
DE AQUILES JULIÁN
E-mail: biblioteca.digital.aj@gmail.com
Santo Domingo, República Dominicana
Las cuitas del joven Werther
El director de la filarmónica nos recibió con amabilidad.
—¿En qué puedo servirles? —preguntó.
—Nos debe cincuenta mil.
—Es posible, pero no acierto a saber por qué razón. ¿Podrían ustedes aclarármelo?
—En calidad de anticipo —le aclaré.
—Tal vez, es una práctica habitual. Pero anticipo, ¿a cuenta de qué?
—De nuestra actuación en la filarmónica.
—Sí, eso ya tiene cierto fundamento. Sin embargo, si no me falla la memoria, es la primera vez que nos vemos. ¿Acaso hemos firmado un contrato por correo?
—Aún no, pero podemos firmarlo ahora mismo.
—Indudablemente. Pero quisiera conocer a grandes rasgos su propuesta. ¿Ustedes forman un conjunto musical?
—De momento no, pero lo formaremos.
—¿Y más o menos con qué repertorio?
—Eso ya lo veremos cuando aprendamos a tocar.
—¿A tocar?
—Sí, a tocar instrumentos musicales, por supuesto.
La torpeza de ese individuo comenzaba a enervarme.
—¿Quiere decir que aún no saben?
—Aún o ya, ¿qué más da? El futuro de todas formas nos pertenece. ¿No ve que somos jóvenes?
—¡Oh!, desde luego. Sin embargo, ¿puedo sugerirles algo? Primero aprendan a tocar, después toquen un poco y después nos vemos. El futuro sin duda les pertenece. Y no nos dio el anticipo, el muy facha. Salimos de allí perjudicados socialmente. En el muro había un cartel que anunciaba la actuación de un tal Mozart.
—¿Quién es? —preguntó..., pero no me acuerdo cual de nosotros, porque me falla la memoria, sobre todo antes del mediodía.
—Seguramente un viejo.
Dejamos de pensar en el arte y nos dedicamos a construir una bomba. Un día de estos la pondremos en la filarmónica. La lucha por la justicia es lo primero.
El octavo día
Dios trabajó seis días y descansó el séptimo. El hombre no es Dios, se cansa antes, por lo que consideró que el sábado también le correspondía como día de descanso. Esta decisión no encontró una expresa objeción por parte de la Instancia Suprema. «Si ha salido bien con el sábado, tal vez también cuele el viernes», pensé, y dirigí a Dios una solicitud con el siguiente contenido:
«A causa del cansancio que siento después del lunes, el martes, el miércoles, el jueves y el viernes, ruego tenga a bien otorgarme también el viernes como día libre de trabajo. Homo Sapiens.»
No hubo respuesta, por lo que consideré que también el viernes me había sido otorgado.
Sin embargo, entre el miércoles y el resto de la semana quedaba el horrible jueves.
Nada cansa más que el trabajo el último día de la semana laboral. Así que escribí, esta vez con más atrevimiento:
«“El hombre es una caña pensante” (Blaise Pascal, 1623-1662). Yo pienso que tampoco debo trabajar los jueves.»
Ahora mi semana laboral acaba el miércoles por la tarde. Sí, pero ese miércoles...
El silencio de Dios me dio valor.
«Exijo la supresión del miércoles como día laborable. Prometeo.»
En cuanto al martes, me rebelé ya abiertamente:
«“Llamarse hombre llena de orgullo” (Maxim Gorki, 1868-1936). El martes atenta contra mi dignidad. Estoy en total desacuerdo y acabo el lunes.»
No hubo respuesta, así que con el lunes fue muy fácil. Bastó con un telegrama:
«El lunes también queda excluido.»
Ahora tenía siete días de la semana libres y me sentía orgulloso de mi rebeldía (L´homme révolté, Albert Camus, 1913-1960). Pero al cabo de un tiempo me di cuenta de que la semana sólo tenía siete días y, por lo tanto, yo no podía tener más de siete días libres a la semana. Semejante limitación de mi libertad me pareció inadmisible. Así que telegrafié a Dios: «Crear inmediatamente un octavo día.»
No contestó, lo cual me afirmó definitivamente en mi convicción de que Nietzsche tenía razón (Friedrich Nietzsche, 1844-1900) y Dios no existía. Pero en ese caso, ¿quién era el culpable de que la semana sólo tuviera siete días y de que yo no pudiera tener más de siete días libres a la semana? Cogí un palo y me puse al acecho en la escalera. Cuando pase un vecino, le arreo.
A fin de cuentas, alguien tiene que ser el responsable de la injusticia que se me ha hecho.
Noche en vela
En cierta ocasión emprendí un viaje. Como no había conexión directa con mi destino, a mitad del trayecto me apeé en una estación para realizar un trasbordo a otro tren. Anochecía. El otro tren no había de llegar hasta la mañana siguiente. Abandoné la estación y me dirigí al pueblo para buscar un lugar donde pasar la noche.
No encontré plaza en el hotel, ni en ninguna otra parte. Finalmente, me dieron unas señas donde me aseguraron que me acogerían. Se trataba de una casa amplia y baja, con jardín.
—Como quiera —dijo el propietario—. Pero sepa que aquí hay aparecidos.
Me asustaba más una noche sin techo que una noche en vela. Por otra parte, una noche sin techo necesariamente tenía que ser una noche en vela.
—¿Qué clase de aparecidos?
—Aparecidos en general.
En general podía ser bueno y malo al mismo tiempo. Malo porque era como no decir nada, y bueno por idéntico motivo. Me avine a las condiciones.
—Yo ya le he prevenido —advirtió el propietario, y me condujo a un cuarto donde, entre otros muebles, había un armario de gran tamaño.
Cuando me quedé solo, eché un vistazo por la ventana. No se veía nada. Me puse a considerar en qué consistirían los aparecidos. Me quité la chaqueta y la colgué en el respaldo de la silla.
"¿Qué es lo que me espera?"
Vertí agua de la jarra en el aguamanil.
"¿Esqueletos, fantasmas, calaveras?"
Me lavé la cara.
"¿El rítmico percutir de una tibia contra el cristal de la ventana?"
Me sequé la cara con la toalla.
"¿O quizás una cabeza rodando por el suelo?"
Me quité los zapatos.
"¿Un enorme perro negro?"
Eché una ojeada debajo de la cama.
"¿O acaso el ectoplasma?"
Me desnudé y me acosté. No logré conciliar el sueño.
"¿Un ahorcado dentro del armario?"
Me levanté y abrí el armario. Estaba vacío.
Dejé entornada la puerta del armario y me volví a acostar. Lo único fosforescente eran las manecillas del reloj. Era bastante más de media noche. La hora crítica había pasado.
Por lo visto, el dueño de la casa se había burlado de mí. Finalmente, oí un ruidillo, débil pero claro. Me incorporé y encendí la luz. Alguien roía algo en el interior del armario. Con la lámpara en la mano y de puntillas, me acerqué al armario. Me asomé a la puerta entornada, alumbrando el interior con la lámpara.
Ví un ratón común.
Cerré el armario de golpe y me senté en una silla.
"Así pues, lo que sea no se ha tomado la molestia de venir a asustarme.
"A no ser que lo que sea haya venido bajo la forma de ratón.
"Pero, en tal caso, lo que sea no da miedo.
"¿Realmente no da miedo?
"Si lo que sea se ha presentado bajo la forma de ratón, si el ratón tiene que significar algo, entonces es peor que si se me hubiera aparecido una fantasma, un vampiro o un esqueleto. Un fantasma grotesco no es nada más que un fantasma grotesco. Pero ¿qué es un ratón común si no es un ratón común?
"¿Qué se esconde tras él?"
Se me pusieron los pelos de punta.
"A no ser que tras él no se esconda nada."
Los pelos volvieron a su lugar.
"Conque, o se trata de algo mucho más terrible que un aparecido, o no hay nada
que temer.
"Sin embargo, ¿cómo lo averiguo?"
Con cautela, volví a echar un vistazo al interior del armario. Estaba en un rincón, de color gris. "¿Significaba algo, o no significaba nada?" Resultaba difícil adivinarlo; me miraba con unos ojillos semejantes a dos semillas de amapola. ¿Qué se puede deducir de dos semillas de amapola?
Cerré de un portazo. Me sentí bañado en sudor frío.
"Quizá no; pero ¿y si...?"
Agarré un zapato y lo maté. Respiré aliviado.
Pero entonces vi el zapato que tenía en la mano. Nunca antes había reparado en él.
Puse el zapato en el suelo y me lo quedé mirando.
Era un zapato como otro cualquiera.
Y eso precisamente era lo que levantaba mis sospechas.
Era "demasiado zapato".
Me propuse sorprenderlo. Agarré el periódico y fingí leer. Luego, de sopetón, volví la cabeza, pero él hacía como si nada y seguía siendo un zapato.
Aquello no probaba nada. Repetí el experimento varias veces con idéntico resultado. Apagué la luz y me acosté. Aún así, no conseguía conciliar el sueño. Él seguía ahí. A oscuras pero seguía. De pronto me incorporé de un salto y me senté en la cama. El corazón me latía con fuerza.
"¿Y si no era el ratón; si es él, el zapato...?"
Me levanté, di la luz, abrí la ventana y arrojé el zapato al jardín.
Cerré la ventana y me acerqué al aguamanil para lavarme las manos. Las levanté. Las mangas del pijama eran demasiado cortas. Quizá por ese motivo llegué a la conclusión de que mis manos eran unas manos.
Me senté a la mesa y las extendí ante mí.
"Y si no era el ratón, ni el zapato, sino mis manos..."
Sin esperar a la mañana, abandoné la casa. Pasé el resto de la noche en la estación.
Desde entonces tengo miedo de mis manos.
Una historia breve, pero entera
Los tubos han existido siempre, al principio sólo los naturales, como el bambú, los vasos sanguíneos o los intestinos; la corteza terrestre, por su parte, hacía mucho que abundaba en ríos subterráneos y conductos por los que corría la lava volcánica. Después la civilización creó sus propios tubos, imitando a la naturaleza. Conductos de agua y de desagües, telescopios y microscopios, cánulas de laboratorio; en pocas palabras, tubos de distinta especie, algunos muy complicados.
Así que había tubos que conducían unos esto, otros aquello, cada uno a su manera. Hasta que un día un tubo creó la teoría de los tubos. Aún hoy en día no se sabe para qué servía esa teoría, aunque este ¿ para qué ?. Parece fuera de lugar, ya que las teorías surgen, más que por la necesidad, por la posibilidad. No porque deban surgir, sino porque pueden hacerlo. La creación en el campo intelectual parece imitar a la naturaleza, que más bien hace todo lo que se puede hacer y no sólo aquello que podría servir para algo. De modo que surgió la teoría del tubo, y es difícil cuestionarla desde el punto de vista de la finalidad y la utilidad.
Pues bien, aquel tubo decidió poner orden en la inmensa diversidad de tubos, es decir, determinar la esencia del tubo, un tubo ideal, un ideal del tubo al que todos los tubos pudieran referirse. Decidió descubrir ese algo que hacía que un tubo fuera un tubo y no un no-tubo Por supuesto, referirse significa reducir, es decir, rechazar todo aquello que hay de casual en cada tubo y dejar; sólo aquello sin lo cual un tubo deja de ser un tubo. Tras muchos años de intenso trabajo, llegó a la conclusión de que la esencia del tubo es el agujero.
El descubrimiento tuvo una enorme importancia y significó una revolución en el mundo de los tubos. Sobre todo permitió a los tubos lo que en el idioma de los tubos franceses se llama prendre la conscience de soi meme, y que traducido a nuestro idioma suena algo menos fino: la toma de conciencia de sí mismo. (Así que aconsejo más bien la versión francesa.) Y es que hasta entonces no todos los tubos sabían que eran tubos. Por supuesto, aquí o allí había algún tubo avanzado que sabía que era un tubo. Sin embargo, faltaba el ideal universal de tubo, un criterio lo bastante evidente como para que cualquier tubo, hasta el más simple, pudiera entenderlo al instante, asimilar y comprender por ello, al fin, qué era: esto es, un tubo. Hasta entonces, la mayoría de los tubos habían vivido inconscientes de su condición de tubo; a partir de ahora esta desagradable inconsciencia se había acabado de una vez por todas. Es más, al tomar conciencia de ser tubo, el tubo dejaba de ser sólo tubo. Desde entonces, llamarse tubo se convirtió en algo que llenaba de orgullo, puesto que el tubo sabía que no era sólo un tubo hecho de un material u otro que hacía de conductor de esto o aquello. Desde entonces sabía que había en él algo más que forma, peso y tamaño. Ahora cada tubo ya sabía que había en él un concepto superior, no material, algo inasible y sin embargo esencial, algo que no sólo hacía que un tubo fuera un tubo, sino que también lo liberaba de su aislamiento, algo que, común a todos los tubos, permitía cambiar cualquier tubo por otro tubo y unificaba a todos los tubos en una identidad común. Ese algo era el agujero.
Por esta razón hubo mucha alegría entre los tubos, hasta que empezaron los problemas. Resultó que otros tubos continuaron el trabajo iniciado por aquel tubo descubridor del agujero y llevaron el razonamiento más allá del punto en que aquel tubo lo había dejado. Lo llevaron a la etapa siguiente, es decir, a una conclusión tan irrefutable como la tesis según la cual el agujero es la esencia de los tubos. Puesto que el agujero, siempre el mismo e idéntico —demostró otro tubo memorable—, es lo que constituye la esencia del tubo, entonces todos los tubos son iguales y ningún tubo es mejor que otro tubo en relación con el agujero. Este segundo descubrimiento fue tan colosal como el primero. Puesto que resultó, más allá de cualquier duda, que en el fondo, es decir, en lo esencial, un telescopio no se diferenciaba en nada de una manguera y una manguera de una estilográfica, una estilográfica de una tripa de cordero y‚ ésta, a su vez, de un fluorescente. Y como la teoría sin la práctica no es nada, siguiendo la voz de la verdad, se empezó a iluminar las casas y las calles con tripa de cordero, a llenar las mangueras de tinta, y los telescopios (habiéndoles sacado las lentes) se instalaron en las pilas en calidad de tubos de desagüe.
Al mismo tiempo continuaron las discusiones, pues el intelecto, habiéndose puesto a trabajar, ya no tenía ninguna intención de limitarse y, mucho menos, de ir a la zaga de los acontecimientos.
Así que apareció una jerarquía à rebours, es decir, también jerarquía, pero a la inversa. Y todo a causa de una argumentación irrefutable, según la cual si el agujero es un ideal, el tubo que esté más cerca de este ideal es el mejor. Cuantos menos añadidos y complicaciones haya alrededor del agujero, tanto más noble es el tubo. Y como los que más se aproximaban a este ideal eran los tubos de cloaca, fueron precisamente ellos los que empezaron a conquistar la supremacía moral, estética, ética, ontológica y en general en todos los sentidos. Los tubos más complicados empezaron a avergonzarse de su complicación, y a menudo se podía ver, por ejemplo, un tubo de Wittgenstein y Dropps (un aparato para la investigación científica en el campo de la física nuclear, instrumento muy especializado) que, agazapado en un rincón, se justificaba avergonzado: ‘No soy de Wittgenstein y Dropps, soy de cloaca’.
Sin embargo, la aproximación al ideal entendido demasiado al pie de la letra empezó a suponer un peligro. Porque si el agujero como tal significaba el ideal, entonces incluso entre los tubos de cloaca había unas diferencias inquietantes. Cuanto más corto era un tubo, más próximo estaba al ideal. Algunos tubos simplemente se cortaban para, de esta manera, parecerse más al agujero en sí mismo. Empezaron a aparecer unos tubos tan cortos que se parecían más a un anillo que a un tubo, y surgía la cuestión de si aún se los podía considerar tubos. Era una cuestión ideológicamente ambigua, porque al fin y al cabo esos tubos más cortos eran los que más se parecían al agujero an sich, por lo que precisamente ellos debían ser más tubos que los demás, y sin embargo era como si ya no lo fueran. Paradoja que era preciso superar.
Tras numerosos debates se estableció que un tubo es un agujero más una entrada y una salida, o bien sólo una entrada y una salida. Es decir, un agujero pero gordo. Ahora bien, ¿cómo de gordo? Esa era la clave de la cuestión. Un tubo demasiado corto se aproximaba peligrosamente a un ‘anillo negativo’, un tubo demasiado largo, al infinito.
En ambos casos, no se sabía dónde tenía semejante tubo la entrada y la salida, o bien la salida y la entrada. (Como podemos observar, el centro de atención pasó del agujero-- por lo demás, un dogma ya irrebatible a partir de entonces--, no tanto a la cuestión en el grosor del agujero, incluido también en el dogma, como a la cuestión del acierto en el grosor de este agujero.) Así pues, ¿de qué‚ largo debe ser un tubo?
Respuesta: un tubo no tiene que ser ni demasiado largo ni demasiado corto, sino mediano, debe tener su justa medida. Entonces se midió el largo de cada tubo por separado, se sumaron los resultados, la suma se dividió por la cantidad de tubos y así se llegó a un promedio. A partir de entonces, ningún tubo podía ser ni más largo ni más corto que ese promedio. Todo estaba claro con respecto a los tubos más largos que el promedio. Éstos se podían cortar. Pero ¿qué‚ hacer con los tubos que eran más cortos que el promedio? Ahora aquellos tubos que antaño se habían cortado para acercarse al ideal se encontraban en una situación incómoda. No eran demasiado largos, pero sí demasiado cortos.
La solución final estaba a la vuelta de la esquina. Puesto que desde hacía mucho tiempo ya no tenía importancia para qué servía cada tubo, e incluso se había llegado a olvidar que los tubos sirvieran para algo, el tubo individual no tenía ningún sentido. La existencia de los tubos separados era un anacronismo, un obstáculo en el inevitable y lógico desarrollo del tubo. De modo que los días de este ente estaban ya, y con toda razón, contados. Todos los tubos se acoplaron por sus extremos, se soldaron y nació un único y gran tubo cósmico.
***
Slawomir Mrozek /biografía
(nacido el 30 de junio de 1930 in Borzecin) es un escritor y dramaturgo polaco que explora en sus obras el comportamiento humano, la alienación y el abuso de poder de los sistemas totalitarios. Como dibujante de cómics, alcanzaría también gran popularidad.
Empezó su carrera como periodista, pero al final de los Años 50 comenzó a escribir obras de teatro. La primera de ellas, Policja la escribió en 1958. Entre 1963 y 1996 debió vivir fuera de Polonia en Italia, Francia y México, hasta que en 1997 volvió a su patria. Su primera obra larga, y todavía la más célebre, Tango (1964), se sigue representando en toda Europa. La obra de Mrozek se puede clasificar dentro del teatro del absurdo, ya que para conseguir el efecto deseado se vale de la distorsión de la realidad, la parodia de situaciones políticas e históricas y el humor. En 2003 fue distinguido Caballero de la Legión de Honor por el gobierno de Francia por su trayectoria como escritor.
Además de dramaturgo, Mrozek también es autor de relatos breves, generalmente de tipo satírico y humorístico, reunidos en volúmenes como, El elefante, La Mosca o El árbol. En ellas parodia la vida cotidiana de los polacos, retratando muchas veces con ironía la supuesta diferencia entre los mundos comunista y capitalista, sin adherirse a ninguno de ambos bandos.
Obra
1957 - Słoń (El elefante)
1958 - Policja (Policía)
1964 – Tango
1974 - Emigranci (Los Emigrantes)
1987 - Portret (Retrato)
1993 - Miłość na Krymie (Amor en Crimea)
Obra en español
Juego de azar (Acantilado, 2001)
La vida difícil (Acantilado, 2002)
Dos cartas (Acantilado, 2003)
El árbol (Acantilado, 2003)
El pequeño verano (Acantilado, 2004)
La mosca (Acantilado, 2005)
Huida hacia el sur (Acantilado, 2008)
