
Entrevista a José-Carlos Mainer
"La historia de la literatura española se ha parcelado demasiado"
Por Carles GELI
Una de las obras filológicas fundamentales de España en tres décadas ha sido dirigida por este profesor, escritor y crítico. Historia de la Literatura Española. Modernidad y nacionalismo 1900-1939 es el volumen que abre el proyecto
No creo que vuelva a escribir más sobre la Edad de Plata y menos obras de este empeño; quizá una biografía de Pío Baroja para 2012, pero poco más; el resto serán artículos o prólogos y homenajes". Podría ser la típica depresión posparto y más cuando se ha alumbrado un volumen de 800 páginas (Modernidad y nacionalismo 1900-1939), el que abre la Historia de la Literatura Española, de nueve tomos (Crítica), 6.500 páginas, que también ha coordinado. Pero quien conozca a José-Carlos Mainer (Zaragoza, 1944), inasequible al cansancio, lector compulsivo, sabe que el catedrático de Historia de la Literatura en la Universidad de Zaragoza, padre de la fusión de la historia de la literatura con la cultural, está hecho de la madera que le lleva ahora, desde su mullido sofá rojo con tapetes de punto blancos, a tomar ya notas barojianas y comentar aspectos de la literatura. En realidad, una manera de hablar de sí mismo.
PREGUNTA. En su postrera mirada a la Edad de Plata, ¿qué ha dejado de nuevo?
RESPUESTA. Básicamente, el balance global de Juan Ramón Jiménez que, gracias a los expedicionarios filólogos, han dado otra imagen del poeta desde 1982; también haber recuperado a Gabriel Miró y un engarce, vía nihilismo, entre Baroja y Antonio Machado en los años veinte.
P. ¿Se atreve, desde el epílogo, a nombrar a la santísima trinidad entre 1900 y 1930?
R. ¡Buf! Bueno: Juan Ramón, Valle-Inclán y, si me deja hacer pack, la generación del 27.
P. No es usual en obras así incluir volúmenes transversales como tendrá ésta con la Historia de las ideas literarias en España y El lugar de la literatura española.
R. Este último era capital porque establecer el lugar de la literatura española en relación con el resto de literaturas peninsulares requiere espacio, así como con la literatura europea: ningún país continental ha intentado inventar la noción de literatura europea y pensé que debía abordarse, y, claro, la relación con Hispanoamérica: ninguna otra literatura europea se ha relacionado tanto con la de sus colonias... Quizá la inglesa y no estoy seguro.
P. ¿Qué tal esas relaciones?
R. Ya todo el mundo admite una primera fase de literatura colonial; una segunda, en el siglo XIX, de evolución en común, y una tercera, en el XX, de emancipación y en la que, además, son ellos los que pasan a dictar nuevas reglas.
P. Ahora parece un periodo de mayor desconocimiento literario no sólo entre España y Latinoamérica sino entre los mismos países del continente. Apenas Roberto Bolaño es denominador común.
R. Sí, hasta los años sesenta se da una notable identidad de mercado; si se acudía al mercadillo de la plaza de Armas de La Habana, donde tras la revolución se liquidaban muchos libros, uno veía que la biblioteca de un cubano era la misma que la que hubiera tenido de haber vivido en Madrid. Eso se acabó por el crecimiento de los mercados internos y por el debilitamiento del sentimiento hispanoamericano; hoy, un libro como el Canto general de Pablo Neruda, de 1950, es impensable; el boom de los sesenta aún se vivió colectivamente, pero ya nada más. De la unidad se mantiene sólo la retórica.
P. ¿Sigue siendo el periodo 19001930 el del gran salto de la cultura española y, por ende, literario, o lo ha sido más el de los años ochenta?
R. Cuando escribí con Santos Juliá El aprendizaje de la libertad: 1973-1986, no tuve el atrevimiento de decir que igual fueron más importantes los ochenta. Hoy me inclinaría a ello por la internacionalización. Es lo único que le faltó al periodo 1900-1930: la proyección exterior. En la novela es clarísimo: está Álvaro Pombo, Javier Marías...
P. Atribuible a...
R. Al clima de creatividad y ruptura junto a la sensación de desazón y fracaso que se da en la primera Transición, la melancolía por lo que no se ha hecho; sobre esas contradicciones creció eso. Y también al final de las novelas estructuralistas y ese dejarse ya de realismo mágico y empezar a hacer obras como Relatos sobre la falta de sustancia, de Pombo, o Visión del ahogado, de Juan José Millás.
P. Otra santísima trinidad del momento.
R. Pues Pombo, Fernando Savater y Luis García Montero.
P. Bonito tema para desarrollar en la universidad.
R. Quizá, pero de la universidad voy a jubilarme ya, arrastro cansancio por el horario fijo y la falta de flexibilidad intelectual...
P. Bueno, eso...
R. Y luego está Bolonia: es descorazonador. No comparto ese plan. Le garantizo que de Bolonia no va a salir Harvard alguna. Nos hemos equivocado de modelo; quizá aporte mejor gestión profesional, pero no conducirá a la excelencia académica, a la innovación arriesgada pero de relativa rentabilidad. Tampoco generará una internacionalización del conocimiento; sólo se hacen intercambios de alumnos, pero no de profesores y sus métodos. Será turismo académico.
P. ¿Qué dirán sus discípulos?
R. Siento horror a la palabra discípulo porque va al lado de la de maestro; no he tenido discípulos directos, pero sí buenos estudiantes en clase o a los que he dirigido investigaciones. En lo de discípulo está la tentación de lo clónico y de que te complazcas en ello. Además, me asombra la facilidad con que la gente olvida la autoexigencia intelectual para quedarse enseguida en la universidad y ser gestor académico...
P. Parece que es adusto en clase, va con corbata, trata a los alumnos de usted...
R. Como decía Roland Barthes, usted es el tratamiento de la ciencia; hay que aislar la confianza; el usted se incardina más con el lenguaje exigente, demuestra un cuidado de cómo tratas las cosas. Mire: el saber es jerárquico; sencillamente, yo sé más que mis alumnos, ¿por qué debo discutir el temario con ellos? Pero al igual que es jerárquico también es reversible: puedes tener gente que con el tiempo sepa más que tú; yo ya lo he vivido.
P. ¿Constata también el nivel cada vez más bajo de lecturas fundamentales en sus alumnos nuevos? ¿Es necesario un canon?
R. No lo sé. Lo que sí he detectado es el salto, en la escuela, de la literatura infantil y juvenil seria a una muy comercial. Se han sustituido lecturas como Oliver Twist, La isla del tesoro o Zalacaín el Aventurero por una dieta de novelas de adolescentes de autores ignotos. ¿Cuándo serán adultos los chavales si se les dan obras así? Uno se hace adulto espiándolos; si no leen cosas mayores y de mayores, nunca se harán adultos. ¿Por qué con 14 años no se puede leer a Machado, Azorín o al Marsé de Teniente Bravo?
P. ¿Usted cómo empezó?
R. Con La isla de tesoro, de la colección Cadete, que me regalaron cuando hice la primera comunión, con siete años. Y luego avancé con Verne y La isla misteriosa. Me convertí en un lector voraz, y eso que en casa había pocos libros porque mi padre, médico de prestigio, era lector ocasional. Ahora, cada verano, me llevo cuatro clásicos, y a Verne aún le releo.
P. Y eso mientras ha estudiado a Galdós, pero también ha leído a ultimísimos como Manuel Vilas o al nocillero Agustín Fernández Mallo.
R. Hay que estar al loro, ¿no? ¿Qué me parecen? Están entre el ensayo y la novela cargada de zapeo cultural. Veremos qué dan. En literatura siempre es cuestión de ponerse a esperar.
P. Ensayo-novela también lo es Javier Cercas y su Soldados de Salamina o Anatomía de un instante.
R. Sí, marca la narrativa actual: el escritor entra en la realidad y se pinta ahí; aflora su intimidad, el individuo pasa por cosas que no entiende y sale la autoficción. Ahí está Kapuscinski, que no sé si fabuló o no, pero leí El imperio hace poco: soberbio; o el Ian MacEwan de Chesil Beach... Pero es que Baroja y Pla ya hicieron eso en los sesenta.
P. En Soldados de Salamina es clave el autor falangista Rafael Sánchez Mazas. ¿La prevención izquierdista ha provocado injusticias con la literatura fascista?
R. La literatura fascista española, quitando a Ernesto Giménez Caballero, es poco importante. Agustín de Foxá y Sánchez Mazas son escritores de principios de siglo rezagados y los demás, galería de personajes curiosos. Pero convenía estudiarlos y fijarlos. Quizá esa prevención se comió a Manuel Machado como, rota la prevención del éxito, hay que admitir la calidad de Vicente Blasco Ibáñez. Ahora, tampoco hay que llegar hasta el extremo de loar una obra de Foxá como Misión en Bucarest. No es para tanto.
P. ¿También se da el revisionismo en literatura?
R. Hemos logrado ser menos sectarios, pero es que a lo que ocurre con la Historia lo llamaría ya negacionismo. El marco es la refundación de la derecha, que tuvo su ascensión en el aznarismo y ha culminado con la Iglesia católica reclamando que sus mártires de la guerra fueran santos. Y con eso, quieran o no, han replanteado la Guerra Civil. Hubo un pacto de historiadores en la Transición donde ya quedó claro que hubo barbaridades en el bando republicano, siempre se ha sabido lo de Paracuellos... La Iglesia tenía que haberse abstenido.
P. Usted también es culpable de una corriente que defiende que no hay ruptura cultural entre los años treinta y los cincuenta. ¿No vamos muy lejos?
R. Camilo José Cela es heredero de Valle-Inclán y Pío Baroja. Su neocasticismo sólo tenía de nuevo su sentido del negocio literario; la revista Escorial era Cruz y Raya pero sin José Bergamín; Destino copió al catalán Mirador; cierta resistencia cultural silenciosa contactó con el exilio... La historia de la literatura española se ha parcelado demasiado. Eso debe cambiar.
Pero esa historia ya no la hará él.
Nueve volúmenes
Tres años ha tardado José-Carlos Mainer para acabar la obra. La Historia de la Literatura Española tendrá nueve tomos: Edad Media, a cargo de Juan Manuel Blecua y María Jesús Lacarra; Siglo XVI, Bienvenido Morros; Siglo VII, Pedro Ruiz Pérez; Siglo XVIII, María Dolores Albiac; Siglo XIX, Cecilio Alonso; Modernidad y nacionalismo (1900-1936), José-Carlos Mainer; Siglo XX (1939-2010), Jordi Gracia y Domingo Ródenas; Historia de las ideas literarias en España, José María Pozuelo, y El lugar de la literatura española, Fernando Cabo Aseguinazola.
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"La historia de la literatura española se ha parcelado demasiado"
Por Carles GELI
Una de las obras filológicas fundamentales de España en tres décadas ha sido dirigida por este profesor, escritor y crítico. Historia de la Literatura Española. Modernidad y nacionalismo 1900-1939 es el volumen que abre el proyecto
No creo que vuelva a escribir más sobre la Edad de Plata y menos obras de este empeño; quizá una biografía de Pío Baroja para 2012, pero poco más; el resto serán artículos o prólogos y homenajes". Podría ser la típica depresión posparto y más cuando se ha alumbrado un volumen de 800 páginas (Modernidad y nacionalismo 1900-1939), el que abre la Historia de la Literatura Española, de nueve tomos (Crítica), 6.500 páginas, que también ha coordinado. Pero quien conozca a José-Carlos Mainer (Zaragoza, 1944), inasequible al cansancio, lector compulsivo, sabe que el catedrático de Historia de la Literatura en la Universidad de Zaragoza, padre de la fusión de la historia de la literatura con la cultural, está hecho de la madera que le lleva ahora, desde su mullido sofá rojo con tapetes de punto blancos, a tomar ya notas barojianas y comentar aspectos de la literatura. En realidad, una manera de hablar de sí mismo.
PREGUNTA. En su postrera mirada a la Edad de Plata, ¿qué ha dejado de nuevo?
RESPUESTA. Básicamente, el balance global de Juan Ramón Jiménez que, gracias a los expedicionarios filólogos, han dado otra imagen del poeta desde 1982; también haber recuperado a Gabriel Miró y un engarce, vía nihilismo, entre Baroja y Antonio Machado en los años veinte.
P. ¿Se atreve, desde el epílogo, a nombrar a la santísima trinidad entre 1900 y 1930?
R. ¡Buf! Bueno: Juan Ramón, Valle-Inclán y, si me deja hacer pack, la generación del 27.
P. No es usual en obras así incluir volúmenes transversales como tendrá ésta con la Historia de las ideas literarias en España y El lugar de la literatura española.
R. Este último era capital porque establecer el lugar de la literatura española en relación con el resto de literaturas peninsulares requiere espacio, así como con la literatura europea: ningún país continental ha intentado inventar la noción de literatura europea y pensé que debía abordarse, y, claro, la relación con Hispanoamérica: ninguna otra literatura europea se ha relacionado tanto con la de sus colonias... Quizá la inglesa y no estoy seguro.
P. ¿Qué tal esas relaciones?
R. Ya todo el mundo admite una primera fase de literatura colonial; una segunda, en el siglo XIX, de evolución en común, y una tercera, en el XX, de emancipación y en la que, además, son ellos los que pasan a dictar nuevas reglas.
P. Ahora parece un periodo de mayor desconocimiento literario no sólo entre España y Latinoamérica sino entre los mismos países del continente. Apenas Roberto Bolaño es denominador común.
R. Sí, hasta los años sesenta se da una notable identidad de mercado; si se acudía al mercadillo de la plaza de Armas de La Habana, donde tras la revolución se liquidaban muchos libros, uno veía que la biblioteca de un cubano era la misma que la que hubiera tenido de haber vivido en Madrid. Eso se acabó por el crecimiento de los mercados internos y por el debilitamiento del sentimiento hispanoamericano; hoy, un libro como el Canto general de Pablo Neruda, de 1950, es impensable; el boom de los sesenta aún se vivió colectivamente, pero ya nada más. De la unidad se mantiene sólo la retórica.
P. ¿Sigue siendo el periodo 19001930 el del gran salto de la cultura española y, por ende, literario, o lo ha sido más el de los años ochenta?
R. Cuando escribí con Santos Juliá El aprendizaje de la libertad: 1973-1986, no tuve el atrevimiento de decir que igual fueron más importantes los ochenta. Hoy me inclinaría a ello por la internacionalización. Es lo único que le faltó al periodo 1900-1930: la proyección exterior. En la novela es clarísimo: está Álvaro Pombo, Javier Marías...
P. Atribuible a...
R. Al clima de creatividad y ruptura junto a la sensación de desazón y fracaso que se da en la primera Transición, la melancolía por lo que no se ha hecho; sobre esas contradicciones creció eso. Y también al final de las novelas estructuralistas y ese dejarse ya de realismo mágico y empezar a hacer obras como Relatos sobre la falta de sustancia, de Pombo, o Visión del ahogado, de Juan José Millás.
P. Otra santísima trinidad del momento.
R. Pues Pombo, Fernando Savater y Luis García Montero.
P. Bonito tema para desarrollar en la universidad.
R. Quizá, pero de la universidad voy a jubilarme ya, arrastro cansancio por el horario fijo y la falta de flexibilidad intelectual...
P. Bueno, eso...
R. Y luego está Bolonia: es descorazonador. No comparto ese plan. Le garantizo que de Bolonia no va a salir Harvard alguna. Nos hemos equivocado de modelo; quizá aporte mejor gestión profesional, pero no conducirá a la excelencia académica, a la innovación arriesgada pero de relativa rentabilidad. Tampoco generará una internacionalización del conocimiento; sólo se hacen intercambios de alumnos, pero no de profesores y sus métodos. Será turismo académico.
P. ¿Qué dirán sus discípulos?
R. Siento horror a la palabra discípulo porque va al lado de la de maestro; no he tenido discípulos directos, pero sí buenos estudiantes en clase o a los que he dirigido investigaciones. En lo de discípulo está la tentación de lo clónico y de que te complazcas en ello. Además, me asombra la facilidad con que la gente olvida la autoexigencia intelectual para quedarse enseguida en la universidad y ser gestor académico...
P. Parece que es adusto en clase, va con corbata, trata a los alumnos de usted...
R. Como decía Roland Barthes, usted es el tratamiento de la ciencia; hay que aislar la confianza; el usted se incardina más con el lenguaje exigente, demuestra un cuidado de cómo tratas las cosas. Mire: el saber es jerárquico; sencillamente, yo sé más que mis alumnos, ¿por qué debo discutir el temario con ellos? Pero al igual que es jerárquico también es reversible: puedes tener gente que con el tiempo sepa más que tú; yo ya lo he vivido.
P. ¿Constata también el nivel cada vez más bajo de lecturas fundamentales en sus alumnos nuevos? ¿Es necesario un canon?
R. No lo sé. Lo que sí he detectado es el salto, en la escuela, de la literatura infantil y juvenil seria a una muy comercial. Se han sustituido lecturas como Oliver Twist, La isla del tesoro o Zalacaín el Aventurero por una dieta de novelas de adolescentes de autores ignotos. ¿Cuándo serán adultos los chavales si se les dan obras así? Uno se hace adulto espiándolos; si no leen cosas mayores y de mayores, nunca se harán adultos. ¿Por qué con 14 años no se puede leer a Machado, Azorín o al Marsé de Teniente Bravo?
P. ¿Usted cómo empezó?
R. Con La isla de tesoro, de la colección Cadete, que me regalaron cuando hice la primera comunión, con siete años. Y luego avancé con Verne y La isla misteriosa. Me convertí en un lector voraz, y eso que en casa había pocos libros porque mi padre, médico de prestigio, era lector ocasional. Ahora, cada verano, me llevo cuatro clásicos, y a Verne aún le releo.
P. Y eso mientras ha estudiado a Galdós, pero también ha leído a ultimísimos como Manuel Vilas o al nocillero Agustín Fernández Mallo.
R. Hay que estar al loro, ¿no? ¿Qué me parecen? Están entre el ensayo y la novela cargada de zapeo cultural. Veremos qué dan. En literatura siempre es cuestión de ponerse a esperar.
P. Ensayo-novela también lo es Javier Cercas y su Soldados de Salamina o Anatomía de un instante.
R. Sí, marca la narrativa actual: el escritor entra en la realidad y se pinta ahí; aflora su intimidad, el individuo pasa por cosas que no entiende y sale la autoficción. Ahí está Kapuscinski, que no sé si fabuló o no, pero leí El imperio hace poco: soberbio; o el Ian MacEwan de Chesil Beach... Pero es que Baroja y Pla ya hicieron eso en los sesenta.
P. En Soldados de Salamina es clave el autor falangista Rafael Sánchez Mazas. ¿La prevención izquierdista ha provocado injusticias con la literatura fascista?
R. La literatura fascista española, quitando a Ernesto Giménez Caballero, es poco importante. Agustín de Foxá y Sánchez Mazas son escritores de principios de siglo rezagados y los demás, galería de personajes curiosos. Pero convenía estudiarlos y fijarlos. Quizá esa prevención se comió a Manuel Machado como, rota la prevención del éxito, hay que admitir la calidad de Vicente Blasco Ibáñez. Ahora, tampoco hay que llegar hasta el extremo de loar una obra de Foxá como Misión en Bucarest. No es para tanto.
P. ¿También se da el revisionismo en literatura?
R. Hemos logrado ser menos sectarios, pero es que a lo que ocurre con la Historia lo llamaría ya negacionismo. El marco es la refundación de la derecha, que tuvo su ascensión en el aznarismo y ha culminado con la Iglesia católica reclamando que sus mártires de la guerra fueran santos. Y con eso, quieran o no, han replanteado la Guerra Civil. Hubo un pacto de historiadores en la Transición donde ya quedó claro que hubo barbaridades en el bando republicano, siempre se ha sabido lo de Paracuellos... La Iglesia tenía que haberse abstenido.
P. Usted también es culpable de una corriente que defiende que no hay ruptura cultural entre los años treinta y los cincuenta. ¿No vamos muy lejos?
R. Camilo José Cela es heredero de Valle-Inclán y Pío Baroja. Su neocasticismo sólo tenía de nuevo su sentido del negocio literario; la revista Escorial era Cruz y Raya pero sin José Bergamín; Destino copió al catalán Mirador; cierta resistencia cultural silenciosa contactó con el exilio... La historia de la literatura española se ha parcelado demasiado. Eso debe cambiar.
Pero esa historia ya no la hará él.
Nueve volúmenes
Tres años ha tardado José-Carlos Mainer para acabar la obra. La Historia de la Literatura Española tendrá nueve tomos: Edad Media, a cargo de Juan Manuel Blecua y María Jesús Lacarra; Siglo XVI, Bienvenido Morros; Siglo VII, Pedro Ruiz Pérez; Siglo XVIII, María Dolores Albiac; Siglo XIX, Cecilio Alonso; Modernidad y nacionalismo (1900-1936), José-Carlos Mainer; Siglo XX (1939-2010), Jordi Gracia y Domingo Ródenas; Historia de las ideas literarias en España, José María Pozuelo, y El lugar de la literatura española, Fernando Cabo Aseguinazola.
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TRIBUNA:
La tarea crítica
Por Luis GARCÍA MONTERO
El folio en blanco que interpela a los escritores no está deshabitado. Dentro de una pieza literaria, además del talento y el carácter del autor, respiran las ideologías, los campos creativos institucionalizados y las tradiciones culturales. La fuerza de esta respiración es tan activa que, a la hora de escribir un manual o de programar una Historia de la Literatura Española, los especialistas comprenden que es difícil inmovilizar conceptos como historia, literatura y España, en perpetuo movimiento a lo largo de los siglos.
José-Carlos Mainer pertenece a una generación de catedráticos de Literatura que tuvo como principal afán la renovación de los estudios filológicos. Era una parte más de la transformación del país que exigía la democracia española. Si el oficio de cada cual es su primer ámbito de socialización, pocos profesores pueden ejemplificar mejor que José-Carlos la tarea universitaria de hacer Estado, de construir un espacio público de investigación y lectura capaz de entender con nuevos ojos nuestras realidades culturales.
Resulta fácil afirmar que su reivindicación de la literatura del exilio o las investigaciones sobre los escritores falangistas, campos en los que José-Carlos logró muy pronto aportaciones decisivas, forman parte de la transición española y la cultura democrática. Pero conviene recordar también que la verdadera transformación exigía nuevas formas de entender la modernidad, su canon literario, las distintas tradiciones historiográficas y las prácticas sociales de la creación y la enseñanza literaria. La bibliografía de José-Carlos Mainer ha prestado una lúcida atención a estos asuntos, ya sea en los libros de voluntad teórica como Historia, literatura, sociedad (1988), ya sea en los dedicados a la historia literaria, destacándose desde su primera edición en 1975 el famoso ensayo La Edad de Plata (1902-1939).
Conviene aclarar que es improcedente distinguir teoría e historia en el ejercicio crítico de José-Carlos Mainer. "Los filólogos", escribe, "sabíamos ya desde hace tiempo que los textos literarios son de naturaleza hojaldrada, finos estratos de significado entre los que circula el aire del tiempo y las huellas de textos precedentes que condicionan su nacimiento". Son palabras del prólogo general que, como director, ha escrito para la Historia de la Literatura Española que acaba de presentar la editorial Crítica. La necesidad de comprender en profundidad esa naturaleza hojaldrada ha hecho que los estudios de José-Carlos Mainer condensen en una sola mirada el conocimiento filológico, teórico e histórico, una amplitud enriquecedora que desde hace años caracteriza su tarea.
El volumen insignia del proyecto, escrito por José-Carlos, se sitúa entre 1900 y 1939, en una época encuadrada por los conceptos de modernidad y nacionalismo. Este enfoque es muy útil, no sólo porque sirve para superar las viejas disputas entre modernismo y generación del 98 en el concepto más amplio de modernidad, abriendo un claro cauce de unidad con la vanguardia, sino porque permite situar el debate en el verdadero punto de crisis que ha definido la cultura española del primer tercio del siglo XX. Si el impulso de modernidad suele justificar las transformaciones renovadoras y el impulso nacionalista invita a la conservación de valores esenciales, la peculiar historia de España obligó con frecuencia a que las apuestas de futuro surgiesen de una preocupada conciencia nacional.
José-Carlos Mainer ha sido desde hace años un maestro para mí. Su sabiduría y su voluntad de hacer Estado lo convierten en uno de los pensadores imprescindibles de nuestra literatura. Y más ahora, cuando el tiempo de los maestros universitarios se ve desplazado por el funcionariado tecnológico y una burocracia empresarial que cambia las santas horas de estudio por la búsqueda en los boletines oficiales de convocatorias y proyectos domados.
Articulo: http://www.elpais.com 27/03/2010
La tarea crítica
Por Luis GARCÍA MONTERO
El folio en blanco que interpela a los escritores no está deshabitado. Dentro de una pieza literaria, además del talento y el carácter del autor, respiran las ideologías, los campos creativos institucionalizados y las tradiciones culturales. La fuerza de esta respiración es tan activa que, a la hora de escribir un manual o de programar una Historia de la Literatura Española, los especialistas comprenden que es difícil inmovilizar conceptos como historia, literatura y España, en perpetuo movimiento a lo largo de los siglos.
José-Carlos Mainer pertenece a una generación de catedráticos de Literatura que tuvo como principal afán la renovación de los estudios filológicos. Era una parte más de la transformación del país que exigía la democracia española. Si el oficio de cada cual es su primer ámbito de socialización, pocos profesores pueden ejemplificar mejor que José-Carlos la tarea universitaria de hacer Estado, de construir un espacio público de investigación y lectura capaz de entender con nuevos ojos nuestras realidades culturales.
Resulta fácil afirmar que su reivindicación de la literatura del exilio o las investigaciones sobre los escritores falangistas, campos en los que José-Carlos logró muy pronto aportaciones decisivas, forman parte de la transición española y la cultura democrática. Pero conviene recordar también que la verdadera transformación exigía nuevas formas de entender la modernidad, su canon literario, las distintas tradiciones historiográficas y las prácticas sociales de la creación y la enseñanza literaria. La bibliografía de José-Carlos Mainer ha prestado una lúcida atención a estos asuntos, ya sea en los libros de voluntad teórica como Historia, literatura, sociedad (1988), ya sea en los dedicados a la historia literaria, destacándose desde su primera edición en 1975 el famoso ensayo La Edad de Plata (1902-1939).
Conviene aclarar que es improcedente distinguir teoría e historia en el ejercicio crítico de José-Carlos Mainer. "Los filólogos", escribe, "sabíamos ya desde hace tiempo que los textos literarios son de naturaleza hojaldrada, finos estratos de significado entre los que circula el aire del tiempo y las huellas de textos precedentes que condicionan su nacimiento". Son palabras del prólogo general que, como director, ha escrito para la Historia de la Literatura Española que acaba de presentar la editorial Crítica. La necesidad de comprender en profundidad esa naturaleza hojaldrada ha hecho que los estudios de José-Carlos Mainer condensen en una sola mirada el conocimiento filológico, teórico e histórico, una amplitud enriquecedora que desde hace años caracteriza su tarea.
El volumen insignia del proyecto, escrito por José-Carlos, se sitúa entre 1900 y 1939, en una época encuadrada por los conceptos de modernidad y nacionalismo. Este enfoque es muy útil, no sólo porque sirve para superar las viejas disputas entre modernismo y generación del 98 en el concepto más amplio de modernidad, abriendo un claro cauce de unidad con la vanguardia, sino porque permite situar el debate en el verdadero punto de crisis que ha definido la cultura española del primer tercio del siglo XX. Si el impulso de modernidad suele justificar las transformaciones renovadoras y el impulso nacionalista invita a la conservación de valores esenciales, la peculiar historia de España obligó con frecuencia a que las apuestas de futuro surgiesen de una preocupada conciencia nacional.
José-Carlos Mainer ha sido desde hace años un maestro para mí. Su sabiduría y su voluntad de hacer Estado lo convierten en uno de los pensadores imprescindibles de nuestra literatura. Y más ahora, cuando el tiempo de los maestros universitarios se ve desplazado por el funcionariado tecnológico y una burocracia empresarial que cambia las santas horas de estudio por la búsqueda en los boletines oficiales de convocatorias y proyectos domados.
Articulo: http://www.elpais.com 27/03/2010
