblo francés. Sin caer en los tópicos sobre Malraux, demuestra una elocuencia de Antiguo Combatiente al recordar un mitin electoral en Seine-Saint-Denis, barriada roja:
-Yo estaba sentado detrás de Malraux. Los comunistas habían invadido la sala, que se venía abajo. Volaban sillas. Abucheaban a Malraux, que estaba sentado en la tribuna. él aprovechó un silencio y, como actor extraordinario que era, se dirigió a los militantes y simpatizantes del P.C.F.: “Os estuve esperando en el Guadalquivir, y no os vi aparecer...”.
Volvemos al General. Chirac sugiere:
-En todas las civilizaciones, los jefes tienen bufones. Eso los relaja...
En ajedrez, el alfil se coloca junto al rey al principio de la partida. Malraux se quedó junto al General hasta el último movimiento, la inútil y perturbadora abdicación de Charles de Gaulle en 1969.
-La personalidad de Malraux -dice el Presidente- suscita emoción, pero no necesariamente admiración. El agua del corazón nos empaña los ojos.
Había que oír su voz, familiar o de chamán. Un sacerdote se justifica por su fe, Malraux solía imponerse por su voz. A los veinte, los treinta o los cincuenta años, con su voz ronca y su inquietante apostura, tenía un arma: su magnetismo, unido a su autoridad. Imagínense a Malraux profético, a veces descarado, estornudando, lleno de tics, y repitiendo: “es complicado”, “seamos serios”, “cuestión fundamental”, “punto de capital importancia”. En cualquier circunstancia, con un dedo en la boca o en la barbilla, en un salón, un despacho ministerial o un campo de batalla, se reservaba el papel protagonista, salvo cuando Charles de Gaulle estaba presente. Trepidante o impávido, ya se dirigiese a una empleada de hogar o a un dictador, a los guardas de un museo o a su director, Malraux puntuaba sus frases con un tono irevocable: “Déjémoslo... En segundo lugar... En Borobodur, que usted conoce mejor que yo... Stalin es la estadística...”. Según Sartre, mediocre orador pero buen narrador, hay que desconfiar de los escritores que hablan demasiado bien. ¿Es una generalización abusiva?
Chirac, en su discurso en el Panteón, restó importancia a las desventuras de Malraux en Camboya. Según el Presidente, Malraux “tenía intención de tomar muestras de un bajorrelieve en un templo.” ¿Por qué este eufemismo? Las tesis de doctorado francesas evitan hacer referencia a la biografía de Malraux. Con talento o sin él, los doctorandos hablan del yo, de la estética, de la transformación de las civilizaciones, de las fuentes de inspiración orientalistas del escritor.
En torno a esta existencia frenética giran vertiginosamente satisfacciones y disgustos, pero en todas esas páginas el hombre parece incomprensible, a menudo hierático, un puro intelecto desprovisto de sus rasgos más humanos. Al hacer de él una estatua, se olvida su estatura. Aunque François Mauriac escribió con suave censura: “En el fondo, su biografía es su gran negocio.” Malraux jugó con ella, maquillándola y entregándose al público: “Las biografías que van de los cinco a los cincuenta años”, dijo, “son falsas confidencias. Lo que sitúa a un hombre es la experiencia.” Y unos diez años antes de su muerte: “La sinceridad no es un problema que me interese mucho... Creo que el gran valor de la sinceridad murió con el psicoanálisis.”
Emprender la biografía de un escritor no significa emprenderla con su vida o con sus obras. Un fiable especialista en Malraux, R. S. Thornberry, observa acertadamente: “Existe una tendencia lamentable a dejar que la simpatía o la aversión hacia el hombre [Malraux] y su leyenda mermen la facultad crítica.” En cada biógrafo hay un policía enamorado, a veces celoso, a veces feliz, maravillado, estupefacto, una y otra vez seguro de sí mismo o asaltado por la incertidumbre. Hay que plantear todas las preguntas con escepticismo, sin cinismo. Su infancia, que él decía aborrecer, ¿fue desgraciada? ¿Fue Malraux un revolucionario? ¿En qué? ¿Fue un interlocutor de los poderosos del mundo? ¿Cómo? En privado, ¿era amistoso o indiferente? ¿Fue un pionero, o un imitador? ¿Resistente y gaullista con pasión o por cálculo? ¿Un ministro eficaz o soñador? ¿Un drogadicto, un enfermo o un neurótico? ¿Un erudito? En 1978 le pregunté a Raymond Aron lo que pensaba de las declaraciones más sibilinas de su amigo Malraux. Aron contestó, sonriendo: “Un tercio de genialidad, un tercio de falsedad y un tercio incomprensible.” En su último libro, Malraux cita a Valéry y clasifica “la literatura, con razón, entre las profesiones delirantes.” ¿Hasta qué punto deliró Malraux?
***
“No necesito hacer grandes cosas”
“No siempre puede uno escapar de ser perseguido por los Dioses”. Así comenzaba Max Aub su retrato de Malraux, que “teniendo en más la vida, perdió muchas”. Testimonio de la amistad que unió a estos dos hombres durante medio siglo, desde que rodaron Sierra de Teruel en 1938 hasta la muerte de Malraux, queda un jugoso epistolario inédito del que hemos seleccionado estas cartas.
El 3 de noviembre de 1901 nacía en París una de las leyendas intelectuales del siglo XX: André Malraux. Político y hombre de acción, ensayista y narrador, su trayectoria personal, política y literaria está cuajada de contradicciones y paradojas. Amante del arte oriental, fue acusado de expolio en Indochina, tal vez no injustamente: gran parte de las piezas afganas que ahora se exponen en Barcelona pertenecían a su colección personal. Combatió con las Brigadas Internacionales en la guerra civil española mientras rodaba una película de carácter propagandístico junto a Max Aub, Sierra de Teruel; revolucionario anticolonialista en los años 30, fue ministro de Cultura en los 60... EL CULTURAL publica parte de la correspondencia inédita entre Max Aub y Malraux; las primeras páginas de la polémica biografía de Oliver Todd, que publicará Tusquets en mayo, en versión de Encarna Castejón; un breve ensayo del autor de Malraux en España (Edhasa), Paul Nothomb, amigo personal del escritor, en cuya compañía luchó en la guerra española, período y actuación que analiza Carlos Semprún Maura de manera implacable. También recuperamos en nuestra Primera Palabra un ensayo de Malraux sobre arte inédito en España, incluido en Las voces del silencio (1951) y publicado en Argentina en 1957.
***
Una vida
Por Oliver TODD
“No siempre puede uno escapar de ser perseguido por los Dioses”. Así comenzaba Max Aub su retrato de Malraux, que “teniendo en más la vida, perdió muchas”. Testimonio de la amistad que unió a estos dos hombres durante medio siglo, desde que rodaron Sierra de Teruel en 1938 hasta la muerte de Malraux, queda un jugoso epistolario inédito del que hemos seleccionado estas cartas.
Varias generaciones de franceses se han metido en guerras en nombre de otros. Lectores apasionados o incómodos han reconocido sus propias experiencias en el prisma de la vida y la obra de Malraux. Yo creí durante mucho tiempo que no había mejor manera de vivir y de morir que junto a los miembros de una brigada internacional. Como decía Aragon, apologista del mentir verdadero -patético estereotipo de nuestra época-, hay que mirar el entonces con los ojos de entonces. Antes de la Segunda Guerra Mundial, un período ahora prehistórico para tantos jóvenes lectores, ciertas ecuaciones se imponían con una contagiosa ingenuidad. Estaban de moda las fórmulas esquemáticas: franquistas= fascistas= nazis= el Mal. Y, por el mismo malabarismo ideológico: comunistas= antifascistas= demócratas= el Bien. La historia se revela lentamente en toda su complejidad. ¿Cómo investigar hoy con lucidez y buena fe sobre André Malraux, sin renegar de ciertas nociones y generosas emociones que sus obras arrastran con un estruendo que a cualquiera se le subiría a la cabeza? Otra pregunta temible para quien quiera estudiar a Malraux: ¿tiene importancia la mentira? Entre la duda y la incertidumbre, un biógrafo busca la verdad de los hechos en la vida de un individuo, incluso si éste pasa rápidamente por encima de tal o cual episodio y presenta excusas atenuantes en nombre de los derechos o los deberes de la imaginación. “El hombre es, fundamentalmente, aquello que oculta”, afirmaba Malraux.
No. También es lo que revela y lo que hace. Admitámoslo: Malraux actuó con pasión. André Malraux, proteico y orgulloso Lázaro, resucitó durante algunas semanas el 23 de noviembre de 1996: Jacques Chirac, quinto presidente de la V República, lo elevó al panteón. ¿Por qué?
Chirac me recibe calurosamente un sábado, en un palacio del Elíseo desierto. ¿Se aflojará metafóricamente la corbata? Se sacude y besa a Christine Albanel, entonces consejera de Educación y Cultura. Ella había apoyado a los partidarios de la entrada de Malraux en el Panteón, y había redactado el discurso de Chirac para la ocasión.
-¿Qué autores modernos prefiere, señor Presidente?
Chirac contesta de un tirón.
-Saint-John Perse, Aragon...
Ni denigra ni pone por las nubes al novelista:
-Para mí, Malraux no es un gran escritor, sino un gran hombre.
En eso el Presidente está de acuerdo con André Gide, atento y perplejo amigo de Malraux. Entonces, ¿por qué accede Chirac al “traslado de las cenizas” del escritor a instancias de Pierre Messmer, presidente del Instituto Charles de Gaulle?
-En 1996 -explica Chirac- había que celebrar el vigésimo aniversario de su muerte. Fue compañero del General, e inventó el ministerio de Cultura... Tenía estilo...
Hace poco que el Presidente ha releído L’Espoir:
-Quizás su mejor novela...
Creo que Chirac le daría un 13 sobre 20. No obstante, ve en ese libro “una intensidad poco frecuente, una escala formidable, una búsqueda metafísica...” En su opinión, Malraux encarna cierta “nostalgia francesa, sobre todo de la voluntad y de la fraternidad.”
Las relaciones entre Chirac y Malraux fueron limitadas. En 1962 y 1963, en el consejo de ministros, sentado a un extremo de la mesa, el secretario de Estado Chirac saboreaba el futuro y miraba a la gloria, el ministro de Estado Malraux, que estaba sentado a la derecha de la majestad, el Presidente de Gaulle.
-Malraux dormía con cierta distinción -dice Chirac. Hacía muecas, hundía el mentón en una mano nerviosa... Tenía una gran capacidad para hacerse oír y para dar la impresión de estar adormilado.
Cuando Malraux tomaba la palabra, Chirac veía en los ojos del Presidente “cierta ternura”. A veces, el secretario de Estado iba al ministerio de Cultura:
-En su despacho, Malraux me fascinaba y me irritaba... En marzo de 1967, una de nuestras discusiones acabó bastante mal. Malraux tenía sus arranques. Si alguien le contestaba, se ponía furioso. En lo referente al arte, no tenía jerarquías. Veía a Miguel ángel por todas partes.
Tomo notas. Chirac finge, creo, la inquietud:
-¿No irá usted a escribir eso?
-¿Por qué no?
El Presidente y su consejera sonríen. A Chirac no le gustan mucho los libros de arte de Malraux:
-Carecen de rigor científico. Pero nadie ha hablado de los fetiches tan bien como él.
Malraux consideraba los fetiches “una de las formas más extremas del genio africano .”Chirac se emociona un poco más al evocar al sumo sacerdote gaullista, militante de la Unión del pueblo francés. Sin caer en los tópicos sobre Malraux, demuestra una elocuencia de Antiguo Combatiente al recordar un mitin electoral en Seine-Saint-Denis, barriada roja:
-Yo estaba sentado detrás de Malraux. Los comunistas habían invadido la sala, que se venía abajo. Volaban sillas. Abucheaban a Malraux, que estaba sentado en la tribuna. él aprovechó un silencio y, como actor extraordinario que era, se dirigió a los militantes y simpatizantes del P.C.F.: “Os estuve esperando en el Guadalquivir, y no os vi aparecer...”.
Volvemos al General. Chirac sugiere:
-En todas las civilizaciones, los jefes tienen bufones. Eso los relaja...
En ajedrez, el alfil se coloca junto al rey al principio de la partida. Malraux se quedó junto al General hasta el último movimiento, la inútil y perturbadora abdicación de Charles de Gaulle en 1969.
-La personalidad de Malraux -dice el Presidente- suscita emoción, pero no necesariamente admiración. El agua del corazón nos empaña los ojos.
Había que oír su voz, familiar o de chamán. Un sacerdote se justifica por su fe, Malraux solía imponerse por su voz. A los veinte, los treinta o los cincuenta años, con su voz ronca y su inquietante apostura, tenía un arma: su magnetismo, unido a su autoridad. Imagínense a Malraux profético, a veces descarado, estornudando, lleno de tics, y repitiendo: “es complicado”, “seamos serios”, “cuestión fundamental”, “punto de capital importancia”. En cualquier circunstancia, con un dedo en la boca o en la barbilla, en un salón, un despacho ministerial o un campo de batalla, se reservaba el papel protagonista, salvo cuando Charles de Gaulle estaba presente. Trepidante o impávido, ya se dirigiese a una empleada de hogar o a un dictador, a los guardas de un museo o a su director, Malraux puntuaba sus frases con un tono irevocable: “Déjémoslo... En segundo lugar... En Borobodur, que usted conoce mejor que yo... Stalin es la estadística...”. Según Sartre, mediocre orador pero buen narrador, hay que desconfiar de los escritores que hablan demasiado bien. ¿Es una generalización abusiva?
Chirac, en su discurso en el Panteón, restó importancia a las desventuras de Malraux en Camboya. Según el Presidente, Malraux “tenía intención de tomar muestras de un bajorrelieve en un templo.” ¿Por qué este eufemismo? Las tesis de doctorado francesas evitan hacer referencia a la biografía de Malraux. Con talento o sin él, los doctorandos hablan del yo, de la estética, de la transformación de las civilizaciones, de las fuentes de inspiración orientalistas del escritor.
En torno a esta existencia frenética giran vertiginosamente satisfacciones y disgustos, pero en todas esas páginas el hombre parece incomprensible, a menudo hierático, un puro intelecto desprovisto de sus rasgos más humanos. Al hacer de él una estatua, se olvida su estatura. Aunque François Mauriac escribió con suave censura: “En el fondo, su biografía es su gran negocio.” Malraux jugó con ella, maquillándola y entregándose al público: “Las biografías que van de los cinco a los cincuenta años”, dijo, “son falsas confidencias. Lo que sitúa a un hombre es la experiencia.” Y unos diez años antes de su muerte: “La sinceridad no es un problema que me interese mucho... Creo que el gran valor de la sinceridad murió con el psicoanálisis.”
Emprender la biografía de un escritor no significa emprenderla con su vida o con sus obras. Un fiable especialista en Malraux, R. S. Thornberry, observa acertadamente: “Existe una tendencia lamentable a dejar que la simpatía o la aversión hacia el hombre [Malraux] y su leyenda mermen la facultad crítica.” En cada biógrafo hay un policía enamorado, a veces celoso, a veces feliz, maravillado, estupefacto, una y otra vez seguro de sí mismo o asaltado por la incertidumbre. Hay que plantear todas las preguntas con escepticismo, sin cinismo. Su infancia, que él decía aborrecer, ¿fue desgraciada? ¿Fue Malraux un revolucionario? ¿En qué? ¿Fue un interlocutor de los poderosos del mundo? ¿Cómo? En privado, ¿era amistoso o indiferente? ¿Fue un pionero, o un imitador? ¿Resistente y gaullista con pasión o por cálculo? ¿Un ministro eficaz o soñador? ¿Un drogadicto, un enfermo o un neurótico? ¿Un erudito? En 1978 le pregunté a Raymond Aron lo que pensaba de las declaraciones más sibilinas de su amigo Malraux. Aron contestó, sonriendo: “Un tercio de genialidad, un tercio de falsedad y un tercio incomprensible.” En su último libro, Malraux cita a Valéry y clasifica “la literatura, con razón, entre las profesiones delirantes.” ¿Hasta qué punto deliró Malraux?
***
“No necesito hacer grandes cosas”
“No siempre puede uno escapar de ser perseguido por los Dioses”. Así comenzaba Max Aub su retrato de Malraux, que “teniendo en más la vida, perdió muchas”. Testimonio de la amistad que unió a estos dos hombres durante medio siglo, desde que rodaron Sierra de Teruel en 1938 hasta la muerte de Malraux, queda un jugoso epistolario inédito del que hemos seleccionado estas cartas.
México, DF. Septiembre 29, 1944
Mi querido André,
me alegra saberte a salvo. Hace dos años que estoy aquí después de una agradable estancia en el Sahara. Hay una copia de Sierra de Teruel en Nueva York. Está en poder del Museo de Arte Moderno, pero no podemos hacer nada por tenerla. Sería muy interesante tener un [...].
Aquí el momento es propicio bajo todos los puntos de vista. He publicado seis libros. El resto es cine.
¿Es verdad que Cassou ha muerto?
Si no tienes impedimento para la traducción de tus nuevos libros, házmelo saber,
Max Aub
París, 29 de mayo de 1946
Mi querido Max
Gracias por el anuncio del Café. No creo tener necesidad de hacer grandes cosas en este momento, simplemente mándame tu obra sobre Azaña.
No he visto a Negrín. La persona a través de la cual me ha propuesto un encuentro (no tengo su dirección) no me parece de toda confianza, ha pasado muy poco tiempo aquí. Sin embargo, creo que no ignora que he hecho todo lo que he podido y que eso [mis gestiones] no han sido del todo inútiles.
Muy amistosamente
André Malraux
2 octubre 1951
Mi querido Max,
creo que hay que tener en cuenta la proposición de Cassou. Su posición de negociador, la carta en las manos, es muy aceptable para insistir y obtener resultados sin parecer inoportuno; y en este caso particular no me extrañaría que rehusase. Por tanto, esperemos. Si él fracasa la proposición que te he hecho sigue siendo válida. No sólo por el inconveniente de que te cataloguen como gaullista en México, sino incluso aquí; lo que quiero decir es que si se da esta hipótesis, tendrías evidentemente tu visado si el General de Gaulle recupera el poder, pero no lo tendrás seguramente si sus adversarios se mantienen...
Con amistad
André Malraux
París, 3 mayo 1960
Querido Max,
gracias. El embajador nos anuncia dossiers de prensa, pero creo que los artículos relativos a la película no están en ellos aún. Menos mal que hemos hecho, en nuestro tiempo, lo que debíamos hacer, por lo que he entrevisto...
El caballo había perdido una pata, pero ya la ha encontrado. Tiene aquí un gran éxito.
Con amistad te saluda
André Malraux
Sin fecha, hacia 1969-1970
Querido Max
te saludo como a Torres Bodet y a nuestro embajador evidentemente, amigos que quieren pasarse por México, el señor y la señora de la Bruer -con carta de género oficial. Para tu información privada: él es un científico importante en su especialidad (física nuclear, creo), muy gentil y mudo como una carpa. Ella es una millonaria de encanto célebre, ex-mujer de Francis Fabre (los barcos: ella, los alquilaba a Mlle. de Surmont), del tipo pilón festivo.
Ella pinta y le tiene sin cuidado -con una mezcla, o tal vez una alternancia, de genio y de [...]. Eso es todo.
Amigablemente
André Malraux
21 noviembre 1970
Mi querido André:
no te había escrito aún sobre la muerte del General, no sabía que decirte.
Pasará mucho tiempo...
Un compromiso: ¿Me harías un favor? Le he dado tu nombre, con todas las precauciones, debidas, a Mathias, Secretario de la Guggenheim, para que apoyes mi solicitud de una ayuda para terminar el libro “Buñuel”. Me he atascado en el manierismo, y aún tengo para dos años. (¿Conoces tú el librito de G. R. Hocke: Laberinto del Arte Fantástico?). Nadie como tú... Por lo demás, es la única manera de que nos veamos el año que viene. Trabajo, pena. La pena (no es lo mismo).
Max Aub
***
La última guerra
Por Paul NOTHOMB
Los historiadores destructores de leyendas en el caso de Malraux habrán perdido el tiempo. El autor de L’Espoir combatió en efecto en España. Comandó realmente una formación aérea extranjera, al servicio de la República española. Participó personalmente en incursiones de bombardeo sobre las líneas enemigas, etcétera. No se conseguirá tampoco contraponer su poca urgencia en unirse a la Resistencia activa bajo la ocupación a la extraordinaria prontitud de su compromiso con la guerra civil española.
Al lado de Malraux, durante varios meses tuve ocasión de verlo en acción, o como él decía (hablando de la guerra o de cualquier otra empresa que técnicamente no podía llevar a cabo en solitario, pero que en este caso no le absorbía menos que la escritura), «tirando». Y puedo atestiguar que detrás del escritor ya célebre, el hombre que pude conocer poco a poco en la acción cotidiana no hacía literatura. Si tenía mil ideas en mente, no perseguía nunca más que una cada vez y con una rara obstinación.
No era la aventura gratuita, ni el gesto espectacular lo que buscaba improvisando de la noche a la mañana cómo proveer de aviones a la joven República, y comandando después una escuadrilla compuesta al principio de mercenarios. Parecía ansioso. Llevaba a cabo la única cosa eficaz que de momento se impuso, y en la que nadie antes que él había pensado, sobre todo en cuanto a su puesta en práctica. Desde 1933 había asistido al desmoronamiento frente a Hitler del partido comunista más poderoso de Europa, a la anexión de Austria, a la conquista de Etiopía... ¿Sería por fin éste el golpe que lo detendría? Bastaba con tal posibilidad para no descuidar ni el más mínimo detalle. Por muy sensible que fuera a la explosión de «ilusión lírica» que lo acogió a su llegada a España, y que tan bien describió en L’Espoir, se resistió a abandonarse a ella. Evaluaba con mirada fría la nueva situación, calibraba las extraordinarias posibilidades de actuar que ofrecía pero que, por muy ventajosas que pareciesen de pronto, no habían modificado en lo fundamental la relación de fuerzas en conflicto. Como antes del golpe, en la guerra civil que empezaba eran los desconcertados rebeldes franquistas quienes tenían, de lejos, más probabilidades de ganar a los enardecidos «leales». Y de ganar rápidamente. Era una carrera contra el tiempo.
Durante nuestros encuentros, que se mantuvieron a lo largo de los años y hasta su muerte, intercambiamos opiniones sobre asuntos que no eran los que uno esperaría de labios de dos ex combatientes. Sin embargo, a menudo hablábamos de España, y recuerdo su observación cuando se sorprendió de ello: «¿Por qué pensamos tanto en ello? ¿Nostalgia de nuestra juventud? No. Fue una guerra de hombres, sin duda la última». Era eso lo que lamentaba; era sobre todo eso lo que le faltaba para volver a escribir una gran novela: no la guerra, sino los hombres. Los hombres con minúscula que son como la misma arcilla con que está modelada L’Espoir.
Por desgracia, tan sólo tenía ya como interlocutores privilegiados a Hombres con mayúscula, Hombres providenciales, Hombres de la Historia, enzarzados en sus razones de Estado, gigantes de todo tipo, reales o imaginarios, de los cuales sus preferidos seguían siendo Mao y de Gaulle (que le haría casarse con Francia..., prueba de que no se consideraba su hijo). Todos estos grandes personajes conseguirían, claro está, fascinar en él al filósofo y al visionario. Pero debemos suponer que no inspiraban al artista, o que su admiración por ellos lo paralizaba. «El talento hace lo que quiere, el genio lo que puede...» ¿Cómo hubiera podido Malraux crear una nueva gran obra fraternal con esos modelos, que en tan poca medida eran sus hermanos? No tocábamos nunca ese tema, pero era demasiado inteligente para no advertirlo. Y como había entre nosotros esa connivencia que proporciona a la amistad un gran recuerdo, él sabía que yo sabía que él sabía que no escribiría nunca más otro L’Espoir gaullista. Y él sabía también que el Malraux que yo había conocido en 1936 y 1937 era el más auténtico, el más verdadero. El que mejor resistiría las «desmitologizaciones» que fatalmente atraen todas las leyendas.
***
¿Intelectual o aventurero?
Por Luis Antonio DE VILLENA
Entrevistada, Marguerite Duras dijo que Sartre más que un escritor era un moralista. Creo que añadió “un gran moralista”. Claro es -podríamos objetar- que ha habido moralistas que escribían muy bien. ¿Podríamos decir hoy -en su centenario- algo parecido de André Malraux? ¿Por ejemplo que fue más un intelectual -palabra tan desdibujada hoy en día- que, estrictamente, un escritor?
Es evidente que la percepción que tuvieron de Malraux los lectores de los años 30, cuando se publicó La condición humana (1933) su más reputada novela, cuando vivía él frenéticamente, incluso un tanto teatralmente entre el compromiso político y la aventura (Malraux no ocultó jamás su admiración por ciertos aventureros, digamos T. E. Lawrence) es forzosamente distinta de la percepción que tenemos -o tuvimos- quienes empezamos a leer a Malraux cuando él vivía aún, y era -lo fue desde la guerra- un hombre del general De Gaulle, un izquierdita de derechas, lejano al Mayo francés y amigo -o amante semisecreto- de una elegante escritora y dama de mundo, Louise de Vilmorin... Cuál de esos Malraux preferirá el lector actual? ¿El intelectual de izquierdas que pensaba la revolución en el servicio a la acción? ¿O el desencantado -algo desencantado- caballero gaullista, que pensaba el arte y sus orbes y que escribió aquellas Antimemorias (1967) bastante más convencionales de lo que su título indica?
Como André Gide, Malraux parece ahora una importante figura histórica. Sin embargo tengo la sensación de que sus primeros libros -las novelas de la acción, que algunos tacharon de reportajes- están más vivos que sus reflexiones sobre el arte, cuando se había convertido en ministro o ex ministro habituado a la buena vida entre alfombras, cocktails y grandes hoteles. Como sea, André Malraux fue una figura capital de su tiempo, pero duda uno -encarándolo- si la tentación aventurera no le hubiera sido más fértil que la pensadora. Hemingway -un personaje con el que une a Malraux más de lo que de golpe parece- también luchó por la libertad. Hemingway era un norteamericano a la vieja usanza, que miraba la libertad y la democracia -algo whitmanianamente- sin ideologías demasiado concretas. Malraux, al contrario y cerca, luchó también por la libertad sin desdeñar la aventura, pero pleno de convicciones metahistóricas. Hemingway fotografiado con los tanques aliados cerca de París no está lejos de la célebre foto de Malraux aviador, junto a su avión de hélice, durante la guerra de España...
En sus inicios -tras haber estudiado arqueología y orientalismo- Malraux con 22 años se marcha a China y a Indochina, y allí escribe una de sus novelas, para mí, más bellas, menos ideológicas: El camino real (La Voie Royale) publicada en 1930. Podemos imaginarnos a un Malraux lejos de su posterior -y sin duda notable- Psicología del arte, siguiendo el camino de la acción? Creo que hoy André Malraux es menos una lectura que un nombre, un alto nombre de cuando aún era la cultura francesa pivote del mundo. Pero igual que el gran Sartre nos parece ahora antiguo en su grandeza, Malraux puede parecernos antiguo en su intelectualidad. ¿Qué es hoy un intelectual? Quizá todo escritor se equivoca cuando antepone cualquier cosa a su escritura. ¿Pero la escritura no es moral, no es también inteligencia?
***
La leyenda española
Por Carlos SEMPRÚN MAURA
Es una pena que el célebre restaurante Luis XIV, en la plaza de las Victorias de París, haya cerrado, ignoro por qué motivos. El caso es que su “libro de oro” desaparecido nos hubiera permitido ver la firma de André Malraux, después de placenteras comilonas, junto a otros famosos, en 1936, 1937, mientras que el mismo Malraux, y al mismo tiempo, combatía en España, en las más álgidas batallas de nuestra guerra civil.
Como André Gide, Malraux parece ahora una importante figura histórica. Sin embargo tengo la sensación de que sus primeros libros -las novelas de la acción, que algunos tacharon de reportajes- están más vivos que sus reflexiones sobre el arte, cuando se había convertido en ministro o ex ministro habituado a la buena vida entre alfombras, cocktails y grandes hoteles. Como sea, André Malraux fue una figura capital de su tiempo, pero duda uno -encarándolo- si la tentación aventurera no le hubiera sido más fértil que la pensadora. Hemingway -un personaje con el que une a Malraux más de lo que de golpe parece- también luchó por la libertad. Hemingway era un norteamericano a la vieja usanza, que miraba la libertad y la democracia -algo whitmanianamente- sin ideologías demasiado concretas. Malraux, al contrario y cerca, luchó también por la libertad sin desdeñar la aventura, pero pleno de convicciones metahistóricas. Hemingway fotografiado con los tanques aliados cerca de París no está lejos de la célebre foto de Malraux aviador, junto a su avión de hélice, durante la guerra de España...
En sus inicios -tras haber estudiado arqueología y orientalismo- Malraux con 22 años se marcha a China y a Indochina, y allí escribe una de sus novelas, para mí, más bellas, menos ideológicas: El camino real (La Voie Royale) publicada en 1930. Podemos imaginarnos a un Malraux lejos de su posterior -y sin duda notable- Psicología del arte, siguiendo el camino de la acción? Creo que hoy André Malraux es menos una lectura que un nombre, un alto nombre de cuando aún era la cultura francesa pivote del mundo. Pero igual que el gran Sartre nos parece ahora antiguo en su grandeza, Malraux puede parecernos antiguo en su intelectualidad. ¿Qué es hoy un intelectual? Quizá todo escritor se equivoca cuando antepone cualquier cosa a su escritura. ¿Pero la escritura no es moral, no es también inteligencia?
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La leyenda española
Por Carlos SEMPRÚN MAURA
Es una pena que el célebre restaurante Luis XIV, en la plaza de las Victorias de París, haya cerrado, ignoro por qué motivos. El caso es que su “libro de oro” desaparecido nos hubiera permitido ver la firma de André Malraux, después de placenteras comilonas, junto a otros famosos, en 1936, 1937, mientras que el mismo Malraux, y al mismo tiempo, combatía en España, en las más álgidas batallas de nuestra guerra civil.
No se trata en este caso, como en otros episodios de la leyenda, de una mera invención personal, sino de la mentira oficial de la Internacional comunista. Esto, para un escritor, sería lo de menos, porque pese a sus diferentes caretas de aventurero, de ministro y de profundo pensador del destino y del arte, es el escritor, a secas, quien ha dejado algunas brasas, en medio de la ceniza de sus infinitas peripecias.
En 1936, Malraux es un propagandista (agit-pop), se decía en su jerga) de la Internacional Comunista, a las órdenes de Stalin, pero sin carné; no hubo muchos en su caso, aunque se mostró tan disciplinado como los demás. Cuando estalla la sublevación militar, en julio de 1936, le envían a España. Allí organiza la famosa escuadrilla de avionetas, que la leyenda pretende que dirige, como si fuera un Guynemer, u otro de los ases de la aviación de la guerra 14/18, cuando no sabía pilotar, ni siquiera conducir un coche. Pero bueno, organizó dicha escuadrilla, con voluntarios franceses y belgas, y los pocos y mal armados aviones, combatieron como pudieron. En diciembre de 1936, Malraux se marcha de España, cena en el Luis XIV y, a principios de 1937, está en los EE.UU., para una gira de conferencias y colecta de fondos, a favor de la España republicana, o sea de algo que ya no existe, que es mera ficción. Si ha logrado crear esa escuadrilla lo debe a sus apoyos comunistas y soviéticos, y, claro, a Pierre Cot, ministro de Aviación del gobierno del Frente popular francés, “hombre de Moscú”, hasta que en 1945, fue diputado en las listas del PCF. A partir de enero de 1937, Malraux realiza varios viajes a España, participa en diversos congresos de “intelectuales antifascistas”, y monta otra “escuadrilla”, en este caso cinematográfica, la torpe película Sierra de Teruel, en realidad realizada por Max Aub.
Queda el aparente enigma, que muchos citan sin elucidarlo, porque al hacerlo sus propias estatuas se derrumbarían, con sus tenderetes de fresas y de derechos de autor: ¿por qué el agit-pop Malraux, quien actuó y escribió a las órdenes y en defensa del comunismo, encarnado por la URSS y Stalin, al terminar nuestra guerra, se calla, no publica, no actúa, hasta que en 1944, reaparece como coronel Berger, resistente, combatiente de verdad, y luego como ministro del general de Gaulle, primero de Información, luego de Cultura, responsable gaullista y anticomunista? Este silencio se explica fácilmente. Malraux y su doble legendario, Malraux escultor de su propia estatua, no puede afirmar a la vez: yo fui un gran combatiente a las órdenes de Moscú, y el comunismo es un totalitarismo monstruoso comparable al nazismo. Fue precisamente durante nuestra guerra civil cuando se fraguó la alianza nazi-soviética, que luego se descubrió en 1939, con el famoso Pacto. Malraux no ha aludido a este asunto, hábilmente lo capea y se convierte en anticomunista sin la menor autocrítica, porque prefiere mantener su leyenda de combatiente antifascista y de as de la aviación. Siempre me ha extrañado que prácticamente nadie haya recalcado el hecho de que grandes escritores, como Dos Passos, Hemingway, Koestler o Paz, comunistas o simpatizantes, se convirtieran en anticomunistas precisamente durante la guerra de España, porque fue allí donde vieron por primera vez el verdadero rostro del totalitarismo. Orwell fue un caso aparte, porque nunca fue comunista, pero fue en tierras españolas donde se convirtió en anticomunista decidido.
La reciente biografía de Malraux, de Olivier Todd, que tiene aspectos interesantes y desvela algunas de las mentiras del personaje, es, en cambio, desastrosa en todo lo referente a Malraux en España. Tratándose de Orwell, precisamente, nota malevolamente que estaba ausente en 1937, de un congreso de intelectuales antifascistas, cuando por aquellas fechas, Orwell, después de un año en el frente de Aragón, tuvo que huir clandestinamente de España, para que los “intelectuales antifascistas”, la policía comunistas, o el NKVD, no le asesinaran, como asesinaron a otros milicianos del POUM, y no sólo del POUM.
En su prólogo a Santuario de W. Faulkner, Malraux escribe que el autor había introducido la tragedia griega en la novela policíaca. Es el tipo de afirmaciones que impresionan, pero que no significan gran cosa. Al Malraux escritor, siempre le ha fascinado “el sentimiento trágico de la vida”, y creyó ver en el comunismo, sus guerras y revoluciones, la tragedia moderna, pero jamás quiso ver la realidad detrás de la leyenda: el Gulag detrás del golpe bolchevique de 1917, o las torturas en la Lubianka, detrás de las floridas frases de Neruda, pongamos. Al revés, defendió los estalinistas procesos de Moscú, el proceso del POUM en Barcelona, y demás manifestaciones del terror comunista, hasta que se calló, desapareció, y volvió con otro uniforme, como en una obra de Ionesco.
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La creación artística
por André Malraux
La visión de todo artista es irreductible a la visión común, porque desde su origen está ordenada por los cuadros y las estatuas, por el mundo del arte. Es revelador que ninguna memoria de gran artista conserve el recuerdo de una vocación nacida de algo que no sea la emoción sentida ante una obra: representación teatral, lectura de un poema o de una novela para los escritores; audición para los músicos; contemplación de un cuadro para los pintores.
En 1936, Malraux es un propagandista (agit-pop), se decía en su jerga) de la Internacional Comunista, a las órdenes de Stalin, pero sin carné; no hubo muchos en su caso, aunque se mostró tan disciplinado como los demás. Cuando estalla la sublevación militar, en julio de 1936, le envían a España. Allí organiza la famosa escuadrilla de avionetas, que la leyenda pretende que dirige, como si fuera un Guynemer, u otro de los ases de la aviación de la guerra 14/18, cuando no sabía pilotar, ni siquiera conducir un coche. Pero bueno, organizó dicha escuadrilla, con voluntarios franceses y belgas, y los pocos y mal armados aviones, combatieron como pudieron. En diciembre de 1936, Malraux se marcha de España, cena en el Luis XIV y, a principios de 1937, está en los EE.UU., para una gira de conferencias y colecta de fondos, a favor de la España republicana, o sea de algo que ya no existe, que es mera ficción. Si ha logrado crear esa escuadrilla lo debe a sus apoyos comunistas y soviéticos, y, claro, a Pierre Cot, ministro de Aviación del gobierno del Frente popular francés, “hombre de Moscú”, hasta que en 1945, fue diputado en las listas del PCF. A partir de enero de 1937, Malraux realiza varios viajes a España, participa en diversos congresos de “intelectuales antifascistas”, y monta otra “escuadrilla”, en este caso cinematográfica, la torpe película Sierra de Teruel, en realidad realizada por Max Aub.
Queda el aparente enigma, que muchos citan sin elucidarlo, porque al hacerlo sus propias estatuas se derrumbarían, con sus tenderetes de fresas y de derechos de autor: ¿por qué el agit-pop Malraux, quien actuó y escribió a las órdenes y en defensa del comunismo, encarnado por la URSS y Stalin, al terminar nuestra guerra, se calla, no publica, no actúa, hasta que en 1944, reaparece como coronel Berger, resistente, combatiente de verdad, y luego como ministro del general de Gaulle, primero de Información, luego de Cultura, responsable gaullista y anticomunista? Este silencio se explica fácilmente. Malraux y su doble legendario, Malraux escultor de su propia estatua, no puede afirmar a la vez: yo fui un gran combatiente a las órdenes de Moscú, y el comunismo es un totalitarismo monstruoso comparable al nazismo. Fue precisamente durante nuestra guerra civil cuando se fraguó la alianza nazi-soviética, que luego se descubrió en 1939, con el famoso Pacto. Malraux no ha aludido a este asunto, hábilmente lo capea y se convierte en anticomunista sin la menor autocrítica, porque prefiere mantener su leyenda de combatiente antifascista y de as de la aviación. Siempre me ha extrañado que prácticamente nadie haya recalcado el hecho de que grandes escritores, como Dos Passos, Hemingway, Koestler o Paz, comunistas o simpatizantes, se convirtieran en anticomunistas precisamente durante la guerra de España, porque fue allí donde vieron por primera vez el verdadero rostro del totalitarismo. Orwell fue un caso aparte, porque nunca fue comunista, pero fue en tierras españolas donde se convirtió en anticomunista decidido.
La reciente biografía de Malraux, de Olivier Todd, que tiene aspectos interesantes y desvela algunas de las mentiras del personaje, es, en cambio, desastrosa en todo lo referente a Malraux en España. Tratándose de Orwell, precisamente, nota malevolamente que estaba ausente en 1937, de un congreso de intelectuales antifascistas, cuando por aquellas fechas, Orwell, después de un año en el frente de Aragón, tuvo que huir clandestinamente de España, para que los “intelectuales antifascistas”, la policía comunistas, o el NKVD, no le asesinaran, como asesinaron a otros milicianos del POUM, y no sólo del POUM.
En su prólogo a Santuario de W. Faulkner, Malraux escribe que el autor había introducido la tragedia griega en la novela policíaca. Es el tipo de afirmaciones que impresionan, pero que no significan gran cosa. Al Malraux escritor, siempre le ha fascinado “el sentimiento trágico de la vida”, y creyó ver en el comunismo, sus guerras y revoluciones, la tragedia moderna, pero jamás quiso ver la realidad detrás de la leyenda: el Gulag detrás del golpe bolchevique de 1917, o las torturas en la Lubianka, detrás de las floridas frases de Neruda, pongamos. Al revés, defendió los estalinistas procesos de Moscú, el proceso del POUM en Barcelona, y demás manifestaciones del terror comunista, hasta que se calló, desapareció, y volvió con otro uniforme, como en una obra de Ionesco.
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La creación artística
por André Malraux
La visión de todo artista es irreductible a la visión común, porque desde su origen está ordenada por los cuadros y las estatuas, por el mundo del arte. Es revelador que ninguna memoria de gran artista conserve el recuerdo de una vocación nacida de algo que no sea la emoción sentida ante una obra: representación teatral, lectura de un poema o de una novela para los escritores; audición para los músicos; contemplación de un cuadro para los pintores.
No se encuentra nunca el caso de un hombre conmovido por un espectáculo o un drama, y que de pronto se sienta obsesionado por la voluntad de expresarlo y lo consiga. “Yo también seré pintor”, podría ser la expresión rabiosa de todas las vocaciones. Según las biografías legendarias, Cimabue admira a Giotto, pastor que dibuja carneros; según las biografías verídicas, no son los carneros los que dan a Giotto el amor de la pintura: son precisamente los cuadros de Cimabue. Lo que hace de un hombre un artista es haber sido alcanzado en la adolescencia más profundamente por el descubrimiento de las obras de arte que por el de las cosas que representan, y tal vez, simplemente, por el de las cosas.
No hay pintor que haya pasado de sus dibujos de niño a su obra. Los artistas no se originan en su infancia, sino en el conflicto con la madurez de otros; no en su mundo informe, sino en la lucha contra la forma que otros han impuesto al mundo. Cuando jóvenes, Miguel ángel, el Greco, Rembrandt, imitan; Rafael imita; imitan Poussin, Velázquez y Goya; Delacroix y Manet y Cézanne y... desde que los documentos nos permiten remontarnos al origen de la obra de un pintor, de un escultor -de todo artista- encontramos, no un sueño o un grito ordenados luego, sino los sueños, los gritos o la serenidad de otro artista. Y en los tiempos en que las obras anteriores son recusadas, el genio cesa durante años: se camina mal en el vacío. Una civilización que rompe con el estilo de que dispone, se encuentra frente a la nada: el budismo, suficientemente fuerte para metamorfosear el Asia, sólo llega a encontrar la cara de su Justo modificando, de generación en generación, la cara de Apolo. Por profunda que sea la verdad que quiere proclamar el artista, si no dispone más que de ella, se vuelve mudo.
Pocas veces han hablado al dolor humano la lengua que podía realmente entender; pero parece que fueron fácilmente comprendidas por las multitudes. La fascinación del cristianismo no estuvo en absoluto antes que nada en el cielo: encontramos menos paraísos que cruces en las primeras pinturas cristianas. El cristianismo fue fundado en significación sobre lo que tenía más necesidad de ser: el sufrimiento. El sufrimiento antiguo fue sin duda la atroz soledad que encontramos en los lugares de Asia de donde el budismo ha desaparecido: sin duda Roma se parecía a las grandes ciudades chinas del fin del Imperio, con sus miserables sin esperanzas que agotaban ante la indiferencia ilimitada de los hombres, un dolor sin finalidad y sin significación, y empleaban en treinta años de lepra, de sífilis o de tuberculosis su estupor de estar en el mundo. Job en el estercolero, pero sin el Señor.
El occidente que no osa pasar ante la miseria sin cerrar los ojos no concibe que, para el mendigo, para el humillado, para el inválido, para el esclavo, hubo algo más necesario todavía que el otro mundo: escapar al absurdo y a la soledad del dolor sin esperanza. La primera predicación cristiana en Roma fue invencible porque decía a una esclava, hija de esclavos, que veía morir en vano a su hijo esclavo, nacido en vano: “Jesús, hijo de dios, murió torturado en el Gólgota para que tú no estés sola ante esta agonía”. Sin embargo, las muchedumbres entregadas a las fieras porque preferían las fieras al absurdo -y más tarde, las multitudes convertidas- no supieron expresar su dios, durante siglos, sino por medio de las formas creadas por sus asesinos. Grandiosa catalepsia que se abate sobre el arte con cada Revelación, cristianismo y budismo primero ciegos, revoluciones que no se ven si no es con los ojos de sus adversarios ejecutados...
No sabemos cómo podría ser un gran artista que no hubiese conocido ninguna obra de arte y sólo se hubiese encontrado frente a formas vivientes. El problema de las causas primeras no es exclusivo del arte. Tenemos ideas confusas sobre los dibujos de los pitecántropos. En el origen de las más antiguas civilizaciones, parece que encontrásemos a la vez el signo expresivo (la figurita de Sumer, de las Cícladas, de Mohenjo-Daro) y el decorado o la figura geométrica, el primer sobresalto del hombre. A veces la maestría de algunos de esos decorados nos hace sospechar la existencia de otra civilización detrás de esa que se libera del caos.
Pero el arte de ninguna civilización naciente -aunque hubiese sido más fácil dibujar siluetas siguiendo las sombras, y aunque se conociese el vaciado- ha ido del hombre a dios; todos han ido de dios, o de lo sagrado, al hombre. Siguiendo su curva, la busca del primitivismo alcanza el umbral de la protohistoria. ¿Qué pintor, frente a un bisonte de Altamira, no reconoce un estilo elaborado? Las figuras rupestres de Rodesia, también anteriores a la historia, muestran convenciones tan rigurosas como el arte bizantino... Por lejos que nos remontemos, adivinamos otras formas detrás de las que nos conmueven; las figuras de las grutas de Lascaux (¡y cuántas otras!) son verosímilmente “ampliaciones”; es seguro que no deben nada al azar, que no son obras de instinto; y tampoco sometidas a modelos presentes.
Cronología
París 1901-1976
1901 André Malraux nace el 3 de noviembre de 1901, en el seno de una acaudalada familia parisén.
1905-19 Sus padres se separan. El escritor pasa su adolescencia con su madre, su abuela y su tía.
1920-21 Publica su primer artículo en la revista “La Connaissance”. Colabora en obras de Jules Laforgue. Crea la revista “Action”. Comienza Lunes en papier.
1922-24 Se casa con Clara Goldschmidt. Viaja a Camboya en una misión arqueológica, donde es acusado de robar en un templo budista unas estatuillas. Fue condenado a tres años de prisión, pero la presión de la intelectualidad francesa consigue su puesta en libertad.
1925 -27 Funda el periódico “L’Indochine”. Su viaje a China y su participación en la revolución influye en su producción. Publica La tentación del Occidente.
1928-34 Publica Los Conquistadores, La vía real (1930), y obtiene el Premio Goncourt por su obra La condición humana. Un año más tarde preside el Comité Mundial de Liberación de Dimitrof y Thalemann.
1935-38 Su obra La época del desprecio está inspirada en un viaje a la Alemania de Hitler. Participa en la guerra civil española como piloto de un escuadrón republicano. Esta experiencia es la base de su novela La Esperanza y de una película, Sierra de Teruel. Se separa de Clara y se une sentimentalmente a Josette Clotis.
1939-44 Vuelve a Francia y comienza Mayrena, segunda parte de Puissances du désert. Cae prisionero de los alemanes, pero logrará huir. Todo ello queda recogido en Los nogales de Altenburg. Se une a la Resistencia.
1945-51 Muere Josette Clotis. Comienza sus años en la política. Es nombrado ministro de información, y secretario general con De Gaulle. Publica Dessins de Goya au musée du Prado y La psicología del arte, cuyos tres primeros volúmenes, El museo imaginario, La creación artística, y La moneda de lo absoluto, serán recopilados y revisados en Las voces del silencio.
1952-57 Se publican las obras El museo imaginario de la escultura mundial, y La metamorfosis de los dioses.
1958-69 Es nombrado Ministro de Asuntos Culturales y miembro del Consejo de los Museos de Francia. En 1967 publica la primera parte de sus memorias, Antimemorias.
1970-75 Se retira a Verrieres-Le-Buison, en París. Sus últimas obras son Le triangle noir, Las encinas se abaten, La cabeza obsidiana, Oraciones fúnebres, Huéspedes de paso, Metamorfosis de Dios, Lázaro, El espejo de los limbos, El intemporal y comienza la escritura de El hombre precario y la literatura. Comparte sus últimos años de vida con Sophie de Vilmorin.
1976 Muere en Creteil, París, a consecuencia de una embolia pulmonar, el 23 de noviembre.
Articulo:
http://www.elcultural.es 13/03/2010
No hay pintor que haya pasado de sus dibujos de niño a su obra. Los artistas no se originan en su infancia, sino en el conflicto con la madurez de otros; no en su mundo informe, sino en la lucha contra la forma que otros han impuesto al mundo. Cuando jóvenes, Miguel ángel, el Greco, Rembrandt, imitan; Rafael imita; imitan Poussin, Velázquez y Goya; Delacroix y Manet y Cézanne y... desde que los documentos nos permiten remontarnos al origen de la obra de un pintor, de un escultor -de todo artista- encontramos, no un sueño o un grito ordenados luego, sino los sueños, los gritos o la serenidad de otro artista. Y en los tiempos en que las obras anteriores son recusadas, el genio cesa durante años: se camina mal en el vacío. Una civilización que rompe con el estilo de que dispone, se encuentra frente a la nada: el budismo, suficientemente fuerte para metamorfosear el Asia, sólo llega a encontrar la cara de su Justo modificando, de generación en generación, la cara de Apolo. Por profunda que sea la verdad que quiere proclamar el artista, si no dispone más que de ella, se vuelve mudo.
Pocas veces han hablado al dolor humano la lengua que podía realmente entender; pero parece que fueron fácilmente comprendidas por las multitudes. La fascinación del cristianismo no estuvo en absoluto antes que nada en el cielo: encontramos menos paraísos que cruces en las primeras pinturas cristianas. El cristianismo fue fundado en significación sobre lo que tenía más necesidad de ser: el sufrimiento. El sufrimiento antiguo fue sin duda la atroz soledad que encontramos en los lugares de Asia de donde el budismo ha desaparecido: sin duda Roma se parecía a las grandes ciudades chinas del fin del Imperio, con sus miserables sin esperanzas que agotaban ante la indiferencia ilimitada de los hombres, un dolor sin finalidad y sin significación, y empleaban en treinta años de lepra, de sífilis o de tuberculosis su estupor de estar en el mundo. Job en el estercolero, pero sin el Señor.
El occidente que no osa pasar ante la miseria sin cerrar los ojos no concibe que, para el mendigo, para el humillado, para el inválido, para el esclavo, hubo algo más necesario todavía que el otro mundo: escapar al absurdo y a la soledad del dolor sin esperanza. La primera predicación cristiana en Roma fue invencible porque decía a una esclava, hija de esclavos, que veía morir en vano a su hijo esclavo, nacido en vano: “Jesús, hijo de dios, murió torturado en el Gólgota para que tú no estés sola ante esta agonía”. Sin embargo, las muchedumbres entregadas a las fieras porque preferían las fieras al absurdo -y más tarde, las multitudes convertidas- no supieron expresar su dios, durante siglos, sino por medio de las formas creadas por sus asesinos. Grandiosa catalepsia que se abate sobre el arte con cada Revelación, cristianismo y budismo primero ciegos, revoluciones que no se ven si no es con los ojos de sus adversarios ejecutados...
No sabemos cómo podría ser un gran artista que no hubiese conocido ninguna obra de arte y sólo se hubiese encontrado frente a formas vivientes. El problema de las causas primeras no es exclusivo del arte. Tenemos ideas confusas sobre los dibujos de los pitecántropos. En el origen de las más antiguas civilizaciones, parece que encontrásemos a la vez el signo expresivo (la figurita de Sumer, de las Cícladas, de Mohenjo-Daro) y el decorado o la figura geométrica, el primer sobresalto del hombre. A veces la maestría de algunos de esos decorados nos hace sospechar la existencia de otra civilización detrás de esa que se libera del caos.
Pero el arte de ninguna civilización naciente -aunque hubiese sido más fácil dibujar siluetas siguiendo las sombras, y aunque se conociese el vaciado- ha ido del hombre a dios; todos han ido de dios, o de lo sagrado, al hombre. Siguiendo su curva, la busca del primitivismo alcanza el umbral de la protohistoria. ¿Qué pintor, frente a un bisonte de Altamira, no reconoce un estilo elaborado? Las figuras rupestres de Rodesia, también anteriores a la historia, muestran convenciones tan rigurosas como el arte bizantino... Por lejos que nos remontemos, adivinamos otras formas detrás de las que nos conmueven; las figuras de las grutas de Lascaux (¡y cuántas otras!) son verosímilmente “ampliaciones”; es seguro que no deben nada al azar, que no son obras de instinto; y tampoco sometidas a modelos presentes.
Cronología
París 1901-1976
1901 André Malraux nace el 3 de noviembre de 1901, en el seno de una acaudalada familia parisén.
1905-19 Sus padres se separan. El escritor pasa su adolescencia con su madre, su abuela y su tía.
1920-21 Publica su primer artículo en la revista “La Connaissance”. Colabora en obras de Jules Laforgue. Crea la revista “Action”. Comienza Lunes en papier.
1922-24 Se casa con Clara Goldschmidt. Viaja a Camboya en una misión arqueológica, donde es acusado de robar en un templo budista unas estatuillas. Fue condenado a tres años de prisión, pero la presión de la intelectualidad francesa consigue su puesta en libertad.
1925 -27 Funda el periódico “L’Indochine”. Su viaje a China y su participación en la revolución influye en su producción. Publica La tentación del Occidente.
1928-34 Publica Los Conquistadores, La vía real (1930), y obtiene el Premio Goncourt por su obra La condición humana. Un año más tarde preside el Comité Mundial de Liberación de Dimitrof y Thalemann.
1935-38 Su obra La época del desprecio está inspirada en un viaje a la Alemania de Hitler. Participa en la guerra civil española como piloto de un escuadrón republicano. Esta experiencia es la base de su novela La Esperanza y de una película, Sierra de Teruel. Se separa de Clara y se une sentimentalmente a Josette Clotis.
1939-44 Vuelve a Francia y comienza Mayrena, segunda parte de Puissances du désert. Cae prisionero de los alemanes, pero logrará huir. Todo ello queda recogido en Los nogales de Altenburg. Se une a la Resistencia.
1945-51 Muere Josette Clotis. Comienza sus años en la política. Es nombrado ministro de información, y secretario general con De Gaulle. Publica Dessins de Goya au musée du Prado y La psicología del arte, cuyos tres primeros volúmenes, El museo imaginario, La creación artística, y La moneda de lo absoluto, serán recopilados y revisados en Las voces del silencio.
1952-57 Se publican las obras El museo imaginario de la escultura mundial, y La metamorfosis de los dioses.
1958-69 Es nombrado Ministro de Asuntos Culturales y miembro del Consejo de los Museos de Francia. En 1967 publica la primera parte de sus memorias, Antimemorias.
1970-75 Se retira a Verrieres-Le-Buison, en París. Sus últimas obras son Le triangle noir, Las encinas se abaten, La cabeza obsidiana, Oraciones fúnebres, Huéspedes de paso, Metamorfosis de Dios, Lázaro, El espejo de los limbos, El intemporal y comienza la escritura de El hombre precario y la literatura. Comparte sus últimos años de vida con Sophie de Vilmorin.
1976 Muere en Creteil, París, a consecuencia de una embolia pulmonar, el 23 de noviembre.
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