samedi 20 mars 2010

Roberto MERINO/ Niños que piensan


Niños que piensan
Por Roberto Merino

En una conferencia de los años 90 cuya grabación anda por ahí, Adolfo Couve deja caer una de esas opiniones que le eran tan características -simples y rotundas- sobre el proceso de la creación literaria. Dice que todos los niños dibujan bien, pero que cuando crecen todos dibujan mal. Lo mismo valía según él para la escritura.

Me parece que Couve tiene razón. Los textos de los niños son siempre sorprendentes cuando han sido escritos antes de que la idea de la literatura se fije en su conciencia. Podría decirse que el problema central de un escritor es encontrar un modo de crecimiento que no le eche a perder sus mejores intuiciones. Puedo apoyar estas afirmaciones con mi propia experiencia: sé que a los seis años escribí un poema muy bueno; a los nueve, lamentablemente, ya me había puesto tonto: me había enterado que existían los lectores y el elogio o la aprobación, y seguí escribiendo en pos de ese objetivo, produciendo la peor poesía vieja imaginable.

A veces me critican por tratar a los niños como si fueran adultos, por intentar con ellos la conversación antes que la chacota o el esparcimiento deportivo. Son críticas falaces: creo que los niños a menudo disfrutan que se les considere como seres normales y no tan sólo como un receptáculo de órdenes y estímulos didácticos. Yo tengo excelentes recuerdos de los adultos que -hace ya demasiados años- me integraron a sus parloteos cruzados de alusiones y chistes que no tenía cómo entender. Y al contrario, aún siento rencor hacia los vejetes que me corretearon como si mi proximidad contaminara sus espacios vitales pasados a after shave .

En sus memorias, Bioy Casares contaba que lo que le atraía de "los chicos" -como decía, al modo argentino- era el despertar de la inteligencia y no las chiquilladas. En general, los programas infantiles de la televisión hacen fuerza en el sentido contrario. Confieso que yo utilizo a mis hijos para testear la vigencia de ciertas palabras. Cuando les deslizo, por ejemplo, expresiones como "pelusa", "palomilla" o "bribón", sus gestos de burla me confirman que mi época áurea se ha ido quedando muy atrás.

Otra de las disciplinas con que los niños tienen un acercamiento espontáneo es la metafísica. Generalmente no lo comunican, pero es un hecho que en las brechas del día piensan en problemas notoriamente insolubles. Hace poco tuve una discusión muy instructiva con uno de once años. Él se oponía -con todo su cuerpo, ya que al hablar se contorsionaba patas arriba- a la existencia real del infinito. "Es imposible que algo no se termine en alguna parte", reflexionaba, "todo tiene un fin". En un momento le dije que estaba bien, que todo tenía un fin, que podíamos marcar ese límite, pero que las cosas limitaban siempre con otra cosa. "Por lo tanto -le pregunté-, ¿qué hay más allá del límite?". Me contestó que mejor cambiábamos de tema.

Articulo:
http://diario.elmercurio.com 14/03/2010