dimanche 18 avril 2010

Carles GELI/ Entrevista a Per PETTERSON


ENTREVISTA: LIBROS / Entrevistas Per Petterson
"La palabra está sobrevalorada"
Por Carles GELI

El autor noruego es un coleccionista de detalles, y como tal construye sus novelas. "No hay segundas oportunidades, ése es el tema del libro", afirma sobre Yo maldigo el río del tiempo

En la vida, como en las novelas, parece, a veces, que nada ocurre porque nada se dice. Pero es que antes ha habido algún detalle. El noruego Per Petterson (1952) parece coleccionarlos. Los escasos personajes que pueblan su aclamada Salir a robar caballos (Bruguera, ahora en bolsillo) y, sobre todo, los de Yo maldigo el río del tiempo (Mondadori / Club Editor, en catalán) se explican por pequeños detalles, tanto de lo que hacen como de lo que no, y eso va creando una atmósfera que se da pocas veces en la literatura actual. "Hablo más de detalles que de gestos; a mí me ha pasado, perdemos esos detalles y con ellos la vida", dice. Algo parecido a lo que escribió Gil de Biedma: "Que la vida iba en serio / uno lo empieza a comprender más tarde...". "Es exactamente eso", y cimbrea su cabeza escarolada: "Todo el mundo está pendiente del estreno de la obra, pero es en el ensayo general cuando te la juegas: no hay segundas oportunidades en nuestra existencia, ése es el tema del libro".

De alguna manera, también es el tema de la vida de Petterson, marcado, aunque lo admita a medias, por una madre dura, la muerte de un hermano y un doloroso accidente en el incendio de un ferry en 1990 que le dejó sin padres y sin otro hermano y una sobrina. "Cómo no van a condicionarte episodios así; de ahí que como escritor he de escuchar esas señales; la palabra está sobrevalorada; lo que pensamos y sentimos es más importante que lo que decimos...". Como si hiciera ahora un gran esfuerzo, prosigue: "En Noruega, hablamos poco, por eso aún puedo confiar menos en las palabras que oigo; en ese sentido digo que es vital saber leer los detalles; el cuerpo es nuestro campo de batalla del dolor y de la alegría... Si nos fijamos bien en él, podemos saber mucho más de los otros".

En Yo maldigo hay que estar más atento a una respuesta, a un gesto, a un detalle del atrezzo que al hilo argumental de la obra en sí, trenzado por Arvid Jansen, que camino de los cuarenta afronta un divorcio y el descubrimiento de que su madre padece cáncer. Parece la suya una relación edípica, ¿no? Petterson se hace explicar mejor el complejo de Edipo (los clásicos mediterráneos caen lejos) y entonces replica: "No, se quieren bien, lo que ocurre es que Arvid es un quejica, una especie de James Dean, tira la toalla siempre mucho antes de lo que quisiera su madre; él nunca está a la altura de las expectativas de ella". Es una situación que parece conocer bien. "Tenía dos novelas ya publicadas y recuerdo que mi madre me dijo poco antes de morir: 'Espero que la próxima sea menos infantil". Demoledor. Pero las madres (las dos, ficticia y real) quieren a sus hijos aunque no lo parezca, afirma. "Esa generación se rompió los cuernos por sus hijos para que tuvieran una vida mejor que la suya; si esos hijos deciden seguir el paso de sus progenitores, le quitan sentido a la vida de sus madres... El mensaje último de la novela es: 'Despierta, eres un imbécil: puedes optar por aquello que yo no he podido y mira qué haces". Y asoma de nuevo la autobiografía: "No, no lo es del todo: pero recuerdo que cuando le dije a mi madre que no quería estudiar más, me hizo bajar del coche y me dejó en medio de la ciudad; supongo que nos decepcionamos el uno al otro... Pero, ¿quién cumple las expectativas que los otros se hacen de uno? ¿Quién va hasta el final de donde podríamos ir?".

Arvid va lejos en ese desencuentro materno-filial: se come unas hierbas con las que se corta la lengua mientras contempla agazapado a su madre en una escena freudiana: "Arvid es una muestra de esa generación que hoy tiene entre 30 y 40 años y que no quiere madurar; se autolesiona para establecer un puente con su madre a partir del dolor, es un duro SOS final que le lanza buscando su respeto, pero ella está afligida por su galopante enfermedad y no puede darle explicaciones". A esa tensión, Arvid-Petterson añade la de la crisis de las ideologías, hasta el extremo de que parece que quien optó en las últimas décadas ante el compromiso político haya hecho el ridículo, visto con los ojos de hoy. Es más, el título de la novela responde a unos versos de Mao, que pueden leerse de manera muy irónica: "No, el ridículo no, pero quien creyó en determinadas ideologías, visto en perspectiva, hoy se ha de dar cuenta de la decepción; en el caso de Arvid pensó que Pekín era Jerusalén y al final resultó que sólo es Pekín".

Se hace difícil pensar que las milimetradas novelas de Petterson, que ha obtenido incluso el premio IMPAC Dublín 2007 por delante de monstruos como Cormac McCarthy y J. M. Coetzee, no estén planificadas al detalle: "No, no, de veras; sigo mucho el flujo de la creación a partir de una idea; no diré que los personajes me lleven, pero casi; lo que ocurre es que siempre los lectores encuentran mucho más de lo que yo quise decir; si hubiera sido así, no hubiera podido escribir esos libros". Pero hasta el paisaje, una presencia sutilmente encajada, parece desmentirle. "Es muy importante que cuando un lector acabe una de mis novelas sepa dónde ha pasado; me gusta que ese lector tenga una sensación física... Mire: a 15 minutos en tranvía de Oslo te bajas y ya estás en un bosque denso; la naturaleza es parte de uno; una roca al lado de casa, un faro cercano te marcan; en Noruega, en uno de esos bosques, llega un momento en que tienes la sensación de que el árbol te mira a ti y no al revés; eso ha de acabar definiendo una manera de ser".

Se mueve y gesticula un poco más de lo que se esperaría en un nórdico, pero no deja de venir de donde viene, una Noruega que mantiene un papel muy peculiar en un triángulo que completan Suecia y Dinamarca, que dominaron durante siglos su patria. "Noruega ha sido el hermano pequeño de la zona. Pero encontramos petróleo y eso nos ha dejado en buena posición: hoy apenas tenemos un 1% de paro... Y hasta resulta que en los últimos 10 años, los micos de las montañas, como nos conocen, están haciendo una literatura mejor y más fuerte que ellos". Quizá cuestión de detalles. –

Yo maldigo el río del tiempo. Per Petterson. Traducción de Cristina Gómez Baggethun. Mondadori. Barcelona, 2010. 256 páginas. 18,90 euros. Maleeixo el riu del temps. Per Petterson. Traducción de Carolina Moreno. Club Editor. Barcelona, 2010. 246 páginas. 18,50 euros.

***
Primeras páginas de
'Yo maldigo el río del tiempo'
de Per Petterson

1

Todo esto sucedió hace unos cuantos años. Mi madre llevaba un tiempo sintiéndose muy mal. Para que dejaran de darle la murga quienes la rodeaban y se preocupaban, mis hermanos sobre todo, y mi padre también, acabó yendo al médico al que solía ir, al que iba mi familia desde la noche de los tiempos. A esas alturas debía de ser un hombre muy mayor, porque no recuerdo haber ido jamás a otro médico y tampoco recuerdo que fuera nunca joven. Incluso yo iba a su consulta, aunque vivía a decenas de kilómetros de distancia.

Tras una breve revisión, el viejo médico de familia la derivó de inmediato al hospital de Aker, para que le hicieran un examen más detenido. Cuando hubo pasado por varias pruebas, tal vez dolorosas, en habitaciones pintadas de blanco o de verde claro, verde manzana, en el gran hospital situado casi en el cruce de Sinsen, en el lado de Oslo que siempre me ha gustado pensar que era el nuestro, esto es, el del este, le dijeron que se fuera a casa y esperara quince días a que estuvieran listos los análisis. Cuando por fin llegaron, resultó que tenía cáncer en el estómago. Su primera reacción fue la siguiente: Durante años y años me he pasado las noches en vela, sobre todo cuando los niños eran pequeños, por el pánico a morirme de un cáncer de pulmón, y ahora voy y me cojo un cáncer de estómago. ¡Cuánto tiempo perdido!

Así era mi madre. Y fumaba, como lo he hecho yo durante toda mi vida adulta. Conozco bien ese estado nocturno, esa rigidez bajo el edredón con los ojos secos y escocidos, fijos en la oscuridad, y la sensación de que la vida sabe literalmente a ceniza en la boca, aunque es probable que yo me haya preocupado más por mi propia vida que por el hecho de que mis hijas se fueran a quedar sin padre.

Mi madre se quedó un buen rato sentada ante la mesa de la cocina con el sobre en la mano, mirando por la ventana el mismo césped, la misma valla blanca de madera, los mismos tendederos y las mismas casas adosadas del mismo tono exacto de gris que llevaba mirando tantos años, y pensó lo que llevaba pensando casi el mismo número de años, que en realidad aquello no le gustaba nada. No le gustaban todas las piedras grises que hay en el país, ni los bosques de abetos y los páramos, ni tampoco las montañas. No es que viera las montañas, pero sabía que estaban ahí fuera, por todas partes, y que todos los días dejaban su impronta en las personas que vivían en Noruega. Se levantó, se dirigió al recibidor e hizo una llamada telefónica; tras una breve conversación colgó y regresó a la cocina, donde volvió a sentarse a la mesa a esperar a mi padre.

Mi padre estaba jubilado desde hacía años, la que trabajaba era ella, catorce años más joven que él, aunque ese día lo tuviera libre. O más bien, se lo hubiera tomado libre. Mi padre pasaba mucho tiempo fuera, siempre tenía alguna cosa que hacer; recados que mi madre rara vez acababa de entender en qué consistían y que nunca había visto que tuvieran resultado alguno, pero hacía mucho que se habían acallado los conflictos que hubo entre ellos, y ahora mantenían el alto el fuego. Mientras él no intentara controlar su vida, ella lo dejaba en paz con la suya. Incluso había empezado a defenderlo y a protegerlo. Si yo soltaba algún comentario crítico, poniéndome de su parte en un torpe intento de apoyar la causa de las mujeres, me pedía que no me metiera en sus asuntos. Qué fácil te resulta ser crítico, me decía, a ti te lo han dado todo hecho. Renacuajo.

Como si mi vida fuera sobre ruedas. Avanzaba a toda velocidad hacia un divorcio. Era el primero y pensaba que mi vida se iba a hacer añicos. Había días en que no conseguía llegar de la cocina al baño sin tener que arrodillarme, como mínimo una vez, hasta reunir las fuerzas como para seguir adelante. Cuando mi padre por fin regresó a casa después de ocuparse de aquel de sus proyectos que le parecía más acuciante, probablemente algo en Vålerenga, que era el lugar del que provenía y en el que nací yo siete años después de la Guerra, un sitio al que él regresaba con frecuencia para reunirse con hombres de su misma edad y orígenes, en la «Peña de los Carrozas», como la llamaban, mi madre seguía en la mesa de la cocina. Ahora tenía un cigarrillo en la boca, un Salem probablemente, o quizá un Cooly; quienes tienen miedo al cáncer de pulmón acaban saboreando mucho mentol.

Mi padre estaba de pie en el vano de la puerta; llevaba en la mano una vieja bolsa de deporte, no muy distinta de la que usaba yo en sexto o séptimo curso del colegio, en aquella época todo el mundo usaba esas bolsas y quién sabe si no sería justamente la misma. En ese caso, la bolsa tendría en aquel momento más de veinticinco años.
–Me marcho hoy –dijo mi madre.
–¿Adónde? –preguntó mi padre.
–A casa.
–A casa –dijo él–, ¿hoy? Primero tendríamos que hablarlo, ¿no? Me darás tiempo para pensarlo, ¿verdad?
–No hay nada de que hablar –dijo mi madre–. Ya he reservado el billete. Acabo de recibir una carta del hospital de Aker. Tengo cáncer de estómago.
–¿Tienes cáncer?
–Sí. Tengo cáncer en el estómago. Así que me tengo que ir a casa.

Seguía llamando «casa» a Dinamarca, en concreto a su ciudad natal, situada muy al norte de aquel pequeño país, a pesar de que llevaba casi cuarenta años viviendo en Noruega, en
Oslo.
–Pero ¿tú te quieres marchar sola? –dijo él.
–Sí –respondió mi madre–, eso es lo que quiero.

Y ella sabía que al decirlo así hería y entristecía a mi padre, y eso no la alegraba en absoluto, al contrario, se merece algo mejor, pensó mi madre, después de tanta vida, pero sentía que no tenía elección. Debía marcharse sola.
–No creo que me vaya a quedar mucho tiempo –dijo–, unos pocos días, luego vuelvo. Además tendré que ir al hospital. Supongo que me operarán. Eso espero, al menos. En todo caso, esta noche cojo el barco. –Miró su reloj de pulsera–. Dentro de tres horas. Será mejor que suba a hacer la maleta.

Vivían en una casa adosada, con cocina y salón en la primera planta y tres dormitorios pequeños y un baño diminuto en la segunda. Yo había crecido en aquella casa. Conocía cada arruga del empapelado, casa grieta del suelo, cada inquietante rincón del sótano. Era una casa Selvaag. Si pegabas una patada en la pared con la fuerza suficiente, el pie acababa en casa del vecino. Apagó el cigarrillo en el cenicero de la mesa y se levantó. Mi padre no se había movido del sitio, seguía en el vano de la puerta con la bolsa de deporte en una mano. La otra la tenía ligeramente levantada hacia ella, con ademán inseguro. Nunca había sido un campeón para el contacto físico, al menos no fuera del ring, y tampoco debía de ser el lado fuerte de mi madre, pero en esta ocasión apartó a mi padre con delicadeza, casi con cariño, para poder pasar. Él se dejó apartar, pero opuso la suficiente resistencia, mostró bastante reluctancia y lentitud, como para que ella entendiera que quería transmitirle algo tangible, una señal, sin tenerlo que formular en palabras. Pero es que ya es demasiado tarde, pensó ella, es demasiado tarde, dijo, pero él no la oyó. Aun así, permitió amablemente que mi padre la retuviera unos instantes para que él entendiera que, tras cuarenta años de convivencia y cuatro hijos juntos, aunque uno ya estuviera muerto, tenían lo suficiente en común como para seguir viviendo en la misma casa, bajo el mismo techo, y para esperarse el uno al otro y no salir corriendo sin más, a toda prisa, cuando pasaba algo grave.

El barco en el que viajaba, en el que viajábamos todos cuando íbamos en esa dirección del cielo, se llamaba Holger el Danés. Poco después de que sucediera todo esto, acabó su vida en Suecia como barco de apartamentos para refugiados, primero en Estocolmo y luego en Malmö, según he averiguado, y hace ya tiempo que se convirtió en chatarra en algún país de Asia, en una playa de la India, o en Bangladesh; pero en los días a los que me estoy refiriendo, todavía hacía una ruta fija entre Oslo y esa ciudad muy al norte de Jutlandia que es idéntica a la ciudad en la que creció mi madre.

A ella le gustaba aquel barco y consideraba inmerecida la mala fama que había adquirido. «Aguantará Tal Vez», como lo llamaba la gente, o «Llegará Tal Vez», como también lo nombraban, era mucho mejor barco que los casinos flotantes que recorren hoy en día esa misma ruta, en los que las posibilidades de emborracharse sin límites han acabado siendo ilimitadas, y aunque Holger el Danés tal vez se bamboleara un poco cuando hacía mal tiempo, eso no significaba que se dirigiera al fondo del mar. Yo mismo he vomitado en el Holger el Danés y he salido bien parado.

A mi madre le gustaba la gente que trabajaba a bordo. Había acabado conociendo bastante bien a varios de ellos, así de una manera informal, tampoco es que el barco fuera muy grande, y ellos sabían quién era ella, la reconocían en cuanto la veían cruzar la pasarela y le daban la bienvenida como si fuera una de los suyos. Tal vez en aquella ocasión repararan en una seriedad mayor de lo habitual en su actitud, en su forma de caminar, en la mirada que dirigía a su alrededor, con frecuencia con una sonrisa en la boca que en realidad no era una sonrisa, porque no había razón para sonreír, pero ese era el aspecto que tenía cuando pensaba mucho tiempo en algo y es más que probable que en su cabeza estuviera en un sitio muy distinto al que tenían en mente quienes la rodeaban. En aquellas ocasiones yo la veía especialmente guapa. Se le tersaba la piel y sus ojos adquirían un extraño brillo claro. De niño, a menudo me dedicaba a estudiarla con detenimiento cuando ella no sabía que estaba en la habitación, o más bien cuando se olvidaba de mi presencia, y en esos momentos me sentía solo y abandonado. Pero también era emocionante, porque mi madre parecía la protagonista de una película de televisión, me recordaba a Greta Garbo en La reina Cristina, cuando hacia al final se erige con aire soñador en la proa de su barco, rumbo a un lugar distinto, más espiritual; y era como si por alguna extraña razón hubiera acabado en nuestra cocina, sentada un rato en una de las sillas rojas de tubos de acero, con un cigarrillo humeante entre los dedos y un crucigrama desplegado ante sí sobre la mesa, aún por tocar y resolver. O como Ingrid Bergman en Casablanca, porque llevaba el mismo peinado y sus pómulos trazaban el mismo arco que los de ella, a pesar de que mi madre nunca le habría dicho a Humphrey Bogart: «You have to think for both of us». Ni a él ni a nadie.

Si la tripulación del Holger el Danés se percató de este o de algún otro cambio en su modo de saludarlos cuando mi madre cruzó la pasarela con la pequeña maleta marrón de piel de imitación, la que he heredado yo y sigo usando en todos los viajes que hago, nadie hizo el menor comentario al respecto, y creo que eso la alegró. Una vez en el camarote, dejó la maleta sobre una silla, cogió el vaso del cepillo de dientes del estante sobre el lavabo, lo enjuagó bien antes de abrir la maleta y sacó una botellita oculta entre la ropa. Era media botella de Upper Ten, que era la marca de whisky que prefería ella cuando bebía alcohol fuerte, cosa que hacía, creo, con bastante más frecuencia de lo que sospechábamos No es que fuera asunto nuestro, pero mis hermanos pensaban que el Upper Ten era un matarratas, sobre todo estando de viaje, cuando se tenía acceso a mercancías libres de impuestos. Ellos preferían el whisky de malta, Glenfiddich o Chivas Regal, que eran las marcas que vendían en el barco a Dinamarca, y nos soltaban largas peroratas sobre la suave caricia que sentían en la garganta, especialmente al beber single malt, y otras chorradas por el estilo. Nos metíamos con mi madre por su mal gusto y, en esas ocasiones, se limitaba a mirarnos con frialdad y respondía:
–¿Y vosotros sois hijos míos? ¡Vaya esnobs! –Y añadía–: No hay pecado sin dolor.

Y la verdad es que yo estaba de acuerdo con ella; para ser franco debo decir que yo también compraba la marca noruega Upper Ten cuando me atrevía a asomar la nariz por la tienda del monopolio estatal de alcohol, y aquel whisky no era ni single malt ni acariciaba la garganta, más bien te ardía por dentro y te llenaba los ojos de lágrimas, a no ser que te prepararas mentalmente para el primer trago. No es que fuera un mal whisky, solo que era barato.

Después mi madre desenroscó el tapón de la botella con un movimiento brusco, llenó un cuarto del vaso y lo vació de un par de tragos, le ardió tanto la boca y la garganta que tuvo que toser durante un buen rato, y ya de paso lloró un poco, puesto que de todos modos le dolía. A continuación se apresuró a meter la botella entre la ropa de la maleta, como si lo que llevara allí fuera contrabando y los aduaneros la estuvieran esperando al otro lado de la puerta con una barra de hierro y unas esposas; se lavó las lágrimas ante el espejo del lavabo, se secó a conciencia y se estiró un poco la ropa por delante, como hacen casi siempre las mujeres rellenas. Después subió a comer algo en la cafetería, que era un espacio abarcable y sin pretensiones, como le gustaban a ella, así que el Holger el Danés debía de ser el barco adecuado.

Entró en la cafetería con el libro que estaba leyendo en aquel momento, ella siempre estaba leyendo, siempre llevaba un libro en el bolso, y como Günter Grass hubiera publicado algo recientemente, era muy probable que fuera ese el libro que llevara, en alemán. Cuando al poco de acabar el bachillerato dejé de leer cualquier cosa escrita en alemán, por la sencilla razón de que ya no me entraba en el temario, ella me echó una buena regañina y me dijo que sufría de pereza intelectual; yo lo negué y me defendí diciendo que aquello era cuestión de principios, porque yo era antinazi, le dije. Eso la cabreó. Dirigió un tembloroso dedo índice hacia mi nariz y exclamó: qué sabrás tú de Alemania y de la historia de Alemania y de lo que sucedió allí. Renacuajo. Eso lo decía a menudo: «Renacuajo», decía, y era verdad que yo no era muy alto, pero ella tampoco. Sin embargo estoy en forma, lo he estado siempre, y al fin y al cabo en el insulto «renacuajo» estaban implicadas las dos cosas, que era bastante bajo, como lo era ella, y que al mismo tiempo estaba en forma, como lo estaba mi padre, y que tal vez yo le gustara así. Al menos eso esperaba. Así que cuando me echaba la bronca y al mismo tiempo me llamaba renacuajo, nunca me preocupaba demasiado.Yno es que yo supiera gran cosa de Alemania en aquel momento. En eso mi madre tenía razón.

No me la imagino con el ánimo muy sociable, en la cafetería del Holger el Danés, ni creo que se sentara en una mesa ya ocupada ni que iniciara una conversación con otros comensales para averiguar lo que pensaban, y con qué soñaban, porque eran igual que ella y tenían los mismos orígenes, o al revés, porque al fin y al cabo las personas somos distintas, y en nuestras diferencias reside lo interesante, es allí donde se esconden las posibilidades, pensaba ella, y buscaba esas diferencias y les sacaba mucho partido. Así que en esa ocasión se sentó sola en una mesa para dos, comió en silencio y, con el café posterior, se concentró en la lectura. Cuando hubo vaciado la taza, se colocó el libro bajo el brazo y se levantó. Justo en el momento en que su cuerpo abandonaba la silla, sintió un cansancio tan repentino que pensó que iba a caerse redonda allí mismo y que no volvería a levantarse nunca. Se agarró al canto de la mesa, mientras el mundo cabeceaba como lo hacía el barco, y se sintió incapaz de cruzar hasta el otro extremo de la cafetería, pasar por la recepción y bajar las escaleras. Pero al final lo consiguió. Respiró hondo y pasó entre las mesas con el aplomo de un montañero, con pasos resueltos bajó las escaleras que conducían a los camarotes, en la cara tenía la expresión que ya he descrito, y solo en un par de ocasiones tuvo que apoyarse contra la pared del largo pasillo hasta que encontró el número de su camarote, allí sacó la llave del bolsillo del abrigo y, en cuanto hubo entrado, echó el cerrojo. Tan pronto como se sentó en la cama, se sirvió una fuerte dosis de Upper Ten en el vaso del cepillo de dientes, lo vació de tres sorbos rápidos y lloró al sentir el dolor.

Articulo:
http://www.elpais.com 17/04/2010