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El Viaje que nunca termina del Hombre que mira el Mar
(la verdadera historia de Carlos Calderón Fajardo)
Por Róger E. Antón Fabián
Catalogado como escritor de culto –aunque quizá se haya anhelado manifestar más bien que es un creador querido pues en quienes lo conocen despierta ese sentimiento entrañable de la confianza y la amistad, Carlos Calderón Fajardo no es sino un escritor a carta cabal, un cuentista prolífico y también un exquisito novelista. Nunca ha sido un escritor marginado o huraño ni mucho menos ha cultivado la estética del desdén o el fracaso como opción de vida, más bien sólo se ha consagrado a escribir. Era sencillamente inevitable.
Nacido en Juliaca allá en 1946, radicó un tiempo en Lima pero apenas cumplió los diecisiete años viajó a Europa: por influencia paterna estudiaría medicina pero en realidad anhelaba ser escritor. A la mitad de su carrera, grande fue su fortuna, le diagnosticaron tuberculosis, lo cual le cambiaría la vida para siempre, ya que pasó los dos años siguientes leyendo literatura alemana: Günter Grass y Thomas Bernhard, Hermann Hesse y Robert Musil, Hermann Broch y Rainer Maria Rilke entre otros libros que le llevaba el médico del sanatorio donde el joven entusiasta permanecía internado.
Descartó el ser marino y viajó a Viena para estudiar filosofía, ahí conoció a José María Arguedas quien había sido invitado a la ciudad por Claudio Solari Swayne, su compañero de cuarto; con aquel se hicieron muy amigos y pasaron casi un mes juntos paseando por la ciudad. Pero Viena era una ciudad de músicos, y él tendría que emigrar a París. Sin duda su vida estaba predestinada por la estrella del destino, pues solo el azar o la casualidad, una de dos –tema de disertación de Julio Ramón Ribeyro–, pudo llevarlo a frecuentar al escritor de Cambio de guardia.
Había conocido en el barco rumbo a Europa a una muchacha guapísima, Alida Cordero, así que ya en París fue a la Secretaría de la Embajada del Perú a averiguar la dirección de esta, de tal suerte que dio con ella, y cuando llegó a su casa cerca del cementerio de Père Lachaise desde cuya ventana se podían ver las tumbas, quien salió a recibirlo fue nada menos que el esposo de su amiga peruana, el escritor J. R. Ribeyro. Este le preguntó qué es lo que le traía a París, y fue solo ahí cuando Carlos reveló su secreto: había ido a hacerse escritor. Fue el inicio de una íntima, mutua y fascinante adicción amical, lo cual a pesar de su corta edad le permitió, siendo convidado suyo, conocer y ser contertulio de Julio Cortázar, José Donoso, Alfredo Bryce, Leopoldo Chariarse, Francisco Bendezú y Manuel Scorza entre otros hombres de las letras.
Su padre, de una vida proclive a la bohemia, contribuiría a la carrera literaria suya, pues era amigo de personajes como Juan Gonzalo Rose o Martín Adán y le transportaba de Lima cartas de ellos escritas hasta en servilletas. Ya en Perú un día en una fonda del centro de Lima Carlos que pasaba largas horas conversando con los miembros de la generación del 50: Sologuren, Guevara y Washington Delgado, se embriagó con el poeta de gabán negro que vivía en el nosocomio Larco Herrera, antes de que en 1974 regresara a París y reanudara sus charlas con el autor de La palabra del mudo.
Católico confeso, considera que escribir es una suerte de oficio sagrado y asimismo que dentro de él no existe la obligación de escribir sobre el Perú, terreno de la sociología. Su temática que responde a una estética pura, está lejos de abarcar el desarrollo de una nación; así por ello cierta crítica haya desconfiado de su labor como escriba, sin embargo su propia vida, ya en el terreno literario, es una fructuosa lección de fortaleza, aunque él – coincidiendo con Ribeyro y acaso influenciado por el mismo–, se haya definido como producto de las circunstancias biográficas, y sea autor de estructuradas novelas que siendo grandes frescos obedecen a cambios sociales como la caída del Muro de Berlín, la crisis de los socialismos reales y del Postestructuralismo francés aunando intereses literarios, sociológicos, filosóficos e, incluso, religiosos.
Ribeyro que revisaba los escritos suyos haciendo anotaciones palabra por palabra, el 31 de octubre de 1976 dio cuenta de él en su diario La Tentación del fracaso: “Hace unos días larga conversación con Carlos Calderón, que regresa a París después de doce años. Entonces estaba enfermo y se alojó unos días en nuestra buharda de la rué de la Reunión, antes de ir a un sanatorio. Lo veo repuesto, maduro, habiendo entretanto realizado lo que de muchacho quería: ser un escritor. Su novela aún inédita es una linda obra, llena de verdad, de ternura, de fuerza y de poesía”.
Ahora cuando escritores jóvenes y algunos viejos sólo piensan en envenenarse, Calderón Fajardo tiene en su haber varios libros de cuentos y novelas (todos de buen título), así entre estas últimas lleva publicadas: La noche humana, un tributo a Helba Huara, bailarina peruana sorda radicada en París, amiga de César Vallejo, esposa de Gonzalo More y rival de Anaïs Nin, que vive una pasión desmesurada; La Segunda Visita de William Burroughs, apasionante novela sobre escritores, que trata de la historia de Portillo, un reservado y joven escriba sin obra, dedicado a atrapar el tema que le permitirá escribir una novela que será su paso a la inmortalidad encarnada cuando el famoso escritor norteamericano visita por segunda vez el Perú, y entre otras El viaje que nunca termina (La verdadera historia de Sarah Ellen).
Calderón Fajardo sabiendo que toda novela tiene una historia detrás de sí ha dicho, como Gustavo Flaubert de Madame Bovary, que Sarah Ellen es él, e inicia su novela, la cual varios planos de realidad, con una confesión del narrador que él ha inventado para contar su historia: una niña, reencarnación de Sarah, aparecida en un hotel de Pisco como un fantasma manifiesta que cuente su verdadera historia. Se ha dicho que se trata de una leyenda urbana, la de una vampiro inglesa que prometió resucitar ochenta años después de su muerte, y en cierto modo es verdad, pero la novela narra la historia del viaje que hacen Jonh P. Roberts y Sarah –partieron de Liverpool e hicieron escala en Cádiz– en el Estrella del mar, un navío español a vela, huyendo de la amenaza de la guerra como acaso lo habían hecho ya Robert Louis Stevenson, Paul Gauguin y Arthur Rimbaud.
John P. Roberts, inglés acomodado como su mujer, sabía que esta no era una vampiro, sino más bien lectora empedernida de las novelas de Bram Stocker, pero sobre todo una perseguida, aún así estaba seguro que ellos eran personajes dentro de una gran novela gótica y dentro de ella algún día su mujer regresaría de la muerte a la vida, él le ayudaba a vivir ese paraíso, y experimentaba ya ese amor más allá de la muerte de su amada. Llevaban un ataúd fabricado con cedro del Líbano con las junturas unidas con resina de palisandro.
Diego Álvarez es un personaje conmovedor, un impenitente patrón del navío, el último gran conductor de una nave a vela que surca los mares, quien trata de reunir todo tipo de pasajeros, en última instancia hasta una vampiro con tal de hacerse a la mar. Sarah Ellen acusada en La Habana de haber asesinado a los muertos que flotaban en la bahía, acaso era una mujer vampiro de verdad, los tripulantes van muriendo poco a poco y John P. Roberts es afectado por el mal del cólera, pareciera que el barco estaba maldito. El capitán, ferviente católico, suplica a las fuerzas supremas rosario en mano, pues no solo era un buque embrujado sino el mal de cólera viajaba en él y es poco menos que atacado con balas de cañón al intentar atracar en algún muelle. Surca las aguas solitarias, y de pronto tras una neblina aparece el litoral desértico del Perú y se avista la caleta de Pisco, cerca de Lima, donde desembarcan; pero el capitán Álvarez seguiría navegando porque no había mejor aventura que viajar bajo las peores penurias para escapar de la muerte. Así se perdió en el horizonte.
Carlos Calderón Fajardo, el bisnieto del coronel Víctor Fajardo, héroe de la guerra con Chile, cuyo nombre lleva una de las provincias de Ayacucho; el escritor que es sociólogo de profesión ha sentenciado: “Yo soy Sarah Ellen”; él que ha sido catedrático a dedicación exclusiva, casado con una médico ecuatoriana, gracias a lo cual pudo dedicarse a escribir levantándose a las cinco de la madrugada, esperanzado en el futuro, ha obtenido los más importantes premios literarios como el José María Arguedas en 1974, Unanue de Novela en 1981, Gaviota roja de Novela en 1984, Hispamérica de Cuento en 1985 y recientemente en el 2006 fue finalista del Premio Tusquets de novela en España con El fantasma nostálgico.
Nadie lo había visto por años, se decía que padecía un extraño mal que lo aquejaba, que se había escondido y dedicado a tiempo completo a escribir, ahí en su casa de Miraflores o en Punta Negra, ese otro refugio frente al mar donde vive la mitad del año alejado del mundanal ruido, pero solo él ha sabido no renunciar al llamado y al aprendizaje y hacerle caso a su vocación embargadora y escribir el viaje que nunca termina del hombre que mira el mar.
© Róger E. Antón Fabián, es autor de la novela El Paraíso Recuperado (Historia libresca de un ladrón)
