samedi 20 mars 2010

Juan CRUZ RUIZ/Sin egos no hay paraíso

Anticipo
Sin egos no hay paraíso
Por Juan Cruz Ruiz

Los entretelones de la vida literaria son el tema de la obra con que el autor español obtuvo el XXII Premio Comillas de la editorial Tusquets. Adelantamos un fragmento del prólogo del libro, que el mes próximo llega a la Argentina

Los egos son la materia misma de la escritura. A lo largo de casi cuarenta años de relación con escritores, en el ejercicio del periodismo o en el desarrollo de una actividad cultural suculenta en épocas de transición cultural y literaria, tuve el privilegio de comprobar qué mueve a los autores. Los mueve la pasión, y los mueve la vocación, pero el motor principal es el ego; no están solos en ello, el ego nos mueve a todos. En el mecanismo de su autoestima desempeñan un papel muy importante los editores; en tiempos más actuales, ese papel ha sido asumido también por los agentes literarios. Cómo no, en esta edificación de los egos desempeña también un papel principal el eco que su producción literaria halla en los medios de comunicación. El ego sin eco no es ego, sino frustración. El escritor busca su foto en los medios, y también la busca el editor: se dice que un libro vale las columnas que te dedica la prensa, y así lo ve el editor muchas veces: da igual lo que digan del libro, que aparezca, y que sea a toda plana. Los periodistas no saben (no sabemos) la importancia capital que una línea tiene en la autoestima de un escritor. El ego es estimulado por las familias, por el contacto con los lectores, por los autógrafos, por las entrevistas, por la peana que la realidad sitúa debajo de los escritores para que éstos vean su sombra más o menos alargada. Los egos son pacíficos y tiernos o son violentos y mayúsculos, engreídos. Todos son posibles, y aceptables, aunque quienes sufran los embates de los egos se sientan disminuidos ante la tormentosa autoestima de los autores; los editores tienen que asumir esas erupciones de ánimo o de desánimo que vienen de las reacciones satisfechas o decepcionadas de sus autores como un hecho de la vida, no como una desgracia. Si no reaccionaran, probablemente tampoco seguirían escribiendo. Es su motor, su adrenalina. Ningún escritor, ni el más humilde, escapa al avance implacable de su propio ego, que a veces lo agarra a él también del cuello y lo lanza o lo elimina, según la intensidad del eco que alcance la obra en la que puso lo mejor de su esfuerzo. Y si alguien dice que no tiene ego, y he asistido a muchas exhibiciones de esta (falsa) modestia, es que el ego está en algún sitio, y aparecerá, acaso con más violencia que los egos a los que uno ya está acostumbrado. El editor ha de estar dispuesto a esa irrupción; puede estallar de noche, o de madrugada, o al amanecer, y la causa puede ser que el autor no encontró en los grandes almacenes su obra recién publicada, o que alguien le avisó de una fiesta a la que él no fue convocado. El autor discreto de pronto ha sentido la llamada de la selva de su ego y agarra el teléfono, descarga su adrenalina sobre el editor despistado y ya le arruina el día, la semana o el futuro contrato.

Hay que estar preparado para ello, eso aprendí ejerciendo el oficio, y lo aprendí experimentándolo. Un día, muy de madrugada, escuché en casa dos de esas llamadas; un autor se había sentido decepcionado porque en la librería de unos grandes almacenes no estaba su libro, y otro me reprochaba que no hubiera recibido una invitación para ir a una copa navideña de la editorial. Eran los dos mensajes que había en el contestador; Navidad, soledad absoluta, el editor regresa a casa y ése es el bagaje que le ha dejado la despedida del año. Ambas llamadas tuvieron lugar, en efecto, entre el 28 de diciembre y el fin de año de 1996, cuando ya llevaba cuatro años como editor; esas dos quejas sonaron en mi contestador a las dos de la madrugada, a mi regreso de vacaciones. ¿Qué podía hacer? Lo único que hice, aparte de lamentar el olvido y maldecir a los que no repusieron la novela del autor decepcionado, fue quitar el contestador. Para siempre. Pero no podía quitar a los autores, tenía que seguir lidiando con sus egos, que los alimentaban a ellos y alimentaban, sin duda, el catálogo de la editorial.

Todos los egos son respetables. La asignatura más difícil de los editores es el aprendizaje del respeto del ego; si no la aprueban, no son nada. Los que publican libros ajenos se saben una prolongación necesaria de los otros. Ese esfuerzo está ya en la propia naturaleza del oficio. Si eso no se entiende, si no se entiende la grave inseguridad del autor (aunque sea el mayor egocéntrico del catálogo) ante la aventura de publicar, es mejor dejar el oficio. El cultivo del ego ajeno empieza por el ego propio. El editor tiene su ego, diluido en el ego de sus escritores. De la combinación de este ego A y de este ego B nace la literatura, que luego se multiplica en el ego de los lectores, de los críticos, de los agentes literarios, y así sucesivamente.

Es un oficio de egos, pero como todos los oficios; el mecánico está encantado de ser el que mejor arregla coches excelentes, que a su vez son el orgullo del fabricante, y así sucesivamente. En el caso del mundo editorial, el editor asume que ha de estar en segundo plano, su actitud es vicaria en el sentido más estricto: cuenta las buenas nuevas de sus autores, él no existe, y el editor que insiste en existir al nivel de sus autores termina rompiendo la fidelidad mutua, que se basa, tácitamente, en la modestia del vicario. Eso es así, y habrá excepciones, qué duda cabe. El autor proviene de un esfuerzo raro: horas y horas encerrado consigo mismo y con sus papeles; puede simular (o sentir) arrogancia, deja su manuscrito sobre la mesa del editor y espera de éste consejo o complacencia, pero en general busca complacencia. Según su importancia en el catálogo, estará más o menos nervioso, exigirá más o menos atención o halagos, directamente o a través de sus agentes, pero en algo se parece a todos, a los nuevos o a los humildes: cree que ha escrito una obra maestra, lo siente, lo percibe, en su soledad eso es lo que le ha dictado su conciencia, o su intuición. ¿Y qué espera? Que después de ese esfuerzo haya mimo, coronas de flores, páginas de premio, que le rindan culto a su ego porque ya está harto de mirarse ante un espejo solitario, preguntando lo que se preguntaba la madrastra de Blancanieves. ¿Y qué hace el editor? Cumplir con su oficio, que en parte es complacer al autor. ¿Y cuando no lo hace? También cumple su oficio. ¿Lo entiende el escritor? No siempre; mi experiencia es que resulta muy raro que lo entienda, o al menos que lo entienda del todo. El editor está muy acostumbrado a escuchar esta bravata: "Quiero tu opinión sincera". Para descubrir después que el subtexto de esa frase dice exactamente esto: "Quiero que te guste".

Jorge Amado, el novelista brasileño, viajó a Roma para participar en un encuentro sobre el libro brasileño. Contaba que mientras caminaba por las calles de la capital italiana se topó con un enorme póster fotográfico en el que se veía él mismo de tamaño natural. Debajo del póster se leía, en italiano: "Jorge Amado, el mejor escritor brasileño". Se quedó henchido, glorioso ante su triunfo, y siguió andando. Cien metros más adelante, encontró otro póster exactamente igual, pero en él se veía de tamaño natural a su amigo, pero escritor también, João Ubaldo Ribeiro, con esta inscripción también en italiano: "João Ubaldo Ribeiro, el mejor escritor brasileño". Y comentó Jorge Amado:
-Así que durante cien metros fui el mejor escritor brasileño.

Los escritores caminan para ser los mejores, de su barrio, de su ciudad, de su país. Del mundo entero. Ninguno se conforma con menos, pero no todos pueden llegar a ser aquello a lo que aspiran. Muchas veces se resignan por el camino y otras veces los halla el olvido mientras teclean la que va a ser su obra maestra, esta vez sí. Todos esos esfuerzos son naturales e incluso hermosos, animan a la sociedad literaria a seguir adelante, compitiendo. La competencia es, como el ego, parte de la naturaleza del oficio. Muchos escritores, en todo el mundo, han tenido alguna vez la vanagloria de la que presumía, riéndose de sí mismo, Jorge Amado, y el que diga que no es cierto, que él no compite, es probablemente quien con más ahínco genera en sus neuronas la obligación de ganar. La vanidad no es una excepción, ni en éste ni en tantos oficios.

Y es natural. Juan Carlos Onetti pasó a la historia -y está en la Historia- dejando la imagen de que era un hombre descreído de la fama y de sus excrecencias; y no era enteramente así. A él, como a cualquiera, le preocupaba el eco de las noticias sobre su figura y sobre su obra; él jamás presumió de lo contrario, y sin embargo la crónica literaria lo tomó como símbolo, precisamente, de la entereza de la humildad ante los embates de la soberbia. No era soberbio, no lo era, pero le gustaba que aparecieran avisos (anuncios) de sus libros, quería que los críticos se hicieran eco de lo que escribía, y jamás dejaba al azar la escritura, que cuidaba hasta el último detalle, aunque el público creyera que era un hombre que tiraba las hojas al lado de la cama donde había decidido pasar su última década. Ernesto Sabato, al que la historia ha puesto en el lado de los humildes, también tiene su ego instalado en el alma, y se interesa por lo que ocurra con lo que publica como si no hubiera llegado a los 90 años, cuando se cree que la gente ya está para otras cosas.

Durante esa experiencia (que continúa, en cierto modo, porque un periodista, que es lo que soy ahora, otra vez, cultiva una parte importante del ego del autor, de la misma manera que cultiva el suyo) he visto de todo: egos picudos, egos redondos, egos aguerridos, egos olvidadizos, egos reivindicativos, egos superlativos... [...]

Muchas veces pensé que sería útil -para mí, para mis colegas, los editores y los periodistas- poner en común algunos sucesos que tienen que ver con los autores, con sus sentimientos, con sus actitudes y con sus egos; todo es ego en la casa de los artistas, y todo contribuye a que su obra avance sobre las muletas de la propia estima. Y entonces pensé en escribir este libro. [...]

En ningún caso, en la travesía que aquí se cuenta, he querido faltar al respeto ni de las memorias ni de las personalidades, muertas o vivas; si en algún momento se desliza un barrido de imagen y resultan de la contemplación de los rostros algunas injusticias o adjetivos superfluos, se deberá más a mi torpeza al escribir que a mi deseo de abrazarlos, a los que están y a los que se han ido.


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Articulo:
http://www.lanacion.com.ar 20/03/2010