samedi 20 mars 2010

Mauricio ELECTORAT/ Una isla llamada Chile


Réplicas Reconstruir la sociedad:
Una isla llamada Chile
Por Mauricio ELECTORAT

En nuestras tierras, cada cierto tiempo, la naturaleza nos llama al orden: aún nos podemos medir, la mayoría de las veces a nuestro pesar, con volcanes, océanos y montañas.

La tierra y el mar se llevaron para siempre centenares de vidas y una buena parte de los pueblos y ciudades del centro-sur de Chile. Y ese mar que tranquilo debería bañarnos ha arrasado también, junto con otras vidas, el poblado de San Juan Bautista, en la Bahía de Cumberland, la única población de Juan Fernández, más conocido como "el pueblo" y con justa razón, puesto que es el único asentamiento humano permanente del archipiélago. Habrá que reconstruirlo. De la devastación y el dolor, del esfuerzo y el tesón humanos, surgirá otro "pueblo", pero obviamente ya nunca será el mismo.

Nicanor Parra, en uno de sus célebres versos, dice: "Creemos ser país y la verdad es que somos apenas paisaje". Siempre he pensado que esta línea de Parra debería reemplazar el lema de nuestro Escudo Nacional. Este paisaje nuestro habla, o mejor dicho escribe, cada veinticinco, treinta o cincuenta años, con una violencia inaudita para recordarnos que somos, en primer lugar, eso: un puñado de hombres, de mujeres y niños sobre una costra de tierra, unas islas, unos arenales, unos roqueríos. Este paisaje escribe para recordarnos que el que manda, con su propia razón y su devastadora fuerza, es él y no nosotros (hágase vuestra voluntad montañas, magma, volcanes, océanos y no la nuestra).


Paisaje teñido de literatura

Resulta paradójico explicarle a un extranjero que recorre el desierto de Atacama, los canales del sur, o nuestras cumbres andinas, hasta qué punto esas desoladas vastedades están teñidas de literatura, o cruzadas por la literatura. Alrededor de 1920, durante su primer viaje a España, Borges escribe: "En España encontré que había pocas cosas, pero que cada cosa estaba allí de un modo sustancial y como eterno". En España, en Francia, en Marruecos, no es necesario imaginar que la cultura está allí, porque el visitante la tiene a la vista. Hay países cuyo paisaje es pura cultura. Nosotros, en cambio, somos apenas paisaje... pero también unos cuantos poemas, algunos cuentos, algunas novelas. Y no sólo porque Robinson Crusoe y Alejandro Selkirk -uno de los personajes más populares engendrados por la ficción y el personaje histórico que lo inspira con su propia y bien real aventura- estén íntimamente asociados a Juan Fernández. Ni porque esas islas sean el trasunto real, el verdadero paisaje, de esa otra isla mítica de la literatura -la de "Robinson Crusoe"-, que Daniel Defoe ubica en el delta del Orinoco, en donde Robinson vive la epopeya del hombre solo frente a la naturaleza hostil (pero la novela no sólo nos toca de cerca a causa de las coordenadas geográficas de la historia real: también puede ser interpretada como una metáfora de la manera de estar en el mundo de los chilenos, solos, en una isla, obligados a lidiar con la naturaleza).

En nuestro imaginario viven también los cazadores de focas, los pescadores aguerridos y los rudos estancieros de esa Patagonia que inventó Francisco Coloane. Y nuestros mineros son aquellos que Baldomero Lillo nos contó. Pero hay algo más: Chile -como Grecia, España o Portugal- es un país cuyo imaginario hunde sus raíces en un poema épico. Como "La Odisea", el "Cantar de Mío Cid", como "Os Lusíadas", Chile es inventado, fijado míticamente, podríamos decir, por "La Araucana". Tenemos, pues, un origen en la literatura. Hemos crecido con la lírica torrencial de Neruda y de De Rokha y hemos vislumbrado la extensión de nuestra profunda soledad en las montañas y los desiertos de Zurita.

Pues bien, hoy, cuando no hallamos cosa en que poner los ojos que no sea recuerdo de la muerte, como diría Quevedo, es tiempo de volver al lenguaje. Después del miedo, el dolor, la estupefacción, este terremoto debería hacer nacer en nosotros una pregunta básica: ¿quiénes somos? O, mejor, ¿somos realmente el país que creemos ser? ¿O el que creíamos ser? ¿No seremos más bien unos Robinson, unos Viernes, perdidos en una isla perdida? Es evidente -está, lamentablemente, expuesta a la vista de todos- que la falla geológica ha hecho surgir de inmediato -con la violencia de una isla que emerge en medio del mar- otra falla: nuestra falla social, nuestra profunda manera de ignorarnos los unos a los otros. También el heroísmo silencioso y la grandeza de muchos. Pero el sismo, además de físico, es un sismo moral: nos viene a demostrar, abrupta, aterradoramente, que no somos ese país civilizado, en la primera fila de los candidatos al desarrollo, que creíamos ser. Hemos quedado en el corazón de nuestras propias tinieblas. Habrá que reconstruir San Juan Bautista, "el pueblo" de Robinson Crusoe, como tantos otros pueblos y ciudades de Chile, pero también -y quizá, ante todo- la tierra con su furia nos llama a reconstruirnos a nosotros mismos como sociedad. Y eso quizás sea mucho más lento, más intangible y menos mesurable, pero parece igual de urgente que volver a levantar casas, hospitales, carreteras. Charles Dickens comienza su David Copperfield con la siguiente frase: "¿Lograré ser el héroe de mi propia vida?". Esa es la pregunta que nos cabe responder a todos nosotros a futuro: ¿lograremos ser los héroes de nuestra propia vida colectiva? ¿O bien, como dice José Eustacio Rivera en La vorágine , nos devorará la selva?

"Tú que roes la hoja más fragante del Atlas/ Chile/ oruga de mariposa lunar", escribió André Breton, en el poema que le dedica al país de Elisa, su esposa chilena. Y don Alonso Ovalle, en su Historia Natural , consigna, como al pasar: "vamos pisando nubes". Sí, cantamos al cielo, nos miramos en las estrellas, pero nuestros destinos se sellan, irremediablemente, aquí abajo, en la tierra. Esa relación desgarradora del hombre frente a la naturaleza, esa tensión violenta y abrumadora, esa soledad, es uno de los temas que recorren de palmo a palmo nuestra literatura. Quizás esta sea acaso una de las diferencias más importantes entre las literaturas del llamado "primer mundo" y las de nuestro continente. En Europa, en Estados Unidos, la épica desde hace varios siglos se ha vuelto drama psicológico, comedia o documento social y los principales cataclismos son guerras, desbarajustes políticos y sexuales, guerrilla social y textual, experiencia urbana. Se me objetará que en nuestras literaturas se produce lo mismo, y es cierto, si de allí proceden buena parte de nuestros modelos culturales, pero en nuestras tierras, cada cierto tiempo, la naturaleza nos llama al orden: aún nos podemos medir, la mayoría de las veces a nuestro pesar, con volcanes, océanos y montañas. Hay aquí una violencia anterior al hombre que, de alguna manera, nos configura. Y quizás los maremotos y los terremotos nos devuelvan a nuestra condición primordial, la de unos mestizos ensimismados, huidizos y tristes, mirando hacia lo que creemos ser el norte o, a lo mejor, clamando por un norte, cuando no tratando de creer afanosamente que ya lo hemos alcanzado.


La noche negra de Juan Fernández

He hablado en particular de Robinson Crusoe porque en esa isla viven doña Constancia Kötzing, don Orlando Paredes, doña Flora de Rodt, don Victorio Bertullo, don Rolando Mena y muchos otros. Ellos, personas de carne y hueso, comparten las páginas con personajes de pura ficción en mi última novela. Hablan de los tesoros, que ellos llaman, con absoluta lógica, "entierros", de la "plata en cruz", las vasijas y las monedas, anunciadas por niños de raza negra que desaparecen como pompas de jabón bajo una higuera, de cerditos lechones que se cruzan en el camino en noches de luna llena y de un español con espuelas de oro que se aparece montado en un alazán. Hablan también del bramido de los centenares de lobos marinos que pueblan las costas de la isla Alejandro Selkirk y cuyos rugidos, como de toros bravíos, se escuchan desde los botes varios kilómetros antes de llegar a la isla, miles de toros rugiendo en medio del mar y la noche.

Lo confieso: nunca fui a Juan Fernández, pero gracias a la generosidad y la paciencia de algunos amigos y al excelente libro de Guillermo Brinck Pinsent - Memorias insulares -, en el que se recoge la memoria oral de los habitantes de la isla, pude vivir varios meses con doña Flora, doña Constancia, don Victorio, don Orlando, pude conocer sus historias, que son la historia del archipiélago, y hacerlos hablar, moverse y contar. Escribe Garcilaso de la Vega: "Si de mi baxa lira/ tanto pudiera el son que en un momento/ aplacara la ira/ y la furia del mar y el movimiento"... Pero la baja lira de la prosa no puede nada contra el mar. Y ahora que su furia los ha vuelto a transformar en seres reales -para mí, pero también para el resto de los chilenos-, pienso en ellos, sufro con su dolor y con sus pérdidas, no como mis personajes, sino como mis hermanos y hermanas, mis semejantes. Y les digo, con Gonzalo Rojas, no importa que la noche nos haya sido negra: aún estamos aquí.

Articulo:
http://diario.elmercurio.com 14/03/2010