dimanche 4 avril 2010

Miguel NÚÑEZ MERCADO/ Los días de “la radio” en Limache


Miguel Nuñez Mercado, Nacido en Limache, en 1956, Chile, Ha obtenido variadas distinciones literarias en certámenes de carácter regional y nacional. En esta su primera publicación individual, aunque parte de su obra. Ha sido difundida en numerosas revistas y periódicos.

E-mail:
miguelnunezm@gmail.com

Miguel Núñez Mercado sobre Azul@rte:
http://revistaliterariaazularte.blogspot.com/2008/08/miguel-nuez-mercadopoesia.html


Los días de “la radio” en Limache
Por Miguel Núñez Mercado

Limache, entonces, era todo orejas, con bailables en la Pérgola y Wurlitzer en los bares. Elvis Presley a todo trapo. Estamos en el 59, que ya no estamos. Julián García Reyes en los micrófonos besaba las palabras y las muchachas -de paletó y falda hasta debajo de la rodilla- sudaban la gota gorda y chillaban, bajo siete llaves, en sus habitaciones. Eran los tiempos de “la radio” –en un rincón del dial y de la ciudad- que “con tutti” llegó a instalarse en Limache. La revolución “ad portas”. Algunas señoras arrugaron el ceño para siempre. En tanto, los muchachos engrosaban la voz, a punta de cigarros “corcho” y las niñas la adelgazaban con miel de palma.

Es que “la radio” –CB 156. Radio Limache- fue una escuela. Por ahí andan sus alumnos: el propio García Reyes, Augusto Gatica, Milena Glasinovic, Eleodoro Lermanda y otros, que no tenían que desgañitarse frente al micrófono, porque los equipos eran de primera mano. Aunque el milagro radiotelefónico se producía en una pieza de la casa del mismo propietario: Hugo Arellano Herrera, quien se había venido de Valparaíso, luego de una tormenta que le produjera en su corazón una “quebradina” –de Quebrada de Alvarado- Yolanda Carvajal.
Claro que, aunque impetuoso, Hugo Arellano Herrera no era ningún aparecido en esto de las buenas ondas: las ondas radiales. Ya le había hecho al oficio en cuanta radio existió en su “Pancho”. También tenía experiencia en el arte carpintero del periodismo –fue director del Diario “La Unión”- y hasta escribía versos. Así que no le fue difícil armar su nueva casa, que luego trasladó hasta la orilla del camino, que desde allí se llamó solamente “la radio”, que mantenía hasta una Estación Pluviométrica.

En tanto, Limache era otra cosa. Con una generación que ofrecía espectáculo y que recién venía saliendo de la celebración del centenario de San Francisco. Ya doña Palmira Romano estaba en el municipio y la juventud se agolpaba en el Cine “París” –el único ojo de la ciudad- para ver a los nuevos ídolos del celuloide que ya había anunciado la revista “Ecrán”.

Claro que las muchachas limachinas no tenían que soñar sólo con los actores del cine, porque los verdaderos astros los tenían al alcance de sus orejas. Y, no sólo eran los “discjockey” –como les llamaban- sino porque, por arte de “la radio” llegó hasta la ciudad toda la “Nueva Ola”, con Sussy Vecki, Mauro Cass, Lucho Dimas y el “Pollo” Fuentes, entre otros. Y, un movimiento que echaría raíces: la Nueva canción Chilena, con Violeta Parra; Rolando Alarcón y Patricio Manss a la cabeza y “Chile Ríe y canta”, de René Largo Farías.

Eran los años 60 en Limache. Ya la bautizarían como “la década de los sueños y las utopías”, aunque en la ciudad todo era concreto, menos los caminos de las poblaciones. Por allí comenzó todo, porque “la radio” se hizo “un huequito” justo en el lugar del bolsillo del corazón de los pobladores y de los campesinos. Se convirtió en un espacio para contar verdades, como el precio real de los tomates que se pagaban en Santiago, que por arte del “birlibirloque” llegaban minimizados a Limache.

Algo así como el precio de la Bolsa, pero por las ondas radiales. De ahí a la política, había un salto y Hugo Arellano, con sus primeros 800 votos, se instaló en un sillón edilicio, con el inolvidable “Chono” Alegría, la eterna Palmira y otros tres, que componían un grupo que le sacó lustre a Limache, con carnavales Culturales y Ferias Regionales, que incluían hasta aviones en exposición debajo de los árboles de la avenida Urmeneta.

También, con espectáculos que hicieron historia. Como el “Encuentro Nacional de Bailes Chinos”, con el auspicio de “la radio” y en un espacio ubicado junto a los estudios: “La Vaguada”, un inmenso escenario al aire libre y con bancos hechos con trozos de eucaliptos. Allí se reunieron las cofradías más famosas, Luis Alberto Campos –el trovador de Pachacama- , Faustino Morales y sus bailes de Cai Cai. Los grupos de artistas religiosos más representativos de la costa y el valle, unidos en el canto “a lo humano y a lo divino”.

Lo más ancestral de lo chileno, que se repitió por varios años, con llenos completos en “La Vaguada” y hasta con documentalistas extranjeros. Por ahí andan los recortes de prensa de todo el mundo que dan cuenta y celebran el acontecimiento.

Sin embargo, “la radio” no sólo cumplía una labor artística. Eran famosos sus recados hacia los cuatro puntos cardinales. Para la señora de la Vega, de Olmué o de Limachito que llegaban cargadas de paquetes a la estación de trenes y debía avisar a la familia. También cumplía el rol de anunciar la llegada de la micro de la Quebrada de Alvarado o los vagones ferroviarios que traían las innumerables visitas, que en esos tiempos pululaban por la ciudad, especialmente en las vísperas de “Las Cuarenta Horas”, cuando Limache era una fiesta y las provincias de la zona se descolgaba sobre el pueblo en busca de milagros, que la Virgen, entonces –según dicen- dispensaba a manos llenas.

Eran también los tiempos de la “Discoteca Popular” –con el auspicio de “Aliviol”-, que conducía Eleodoro Lermanda, integrante de la nueva generación de “discjockey”, más recordado como “Lolo”, porque el nombre de Eleodoro no inspiraba ni el más mínimo verso de sus innumerables y apasionadas admiradoras.

La escuela en que se había convertido “la radio” –que aparecía en los “rankings” nacionales y recibía cartas de toda Latinoamérica- ya había logrado su primera promoción y Julián García Reyes, Augusto Gatica y Milena Glasinovic se habían cambiado de casa radial. Sus voces llegaban a Limache desde las emisoras porteñas y capitalinas, donde también habían partido a “mover las perillas” controles y técnicos nacidos al amparo de las ondas limachinas.

Los tiempos habían cambiado y los chiquillos del Liceo –“mejor que mejor ´Mejoral´” decían los locutores-, andaban “en otra”, emulando a los muchachos revolucionarios de París, armando barricadas, tomándose las aulas y cantando aquello que “seamos realistas, pidamos lo imposible” y la avenida Urmeneta se convirtió en la “rue Saint Gare” y apareció en escena el Grupo Móvil, con carabineros encasquetados y bombas lacrimógenas, que espesaron el aire de la ciudad.

Claro que el viento anunciaba tempestades desde antes, con amenazas en los muros y símbolos de odio recíproco por doquiera. Y, “la radio” –“´para el dolor de cabeza, Cafrenal´, gemían los ´discjockey´”- anunciaba el torbellino hacía los cuatro vientos. Así fue. El 11 de septiembre de 1973 los marinos, a sangre y fuego, acallaron “la radio”. Entonces, Limache –por largo tiempo-, ya no sería todo orejas, se acabarían los bailables en la Pérgola y se apagarían los Wutlitzer en los bares.