vendredi 5 mars 2010

Juan Carlos GÓMEZ/ Witold GOMBROWICZ & las Mujeres de Antes


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GOMBROWICZIDAS
Witold GOMBROWICZ & las Mujeres de Antes
Por Juan Carlos GÓMEZ

“Debo hablar también un poco de las mujeres de esa época lejana... Mi madre y mi hermana eran virtuosas, creyentes, con principios, como se solía decir entonces, por lo tanto las representantes del bello sexo que frecuentaban nuestra casa se caracterizaban más por sus virtudes que por su coquetería. Las distintas amigas de mi hermana Rena, que pertenecían a la Asociación de Mujeres Terratenientes o a la Acción Católica, se dedicaban generalmente a actividades filantrópicas y no se mostraban nada dispuestas al flirteo (...)”

“Mis hermanos, mayores que yo, se sentían perjudicados, ya que por lo general las amigas de la hermanas son un coto de caza natural para los hermanos; por esta razón su actitud hacia esas amigas y hacia los principios que ellas practicaban era bastante hostil y maligna Pero había mucha ponzoña en las familias piadosas, lo cual demostraba la virulencia con que se producía el proceso de maduración en el seno de la sociedad (...)”

“Polonia era por aquel entonces un país de estilos agonizantes, de las formas que se remataban como a un animal enfermo... ¿Pero acaso esos chirridos formales no eran para mí una verdadera ganga en el momento de escribir ‘Ferdydurke’? No siempre el deseo de venganza de la generación que prosperaba tomaba una forma dramática. Uno de mis amigos se llevaba mal con una de sus tías (...)”

“Esta tía, que actuaba como guardiana y protectora, había condenado públicamente sus esponsales con una señorita no lo suficientemente bien. Entonces mi amigo se buscó una mujer conocida como callejera, que no se presentaba nada mal, le enseñó en unas cuantas lecciones de las llamadas maneras de los salones y la introdujo con un nombre falso en el salón de la tía (...)”

“La cortesana se comportó al parecer, perfectamente, bebía el té y comiscaba los bocaditos de una manera irreprochable, pero resultó que tenía demasiados conocidos entre los señores allí presentes, lo cual provocó pavor, el pavor pánico, y el pánico escándalo, terminando de patitas en la calle no solamente la pobre prostituta sino también mi amigo”. Las polacas de su generación tuvieron un verdadero maestro en Tadeusz Boy Zelenski.

Médico, poeta, escritor, crítico literario y teatral, traductor de más de cien títulos de literatura francesa, desmitificador de las tradiciones nacionalistas de la nobleza y de la iglesia, fue asesinado por la Gestapo en 1941. Pertenecía a la generación anterior a la de Gombrowicz, inteligente y talentoso dedicó buena parte de sus energías a achicar la brecha que existía entre Polonia y Occidente.

Gombrowicz se veía poco con Boy, apenas tenía contacto con las mujeres que lo rodeaban, un séquito de segunda mano, mujeres de letras entradas en años que constituían el estado mayor femenino del maestro. También había mujeres jóvenes y hermosas, actrices, poetisas o a veces simplemente muchachas atraídas por un ambiente donde su belleza podía resplandecer si correr riesgos.

Pero estas jóvenes que venían a buscar la vida fácil en la órbita de Boy, tenían una actitud deliberada, y su deseo de emancipación era demasiado estereotipado, entonces, no resultaban atractivas y hasta llegaban a ser irritantes. La vieja generación de las mujeres de la intelligentsia cargaba con los lugares comunes que había heredado de la tradición y de la literatura de la época anterior.

Eran unas mujeres que estaban dispuestas a cumplir una misión y hablaban en nombre de principios superiores. Eran unas señoras un tanto exageradas, poco flexibles, ingenuas y casi infantiles frente al papel glorioso que habían elegido. Las hijas de estas señoras ya ejercían un mayor control sobre sí mismas.

Una señorita normal, que no rehuía ni a la diversión ni al flirteo, que deseaba casarse, no se sentía cómoda en la armadura de su madre que no estaba hecha a su medida, a menudo perdía el sentido de la proporción, comprendía mal lo que se le pedía y cuáles eran sus deberes. A todo esto se agregaba una contradicción más entre el ambiente de los establecimientos de enseñanza donde reinaba el liberalismo y el espíritu de austeridad que alimentaba su casa.

Boy estaba acercando el modelo de la femineidad polaca al modelo francés, pero entonces vino la guerra y el comunismo y la historia dejó descalzos a los hombres. Polonia se estaba transformando lentamente pero, de pronto, la historia empezó a moverse otra vez bajo sus pies. A Gombrowicz le empezaron a molestar las damas de la sociedad ya desde joven, la más de las veces le resultaban insoportables por su grandilocuencia ingenua y supercómoda.

El programa sublime de estas mujeres era conseguir un marido que ganara dinero o que sacara beneficios de sus dominios, mientras ellas desempeñaban el papel de guardianas de unos ideales a los que no les miraban los dientes porque les venían de unos padres y abuelos venerados.

La nueva generación estaba irritada con esta falsedad de su actitud y de su tono, cada vez más evidente. Pero Gombrowicz no sólo remataba como a un animal enfermo las formas de las mujeres de antes, también remataba las formas de las mujeres modernas. El protagonista de “Ferdydurke” se propone descubrir el talón de Aquiles de los Juventones y decide espiarlos.

Agucé los sentidos. ¡Bestializado espiritualmente, era como un salvaje animal civilizado en el Kulturkampf! Cantó el gallo. Primero apareció Juventona en una robe de chambre a medio peinar”. La Juventona entró al closet-water y salió de allí más orgullosa que al entrar. De este templo sacaban su poder las modernas esposas de los ingenieros y los abogados.

Salían de ese lugar más perfectas y culturales, llevando en alto la bandera del progreso, de ahí provenían la inteligencia y la naturalidad con las que la Juventona atormentaba al protagonista. Enseguida apareció el Juventón trotando en pijama, carraspeando y escupiendo ruidosamente. Al ver la puerta del closet-water risoteó y entró jugueteando.

Salió desmoralizado, con una cara lujuriosa y vil, parecía un tonto.
A Pepe le extrañó que mientras el clost-water ejercía una influencia constructiva sobre la esposa, sobre el esposo actuaba destructivamente. Mientras tanto la doctora se había bañado, se secaba y hacía ejercicios. . Hizo doce cuclillas hasta que los senos sonaron, al protagonista le empezaron a bailar las piernas en un bailoteo infernal y cultural. La intranquilidad de los perseguidos aumentaba porque se sentían mirados.

La doctora trataba de organizar a ciegas una defensa y toda la tarde se dedicó a la lectura de Russell, mientras al esposo se le dio por leer a Wells. No conseguían ubicar su desasosiego, no podían permanecer sentados pero tampoco podían permanecer de pie, el Juventón buscaba la complicidad de Pepe guiñándole un ojo. Se acercaba la noche y con ella la hora decisiva.

Los Juventones entraron al dormitorio y el protagonista corrió para escuchar detrás de la puerta y mirar por el ojo de la cerradura. El ingeniero en calzoncillos y sumamente risueño le contaba a la doctora anécdotas del cabaret: –¡Basta, cállate!; –Espera, chinita, enseguida terminaré; –No soy ninguna chinita, me llamo Juana, sácate los calzoncillos o ponte los pantalones; –¡Calzoncillitos!; –¡Cállate!; –Enciende la luz, vieja; –No soy ninguna vieja.

Juana se preguntaba qué les estaría pasando, le pedía al esposo que volviera en sí, que juntos iban hacia los tiempos nuevos como luchadores y constructores del mañana: –Así es, una gorda, gorda langosta conmigo se acuesta. A pesar de su gordura es muy soñadura. Pero a él no se le antoja porque ya es muy floja. La doctora lo convoca a que piense en la abolición de la pena de muerte, en la época, en la cultura, en el progreso.

Victorcito trotando pega brincos; –¡Víctor! ¿Qué dices? ¿Qué te picó? ¡Hay algo malo! ¡Algo fatal en el aire! La traición; –La traicioncita; –¡Víctor! ¡No uses diminutivos!; –La traicionzuelita. Empezaron a manotearse, uno prendía y otro apagaba la luz, la Juventona jadeaba y el ingeniero jadeaba y chillaba de risa: –¡Espera que te dé una palmadita en el cuellito!; –¡Jamás, suelta o morderé! Víctor echó de sí todos los diminutivos amorosos de alcoba.

El infernal diminutivo que tan decisivamente había pesado en el destino del protagonista ahora le hacía sentir sus garras a los Juventones. El paso de Pepe para descalabrar a la modernidad estaba dado, había preparado todo para el derrumbe final.