
Héctor Cediel Guzmán
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La Voz de un Alma solitaria
Por Héctor “El Perro Vagabundo” Cediel
La tristeza era un denominador común, en mis huellas. Hoy la poesía es de una lenta agonía, que nos suicida a cuotas. Solo en amor me regala fulgores de alegría y las palabras le permiten a mi alma escapar del lodazal, por chispas de instantes. Mi voz interpreta la angustia triste de un delito marchito, de un desencanto total de nuestras instituciones. Desde antes de nacer, la vida ya había perdido toda su razón de ser; solo el optimismo nos permite conocer a la verdadera vida; esa vida que solo la levedad de la locura, nos permite amar y conocer, hasta cierto punto. Me encanta la poesía porque condensa la esencia del desangre, del conocimiento supremo de los iluminados; solo la poesía le permite vaticinar a los vates y ver lo que ensueñan las almas y las pasiones humanas. Me cansé de escribirle al amor, que era la fata morgana de los días tristes que se encadenaban, unos tras otros. Hay algo extraño en el amor, porque todo lo reduce a una extraña y fantasiosa primavera, a una vida de mierda, donde solo el cáliz de las mujeres nos seducen con el coqueteo de su droga alucinante. Mi sangre es un demoníaco cementerio de dulces infiernos. Ayer el alcohol me transfiguró en un vulgar y desesperado huraño arisco e insociable; hoy es la pasión la que me ha despersonalizado… y por su culpa he hipotecado mi semen por poca cosa; a veces me siento como un proletario putañero… como un carroñero por culpa de mis buenos sentimientos… El crepúsculo es un libro de amarguras, como el no haber intentado hacer himnos con algunos manuscritos. Me desespera que una enfermedad invisible postergue mi agonía; no soporto la metamorfosis del mal y peor aún, es convivir con él por conveniencia. No puedo predicar que vivir a la sombra, sea una alternativa digna para nadie; hablo como piensa un obrero burgués y eso me astilla.
Sobre los campos desnudos, mi espíritu anticlerical intenta constatar que es cierto, todo lo que he soñado en voz alta. Me fastidian las putas y las supersticiones hechiceras de las nigromancias gitanas; los cuentos que hablan de cigüeñas y esconden las espinas malévolas de los viejos hombres; río cuando veo cabalgar a las pasiones, cazando ardorosas fogosidades, espoleadas por algunos perversos. Quiero morir cazado con un poco de gloria, para soñar en el Olimpo, bajo la tierra sepulturera; que me cubra el musgo del medroso liquen, la mirada abierta hacia las estrellas; que me suplique la melancolía de las moribundas victimas, que nunca creyeron que los murtes, eran más lobos carroñeros que fieras emprendedoras. Dejemos que caiga la nieve mortecina como llamas sin sueño, o que brille como el fulgor oscuro, del delirium tremens. Son insoportables las paredes del alma y las cárceles del mundo. No comprendo a la banalidad de la muerte, pero me espanta el odio con el que nos miran los posibles suicidas; me seduce el escepticismo, de la melancolía de los espejos; el mundo se deshace o lo desmoronan los burgueses, con un martillo de hierro. Maldigo las tierras malas de los campos infecundos, porque siempre son los terrenos donados por los terratenientes, en las reformas agrarias; maldigo a los asesinos secretos, a los que nos embriagan con ilusiones sin luz o nos abandonan como insalvables enfermos terminales. Amarte como te he amado, no ha sido más que una dolorosa claridad; un bello crepúsculo de inadaptados que mendigando con tristeza, conocimos en la intimidad, el sexo de las rosas y al adolorido corazón de las arboledas mundanas. Si amarte es una forma de suicidio, mil veces me envolvería con la piel de ésta absurda amada.
El retraimiento de mis voluptuosos sentidos, se excitan con la brutalidad íntima, del canto del goce demente de los peregrinos enamorados; más que un visionario, he intentado ser un buen misionero para los hermanos con espíritus ciegos o con arterioesclerosis en el cerebro; me fastidian las locuras de los que se liberan de los tabúes sociales, por una noche o pocos días, según su conveniencia; me encanta escuchar a la imaginación de las alienadoras hojas, a las semillas de las quenas y los silbidos de las flautas de caña; porque vibran como la realidad que canta la piel del sol, cuando se libera de la piel malvada de las potras que pasan y dejan solo el rumor de una estela de sonidos en el viento. Es extraña la paz de los muertos y esa apatía total hacia la muerte y la resurrección de la carne. Ensueño una noche sosegada y una fogata para que mi canto, no tiemble con el frío de las madrugadas solitarias. Añoro una primavera serena que me revele secretos o que me permita reconciliarme con la vida, sin necesidad de rezos ni venenos ¡Mis ojos enceguecidos, se cansaron de ver tanta inmundicia! ¡Todo lo que se ha construido con amor, se destroza en los conflictos! Llora mi amor insomne, de ver solo amores oscuros, tejiendo sueños con las manos sucias. Mi canto es la voz de un alma solitaria, que se cansó de luchar contra las necedades de las almas enfermas. Un gran viento caribeño ha derruido, lo que no pudieron destrozar los pubis de las huracanadas ingles, de los amores apasionadamente perversos; no pudieron libar los chupacàlices el vino de la sangre, con la que escribí con mesura algunos versos amorosos, para las carnes que he amado. ¿Por qué son tan locas y dulces las mieles, que se cosen en el caldero del diablo? No pases más tu lengua, como una mirada lenta de la luna, sobre mi cuerpo desnudo. Gocémonos sin preguntas necias y dejemos que el destino trace nuestras huellas… y escriba versos de amor, sobre las desérticas arenas de nuestras pieles desnudas.
