
E-mail : junacagomz@yahoo.com.ar
Juan Carlos GOMEZ sobre Azul@rte:
http://revistaliterariaazularte.blogspot.com/search?q=GOMBROWICZIDAS+
GOMBROWICZIDAS
Witold GOMBROWICZ & el Comunismo
Por Juan Carlos GÓMEZ
“Dionys Mascolo. ‘Le Communisme’. Supongo que todavía me quedará algún comentario más por hacer acerca de este libro importante, importante porque se trata de un comunismo refinado, condimentado con todos los sabores elitistas, un comunismo para la aristocracia, del que he leído apenas cien páginas. El texto produce una sensación extraña. De una seriedad absoluta y de un absoluto infantilismo (...)”
“De una absoluta sinceridad y de una absoluta falsedad. De un absoluto conocimiento de la realidad y de una absoluta ignorancia de la realidad. ¿No debería decirse, pues, que Mascolo ha agotado hasta el fondo un cierto sentido de la existencia, pero que le falta la percepción del otro sentido, complementario? Esta obra se mantiene bien de pie, aunque sea sobre un solo pie (...)”
“Por eso a veces ilumina con un haz de luz deslumbrante la ponzoñosa alquimia de la cultura contemporánea y nuestro juego de cartas trucadas. Aquí Mascolo pude ser útil, pero resulta totalmente impotente ante su propia falsedad. En esta obra, donde el demonio de la intelligentsia comunistoide se lanza contra un cosmos igualmente demoníaco e igualmente abstracto, falta una sola verdad, a saber, la modesta, cálida y secreta verdad del autor”
La reflexiones que hace en el “Diario” sobre “El Comunismo”, el libro de Mascolo, pueden resultar más relevantes después de poner en claro las relaciones que tenía Gombrowicz con Marx y con Sartre. La realidad que el hombre va descubriendo poco a poco rompe los moldes y las teorías que la contuvieron durante un largo tiempo; los viejos barriles son reemplazados por otros barriles relucientes.
Pero ni Einstein es tan distinto de Newton, ni Marx de Cristo, ni Sartre de Sócrates, para poner unos ejemplos. La realidad tiende a volverse teórica cuando está tranquila, pero cuando está intranquila produce revoluciones sociales como la francesa, o reducciones del pensamiento como la antropológica de Feuerbach, la fenomenológica de Husserl y la sociológica de Marx. Gombrowicz formó su conciencia en el período más agitado del siglo XX y se vio obligado a reflexionar sobre concepciones tan amplias como lo son el existencialismo y el comunismo, pues estas dos concepciones juntas constituyen la verdadera introducción a nuestra época. A pesar de las críticas que le hizo al existencialismo Gombrowicz aceptaba su punto de partida, pero no sus deducciones.
El punto de partida de esa filosofía pone a la existencia y no a la idea en el centro de las reflexiones sobre el hombre, las deducciones, en cambio, instalan las ideas de la muerte y de la responsabilidad en una conciencia abstracta que está lejos del hombre. Gombrowicz estaba convencido de que su idea sobre la forma pertenecía al tronco de la inspiración existencialista.
Que el existencialismo no pertenece al pasado, que ese pensamiento perdurará por más de mil años, para siempre, como han perdurado para siempre las filosofías del realismo y del idealismo, repetidamente perdidas y vueltas a encontrar. El existencialismo era una forma del pensamiento que no tenía una representación política pero el comunismo sí que la tenía, y esta característica del comunismo le daba un aspecto bifronte, porque una cosa era hablar de Marx y otra de Stalin.
Gombrowicz estaba de acuerdo con el sentido moral del comunismo, con su pedido de justicia distributiva y con esa conciencia que se torturaba frente a la injusticia. Gombrowicz estaba de acuerdo también con la concepción marxista del valor, una teoría en la que la necesidad es el fundamento del valor, pues un vaso de agua en el desierto no puede tener el mismo valor que al lado de un río.
Para Sartre, en cambio, las cosas no son así, un hombre tiene necesidad de agua en el desierto porque elige la vida y no la muerte. En el marxismo no existe esta libertad de elección, el hombre está obligado a elegir la vida. Marx ha desenmascarado muchas mistificaciones históricas, del mismo modo que lo hicieron Freud y Nietzsche, son hombres que demostraron que detrás de nuestros sentimientos que parecen nobles, se ocultan complejos, bajezas y toda la suciedad de la existencia.
Gombrowicz pensaba que la crisis del marxismo tenía mucho que ver con el hecho de que en los países comunistas se trabajaba mal y se producía poco, y esto porque nadie tenía interés en producir ni en obligar a los demás a que lo hagan, pues no había ningún beneficio en juego. Si bien el pensamiento marxista ha servido para desenmascarar muchas hipocresías históricas, es también utópico y no conduce a nada.
Por tal razón Gombrowicz se animó a profetizar en su tiempo que dentro de veinte o de treinta años el comunismo sería puesto de patitas en la calle. Sin embargo, sabía que en el sentido filosófico el marxismo propone la liberación de la conciencia para que no se presentara deformada en la actividad que debe realizar, para que sea auténtica frente al mundo y el hombre.
En la primera fase de la realización del comunismo el Estado debe dominarlo todo y cada uno debe ser remunerado por el valor que tienen los servicios que le presta a la sociedad. En la segunda fase, en la fase celestial que Gombrowicz considera estúpida, desaparece el Estado, aparece un orden universal fundado en la justicia y cada hombre no será remunerado ya según sus méritos o sus servicios, sino según sus necesidades.
Una fase radiante que aparecerá en un futuro lejano, en un tiempo indefinido. El existencialismo puede considerarse como un reflujo de la historia del pensamiento que intenta reducir la majestad y la tiranía de las ideas para hacerle lugar a la existencia, es decir, al hombre. Y el comunismo es también un reflujo histórico del pensamiento que intenta hacerle lugar a la justicia, la misma justicia que propuso el cristianismo, pero esta vez sin Dios.
Son movimientos profundos del alma que, como todos, pasan por períodos de exageración y marginación pero siempre vuelven a la fuente de su revelación original. A pesar de que el comunismo había hecho interminable el desastre personal de Gombrowicz, está más cerca de Marx que de Sartre, y aquí está claro que Dios no tiene nada que ver en todo esto, Marx, Sartre y Gombrowicz eran ateos.
Pero el comunismo es un sistema que puso a la historia patas para arriba; había arruinado a su familia y le había cerrado las puertas. Es sobre esta cuestión que desarrolla un cuestionario de argumentos y contra argumentos que se parecen mucho a los que armaban los teólogos para discutir problemas importantes como, por ejemplo, si Cristo tenía o no tenía erecciones.
Una noche Gombrowicz llegó al Rex con veintisiete argumentos a favor y veintiséis contra argumentos debajo del brazo para dar cuenta de este asunto, una cuestión fundamental para los padres de la iglesia. Pero regresemos a la ética del comunismo sobre la que Gombrowicz abre un cuestionario paradójico.
“¿Por qué yo, teniendo a mi derecha el capitalismo, cuyo cinismo latente conozco, y a mi izquierda la revolución, la protesta y la rebelión surgidas del más humano de los sentimientos, por qué no me uno a estos últimos?”
Por la compasión que le produce la inmensidad de los sufrimientos y la montaña de cadáveres. No, ha pasado por la escuela de Schopenhauer y de Nietzsche, sabe que la vida es trágica por naturaleza. Por los bienes y la situación social que perdió. No, esa pérdida lo liberó de los condicionamientos sociales. Si hay alguien que carece de prejuicios en este punto, ése es Gombrowicz.
Entonces, por las paradojas de su proceso dialéctico que se detiene justo en el momento en que la revolución alcanza su plena realización. No, por ninguna razón que tenga que ver con su desenvolvimiento político. Por el terror que mata la libertad de pensamiento. No, es más grave aún, nos encontramos ante una de las grandes mistificaciones de la historia, de esas que desenmascararon Nietzsche, Marx y Freud.
Por su falta de sinceridad, entonces. No, el comunismo es una doctrina de la acción y no un pensamiento sobre la realidad; son sinceros respecto al mundo ajeno e insinceros con el de ellos porque lo necesitan. Aquí Gombrowicz suspende su cuestionario y concluye, es necesario que se reconozca entonces esa insinceridad. “Debéis decir: nosotros nos cegamos a propósito (...)”
“Mientras no lo digáis, ¿cómo se puede hablar con alguien deshonesto consigo mismo? Unirse a alguien así es perder el último apoyo bajo los pies y precipitarse en el abismo”. Pareciera que son más importantes las razones esgrimidas anteriormente que esta última razón, pero no, Gombrowicz desconfía de las teorías y de las ideas, prefiere guiarse especialmente por su instinto.
Si hubiera podido pensar que lo más importante para ellos era la conciencia, es decir, el alma, es decir, la ética, se hubiera unido al comunismo; pero lo más importante para ellos era el triunfo de la revolución. El desarrollo de este cuestionario de argumentos y contra argumentos nos pone sobre aviso de una cosa a la que Gombrowicz le daba una gran importancia.
Si los comunistas hubieran reconocido que eran insinceros consigo mismos respecto al sentido moral de la vida, Gombrowicz se hubiera hecho comunista, pero esta conclusión es demasiado radical y su cabeza no la puede asimilar, así que la va a revisar en otra parte del “Diario”, según era su costumbre. A los comunistas les reprocha su dogmatismo, ellos poseen la verdad, ellos saben, ellos creen, más aún, ellos quieren creer.
“Aunque los convenzas, no se dejarán convencer, porque se han entregado al Partido. El continente de la fe abarca iglesias tan discordes como el catolicismo, el comunismo, el nazismo, el fascismo”. En forma reiterada Gombrowicz explica lo difícil que le resulta oponerse al comunismo, pues el talante de su pensamiento lo lleva hacia él. Anda buscando ese punto de ruptura donde el comunismo se le vuelve extraño y hostil.
Indaga otra vez al comunismo: ahora el rechazo tiene origen en un problema técnico. El dilema que plantea la doctrina no es filosófico sino productivo, es decir, el comunismo tiene como imperativo demostrar que es más eficiente para producir bienes y distribuirlos que el sistema capitalista; hasta que esta capacidad quede demostrada, todas las otras deliberaciones no son más que sueños.
Gombrowicz no puede inmiscuirse en este asunto, a él le importa la personalidad y no las ideas; él, en tanto que artista, se especializa en constatar cómo las ideas influyen en las personas, pues una idea abstraída de su relación con el hombre no tiene valor. Las dos aporías que le plantea el comunismo, una, respecto al sentido moral, y la otra, respecto a su sistema productivo y distributivo, sólo se pueden resolver escapándose de ellas.
Hay que retirarse del exceso de cualquier sistema de ideas hacia una dimensión más humana. La capacidad que puede desarrollar un hombre para tomar distancia, para retirarse, escaparse, huir de una situación, de las ideas, de los sentimientos, de sí mismo o de lo que sea, es la única y verdadera libertad. No es que tenga que huir, pero tiene que tener la posibilidad de hacerlo.
Heidegger tenía que escribir una segunda parte de “El ser y el tiempo”, pero no supo organizar hasta el final su pensamiento, un pensamiento difícil y torturado. Sartre, en cambio, no tenía estas dificultades y escribió la segunda parte de “Crítica de la razón dialéctica”. La “Crítica de la razón dialéctica” es una obra abstracta y muy difícil de leer, es un intento que hace Sartre para conseguir la clarificación de las relaciones que existen entre el existencialismo y el marxismo.
La cuestión es que en este libro Sartre designa al marxismo como la filosofía insuperable de nuestro tiempo, y que lo seguirá siendo hasta que la situación histórica y económica que expresa haya sido superada. Pero si el marxismo es la filosofía insuperable de nuestro tiempo, ¿cuál es, entonces, la razón de ser del existencialismo de Sartre? Para los filósofos comunistas el existencialismo traduce la decadencia burguesa en un escape de lo real.
El existencialismo aísla al individuo, es la afirmación de la autonomía absoluta del ego y de su superioridad sobre el mundo. Sartre, en cambio, está convencido de que el marxismo ofrece la única interpretación válida de la historia, pero que su existencialismo es el único camino que conduce a la realidad concreta. Sobre esta base le formula al comunismo una acusación.
“Hay dos maneras de caer en el idealismo: una consiste en disolver lo real en la subjetividad; la otra, en negar toda subjetividad real en beneficio de la objetividad”. Ambos se acusan de idealismo, pero Sartre acepta sin restricciones el materialismo histórico, es decir, que el modo de producción de la vida material domina, en general, el desarrollo de la vida social, política e intelectual.
El salto del reino de la necesidad a un reino de la libertad, que Marx y Engels anunciaron como un ideal futuro, marcará, según Sartre, el fin del marxismo y el principio de una filosofía de la libertad. Pero este futuro está lejano y, mientras tanto, el marxismo, para no degenerar en una antropología inhumana, debe ser complementado por el existencialismo sartriano que le proporciona su fundamento subjetivo, humano y existencial.
Dice Sartre que la comprensión de la existencia se presenta como el fundamento humano de la antropología marxista pero…“A partir del día en que la investigación marxista tome la dimensión humana como fundamento del saber antropológico, el existencialismo no tendrá ya razón de ser” Las concepciones juntas del marxismo teórico y del existencialismo constituían para Gombrowicz la verdadera introducción a nuestra época.
Sin embargo, aceptaba solamente sus puntos de partida pero no sus deducciones. Conoce el cinismo latente del capitalismo y la naturaleza de la rebelión surgida del más humano de los sentimientos, pero considera a esa doctrina como una de las grandes mistificaciones de la historia, porque lo más importante para ellos no eran la conciencia y la ética, sino el triunfo de la revolución.
Está de acuerdo también con el punto de partida de Sartre que pone a la existencia y no a la idea en el centro de las reflexiones sobre el hombre, pero no acepta las ideas de la muerte, de la angustia y de la responsabilidad en una conciencia abstracta que está lejos del hombre. En fin, al Pterodáctilo le decía que el gran modelo era Estados unidos, que los supermercados y la Coca-Cola eran grandes inventos.
La ciencia y el comunismo son parientes, razón por la cual la ciencia tiene características comunistoides. Si la juventud universitaria se desplaza hacia el rojo no es tanto por la obra de los agitadores sino por la adoración que le tiene al saber. En cambio, el comportamiento del arte en esta guerra fría resulta paradójicamente extraño. A pesar de la cantidad de anticomunismo que el arte lleva en la sangre, parece que se hubiera puesto del lado de Marx.
Un artista sólo podría ser comunista si renunciara a la parte de su humanidad que se expresa en el arte. Ese artista perdió el instinto, se volvió muy sensible a las razones, ahogó su temperamento en el intelecto y se puso a oler las flores, no con la nariz sino con el alma. Al hombre de ciencia le es ajena la rebeldía, está dispuesto a diluirse en su objetividad, no está llamado a vivir la disonancia entre el hombre y su forma.
El artista, en cambio, quiere ser él mismo, y aunque una fuerza enorme lo aplaste seguirá sufriendo y luchando contra ella. Un alemán, un francés y un polaco aparecen en las reflexiones que forman parte de estas reflexiones. Marx no conoció ni a Sartre ni a Gombrowicz, Sartre conoció a Marx y a Gombrowicz y dedicó buena parte de su vida a reflexionar sobre las ideas de Marx, a Gombrowicz lo ignoró olímpicamente.
Gombrowicz no ignoró a ninguno de los dos, al contrario, consideraba que las dos concepciones juntas del comunismo y del existencialismo constituían la verdadera introducción a nuestra época. Marx, Sartre y Gombrowicz se nos presentan como unos jóvenes que están buscando su lugar en el mundo, unos lugares parecidos y también distintos que forman parte de la revolución del espíritu que experimentaron los hombres en el siglo XX.
Gombrowicz le ha dedicado en los diarios tantas páginas a Dionys Mascolo como a Sienkiewicz o a Dante, a ese francés conocido por su comunismo atormentado. El interés que le despertó la lectura de “Le Communisme” quizás tenga algo que ver con el hecho de que se trata de un comunismo refinado, condimentado con todos los sabores elitistas, un comunismo para la aristocracia.
Recordemos que Gombrowicz no fue comunista ni existencialista pero en ambos casos estuvo cerca de serlo, y no lo fue por su aversión natural a las ideologías y a los credos. El objetivo expreso de este libro es poner en el primer plano del marxismo la teoría de la necesidad como base del materialismo dialéctico, pero Mascolo no era un creyente, era un intelectual que intentaba organizar su propia posición entre el comunismo y el intelectualismo clásico.
La mayor dificultad con la que se encuentra Mascolo es la de que el comunismo no es una idea ni el descubrimiento de ninguna verdad, es solamente un instrumento que le permite al hombre llegar a la verdad y a la idea. El comunismo intenta liberar al hombre de sus dependencia materiales pues estas dependencias no le permiten pensar ni sentir correctamente de acuerdo a su verdadera naturaleza, y es esta correspondencia intensa entre el espíritu y la naturaleza el quid de “Le Communisme”.
“La contundente tesis sobre el paralelismo entre el espíritu y la materia, esta idea fascinante y reveladora, aparece aquí como Dios se le apareció a Moisés, y dicta su ley”. Gombrowicz se sentía próximo a Mascolo, habían tenido los mismos maestros pero Mascolo, siguiendo el mismo camino de Gombrowicz, había llegado a otro lugar desde el que se apreciaba un panorama distinto.
No había respeto, autoridad ni afecto que lo pudieran frenar a Gombrowicz porque era libre, a pesar de esto rechazó el comunismo. A Mascolo le ocurrió algo parecido a Gombrowicz pero se quedó en el camino. Para dominar el mundo Mascolo recurrió a un pensamiento más fuerte que el suyo propio, un camino que Gombrowicz evitó, pero como no pudo dominar este pensamiento, hacerlo verdaderamente suyo, el pensamiento lanzó a Mascolo contra el mundo.
Como el cometido era superior a sus fuerzas intentó transformarse a sí mismo para ponerse a la altura del cometido, pero este intento convirtió a Mascolo en un instrumento de sí mismo. Mascolo se transformó para Mascolo en un obstáculo más, de modo que ahora no sólo tenía que dominar el mundo sino también a Mascolo. “Por eso su libro está escrito más para él mismo que para los demás (...)”
“Mascolo transforma a Mascolo cortándole ante todo los caminos de retirada”. Mascolo se precipita contra el cosmos estimulándose a sí mismo a correr cada vez más rápido, la realidad se le vuelve terriblemente fluida, y esa infinitud indefinida le crispa los nervios porque Mascolo, igual que todos los hombres, desea un mundo definido. “Toda la dialéctica del desarrollo, del devenir, de la dependencia, es una sutil mentira que debe ocultar el único anhelo esencial del hombre, el anhelo de lo definido (...)”
“Destruye la forma para imponer una nueva forma –sin la forma no puede existir–, y, cualquiera que sea esta nueva forma, desde el momento que la ha escogido, tiene que llevarla a la plena realización. ¿Por qué ha dicho A? No lo se sabe. Pero al haber dicho A tiene que decir B”. De un viejo refrán aprendimos que detrás de un gran hombre hay siempre una gran mujer.
No es el caso de Gombrowicz, no hay regla que no tenga su excepción, pero podría ser el caso de Mascolo. Nadie le puede regatear los méritos a este intelectual comprometido, pero es más bien recordado como compañero sentimental de Marguerite Duras. No está nada mal que Gombrowicz haya puesto la atención en este marxista francés cuya existencia estuvo marcada por una rebeldía e inquietud innatas.
“Le Communisme” es una obra en la que Mascolo refleja la contradicción de un espíritu que se atormenta entre la imposibilidad ser comunista y la necesidad de ser el comunista, una contradicción que tiene alguna analogía con la de Gombrowicz. Mascolo se puso del lado de los estudiantes en los acontecimientos de mayo de 1968, y firmó la condena de la Unión de Escritores de Francia que calificó a Gombrowicz de reaccionario.
Juan Carlos GOMEZ sobre Azul@rte:
http://revistaliterariaazularte.blogspot.com/search?q=GOMBROWICZIDAS+
GOMBROWICZIDAS
Witold GOMBROWICZ & el Comunismo
Por Juan Carlos GÓMEZ
“Dionys Mascolo. ‘Le Communisme’. Supongo que todavía me quedará algún comentario más por hacer acerca de este libro importante, importante porque se trata de un comunismo refinado, condimentado con todos los sabores elitistas, un comunismo para la aristocracia, del que he leído apenas cien páginas. El texto produce una sensación extraña. De una seriedad absoluta y de un absoluto infantilismo (...)”
“De una absoluta sinceridad y de una absoluta falsedad. De un absoluto conocimiento de la realidad y de una absoluta ignorancia de la realidad. ¿No debería decirse, pues, que Mascolo ha agotado hasta el fondo un cierto sentido de la existencia, pero que le falta la percepción del otro sentido, complementario? Esta obra se mantiene bien de pie, aunque sea sobre un solo pie (...)”
“Por eso a veces ilumina con un haz de luz deslumbrante la ponzoñosa alquimia de la cultura contemporánea y nuestro juego de cartas trucadas. Aquí Mascolo pude ser útil, pero resulta totalmente impotente ante su propia falsedad. En esta obra, donde el demonio de la intelligentsia comunistoide se lanza contra un cosmos igualmente demoníaco e igualmente abstracto, falta una sola verdad, a saber, la modesta, cálida y secreta verdad del autor”
La reflexiones que hace en el “Diario” sobre “El Comunismo”, el libro de Mascolo, pueden resultar más relevantes después de poner en claro las relaciones que tenía Gombrowicz con Marx y con Sartre. La realidad que el hombre va descubriendo poco a poco rompe los moldes y las teorías que la contuvieron durante un largo tiempo; los viejos barriles son reemplazados por otros barriles relucientes.
Pero ni Einstein es tan distinto de Newton, ni Marx de Cristo, ni Sartre de Sócrates, para poner unos ejemplos. La realidad tiende a volverse teórica cuando está tranquila, pero cuando está intranquila produce revoluciones sociales como la francesa, o reducciones del pensamiento como la antropológica de Feuerbach, la fenomenológica de Husserl y la sociológica de Marx. Gombrowicz formó su conciencia en el período más agitado del siglo XX y se vio obligado a reflexionar sobre concepciones tan amplias como lo son el existencialismo y el comunismo, pues estas dos concepciones juntas constituyen la verdadera introducción a nuestra época. A pesar de las críticas que le hizo al existencialismo Gombrowicz aceptaba su punto de partida, pero no sus deducciones.
El punto de partida de esa filosofía pone a la existencia y no a la idea en el centro de las reflexiones sobre el hombre, las deducciones, en cambio, instalan las ideas de la muerte y de la responsabilidad en una conciencia abstracta que está lejos del hombre. Gombrowicz estaba convencido de que su idea sobre la forma pertenecía al tronco de la inspiración existencialista.
Que el existencialismo no pertenece al pasado, que ese pensamiento perdurará por más de mil años, para siempre, como han perdurado para siempre las filosofías del realismo y del idealismo, repetidamente perdidas y vueltas a encontrar. El existencialismo era una forma del pensamiento que no tenía una representación política pero el comunismo sí que la tenía, y esta característica del comunismo le daba un aspecto bifronte, porque una cosa era hablar de Marx y otra de Stalin.
Gombrowicz estaba de acuerdo con el sentido moral del comunismo, con su pedido de justicia distributiva y con esa conciencia que se torturaba frente a la injusticia. Gombrowicz estaba de acuerdo también con la concepción marxista del valor, una teoría en la que la necesidad es el fundamento del valor, pues un vaso de agua en el desierto no puede tener el mismo valor que al lado de un río.
Para Sartre, en cambio, las cosas no son así, un hombre tiene necesidad de agua en el desierto porque elige la vida y no la muerte. En el marxismo no existe esta libertad de elección, el hombre está obligado a elegir la vida. Marx ha desenmascarado muchas mistificaciones históricas, del mismo modo que lo hicieron Freud y Nietzsche, son hombres que demostraron que detrás de nuestros sentimientos que parecen nobles, se ocultan complejos, bajezas y toda la suciedad de la existencia.
Gombrowicz pensaba que la crisis del marxismo tenía mucho que ver con el hecho de que en los países comunistas se trabajaba mal y se producía poco, y esto porque nadie tenía interés en producir ni en obligar a los demás a que lo hagan, pues no había ningún beneficio en juego. Si bien el pensamiento marxista ha servido para desenmascarar muchas hipocresías históricas, es también utópico y no conduce a nada.
Por tal razón Gombrowicz se animó a profetizar en su tiempo que dentro de veinte o de treinta años el comunismo sería puesto de patitas en la calle. Sin embargo, sabía que en el sentido filosófico el marxismo propone la liberación de la conciencia para que no se presentara deformada en la actividad que debe realizar, para que sea auténtica frente al mundo y el hombre.
En la primera fase de la realización del comunismo el Estado debe dominarlo todo y cada uno debe ser remunerado por el valor que tienen los servicios que le presta a la sociedad. En la segunda fase, en la fase celestial que Gombrowicz considera estúpida, desaparece el Estado, aparece un orden universal fundado en la justicia y cada hombre no será remunerado ya según sus méritos o sus servicios, sino según sus necesidades.
Una fase radiante que aparecerá en un futuro lejano, en un tiempo indefinido. El existencialismo puede considerarse como un reflujo de la historia del pensamiento que intenta reducir la majestad y la tiranía de las ideas para hacerle lugar a la existencia, es decir, al hombre. Y el comunismo es también un reflujo histórico del pensamiento que intenta hacerle lugar a la justicia, la misma justicia que propuso el cristianismo, pero esta vez sin Dios.
Son movimientos profundos del alma que, como todos, pasan por períodos de exageración y marginación pero siempre vuelven a la fuente de su revelación original. A pesar de que el comunismo había hecho interminable el desastre personal de Gombrowicz, está más cerca de Marx que de Sartre, y aquí está claro que Dios no tiene nada que ver en todo esto, Marx, Sartre y Gombrowicz eran ateos.
Pero el comunismo es un sistema que puso a la historia patas para arriba; había arruinado a su familia y le había cerrado las puertas. Es sobre esta cuestión que desarrolla un cuestionario de argumentos y contra argumentos que se parecen mucho a los que armaban los teólogos para discutir problemas importantes como, por ejemplo, si Cristo tenía o no tenía erecciones.
Una noche Gombrowicz llegó al Rex con veintisiete argumentos a favor y veintiséis contra argumentos debajo del brazo para dar cuenta de este asunto, una cuestión fundamental para los padres de la iglesia. Pero regresemos a la ética del comunismo sobre la que Gombrowicz abre un cuestionario paradójico.
“¿Por qué yo, teniendo a mi derecha el capitalismo, cuyo cinismo latente conozco, y a mi izquierda la revolución, la protesta y la rebelión surgidas del más humano de los sentimientos, por qué no me uno a estos últimos?”
Por la compasión que le produce la inmensidad de los sufrimientos y la montaña de cadáveres. No, ha pasado por la escuela de Schopenhauer y de Nietzsche, sabe que la vida es trágica por naturaleza. Por los bienes y la situación social que perdió. No, esa pérdida lo liberó de los condicionamientos sociales. Si hay alguien que carece de prejuicios en este punto, ése es Gombrowicz.
Entonces, por las paradojas de su proceso dialéctico que se detiene justo en el momento en que la revolución alcanza su plena realización. No, por ninguna razón que tenga que ver con su desenvolvimiento político. Por el terror que mata la libertad de pensamiento. No, es más grave aún, nos encontramos ante una de las grandes mistificaciones de la historia, de esas que desenmascararon Nietzsche, Marx y Freud.
Por su falta de sinceridad, entonces. No, el comunismo es una doctrina de la acción y no un pensamiento sobre la realidad; son sinceros respecto al mundo ajeno e insinceros con el de ellos porque lo necesitan. Aquí Gombrowicz suspende su cuestionario y concluye, es necesario que se reconozca entonces esa insinceridad. “Debéis decir: nosotros nos cegamos a propósito (...)”
“Mientras no lo digáis, ¿cómo se puede hablar con alguien deshonesto consigo mismo? Unirse a alguien así es perder el último apoyo bajo los pies y precipitarse en el abismo”. Pareciera que son más importantes las razones esgrimidas anteriormente que esta última razón, pero no, Gombrowicz desconfía de las teorías y de las ideas, prefiere guiarse especialmente por su instinto.
Si hubiera podido pensar que lo más importante para ellos era la conciencia, es decir, el alma, es decir, la ética, se hubiera unido al comunismo; pero lo más importante para ellos era el triunfo de la revolución. El desarrollo de este cuestionario de argumentos y contra argumentos nos pone sobre aviso de una cosa a la que Gombrowicz le daba una gran importancia.
Si los comunistas hubieran reconocido que eran insinceros consigo mismos respecto al sentido moral de la vida, Gombrowicz se hubiera hecho comunista, pero esta conclusión es demasiado radical y su cabeza no la puede asimilar, así que la va a revisar en otra parte del “Diario”, según era su costumbre. A los comunistas les reprocha su dogmatismo, ellos poseen la verdad, ellos saben, ellos creen, más aún, ellos quieren creer.
“Aunque los convenzas, no se dejarán convencer, porque se han entregado al Partido. El continente de la fe abarca iglesias tan discordes como el catolicismo, el comunismo, el nazismo, el fascismo”. En forma reiterada Gombrowicz explica lo difícil que le resulta oponerse al comunismo, pues el talante de su pensamiento lo lleva hacia él. Anda buscando ese punto de ruptura donde el comunismo se le vuelve extraño y hostil.
Indaga otra vez al comunismo: ahora el rechazo tiene origen en un problema técnico. El dilema que plantea la doctrina no es filosófico sino productivo, es decir, el comunismo tiene como imperativo demostrar que es más eficiente para producir bienes y distribuirlos que el sistema capitalista; hasta que esta capacidad quede demostrada, todas las otras deliberaciones no son más que sueños.
Gombrowicz no puede inmiscuirse en este asunto, a él le importa la personalidad y no las ideas; él, en tanto que artista, se especializa en constatar cómo las ideas influyen en las personas, pues una idea abstraída de su relación con el hombre no tiene valor. Las dos aporías que le plantea el comunismo, una, respecto al sentido moral, y la otra, respecto a su sistema productivo y distributivo, sólo se pueden resolver escapándose de ellas.
Hay que retirarse del exceso de cualquier sistema de ideas hacia una dimensión más humana. La capacidad que puede desarrollar un hombre para tomar distancia, para retirarse, escaparse, huir de una situación, de las ideas, de los sentimientos, de sí mismo o de lo que sea, es la única y verdadera libertad. No es que tenga que huir, pero tiene que tener la posibilidad de hacerlo.
Heidegger tenía que escribir una segunda parte de “El ser y el tiempo”, pero no supo organizar hasta el final su pensamiento, un pensamiento difícil y torturado. Sartre, en cambio, no tenía estas dificultades y escribió la segunda parte de “Crítica de la razón dialéctica”. La “Crítica de la razón dialéctica” es una obra abstracta y muy difícil de leer, es un intento que hace Sartre para conseguir la clarificación de las relaciones que existen entre el existencialismo y el marxismo.
La cuestión es que en este libro Sartre designa al marxismo como la filosofía insuperable de nuestro tiempo, y que lo seguirá siendo hasta que la situación histórica y económica que expresa haya sido superada. Pero si el marxismo es la filosofía insuperable de nuestro tiempo, ¿cuál es, entonces, la razón de ser del existencialismo de Sartre? Para los filósofos comunistas el existencialismo traduce la decadencia burguesa en un escape de lo real.
El existencialismo aísla al individuo, es la afirmación de la autonomía absoluta del ego y de su superioridad sobre el mundo. Sartre, en cambio, está convencido de que el marxismo ofrece la única interpretación válida de la historia, pero que su existencialismo es el único camino que conduce a la realidad concreta. Sobre esta base le formula al comunismo una acusación.
“Hay dos maneras de caer en el idealismo: una consiste en disolver lo real en la subjetividad; la otra, en negar toda subjetividad real en beneficio de la objetividad”. Ambos se acusan de idealismo, pero Sartre acepta sin restricciones el materialismo histórico, es decir, que el modo de producción de la vida material domina, en general, el desarrollo de la vida social, política e intelectual.
El salto del reino de la necesidad a un reino de la libertad, que Marx y Engels anunciaron como un ideal futuro, marcará, según Sartre, el fin del marxismo y el principio de una filosofía de la libertad. Pero este futuro está lejano y, mientras tanto, el marxismo, para no degenerar en una antropología inhumana, debe ser complementado por el existencialismo sartriano que le proporciona su fundamento subjetivo, humano y existencial.
Dice Sartre que la comprensión de la existencia se presenta como el fundamento humano de la antropología marxista pero…“A partir del día en que la investigación marxista tome la dimensión humana como fundamento del saber antropológico, el existencialismo no tendrá ya razón de ser” Las concepciones juntas del marxismo teórico y del existencialismo constituían para Gombrowicz la verdadera introducción a nuestra época.
Sin embargo, aceptaba solamente sus puntos de partida pero no sus deducciones. Conoce el cinismo latente del capitalismo y la naturaleza de la rebelión surgida del más humano de los sentimientos, pero considera a esa doctrina como una de las grandes mistificaciones de la historia, porque lo más importante para ellos no eran la conciencia y la ética, sino el triunfo de la revolución.
Está de acuerdo también con el punto de partida de Sartre que pone a la existencia y no a la idea en el centro de las reflexiones sobre el hombre, pero no acepta las ideas de la muerte, de la angustia y de la responsabilidad en una conciencia abstracta que está lejos del hombre. En fin, al Pterodáctilo le decía que el gran modelo era Estados unidos, que los supermercados y la Coca-Cola eran grandes inventos.
La ciencia y el comunismo son parientes, razón por la cual la ciencia tiene características comunistoides. Si la juventud universitaria se desplaza hacia el rojo no es tanto por la obra de los agitadores sino por la adoración que le tiene al saber. En cambio, el comportamiento del arte en esta guerra fría resulta paradójicamente extraño. A pesar de la cantidad de anticomunismo que el arte lleva en la sangre, parece que se hubiera puesto del lado de Marx.
Un artista sólo podría ser comunista si renunciara a la parte de su humanidad que se expresa en el arte. Ese artista perdió el instinto, se volvió muy sensible a las razones, ahogó su temperamento en el intelecto y se puso a oler las flores, no con la nariz sino con el alma. Al hombre de ciencia le es ajena la rebeldía, está dispuesto a diluirse en su objetividad, no está llamado a vivir la disonancia entre el hombre y su forma.
El artista, en cambio, quiere ser él mismo, y aunque una fuerza enorme lo aplaste seguirá sufriendo y luchando contra ella. Un alemán, un francés y un polaco aparecen en las reflexiones que forman parte de estas reflexiones. Marx no conoció ni a Sartre ni a Gombrowicz, Sartre conoció a Marx y a Gombrowicz y dedicó buena parte de su vida a reflexionar sobre las ideas de Marx, a Gombrowicz lo ignoró olímpicamente.
Gombrowicz no ignoró a ninguno de los dos, al contrario, consideraba que las dos concepciones juntas del comunismo y del existencialismo constituían la verdadera introducción a nuestra época. Marx, Sartre y Gombrowicz se nos presentan como unos jóvenes que están buscando su lugar en el mundo, unos lugares parecidos y también distintos que forman parte de la revolución del espíritu que experimentaron los hombres en el siglo XX.
Gombrowicz le ha dedicado en los diarios tantas páginas a Dionys Mascolo como a Sienkiewicz o a Dante, a ese francés conocido por su comunismo atormentado. El interés que le despertó la lectura de “Le Communisme” quizás tenga algo que ver con el hecho de que se trata de un comunismo refinado, condimentado con todos los sabores elitistas, un comunismo para la aristocracia.
Recordemos que Gombrowicz no fue comunista ni existencialista pero en ambos casos estuvo cerca de serlo, y no lo fue por su aversión natural a las ideologías y a los credos. El objetivo expreso de este libro es poner en el primer plano del marxismo la teoría de la necesidad como base del materialismo dialéctico, pero Mascolo no era un creyente, era un intelectual que intentaba organizar su propia posición entre el comunismo y el intelectualismo clásico.
La mayor dificultad con la que se encuentra Mascolo es la de que el comunismo no es una idea ni el descubrimiento de ninguna verdad, es solamente un instrumento que le permite al hombre llegar a la verdad y a la idea. El comunismo intenta liberar al hombre de sus dependencia materiales pues estas dependencias no le permiten pensar ni sentir correctamente de acuerdo a su verdadera naturaleza, y es esta correspondencia intensa entre el espíritu y la naturaleza el quid de “Le Communisme”.
“La contundente tesis sobre el paralelismo entre el espíritu y la materia, esta idea fascinante y reveladora, aparece aquí como Dios se le apareció a Moisés, y dicta su ley”. Gombrowicz se sentía próximo a Mascolo, habían tenido los mismos maestros pero Mascolo, siguiendo el mismo camino de Gombrowicz, había llegado a otro lugar desde el que se apreciaba un panorama distinto.
No había respeto, autoridad ni afecto que lo pudieran frenar a Gombrowicz porque era libre, a pesar de esto rechazó el comunismo. A Mascolo le ocurrió algo parecido a Gombrowicz pero se quedó en el camino. Para dominar el mundo Mascolo recurrió a un pensamiento más fuerte que el suyo propio, un camino que Gombrowicz evitó, pero como no pudo dominar este pensamiento, hacerlo verdaderamente suyo, el pensamiento lanzó a Mascolo contra el mundo.
Como el cometido era superior a sus fuerzas intentó transformarse a sí mismo para ponerse a la altura del cometido, pero este intento convirtió a Mascolo en un instrumento de sí mismo. Mascolo se transformó para Mascolo en un obstáculo más, de modo que ahora no sólo tenía que dominar el mundo sino también a Mascolo. “Por eso su libro está escrito más para él mismo que para los demás (...)”
“Mascolo transforma a Mascolo cortándole ante todo los caminos de retirada”. Mascolo se precipita contra el cosmos estimulándose a sí mismo a correr cada vez más rápido, la realidad se le vuelve terriblemente fluida, y esa infinitud indefinida le crispa los nervios porque Mascolo, igual que todos los hombres, desea un mundo definido. “Toda la dialéctica del desarrollo, del devenir, de la dependencia, es una sutil mentira que debe ocultar el único anhelo esencial del hombre, el anhelo de lo definido (...)”
“Destruye la forma para imponer una nueva forma –sin la forma no puede existir–, y, cualquiera que sea esta nueva forma, desde el momento que la ha escogido, tiene que llevarla a la plena realización. ¿Por qué ha dicho A? No lo se sabe. Pero al haber dicho A tiene que decir B”. De un viejo refrán aprendimos que detrás de un gran hombre hay siempre una gran mujer.
No es el caso de Gombrowicz, no hay regla que no tenga su excepción, pero podría ser el caso de Mascolo. Nadie le puede regatear los méritos a este intelectual comprometido, pero es más bien recordado como compañero sentimental de Marguerite Duras. No está nada mal que Gombrowicz haya puesto la atención en este marxista francés cuya existencia estuvo marcada por una rebeldía e inquietud innatas.
“Le Communisme” es una obra en la que Mascolo refleja la contradicción de un espíritu que se atormenta entre la imposibilidad ser comunista y la necesidad de ser el comunista, una contradicción que tiene alguna analogía con la de Gombrowicz. Mascolo se puso del lado de los estudiantes en los acontecimientos de mayo de 1968, y firmó la condena de la Unión de Escritores de Francia que calificó a Gombrowicz de reaccionario.
