samedi 6 mars 2010

Juan Miguel MUÑOZ/Entrevista a David GROSSMAN


ENTREVISTA:
Ser israelí y contarlo
Por Juan Miguel MUÑOZ

Sólo los líderes "pueden cambiar las cosas", pero "suelen ser gente asustada", dice David Grossman, que publica la novela La vida entera y los ensayos reunidos en Escribir en la oscuridad.

La cita es en el barrio de Mishkenot Shaananim, el primero que los judíos construyeron extramuros de la ciudad vieja de su Jerusalén natal, un reducto de sosiego en esta ruidosa urbe. Se presenta con un libro de Shalom Aleijem, cuyas páginas están marcadas con letras, como la Torá. Un antiguo libro que marcó su vida desde la niñez, que le hizo descubrir que en el mundo no todos son judíos. A David Grossman (Jerusalén, 1954) le agradan la precisión, los matices y los procesos de escritura muy largos. Trabajó durante años en La vida entera -que se publica ahora en España, además de la recopilación de ensayos Escribir en la oscuridad-, la última novela de este escritor de 56 años que conversa con tanto entusiasmo -la palabra "tan", con exclamaciones, la repite profusamente- como prudencia. "Me gusta vivir en Israel porque aquí las cosas son tan relevantes", afirma, convencido de que en su país no se puede vivir una vida normal, por mucho que sea el paraíso para un narrador.

PREGUNTA. ¿Qué le inspira para escribir?
RESPUESTA. Es la única manera que tengo de entender mi vida. Sé que si no escribo sobre algo no lo comprenderé. Así de simple. Ni mi vida matrimonial, ni la paternidad, ni ser hijo, lo que significan ciertos deseos y urgencias, lo que significa ser un israelí tras la Shoá, hablar en hebreo...

P. ¿Cuáles son los principales rasgos de su obra, la de un escritor que vive en esta tierra, fuente inagotable de historias?
R. Escribo en hebreo, una lengua que se remonta a casi 4.000 años. Todos los residuos de nuestra historia se conservan en ella. Es asombroso comprobar cómo en la jerga actual del Ejército pueden escucharse frases de la Biblia. Mi literatura es israelí porque habla de la condición israelí, de nuestra situación, de las esperanzas que tuvimos y algunos aún tenemos, de la dura realidad, del derrumbamiento del sueño original, de las pequeñas acciones y hechos, y de los errores. En mi literatura quiero documentar con la máxima resolución posible la vida en Israel. Porque es única. Quiero describir los matices de nuestros sentimientos, ansiedades, trampas interiores y cómo la historia a veces nos asfixia. La maravilla de crear un país que no tenía posibilidades de existir hace un siglo. Y, pese a todo, la gente vino y creó este lugar. Está lejos de ser perfecto, pero no olvido ni por un instante la alternativa: no tener este lugar. Tampoco puedo olvidar el milagro de la resurrección de la lengua hebrea, adormilada durante 18 siglos. Para un escritor es un paraíso. Todo superviviente de la Shoá, no importa cómo lo lograra, supone también un milagro. ¡Es una gran historia! Y, además, la gente ha vivido guerras... ¡La vida es aquí tan extrema!

P. En La vida entera, usted analiza profundamente la naturaleza humana. ¿Qué cambió en la suya desde el 12 de agosto de 2006, cuando le informaron de que su hijo Uri había muerto en combate en Líbano?
R. Creo que soy una persona mucho más triste. Quien ha experimentado algo así descubre nuevas capas de su ser. Sé mucho mejor ahora lo que es la vida. Siempre tuve un sentido muy profundo de la muerte, desde que era muy niño, pero ahora sé de una manera muy concreta la interacción entre la vida y la muerte. Y puedo decir que, desde entonces, la escritura es el único lugar donde puedo estar junto a todo y junto a la pérdida de todo al mismo tiempo.

P. Comenzó a escribir su novela en 2003 y la terminaba cuando perdió a su hijo, ¿cómo cambió el libro?
R. Cambió el escritor, no el libro. Desde el principio quise que el final quedara abierto. No sabemos qué le sucede al soldado de la novela. Adoro los finales abiertos porque permiten al lector proyectar sus deseos y temores. Por supuesto, después de que Uri cayera, la caja de resonancia donde la historia se cuenta es diferente. Digamos que ahora soy más pesimista.

P. Tengo la impresión de que sus protagonistas, Ora y Avram, son seres atormentados. ¿Por qué los moldeó así?
R. Más que atormentados los considero extremos. Avram se tortura porque lo torturaron realmente. Antes de caer prisionero de los egipcios, era un rayo de luz de sensualidad, sexualidad, creatividad. Se rompe y, simplemente, no quiere tener contacto con la vida. A Ora no la llamaría atormentada, hasta que de repente siente miedo por lo que le pasa a Ofer (su hijo). Pero Ora es una mujer muy vital, el centro de la familia, con sus errores y mezquindades. Quería describir cómo la matzav (la situación) -la guerra, el conflicto, el terrorismo- se irradia en la burbuja íntima de una familia. Siempre he estado muy interesado en los dramas familiares. Los mayores dramas de la historia de la humanidad no ocurrieron en campos de batalla, en palacios o parlamentos. Sucedieron en cocinas, en dormitorios o en cuartos de niños.

P. Ora habla a menudo de "ellos" cuando alude al Ejército, como si prefiriera no nombrarlo.
R. Cuando lleva a su hijo al lugar de convocatoria del Ejército, empieza a preguntarse: ¿cómo es que soy más leal a ellos que a mi maternidad? Éste es un pensamiento muy israelí que he experimentado. Ora entiende que hay una contradicción de intereses con el Ejército y hace lo más subversivo para una mujer israelí: escapa. Escapa porque tiene una misión: salvar a Ofer a través de las historias que le contará sobre él a Avram. Pensé que debía ser una mujer la que lo hiciera porque un hombre colaboraría sin pensarlo con la maquinaria del Ejército. Porque todos estos grandes sistemas, el Ejército, el Estado, incluso la religión, fueron creados por hombres y recompensan a los hombres. Necesitaba la subversión de una mujer.

P. Usted recomienda a los políticos emular a los escritores, que escarben en los recovecos del ser humano. No parece que lo hagan.
R. No, no lo hacen porque los políticos suelen ser gente asustada. Los líderes no suelen ser valientes. Para ser elegido en Israel has de ser un guerrero, porque Israel está siempre en guerra. Pero al confiar en guerreros casi nos condenamos a continuas guerras. El guerrero piensa en subyugar al otro antes de hablar con él. Pero es justo al revés. Si humillas a alguien nunca tendrás un vecino justo.

P. Tampoco parece que la cultura pueda servir de canal para conocer al otro. La incomunicación entre israelíes y palestinos es casi total.
R. Para cambiar la situación necesitamos que actúen los líderes políticos. ¡Las sospechas y el odio recíproco son tan intensos! ¡Es tan difícil persuadir a la gente para que vea las cosas de manera diferente! Temo que ahora las palabras y las ideas no son eficaces. Los únicos que pueden cambiar las cosas son los líderes. ¿Son lo suficientemente valientes para hacerlo? No creo. Los dos pueblos afrontan una situación suicida. No disponemos de mucho tiempo para resolver este conflicto porque pronto emergerán más y más fundamentalistas entre los palestinos y los israelíes.

P. ¿Se puede seguir viviendo en estado permanente de guerra?
R. Teóricamente, sí. Pero ¿es ésta la vida que queremos? No. Esto no es vida, es sobrevivir entre una catástrofe y la siguiente.

P. ¿Qué opina el primer ministro Netanyahu, con quien usted se ha reunido en privado?
R. Es muy inteligente. Es trágico porque tiene el poder para cambiar nuestra posición en la historia, si tuviera coraje. Netanyahu sabe exactamente que la ocupación (de los territorios palestinos) y esta calma ilusoria no pueden durar. Es una ilusión que estallará en un río de violencia muy pronto. Lo sabe, y pese a todo es incapaz de actuar.

P. ¿Por qué?
R. No cree en absoluto en la opción de la paz con los palestinos, ni quizá con los árabes en general. No cree que tengamos opción de vivir sin amenazas existenciales.

P. ¿El escritor Etgar Keret definió Israel como un auditorio listo para un concierto en el que no aparece el director de orquesta?
R. Todo liderazgo que sólo inflama las preocupaciones de su gente con el fin de crear unidad es un liderazgo vacío. Todo liderazgo incapaz de mostrar una visión, y de dar pasos dolorosos, aunque sean razonables, no es liderazgo. No hemos tenido suerte con los líderes. Ben Gurion fue el último; quizá Isaac Rabin al final de su vida, cuando advirtió que la paz es esencial para nosotros. Deseo que los palestinos tengan un Estado. Pero para mí lo más importante es qué sucederá con el experimento humano que es Israel. ¿Se da cuenta de cuán profunda es la distorsión de un pueblo que en los últimos 100 años no ha tenido un momento de alivio? Esto es mucho más importante que ocupar una colina en Cisjordania. ¿Cómo es posible que no lo veamos?

P. ¿Quién gobierna Israel?
R. La historia. Y si eres adicto a la historia, tu futuro está en peligro. Especialmente cuando es tan traumática. Desde 1967, quien dicta la agenda y se beneficia de los presupuestos son la derecha y los colonos, un pequeño grupo devoto que ha secuestrado una nación entera y confiscado nuestro futuro.

P. Me comentaba un diputado israelí que el ciudadano medio vive en una burbuja, en una mentira fabricada por los lemas oficiales.
R. Los medios no informan. El sistema legal se ha adaptado a la ocupación, y el régimen y el Ejército sirven como arma de los colonos. Los israelíes y palestinos ya no se conocen, únicamente ven los reflejos de sus sospechas. La situación es muy peligrosa. Sólo vemos nuestros miedos, no estamos en contacto con la realidad. Por eso es tan fácil ser extremista de derechas. Saben exactamente lo que no quieren.

P. ¿Comparte la opinión de que la omnipresencia del Holocausto es perniciosa?
R. Es problemático. Si se manipula y se convierte en el único pilar de la identidad israelí, es un error. La Shoá no se debe olvidar, por supuesto. Pero se pueden extraer otras conclusiones. ¿Cómo nos comportamos en Gaza o con nuestras minorías? Ser tan fuertes acarrea responsabilidad. No podemos destrozar a los palestinos sólo porque somos más fuertes. Ahora Israel es muy poderoso, pero no siempre será así.

P. Usted sostiene que los europeos no comprendemos el sentimiento de vulnerabilidad de los israelíes.
R. Hay razones reales y ecos de esas razones. Somos una comunidad profundamente traumatizada. Tras la Shoá, creer en la humanidad, en todo lo que en Europa se da por supuesto, nos supone gran esfuerzo. ¿Miedos concretos? Oír a esa persona (Mahmud Ahmadineyad, presidente iraní) llamar a erradicar Israel me pone nervioso. Somos seis millones de judíos rodeados por 250 millones de musulmanes. No embellezcamos la situación. Oriente Próximo nunca ha aceptado el derecho de Israel a existir. Aunque no lo idealizo, quiero tener un Ejército muy fuerte porque no confío en la buena fe de los países árabes. Como entiendo, también, que no confíen en nosotros.


La vida entera. David Grossman. Traducción de Ana María Bejarano. Lumen. Barcelona, 2010. 848 páginas. 22,90 euros. Tota una vida. Traducción de Roser Lluch. Edicions 62. Barcelona, 2010. 688 páginas. 22,90 euros. Escribir en la oscuridad. D. Grossman. Traducción de R. Lluch. Debate. Barcelona, 2010. 160 páginas. 16,90 euros. Escriure en la foscor. Traducción de Roser Lluch. Barcelona, 2010. 128 páginas. 18,50 euros. Debolsillo reedita también los libros de Grossman Tú serás mi cuchillo (448 páginas) y Llévame contigo (412 páginas). Barcelona, 2010. Traducción de A. M. Bejarano. 10,95 euros. Edicions 62.

***
ANÁLISIS:
Conjuros contra la muerte
Por José Maria RIDAO

David Grossman reformula la utopía sionista dando cabida en la conciencia de los israelíes al sufrimiento palestino. El activismo por la paz ha influido en su obra, y a la inversa. Vivir en una "zona de catástrofe" impulsa la tarea literaria y cívica del escritor, cuyo hijo Uri murió en la guerra de Líbano en 2006

David Grossman afirma que su tarea literaria y su actitud cívica obedecen a un único estímulo: vivir y trabajar en "una zona de catástrofe", según la expresión que dio título a una conferencia suya en Nueva York, pronunciada en abril de 2007. Hijo de un judío polaco emigrado a Palestina en 1936, y de una madre nacida bajo el mandato británico, forma parte de los israelíes comprometidos con una "universalidad progresista, civil, liberal y esencialmente laica" para que Israel alcance la "normalidad de una nación entre las naciones". El activismo en el "campo de la paz" ha influido en su narrativa, y a la inversa. Concebir la tarea del escritor como el esfuerzo de "conocer al otro por dentro" le ha llevado en cada una de sus novelas, y en una espiral cada vez más amplia y atrevida, a idear sus personajes como una indagación en las razones de los seres más próximos -familia, amigos, conciudadanos- y también de los más alejados. En sus propios términos: los enemigos, a quienes describió durante una vibrante alocución de 2006 con motivo de la conmemoración del asesinato de Rabin como "un pueblo no menos atormentado que nosotros; un pueblo ocupado, oprimido, sin esperanza".

El desenlace de la Guerra de los Seis Días en 1967, tras la que Israel se apoderó en una demostración de fuerza militar sin precedentes del Golán sirio y del Neguev egipcio, además de Cisjordania, Gaza y la parte este de Jerusalén, que correspondían a los palestinos según el plan de partición, fijó los datos políticos y morales sobre los que más tarde se desarrollaría el debate intelectual del país, en el que Grossman ocupa hoy una posición destacada. El objetivo declarado de aquel conflicto fue dotar a Israel de una poderosa baza negociadora frente a sus vecinos, a los que se ofrecería recuperar los territorios a cambio de aceptar un acuerdo de paz definitivo. La estrategia dio resultados con Egipto, pero fracasó en el resto de los casos. Y no tanto debido a obstáculos interpuestos por los países árabes, que en 1981 observaron con aprensión el asesinato del presidente egipcio Sadat a manos de militares contrarios a los acuerdos de paz de Camp David, como al cambio de postura israelí en relación con los nuevos territorios bajo su poder. Las reservas acuíferas del Golán, así como su valor estratégico para Israel, cerraron la puerta a una eventual negociación con Siria.

Entre tanto, la posibilidad de un acuerdo sobre Cisjordania, Gaza y la parte este de Jerusalén tropezó con un problema imprevisto y que no encontró solución hasta los acuerdos de Oslo. Israel pretendía entonces que su interlocutor para la paz fuera el Gobierno jordano, que había administrado esos territorios palestinos desde la guerra de 1948 y el armisticio de Rodas del año siguiente. El Gobierno jordano, por su parte, no estaba en condiciones de sentarse a ninguna mesa en ausencia de la OLP, considerada por Naciones Unidas como único y legítimo representante de los palestinos y no reconocida por Israel. Ya fuera porque el bloqueo de las negociaciones a cuenta de los problemas de interlocución permitió que los partidarios del Gran Israel impusieran su criterio o porque en el diseño original de la estrategia israelí no estuviera el abandono de los territorios palestinos ocupados, lo cierto es que desde muy pronto Israel puso en marcha un proyecto de colonización que conducía a la anexión de hecho de Cisjordania, Gaza y Jerusalén Este, y que provocaba la consecuente desposesión y desplazamiento de la población originaria, condenándola a vivir indefinidamente en campos de refugiados.

Cuando los acuerdos de Oslo de 1993 resolvieron el problema de la interlocución para la paz, ofreciendo a los palestinos la posibilidad de elegir democráticamente a sus representantes, la colonización de los territorios ocupados, así como las emociones y los intereses políticos en torno a ellos parecían irreversibles: como si la historia reciente de Oriente Próximo se reflejase en un espejo aterrador, el primer ministro Rabin, artífice de los acuerdos, fue asesinado en 1995 por un extremista israelí contrario a la devolución de los territorios, lo mismo que Sadat lo había sido por radicales egipcios contrarios a la paz. La salida del laberinto a la que se adscribía David Grossman quedó seriamente dañada, con el agravante de que el endurecimiento de la política israelí auspiciada por los sucesores de Rabin entró en resonancia con una simétrica radicalización palestina que dio lugar a la victoria de Hamás en las urnas. Durante esos años de esperanza brutalmente clausurados, el conflicto se extendió, además, hacia Líbano, un país invadido por Israel en 1982, ocupado parcialmente hasta 2000 y vuelto a atacar en 2006.

La degradación política y moral que ha supuesto para Israel el mantenimiento de la ocupación y la adopción de una política basada primordialmente en la fuerza ha propiciado entre sus intelectuales un género de crítica que, prolongando la posición de los "nuevos historiadores", propone revisar la utopía sionista y los mitos fundadores de la nación. A diferencia de esta aproximación, Grossman ha tratado de reformular la utopía y, sin cuestionar los mitos fundacionales, sino reflexionando a partir de ellos, dar cabida en la conciencia de los israelíes al sufrimiento de los palestinos. La simultánea publicación en España de su novela y su ensayo más recientes, La vida entera (Mondadori) y Escribir en la oscuridad (Debate), permite comprobar hasta qué punto el narrador y el intelectual responden a un único estímulo, según afirmó en su conferencia de Nueva York de 2007. Escribir en la oscuridad recoge los artículos y conferencias en los que Grossman reclama la paz con los palestinos y da cuenta de por qué la reclama, mostrando la indisolubilidad de su actitud cívica y de su tarea literaria. En La vida entera, por su parte, narra la angustia de una mujer cuyo hijo ha sido movilizado por el Ejército israelí en la Guerra de los Seis Días. Su manera de conjurar la muerte del hijo consiste en caminar sin descanso a lo largo y ancho de Israel, como si pretendiese zafarse de ese instante en que un representante del Ejército, de cualquier Ejército, llama a una puerta y entrega una sobria notificación y unos pocos efectos personales.

Según confiesa Grossman, con la redacción de La vida entera quiso hacer lo mismo que su personaje. Pero su hijo Uri murió en la guerra de Líbano de 2006, dejándolo más solo en la "zona de catástrofe".


Articulo:
http://www.elpais.com 06/03/2010