Luis Sepúlveda, en el epicentro del terremoto chileno
El escritor relata su experiencia en una de las zonas sacudidas con más violencia
El peor terremoto de la historia de este país con experiencia en seísmos nos sacó de la cama violentamente cuando faltaban pocos minutos para las cuatro. La noche estaba extrañamente en calma, ni una sola ave nocturna manifestaba su presencia en los campos de El Melón, donde nos encontrábamos, a unos 130 km al norte de Santiago, y una espléndida luna llena iluminaba los ceros de la cordillera de la costa. Con nosotros estaban mi hijo León, y un sobrino, Luis Emilio, que justamente cumplía 20 años este 27 de febrero.
El terremoto empezó con una violencia atroz, la casa empezó a bailotear, era imposible mantenerse de pie si apoyarse en algo, en un mueble, en un muro y así, echamos mano a las linternas de mano que todo chileno siempre tiene en su mesilla de noche, y llamamos a los chicos entre el estruendo de cristales rotos y el pavoroso rugir de la tierra enfurecida.
Como todo chileno sabe, hay que refugiarse en el marco más seguro de una puerta, así lo hicimos, Pelusa, con su valor de siempre abrazaba a los chicos, y entre el ruido de cuadros que caían, de objetos que se destrozaban, soportamos los más de dos minutos que duró el terremoto. De los montes se desprendían peñazcos enormes que rodaban hacia la cercana carretera, un ruido de metales cansados, derrotados, nos indicó que el puente que cruzaba la autopista al norte, a unos 2 kilómetos de distancia, era en ese momento retorcido y destrozado por la furia del cataclismo.
Cuando pasaron esos más de dos minutos de pesadilla y los temblores se hicieron algo menos intensos, un olor a tierra herida llenó el aire, y nosotros empezamos a salir de la casa, sorteando toda clase de objetos caídos, pisando agua pues el seísmo reventó la tuberías , y salimos de la casa buscando refugio en el auto. Ahí encendimos la radio, nos dimos cuenta de que todos tiritábamos, no de miedo, sino de frío, de un frío atroz que se metía en los huesos. Con la calefacción encendida escuchamos la radio y nos enteramos de que el terremoto asolaba varias provincias del sur, y que una nueva tragedia se cernía sobre Chile.
Los temblores se sucedían con intervalos de minutos, y con diferentes intensidades. Dice un poema de Fernando Alegría: "Cuando nos azota un temporal o nos sacude un terremoto, cuando Chile ya no puede estar seguro de sus mapas, digo enfurecido ¡Viva Chile Mierda!".
En el auto soportamos dos horas de temblores de duraciones e intensidades diferentes, a eso de las seis la luna se ocultó tras unos cerros y entonces la oscuridad fue total. Seguía temblando, el auto se bamboleaba como una coctelera y nosotros seguíamos pendientes de la radio Cooperativa, que en un esfuerzo periodístico inaudito, informaba y calmaba, llamaba a saber lo que estaba pasando, sin dejarse vencer por el pánico.
A las siete amaneció, un sol radiante cubrió los campos, y nos preparamos para salir del lugar. En la ruta 5 hacia Santiago, pasamos por docenas de puentes destrozados, vimos docenas de torres de alta tensión arrancadas de cuajo, a veces esquivábamos enormes rocas o grietas recién abiertas.
Así llegamos a Santiago, para saber como estaba la familia y los amigos, todo entre temblores que se sucedían. "Tranquilos, es sólo una réplica, lo peor ya pasó", decían los familiares y amigos, sin creer mayormente en sus palabras.
Ahora que escribo esto y es medianoche, se sabe que los muertos suman más de doscientos, muchos, para el dolor de sus familiares, pero pocos comparados con los 200 mil de Haití. Esa diferencia la hace un pueblo disciplinado y solidario, y que además hace que se cumplan las leyes referentes la calidad de las construcciones.
Y sigue temblando. En este momento una mano invisible hace tintinear los cubitos de hielo que enfrían mi vaso de Chivas Reagal de 24 años.Pero estamos bien, sí, muy bien, pues la preocupación de las amigas y los amigos, el cariño sentido, derrota cualquier zozobra y desvanece el miedo. Abrazos a todas todos.
Apuntes biográficos
Luis Sepúlveda (1949) es un escritor chileno nacido casualmente en Ovalle (Región de Coquimbo) y vive habitualmente en Gijón. Sepúlveda creció con sus abuelos paternos.
De su abuela recuerda: "Y mi abuela, que era vasca, no dejaba ni una tarde, ni una noche, sin leerme un cuento de algún libro, o ella inventaba un cuento. Era una inventora de cuentos maravillosa."
Luis Sepúlveda era políticamente activo como líder del movimiento estudiantil. En la administración Salvador Allende del departamento de cultura, estaba a cargo de una serie de ediciones baratas de clásicos para el público. Además, fue miembro de la escolta personal del Presidente Salvador Allende.
Después del golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, fue encarcelado dos años y medio y torturado. Después obtuvo la libertad condicional gracias a la sección alemana de Amnistía Internacional y fue puesto bajo arresto domiciliario.
Logró escaparse y se mantuvo clandestino por casi un año. Con la ayuda de un amigo que era el jefe de la Alianza Francesa en Valparaíso, formó un grupo de drama que se convirtió en el primer foco de resistencia cultural. Fue encarcelado de nuevo con sentencia de por vida -luego reducida a veintiocho años- por traición y subversión.
La sección alemana de Amnistía Internacional volvió a ayudarlo y la sentencia fue convertida en exilio de ocho años. En el 1977, Sepúlveda se fue de Chile para ir a Suecia para enseñar literatura española. Sin embargo, en la primera parada en Buenos Aires, se escapó y fue a Uruguay, pero como la mayoría de sus amigos uruguayos y argentinos estaban muertos o en la cárcel por sus respectivas dictaduras, fue primero a São Paulo, Brasil y luego a Paraguay. Tuvo que irse de nuevo por el régimen local y al fin se quedó en Quito, Ecuador con su amigo Jorge Enrique Adoum. Dirigió el teatro de la Alianza Francesa y empezó una compañía teatral. Luego, tomó parte en una expedición Unesco para observar el impacto de la colonización en los indígenas shuar.
En esta expedición, vivió con los shuar por siete meses y llegó a entender que América Latina es un continente multicultural y multilingüe donde el Marxismo que le enseñaron no se aplicaba a la población rural, dependiente del ecosistema. Trabajó mucho con las organizaciones indígenas para crear un borrador del primer plan para la alfabetización de la federación de los campesinos Ibambura, en los Andes.
En el 1979, se unió a la brigada internacional Simón Bolivar que luchaba en Nicaragua. Después de la victoria de la revolución en ese país, trabajó como reportero.
Un año más tarde, se fue a Hamburgo, Alemania, pues admiraba la literatura alemana, especialmente los románticos. Trabajó allí como reportero y viajó con mucha frecuencia a América Latina y África.
Trabajó con Greenpeace desde 1982 hasta 1987 en una de sus embarcaciones.
Caballero de las Artes y las Letras de la República Francesa. Doctor Honoris Causa por la facultad de Literatura de la Universidad de Toulon (Francia). Doctor Honoris Causa por la Facultad de Literatura de la Universidad de Urbino (Italia), el año pasado obtuvo el premio Primavera por La Sombra de lo que fuimos.
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Luis Sepúlveda: "La única forma de vivir es atreverse, ser audaz"
Por Marta CABALLERO
El escritor chileno presenta La sombra de lo que fuimos, Premio Primavera de Novela 2009
"Sabemos que la Historia la registran los vencedores, pero corresponde a las democracias escribir también la de los perdedores". Lo dice el escritor chileno Luis Sepúlveda en lo que bien podría ser el resumen de su libro La sombra de lo que fuimos, por el que ha merecido el Premio Primavera de Novela, que se presenta estos días. La peripecia de esta obra suya es la de tres sexagenarios ex militantes de izquierda que, derrotados por el golpe de Estado de Pinochet y exiliados, vuelven a reunirse 35 años después, convocados por un antiguo camarada, para ejecutar una última acción revolucionaria. En mitad de este huracán de nostalgia, tramas detestivescas y humor cervantino puestos al servicio de una tarea primordial: recuperar la memoria reciente de Chile.
PREGUNTA.- ¿La sombra de lo que usted y sus personajes fueron mantiene el tipo o ha perdido forma?
RESPUESTA.- Es una sombra que mantiene su perfil perfectamente y que mientras haya luz se proyecta y crece.
P.- Es curioso que eligiera una trama detestivesca para una novela de nostalgias.
R.- Es una de esas cosas que no tiene explicación. Mientras escribes, es la propia historia la que te dice cómo debe ser contada. En este caso, se trata de cuatro tipos que se meten en una última aventura, y hubiera sido malo para ellos desvelar el suspenso -y, por favor, escriba suspenso, no ese horrible término suspense-, para narrarla.
P.- El país sobre el que versa la novela parece sólo existir en la memoria de los personajes. ¿Tiene la misma sensación en su caso particular?
R.- Para bien y para mal, sí. Cuando la historia se ha quebrado y ha sido tan traumática, como en el caso de Chile, quien la vivió acaba residiendo en la frontera de dos países, en el del pasado y en el real. Yo a veces me siento más feliz en el país de la memoria, pero es cierto que en el otro, en el actual, voy estando cada vez mejor.
P.- ¿Qué ha hecho que así sea?
R.- Me sucede desde el golpe de fortuna que tuvo Chile hace tres años, con la elección de una mujer como presidenta, Michelle Bachelet, que ha hecho una tarea y nos ha dado una lección con las que ha ido mucho más allá de lo que muchos esperábamos. A mi país le ha tocado la lotería.
P.- Al ser una novela generacional, con la que pueden identificarse aquellos que en países como España y Chile fueron jóvenes en los 60 y 70, ¿quedan fuera de lugar los lectores de otras edades y experiencias?
R.- No, es un libro para cualquier lector. Yo no había vivido la época de Verne pero gocé particularmente con Veinte mil leguas de viaje submarino y Cinco semanas en globo. Tampoco viví la Revolución Rusa pero disfruté con Diez días que estremecieron al mundo. Este es el poder de literatura, que puede llegar a cualquier lector de cualquier lugar y hacerlo sentir cómodo.
P.- Entonces, ¿invita a los jóvenes españoles a sentirse cómodos con este libro?
R.- Sí, lo harán, porque leerán la historia de un grupo de hombres divertidos que un día quisieron cambiar el mundo. Y no les resultó, pero el mundo tampoco les cambió a ellos. Es la demostración de que la única forma de vivir es atreverse, ser audaz.
P.- Es una obra de humor cervantino, que el jurado llegó a definir como “desternillante”, ¿es que el exilio puede tener gracia?
R.- Me gusta ese apunte, porque me considero modestamente un escritor muy cervantino. Siempre tengo presente algo de él, y es que trata muy bien a sus personajes. Ninguno de ellos es ridículo. Nunca. Pueden ser ingeniosos, torpes, divertidos, pero no ridículos. Cervantes tiene un gran sentido de la piedad literaria, no católica, ojo, y eso lo aprecio y humildemente intento conservarlo a la hora de tratar a mis personajes, que son unos perdedores que lo han perdido todo menos la ternura. Así que la gracia aquí está en ellos y no en la historia.
P.- Al margen del humor, hay en La sombra de lo que fuimos una sólida intención de recuperar cierta memoria reciente. ¿Hace mucha falta esto en su país?
R.- En eso están los chilenos, y están muy bien encaminados. La literatura también puede ayudar en ese sentido. No es novela social, y no quisiera ponerle apellido, no me gusta. Pero, si he de decir algo, esta es una obra extraña pero, al fin y al cabo, costumbrista.
P.- ¿Costumbrista en qué sentido?
R.- En el de que es un retrato de la más vieja de las costumbres, que es la de vivir. Es un libro que nace de anécdotas contadas por amigos que se parecen a los personajes y a mí.
( 25/03/2009)
Articulo: http://www.elcultural.es 02/03/2010
