dimanche 18 avril 2010

Jorge MONTELEONE/Alan PAULS: La novela de un estilista

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Crítica de libros / Narrativa argentina
La novela de un estilista
Por Jorge Monteleone

En Historia del pelo , por medio de una prosa minuciosa, elegante y algo salvaje, Alan Pauls explora la singular obsesión capilar de su personaje para construir un relato desplazado sobre los años setenta

Historia del pelo
Por Alan Pauls
Anagrama
196 Páginas
$ 38


Como muchos escritores de su generación, Alan Pauls halló en Roland Barthes un modelo donde el "yo" era esa estela incierta de elecciones ínfimas del deseo, gestos, encantos repentinos y, a la vez, la teoría de una subjetividad que no se manifestaba en una verdadera novela sino en la escritura de "lo novelesco".

Pero así como en sus inicios de agudo crítico literario esa influencia fue directa, en su narrativa el modelo se invirtió: lo novelesco desplazó el fantasma del yo, como relato autobiográfico y como teoría del sujeto, hasta saturar su literatura con ese "yo" omnipresente y mutable cuya sola repetición lo volvía incierto, a la vez una fatalidad y una falacia. Imbuido de las corrientes de la teoría francesa cuyas liturgias recordaban la incesante muerte del "autor" y testigo de los fuegos artificiales del estallido del significante, Pauls conoció el pertinente borgismo del pudor argentino y la nadería de la personalidad. Formado como homme de lettres, su áurea biblioteca incluía la alta literatura pero también la historieta, la televisión, el rock y en especial el cine -donde tampoco había jerarquías entre el Godard de Vivir su vida y el Terence Young de Dr. No , films de 1962-. Fue el heredero forzoso de esas "tres vanguardias" que Piglia predicó: la de Saer, Puig y Walsh y en cuyo horizonte inmediato estaban Osvaldo Lamborghini y Aira. Se halló en la encrucijada entre la imperiosa intimidad y el cometido de lidiar con las huellas traumáticas, manifiestas o no, de alguien que, a diferencia de otros narradores más jóvenes, no era un niño durante la dictadura de 1976.

Con todos esos restos, Pauls construyó su literatura sin renunciar a ninguno, pero en la paradoja y la aporía: ¿cómo hablar del yo sin caer en el imperio del sentimiento, pero sí en el de las pasiones?, ¿cómo ser intimista sin caer en la desdorosa minucia del chisme ni en las manías del vitalismo y, a la vez, preservar su potencia de relato?, ¿cómo escribir después de Borges, pero también de Puig, de Walsh, de Saer y de Aira?, ¿cómo ejercer la ironía sin ser cínico?, ¿cómo ser testigo crítico de la historia sin mera corrección política ni atribuciones erróneas?

Uno de los modos fue escribir una novela imponente sobre la exclusiva pasión de la experiencia amorosa ( El pasado ). Otro, multiplicar el gesto del diario íntimo (cuyo género comentó y compiló) como relato casual y desagregado en breves crónicas, apuntes periodísticos, en esas instantáneas personales sin efectos de verdad documental llamado "Mi vida como hombre" o en el espléndido La vida descalzo , sobre la vida en la playa. Otro, en fin, como aquella breve épica cómica insinuada en Wasabi (protagonizada por un "joven escritor" como el autor, que viaja a Saint-Nazaire y cuya mujer se llama "Tellas"), ahora afianzada en una trilogía alimentada oblicuamente por numerosas referencias autobiográficas: la Historia del llanto , la actual Historia del pelo , y una futura Historia del dinero .

"No pasa día sin que piense en el pelo." Así se inicia el relato de un personaje obsedido por alcanzar un peinado perfecto, que recorre incansables peluquerías y se ejercita, de ese modo, en la experiencia de la decepción. Con ese eje, el personaje recuerda también su niñez en los años sesenta y su adolescencia en los setenta. Para hablar de una época donde existió una ópera-rock llamada Hair y una revista llamada Pelo , cuando el rapado era prerrogativa de las fuerzas de seguridad y el modo de llevar el pelo una identidad, la elección de Pauls es tan intempestiva en el presente como coherente con el pasado. Así explora hasta las últimas consecuencias una anomalía: la obsesión es el eje desplazado de un relato social. El yo elusivo se manifiesta por la metonimia capilar y a través del cuerpo como fuente de humores, de secreciones anárquicas, bien lejos de todo ascetismo espiritual y de toda trascendencia.

Como esas historias minuciosas de la vida privada que refieren los anales de la casa, de la moda, de la cama o de la comida, el personaje de Pauls no sólo interpreta toda su vida como la historia del pelo, sino que ésa es también su intelección de lo real: del corte de su perro Curtius a los métodos de los peluqueros, del mechón del Che Guevara al de su primer corte de bebé, del afro al pelo de los actores "facheros" de los setenta opuestos al "pelo bueno" de los militantes y revolucionarios. La historia del cruce de tres personajes principales (el amigo de infancia, Monti; un peluquero paraguayo genial, Celso; y el hijo exiliado de un guerrillero, el "veterano de guerra") es animada por el pelo como motor del relato, pero antes por esa escritura minuciosa que crece y prolifera como su tema con una elegancia lúcida y un poco salvaje. La sorpresiva peluca del final, vinculada al secuestro de Aramburu, revela que nada, ni la insignificancia, puede sustraerse a la historia política, ni a la violencia ni a la tragedia. "Todo está en el pelo", se lee, y el pelo mismo se vuelve una máquina del tiempo, el corte a la ilusión de continuidad, el motivo de lo imprevisible y lo irregular. Y puesto que ningún corte es eterno, se transforma sin más en el sustituto de una original reflexión sobre la pérdida y la muerte, donde el yo melancólicamente naufraga pero la ficción triunfa.


Articulo:
http://www.lanacion.com.ar 17/04/2010
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PÁGINAS DEL LIBRO

No pasa día sin que piense en el pelo. Cortárselo mucho, poco, cortárselo rápido, dejárselo crecer, no cortárselo más, raparse, afeitarse la cabeza para siempre. No hay solución definitiva. Está condenado a ocuparse del asunto una y otra vez. Así, esclavo del pelo, quién sabe, hasta reventar. Pero incluso entonces. ¿O no ha leído que...? ¿No les crece el pelo también a...? ¿O eran las uñas?

Una vez, en verano, escapando del calor -son las cuatro de la tarde, casi no hay gente en la calle-, se mete en una peluquería desierta. Le lavan el pelo. Está boca arriba, con la nuca apoyada en la canaleta de plástico. Aunque está incómodo y le duelen las cervicales, y lo inquieta un poco la desaprensión con que su garganta parece ofrecerse al tajo del primer degollador que le salga al cruce, el masaje de los dedos, la dulce nube de perfume vegetal que se desprende de su cabeza y la presión de los chorros de agua tibia lo embriagan, transportándolo de a poco hacia una especie de ensueño. No tarda en dormirse. Lo primero que ve cuando vuelve a abrir los ojos, tan cerca que lo ve fuera de foco, como pintado sobre una superficie de arenas movedizas, es la cara de la chica que le lava la cabeza inclinada sobre él, invertida, la frente de ella suspendida a la altura de su boca. ¿Qué está haciendo? ¿Lo huele? ¿Está por besarlo? Se queda quieto, vigilándola con sus ojos ciegos, hasta que la chica, después de unos segundos de concentración en que se priva hasta de respirar, intercepta con una uña larga y filosa el afluente descarriado de champú que estaba a punto de metérsele en un ojo. Recién despierto, no puede recordar, aunque lo intenta, cómo era en verdad esa cara diez minutos atrás, cuando acababa de entrar en la peluquería y la vio por primera vez y ella sin duda le salió al cruce para preguntarle: «¿Te vas a lavar?» Ahora la tiene tan cerca que sería incapaz de describirla. Podría enamorarse de ella. De hecho no sabe si no se ha enamorado ya, al abrir los ojos y descubrir su rostro casi pegado al suyo, gigantesco, un poco como le sucede en el cine cuando se queda unos segundos dormido y al despertar se rinde al hechizo, siempre infalible, de lo primero que ve en la pantalla.